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LA VIDA CAMPESINA EN LA OBRA DE LOPE DE VEGA

GARCIA DE LA SANTA, Tomás

Publicado en el año 1981 en la Revista de Folklore número 5.

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Ofrezco a Revista de FOLKLORE un entretenimiento literario de asunto campesino y castellano. No tiene pretensiones de crítica científica ni social. Sólo intenta reflejar fielmente el pensamiento de Lope sobre nuestros campesinos. Redactado como "divertimento" sin pretensiones hace algún tiempo, es seguro que a la crítica literaria actual le parecerá una antigualla. Estimo, sin embargo, que el tema entra de lleno en el campo de la Revista de FOLKLORE y me congratularía que estas páginas insignificantes estimularan a los especialistas al "aggiornamento" del popularismo de la obra lopiana, aproximándola así a sus lectores y espectadores de hoy.

Sabido es que Lope de Vega nació en Madrid, allá por los días de 25-XII-1562, en la calle Mayor, cerca del Ayuntamiento actual, entre la Cava de San Miguel y la calle de Milaneses. Procedía la familia de un humilde solar hidalgo de la Vega de Carriedo, en la Montaña, y su padre era hábil bordador, de vida inquieta, muy dado a amoríos. A los 12 años, Lope escapó de su casa, adonde fue vuelto a la fuerza. Imaginémoslo chiquillo precoz vagando, fisgando, observando por todos los rincones de la flamante corte.

En alguna plaza, en cualquier encrucijada, haría corro en torno al ciego o al cantor ambulante atesorando en su memoria el caudal de romances populares de los que tanto partido habría de sacar después su imaginación poderosa.

Hizo estudios, no demasiado extensos, en Alcalá y Salamanca, las famosas Universidades de la época.

Pronto había de comenzar a realizarse aquella profunda verdad que luego formularía él mismo con exactitud: "yo he nacido en dos extremos que son amar y aborrecer; no he tenido medio jamás".

El amor le avasalla: Elena Osorio, Isabel de Urbino su primera esposa, raptada por él, Micaela Luján (la Lucinda de sus versos), Juana Guardo la segunda esposa, le enajenan y arrebatan hasta que la muerte de seres queridos y su imperecedera fe le .derribaron a los pies del Crucificado. Prorrumpe entonces en gritos de arrepentimiento, en efusiones piadosas que figuran entre las más preciadas joyas de la lírica castellana.

"¡Cuántas veces, Señor, me habéis llamado / y cuántas con vergüenza he respondido, / desnudo como Adán, aunque vestido / de las hojas del árbol del pecado!" (Rimas sacras). Se ordena sacerdote, hace penitencia, dice su misa a solas entre lágrimas y suspiros. Vuelve, no obstante, a las andadas. Ahora es, entre otras, Marta Nevares, a la que llama Amarilis. "Potro es gallardo, pero va sin freno", dijo de él Góngora, su enemigo literario, y el dicho puede aplicarse tanto a su obra como a su vida. Sus amores no fueron anécdotas pasajeras. Cada vez se entregó entero y cada vez se retiró desengañado, insaciada su sed inextinguible. Ahora su conducta sacrílega con los amargos remordimientos de conciencia y la locura que hace presa en Amarilis le llevan otra vez a la penitencia: se disciplina hasta manchar de sangre las paredes; visita enfermos y hospitales. Entre estos amores, exaltaciones y depresiones espirituales, emprende diversos viajes, participa en expediciones navales militares, sufre destierros, experimenta adversidades y fortunas. y en medio del ajetreo de sus pasiones, azares e inquietudes le sobra tiempo para componer un increíble número de obras de arte en maravillosa y fecunda floración. De "índice poético de una nación y de una raza" le ha calificado un eximio lopista (A. Castro).

Figurémoslo en su recoleta mansión de la calle de Cervantes en Madrid (que hoy se muestra felizmente restaurada) donde pasó los últimos veinte años de su vida, sentado en un sillón frailero, aconsejándonos desde la cumbre límpida y serena de su vejez cargada de gloria :

Haced de la virtud secreto empleo, / que yo en mi pobre hogar con dos librillos / ni murmuro, ni temo ni deseo.

Allí se le vendrían a la mente los romances y cantos populares otrora escuchados para insertarlos o ampliarlos en sus obras dramáticas. Allí, en su afán de novedades, en su pesquisa infatigable de temas para sus producciones, hospedó al aventurero capitán de los Tercios españoles Alonso de Contreras, cuyas son estas palabras: "Lope de Vega, sin haberme hablado en mi vida, me llevó a su casa diciendo: -Señor capitán, con hombres como V. M. se ha de partir la capa, y me tuvo por su camarada más de ocho meses, dándome de comer y aun vestido me dio. ¡Dios se lo pague!"

Allí le sorprendió la muerte en 1635 como refiere Montalbán: "con los ojos en el cielo, la boca en un crucifico y el alma en Dios" rodeado de las consideraciones de todos, mimado de la fama. A su entierro asisten nobles y plebeyos, jóvenes y viejos, nacionales y extranjeros. Ha muerto el poeta del Imperio Español. Deja tras de sí larguísima estela de obras artísticas. Su teatro, especialmente, fue la prensa, el cine, la radio y la televisión de la época. De todo se ocupa, sobre todo informa. Ningún género literario ha dejado Lope de cultivar. Aludiendo al número y variedad increíbles de sus producciones, que parecen fabricadas en serie como los automóviles, habla Azorín de los "Productos Lope de Vega, S. A."

"Monstruo de la naturaleza" le llamó Cervantes porque en él todo es extraordinario, sobrenatural.

Tal fue, a grandes rasgos, la vida azarosa y agitada del poeta.

La biografía pormenorizada del Fénix supera en .interés a la más movida de las novelas.

Multiforme, sin norma de freno, monstruosa como su vida, variada e incontable es su obra. Muchos e interesantísimos aspectos cabe señalar en ella. Fijemos nuestra atención en aquellos rasgos que atañen a nuestro propósito y que certeramente fueron señalados por el eximio hispanista alemán Karl Vossler en su obra "Lope de Vega y su tiempo" (1). "Lo mejor de su obra -dice- es popular y español hasta la entraña". y M. Pelayo había apuntado antes la misma idea opinando que "el instinto dirigía a Lope de Vega hacia lo popular y lo tradicional". Valbuena por su parte abunda en la misma opinión: "Nos importa pensar en uno de los distintivos del Lope artista: el popularismo. Pensemos en su origen humilde; no era de noble linaje montañés" (2). y en otro lugar dice el mismo crítico: "Lope sentía el alma de su pueblo, se identificaba con él y de ahí brota la objetividad nacional de su teatro..." (3). En virtud de esta adivinación del alma española y de la identificación del poeta con ella, la obra teatral de Lope acierta a ser "un extenso cuadro, amplio y variado de la vida en su aspecto nacional y popular" (4), una verdadera historia del alma castellana. Completa este cuadro, como si no estuviera de por sí bastante acabado, su obra lírica, que es también esencialmente popular, tan viva como la misma naturaleza, inspirada en la realidad cotidiana y palpitante de su vida y de las ajenas, aprendida en los "campos, las aguas y las flores".

Y naturalmente, en este cuadro tan completo de la vida española de su tiempo no podía olvidar Lope de Vega la descripción de la vida campesina en cuya pintura se abstrae como sumergiéndose en un remanso de paz, entre las alegres canciones de los segadores y viñadores y otras escenas villanescas de bodas, bailes, fiestas y faenas agrícolas que amenizan la envidiada y envidiable existencia de los campesinos, apartados filosóficamente de las vanidades del mundo peligroso. Por lo demás, la "alabanza del aldea", la evasión hacia lo natural, lo bucólico y pastoril como compensación de la inquieta vida del hombre renacentista e imaginario consuelo de la melancolía barroca fue lugar común muy frecuentado en nuestros siglos dorados. En el Fénix tales efusiones no eran mero obsequio a la moda, sino auténtica expresión de un íntimo y personalísimo sentimiento que tiene acento e innegable sinceridad. Véanse estos versos de la comedia lopesca "Con su pan se lo coma" dirigidos al Rey: Señor, yo he probado ya / las ciudades populosas, / la vida de los palacios, / las cansadas ceremonias / la comida, el sueño; en fin / perdona que te responda / que no he de volver allá, / si me dieses tu corona. / Yo he vuelto a mi propio sitio / estoy en mi esfera propia / gozo descansada vida / sé qué es noche y qué es aurora / sé qué es comida y qué es sueño / y si es la vida una sombra / y el alma es sol, aquí quiero / esperar a que se ponga".

Aquí, como en "El villano en su rincón", especialmente, se expresa con brío conciso el ideario del labrador castellano: la satisfacción con lo propio aunque sea poco (de tan vieja tradición literaria desde la "aurea mediocritas" horaciana), la ausencia de envidia ante el esplendor y la grandeza ajenos, el orgullo de sentirse rey dentro de su esfera (5), la creencia explícita de que tan sólo el cielo es morada perdurable, y el consiguiente desprecio por los perecederos bienes mundanales. Y en la última obra citada, una de las mejor logradas, informada toda del ambiente campesino (6), introduce Lope unos músicos que, también en presencia del Rey, cantan esta letra: "¡Cuán bienaventurado / aquél puede llamarse justamente / que, sin tener cuidado / de la malicia y lengua de la gente / a la virtud contraria, / la suya pasa en vida solitaria! / Caliéntase en enero / alrededor de sus hijuelos todos / aun roble ardiente entero, / y allí cantando de diversos modos / de la extranjera guerra, / duerme seguro y goza de su tierra".

¡Qué impresionante contraste entre esta escena de paz patriarcal, reunida la familia cabe al hogar, y la vida inquieta del poeta, tan prematuramente huérfano de afectos familiares! Es fácil y lícito vislumbrar en versos tan honradamente líricos un dejo envidioso de cansancio y de añoranza por parte del Fénix.

Este amor nostálgico lleva a Lope una y otra vez a complacerse en la descripción del ambiente campesino. El hispanista alemán Schach (7) nota ya la preferencia del gran dramaturgo por presentar en sus obras a las clases bajas de la sociedad como rústicos, aldeanos y pastores, y hace observar la belleza y la naturalidad de sus escenas de costumbres campesinas. Otros críticos han notado en el Fénix una preocupación social que figura entre los aspectos más modernos de su obra (8) y reparan en que precisamente cuando la agricultura y la clase labradora decaían a ojos vistos por múltiples causas que han sido diversamente señaladas y enjuiciadas, dos poetas y escritores compiten en alabar y embellecer el estilo de vida campestre, aldeano y pastoril (9).

Concluyamos, pues, de estas premisas, que Lope de Vega cultiva el tema campesino a impulsos de su instinto popular y de un amor verdadero al campo y a sus hombres, y también como evasión de su vida tormentosa, como imposición de la moda bucólica y, tal vez, en un intento propagandístico de detener la iniciada decadencia de la agricultura. Lo cierto es que su genio poético acertó a crear un campo y unos campesinos eternos por su autenticidad esencial y que, por lo mismo, vemos hoy encarnados en la tierra y en los hombres de Castilla. Los alcaldes labradores como el Pedro Crespo de "El Alcalde de Zalamea", Peribáñez, el Esteban de "Fuente ovejuna", los campesinos acomodados cual Juan Labrador (El villano en su rincón), el Mendo de "El cuerdo en su casa", el Tello del manchego drama "El galán de la Membrilla", no nos parecen extraños como si se tratara de idealizadas y falsas ficciones artísticas.

Inmerso en este real y exacto ambiente campesino, Lope de Vega tiene ocasión, según observa M.Pelayo respecto a Fuente ovejuna (10), de describir "Iindas escenas villanescas y... cuadros de género..." Por doquier bullen en las obras del Fénix labradores, pastores, molineros, segadores y aceituneros que trabajan, cantan, danzan, van de caza y a los toros, se arman para la guerra, se hacen el amor, filosofan, discuten, celebran fiestas, romerías y peregrinaciones, nos hablan de sus vestidos y alimentos, de sus ganados y de sus afanes todos, rezan a Dios y veneran al Rey que los guarda: viven, en una palabra. Y, ¡con qué vida! Jamás se ha trazado por nadie un cuadro tan animado y pintoresco, tan optimista y alegre, tan exacto y real.

Así describe Juan Labrador por antonomasia su propia vida:

Yo me levanto a la aurora, / si me da gusto, en verano / y a misa a la iglesia voy, / donde me la dice el cura; / y, aunque no me la procura, / cierta limosna le doy / con que comen aquel día / los pobres de este lugar. / Vuélvome luego a almorzar / .

REY:
¿Qué almorzáis?

JUAN:
Es niñería /

Dos torreznillos asados,/ y aun en medio algún pichón, / y tal vez viene un capón. / Si hay hijos ya levantados, / trato de mi granjería / hasta las once, después / comemos juntos los tres...I.

Aquí sale algún pavillo / que se crió de migajas / de la mesa, entre las pajas / de ese corral, como un grillo /.
..................

Tras aquesto se apercibe / (El Rey, Señor, me perdone) / una olla, que no puede / comella con más sazón; / que en esto nuestro rincón / a su gran palacio excede /.

REY:
¿Qué tiene?

JUAN:
Vaca y carnero / y una gallina.

REY:
¿Y no más? /.

JUAN:
De un pernil (porque jamás / dejan de sacar primero / esto) verdura y chorizo, / lo sazonado os alabo. / En fin, de comer acabo / de alguna caja que hizo / mi hija, y conforme al tiempo, / fruta, buen queso y olivas.
...................

Después que cae la siesta / tomo una yegua, que al viento / vencerá por su elemento, / dos perros y una ballesta; / y dando vuelta a mis viñas, / trigos, huertas y heredades / (porque éstas son mis ciudades) / corro y mato en sus campiñas / un par de liebres, y a veces / de perdices: otras voy / a un río en que diestro estoy, / y traigo famosos peces. / Ceno poco, y ansí a vos / poco os daré de cenar, / con que me voy a acostar / dando mil gracias a Dios /.

Por fin, dice Casilda (12) "cuando se muestra el lucero / viene del campo mi esposo / de su cena .deseoso", la que suele ser ligera según nos ha dicho Juan Labrador. Luego hay que cuidar el ganado: "Mientras él paja les echa / (continúa Casilda), ir por cebada me manda, / yo la traigo, él la zaranda / y deja la que aprovecha. / y vámonos a acostar / donde la pesa a la aurora / cuando se llega la hora / de venirnos a llamar" .

Los criados son miembros de la familia. El amo los trata como a hijos y los dota en su matrimonio. El salario nos parece ahora risible. Oigamos a unos servidores tratar del salario que paga Iván a San Isidro, el cual lo regalaba en caridades (13) : ...Si él guardara / todavía tuviera alguna cosa; / que en verdad que me dicen que el salario / es el mayor que gana en Madrid mozo.

JUAN:
¿Qué le da Iván?

PASCUAL:
Por meses se concierta.

JUAN:
¿y gana cada mes?

PASCUAL:
Es mucho.

JUAN:
¿Cuánto?

PASCUAL:
Tres reales, pienso, y de comer abundo.

BENITO:
La casa, ¡gloria a Dios!, asaz es rica.

¡Tres reales mensuales, señores, y de comer abundo! Ciertamente no era como ahora.

Casi todas las faenas de cultivo salen a colación en la obra de Lope. Allí vemos al villano, puesta la tosca mano al hierro del arado, llevar los surcos derechos, gritando a los bueyes: "¡Por acá, Manchado! ¡Por acá, Tostado!" El cuadro resulta lleno de vida.

"Arada tiene la tierra: / el villano va a sembrar / saca el trigo de la alforja / la falda llenando va. / ¡Oh, qué bien arroja el trigo! / ¡Dios se lo deje gozar! / Las aves le están mirando, / que se vaya aguardarán. / Junto a las hazas del trigo / no está bien el palomar (14).

Nos sentimos transportados a la anchura de los (barbechos y vemos al gañán lanzar la semilla en gesto de bendición, mientras las palomas o las rapaces urracas, desde la encina más próxima, aguardan su hora, cuando no se arriesgan a picotear tras de la yunta.

Descripciones semejantes de la apacible vida de aldea vimos, por ejemplo, en Peribáñez de labios de la hermosa Casilda, y en Fuente ovejuna de boca de la arriscada Laurencia.

Al Alba se levanta el labrador, cumple con Dios y muy luego comienza sus faenas. Si es rico, como Tello, el acaudalado propietario de la Membrilla (11) que dispone de más de treinta mozos, antes de salir el sol, manda a unos poner el arado, a otro ensillarle la yegua porque tiene que ir a la villa y ver de ca mino la gente de su labor, despierta a su hija, aunque se acostó tarde, para que no la envicie la cama con las voces de algunos gansos que manda soltar, encarga a otros que preparen el horno con jara y romero, al porquerizo que lleve a pastar su ganado, al uno que saque las mulas, al otro que disponga el carro. Durante la jornada recorre sus campos, vigila a sus hombres y la contemplación de su propia prosperidad le hace exclamar con orgullo, enumerando sus caudales :

Cien bueyes, dos mil ovejas, / cuyas bien limpias guedejas / parecen nieve en los prados, / dos o tres campos sembrados / con seis mulas y tres rejas, / cuatro cercados de fruta / que una pared alta ataja, / que cuando el tiempo se enluta / me dan el níspero en paja / y la parda serba enjuta; / pero cuando está sereno / la endrina cana, el melón / de grietas y letras lleno, / el rubio melocotón / y el pérsigo damasceceno. / Esas campiñas bizarras / me dan de vino, que estimo, / dos mil cántaras o jarras, / porque de arroba el racimo / suele colgar de sus parras. / El aceite no se cobra / por cuenta ni por medida (11 bis).

Llega, con el verano, el tiempo de la siega. Esta es una de las faenas más detalladas y frecuentemente descritas por Lope. Los obreros vienen de lejanas tierras para esta tarea, "convidados del agosto" (15) se ponen las toscas antiparras o polainas, cuelgan del hombro el gabán, la hoz menuda al cuello y del cinto los dediles. Al despertar el día se encaminan a las hazas, aplican diestros "la hoz curva de acero" (16 ) a las secas cañas, atan las manadas "sin maltratar la espiga", unas veces a jornal, a destajo otras (17) y al salir las estrellas caminan rendidos a su descanso, comen y beben en abundancia y aún tienen ánimos antes de entregarse al sueño, tendidos en el portal del amo, para contar o cantar algo hasta que van cayendo rendidos. Dice uno: "¡Pardiez, Bartolo, quisiera / que en un año amaneciera / cuatro veces solamente!"

Ya están la mieses en la era "Ya se aperciben los trillos / ya quieren también trillar / ¡Oh qué contentos caminan! / Pero mucho sol les da, / la mano en la frente ponen, / los pies en el trillo van; / ¡Oh qué gran sed les ha dado! / ¿Quién duda que beberán? / Ya beben, ya se recrean; / brindis. ¡Qué caliente está! / Aventar quieren el trigo / ya comienzan a aventar. / ¡Oh qué buen aire les hace! / Volando las pajas van; / extremado queda el trigo, / de ese limpio candeal...

Tal se expresa Lope en un "baile" de su comedia "San Isidro Labrador de Madrid". Y en otra titulada "San Diego de Alcalá" presenta a los ereros esperando el soplo del aire, comentando si se levanta flojo o demasiado fuerte, escogiendo lugar para manejar las horcas sin echarse mutuamente las pajas a la cara. Llega la moza de la casa con la comida y con ganas de palique, y luego el amo que corta por lo sano y para animar a su gente dice:

"Ea, que hoy ha de quedar / limpia en las eras la parva, / porque esta noche por barba / a pollo / habéis de cenar".

No falta tampoco la descripción de la molienda y de la cochura:

"Ya lo llevan al molino / ya el trigo en la tolva está. / Las ruedas andan las piedras / furiosa está la canal; / ya van haciendo la harina, / qué presto la cernerá. / ¡Oh, qué bien cierne el villano! / El horno caliente está, / ¡qué bien masa!, ¡qué bien hiñe! / Ya pone en la tabla el pan" (18).

Junto a estas soberanas faenas de la labranza castellana, ocupa destacado lugar en el cuadro lopiano la recolección de la aceituna. Vareadores y recogedoras llegan, como hoy, en cuadrilla a los olivares, entre bromas y cantares a los que aludiremos después. Dentro de la optimista visión del campo peculiar del Fénix, claro está que la cosecha suele ser excelente:

"A lo menos la aceituna / que habernos de varear / no deja que desear. / No he visto mejor ninguna. / Comenzad a sacudir, / que a fe que tenéis que hacer"(19).

Encontramos también gustosamente descrita la vendimia y la elaboración de los vinos. El labrador, los pies en las tintas uvas, hace rebosar el mosto negro "por encima del lagar" (21).

Habita el labrador acomodado amplia casa con patios y corrales, con las paredes blancas de cal. Por tapices, pobres sargas y por todo adorno cruces de espigas y pajas: "con algunas amapolas / manzanillas y retamas" (21).

La vestimenta de los villanos la describe Lope con pinceladas coloristas.

Visten ellos al exterior calzones y capotillo ceñido, polainas de paño o cuero, montera a la cabeza y abarcas en los pies salvo en ocasiones sonadas que estrenan zapatos de cordobán, "que siempre en bodas se calzan / -griguescos y sayo de raja- / sombrero y cordón de sedas" (22) y, por remate, la capa, a menudo pardilla como la de Peribáñez o un gabán como Sancho Panza.

Ellas son más galanas. Las sayas o basquiñas que llevan son unas veces "de palmilla de Cuenca" (23), otras de simple paño, adornadas con vivos o con cintas y herretes de plata para prenderlas (24) y encima un sayuelo y unos cuerpos con pasamanos de plata en las gentes ricas, tocas rizas o cofia de pinos (25). En las fiestas calzan chinelas argentadas o atadas con cintas de nácar y se engalanan con patenas y collares o sartas, corales, agnusdeis de azabaches de Galicia, gargantillas y faldellín (26).

Así engalanados ellos y ellas participan alegres en las fiestas aldeanas. No son éstas muy frecuentes, que la paz de la aldea casi sólo se turba en las festividades religiosas tradicionales o con motivo de la visita del Señor del lugar. Las primeras se solemnizan como hoy, con misa y procesión en la que no faltan los pendones o estandartes adornados de cordón y borlas. En ciertas fiestas se celebran peregrinaciones, como a Toledo en la Asunción, aderezando famosos carros con tapetes y alhombras (27). Número obligado de toda fiesta campesina, religiosa o profana, es el baile al son del tamboril y del rabel, del adufe y del salterio (28). De danzar, cantar o tañer, dice Lope, sabe el aldeano más que de leer. A la Pascua se come el hornazo adornado con picos y huevos y la mañana de San Juan de remota ascendencia literaria y folklórica, se coge la verbena y el arrayán y los mozos relinchan bravamente cabe las ventanas de las mozas casaderas. También las bodas dan ocasión a sabrosos regocijos de bailes y cantos a los que luego aludiremos. En ocasiones se suelta algún novillo (29) encintado con una soga de los cuernos para poderlo sujetar de algún modo, lo que no le impide hacer algún desaguisado gracioso unas veces, sangriento otras. Nos enumera Lope las modestas prendas que componen la dote de la campesina y, agudamente, hace notar que entonces como hoy no es cosa fácil casarse en la aldea quien sólo tiene galas y anda escaso de bienes más sólidos. Si la boda no se hizo a derechas, o la moza fue burlada, no faltan en la aldea, como ahora, cuatro bárbaros que organizan insultantes "matracas o cantaletas" o cencerradas que, por ejemplo, obligan al manchego Tello a salir de Manzanares, lleno de rencor por no poder vengar el agravio, y retirarse a su cortijo en el campo (30).

Fuera de estas ocasiones la vida ,de la aldea transcurre plácida con un silencio que explica donosamente Tomé, el gracioso de "El galán de Membrilla".

TOME:
Del silencio imagino, / señor, dos lugares.

DON FELIPE:
¿Cuál es?

TOME:
El rico vino / que tienen la Membrilla y Manzanares. / En el mundo he pensado / que no hay sueño tan dulce y descansado. / Apenas suena el gallo, / despertador de las tinieblas ciegas, / y la causa yo hallo / que es el estar las cubas y bodegas / junto a los gallineros, / que el tufo las oprime los gargueros.

No ladra sólo un perro / ni maya sólo un gato, que el licor famoso / desde su dulce encierro / los tiene en sueño blando y amoroso. / Los búhos y lechuzas / se han vuelto zorras, pero no de alcuzas".

En otro lugar ("El hijo de los leones" ) retrata Lope a las figuras sobresalientes de la aldea. Junto al cura "con su poco de poeta" de Villancicos, encontramos al alcalde con su alguacil, "aunque no hay gente que prendan" "sino al sastre y al barbero, / que uno cose y otro amuela. / Al que cose no se atreven, / porque si ha menester media, / pedirá cuarenta varas, / que en él es costumbre vieja. / Pues al barbero, ya veis / que el gaznate se le entrega / y que un villano enojado / ninguna barba respeta. / Hay tabernero; es buen hombre / porque con arroba y media / enjuaga todos los cueros / y cuando el vino les echa, / por flaqueza de memoria / el agua dentro se deja...

Hay un sacristán casado / que tiene la boca tuerta / y que canta un "Parce mihi" / que parece que reniega.

¿No parecen estos tipos tomados de la realidad cotidiana de cualquiera de nuestros pueblecitos? y para mayor exactitud descriptiva no olvida el poeta que aquellas gentes aldeanas, como las de hoy, a falta de mejores entretenimientos ejercitan su malicia, que parece consustancial con el labrador (31), en la murmuración, "tijera de las vidas", más entrometida y curiosa que en la corte.

Otro entretenimiento del campesino era la caza, más fácil y fructífera que hoy. Así nos dice Casilda de su marido:

Más precio verle venir / en su yegua la tordilla / la barba llena de escarcha / y de nieve la camisa, / la ballesta atravesada, / y del arzón de la silla / dos perdices o conejos, / y el podenco de trailla. ..

También en "El mejor alcalde el Rey" (32) nos habla Lope de las diversas clases de caza en que se ocupa un hidalgo campesino.

La guerra viene de vez en cuando a turbar esta placidez si el señor de la aldea dispone un alistamiento .de labradores como el Comendador en "Peribáñez" (33), pues en tal caso tanto hidalgos como villanos son fieles de esa "religión de hombres honrados" (34) que es la milicia. Se trataba entonces de servir al Rey que era para el pueblo, en el concepto de Lope, un padre objeto de respeto filial y no de servil sumisión, pues en la monarquía hallaban los plebeyos ayuda contra los Señores, que solían tender al feudalismo. Hacer justicia y proteger al pobre eran oficios de Rey "que eso significa el cetro".

"A los Reyes que gobiernan, / el llanto de los vasallos / y del labrador las quejas / es la música mejor" / dice el Rey en "El Galán de Membrilla". Persuadidos de esta verdad los labradores acuden con frecuencia al Rey en demanda de justicia. "Señor, para excusaros los rigores, / a ti acudimos / somos labradores, / cada cual se entretiene en su labranza, / y en esta confianza / los poderosos, porque nada sobre, / no es bien que inquieten y hagan mal al pobre (35).

Por eso cuando los reyes en sus frecuentes correrías por campos y aldeas vienen a hospedarse en casa de un labrador, se les recibe con todos los honores. / "Venga en buena hora el Rey, aunque soy pobre / bien puedo aposentarlo en mi cortijo; / no ha de costarle nada la posada. / Parte, Benito, y mata un par de bueyes, / veinte carneros, treinta o más cabritos; / desnuda el palomar, no quede apenas / un nido en él. Vosotros con ballestas / mataréis los conejos que pudiereis / y coma el Rey de valde con su gente...

Tal se expresa el manchego Tello en "El Galán de Membrilla" que me complazco en citar por no ser demasiado conocida.

El Reyes también protector y vengador del honor de los campesinos. "Es raro que el villano sienta estímulos de honor..."

Pero en el concepto de Lope "el honor es como el sol, que a todos alumbra", y por eso, tanta calidad tiene en el noble como en el villano: alto principio democrático del poeta. "Por lo demás, el honor popular es más comprensivo y digno que el caballeresco (36) y fue genial innovación de Lope (37) pues antes de él se consideraba el honor como exclusivo patrimonio de la nobleza. Con la expresión y difusión de estas ideas no sólo prestaba un apoyo de trascendencia al principio nivelador de moral y de justicia, que excluye toda distinción de categorías y personas, sino que al mismo tiempo levantaba y embellecía el sentimiento de la dignidad de las clases inferiores..." (38).

En "El mejor alcalde el Rey", dice éste al labrador Sancho, alabando su estimación del honor:

"-No es posible que no tengas / buena sangre, aunque te afligen / trabajos, y que de origen / de nobles personas vengas, / como muestra tu buen modo / de hablar y de proceder"

Intimamente mezclado al tema del honor aparece el del amor, que tan importante papel juega en la vida y en la obra de Lope. Distingue, como experto en la materia, entre el amor cortesano y el que en la aldea se usa, más firme éste, más elocuente aquél (39), aunque no faltan galanuras y floreos verbales en los mozos labradores que alguna vez se enzarzan en peliagudas discusiones sobre la esencia del amor, defendiendo unos el concepto platónico y afirmando otros que el amor no es sino egoísmo (40).

Como muestra característica de la interpretación lopiana del amor campesino, véanse los requiebros que Peribáñez dirige a su Casilda:

"El olivar más cargado / de aceitunas me parece / menos hermoso, y el prado / que por el mayor florece, / sólo ,del alba pisado. / No hay camuesa que se afeite, que no te rinda ventaja, / ni rubia dorado aceite / conservado en la tinaja, / que me cause más deleite. / Ni el vino blanco imagino / de cuarenta años tan fino / como tu boca olorosa; / que como al señor la rosa / le huele al villano el vino. / Cepas que en diciembre arranco / y en octubre dulce mosto, / ni por los bienes de agosto / la parva de trigo blanco... (41).

Las mozas son más comedidas en su lenguaje. Así habla Elvira en "El mejor alcalde el Rey" (42) a su pretendiente:

"Sancho, pues tan cuerdo eres, / advierte que las mujeres / hablamos cuando callamos, / concedemos si negamos. / Por esto y por lo que ves / nunca crédito nos des, / ni crueles ni amorosas, / porque todas nuestras cosas / se han de entender al revés."

Cuando el galán, después de aprender esta ciencia, llega a traducir las reticencias y disimulos de su amada, formula su declaración que suele consistir en la demanda de licencia para pedir la mano de la amada al padre de ésta, el cual, después de asegurarse del consentimiento de la novia y de tratar con el desposado o con su padre la cuestión de la dote, otorga el permiso para que se proceda a la boda. En ocasiones se requiere el permiso del señor del lugar o del que tiene a los novios a su servicio, quien suele obsequiarles con dádivas generosas (43) .

Las bodas, a que ya nos hemos referido, dan ocasión a manifestaciones preciosas de la lírica popular de Lope. Pero este tema requiere una consideración algo más detenida.

Muchas veces se ha señalado la presencia y el valor de las muestras de lírica popular en las obras de Lope. "Su corazón, dice M. Pidal, ha permanecido siempre abierto a la inspiración ingenua y ruda de los humildes: los cantos populares despiertan en él al eco fiel y armonioso de la poesía más profunda" (44).

Ya Baltasar Gracián, en la 2ª parte de "El Criticón", aludía a Lope con estas palabras: "Resonaba mucho y embarazaba a muchos instrumentos que unieron cáñamo y cera. Parecía órgano por lo desigual y era compuesto de las cañas de Siringa, cogidas en la más vega. Llenávanse de viento popular".

En verdad el viento de la poesía popular sopló siempre constante en los tubos del órgano lopiano y penetró toda su obra, especialmente la dramática hasta el punto de ser ésta una de las fuentes más abundantes para el conocimiento y estudio de la lírica medieval castellana. Allí donde el drama llega a su escena culminante, cuando el interés de los espectadores está más despierto y atento, intercala el poeta una canción popular, muchas veces conocida del público, rodeada hábilmente de los elementos que más pueden contribuir a hacerla resaltar. Hasta comedias enteras tiene basadas en la ampliación de un cantarcillo vulgar (45). Estas canciones son unas veces recogidas de la tradición popular y, otras, inventadas por el propio Lope, pero tan hábilmente que con frecuencia no sabríamos distinguir si se trata de una auténtica manifestación popular o de una acertada estilización del gran poeta.

Todas pueden agruparse bajo la denominación común de "letras para cantar" que comprenden los villancicos y su derivación, la letrilla artística, las seguidillas y otros cantares populares de diversas regiones y temas. Figuran los primeros entre los más delicados e ingenuos de la literatura española; así el que comienza: "¿Quién tendrá alegría / sin la blanca niña?" y éste otro: "A la esposa divina cantan la gala / pajarillos al alborada; / que de ramas en flores y de flores en ramas / vuelan y saltan". y sobre todo el muy conocido, inserto en "Los pastores de Belén": "La niña a quien dijo el ángel / que estaba de gracia llena. ..".

Entre las seguidillas que, aunque de inspiración popular, eran moda cortesana, destacan las celebérrimas referentes al Guadalquivir: "Río de Sevilla / ¡cuán bien pareces, / con galeras blancas / y ramos verdes!.

O las de amor, como: "No corráis vientecillos / con tanta prisa / porque al son de las aguas / duerme la niña".

Los bailes o canciones destinados a la danza pueden clasificarse (46) en descriptivos y de espectáculo. De los primeros es conocido el de las avellanicas (47) y nos hemos deleitado con la lectura de uno de la comedia "San Isidro, labrador de Madrid": el del villano que va describiendo sus faenas comenzando por la siembra. La joya de los segundos es un baile de la comedia manchega "El Galán de Membrilla", cuyo tema clásico está entroncado con los remotos idilios helénicos. Vengamos a los diversos cantos populares que se refieren a las faenas del campo. Son muy frecuentes los cantares de siega como el que comienza: "Blanca me era yo / cuando entré en la siega. .." en el que la segadora se defiende de haberse vuelto morena contra el gusto de la época (48).

No faltan las coplas de vendimiadores, no siempre limpias, que entonces como ahora amenizaban las alegres faenas de la vendimia ahorrándole racimos al amo, especialmente a la vuelta de las viñas sobre los carros cargados.

Los cantos de aceituna están igualmente representados en la obra de Lope: "¡Ay fortuna! / cógeme esta aceituna. / Aceituna lisonjera, / verde y tierna por de fuera, / y por de dentro madera, / fruta dura y importuna. / ¡Ay fortuna!", etc.

No faltan tampoco las "serranas", de vieja tradición, desde los tiempos del Arcipreste de Hita, ni los "tréboles" o canciones del "Señor San Juan", tan difundidos, ni las antiquísimas mayas que todavía se entonan en muchos de nuestros pueblos: "En las mañanicas / del mes de mayo / cantan los ruiseñores / retumba el campo. ..I Visten las plantas / de varias sedas, / que sacar colores / poco les cuesta..." (50).

Citemos, por último, los cantos de bodas, tan regocijados y pintorescos. Así canta Lope en su comedia "El molino": "Esta novia se lleva la flor, / que las otras no. Bendiga Dios el molino / que tales novias sustenta, / muela su harina sin cuenta / a costa de tal padrino. / Estos muelen de lo fino / del trigo que muele amor, / que los otros no".

O el otro de Peribáñez que empieza: "Dente parabienes", a cuyo son se baila en las alegres bodas de Casilda y Peribáñez, hasta que un bravo novillo derriba mal herido al comendador de Ocaña.

Así quedan dados los últimos toques al cuadro de la vida campesina tan galanamente pintado por Lope de Vega. Bien podemos cerrarlo con las palabras que el protagonista de "El villano en su rincón" (51) mandó grabar en piedra para que le sirvieran de epitafio y que causaron la admiración del Rey, en cuya opinión merecían "letras en diamante".

"Yace aquí Juan Labrador / que nunca sirvió a señor, / ni vió la corte ni al Rey / ni temió ni dió temor ni tuvo necesidad, / ni estuvo herido ni preso, / ni en muchos años de edad / vió en su casa mal suceso, / envidia ni enfermedad."

El contraste de esta existencia placentera con la azarosa del poeta, comparable la primera a "una fuente sosegada" / que sonora, apacible y adornada / de varias flores, sin cesar corría". Igualable la segunda a " ...un arroyo en tempestad airada / que turbio y momentáneo discurría" hace exclamar a Lope melancólicamente: "¡Dichoso aquél que vive como fuente, / manso, tranquilo, y de turbarse ajeno!" (52).

Así pintó Lope de Vega al pueblo, indudablemente, mejorándolo, hermoseándolo. Si con el cultivo de estos temas populares aseguraba el éxito, incluso mercantil "nunca se baja como el aire industrial o el teatro de suburbio hasta colocarse captatoriamente en la zona inferior de la comprensión, por encima de la cual los torpes no pueden levantarse y hasta la cual los discretos pueden darse el gusto de descender. que, como dice bien Carayón, en Lope hasta la lección del poeta popular, del que pretende hablar en necio a los necios, es la lección de la elegancia sensitiva, de aristocracia española" (53)

J. Montesinos dice " ...si respetó (Lope) con más fidelidad que nadie el espíritu y las formas transmitidas, como todos los grandes poetas populares dio al pueblo más que de él había recibido. Porque fue un creador, no porque fue un rapsoda, nos legó una obra excelsa" (54).

Su premio fueron la popularidad y la fama. Quevedo, en la aprobación de las "Rimas" de Burguillos dice: "Fray Félix de Vega Carpio, cuyo nombre ha sido universalmente proverbio de todo lo bueno". En Madrid le enseñaban como un monumento. Su nombre, como hoy los de las estrellas y astros famosos del cinema, autorizaba los productos más variados, desde el pescado hasta los frutos. Famoso desde entonces, hoy, por haber sabido penetrar en la entraña del pueblo y reproducirla artísticamente, le reconocemos como poeta de la raza y Príncipe de nuestros Ingenios.

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(1) K. Vossler, "Lope de Vega y su tiempo", 1933, pág. 107.

(2) A. Valbuena, "Literatura dramática española", Labor, 1930, cap. V, pág. 115.

(3) A. Valbuena, "Historia de la Literatura española" Tomo II, Barcelona, G. Gili, 1950, pág. 287.

(4) Valbuena, última obra citada, pág. 305.

(5) El villano en su rincón, acto I, esc. 7ª..

(6) El villano en su rincón, acto II, esc. 14ª...

(7) Historia de la Literatura y del Arte Dramático en España", tomo II, Madrid, 1886, cap. XI.

(8) J. M. Vigil. Lope de Vega. Impresiones literarias, México, 1904, cap. IV, pág. 3. cap. VIII. págs. 108-109.


(9) K. Vossler, Introducción a la literatura española del siglo de Oro, Austral, nº 511, Buenos Aires, 1945, pág. 43.

(10) Estudios sobre el teatro de Lope de Vega, tomo V, "Comedias de asuntos de la historia patria", Edición Bonilla, Madrid, Suárez, 1925, LXII.

(11) "El galán de Membrilla".

(11 bis) "El hombre de bien", citado por Arco y Garay, obra dicha, pág. 863.

(12) Peribáñez, acto I, esc. 13, v. 708-710, 724-27, 760-3.

(13) Lope de Vega, "S. Isidro Labrador de Madrid", citado por Arco y Garay. pág. 867.

(14) S. Isidro Labrador de Madrid.

(15) Peribáñez, acto II, esc. 12.

(16) Peribáñez, acto III, esc. 5.ª

(17) Peribáñez, acto II, esc. 4.ª, y 7ª.

(18) Lope de Vega, San Isidro Labrador de Madrid; baile.

(19) El villano en su rincón, acto III, esc. 1ª.

(20) Peribáñez, acto III, esc. V.

(21) Peribáñez, acto II, esc. 23.

(22) La villana de Getafe.

(23) Peribáñez, acto I, esc. 13.

(24) Peribáñez, acto II, esc. 23.

(25) Peribáñez, acto II, esc. 12.

(26) La villana de Getafe. El ejemplo de casados.

(27) Peribáñez I, esc. 9, 14, 17.

(28) Peribáñez I, v. 89-110.

(29) Peribáñez, acto I, esc. II.

(30) El galán de la membrilla.

(31) Lope, "El leal criado".

(32) Acto I, esc. VI.

(33) Acto II, esc. XVII.

(34) Calderón, "Para vencer a Amor, querer vencerle".

(35) "Ya anda la de Mazagatos". Véase también: Peribáñez, Fuente ovejuna, El mejor alcalde el Rey, Los novios de Hornachuelos si es de Lope y, el Infanzón de Illescas.

(36) Valbuena, Literatura Dramática española, Barcelona. Labor, 1930, cap. X, pág. 297 y cap. V, pág. 131.

(37) M. Pidal. De Cervantes y Lope de Vega, 3ª edic. colec. Austral, nº 120, pág. 152.

(38) J. Mª Vigil. Lope de Vega. Impresiones literarias. México, 1964, VIII, pág. 109.

(39) El mejor alcalde el Rey. Acto I, esc. X.

(40) Fuente ovejuna. Acto I, v. 360-444.

(41) Peribáñez. Acto I, v. 46-65.

(42) Fuente ovejuna, acto I, v. 723-74.

(43) "El mejor alcalde el Rey". Acto I, esc. VII y X.

(44) M. Pidal "L'epopée castillane".

(45) Así, "Peribáñez", "Los Comendadores de Córdoba", "El aldehuela", la "Gran comedia del abanico" y, en parte, "Fuente ovejuna" y "El caballero de Olmedo".

(46) José F. Montesinos. Lope de Vega. Poesías Líricas, I Clásicos castellanos. La Lectura, Madrid, 1926, pág. 42.

(47) "El villano en su rincón", Acto II, esc. II.

(48) El gran duque de Moscovia. Citado por J. M. Blecua. Lope de Vega, Poesía lírica, Clásicos Ebro, pág. 35.

(49) El villano en su rincón, Acto III, esc. II.

(50) De la comedia "El robo de Dina". Blecua, obra citada, pág. 38.

(51) Acto I, esc. XII.

(52) "El villano en su rincón ", Acto III, esc. VII.(53) M. Carayón. "Lope de Vega", París, 1929, pág. 84. Citado por M. Pidal "De Cervantes y Lope de Vega", 3ª edic. Col. Austral, nº 120. Buenos Aires, 1945, págs. 94-95.

(54) José F. Montesinos, obra citada, pág. 445.