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NOVENAS Y ROGATIVAS En Quintanilla de Tres Barrios (Soria)

TORRE GARCIA, Leopoldo

Publicado en el año 1986 en la Revista de Folklore número 66.

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INTRODUCCION

El despliegue costumbrista y tradicional que arropara cualquiera de los pueblos esparcidos por el espectro terrestre, conlleva todo un proceso significativo emanado del magno acontecimiento de su desarrollo. Este hecho, prefijado u ocasional, serviría de antesala a momentos pragmáticos, promulgados en ocasiones por fenómenos trascendentales de cierto colorido o simbolismo.

La extensa gama ofrecida en este campo no es en absoluto desdeñable. Si bien el azote extensivo de la evasión poblacional dentro del ámbito rural y las diligencias procreadoras de la nueva visión del mundo evocacional han hecho sucumbir el arraigado costumbrismo, aún perviven y se conmemoran ciertos acontecimientos relacionados con el gusto popular .

La diversidad de estos hechos habría que subdividirla en dos apartados: costumbrismo y tradición popular de carácter laico y de carácter religioso. Dentro del primer apartado se ha de englobar toda una serie de acontecimientos protagonizados por otros tantos factores influyentes en el devenir ambiental del entorno. Ni que decir tiene que muchos de estos hechos poseían un marco conmemorativo fijo, en contraposición a los arbitrarios o condicionados a fenómenos casuales.

Por lo que hace referencia al segundo grupo, en su seno se concentran un sinfín de procesos culturales ligados muy estrechamente al santoral eclesiástico, por una parte, y al protagonismo insospechado que en ocasiones requería la presencia evocativa del ritual seglar.

El trabajo propuesto se halla a expensas de este último apartado, integrado dentro del coleccionismo aletargado de recuerdos no perecederos a los ojos visibles de quienes presenciaron y participaron en el acontecimiento.

Cronológicamente nada se sabe de su aparición, si bien puede entenderse como manifestación etnológica heredada del siglo pasado. La paulatina desaparición de la credibilidad religiosa, así como otros factores sociales, han determinado poderosamente su desarraigo. Tal es el caso de Novenas y Rogativas olvidadas allá por los años 50.

SUPLICA CELESTIAL

Las condiciones de vida en que se hallaba sumido el campesinado años atrás aparecían rociadas por el espejismo sistemático de una serie de actuaciones ligadas directamente al organigrama de su mundo.

La escasez de medios de producción a su alcance y el modo de vida redundaban en los resultados obtenidos. Un ejercicio recolector deficiente podía suponer, y suponía, la caída del agricultor, viéndose relegado aun plano deplorable y peligroso al intentar paliar el traspiés económico y reponerse del desgarro emocional sufrido. Y contra todos los pronósticos, el acecho se producía asiduamente. La pérdida material o conceptual de un bien desmantelaba la ya subyugada y frágil economía. No en vano ofrecía constantemente a Dios y a los santos el designio de sus frutos.

Al margen de estas preocupaciones en que la creencia religiosa afloraba superficialmente en algunos casos y profundamente en otros, el síndrome de la situación germinaba en una misma célula: el fenómeno climatológico (heladas, tormentas, sequías, etc.) sin equivalencia, por su reincidencia, para otros sectores.

La sensibilidad implorativa de los protagonistas, que quedaban a merced de un mal momento, se extendía a todo lo concerniente al campo. Se encuentran infinidad de actos religiosos, de contenido puramente agrícola.

No quiere ello decir que en determinados casos el ingenio campesino no hiciese acto de presencia intentando combatir el peligro que se avecinaba. La propensa formación de tormentas en la zona que nos ocupa -cuenca alta del Duero- era condición sine qua non a toda una serie de exhortaciones que buscaban remediar el efecto. Un primer influjo del dispositivo contra la lucha por la subsistencia la protagonizaba el vecindario al intentar desviar o romper las nubes tormentosas lanzando contra ellas potentes cohetes. En días de agravio miembros de la población, siempre en parejas, se dirigían a lugares estratégicos del término desde donde, protegidos por pequeñas chabolas, buscaban ansiadamente desmantelar la tormenta. Conseguido el objetivo, el problema emanaba en las rencillas desatadas al respecto entre pueblos limítrofes que veían cómo se cernía un peligro grave.

Intensos se hacían también los momentos en que la feroz tormenta acosaba y arrasaba sin piedad los campos. El campesino palidecía y su piel se erizaba al ver sucumbir el fruto de sus sudores. La respuesta no se hacía esperar. La imagen de la Virgen o del Santo Cristo, extraída de su entorno, hacía acto de presencia en el exterior invitada a presenciar el llanto y dolor del fatal desenlace para que con su poder culminase la maligna saciedad que había desatado el fenómeno. Mientras las gentes, desafiando la descarga, salían de sus hogares portando efigies de Vírgenes o santos que. elevaban al cielo entre clemencias, rezos y dolor.
¿Amainaba la tormenta con la sola presencia de la imagen o sucumbía, derogado su ímpetu? Sólo la particular creencia conformaba el objetivo. Sea como fuere, el procedimiento siguió repitiéndose en momentos pragmáticos a requerimiento de la desgraciada ocasión.

Al margen de estos acontecimientos, en los que el resultado podía traducirse satisfactoriamente, la mente del campesino, ante tanta infidelidad, agobio e impotencia, se hallaba absorta en el Ser Supremo y sus ojos encandilados en el firmamento. Todo ello se tradujo en una mayor creencia popular hacia lo espiritual como mejor manera de paliar las derrotas a la vez que un afianzamiento del programa de súplicas en torno a la figura de su divinidad. Existía una total y absoluta supeditación del mundo sobrenatural sobre el terrenal.

En este clima de fatalismo no todo debía sustraerse a favor de la súplica y la rogativa. El antagonismo quedaba patentizado y al margen de otros muchos procedimientos de acción de gracias, protagonizadas en determinadas celebraciones, es digno de especial mención el capítulo de alabanzas y loas en honor de San Isidro, patrono del labrador, con motivo de su onomástica. Momento que era aprovechado para rogar al insigne santo la imperiosa necesidad de proteger los campos:

¡Oh, San Isidro!
Por los labriegos
de Quintanilla, .
rogad a Dios.

Reiterada obsesión por el relanzamiento de la fe.

La apreciación, a través de lo expuesto, obligaba a la concienciación superflua de la mentalidad innata de las gentes del ámbito rural, expoliadas por la trágica indecisión del fruto de sus sudores y mantenida por el peso favorable de la credibilidad religiosa. La sola fuerza de voluntad resultaba insuficiente de cara al mantenimiento de fundadas esperanzas y logros positivos. Verdaderamente revelador se presentaba el acontecimiento que justificaba el abatimiento, el sudor febril del campesino cuando sus húmedos ojos contemplaban el paisaje desolador de sus sembrados. La reacción era inmediata. El campo se hundía, el espíritu de lucha, de sacrificio y devoción, empleando medios sobrehumanos, se elevaba.

NOVENAS y ROGATIVAS

La situación originada por las circunstancias contradictorias que atenuaban sin restricción los cultivos, llevaba encerrado el apremio psicométrico en la mente derruida del campesino.

La natura no mostraba indicios que indujesen a pensar en un cambio climático que supusiese lluvia para el campo. El sol no se ponía con ceja, los cometas quedaban lejos de la realidad y la luna no llevaba cerco (situaciones todas ellas propensas a descargas acuíferas). Animo y esfuerzo físico quedaban derogados frente a taras inconmensurables, si bien la fe y la esperanza lograban mantenerse. Será a partir de este momento crucial cuando renazca el fulgor espiritual con más ahínco, respaldado por la esperanzadora creencia espiritual.

Se han citado algunas actuaciones calificativas, pero por grande que fuese su apreciación, quedaba minimizada ante el significado que tomaba el acontecimiento de súplica de agua para el campo.

NOVENAS

a) El ritual.-La situación no podía derogarse ostensiblemente. Reunidas las Cofradías de la comarca, acordaban instaurar las fechas y los pueblos que debían rendir culto a sus respectivas divinidades para llevar a cabo la petición de agua. Cronológicamente, cada uno de los pueblos designados iba poniendo en práctica su programa, que podía extenderse hasta dos meses de duración.

Novenas y rogativas podían considerarse como la cara opuesta de una misma moneda.

La diferencia existente había que verla en que mientras las primeras poseían un marco de acción más reducido -ámbito poblacional-, las segundas remitían su extensión a la totalidad de los pueblos de la zona que, reunidos en la cabecera de la comarca (San Esteban de Gormaz) o en la del partido episcopal (El Burgo de Osma), ofrecían en común sus prebendas y oratorias.

El primero y el último de los días del programa novenario eran, a tenor de lo sucedido, los de mayor consideración y colorido y, en cierto modo, los más dignos de mención. Se consideraba a todos los efectos días festivos la práctica de estos actos.

La apertura consistía en una solemne procesión a través de parajes confines al pueblo, en la que participaba todo el contingente poblacional. La comitiva, encabezada por el pendón y presidida por la Patrona, la Virgen de la Piedra, ataviada con manto negro en señal de dolor por el cariz que tomaba el acontecimiento, iba acompañada por el Santo Cristo de la Misericordia y la Santa Cruz. El rito, en el que no faltaba la oración -letanía-, quedaba impregnado por el misticismo imbuido que se respiraba: el tañido de las campanas y las nostálgicas canciones infundían suspense a la ceremonia. Una ceremonia que volvía a repetirse el último día del novenario. Ambas procesiones apenas admitían diferenciaciones notables, exceptuando, si la lluvia había hecho acto de presencia, el distintivo del manto de la Virgen, de color blanco, y el acaloramiento de las canciones -la misma letra pero notas más alegres- como mecanismo de respuesta colectiva hacia la divinidad.

Al margen de los procesos litúrgicos acabados de reseñar, la devocional evocación del resto de los días del novenario quedaba restringida al encuentro del atardecer. El regreso al hogar, después del trabajo cotidiano, coincidía con la llamada de la campana anunciando el inicio de la ceremonia. La oración -un rosario- y el canto -la Salve y el resto del cancionero preparado al efecto- eran los ingredientes básicos de unas jornadas que comenzaban. La constancia y el fervor religioso de los fieles participantes se hacía evidente a tenor de la enorme participación y ni siquiera el fogoso trabajo del campo era óbice para aligerar la concurrencia.

El significado de la manifestación conservaba todo su provecho y sabor tradicional. Pero si digno de mención es su significado, no lo es menos algún aspecto de su contenido, especialmente la gama de canciones que el acto llevaba implícito.

b) El cancionero.-La exposición del cancionero es rico e inmenso. En su totalidad son canciones olvidadas y en trance de desaparición. Se ha logrado recopilar la práctica totalidad, de las cuales se expone la mayor parte.

Durante los días de celebración de las novenas se cantaba indiferentemente toda la gama. Algunas de ellas quedaban, sin embargo, condicionadas y relegadas, como en el caso de la procesión, a circunstancias y lugares concretos fuera de los cuales no tenían mención especial por requerirlo precisamente el momento:

Alcaldes y regidores
celadores de esta calle
tengan cuenta de esta Rosa
no nos la deshoje nadie.

Virgen Santa de la Piedra
ahora que vas por las eras
mándanos agua, Señora,
que se secan las avenas.

En otras la petición se hacía extensiva a todo el término sin diferenciación:

¡Cristo bendito
ten compasión!
Mándanos agua
por el Torrojón,
por la Atalaya,
por los Quemados,
dando la vuelta
por todos lados.

La psicosis agua aparecía relacionada por doquier. Cualquier circunstancia era motivada al hecho voluntario de la sequía como principal condicionante:

Qué desgracia de una madre
cuando un hijo pide pan
con el cuchillo en la mano
sin poderlo remediar.

Hasta los pájaros piden
agua pa beber en charcos
y nosotros, labradores,
agua para nuestros campos.

Hasta los pájaros piden
agua pa mojar el pico
y nosotros, labradores,
agua pa regar los trigos.

Los niñitos de la calle
se dicen unos a otros
si no nos mandan el agua
pronto moriremos todos.

El comportamiento durante las súplicas penitentes se ajustaba a una normativa estricta e intachable. El grado máximo de comportamiento y devoción compensaba e influía -según sus propios criterios- en la petición.

Vecinos de Quintanilla
arrepentíos, sin jurar,
que la Virgen de la Piedra
por nosotros mirará.

A los señores del pueblo
les tenemos que advertir
que ésta es la casa de Dios
y no se deben reir.

Al entrar en este templo
entremos con devoción
no entremos atropellados
que ésta es la casa de Dios.

La mayor proliferación compositiva estaba dedicada al sujeto directo de la ofrenda. La Patrona del lugar (la Virgen de la Piedra) se llevaba la palma del cancionero. En su honor se realizaban los rituales:

En lo más alto del cielo
hay una nube muy blanca
es la Virgen de la Piedra
que ha subido a pedir agua.

Ya se han retirao las nubes
al otro lado del mar
y la Virgen de la Piedra
las ha mandado llamar.

Virgen Santa de la Piedra
manojo de perejil
mándanos agua a los campos
que nos vamos a morir.

Virgen Santa de la Piedra
manojo de perigallo (*)
riéganos pronto los trigos
que nos morimos este año.

El resto de las divinidades también eran invitadas a desatar el nudo que agonizaba del sino de su devenir.

San Pedro tiene la llave
de los ríos caudalosos
y Cristo la misericordia
los abrirá con sus ojos.

Si el objetivo se había cumplido, la alegría era desbordante. El cariz presentaba un ambiente distinto, alegre, jubiloso. También la acción de gracias era inmensa. La alusión al logro quedaba reflejada en este verso:

Virgen Santa de la Piedra,
qué alegría que nos das
que nos has regado el campo
a todos en general.

A través de lo expuesto se ha dejado entrever la diversidad de composiciones con etiqueta de súplica de lluvia para el campo; canciones interpretadas durante los días que duraba el desagravio, ejecutadas al azar, a excepción de las circunscritas a situaciones determinadas y evocadas a la luz de cualquiera que las pusiese en boca de los demás.

Al margen de toda esta amalgama de versos, no podía faltar en un acontecimiento de esta índole la razón principal del encuentro, traducida igualmente en canto: la Salve a María Santísima.

Cantada todos los días de la veneración, en procesión o en la iglesia, su contenido reflejaba la más firme proposición formal del motivo a que estaba dedicada. Sin duda era la de más bella factura, tanto por su significado y expresión como por su ejecución, que seguía unos cánones de interpretación. Las dos primeras estrofas de cada verso eran cantadas por el sacristán o, en su sustitución, por alguna de las mejores voces. A las dos últimas respondían el resto de los asistentes. Como concurriese con las otras canciones, la tonalidad difería si la lluvia había hecho su aparición.

SALVE A MARIA SANTISIMA EN SUPLICA DE LLUVIA

Salve Virgen Pura
de la Piedra Madre
riéganos los campos
que hay necesidades.

Salve te saludan
el hombre y la ángel
el cielo y la tierra
los ríos y mares.

El agua os pedimos
ahora en este trance
que sin ella todos
pereceremos, Madre.

Los niños suspiran
las gentes dan ayes
y los pobres lloran
desventuras tales.

Agua, Señora, agua,
nuestro efecto alcance
despidan las nubes
copiosos raudales.

Piadosa Señora
la falta que hace
el agua a los campos
para remediarles.

Cándida Paloma
no nos desampares
oye los lamentos
de estos miserables.

Mirad, Madre nuestra,
a vuestros amantes
que lloran por agua
a gritos constantes.

Si el pecado es causa
de todos los males
la virtud nos libre
de tantos pesares.

Clamad por nosotros
Reina, Virgen, Madre,
que en copiosas lluvias
el cielo se rasgue.

Remedia los campos
Señora, regadles
con agua del cielo
que falta les hace.

Rogad a vuestro Hijo,
Santísima Madre
nos envíe el agua
ahora en este trance.

Todo el pueblo llora
pequeños y grandes
por lograr el agua
de tu Hijo inefable.

Los campos se secan
Soberana Madre,
los pobres son muchos
remedia sus males.

Ea, Madre nuestra,
cesen los pesares,
llueva el cielo, llueva,
baje el agua, baje.

Pobres de nosotros
cuando el pan nos falte;
moriremos todos
al rigor del hambre.

Los ríos se secan,
las plantas se caen,
las fuentes no corren,
las hierbas no nacen.

Oh Clemencia! Oh Pía!
Oh Cándida Ave!
Oh Reina del Cielo,
tu Piedad nos salve.

Para que en la gloria
podamos cantarte.
Virgen de la Piedra
SALVE, SALVE, SALVE.

ROGATIVAS

La primera fase del programa había concluido. La suerte del resultado suponía la iniciativa o no de las Rogativas. El logro satisfactorio, traducido en lluvia, implicaba el fin de la exposición. El objetivo se había cumplido, el milagro había hecho su aparición. Si, por el contrario, la sequía seguía pululando, se organizaban las Rogativas.

Para quienes habían puesto en escena las Novenas, su participación en las Rogativas era la repetición de la apertura y clausura de aquéllas. La celebración debía tener lugar primeramente en la cabecera de la comarca, San Esteban de Gormaz. Ante un resultado adverso, pasada la cuarentena novenaria, se pondría en práctica la última tentativa, corriendo a cargo, en esta ocasión, de la cabecera de la diócesis, El Burgo de Osma.

Si en el lapsus de tiempo en que se acordaba la fecha y se ponía en práctica llovía, igualmente debía ofrecerse por el resultado. Pero no siempre la suerte era factible y el rito tomaba nuevos derroteros, cambiando simplemente la estampa, el decorado, no el contenido ni el significado.

En esta reunión la participación popular era masiva, por el número de pueblos que entraban en liza.

La inmemorable procesión que partía del pueblo de Quintanilla, por los caminos, a través de los campos, iba encabezada por el pendón parroquial, la Santa Cruz y el estandarte. de la Cofradía. Al inicio de la marcha, despedida por el tañido de las campanas, se rezaba una letanía, a cuyo final y durante la larga etapa que separaba ambos pueblos hasta llegar al encuentro, no tenia ningún acontecimiento digno de reseñar.

En las inmediaciones de la población, una comitiva, encabezada por un sacerdote, salía a recibir a las distintas corporaciones municipales, acompañándoles hasta el lugar de recepción, la iglesia del Convento (San Esteban de Gormaz). Acaecía primeramente la celebración de la Santa Misa. Acto seguido se procedía a la solemne procesión novenaria en honor del Santo Cristo de la Buena Dicha. El recorrido, un tanto pintoresco, discurría por parajes próximos a la población, pasando inclusive el Duero y volviéndolo a cruzar por el puente móvil construido exclusivamente para este acto, dirigiéndose posteriormente a la iglesia del Rivero. A continuación regresaban al Convento, dando por finalizado el itinerario. En la sesión de la tarde se asistía de nuevo a la concelebración, exponiéndose el programa de canciones de cada una de las representaciones presentes, y donde la Salve era invocada en honor de la Virgen de la Piedra. Este hecho, ceñido en principio a una realización puramente formal, olvidaba en ocasiones sus cánones convirtiéndose en una especie de narcisismo particular de la imagen venerada, aunque entendido como exaltación de sus valores espirituales.

La concentración se disolvía a la caída de la tarde con el regreso de cada una de las corporaciones a sus lugares de origen. Con la misma precisión que en el encuentro de la mañana, en la partida eran acompañados y despedidos por la misma comitiva que les había recibido. El regreso resultaba un tanto monótono, excepto a partir de un punto concreto, próximo a las inmediaciones del pueblo, cuando al son del repique de campanas se volvían a elevar las insignias, hasta entonces recogidas, y a rezarse la letanía, que concluía a la entrada de la iglesia, donde se daba por finalizado el acto.

Idéntica función tenía lugar el noveno día. La única diferencia había que verja en la vestimenta de las insignias y en las canciones, en función del resultado.

Influenciada directamente por el evento, la súplica podía derogarse en este momento. En caso contrario, era El Burgo de Osma quien tenía el turno y la oportunidad de conseguir el anhelado deseo. El mayor realce de la manifestación venía dado como consecuencia de una multitudinaria participación, extendida a nivel de Obispado.

Se trataba de otra repetición con las mismas características de identidad que en el caso de San Esteban de Gormaz. El cordial recibimiento de la comunidad llevaba a una posterior congregación de todas las corporaciones en la catedral. Seguidamente, en solemne procesión en honor de la Virgen del Espino, la comitiva se dirigía al encuentro de la representación del pueblo de Barcebal como muestra de cariño y parentesco existente entre ambas divinidades:

Virgen Santa del Espino
también la de Barcebal
como sois las dos hermanas
os venis a visitar.

De regreso a la catedral se llevaban a cabo actos idénticos a los ya reseñados. La ceremonia de la Santa Misa daba paso a unas horas de descanso, aprovechadas para comprar y comer. El encuentro de la tarde se reducía a la glosa de canciones en honor de las diferentes divinidades representativas de las comunidades participantes. La despedida gozaba igualmente del acompañamiento de una representación de la diócesis. El resto de la jornada no tenía otro significado que no haya sido reseñado. Los actos se ajustaban a lo descrito para el caso de San Esteban de Gormaz. La repetición de, la ceremonia del último día de acción de gracias poseía todos los efectos que el proceso llevaba implícito.

Como epitafio final, resaltar la constante vehemencia reflejada en el continuismo credencial de estos tiempos de fe. El hecho espiritual doblegaba la materialidad de cualquier otro acontecimiento por trascendental que éste pudiera parecer.

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(*) Flor del ababol. Amapola