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EL CICLO VITAL EN LA PROVINCIA DE CACERES: DEL PARTO AL PRIMER VAGIDO

DOMINGUEZ MORENO, José María

Publicado en el año 1986 en la Revista de Folklore número 61.

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En un trabajo anterior publicado en esta misma revista (ver nº. 46, págs. 136-144) reflejaba toda la compleja ritualización que envuelve el período prenatal en la provincia de Cáceres. En esta ocasión me referiré a la siguiente etapa del ciclo vital, es decir, a aquella que comienza instantes antes del parto y concluye con el primer llanto del recién nacido. La mayor parte de los datos aquí expuestos los he recopilado en trabajos de campo, aunque a éstos he añadido informaciones procedentes de personas interesadas en el estudio de temas de esta índole. Por tal razón estoy en deuda con Hortensia Blázquez, Teresa Domínguez, Alfonso Paniagua, Julio Castaño y Cipriano García.

1.-SAN RAMON MILAGRERU.

Los nueve meses de la gestación, dependiendo del estado anímico de la embarazada y de sus allegados, transcurren con una mayor o menor rapidez. Durante ese período, sobre todo si la futura madre es primeriza, ya ha sido puesta al corriente de lo que significa el parto y de las vicisitudes que lo acompañan. De ello se encargan en los pueblos cacereños las vecinas, lah comadrih, las santeras y las solteronas, que tienen por norma las visitas a la mujer grávida en las últimas semanas del embarazo. En estas reuniones se sucederán historias de nacimientos deformes, de partos fatales para la madre; se darán consejos para que la joven proporcione elasticidad a la matriz cuando llegue el momento de la expulsión, «medicinas» para acelerarla...; se le enseñarán jaculatorias y oraciones y se le proporcionarán reliquias con fama de asegurar buenos alumbramientos. Si las recomendaciones tienen por marco el Campo Arañuelo y otros puntos limítrofes con las provincias de Avila y de Toledo se le dirá a la embarazada de la conveniencia de hacer vida sexual hasta el comienzo de los dolores, ya c' asina la buraca se quea máh refaliza y el niñu pue refalal mehol pa salil máh apriesa. En otras áreas de la región los contactos íntimos están vedados polqui quiciá el muchachinu ehté algu someru y s' endañi o s' ahogui.

No es equivocado suponer que en todo el ámbito cacereño la llegada de la maternidad sea esperada con una mezcla no disimulada de angustia y de deseo. En toítah lah becih, y con ehti del bientri ya ba pa cuatru, poh m'a cerullu, que sé no s'aprendi con muchu trael críu...; la mi madri se sabía un reflán aparenti y mu berdá y qu' eh qu' en paril y en cocel eh siempri nueba la muhel, me decía una señora, que no llegaba a los cuarenta años, de Malpartida de Plasencia. La misma opinión y en términos parecidos la he escuchado en los más apartados rincones de la provincia. Sin embargo ese miedo al dolor, al parto dificultoso, al nacimiento de un niño deforme, etc., no son razones suficientes para que la embarazada s'amilani, ya que ha llegado al convencimiento, merced a las «asesoras», de que el excesivo temor es perjudicial tanto para ella como para el naciturus.

Saben las gestantes que tienen a su favor una serie de remedios sobrenaturales capaces de hacerlas salir del trance felizmente. La letra de una jota que se canta en la provincia de Cáceres se refiere a uno de los santos patrocinadores de buenos partos y que es objeto de especial devoción, aunque pasajera, por parte de las mujeres próximas a dar a luz:

«Las mujeres cuando paren
se acuerdan de San Ramón,
pero bien se olvidan del santo
cuando hacen la función.»

San Ramón Nonato regenta efectivamente el patronazgo de las parturientas y su fama ha alcanzado predicamento universal. En Eljas la embarazada le ofrece una misa por cada mes de gestación. Semejante costumbre se conserva en diversos pueblos de la Sierra de Gata y valle del Jerte, donde también se le da la limosna correspondiente. Velas de cera virgen, siempre en número impar y no inferior a tres, colocan en Baños de Montemayor sobre el altar del santo en el momento de cumplil. En Zarza de Granadilla la embarazada primeriza le ofrecía un novenario. Cinco misas se celebraban antes del parto y cuatro después de que éste tuviera lugar, dándose la circunstancia de que la propia gestante no debía de asistir a ellas para que todo transcurriera sin contratiempos. Semejantes prácticas de limosnas, oraciones y promesas al santo protector se confunden en la totalidad de los pueblos cacereños.

Cuando los nacimientos se producen en la propia vivienda de la embarazada, lo que la no resulta corriente en el espacio geográfico que estudiamos, la imagen de San Ramón es obligado que esté presente junto al lecho de la parturienta, sobre una mesa con mantel blanco y alumbrado con una vela. Al intensificarse los dolores del parto es costumbre en Ahigal que una mujer puehta en ehtah cuhtionih rece la correspondiente jaculatoria:

San Ramón benditu,
que sin huerza de muhel nacihti
y con l' ayúa del tu padrinu
al mundu benihti. Amén.

A ello responden las otras mujeres que auxilian a la parturienta:

San Ramón, santu barón, que lo para sin dolol.

Seguidamente la que inició la jaculatoria rocía la habitación y la casa con agua bendita y hace la señal de la cruz en la frente de la parturienta con el dedo pulgar untado en aceite. Una auxiliar de la partera que en muchas ocasiones fue rezadora oficial me aseguraba el óptimo resultado del rito: Aluegu d'ehtu ya no sintía cuasi na y el nófitu nacía comu el airi, comu si la su madri asoplara de p' aentru airi en be de carni... y esu eh cosa güena, que loh dolorih de paril, asín que loh de lah muelah, son maluh malituh. Digu yo que pa cosinah talih ehtán loh santuh y san Ramón eh mu milagreru y nació aluegu endihpué d' endiñaila la su madri la probicita.

Este deseo ahigalense de parto sin dolor , tal vez logrado psicológicamente, no es compartido por la generalidad de las cacereñas. Poseo citas abundantes en este sentido. Como botón de muestra sirva la recogida en Garrovillas de boca de una joven madre: Si no lo sientih eh como si no pasara na. Si mihmo te duermin y cuandu dehpiertah tienih al niño al lao, poh na, eh com'un regalu, y ya; otra cosa eh que lo sientah salil del cuerpu, bien sentío, como se dehprendi y to esu; entoncih sí; entoncih bah biendu qu' es tuyu y cómo sientah qu' eh tuyu eh comu lo bah a querel... El primel dolol haci el primel amor. .., eh un reflán, pero com'una iglesia de grandi.

En Guijo de Galisteo hasta hace varias décadas San Ramón podía ser manipulado en caso de que fuera reacio a satisfacer a la parturienta. Se le acercaba a los labios una estampa del santo para que la besara, colgándose después a la cabecera de la cama. Si el alumbramiento se retrasaba y los dolores del parto se hacían más fuertes el santo era aperreáu. La afrenta consistía en colocar el cuadro del revés o boca abajo e, incluso, en pincharle con alfileres en los ojos. Acciones semejantes contra otros santos, convertidos en auténticos fetiches, aunque por motivos distintos se constatan con relativa facilidad en la provincia de Cáceres y a ellas ya me he referido en algunos trabajos.

También las embarazadas cacereñas recurren cuando se acerca el momento del parto a San Antonio. Esta especialización del santo paduano está profundamente arraigada en las zonas ganaderas de la región (Las Hurdes, Sierra de Gata...) y en los pueblos limítrofes con Portugal. Pero al igual que su colega, San Antonio para ceder su gracia exige a cambio sacrificios, promesas, limosnas y oraciones. La plegaria que con mayor frecuencia ha de escuchar el intercesor divino es aquella que suelen recitar las cacereñas desde el instante en que se saben embarazadas y que no omiten un solo día de la gestación, cuyos últimos versos están puestos en labios del mismo Jesucristo:

«Yo te voy a dar un don
que no di nunca a otro varón:
donde tú fueras nombrado
no caigan estrellas ni rayos,
ni muera la mujer de parto,
ni se muera el niño de espanto.»

Al lado de San Ramón y de San Antonio hay en la provincia otros santos y vírgenes de los que las mujeres se acuerdan en estos decisivos momentos y que generalmente son los mismos a quienes invocaron las estériles deseosas de hijos y lah tardah. Casi siempre son santos de devoción local o comarcal y su advocación viene determinada por la presencia de un santuario o de una imagen de especiales características. Cito algunos ejemplos que considero relevantes: San Bernabé se encarga en Jaraiz de la Vera de hacer fácil y llevadero el alumbramiento; San Pedro Celestino, en Villamiel; San Pedro Apóstol, en Torrejoncillo; San Gregorio, en Brozas; la Virgen de las Angustias en Navalmoral de la Mata; la Virgen de Monfragüe, en Villarreal de San Carlos y Torrejón el Rubio; la Virgen del Carrascal, en Aldea de Trujillo; Santa Ana, en Plasencia y Guijo de Granadilla; el Cristo de la Victoria, en Serradilla, Holguera, Riolobos y Mirabel; Nuestra Señora del Buen Varón, en Hoyos; la Virgen de la O, en Garrovillas y Navas del Madroño; Nuestra Señora de la Navelonga, en Cilleros; la Virgen de las Paridas, en Cáceres; Nuestra Señora de la Luz, en Arroyo de la Luz; la Virgen de la Peña de Francia, en las Hurdes Altas; la Virgen de la Victoria, en Trujillo; Santa Marina, en Aceituna, Portezuelo y Cañaveral; el Cristo de los Remedios, en Ahigal; Santa Florentina, en Berzocana; la Virgen de Fuensanta, en Zorita; la Virgen del Consuelo, en Logrosán; la Virgen de Guadalupe, en la comarca de las Villuercas y en buen número de pueblos del sur de la provincia; Santa Rita, en Santa Cruz de la Sierra y Puerto de Santa Cruz; la Virgen de la Berrocosa, en Jarandilla; la Virgen de Argeme, en Coria, Rincón del Obispo y La Puebla; y la Virgen de la Montaña, en el partido de Cáceres. La lista puede ampliarse, ya que las devociones locales no faltan en ningún núcleo de la provincia. A los anteriores nombres cabe añadir la veneración particular de la parturienta a algún santo o virgen determinados y de fama universal. Santa Bárbara y las vírgenes de Fátima y de Lourdes comparten con los intercesores repartidos por la geografía cacereña las oraciones de las gestantes en los últimos años.

La propiciación del parto por medios religiosos está profundamente arraigada en la región. Actualmente, aun cuando la mayoría de los partos acaecen en hospitales y centros sanitarios, siguen las mujeres haciéndose acompañar en ese momento de estampas, medallas y relicarios del santo de su devoción e, incluso, encargan que las velas no dejen de alumbrar en los altares respectivos. La acción de gracias en sus más variados aspectos después de la buena nueva sigue teniendo la misma vigencia que antaño.

2.-EN LA CASA PARIERA.

Pero dejemos el hospital y volvamos a la casa pariera y a su entorno. Es sumamente curioso que en cada área de la geografía cacereña la gestante sea objeto de un tratamiento diferente. En Cañamero, Logrosán, Guadalupe y Alía, entre otros lugares, la embarazada a partir de la tercera falta tiene prohibido cualquier tipo de trabajo por suave que éste resulte. Bida de la preñá, bida prebilehiá, dicen en Conquista de la Sierra y en Miajadas. Creen por aquellos contornos que es a partir de los tres meses de embarazo cuando cualquier actuación de la madre repercute en la vida del feto. No coserá, ni tejerá, ni pasará por debajo de una escalera o de un tendedero, ni mirará al cura cuando se ponga el cíngulo, ya que en todos estos casos el cordón umbilical se enrollaría al cuello del niño y moriría asfixiado. No debe barrer, pues barrería el alma del feto. Tampoco habrá de lavar la ropa ni tocar el jabón, porque el niño resbalaría y saldría antes del tiempo, es decir, se produciría un aborto. Y, por último, no podrá cocinar por temor a que se le pegue la comida, puesto que ello implica que se le pegarán lah parih y no las expulsará en el momento del parto. Estas prescripciones y temores obligan a la embarazada a un continuo reposo, siendo sustituida en los trabajos caseros por su madre, su hermana, una vecina de confianza y, en menor proporción, por la suegra.

Este continuo descanso contrasta con la total actividad de la gestante en otros puntos de Cáceres, en donde no cesan en las faenas más duras del campo (cava, recolección...) hasta que se avecina la hora del parto. Son generalmente lugares en los que la labor agrícola de la mujer es tan importante como la del hombre. Una anciana de Caminomorisco destaca los factores favorables del trabajo, cualquiera que sea éste, en el desarrollo del embarazo: Lah preñáh d' agora paein toah malah. Antih, na d' esu. Mehmu que beh una casá de pocu y beh la su cara y, ya ehtá, d' ensiguía lo sabih. Toa malina, toa malina... y sin gana de hacel ni un na. ¿Anti? Poh preñá del to y toitu el

santu día agachá y d'acá p'allá. ¿No be uhté? Con el trabajal se quea el pellehu abaanáa y eh güeno esu. No mehmu sintía asín com'una cosina y m'iba y el ni ñu ehtaba ihpiertu y se salía solitu, cuasi que sin huerza...y cuasi que sin dolel, polqui ehtamu hecha al trabahu. Lah bagah d' agora no se muebin y el niñinu benga a dormil y dormil... y de dormíu no s'empuha, asín que toah hacin un mal paril. En Casar de Palomero no se recomienda a la embarazada algún tipo de trabajo. Así me lo indicaba una joven que esperaba el pronto nacimiento de su hijo: Yo hagu de to, comu anti d'ehtal...; buenu..., no llebu el bañu al cuadril, porqui una de la calli... lo llebaba y d'apretalsi el rebordi alláu le hirió al niñu y nació Con el labiu ehti d'abaju partíu al mediu.

Consejas sobre mujeres a las que sorprendió el parto trabajando en el campo, habiendo dado en él a luz sin ayuda de nadie y regresando al pueblo por los propios pies y con el niño en brazos, he podido escucharlas en Las Hurdes, Sierra de Gata, Valle del Jerte y cuenca del Alagón. En todos estos lugares terminan señalando que el pequeño creció fuerte y sano, como queriendo oponer estas virtudes a las supuestamente negativas de los que fueron traídos al mundo por madres ociosas.

Hasta el primer tercio de siglo la mujer primeriza solía ir a casa de sus padres para dar a luz. A la entrada de su antiguo hogar sufría la primera atención médica: se le practicaba una sangría en el tobillo. Todo los cuidados durante esa estancia eran negociu a pagar por los padres maternos. Si éstos habían fallecido era la hermana mayor la que les sustituía en tales obligaciones. La costumbre viene de lejos, como se patentiza en la versión extremeña del romance de doña Arbola, en aquella frase que luego sería fatal para la infortunada mujer: « ...a la casa de mis padres, / ¿quién fuer'a parir allá?».

Si bien es cierto que cuando la embarazada se percata de su estado cambia la dieta, es decir, deja de ingerir sustancias nocivas tanto para ella como para el niño o añade otros productos a su menú, es precisamente en las últimas semanas cuando tiene que extremar los cuidados dietéticos y comel pa doh. De este modo me lo explicaron en Pozuelo: Cuandu aiga doh falta pue qu'ehté y pue que no ehté..., peru si encima se colorea el pezón de lah tetah, antonci sí qu'está..., qu'eh que se conocí en lah tetah má santi qu' en la barriga. Dendi esu se tieni que comel sopita y güen binu, cosa c'alimentí, que son doh a zampal, el d'aentru y la d' ahuera. A lo ultimitu y' ay que comel máh y mehol y si eh menehtel s' agarra el embúi: lechi con güebu, chocolati hechu, gruñueluh y así. .., lo güenu, potahi... Sin embargo, ésta no es opinión generalizada, puesto que en Piedras Albas, Alcántara y Brozas aconsejan a la mujer en estado que coma lo justo, ni más ni menos, ni menos ni más, y de to, sólo que no sea grasa ni carne de guarro, poh l' engorda la cabeza al niño y se ve negro pa que salga. En el sur de la provincia (Villamesías, Escurial, Madrigalejo, Albalá y Torre de Santa María) las embarazadas no beben leche por temor a que el feto se desarrolle demasiado y presente dificultades a la hora del parto.

La paremiología cacereña matiza claramente cuál es el momento de dar a luz y pone sosiego en la espera de la futura madre: «Bien lo sabi la madri, mehol lo sabi el infanti», «Lo que dici la luna, el gazapu (feto) lo asegura», «Anti que la luna, la criatura», etc. Es algo que resumía una embarazada de La Cumbre no sin un ápice de gracia: Yo pa mí ya ehtoy cumplía, asín que cuandi sea, eh; ademá la tranca eht' ábierta, de modu que cuandi quiera salil qu'empuhi la puerta, qu'él sabrá. Importa mínimamente que el parto se retrase uno o varios días. Lo que en realidad preocupa es que éste se presente largo y dificultoso. Aunque para acelerarlo y para facilitarlo la partera y sus ayudantas disponen de suficientes remedios, aparte de las consabidas oraciones.

3.-TREH BECIH TREH.

Publio Hurtado a finales del pasado siglo recogió en la capital cacereña una receta capaz de provocar rápidas contracciones y favorecer la expulsión del feto. La parturienta tenía que tomar hiel de víbora, tostada en el horno, pulverizada y mezclada con vino. y si el caso se veía complicado se echaba mano de huevos de cuervo y de caldo de arañas. La sorprendente farmacopea no se detenía aquí. En toda la provincia fue de rigor el ingerir unos granos de excremento de liebre virgen, práctica que también hemos constatado como propiciadora del embarazo. En Benquerencia cuando el parto se presentaba difícil la parturienta tomaba sieti cagáh de cabra campesina y en Aldehuela ingería estiércol de buitre batido con vino o aguardiente. Con la misma finalidad se le administraba cornezuelo de centeno, que en la región era expedido por «comineros» ambulantes.

Agua de tres fuentes o de tres pozos, cogida por la misma embarazada, a la que echaban tres gotas de agua bendita, la ayudaba en el trance de dar a luz. En Escurial para que tal agua surtiera efecto se hacía necesario que se lavara en ella las manos el marido. En Carcaboso bastaba con que se metiera dentro del recipiente contenedor el pico de un formón.

El caldo de gallina blanca tiene todas las propiedades para precipitar la expulsión del feto, según creencia de Mohedas de Granadilla y Cabrero. En Valdeobispo se estima que la pita más efectiva es la que tiene dos años, mientras que en Ahigal se sigue pensando que ha de ser birgin, no montá por el garullu pa qu' el caldu ehté con to lo suhtanciosu y la proboqui. Una infusión de laurel con miel o azúcar creen que dilata la matriz de la parturienta en Hervás, La Granja, Zarza de Granadilla, Pinofranqueado, Torrecilla de los Angeles, Abadía, Torre de Don Miguel y algún que otro pueblo del norte de Cáceres. En Valdestilla, Baños de Montemayor y Casas del Monte se toma con la misma finalidad agua de anís caliente.

A nadie que haya investigado en este campo le ha pasado desapercibida la enorme importancia que tienen los amuletos en el momento del parto. Facilita la expulsión del feto y aminora los peligros y los dolores el que la parturienta lleve bajo la camisa las uñas de un milano. El mismo efecto produce el que tenga sujeta al cuello una bolsita que contenga el cálculo de un litiaco expelido espontáneamente. Y no menos eficaz es el que se sujete al muslo izquierdo la llamada piedra del águila con una cinta de color rojo que previamente se enrolló a la cintura de alguna imagen milagrera. El mencionado amuleto no es otra cosa que una piedra lisa y brillante, del tamaño y del color de un huevo de tordo, que, según las diferentes opiniones, suele encontrarse en los nidos de las águilas o en el estómago de estas aves. Fueron todos estos remedios muy utilizados en la mayoría de los pueblos de la provincia hasta los años cincuenta e, incluso, posteriormente, aunque ninguno gozó de más fama que la rosa de Jericó (anastática hierochúntica). Dicha flor se colocaba dentro de un vaso de agua muy cerca del lecho de la parturienta y, al abrirse por la humedad y merced a un principio simpático, se creía que favorecía las dilataciones de la mujer.

En los pueblos de la antigua mancomunidad de Granadilla cuando el trance estaba próximo le ponían bajo la almohada una «vela de tinieblas» en la que se hubieran grabado treh becih treh crucih; se asperjaba la habitación con agua bendita al tiempo que la celebrante murmuraba entre dientes y repetidamente el bien aentru, el mal ahuera, utilizándose como hisopo un ramito de verbena; se encendía en la sala un zahumeriu con el romeru y el tomillu que no se quemaba ni en San Juan ni en San Pedru, poquinu, pa c' abiera poca humaera y solitu c'abiera golol; y, por último, se le cosía a la camisa de la parturienta un papel con oraciones apropiadas para el caso. Yo mismo he visto una hoja, amarillenta y desgastada por el uso, utilizada en más de un parto, que contenía esta pequeña jaculatoria escrita a mano:

« Santana parió a la Birgen
y la birgen parió a Dio.
Santana y la Birgin
los parieron sin dolor .
En el nombre del Padre
y del hijo y de Espiritu
santo, amen.»

Pero aquí no se agotan las existencias. En Guijo de Galisteo cuelgan debajo de la cama de la que está dando a luz una llabi hembra y la explicación del acto pude oírla en los siguientes términos de boca de una mujer que había atendido numerosos partos: De las llabih grandih ay doh llabih...La una eh maciza toa , y no tie que bel na con lah muherih. En la , otra, la güeca. Tie al lau del agarri a mo d'un ochu echau: esu son comu si hueran lah tetah. Abahu del manil eh güecu,. poh esi güecu eh asín comu el buracu pa que salga el niñinu. Se poni pa que la muhel s' abra mehol. La llabi, ¿m' entiendi uhté? , eh comu la muhel a paril, a la manera del retratu, polqui eh y no eh. ¿M'entiendi? Con la llabi tamién cohi mah ubri y mah lechi pa crial. Estamos ante un claro ejemplo de método simpático. En Garrovilla y en Malpartida de Plasencia cuando arrecian los dolores del parto obligan a la gestante a tomar en sus manos algún objeto pesado, que en el último de los pueblos suele ser un mazo, al tiempo que le dan para que muerda la faja del marido empapada en vino. En Villanueva de la Serena le aconsejan que agarre un trozo de la cuerda de la campana de la iglesia. Más curiosa es otra costumbre que fue general en toda la región cacereña y que hasta la guerra civil aún se conservaba en algunos núcleos de población. Consistía en tocar la campana de la iglesia cuando el parto se iba a producir para de esa forma solicitar oraciones de los que oyesen los tañidos. La práctica tenía especiales connotaciones en el área más septentrional de la Alta Extremadura. La embarazada al tiempo de cumplil lah nuebi lunah recogía en el campo, al asomar la luna, otras tantas chinas cuarzosas y se las entregaba al que iba a ser padrino del naciturus para que éste las lanzara de una en una contra la campana de una iglesia, santuario o ermita en la que hubiera una imagen de San Ramón. Este lanzamiento tenía lugar al comienzo de los dolores del parto y su finalidad era la de asegurar que la criatura llegase al mundo sin contratiempos. Con los sonidos metálicos volvemos a encontrarnos en Cerezo, Palomero y Valdestilla. En tales pueblos se colgaba a la cabecera de la cama una campanilla o esquilón para que se moviese al compás de los espasmos de la parturienta.

Para acelerar el alumbramiento, especialmente cuando éste se alargaba, en algunos pueblos, como son los casos de Ahigal, Santiago del Campo y Torremenga, introducían en la habitación una cuna boca abajo y, una vez acercada hasta la cama de la mujer que estaba dando a luz, se ponía en posición normal. En el primero de los núcleos, según noticias referentes a 1925, la cuna se pasaba un número indeterminado de veces sobre el cuerpo de la parturienta, al tiempo que una de las mujeres que la atendían le trazaba cruces en el vientre con el dedo pulgar mojado en agua bendita: Podía sel qu' el ni ñu o la niña ehtaba dormíu y sin gana d' empuhal polqui ehtab' aguhtinu y no bía la cosa clara pal otru láu; poh con lah cruci s'ispertaba y endihpué po se guipa lo de la cuna e ici: que p'allí m'aguardan y ya tengu tamién andi quealmi. Esu lo ici al guipalsi lo de la cuna que le se haci y tamién al biacruci con el déu. Pasa que loh muchachinuh nacin aprendiuh y anti de nacel sabin lo qu'elepi. Esta misma finalidad se consigue en Ladrillar vistiendo a la mujer que va a dar a luz la camisa de su marido, ya que loh tiuh tien el huelli propiu y asina puei sel que l' albeliá vaya a la preñá pa que no s' amohini y tenga toa l' albeliá pa paril. Un nuevo ejemplo de magia de contacto. En Casar de Cáceres ciñen a la cintura de la parturienta una faja, también del marido, para impedir que el niño s' equiboqui de caminu y tienda a subir. Como faja se utilizaba en el valle del río Alagón la cincha de sujetar la albarda de una yegua preñada, pa que la probicita madri no s'ahinara..., que s'in be d'il el niñu p’abaju ba pa otru lau, pal gusupetu, puéi c'ahogalsi... y con la cincha encinchá y apretá s'ohliga d'il pa ondi tie qu'il, pa la buraca. Los mismos fines se consiguieron en Jaraicejo y Garvín envolviendo la parte superior del vientre de la embarazada con el saco de guardar la harina. Mantos de vírgenes, especialmente de la Dolorosa, cíngulos, estolas, cintas y cordones bendecidos, paños de altares y telas santificadas por el contacto con alguna imagen piadosa se enrollaban en casi todas las poblaciones de Cáceres a los vientres de las parturientas para ayudarlas en esos graves momentos. La singular costumbre fue muchas veces sancionada por la jerarquía eclesiástica, aunque en ocasiones, por paradójico que resulte, la liturgia potenciase algunos de sus aspectos.

Actos que fueron prohibitivos para la embarazada están igualmente vedados para las personas que permanecen en la sala donde se va a dar a luz. Nadie coserá ni devanará madejas. Pero hay más. Todas las mujeres deben desatarse el moño y ninguna cruzará los brazos ni las piernas, ni apretará los puños. y si la prescripción se lleva a rajatabla comprobaremos que se desatan los cordones de los zapatos, se desprenden de ligas, sujetadores y toda ropa que comprima el cuerpo, se desabrochan botones e imperdibles y, por último se despojan de anillos, pendientes, collares y pulseras. De no tomar dichas precauciones se impediría la salida del feto. En Benquerencia y Robledillo de Trujillo una mujer se sitúa a a puerta de la estancia donde está la parturienta y se entretiene en desatar pausadamente nueve nudos de un cordón santu, rezando por cada uno la correspondiente avemaría. Tales nudos, sorprendentemente, fueron hechos por la propia embarazada, uno por cada mes de gestación. En Madroñera la cuerda fue anudada una vez por semana, pero la que deshace los nudos no ha de rezar jaculatorias ni oraciones.

Es general en todas las poblaciones de la provincia la recomendación de que cuando un nacimiento se produce se ha de evitar por todos los medios la presencia de otra mujer encinta, puesto que haría imposible el parto. En torno a esta creencia se suceden anécdotas, como la que me narró una partera de Galisteo: Ya sabi c' algotra qu' ehté en ehtáu no puedi ayual el partu, ni tan siquiera belu por una rehendihina. Ehtu que cuentu le pasó a éhta, a mí, y eh tan berdá comu c'ay Dio. Hui yo a'tendel a una y el niñinu binía mu mal, ¿cómu diría yo?, bini'atrabesáu y pa na del mundu se mobía ni p'illantri ni p' atrá. ..La madri suaba toíta y cuasi ni rehpiraba na. ..Poh yo tenía d' ayúa una moza de pa benti añuh o cos' aparenti máh doh o treh muherih de la qu'iba a tenel el muchachu. Lah probih benga a rezal y a lloral. Asina qu' ehtaba la cosa mala y le digu a la muchacha: baiti al cura pa que benga con la ehtrema. Poh no hizu falta. Salil la muchacha y paril, to hue lo mehmu; qu' ensiguía se pusu el muchachinu de cotorina .y salió sin ehtirón. Poh resulta que la muchacha ehtaba moza, peru resulta qu'ehtaba salía p'alantri del su nobiu, c' aluegu se casarun, y ni ella lo sabía qu' ehtaba preñá. Si llega la moza que sigui en la sala, que no me s'ocurri llamal al cura, mo se mueri bien muerta y el niñu y to, polqui doh preñáh huntah, la una pa paril y la otra pa no, no compahinan. La cita es larga, pero estimo que merecía la pena copiarla en su totalidad. En Ahigal creen que entre un feto y otro existe com'una lihtriciá y al qut'ehtá con nuebi mesih l' ehparaliza el máh nuebu y ya no aelanta, se quea igualitu que sin crecel. y por esu doh embarazáh que se llebin un tiempu no tien c' andal huntah, ni hacel gabilla...; y cuandu la qu' eh primera b' a tenel un muchachu, la otra de máh tardi ni raceal p' allí, que mehmu poI esu muchah s'an retrasáu de la cuenta y l'an pasáu pero que mu canuta. Según referencias que me han llegado, en Horcajo se acepta la presencia de una embarazada en el parto de una mujer que no sea miembro de su propia familia, si bien su única misión o actividad tiene lugar cuando el alumbramiento se presenta difícil y consiste en frotar suavemente el vientre de la parturienta para despertar el feto, ya que se supone que se halla dormido.

En las últimas décadas se impuso en toda la provincia una única modalidad de parto, la de posicionarse la mujer en la cama tendida boca arriba. Sin embargo, ésta sólo era una de las variadas posturas de las que he tenido conocimiento. En el Campo Arañuelo, a finales del siglo pasado, se daba a luz de pie, agarrandose la parturienta a una barra colocada en la campana de la cocina. Parir junto al fuego del hogar fue una costumbre generalizada y de gran contenido etnológico. En la ribera del Tiétar, también en la cocina, la parturienta pasaba el trance apoyada en dos sillas y vestida con una especie de bata que le llegaba a los tobillos y calzada. Numerosos escaños de cocina sirvieron de mesa paritoria en los pueblos de la comarca de Granadilla, donde la mujer daba a luz vestida o cubierta con una sábana, ya reclinada o tendida totalmente. En estos últimos lugares se cerraban las ventanas, puesto que la luna perjudicaba a la parturienta y a la criatura, siendo iluminada la estancia por la luz desprendida de las llamas que la lumbre. Al sur de Cáceres, en los últimos años del siglo XIX y parece ser que en las primeras décadas del actual, se utilizaron sillah parierah, especies de tumbonas o hamacas de madera bastante elevadas, muy semejantes a las actuales mesas paritorias, en las que la embarazada encontraba una cierta comodidad. Tales sillas eran prestadas por unos vecinos a otros.

Cuando los dolores comienzan a repetirse con frecuencia y se hacen intensos, alguien de la casa corre a llamar a la partera o comadrona, que ya está sobre aviso, preparada y esperando el momento. Sola o acompañada se encamina hacia el sitio del requerimiento. Sus primeras palabras son para echar a los hombres de la casa, si los hay. Luego mandará disponer lo necesario: paños limpios, agua a calentar, velas encendidas, amuletos a uno y otro lado. Después señalará con el dedo a las pocas personas que quiere por compañeras en el trance: ninguna bizca, ni de bisual garzu, ni de ojos azules, ni tarada físicamente. ¿Quién es la partera en los pueblos cacereños? Víctor Chamorro en su obra costumbrista Sin raíces la define acertadamente: «Algo de bruja. Algo de hechicera. Algo de mística. Su lenguaje conciso, era una mezcolanza de adagios, sentencias y jaculatorias...Acudía a los partos sin miedo porque, si la criatura moría, era voluntad de Dios, su castigo por el pecado de las mujeres». La partera no cobra en metálico por su trabajo, aunque nunca rechaza los regalos en especies que la costumbre estipula para cada caso y para cada época del año. Generalmente la donación disminuye en la medida que aumenta el número de partos atendidos a una misma mujer. Entre las prerrogativas de la comadrona pueblerina destaca la de ser la primera invitada para el bautizo del infante. En Casillas, junto a la partera, entraba en escena una mujer, también «profesional», cuya única misión era la de lanzar gritos de ánimo acompañando las contracciones de la que estaba dando a luz: La cuhtión consihtía en compahinal el «ah, ya!» míu loh rehilonih, y alguna be aquellu era paeciu mehmamenti al coru de la iglesia de lah cantaorah, que ca una poI el su láu. Ehtu haci añuh, qu' endihpué ya no m' acuerdu yo que se haci.

4.-CON UN PAN EN EL SOBACU.

Una vez que el niño sale del cuerpo de la madre, tras cortarle el cordón umbilical y antes de que se le obligue a emitir su primer llanto, la partera hará una cruz sobre la boca del pequeño con el dedo pulgar de la mano derecha mojado en agua bendita. El tamaño del cordón umbilical sin desprender o, mejor dicho, sin cortar, depende del sexo del recién nacido. Si es niña, éste se corta a la altura del vientre, pero si es niño, y es un hombre de Casar de Palomero el que habla, se deha máh larguino, comu el pitinu de largu, pa que no quei capón; comu a lah tíah, a toah lah tíah, le guhta qu'el rabu tenga una proporción larga, asín que la tripina l'apuran pocu pa lo que digu, pa qu' el pitu creza lo c' a ellah le tenga combenencia.

Es efectivamente el cordón umbilical objeto de un buen número de creencias dentro y fuera de la provincia de Cáceres. Enrique Casas Gaspar refiere para esta región, sin especificar zonas concretas, el carácter medicinal del mismo. Primero se deseca totalmente y luego se mete durante veinticuatro horas en agua, consiguiéndose con esta manipulación la llamada agua de tripa. que sirve para lavar y para curar las enfermedades de los ojos. En Campo Arañuelo la madre guarda un trocito de cordón umbilical y cuando el niño entra en quinta, sin que se entere, se lo cose al forro de alguna prenda, puesto que existe el convencimiento de que constituye un poderoso amuleto capaz de favorecerlo en el sorteo y, cuando las leyes lo permiten, de librarlo de la mili. Como tantas otras partes desprendidas del cuerpo, también el cordón umbilical tendrá influencias mágicas sobre el futuro del niño cacereño. En el norte de la provincia el trozo desprendido cuando el ombligo cicatriza jamás será quemado, ya que el pequeño encontraría la muerte en el fuego. Tampoco, excepto en el caso señalado de utilización medicinal, ha de ser arrojado al agua, so pena de que el niño muera ahogado. En las poblaciones de la Sierra de Gata próximas a Portugal el cordón umbilical se entierra junto a un árbol con la intencionalidad de que el recién nacido se apodere de sus cualidades. Si se sepulta al lado de una encina, el pequeño adquirirá fortaleza; si junto al roble, grandeza; si a los pies de un rosal, belleza; si bajo una parra, será borracho de por vida. ..

La placenta, por semejantes motivos, requiere cuidados y atenciones. Primeramente su expulsión. Si ésta se presenta difícil, en Ahigal la recién parida tenía la obligación de soplar por un cuerno o caracola. El remedio era infalible. En Guijo de Granadilla, Santibáñez el Bajo, Cerezo y supongo que en otros pueblos de la comarca de Granadilla no se le mostraba el niño a la madre hasta que la placenta se hallaba fuera, pues se consideraba que la expulsión de la misma podría complicarse si el pequeño no era del sexo deseado por la que había dado a luz. Generalmente en toda la provincia de Cáceres la placenta se entierra o se introduce en el hueco del tronco de un árbol. Las precauciones nunca serán pocas, ya que si es comida por un perro la madre se volverá loca y el niño crecerá con un carácter inaguantable. Así lo han creído siempre en Miajadas, Almoharín, Torreorgaz y Santa Cruz de Paniagua.

Pero volvamos a la sala donde se ha producido el alumbramiento. Las mujeres ya tienen franca la entrada, aunque la partera sigue protagonizando toda la actividad que dentro se desarrolla. Ella lavará al pequeño con agua en la que se ha cocido una hoja de laurel. Ella será también la que vista al recién nacido no sin antes presihnali y hacerle cruces por todo el cuerpo mientras musita jaculatorias, entre las que no falta el binditu y alabáu. El siguiente paso es el de acostar al pequeño en la cuna, donde antes, dependiendo de las distintas comarcas, se han colocado algunos amuletos, bajo el colchón, cosidos a las sábanas o atados a la cabecera: higas (en la zona limítrofe con Toledo y en el área de Valencia de Alcántara), medias lunas (en toda la provincia), ajos (en la comarca de Las Hurdes y en la de la Sierra de Gata), cuernecitos y colmillos de jabalí (en Trujillo y su partido judicial), libreto con la regla de San Benito (en Ahigal, Baños de Montemayor y Abadía), evangelios, cruces, piedras de colores, tijeras cruzadas, polvo de ara, escapularios, rosarios, reliquias y los más insospechados objetos. Su principal finalidad es evitar el mal d' ohu y la cohía de la luna, las dos supuestas enfermedades más comunes en los recién nacidos.

Por lo que respecta a la cuna, ésta ha sido hasta hace varias décadas la artesuela o recipiente de corcho, que servía indistintamente como lecho infantil y como cuenca para adobar la carne del cerdo. En el museo etnográfico de Cáceres se conservan algunos ejemplares de cunas procedentes de Montehermoso. Una cuna adornada con bellos grabados vi expuesta en una muestra de artes populares celebrada en Ahigal en el año 1983. En las alquerías del río Malbellido, en la comarca de Las Hurdes, hace las veces de cuna el llamado batán, tronco de árbol vaciado a modo de canoa, en el que también se machacan las aceitunas para sacar el aceite por el método de pezuñu. Cuando se pasa del «uso industrial» a utilizarse como lecho infantil es desinfectada por medio de agua caliente.

Hasta la guerra civil aún se tocaban en muchos pueblos las campanas para anunciar el parto feliz: dos o tres golpes, dependiendo de que el nacido fuera niña o niño. Era el aviso. En Marchagaz la campana anunciadora era conocida como la Madrina, ya que cuandu la tocaban d' esi mo golía de bautizu. Sin embargo, antes igual que hoy las «visitas» no comienzan hasta que los primeros pañales se han tendido a la puerta. Las mujeres de la familia, las amigas, las vecinas y, si el núcleo es pequeño, todas las de la comunidad tienen la obligación de acudir con la cehtá o bolsa de comida y de bebida, que serán la base de la alimentación de la recién parida y, por extensión, también del niño: miel, manteca, conservas, requesón, leche, huevos, chocolate, vino dulce...Las cantidades que se aportan son de tal magnitud que hacen quedar en su punto el viejo refrán conocido en toda la región de que to niñu naci con un pan en la sobaquera. Sólo en los últimos años se van imponiendo otras clases de regalos, generalmente enfocados hacia las necesidades del niño: pañales, faldones, chupetes y colonias.

Lógicamente la cehtá va a condicionar la dieta de la recién parida durante varias semanas. Su primera comida tras el parto, sin excepciones en la provincia, consiste en un caldo de gallina negra. Tal ave fue muerta durante el primer sueño del pequeño, ya que mientras el alumbramiento se mantuvo viva muy cerca de la cama de la parturienta, siempre dispuesta a que introdujesen su pico por el ano del niño si éste presentaba síntomas de asfixia. La nueva alimentación de la madre va a responder al siguiente esquema: por la mañana, chocolate con agua y una pringá frita con manteca; al mediodía, caldo de gallina, siempre negra, pan y tortilla francesa; por la tarde, un güebu batíu con un' azumbri de lechi y un garipuchinu de binu dulci; y por la noche, bizcochos con chocolate. La monotonía alimentaria es la tónica dominante

5.-EN DOMINGU NACIHTI.

El nacimiento es punto clave para vaticinar el futuro del niño. A pesar de que a este apartado dedicaré un amplio trabajo, no quiero dejar sin enumerar los augurios natalicios que considero de gran importancia en la provincia.

Si el niño nació de pie será feliz de por vida y le sonreirá la suerte. Más alegre es el que nace de noche que el que viene al mundo de día, hecho que en los pueblos cacereños conocen por la configuración de la perilla de la oreja. En afortunado se convertirá el que fue alumbrado en día de fiesta. Al sur de Cáceres una coplilla señala el momento que es aciago hasta para venir al mundo:

En domingu nacihti,
gloria alcanzahti; .
yo soy un dehgraciau,
que nací en marti.

El niño que al nacer ocasionó fuertes dolores a la madre y fue el resultado de un parto difícil llegará a ser rico. Dicen en Torremocha que en el mismo instante de aquel alumbramiento, y en sus proximidades, estaba pariendo una mula (?), lo cual augura que crecerá con la habilidad suficiente como para convertir las piedras en oro. Refranes que he oído en la comarca de La Vera apuntan el alumbramiento penoso como prueba del nacimiento de una niña, sin otras consecuencias positivas: Parto malo y parto largo, hij'al cabo; Noche mala y parir hembra; La qu'eh niña, tarda y araña...

De algunos rasgos físicos del pequeño se derivan también las conclusiones oportunas. Si el ombligo es prominente llegará a conseguir enormes fortunas. Si nació con un diente, las grandezas están a su alcance. Si nació con seis dedos en las manos se convertirá en amigo de lo ajeno. Si nació con mucho cabello tendrá su meta en la oratoria.

Algunos niños antes de nacer son ya portadores de características que los definen como supranormales. Este es el caso de los saludadores. En Madroñera, Torrecilla de la Tiesa, Torremocha, Valle del Alagón y comarca de Las Villuercas se asegura que será saludador con todas las de la ley el que se ajuste a tres condiciones indispensables: haber llorado tres veces en el vientre de la madre; que ésta no le comunicase a nadie la noticia; y que el niño presente, en el instante de nacer, en el cielo de la boca, bajo la lengua o en la lengua misma la rueda de Santa Catalina o la Cruz de Caravaca. Y, ya se sabe, el saludador tiene el poder de aguantar el fuego sobre su cuerpo y la virtud de curar la rabia con saliva y oraciones. El lloro en el vientre y el silencio de la madre es suficiente en Montánchez para que el niño se convierta en curandero con hierbas. Fuera de estas peculiaridades serán igualmente saludadores quienes fueron dados a luz cuando se celebraban los oficios del Viernes Santo o en el momento de la consagración de los días de la Ascensión y Corpus Christi.

Poco afortunados serán los niños que nazcan en la Nochebuena, a las doce en punto, y los que hagan el número siete de hermanos, sin hembra intercalada. En ambos casos se convertirán en licántropos u hombres lobos, metamorfoseándose en ese carnicero animal las noches de luna llena y devorando de esa manera a personas y animales. Sólo se librarán de la fatalidad si son bautizados por el hermano mayor y por nombre de pila le imponen el de Antonio. Si la circunstancia sucede entre hermanos, la séptima nacerá con los atributos de bruja. Lo afirman así en Las Villuercas, Mancomunidad de Granadilla, Sierra de Gata y en la raya con Portugal.