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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 1985 en la Revista de Folklore número 55.

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La implantación del sistema métrico decimal en España trajo consigo ciertas ventajas -como la estabilidad de un patrón y la fácil correlación de unas unidades con otras-, pero no consiguió erradicar por completo el complicado sistema de pesas y medidas usado durante siglos, todavía vigente en la actualidad dentro del lenguaje coloquial o incluso en situaciones más oficiales como un testamento o una transacción. Las medidas de capacidad o superficie variaban de unas zonas a otras, y, así, no era extraño que la fanega, por ejemplo, tuviese un peso o un volumen en Valladolid y otro distinto en comarcas de Salamanca o Zamora; lo mismo se podría decir de la capacidad de la cántara. El sistema decimal vino a proponer un orden en ese confuso marco, pero amenazando desterrar un riquísimo y ancestral léxico. Afortunadamente no sucedió tal cosa y aún hoy día se sigue hablando en el medio rural de varas (0,835 m.), libras (0,460 Kg.), arrobas (11,502 Kg.), estadales (3,334 m.), cahices, fanegas, celemines y cuartillos (1 cahiz = 12 fanegas, 1 fanega = 12 celemines, 1 celemín = 4 cuartillos, 1 cuartillo = 4 ochavos), cántaras, azumbres y cuartillos (1 cántara = 8 azumbres, 1 azumbre = 4 cuartillos, 1 cuartillo = 4 copas), onzas, tomines, dracmas y escrúpulos; quintales y adarmes; obradas y yugadas, etc., etc. Desde luego, en la concepción y desarrollo de todas esas medidas había estado siempre presente el sentido pragmático del campesino; un celemín, por ejemplo, era una medida de capacidad, pero también de superficie ya que se le consideraba el espacio de terreno necesario para sembrar la medida de trigo que correspondía a tal nombre. Y una yugada, por seguir la vía del paradigma, era el espacio de tierra que podía arar en un día una pareja de bueyes uncida al yugo.

Como decimos, aún no se ha perdido este rico lenguaje ni su aplicación, aunque desde luego ha disminuido el número de personas que están familiarizadas con él.