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EL “MAHABHARATA”: Actualidad de una Epopeya mítica.

HERRERO, Fernando

Publicado en el año 1986 en la Revista de Folklore número 63.

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Puede descargarse el artículo completo en formato PDF desde la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

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¿Por qué el «Mahabharata» de Vyasa es obra compartible y comunicada? ¿Por qué esa resurrección de un texto copiosísimo y dilatado en diversas versiones, asequibles en su mayoría al lector medio? ¿Por qué el interés de un internacionalmente famoso director de escena para transmitir dramáticamente un mundo en apariencia tan lejano a la sensibilidad del espectador occidental? ¿Por qué, en resumen, este artículo en una revista especializada en algo tan concreto y creo que universal a la vez como es el folklore? Procuraré dar respuesta a estas preguntas desde la significación de lo «actual» de un texto universal basado en leyendas y costumbres específicas en el tiempo y el espacio.

La actualidad del Mahabharata viene de su entronque con otras leyendas que han sido base de la historia mítica de la humanidad. Según el escritor Georges Dumeziz, en la India la tradición se eterniza y es algo vivo en nuestros días, como lo son asimismo los Pandavas y los Kauravas, ejes contradictorios de una guerra de exterminio. En Europa hemos vivido La Ilíada como base de la epopeya y la Guerra de Troya y todas sus derivaciones (los personajes que sufren el destino en las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides) es signo cultural del presente. La tragedia permanece y el manjar de los dioses sigue siendo alimento que no ha sufrido los efectos de la destrucción degradatoria de sus componentes. El aspecto sacrificial de la tragedia se ha convertido en un holocausto, que rompe las precisiones utópicas del siglo de las luces para ponernos frente a la destrucción como forma de transmutar la propia esencia de las cosas.

El Mahabharata se presenta ante el lector occidental como una saga de vastas proporciones, aun en su versión reducida. Curiosamente, y a pesar de las interpolaciones y episodios marginales, las grandes líneas del poema se van presentando con nitidez. La lucha entre los Pandavas y los Kauravas, eje de la obra es la transposición del eterno combate entre el ángel y el diablo. Son los personajes de esta saga, de nombres complicados para el lector occidental, hombres en busca del poder, llenos a la vez de sensibilidad y de fuerza. Poseedores de la verdad de lo tradicional, del empuje de las fuerzas nuevas, vengativos y crueles en último término ya que la guerra de exterminio no permite otra opción. Los Dhritarashtra, Duryodhana, Bhishma, Yudhishthira, Drona, Draupadi, son tan habituales y cotidianos como Edipo, Ifigenia, Orestes y todos los personajes de la gran tragedia de los átridas. El paralelo se acentúa en el cómputo global de la leyenda y su corolario inevitable: un mundo se destruye y su recuperación sólo es posible -en uno y otro caso- mediante la liberación del espíritu -el Dharma-, el desasimiento de todos los deseos, la paz interior que el final del relato presenta, ¿como una anhelada utopía?

La riqueza del Mahabharata se encuentra en la propia concepción de la leyenda. Vyasa le cuenta la prehistoria de su mundo a un niño. Una historia terrible, llena también, como todas aquellas que sobrepasan el tiempo y la mera sucesión de los episodios, de «sonido y furia». Porque las terribles pasiones que habitan n los personajes de la Saga, los hacen incandescentes, proteicos, contradictorios... Un mosaico de acciones y deseos se entrecruzan en esta leyenda que contiene todas las leyendas. Detallarlas sería tarea superior al espacio de que dispongo, pero en cada caso el lector conecta con los «buenos» y los «malos». La tremenda dignidad del pacto, la exigencia del ritual que no teme convertirse o transformarse en compulsiva barbarie, el encadenamiento de las conductas entre unos y otros:. Bhishma y Drona, p. ej., se alínean en la lucha contra los Padavas siendo parientes, amigos y maestros de Arjuna y sus hermanos. A veces la apariencia de una sísmica catástrofe parece sustituir al conjunto de voluntades que ordenan la guerra de destrucción. El problema esencial que contrapone la libertad del hombre y la fatalidad del destino, está presente en «Mahabharata». Ni siquiera el equívoco personal del Dios Krishna -que es también hombre que toma partido- puede evitar el caos. y es que las acciones concretas de Krishna son necesarias -en su fría e implacable resolución- para que se cumpla el ciclo. La guerra supone el gravísimo peligro de la esterilidad, de la extinción de la humanidad. En el relato de Vyasa, conservado, como los himnos védicos hasta nuestros días sin alteraciones y sin cortes, la leyenda deja paso a la historia, aunque la sensación de que un mundo ha terminado se impone de forma casi absoluta. El paraíso final que reúne a todos, buenos y malos, en una idéntica iluminación o transustanciación sigue siendo el ideal del presente, convulsionado como entonces por la amenaza de la guerra -esta vez definitiva- que dejará la tierra convertida en un inmenso depósito de detritus sin vida.

Así, la actualidad del Mahabharata es la de su carácter significativo y universal desde la concreción de sus raíces míticas. Hemos citado la tragedia griega; como paralelo, también podríamos hacerlo de la mitología escandinava. La historia de Odín y Tyr. El episodio de la obra de Vyasa en el que Yudhishsthira, el puro, pierde su dedo en castigo a su complicidad en la destrucción de Drona, el jefe militar de los Kauravas se enlaza con el paralelo de Tyr que tiene que sacrificar su brazo al lobo Fenriz para que el mundo de los dioses no sea destruido. Esta suerte de predestinación ha impregnado todas las leyendas que han intentado comprender la globalidad de una época o un espacio determinado que, desde sus presupuestos propios, es infinito y total. Coincidencia absoluta en la aprehensión de lo infinito, última muestra de un deseo universal de comprender las relaciones entre la mortalidad de los hombres y la eternidad de los Dioses.

Shakespeare, en muchas de sus obras, rompe también la historia y se integra en los arcanos de la leyenda. «Rey Lear»; nada extraño que unos y otros -Brook, Olivier, Kurosawa, Bergmann, Strehler, Grüber ...-vuelvan una y otra vez a esta historia perdida en los albores de un tiempo que precede a toda significación concreta. Lo ancestral de una época permite precisamente que los conflictos del poder deriven en leyenda. Rey padre-Lear y sus tres hijas, que adquieren otra connotación en la versión nipona, en que aquél es transformado en Hichitora y éstas en varones, detentadores cada uno de un castillo, símbolo de ese poder dividido que todos quieren absoluto. La sangrienta batalla es paralela a la que entablan los Pandavas y los Kauravas, aunque en el poema de Vyasa, los episodios sean más dispersos que la esencialidad final de ese Rey que finaliza su nuevo camino de conocimiento y saber en la muerte inevitable. Final que también sigue al sabio Yudihsthira en la contemplación de la última prueba en el paraíso-infierno antes de alcanzar la serenidad suprema del Dharna. Lear y Yudihisthira son paralelo en el último instante de su iniciación a la verdad del espíritu.

La riqueza polimórfica del «Mahabharata» es difícil de sintetizar. Toda la belleza de los mitos y de las sagas -¡qué interrelaciones más notables en mundos absolutamente opuestos, al menos en apariencia!- se multiplican en el rimero de personajes y situaciones. Los tipos femeninos de «Mahabharata» son tan conmovedores como complejos. Sean diosas como Ganga o humanas como Amba, Kunti, Madri, Ghandari la ciega voluntaria por amor, o Drapaudi ejemplo único de matrimonio poliándrico, en ellas existe algo mucho más importante que la mera sumisión al varón. Las mujeres son parte esencial de esa epopeya en la que los únicos límites parecen ser las sombras de la destrucción total, del arma que sólo se puede utilizar una vez y romper el equilibrio del universo. La lucha entre Pandavas y Kauravas es la de la total humanidad en busca de su saber último. Si episodios como el Bhagavad-Gita están llenos de impulsos moralizadores, lo esencial de «Mahabharata» es, precisamente el reconocimiento de una verdad última que tal vez necesite para alcanzar, la última locura de los humanos: la guerra mortífera y brutal, aunque unas reglas de juego se establezcan. El resultado será prácticamente el mismo: los vencedores serán castigados por el peso de la destrucción de su descendencia. Al tiempo, la sucesión de muertes desde el ataque al punto débil de cada guerrero (el nombre de Sigfrido y la hoja de tilo que recubre una parte de su piel o el talón de Aquiles por donde únicamente puede penetrar el viento de la mortalidad, viene a la memoria) es como un inmenso ritual: Dushassana, Karma -el hermano de su matador, Arjuna-, Duryodhana el maligno, quebrantado por igual ruptura de las reglas de juego, Adhimanyu o Drona el repugnante engaño que provoca su autodestrucción, son en la corporeidad de su finitud los últimos símbolos de una humanidad que no ve otro camino. Incluso el Dios -el maligno o contradictorio- Krishna aceptará su propia muerte aunque vislumbre una luz en este caos que ha contribuido a formar. Es la esperanza de un mundo mejor, de un camino espiritual hacia la hermandad en la que los antiguos irreconciliables enemigos se bañan plácidamente y juntos, entre los músicos, beben y comen en un paraíso sin fin, que no es otra cosa que haber alcanzado la última iluminación.

Proceso apasionante resulta desde la lectura de «Mahabharata» encontrar el nudo de relación con todos los mitos y leyendas que nutren nuestra cultura, que son fuente del comportamiento de cada uno. Los griegos, la mitología nórdica, Shakespeare, Wagner y su Tetralogía, tan afín en esta visión global de un mundo que sólo puede redimirse con el «amor». Está clara la coincidencia general en que la salvación del Universo sólo vendrá de la renovación universal del espíritu. La doctrina cristiana habla también del hombre nuevo, de la verdad, la pureza, la sabiduría. «Mahabharata» es una de las más grandes epopeyas de la historia de la cultura y, a la vez, algo absolutamente cercano y compartible. A pesar de sus enrevesados nombres, los personajes de esta saga maravillosa se nos hacen íntimos y amigables. Y la fantasía y la magia son parte integrante de nuestro destino que se unifica en estos testimonios morales, superados en la extraordinaria literatura y creatividad de sus dilatados desarrollos.

Es claro que el montaje histórico de Peter Brook ha puesto de actualidad informativa este libro de los libros. Con la unión de actores de diversas nacionalidades, en la comunicación de un idioma único: el francés, Brook nos demuestra no sólo la universalidad y vigencia de «Mahabharata» sino también la unicidad de las voliciones y las pulsaciones en su esencia, frente a la accidentalidad de las formas. Las leyendas que preparan la historia, que son cuna de tradiciones y folklores plurales tienen una virtualidad global que las hace vivas e intercambiables. El corazón del hombre no es diferente en cada una de las civilizaciones, estén separadas en el tiempo o en el espacio y la tendencia a la inmortalidad algo común a todas ellas. Este montaje, lleno de sugerencias es, mucho más allá de su consideración de objeto cultural manipulable, la prueba fehaciente de la vigencia, diría que acuciante, de viejísimos textos conservados por la tradición escrita y oral de un país lejano. Los cuatro elementos: aire, tierra, agua y fuego son la base estructural de este espectáculo de diez horas de duración que, sin eufemismos, se hace corto. Contener el «Mahabharata» en ese tiempo, concretarlo en un espacio determinado en el que los actores y los espectadores se confunden, es recuperar , como muestra del patrimonio de la humanidad, esta lección filosófica, moral, estética, mágica. La obra de arte se hace -y creo ocurre en todas las ocasiones en que es creadora y sincera- algo íntimo e insustituible. Leer «Mahabharata», contemplar la soberbia puesta en teatro del poema pone al hombre ante la disyuntiva individual y colectiva del presente. Los Pandavas y los Kauranas, su insensata guerra de exterminio, la paz final del Dharna son el fiel retrato de un mundo que parece aprestado a la batalla definitiva aunque de vez en cuando parezca atisbarse una luz, allá a lo lejos, muy lejos... quizá en el mundo arcaico o perdido en que los hombres conquistaron la gloria de la libertad y a la vez el peso del destino que podía romper o conducir a aquélla en contra de su itinerario hacia el conocimiento total del ser.