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LA DOMINA, CRUCES CONTRA LAS BRUJAS

TORRE GARCIA, Leopoldo

Publicado en el año 1986 en la Revista de Folklore número 62.

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Puede descargarse el artículo completo en formato PDF desde la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

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El cuadro de la mentalidad tradicional basado en hechos reales llegó a encarnar la idiosincrasia en las fronteras de lo popular. Consuetudinaria predisposición recala en acontecimientos incógnitos en un mundo mitigado de secuencias primorosas. La situación campestre evidenciaba el comportamiento individual en base a efectos circunstanciales emanados de su recto proceder. Tales son las creencias originadas en acepciones humanas.

Achacar las desdichas personificadas o económicas al poder maléfico de brujas o malos espíritus acaparaba el agravio impotente de quienes se sentían vulnerados ante el azote exterminador. Envidias o rencillas desencadenaron el vehemente deseo de venganza. Ardiente anhelo que, a tenor de los acontecimientos suscitados, provocaba la ira devota hacia víctimas propiciatorias, verdaderos chivos expiatorios de la sagacidad. Al mismo tiempo su comportamiento y el medio -físico o/y social eran únicos.

El placer maldito acabó provocando situaciones tensamente drásticas en las que el enfrentamiento verbal dejaba entrever conjuraciones («apostaciones») si la reincidencia le caía en gracia a una determinada persona. y es que los efectos contusionadores no sólo se limitaban a la simple mofa cuanto a las desgracias económicas padecidas. Los poderes persuasivos no son ilimitados y hay muchas ocasiones -enfermedad, miseria o cualquier otra calamidad que ningún consuelo era capaz de aliviar.

El fanatismo puso por testigo presencial el encono extranatural. Elocuencia emanada de las atónitas escenas protagonizadas por objetos colgados en las paredes del hogar tintineantes bajo los efectos parapsicológicos, allende de cualquier sacudida sísmica que indujese a un movimiento generalizado. Idénticos síntomas vislumbrados sobre la carga acarreada por la acémila dando al traste tantas veces como se reponía. La impotencia irritaba y enfurecía a las masas perjudicadas y encaminadas al desprestigio. Más aún desconociendo la causa o el causante del ensañamiento. Que no siempre resultaba factible averiguar.

A fin de evitar el peligro de ofender a los individuos y arriesgar la propia reputación la malhechora disponía de una estratagema más respetable. Sin ser óbice para poder interceptar su presencia en las claras noches de luna llena elevando plegarias a sus espíritus, desnudas o semidesnudas, ataviadas con camisa blanca, danzando fervorosamente sus ritos impíos. Escenas personificadas en mentes absortas inimaginarias. Momentos espeluznantes para quienes osaron con su presencia ser invitados de piedra del ritual.

Dado que el acto se entiende genéticamente humano su sistema de conducta aprendido comparte ciertos rasgos generales. Por tanto este sistema de conducta variante es único, así como sus modelos particulares de acción. En consecuencia resulta esencial considerar el sistema de la personalidad como irreductible ya sea el organismo o la sociabilidad. En lo profundo estas personas, brujas por devoción y zalameras por convicción -con tendencia a una inusitada amabilidad hacia sus víctimas en quienes parecían concebir un don excesivo de cariño o afectuosa amistad- se tornaban agresivas cuando el mal sazonaba puro placer. Sin objeción a confirmarlo personalmente, en determinadas ocasiones, mediante el maleficio o la imprudente maldición. Una escrupulosa maldición voluntariamente aceptada y supeditada sobre el ganado -ovejas, mulos, etc.- o en animales en período de gestación –cerdas- daba como resultado la consumación de los hechos.

Al margen de creencias u opiniones contrarias, la venganza -«el resto»conformaba secuelas o signos evidentes del «precipitado agotamiento de la vida» que propiciaba inefables , «posesiones» externas. ¿Era la capacidad aprehensora la que actuaba en el óbito animal con el hígado atrozmente seccionado?. Indicios de enfrentamiento físico muestran la lucha titánica por la supervivencia aprovechando la ocasión propicia en la que el agraviado se las «apostaba» (hacía honor a su venganza) bajo la certera punición si continuaba en su empeño. El pudor concedía un encuentro casual o premeditado entre ambos protagonistas lejos de testigos presenciales que pudiesen testimoniar o mediar en el pleito. Sin llegar a situaciones de extrema gravedad, a tenor del recelo desatado, los zarandeos evitaron, en ocasiones, males mayores utilizando medios violentos o coactivos contra su poder persuasivo. Combatirlo reforzando imágenes que supusiesen cierto repudio careció de aceptación ante el escaso protagonismo presentado.

La preferente inclinación por el sufrimiento, el escarnio, el dolor físico resultó más efectiva. No siempre fue posible esta forma de actuación. El desconocimiento contra natura dio como resultado la especulación puesta al servicio de consumidores embriagados en deshacerse del asedio y conseguir el equilibrio y bienestar social. Pura obsesión por liberarse del vituperio brujeril.

LA DOMINA

En el argot popular se conoce con este nombre al documento que acredita a su poseedor la condición de protegido del diablo.

Etimológicamente la palabra lleva implícito el significado de dominio o poder sobre algo (dómina=domina). Se trata de un obsoleto en el que su alocución queda, probablemente, restringida a una determinada zona. Al margen de hipotéticos cambios de denominación se desconoce el ámbito absoluto de interacción. Muy posiblemente ambas Castillas se hallen comprendidas dentro de esta zona. Al menos por lo que respecta a la parte occidental de la provincia de Soria, escenario exotérico de la pertinaz información.

El sigilo con que se guardan ciertos acontecimientos hace de la tarea investigadora una ardua labor. No se poseen datos apreciativos sobre el origen y la fecha de aparición. Si bien todo induce a pensar que ciertos monasterios pudieron ser los pioneros del evento.

El circuito seguido comporta la pauta normal de venta a establecimientos posibilitando al consumidor el acceso directo. El silencio sepulcral que sigue rodeando el misterioso tabú sobre brujas y hechiceros conlleva cierto hermetismo. El «secreto profesional» confiere exclusivamente al vendedor la condición de «confesor y cabeza visible del santo». De aquí la imposibilidad, siendo muchas las personas del lugar que desconocen el fenómeno acaecido in situ. Ningún indicio induce a pensar qué establecimientos están predestinados a la venta del artilugio.

El artífice del éxito recae en la figura de San Caralampio, erigido en abogado-protector contra la subversión brujeril abortando cualquier intento de aproximación al protegido. Tanto que el «salvoconducto» o dómina debe guardarse lo más cerca posible de la persona o animal. La guarida del ganado, la pocilga de la cerda, la habitación de la persona o su propio cuerpo emularon «santuarios estoicos» de sus convicciones. Por inverosímil que pudiera resultar, las brujas siguen latiendo y purgando sus endemoniados deseos. Estos documentos, con ligeras variantes -supresión de la figura del protector, sustitución del ostentoso título y cambio de idioma- siguen teniendo la confianza de sus incondicionales. El espíritu protector para con los animales ha decaído. En otros tiempos la tendencia contraproducente originada en el seno familiar influyó portentosamente en la venta de estas «bulas contra los maleficios», o como especifica el propio documento «cruces contra las brujas». No así el de las personas, aferradas en evidenciar las desdichas a objetores heterodoxos o a ciertos convencionalismo que trascienden la barrera de lo racional en el comportamiento sociológico del individuo.

Independientemente del conformismo o resultado del evento, la justificación y proliferación siguen haciendo manifiesta la favorable acogida cuya contrapartida redunda en beneficio de las arcas eclesiásticas. Al expedir el documento se hace constar el nombre del solicitante, la protección a que iba destinada y el plazo de validez: un año. La gracia debía renovarse obligatoriamente cada año. A tenor del resultado, la misericordia de San Caralampio bien valía cuatro perras gordas.