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Fablas del Señorío de Molina
GEOGRAFIA LINGÜÍSTICA Y JERGAS REGIONALES
(Extinción de la llamada "migaña")

SANZ Y DIAZ, José

Publicado en el año 1986 en la Revista de Folklore número 67.

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El fundador de esta rama de la ciencia folklórica fue Guillièron, porque empezó sus trabajos con este método naturalista, separándolo en las hablas dialectales y en las jergas locales o gremiales, para hacerse entender tan sólo entre las gentes que interesadamente lo usaban. La observación de palabras sueltas de un significado especial, le llevó a establecer una distribución geográfica o léxico territorial genuino, evidente desde entonces en los atlas lingüísticos con palabras cuyo significado sólo podían entender los iniciados y no las demás gentes oyentes.

Eso dice, y por ello lo anota Ch. F. Hockett: que "los .sistemas lingüísticos son abiertos en general, pero a veces tienen espacios cerrados, sólo inteligibles para los usuarios o conocedores de la jerga determinada". Ellos conocen el significado concreto de cada adjetivo o expresión, esotérica para la mayoría dentro de una fonética y para ellos, los iniciados, de entendimiento común.

Solían utilizar esta fabla enigmática por no corriente en situaciones nada corrientes o poco frecuentes: en posadas, transacciones, feriales, ventas, competiciones de precios o jornales, reyertas, etc. Algo así como el caló de los gitanos, los letreros de los mendigos en las puertas rurales o la jerga de los delincuentes, para que la "bofia" o policía no se entere de lo que comunican o pretenden.

A veces esta fonética trashumante, no tiene arraigo local, porque su raíz o clave terminaría por saberse, haciéndola ineficaz en los vocabularios regionales.

Con el cambio del tiempo y las nuevas formas de comunicación, está a punto de desaparecer -ya lo dijimos en un artículo el verano pasado- la "migaña" molinesa, en sus límites con Aragón. Como han desaparecido las "germanías", que estudió a fondo mi amigo Miguel Ourvantzoff, un ruso blanco afincado en España, en "Aspectos de la sociedad española en los siglos XVI y XVII", que publicó la Fundación Universitaria (Madrid, 1976).

Limitándonos por hoy a nuestra parcela molinesa y a su jerga "migaña", a la que como hemos dicho ya dedicamos unos artículos en el verano de 1983, confirmamos ahora con mayor proyección folklórica, que está a punto de extinguirse como tantas cosas populares del ayer más lejano o cercano. Pero conviene señalarlo.

En mis años mozos, la "migaña" era una fabla de comunicación restringida arrieril y laboral, empleada para entenderse entre tratantes, buhoneros, esquiladores, vendedores de cerones y cosas de uso doméstico, y otros oficios de las comarcas molinesas. En especial las lindantes con las provincias de Zaragoza y Teruel, por la parte de Daroca, Calatayud y Albarracín, hasta las empinadas tierras de Beteta conquenses. Los alfareros de Priego, para no hacerse competencia en los pueblos del Alto Tajo, también se valían del léxico "migaño", hoy vestigio lingüístico de otras costumbres y edades.

La "migaña" la empleaban, como decimos, gente trashumante por temporadas, mercadillos y ferias, también en épocas de esquileo y derribo de pinos a destajo o contrata, para no hacerse competencia. Se ponían así de acuerdo con su trabalenguas signótico. Eran gentes, como decimos, que iban de una parte a otra, desde el Ducado de Medinaceli molinés y el partido de Molina, partiendo de Maranchón, Luzón y Algar de Mesa, por las rutas propicias de Villel, Milmarcos, La Yunta, Cillas, Mochales, Embid, Fuentelsaz y Alustante, sin olvidar Traid y Alcoroches, pueblos de esquiladores y vendedores de ajos por las sexmas, lugares que me vienen ahora a la memoria y que cito sin orden, a voleo. La "migaña" ya la habían empleado muchos otros trajinantes de la región y los pastores de la Mesta por las veredas y cordeles de la trashumancia, al conducir hasta los abrigados valles de La Mancha y Andalucía sus rebaños e impedimenta.

No se trataba de un argot popular más, sino de un instrumento fonético utilísimo para los que lo empleaban de alguna manera en sus trabajos y negocios. Era una clave lingüística cerrada para entenderse entre ellos, no hacerse la competencia y hablar -sin que los no iniciados los comprendieran- en tiendas, mercadillos, transacciones, ferias, tratos de muleteros, convenios de esquileo y toda clase de contratos laborales con particulares.

De todo esto hablaban con entera libertad los "migaños" del Señorío de Molina, en su nomadismo accidental por tierras, cuadras, posadas y mesones que recorrían para favorecer sus intereses.

Es lástima, pues, que la "migaña" o tabla molinesa esté en vías de desaparecer, como tantas otras cosas populares y costumbres, que tuvieron su razón de ser antaño, pero que con el cambio mercantil de hoy son algo en desuso, por innecesario. Pero al menos hay que dedicarles un recuerdo.