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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 1986 en la Revista de Folklore número 64.

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La historia del llamado «traje regional» está aún por hacer. Para el mejor conocimiento de las piezas que lo componían en determinadas épocas, siempre podemos recurrir a antiguos grabados, aunque eso sólo constituya una visión parcial –y a menudo equívoca- del tema. Equívoca porque, a veces, la reproducción de una imagen ataviada «al uso» y con la inscripción al pie «aldeano o aldeana de tal sitio», puede corresponder a un plagio de un grabado anterior (tal vez un siglo) al que contemplamos. Hay que acudir entonces a las fuentes principales (no son muchas, por otra parte) y fiables, para conocer la originalidad de la estampa. Aun así -es decir, a sabiendas de que la imagen representada corresponde al año que se indica-, ¿quién nos asegura que no salió del pincel o la pluma de algún extranjero en viaje por España, que al llegar a su casa reconstruyó los escuetos apuntes que había realizado aquí sobre la marcha, añadiendo detalles de su propia invención?

Una vez comprobada la veracidad de todos esos datos, convendría conocer hasta qué punto las piezas y adornos plasmados en la lámina pueden considerarse representativos o responden simplemente a vaivenes de la moda que, por cierto, en otras épocas era mucho más duradera que en nuestros días al pasar por distintos y prolongados procesos. Y no olvidamos tampoco que esos elementos que denominamos representativos fueron antes seguramente novedades; quién sabe si puestas en boga primero en Europa, posteriormente en algunas ciudades españolas y finalmente en el medio rural donde, con el uso y al pasar a un estado anacrónico, se fueron convirtiendo en imagen o símbolo de esa zona resistiéndose en un último esfuerzo a desaparecer por completo.

A todas estas dificultades cabe añadir en la actualidad dos más, a las que contribuyen quienes venden los grabados: la primera es que los arrancan de los libros en que fueron editados, con lo que privan al investigador de los datos que acompañaban o completaban la iconografía. La segunda, que, en un afán de «embellecer» la imagen para venderla como algo enmarcable, no se recatan a la hora de iluminar trajes (que originalmente estaban en blanco y negro) con colores arbitrarios o caprichosos.