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Revista de Folklore número

503



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El monolito de Tláloc de San Miguel Coatlinchán y su traslado al Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México. Perspectivas de los graniceros ante una piedra «viva»

LORENTE FERNANDEZ, David

Publicado en el año 2024 en la Revista de Folklore número 503 - sumario >



El monolito de Tláloc que preside, sobre la avenida Reforma, el Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México, se yergue verticalmente sobre el agua de una fuente circular.

Originalmente, esta «piedra» se hallaba en un pueblo situado en las inmediaciones de la capital, San Miguel Coatlinchán[1], y era considerada como mujer, como una divinidad del agua y de la lluvia, identidad que los habitantes inferían de una lectura de sus atavíos y elementos tallados en relieve que convierten a la figura en un ser antropomorfo.

El monolito yacía acostado, inconcluso, en una posición que para los pobladores de Coatlinchán era significativa: recostada sobre el terreno, convirtiendo su parte frontal en algo que, en vez de dirigirse hacia delante, se orientaba directamente hacia el cielo, permitiendo a las personas subir y sentarse sobre ella. Con 7 metros de largo y 168 toneladas, enterrada 60 centímetros en el suelo, sobre una ladera del paraje denominado Santa Clara, a 3 kilómetros de distancia del centro del pueblo de San Miguel Coatlinchán, la gente de la región mantenía con la escultura una relación desde el pasado precolombino. En 1950 los investigadores Wicke y Horcasitas (1957: 87) visitaron la zona y escucharon que los pobladores llamaban Teolinca, «el sitio de la piedra móvil», al lugar donde yacía un ídolo, grande como un automóvil, flanqueado por dos piedras menores. Se decía que, al empujarlo con la mano, éste oscilaba adelante y atrás. En torno había juguetes de barro, entregados probablemente como ofrenda.[2] Aunque los autores no pudieron estudiar el lugar, sugerían que futuras investigaciones mostrarían quizá su relación con los vestigios arqueológicos del Monte Tláloc, el antiguo santuario de altura consagrado al dios de la lluvia donde se le rendía culto en la época precolombina[3].

Hasta 1964, el monolito fue un centro de culto regional. Para la gente era «la diosa de las aguas y las lluvias», en las inmediaciones de la escultura afloraba un borbollante manantial, que derramaba su agua limpia sobre el terreno. La denominaban «la Piedra de los Tecomates» (el tecomate o jícara es un recipiente semiesférico)[4] debido a los doce orificios como pocillos o cuencos que tenía en la región correspondiente a la «panza» y que, al estar la figura acostada, «mirando al cielo», se llenaban en la estación húmeda con el agua de lluvia. Los aguaceros que se atribuían a la «piedra» llenaban sus concavidades y el agua pluvial, acumulada a lo largo de su cuerpo, espejeaba en ocasiones con la luz del cielo. Esta imagen del agua retenida en los pequeños recipientes que los pobladores percibían en las incisiones redondeadas del monolito aparecía, de forma recurrente, destacada en las descripciones. En ocasiones, se afirmaba que, si los orificios estaban húmedos y no era la estación de las lluvias, éstas llegarían pronto.

Humberto Ortiz, un vecino de Coatlinchán, en una larga conversación acerca de la «piedra» nos dijo, con tristeza apenas contenida:

La estatua estaba en el monte, cerca del pueblo… ¡Bien bonita la piedra! ¡Y era mujer! ¡Tenía su falda igual! Estaba tumbada, acostada pa’arriba, mirando al cielo. Sus piecitos, su faldita andaban arriba, y su cabecita abajo, inclinada con el terreno. Era grandota. Tenía una tina de piedra en la cabeza, yo creo para cuando se bañaba, quién sabe… Una tina tenía en su cabeza, de piedra, de piedra la tiene…. A la estatua le decían la Piedra de los Tecomates, porque tenía también agujeritos así, huequitos.

Y bajaba mucha agua limpiecita por donde estaba… en la barranca que está allí, bajaba toda el agua. Luego iban muchas mujeres a lavar su ropa; nosotros estábamos chamacos y nos bañábamos también allí, en el agua limpiecita. Está bonito para subir para allá arriba. Hay muchos árboles. Estaba húmedo. Y hacía llover la piedra... ¡Era la diosa de la lluvia! Luego íbamos echándole cohetes, música, la banda iba tocando por allá, haciéndole su fiesta. Y le ponían sus ollitas de barro, sus trastecitos, como su ofrenda[5].

La descripción pareciera poner en relación el agua que brotaba en las proximidades de la «piedra» con la de lluvia, que se acumulaba además en las concavidades del monolito. Se observa, al mismo tiempo, que la identidad de «piedra» y de «diosa» se asimilaban.

Supimos que el 3 de mayo, día de la Santa Cruz, al monolito lo visitaban distintas agrupaciones de graniceros –los especialistas rituales en el control meteorológico–[6], que hacían rogaciones pluviales ese día para toda la temporada; mediante oraciones, «abrían» el temporal y velaban por una correcta distribución de las precipitaciones en toda la comarca. Se trataba de los graniceros de San Miguel Coatlinchán pero también de otras poblaciones vecinas de la región de la llanura, cercana al antiguo lago de Texcoco. El agua que brotaba cerca del monolito atestiguaba la facultad de la «piedra» para dispensar las lluvias, cuya actividad era propiciada por los vecinos de Coatlinchán mediante la «fiesta» celebrada con cohetes y banda de música.

Uno de los pueblos cuyos graniceros iban a pedir la lluvia a la «piedra» era Tequexquinahuac. El padre, ya fallecido, del granicero actual, Don Anastasio Hernández, nos explicaba en 2006 cómo él había visitado la «piedra» y observado las actividades de los graniceros destinadas a que aquélla «dispensase copiosa lluvia para sus cultivos y no llorasen en las milpas los jilotitos tiernos de maíz clamando el agua». Explicó que la piedra-mujer era capaz de evitar el hambre y el agostamiento de las cosechas atribuidos al retraso o la escasez de las lluvias: «La piedra está viva, tiene su alma, tiene corazón –dijo–; se conmueve si uno le reza y le da su ofrenda, por eso nos da el agüita, la alegría de la semilla»[7]. Se la tenía por dadora de vida, una divinidad petrificada pero no por ello carente de poder y capacidad de acción. Significativamente, al igual que en el caso de los humanos, la «vida» de la «piedra» fue referida acudiendo a los términos de «alma» y «corazón». En el caso de la iconografía mexica, debe agregarse, el glifo para indicar la piedra era también un «corazón», como si lo en apariencia más inerte desde la ontología occidental moderna estuviera, entre los graniceros, provisto de una animación interna y latente, de una entidad animadora semejante al alma-corazón de los humanos.[8] «Y no crea –añadió–, la piedra no trabaja sola, a la diosa mujer le ayudan los chanates, unos niñitos que son los espíritus del agua y andan en las nubes y los arroyos cuidando el elemento que nos da la vida». Los auxiliares de la «piedra» mujer al repartir las lluvias lo constituía una pléyade de espíritus del agua, subordinados a sus dominios, a los que en ocasiones también se dirigían los graniceros.

No obstante, cuando en ocasiones las lluvias escaseaban, y peligraban en consecuencia los cultivos y pasturas, acudían individualmente al monolito los campesinos y pastores de poblaciones más alejadas, como Tepetlaoxtoc, para «arrojarle piedras al ídolo» y exigirle que lloviera.

Su traslado a la Ciudad de México

El monolito de Coatlinchán fue llevado al Museo Nacional de Antropología el 16 de abril de 1964. Fue un proyecto concebido por el entonces presidente Adolfo López Mateos, dirigido a seleccionar una pieza representativa de las antiguas culturas de México que sirviera, además, para magnificar la espectacularidad del nuevo museo. Las actividades preparatorias del traslado se prolongaron en Coatlinchán durante meses e implicaron abatir parte de la vegetación del paraje donde se hallaba la figura y revestir de grava los caminos locales para permitir el acceso de «una plataforma descomunal con 200 llantas y conducida por dos tractores», según recuerdan los habitantes.

Tras días de informaciones confusas, la certeza e inminencia del traslado confrontó dos versiones distintas de la identidad de la «piedra» y de los acontecimientos. Mientras el gobierno federal, desde una visión patrimonial, otorgaba al monolito un valor estético e histórico-cultural: una pieza prehispánica que representaba a la deidad masculina de la lluvia, Tláloc y, mediante ella, la grandeza de un pasado extinto y en cierto modo idealizado que sustentaba el proyecto político de un Estado nacionalista, en la región el ídolo no era un objeto inerte revestido de valores simbólicos sino la encarnación física e inmediata de una divinidad, provista de agencia e inscrita en la cosmología vigente. Más que un tesoro de la Historia digno de ser preservado, era una entidad «viva», activa, dotada de subjetividad, conciencia, emociones, intencionalidad, y necesitada de ser nutrida mediante ofrendas o la «fuerza» transmitida en las fiestas, algo muy lejano de la noción museística de la escultura como «obra de arte» o «representación». Un interesante contraste entre ambas percepciones fue la identidad que se le asignaba. Lo que en la visión patrimonial era Tláloc, el dios de la arqueología y los códices, en la percepción regional era la diosa de las aguas terrestres y celestes («No es Tláloc, no es Tláloc. ¡Es mujer!», gritaban los pobladores corriendo detrás del tráiler mientras se la llevaban, reivindicando la identidad que le otorgaban). Como contraprestación por el «traslado», el gobierno federal ofreció a los vecinos obras públicas y de beneficio social –escuela, centro de salud, carretera y una réplica del monolito, no entregada en Coatlinchán sino hasta 2007–, que no atenuaron empero que el acto de desposesión fuese percibido como una contundente rapiña emprendida por fuerzas externas y omnipotentes, que los privaba no de un objeto, sino de un ser provisto de un elevado estatus ontológico en la jerarquía de las entidades existentes en la localidad: un sujeto social con el que el pueblo se relacionaba y de cuyas acciones dependía.

Según los pobladores, aquella noche se reunieron en Coatlinchán algunos de los graniceros para, mediante acciones rituales, enfrentar la desposesión y tratar de evitar el desplazamiento de la «piedra». De manera simultánea, y de acuerdo con versiones de lo ocurrido, algunos vecinos trataron de destruir la plataforma del tráiler y ciertamente la dañaron, mientras que otros cortaron los cables de acero que sujetaban la «piedra». La memoria colectiva conserva la imagen del arribo de los soldados ante la defensa que, con palos, palas y herramientas, hizo de la «piedra» la población: «Los soldados cercaron todo el pueblo, había puros federales donde quiera… la mandó llevar un presidente y no la querían dar». El sabotaje del esfuerzo por estibarla en la plataforma se vio frustrado. «La bajaron y se la llevaron. La plataforma, con cientos de llantas, la piedra y los dos tractorzotes que la jalaban, pasó por el pueblo…». El avance primero hacia la capital –la escultura acostada, yacente, como en su ubicación original–; después la marcha ralentizada del tráiler, bajo un intenso aguacero, por el Paseo de la Reforma –la gente parada con paraguas, algunos arrodillados–, figura en las fotografías en blanco y negro de los periódicos de la época, y es parte importante de los relatos y descripciones actuales: «No se quería ir la piedra, por eso llovía. Era como un aviso, una advertencia. No quería dejar su lugar la diosa de la lluvia».

El cese de las precipitaciones en Texcoco

De acuerdo con sus pobladores, el clima de Coatlinchán se vio radicalmente afectado hacia finales de 1960. El primer indicio fue la disminución de los manantiales, significativamente vinculados, como se vio, con las precipitaciones pluviales, lo que explicitaba el paraje donde se hallaba el monolito.

Los vecinos de Coatlinchán ponían ambos aspectos en relación. La agencia de la «piedra», al dejar de actuar sobre el entorno, redujo los afloramientos de agua. Explicó un hombre sobre el traslado: «Ya se acabó el manantial de arriba; no baja el agua. En ese tiempo estaba regado y hoy casi está seco. Cuando andaba aquí la piedra, la cuidaban y la limpiaban, y era bien bonito, porque bajaba agua. ¡Y en Chapultepec está abandonada! No estaba abandonada la piedra cuando estaba aquí». Las lluvias, se dice, disminuyeron en caudal y regularidad. Un hombre sentado en la plaza de Coatlinchán añadió:

Llovía mucho aquí, ve que era la diosa de la lluvia. ¡Y ahora no, llueve en México! Se están inundando ¡Pues que se la traigan para acá! Antes a mediodía bajaban aquí las barrancas llenas, ¡ríos! ¡Llovía mucho! A las doce del día o la una ¡qué aguaceros! –girándose, señaló la reproducción del ídolo que, en mayo de 2007, fue ofrecida al pueblo de Coatlinchán: una réplica de 7 metros de alto y 75 toneladas hecha de hormigón y una estructura de varillas, situada en la fuente de la plaza mayor, que seguía la misma lógica museística según la cual el ídolo constituía una pieza destacable por su morfología y sus dimensiones–. Ahora está en Chapultepec, ¿no? Pues la hubieran puesto aquí y no ésta. ¡Hubieran de quitar ésta y que se la lleven! ¡Y que dejen la que estaba aquí! ¡la efectiva, la efectiva de acá! Volvería a llover. Le digo, cuando estaba acá, ¡cómo llovía, cantidad que llovía! ¡Hartísimo! En el campo, todo lo que se sembraba se lograba. Crecían elotes grandotes, el frijol, la cebada, de todo. Llovía mucho. Y ahora no… Mi papá me llevaba a sembrar las milpas, y siempre se daba el maíz, el frijol, todo estaba bien mojado, porque llovía harto… y ya no. ¡No se dan los cultivos de antes! ¡Ya casi no llueve, hay mucha sequía![9]

La gente de Coatlinchán señalaba las siembras como tercer elemento afectado por el traslado de la «piedra». Tras los manantiales y las lluvias, los sembradíos habían resentido la ausencia de la diosa del agua. En las conversaciones se nombraban los cultivos que habían dejado de darse. El maíz, se decía, nacía pequeño y débil, con frutos exiguos. Dado que el agua de lluvia se identifica en la región con una fuerza genésica potencial que insufla en las plantas vigor y fertilidad, vivificándolas, la falta de lluvia acarreó el enanismo de los frutos: nacían raquíticos y no alcanzaban su desarrollo completo. La falta de campos irrigados afectó al frijol y la cebada, que requieren abundante agua. El floricultivo de que gozaba el pueblo en tiempos más recientes se extinguió: flores como los tulipanes, pompones, crisantemos y claveles, que se sembraban con fines comerciales, sufrieron la ausencia de humedad del suelo y comenzaron a marchitarse.

Como respuesta inicial a la disminución de las lluvias se ensayó trasladar la actividad ritual al monolito desplazado. Durante las décadas de 1970 y 1980 podía en ocasiones observarse la disposición de ofrendas de velas, flores y objetos de barro al pie de la escultura del Museo Nacional de Antropología,[10] lo que revelaba que las peticiones de lluvia buscaban tener a la «piedra» como intermediaria y, en la urbe, tenían lugar in situ. No obstante, la ineficacia del tratamiento ritual dispensado al monolito-mujer formó parte de la concepción cosmológica de que, desplazado del paraje original, trasladado «sin respeto» y al manifestar la «piedra» desagrado y «una ofensa» por el tratamiento, en unas versiones, o centrada su actividad en «atraer las lluvias a la Ciudad de México, que era donde se encontraba», en otras, no hacía llegar las precipitaciones a la región de Texcoco.

Cuando estaba la piedra aquí, en Coatlinchán –porque ésa es la diosa del agua, la que tienen allá en México estaba aquí–, nunca nos faltaba agua […], nomás se ponía la nube acá, y de aquí bajaba todo chorrazos, eh; y nomás de que se la llevaron, ya acá ya no quiere, se ponen las nubes por aquí, y dan vuelta y ¡pum! para México. Se ponen las nubes aquí y va todo a México[11].

Las comunidades de la llanura, próximas a Coatlinchán, continuaron realizando sus peticiones en el mes de mayo, dirigiéndose a los cerros circundantes, para propiciar la caída de lluvia, aunque los graniceros de estos lugares señalan haber acusado un descenso notable de las precipitaciones. Un aspecto de estas peticiones resulta significativo y esclarecedor, tal vez, de la conceptualización de la «piedra» de Coatlinchán en su relación con las lluvias. Al igual que el monolito estaba provisto de una serie de concavidades o «tecomates» que eran los que se llenaban con el agua de lluvia y daban el nombre popular con el que era conocida en Coatlinchán la «piedra», así los graniceros que llevan a cabo prácticas rituales en la región emplean, para pedir la lluvia, como elemento principal, unas jícaras rojas como cuencos semiesféricos que, llenas de agua simple y bendita, y considerando que contienen «el agua del mundo», son también el receptáculo de borlas de algodón que actúan como las nubes que se encargan de dispensarla. Don Anastasio, el padre del granicero Don Timoteo de Tequexquinahuac, explicó al respecto:

Para pedir la lluvia, cuando falta y hay que pedirla, allá en ese tanque ya vienen las lluvias. El tanque es… una jícara colorada pero le nombramos tanquecita, donde se estanca el agua. Compra uno hartas cositas para poner allí, pero lo principal es una jícara grande colorada: se llena de agua simple, de agua bendita y se pone algodón para formar la nube. Y se ponen otras cositas allí, el sahumerio, incienso o copal, son pedazos, se ponen allí, y esos son para llamar el tiempo[12].

En el contexto de unas precipitaciones consideradas cada vez menores, la jícara roja o «tanquecita» manifiesta una analogía con los «tecomates» llenos de lluvia vinculados con el poder sobre los aguaceros que esgrimía, en tanto diosa del agua, el monolito de Coatlinchán: una imagen de carácter microcósmico que remite a procesos cosmológicos, susceptibles de ser activados ritualmente, vinculados con el agua y la lluvia[13].

No una piedra, sino dos

En este panorama, el traslado del monolito de Coatlinchán a la Ciudad de México hizo aflorar una serie de concepciones latentes en dicha población que derivaron en un discurso de carácter mesiánico. En conversaciones sostenidas con los pobladores, distintas personas explicaron repetidamente que la «piedra» monolítica que se llevaron constituía en realidad la pareja de un par. «El ídolo, la piedra que se llevaron al Museo es la esposa, es mujer; el Tláloc varón permanece aún enterrado allí, cerca de donde sacaron el otro, es una piedra más pequeña, a la que poca gente conoce», dijo una mujer. De acuerdo con un hombre de Coatlinchán, «queda otra piedra, más chica, como de aquí a allá [señala una distancia de tres metros], como una losa, pero sí se ve algo de figura de ídolo. Ése es el Tláloc, el marido; por eso la gente de aquí insistía en que la que se llevaron es la mujer, con su falda, porque hay otra». La identidad femenina atribuida al monolito trasladado al museo no se sustentaba únicamente en una lectura de la indumentaria labrada en la «piedra» –en la falda que los pobladores distinguían en su cintura–, sino en la presencia de una figura-contraparte concebida como varón. Ambas «piedras», mayor y menor, mujer y hombre, se concebían como integrantes, opuestos y complementarios, de una dualidad. El monolito trasladado era mujer en relación con la otra «piedra».

En este sentido, la necesidad de permanencia de la diosa del agua en el paraje Santa Clara de Coatlinchán se vinculaba, junto al hecho de concebirse como entidad tutelar, con la presencia allí de su contraparte, integrando una unidad constituida, en su seno, por un dualismo asimétrico, con una figura mayor y más «activa» (y más visible) que la otra, tenida por «menor» y enterrada. Un dualismo, además, en el que se considera importante la posición de las «piedras»: la diosa de las aguas y su consorte se entienden recostadas, yacentes, en contacto directo con la tierra, o incluso parcial o totalmente enterradas en ella, y no, señalan los pobladores, erguidas como estatuas: «Y no estaban paradas, estaban tumbadas en el suelo», enfatizan significativamente. Esta posición recostada permitía a la diosa del agua, a la «Piedra de los Tecomates», recibir en sus concavidades y guardar en ellas el agua de lluvia: la posición de la mujer susceptible de contener la lluvia se plantea así, desde la perspectiva local, como distintiva (la réplica entregada en 2007 fue colocada, erguida, en la fuente de la plaza del pueblo).

Desde la concepción dualista y jerarquizada de las «piedras» masculina y femenina se dice que el Tláloc, molesto, amenaza con ir a buscar a su esposa a la Ciudad de México, para conducirla de regreso hasta el paraje donde se emplazaba originalmente, restituyéndose de esta manera no sólo el poder del monolito sobre las precipitaciones, los manantiales y la fertilidad genésica de la lluvia en la zona, sino el dualismo «operativo» que los pobladores conciben indispensable en la cosmología regional en la que se inscribe la «piedra».




Bibliografía

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Lorente Fernández, David, 2017, «Tesifteros, los graniceros de la Sierra de Texcoco: repensando el don, la experiencia onírica y el parentesco espiritual», Dimensión Antropológica 24 (70): 101-150.

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Wicke, Charles y Fernando Horcasitas, 1957, «Archaeological Investigations on Monte Tlaloc, Mexico», Mesoamerican Notes 5: 83-96.




Notas

[1] Realizamos trabajo de campo etnográfico en la región de Coatlinchán y la llanura como parte de una investigación más extensa comenzada en la Sierra de Texcoco en 2003 y centrada en los especialistas atmosféricos denominados graniceros o tesifteros (véase Lorente 2009, 2010, 2011, 2012, 2015, 2016, 2017, 2020a, 2022). Sobre la metodología etnográfica empleada durante veinte años de estudio en la región, véase Lorente (2021).

[2] No se puede asegurar por completo que la descripción corresponda a la ubicación del monolito trasladado.

[3] Véase al respecto Durán (1984 I: 81-85).

[4] Se trata de una vasija de forma hemisférica y boca grande, hecha de barro o con la corteza de ciertos frutos, como guajes, calabazas o los que se designan con este mismo nombre.

[5] Entrevista realizada en San Miguel Coatlinchán el 12/10/2013.

[6] Para una panorámica sobre este tipo de especialistas rituales en distintas regiones de México, desde una perspectiva etnográfica e histórica, véase Lorente (2009, 2010, 2011: cap. 1, 2016, 2017, 2022).

[7] Entrevista realizada en Tequexquinahuac los días 11/3/2006 y 7/10/2006.

[8] Acerca de esta concepción del «alma-corazón» como parte central de la configuración anímica del ser humano en Texcoco, véase Lorente (2020b).

[9] Entrevista realizada en San Miguel Coatlinchán el 12/10/2013.

[10] Comunicación personal de Carmen Anzures y Bolaños, investigadora del INAH, abril de 2011.

[11] Entrevista realizada en Tequexquinahuac el día 11/3/2006.

[12] Entrevista realizada en Tequexquinahuac el día 11/3/2006.

[13] Pudimos asistir a la petición de lluvia realizada por el granicero de Tequexquinahuac el 3 de mayo de 2006. Los tiemperos o pedidores de lluvia de otras regiones, como el de Xalitzintla (Puebla), en el volcán Popocatépetl, también emplean estos objetos en sus peticiones pluviales (véase Lorente 2023).



El monolito de Tláloc de San Miguel Coatlinchán y su traslado al Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México. Perspectivas de los graniceros ante una piedra «viva»

LORENTE FERNANDEZ, David

Publicado en el año 2024 en la Revista de Folklore número 503.

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