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EL PASO DE PARADA, RELIQUIA DEL EJERCITO ESPAÑOL

FERNANDEZ-ESCALANTE, Manuel Francisco

Publicado en el año 1985 en la Revista de Folklore número 57.

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CARPINTERO.-¿Y qué te parecen los soldados españoles? Son pájaros de otra especie, ¿no es cierto? , que los que estábamos acostumbrados a tener por aquí.

JETTER.-¡Uf! Se me oprime el corazón cuando veo desfilar una patrulla por la calle abajo. Derechos como cirios, la mirada fija, idéntico paso por muchos que sean. Y si están de guardia, y pasas por delante, es como si quisieran ver a través de tu cuerpo, y con un aire tan grave y enojado, que crees encontrar un verdugo en cada esquina. No me gustan nada. ¡Nuestra milicia sí que era una gente divertida! Se permitían ciertas libertades, se plantaban con las piernas abiertas, llevaban el sombrero sobre las orejas, vivían y dejaban vivir; mas estos mozos son como máquinas en cuyo interior habitara un demonio.

CARPINTERO.-Si uno de ellos grita "¡Alto!", encarando su arcabuz, ¿crees tú que dejará de detenerse alguien?

JETTER.-Yo me caería muerto, en el momento mismo.

Goethe: Egmont, Acto IV, escena primera


¿Quién no ha sonreido alguna vez viendo la deliciosa estampa de Goya que él llamó, con total propiedad "niños jugando a los soldados", observando el infantil aprendiz de granadero del primer término -con su mitra granadera de juguete en la cabeza, con su fusil de juguete en las manos- alargar la punta del pequeño pie hacia el suelo mimando el paso solemne con que, en tantas tardes de juegos y alamedas, vio pasar a las tropas -en una procesión, en una parada, en una muda de guardia- y fijó -con la propiedad de la infancia para reproducir el detalle- la actitud de los soldados en general y la de los granaderos de gigantesca estatura en especial que ocupaban la cabeza de la Parada, seguida por la grey infantil -como en cualquier tiempo y lugar-, con recogimiento y asombro? No es de ayer la fina observación de Ortega sobre la correlación entre la música militar y los corazones infantiles.

Sin duda el niño retratado en una pose ideal militar maxweberiana, según nos diría algún monótono sociologista, conceptuaba en su actitud otras cien que él admiró y decantó en tantas visiones encantadas, de la mano de ayas y familiares, aupado en hombros complacientes, de un espectáculo -casi único accesible a un niño del siglo XVIII- fascinante y creador instantáneo de secuaces. La procesión y las actitudes de las tropas y, más precisamente, de las tropas neoclásicas postfredericianas, con sus delgadas, elegantes líneas de evolución y sus actitudes fijas estereotipadas.

Este rubio infante, con probabilidad madrileño, que imita "idealmente el paso solemne de los granaderos -otros infantes sólo algo más altos- sin duda representa para Goya el eidos de la niñez, el jugar, mediante la representación formal, el papel trágico que la especie, al menos en su rama varonil, constitutivamente añora.

Mas, al margen de estas reflexiones, la que interesa profesionalmente subrayar es la concentración infantil con que el niño de la estampa nos transmite lo reflejado en la Ordenanza cuando ésta exige que el soldado, para diferenciarse -no sólo en el ethos sino incluso en las formas de expresión corporal- del paisano, marche "con las rodillas tendidas y la punta del pie arqueada hacia abajo y hacia afuera" (puntualmente la actitud retratada por nuestro pequeño granadero), y no sólo en los actos colectivos formales sino en cualquier ocasión y lugar. El "ser" militar en la sociedad estamentaria -y acaso hasta hoy día- exigía una disposición exterior -una técnica de expresión corporal- totalmente típica de la condición.

El paso de parada, consustancial a la Infantería española prácticamente desde su institución por Gonzalo Hernández de Córdoba, era una faceta de la danza lenta, notoriamente española, conocida como "pavana", precisamente por imitar el paso del pavo, solemne, lento y erguido. Un tratado de danza del siglo XVI nos dice que la pavana, o grand bal, es un aire español que se baila como si bajo las puntas de los pies existiesen pequeñas ruedas. Con esta descripción y conociendo taxativamente por la Ordenanza que el paso ordinario de las tropas es de sesenta golpes por minuto -el ritmo del corazón sano- el reproducir este paso militar, consustancial como se ha dicho con el Ejército español, no es difícil. Tampoco es difícil reconstruir las marchas de parada, normalmente aires de pavana -sin ir más lejos la marcha granadera, hoy himno nacional-, conservados muchos de ellos fielmente en canciones infantiles populares. Tal por ejemplo "La pressó del Rei de França", bien conocida de los niños catalanes, cuya letra glosa la cautividad de Francisco I, tras la derrota de Pavía. La música de esta popularísima canción catalana, un diáfano aire de pavana, dicta ya el paso adecuado sin ningún esfuerzo para quien lo siga. Hay una canción alemana de la Guerra de los Treinta Años que describe el paso de las tropas españolas "mit ruhige Schritt, im festen Massen geschlosen", casi justamente lo contrario de hoy que ni van con tranquilo paso ni formados en espesas y fuertes masas. Por el texto completo de la canción -que puede ser contemporánea de la batalla de Nordlingense- aprecia el talante de "Los hombres armados" de España de la época barroca, aún no fundamentalmente distintos de como los instituyera el Gran Capitán; el aplomo, la capacidad profesional, el gusto por la forma y por su geometría, la frialdad y el orgullo del menester, tal y como los retrató Goethe en el famoso diálogo de su tragedia: Egmont.

Las marchas de parada y el solemne paso correspondiente se fueron difuminando lentamente, sin que ninguna disposición taxativa los suprimiese en el progresivo abajamiento que el Ejército español sufre en el siglo XIX -sin mejorar desde luego, a cambio, en su operatividad- como consecuencia del reconocimiento de grados de las guerras civiles. La presencia en el cuerpo de oficiales de hombres de poca categoría -no por su origen sino por su talante espiritual- imposible de imaginar en los Ejércitos de la Monarquía estamentaria, elevó finalmente hasta superiores grados militares a gentes sin interés ni sensibilidad para apreciar la importancia de las formas en la constitución y pervivencia de la gran Corporación militar, perdiéndose éstas, lamentablemente, y arrastrando en la desmoralización consecuente a toda la institución, a riesgo de disolverla, al filo de nuestro siglo. Algunos aires de Parada, retocados con el mal gusto operístico propio de la burguesía decimonónica, pervivieron sin embargo en escogidas tropas de la casa real, particularmente entre los alabarderos, único cuerpo -y es sintomático- que conservaba, en 1931, la figura del tambor mayor, con la inherente porra, que desde el siglo XVI ritmó el paso -pausado como dice la canción- de la Infantería española, y los pífanos, elementos todos imprescindibles en las marchas de Parada. Se habla hoy de su restauración (o de su reimplantación, pues que abolida no ha sido nunca); bienvenida sea ésta, y magüer contribuya, en la. medida que fuere, a restaurar también el continente del Ejército español para que vuelva a ser lo que fue antes de las guerras civiles, de todas.

El paso de Parada, que los turistas españoles contemplan con diverso grado de admiración o encomio en los relevos de las guardias inglesas, no es sino el paso de pavana, paso de Corte, que la Infantería española -al aire de la moda que sus victorias y disciplina expandían- difundió por toda Europa. Hoy lo vemos, desdichadamente, sin reconocerlo ni reconocernos.

¿Acaso no es exigible su reactualización, por lo menos entre las filas de la Infantería de línea pues que los Cazadores nunca lo poseyeron?

El mínimo esfuerzo de ejercitación que implicaría su práctica sería sobradamente compensatorio en cohesión -ad intra- y prestigio -ad extra-. La decisión no puede ser sino en su pro.