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EL ATAVISMO DEL LOBO

CRUZ GARCIA, Oscar

Publicado en el año 1986 en la Revista de Folklore número 70.

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Escribió en cierta ocasión Unamuno que toda persona intelectualmente inquieta tiene, en numerosas ocasiones a lo largo de su vida, la sensación de ir acompañada, de llevar su existencia protegida y alumbrada por una verdadera procesión -como si de una "Santa Compaña" galaica se tratase- de fantasmas bienhechores, maestros en el mejor sentido de la palabra, que revelan nuestra más genuina identidad personal, al hacer surgir, en los centros más activos de la conciencia, los primeros procesos de autoconocimiento. Poco importa que las razones que originan esos procesos sean más científicas en unos casos, más poéticas en otros; se trata fundamentalmente de seres que, de alguna manera, se nos han hecho indispensables e insustituibles, ya que ellos, y sólo ellos, nos han puesto en las manos la luminaria capaz de alumbrar el camino que conduce a nuestra sima interior donde, oscuramente, misteriosamente, alienta el enigma de nuestra triple condición individual, popular y humana.

Personalmente, incluyo en esa nómina de almas maestras acompañantes a: Jean-Jacques Rousseau, Miguel de Unamuno, Antonio Machado, Federico García Lorca, María Zambrano, Américo Castro, Julio Caro Baroja... y Carl Gustav Jung. Este último, recién descubierto, tiene la ventaja no sólo de constituirse en un verdadero maestro según la acepción anteriormente expuesta, sino de ser además -y ello produce una mayor emoción intelectual si cabe- el primer hombre de ciencia que, al menos, ha sentado las bases para explicar, con suficiente fuerza de convicción, el proceso psíquico al que me he referido más arriba, asimilándolo al viaje personal que el ser humano emprende, provisto de la necesaria luz, a las incógnitas profundidades de su alma; es decir, y empleando ya el propio lenguaje "jungiano", el proceso por el cual se relacionan conciencia e inconsciente.

Carl Gustav Jung (1875-1961), es un médico y psicólogo suizo, de cultura alemana, que reconoció tempranamente, en la vanguardia de la investigación psiquiátrica europea de principios de este siglo, la aportación científica fundamental de Sigmund Freud. Sin embargo, no tardó mucho en declararse disidente del movimiento psicoanalítico puesto en marcha por el maestro de Viena, al "desexualizar" la libido e interpretar las neurosis más como situaciones de perturbación anímica provocadas por emergencias súbitas de contenidos inconscientes, que como afloramientos de conflictos psicosexuales reprimidos o larvados a través del tiempo. Esta distinción, cuya importancia es inútil resaltar, le llevó a intuir la existencia, más allá del inconsciente individual estudiado por Freud, de un inconsciente colectivo, impersonal y objetivo, de naturaleza energética, que ocupa la zona más recóndita e ignorada de esa entidad espacio-temporal que es el alma humana, que se ha estructurado a lo largo de los tiempos por acumulación y estratificación de vivencias milenarias comunes a toda la Humanidad, y que se encuentra en estado dialéctico permanente de coincidencia / oposición con la conciencia individual, personalizada y subjetiva de cada ser humano (1).

Como todo conjunto energético, este inconsciente colectivo está formado, de manera discontinua en cuanto a cantidad y calidad, por unidades o "cuanta" que Jung designa con el nombre de arquetipos -del griego "arkhe" = principio u origen, y "tupos" = tipo o modelo-, es decir, de factores condicionantes originarios, que ya Platón en su tiempo representó como Ideas-Modelos.

Estos arquetipos o unidades de energía no tienen, en principio, valoración moral ninguna; no son en sí mismos ni buenos ni malos. Su acción benéfica o maléfica depende, únicamente, de la forma en que ese "cuantum" energético traspasa el umbral de la conciencia para hacerse visible, es decir, imaginable. Toda persona psíquicamente activa puede experimentar, sobre todo en sus sueños o fantasías, esa especie de "trasvase" entre inconsciente tenebroso y conciencia luminosa; un estímulo exterior cualquiera puede activar inesperadamente el arquetipo, haciendo fluir hacia la conciencia su contenido energético, que se representa en ese momento como una imagen) generalmente de naturaleza mítico-arcaica, dotada de una expresividad o lenguaje particular, fundamentalmente de carácter poético-simbólico. Y al contrario, la imagen arquetípica desactivada puede desvanecerse en cuanto representación, y su poso emocional, al atravesar en sentido contrario el umbral límite, puede recaer en el campo energético que le corresponde dentro del inconsciente (1).

El esquema anteriormente descrito para la vida psíquica de un individuo, suele reproducirse a escala generacional o histórica -no en vano está tratando la ciencia psicológica de escrudiñar en ese universo llamado inconsciente colectivo humano cuyas coordenadas espacio-temporales son sin duda relativas- cuando imágenes arquetípicas generadoras de emociones gozosas o aterradoras, conscientes entre nuestros antepasados y que luego se han vuelto inconscientes con el paso del tiempo, reintegrándose a los arquetipos que las produjeron, vuelven a manifestarse en la conciencia, constituyendo a modo de una herencia mítica, olvidada o perdida por toda una serie de generaciones intermedias. A este fenómeno se le llama atavismo (del latín "atavus" = abuelo en cuarto grado). Puede decirse entonces que los efectos generales producidos por la irrupción de imágenes arquetípicas en la conciencia son benéficos cuando, debidamente asimilada, la imagen supone un enriquecimiento de la personalidad, y maléficos cuando desintegran esa personalidad por falta de acondicionamiento mental para una invasión brusca y excesiva de energía inconsciente. Esta radical ambigüedad de la representación arquetípica ha tenido como consecuencia, entre otras causas de no menos relieve y que luego referiremos, el que el Hombre intuyera siempre que dicha representación es de naturaleza dual, que la imagen por ella producida se manifiesta como nimbada de luz lunar, ya que la propiedad más visible de este astro es la de poseer permanentemente una doble faz clara/oscura, propiedad asimilada de inmediato a la doble presencia de caracteres positivos/negativos en el arquetipo representado (1). De su propia experiencia clínica, así como de su conocimiento de la Historia de las Religiones y de la Literatura Alquímica -la Alquimia supone tanto una exploración psíquica cuanto una investigación sobre la estructura de la materia-, deduce Jung la existencia de un arquetipo primordial y cualitativamente superior en el piélago del inconsciente humano, de un campo vibratorio máximo en el que se acumula la mayor cantidad de energía vital del Hombre. Es al mismo tiempo el generador más completo y eficaz de su actividad existencial, capaz de provocar desde la más simple respuesta al puro imperativo fisiológico, lo que sería propiamente su actividad instintiva, hasta la más completa vivencia mística de unificación cósmica, lo que sería fundamentalmente su actividad espiritual. Esta alta concentración energética que el Hombre se representa no sólo corno capacidad vital, sino también, y de forma muy especial, como origen y destino de su vida, es la llamada por Jung ARQUETIPO MADRE o arquetipo de la maternidad; llegando a afirmar el psicólogo suizo que su fuerza es tal, que condiciona en mayor o menor medida la actividad latente de los múltiples arquetipos restantes, y concluir que si la conciencia es la cara masculina del alma humana, por efecto de la educación paterna o "paternalizada", el inconsciente es su cara femenina, a causa de la herencia genética materna (1).

Nada de extraño tiene, por otra parte, que la vivencia milenaria de la maternidad haya concentrado tal cúmulo de energía sobre su arquetipo, ya que la Mujer Madre no sólo es creadora -por concepción, gestación, parto y primera nutrición- de vida, sino también de cultura, al convertirse en el ser que, por primera vez, tejió la fibra vegetal, moldeó y coció el barro, y plantó la semilla en la tierra. Todo ello dio como resultado el que, en tiempos prehistóricos, el Hombre, al percibir en su primera y balbuciente conciencia la vibración arquetípica materna, espiritualizara su misterio y convirtiera su imagen en el numen primigenio y sagrado por excelencia: la Gran Madre (2).

Aún pueden verse en las salas de los museos etnológicos, dedicadas a exposición y estudio de utensilios de uso más común y cotidiano en la vida material de los pueblos, representaciones insólitas, pero no por ello menos tradicionales, de este numen vuelto familiar. Así, en una rueca siciliana de madera con más de un siglo de antigüedad, se observa, labrada en su extremo superior, la figurilla tosca pero expresiva e inconfundible de una Diosa Madre disponiéndose a dar el pecho, mientras que el resto del objeto, rocadero y mango o varilla de rotación, aparece liso y sin rastro alguno de decoración (3). Es evidente que el artesano autor de la pieza quiso, consciente o inconscientemente, es decir, "atávicamente", dar un significado espiritual a la tarea para la cual fue creada, y lo expresó por medio de un simbolismo claro: puesto el utensilio en posición vertical, listo para funcionar, la talla de la Madre señala al Cielo, su residencia privilegiada por encarnar el misterio único del don de la Vida, mientras que el vástago giratorio señala a la Tierra, origen de todo sustento y última morada mortal del Hombre; entre ambos, en la cruz del rocadero, se desarrolla, retuerce e hila el curso de la existencia humana. Ese es precisamente el significado dado por los antiguos al ser y actividad de una de las Parcas, siendo la célebre triada una de las genuinas representaciones negativas del arquetipo materno, como veremos en seguida.

Si toda representación arquetípica es por naturaleza dual y ambigua, si la luz que difunde en la conciencia puede ser tanto solar como lunar, tal afirmación no puede sino reforzarse en el caso concreto del arquetipo materno, precisamente el de mayor contenido energético de nuestro inconsciente colectivo. Porque siempre supo el Hombre oscuramente, sin darse muy exacta cuenta de ello, es decir, de forma no consciente, que la Madre puede llegar a tener una imagen tan maléfica como benéfica; en virtud de esa dolorosa y acongojante contradicción que preside cósmicamente todo, el don de Vida es finalmente don de Muerte, la Matriz es al mismo tiempo Tumba, el Amor se vuelve inopinadamente Destrucción, y el deseo de Gloria puede no ser más que la máscara del apetito de Abismo.

Dice Jung, más o menos textualmente, no sin angustia: -La Madre espera siempre al término del camino, junto a la morada última, hierática y muda, ya que Ella tampoco conoce la respuesta (1). Por otra parte, la imagen ambivalente benéfica/maléfica del arquetipo materno puede proyectarse a veces, y con una fuerza increíble, sobre la Madre de la Madre, es decir, la Abuela, que, desdoblada en el transcurso del tiempo por la implacable verticalidad religiosa que sitúa escatológicamente a los Justos en un "supramundo" celestial y a los Pecadores en un "inframundo" ctónico, se transforma por un lado en la Abuela Divina, Santa Ana, imaginada en ocasiones ocupando una posición jerárquicamente superior a la de la misma Hija/Madre María -existe en el Museo de la Catedral Vieja de Salamanca una talla en madera policromada que representa a Santa Ana llevando sobre sus rodillas a María que sienta, a su vez, sobre las suyas al Niño-, y por otro en la Abuela del Diablo, la Bruja que convoca los supuestos aquelarres rurales y nocturnos (1 y 2).

¡Qué magnífica representación maligna del arquetipo materno la conseguida por nuestro Fernando de Rojas, a fines del siglo XV, con su insuperable personaje de Celestina!

¡Qué terrible la alcanzada por el universal Francisco de Goya, a principios del siglo XIX, con su negra pintura de Saturno -más exacto sería decir Saturna- devorando a sus hijos!

Siempre que se ha cernido sobre cualquier colectividad humana la amenaza de destrucción y el presentimiento de su cortejo de horrores apocalípticos, toda vez que el Hombre, en cualquier tiempo o lugar, se ha sentido poseído por la fiebre obsesiva del sacrificio, ha habido testigos sensibles, hombres de arte por lo general, que han sabido relacionar la oscura premonición del desastre con el lenguaje, a veces más trivial y cotidiano pero simbólico, de los signos vitales externos. Aquel enano deforme y monstruoso, cuyo oficio consistía en fabricar botas y odres con pellejos de animales, encontrado y pintado por Ignacio Zuloaga en Sepúlveda a principios de este siglo, era un pobre ser que vivía en el límite entre la vigilia lúcida y la noche oscura del alma, que jamás en su mísera vida pronunció ni una sola palabra -mutismo absoluto que aterraba al Unamuno agonista contra la Muerte-, que no existía como yo individual por estar aún simbólicamente inmerso en las aguas amnióticas anteriores a la vida consciente. Ortega y Gasset veía alucinado en el vinazo bronco y espeso que transportaban los cueros de aquel lastimoso botero sepulvedano, sangre peleona, emanación bruta de una tierra secularmente martirizada, que no tardaría en derramarse y fluir dramáticamente por todos los cauces abiertos en la piel del país. Y es que se podría decir, utilizando un lenguaje analógico más propio de las representaciones arquetípicas, que los crisis de celos y venganza de la Gran Madre, por abandono o falta de estímulo en el Hombre de su energía inconsciente, suelen acabar trágicamente en sacrificios colectivos de sus hijos.

* * *

Con motivo de la incorporación de España a las Comunidades Europeas, y de su consiguiente suscripción de toda clase de convenios de ámbito comunitario, vigentes más allá de los Pirineos, se ha agudizado en sectores de la sociedad española la polémica en torno a la aceptación, total o sólo parcial en ciertos aspectos, de la normativa elaborada en Europa Occidental respecto a Defensa y Conservación de la Naturaleza. La discusión se centra, al parecer, en el capítulo de caza, especialmente de caza de alimañas y, más concretamente aún, en el tema de la caza del Lobo.

Los naturalistas europeos occidentales tienen la certeza de que en tierras ultrapirenaicas no subsisten más allá de centenar y medio de ejemplares de esta especie; por ello, el Lobo europeo, presumiblemente en vías de extinción, ha sido declarado especie protegida en grado máximo, declaración que va automáticamente acompañada de la prohibición absoluta de atentar, por cualquier medio, contra su vida.

En España, por el contrario, aunque es fácil advertir una tendencia paralela a la desaparición progresiva del gran depredador ibérico, su población en cifras absolutas -millar y medio de ejemplares- supone una densidad comparativamente muy superior a la obtenida en tierras europeas occidentales. Esta es la causa de que en amplias zonas rurales esencialmente ganaderas de este país, y muy en especial en aquellas que lindan con la abrupta orografía cantábrica donde aún encama y caza un número respetable de estos animales, se hayan despertado recelos y suspicacias que podrían desembocar en protestas generalizadas, si se llegara a imponer una legislación cinegética totalmente restrictiva de una actividad, como la caza del Lobo, que no sólo constituye el ejercicio de un legítimo derecho de defensa del patrimonio de esas poblaciones, sino que se convierte también, en tiempos y lugares apropiados, en el pretexto para la celebración de auténticas fiestas rituales colectivas.

Para la Ciencia Naturalista, racional y metódica como toda ciencia, el Lobo es una especie que sufre como pocas la continua degradación de su ecosistema, degradación de la que el Hombre es único responsable. Si manadas de estos animales abandonan sus territorios habituales de caza y bajan hasta los "hábitats" humanos, causando estragos en los ganados y aun atacando en alguna ocasión a las personas, lo hacen empujadas por su necesidad, necesidad que ya no pueden satisfacer en su medio y circunstancia naturales. Y, al verse atacado en su vida y en su hacienda, el Hombre defiende su libertad, es decir, la posibilidad de satisfacer su propia necesidad, anulando la causa que pone en peligro esa libertad. Hasta aquí se desarrolla la interpretación del conflicto como un episodio más de la Historia humana, de la lucha del Hombre por la producción y reproducción de su vida material.

Ahora bien, al ser preguntado algún ganadero, de los residentes en cualquiera de las zonas virtualmente afectadas por la aplicación de la susodicha ley, sobre las razones que han motivado el que pueblos enteros participen en campañas totales de exterminio y erradicación del animal en cuestión, aquella persona respondió con estas o parecidas palabras, supongo que causando no poco estupor en algunos de sus interlocutores y oyentes: "Los Lobos son animales malos, que matan por el placer de matar. Si en alguna ocasión me robaran una res para devorarla, el daño sería hasta cierto punto tolerable. Pero no actúan así; cuando bajan del monte en manada, se comportan como verdaderos asesinos, que aniquilan los rebaños sin dejar una res viva, y luego vuelven a sus cubiles sin probar ni una sola tajada de la carne recién sacrificada". Yo no sabría decir cuánto hay de realidad y cuánto de leyenda en afirmaciones tan contundentes como la anteriormente transcrita. Lo que sí parece claro es que el Lobo constituye, para muchas gentes, algo así como la encarnación del Mal sobre la tierra, un ser perverso surgido de no se sabe qué remotas profundidades, revestido de una apariencia de fiera insaciablemente carnicera y gratuitamente sanguinaria, la más nociva de las alimañas, que provoca el pánico más violento y atrae el odio más sañudo de todos cuantos pueda sentir el Hombre que vive en su indeseable vecindad. Pero toda esta vivencia de malignidad telúrica y fatal, que conmociona a buena parte de la Humanidad en presencia del Lobo, se debe, con toda seguridad, al hecho de que sobre ese animal se proyectan inconscientemente terrores colectivos ancestrales, cuyo origen sólo se puede buscar en contenidos arquetípicos de fluencia intermitente, es decir, atávicos.

La prueba está en que tan destructivo y cruel como el Lobo ha resultado ser el zorro en comunidades campesinas que han sufrido en sus corrales y viñedos los destrozos producidos por este último animal, daños posiblemente más frecuentes y a la larga más onerosos que los ocasionados por el Lobo, si tenemos en cuenta las mayores desvergüenza y afición al merodeo que caracterizan al zorro. Y sin embargo, a pesar de que el Hombre trata por todos los medios de reducirlo y devolverlo a su medio vital originario, este animal no ha llevado nunca sobre sí la marca infernal del Lobo.
Antes al contrario, ha sido objeto, durante siglos, por parte del pueblo -la amplísima base inferior de la sociedad-, de una proyección consciente que lo ha convertido en un trasunto de su propia filosofía y de sus más auténticas aspiraciones, en un héroe casero que encarnaba de forma muy peculiar su estricto sentido de la justicia.

En todo el folklore europeo existen muestras numerosas e inequívocas de esa especial simpatía con que es tratado este curioso personaje. El "Roman de Renart", cumbre de la literatura francesa de los siglos XII-XIII y heredero, en parte, de toda esa rica tradición folklórica, no hace, a medio camino entre la parodia burlesca y la seriedad moralizadora, sino poner de relieve las mañas de que se vale Raposo -el zorro humanizado, astuto y socarrón, cuyo único patrimonio son una inteligencia privilegiada y un talante tempranamente subversivo- para salirse con la suya en un mundo dominado por la violencia y la estupidez feudales. Ni que decir tiene que el paradigma de esa sociedad cruel y pagada de sí misma es el Señor Lobo, al que Raposo hace una y otra vez víctima de las más terribles burlas y enloquecidos enredos, llegando en cierta ocasión, con la audacia y el empeño escarnecedor que le caracterizan, a hacer objeto de su más cruda lubricidad a la Señora Loba en persona. -figura literaria claramente invertida y vengadora del humillante derecho de pernada (4).

Pero nunca tuvo el animal terrífico y odiado la misma suerte que Raposo. Para mal, el Lobo ha sido considerado siempre como un animal sagrado, emanación del tenebroso mundo inferior, por las mismas o más poderosas razones que hayan podido serlo, en su día, el gato -se han hallado esqueletos de este último animal emparedado vivo en falsos pisos desde tiempos medievales- o el macho cabrío. Este carácter, a un tiempo sagrado y demoníaco, con que el Hombre reviste al Lobo, y que no resulta excesivamente difícil interpretar como derivado de la adscripción del animal al complejo arquetípico de la Gran Madre, puede rastrearse tanto en obras literarias, aun en las de más rigurosa contemporaneidad, cuanto en mitos y restos arqueológicos de la más remota antigüedad

* * *

La Teja de los Lobos es un cuento o guión cinematográfico francés, a partir del cual rodó la Televisión del vecino país una película que, con el mismo título, pudimos ver doblada en nuestros receptores, hará ahora poco más de diez años (5). En él se narra la peripecia acaecida en una aldea francesa del departamento de "Creuse" -antigua provincia de Marche", al noroeste del Macizo Central- a causa de un ataque insospechado de Lobos, desesperados por el hambre, a todo ser vivo que osase asomarse fuera de los muros de casas y establos, convenientemente fortificados dadas las desoladas circunstancias del momento. En estas ocasiones extraordinarias, en que la Vida se siente seria y dramáticamente amenazada, se revela, tras un primer instante de sorpresa, no sólo la auténtica valía de las personas, sino también lo que podríamos llamar su aura psicológica, es decir, la perspectiva ancestral en que se sitúan sus emociones y los actos que éstas originan.

Así la acción del cuento original se desarrolla en torno al hogar, familia y morada material, de la abuela Teobalda, que parece presidir con su sabiduría milenaria toda la organización defensiva de la pequeña comunidad contra los Lobos. Personaje misterioso y unánimemente respetado, figura trazada como con buril sobre un claroscuro consecuente y deliberado, la Abuela, fiel a su representación arquetípica, preserva la Vida de sus familiares y vecinos, a cambio de hundir las raíces de su experiencia y conocimiento lobunos en la terrenidad más atroz y la carnalidad más morbosa; a veces da la impresión de que podría desdoblarse fácilmente en dos seres opuestos: por un lado Madre amante del Hombre, y por otro Madre terrible, y máxima jerarquía, de la manada. Entre paréntesis, ésta sería una base no desdeñable para iniciar una investigación psicológica sobre la licantropía, obsesión generalizada a nivel popular en amplias regiones del planeta.

Como muestra de todo lo anteriormente expuesto, no puedo resistir la tentación de transcribir la receta de la "lobada", especie de bálsamo útil contra las mordeduras de las fieras, que sólo sabe prepara la abuela Teobalda, ya que ella es la única que conserva secreto: "grama y menta silvestre, tila, salvia y retama blanca, grasa de cordero y "sanie", añadida cuando la mezcolanza, puesta al fuego, hierve y adquiere un color totalmente blanco" (5). Con el nombre de sanie se designa literalmente, tanto en español como en francés, a la materia purulenta que supuran las úlceras y llagas no curadas, aunque en este caso concreto los campesinos de la antigua "Marche" francesa llaman sanie al moho del queso fuertemente fermentado o queso azul de las montañas de Auvernia, lindantes con su tierra.

Leal a esa doble personalidad solar/lunar que la caracteriza, la vieja Teobalda, maestra en el conocimiento de la Naturaleza, sabe como una bruja de las propiedades de todo tipo, que tiene la flora que la rodea. Ella se encarga de recoger y quemar en su chimenea la hierba insólita que ahuyenta a las fieras, que forma con su humareda una especie de círculo mágico de neblina protectora alrededor de la casa, círculo en el que el Lobo no se atreve a penetrar

La casa de la abuela conserva también otro originalísimo elemento constructivo, un detalle cuyo secreto se pierde en la noche de los tiempos y que los constructores populares han olvidado por completo: la teja para Lobos. El ingenioso artificio debió consistir en una o, mejor, dos tejas colocadas de una forma muy peculiar entre sí y en relación con el resto del tejado, de tal manera que sólo un viento bien caracterizado podía transformarlo en una especie de instrumento musical, haciéndole emitir primero un largo silbido que iba aumentando en intensidad y agudeza hasta traspasar los límites de audición, para mudarse luego en un gemido más grave y estabilizado. Ese viento tan especial, que hacía funcionar la teja, es el anunciador del desastre, el indicador de que en el monte está cayendo tal temporal que toda forma de Vida, sobre todo depredadora, se ha hecho allí imposible, y que los Lobos no tardarán en bajar hasta los espacios habitados por el Hombre y sus ganados. Que el escritor francés, autor del cuento que comentamos, no ha inventado nada, se puede comprobar leyendo las notas del viaje que el soriano Avelino Hernández, el zamorano Miguel Manzano y el segoviano Ignacio Sanz realizaron recientemente a tierras de Aliste, en el occidente de la provincia de Zamora lindando ya con Portugal (6). Por aquellos lugares, todavía quedan pastores que puedieron informar a los viajeros de la existencia entre ellos de una antigua tradición, según la cual se prevenía la llegada del temible animal colocando en las cubiertas tejas para Lobos, de naturaleza y funcionamiento muy parecidos a los descritos en el susodicho cuento. El hecho de que coincida un mismo sistema de alerta contra las fieras, en áreas geográficas y espacios culturales tan diferentes y alejados entre sí, nos da una idea de la antigüedad y extensión de esa específica necesidad que ha sentido el Hombre de protegerse de un peligro, universal y colectivamente reconocido como real, origen de un temor cuya vivencia milenaria ha lastrado para siempre el inconsciente humano.

Pero sigamos con nuestro cuento o guión cinematográfico. El hijo de la Teobalda, llamado Alix -nombre galo, lo cual no deja de ser ya significativo de por sí-, heredero en parte de la ancestral sabiduría de su madre, es el curandero de la aldea, el hombre que tiene el don de conocer con sus manos las múltiples formas de unir los huesos rotos o devolver a su sitio las coyunturas dislocadas de personas y animales. Su ciencia, admitida por todos los campesinos de los alrededores, aunque no raya a la altura de la de la Abuela -Ella sabe, pero no como su hijo, sabe del misterio más inexplicable, aquél que sólo una mujer que ha dado a luz puede comprender-, lo convierte, sin embargo, en un superviviente ya desdibujado, pero siempre dramático, del antiguo druidismo celta. Gesto de verdadero druida, y gesto patético por lo que encierra de resistencia frente a una Historia irreversible, es el acto de depositar el cadáver del primer Lobo abatido, a la puerta de la iglesia católica. Como lo es igualmente, y luego veremos en qué míticas y oscuras razones se basa, el hecho de meter en el ataúd que encierra los restos mortales del anciano asesinado por las fieras, una pata de Lobo que le sirva de viático en su última jornada hasta el reino de los Muertos. Son gestos de reminiscencias paganas, residuos de la vieja religión dominante entre los celtas galos antes de la cristianización impuesta por Roma, en la que la Gran Madre o, por lo menos, sus más característicos atributos naturales recibían el culto debido. Pero tras los hombres con dogmas llegaron, por desgracia, los hombres con armas y con hachas, todos los que, de una u otra forma, han diezmado las especies animales de montes y llanos, derribando los árboles y arrancando las plantas sagradas, destruido las piedras de la revelación y contaminado las fuentes del misterio. Contra todo ello se rebela instintiva, agónicamente, el druida Alix, hijo de la abuela Teobalda, a pesar de saber con absoluta certeza que su lucha está, desde hace siglos, irremediablemente perdida

* * *

Veamos ahora qué nos dicen del Lobo la más antigua mitología y su transcripción al mundo del arte que le es, en mayor o menor grado, contemporáneo.

Si retrocedemos en el tiempo, a contracorriente de la Historia, observaremos que nuestra actual representación de la Divinidad, absolutamente masculina y patriarcal, como corresponde a tiempos históricos en que el Hombre lucha por la supremacía de la conciencia, no ha podido surgir sino de otra representación más antigua, femenina y matriarcal, propia de un estadio de la evolución humana aún en gran medida inconsciente, en tiempos anteriores a la Historia. Evidentemente, el paso de una a otra representación no se ha producido de forma instantánea o inmediata, sino a través de un sinnúmero de procesos, a cual más complejo y dilatado en el tiempo. Y las imágenes que el Hombre se ha ido formando lenta pero inexorablemente de ese paso, no pueden ser, por idénticas razones, más dispares.

En épocas de primitivismo imaginario y tosquedad figurativa aún grandes, la Diosa Madre aparece cubierta de apéndices fálicos, queriendo el Hombre de antaño, al hacer surgir estas excrecencias antinaturales del cuerpo sagrado, darle un simbólico carácter viril. Posteriormente se asocia, en la misma aura divinal, a la Madre con el Hijo Amante, emanación masculina de sí misma; o, mediante una elaboración conceptual más sutil, se desdobla sexualmente á la Diosa para formar con su doble masculino una especie de desposorio o apareamiento celestial, conocido con el nombre de sizigia, palabra de origen griego -significa literalmente unión o emparejamiento bajo un mismo yugo- que se aplicará con el tiempo al hecho de encontrarse la Luna en conjunción/oposición con el Sol. Fácil resulta comprobar, una vez más, cómo en la imagen macrofísica, astral, se proyecta perfecta y secularmente la representación mítica, propia del arquetipo inconsciente. El paso siguiente consiste, como era sencillo de suponer, en divorciar la unión conyugal de la sizigia, haciendo permanecer a la figura masculina en la claridad ilimitada del Cielo, y descender a la figura femenina hasta la oscuridad profunda de la Tierra, donde preside el reino de los Muertos (1 y 2).

Pues bien, una de las más antiguas sizigias de que tenemos noticia, transmitida formalmente por las tradiciones célticas, es la constituida por la pareja divina Lusina/Lug, que concretó en sí misma, de forma sincrética, todas las creencias y conocimientos de los ligures, pueblo antiquísimo y poco conocido, originario de la Liguria itálica desde donde se extendió a buena parte de la cuenca mediterránea, y predecesor en el tiempo y en la cultura de todos los grandes civilizadores posteriores. Por esas mismas tradiciones sabemos que el animal que mejor encarnaba a la Divinidad entre los ligures, aquél que consagraban en sus cultos a Lusina/Lug era precisamente el Lobo (7). Desde un punto de vista fónico, y puede que como resultado de alguna perdida relación filológica, existe una indudable relación entre el ligur "Lug" y el latino "Lupus" (=Lobo).

De forma subsidiaria, aunque en la línea general de lo hasta aquí expuesto, es interesante observar que esa Lusina, hemisferio femenino de la sizigia ligur, se transforma con el tiempo en "Mélusine", númen telúrico por excelencia del campo y del folklore franceses, hada bienhechora adoptada por la casa de "Lusignan" -reparemos en la semejanza fónica entre "Lusina" y "Lusignam"-, como abuela fundadora y protectora ,de su ilustre linaje, que tuvo jurisdicción feudal sobre las antiguas provincias de "Marche" y "Angoumois", precisamente la misma región de Francia donde transcurre la acción del cuento o guión anteriormente comentado. Y no hace falta ser experto en heráldica para suponer, con suficiente viso de verosimilitud, que el blasón principal de las armas de "Lusignan" debió ser el Lobo, ya que si por un lado la familia se creía descendiente directa del hada "Mélusine", por otro no tendría más remedio que aceptar como totem al animal que, con mayor naturalidad, la representaba y sustituía.

Por otro lado, es conocida la íntima vinculación del Lobo con el Hades o reino de ultratumba en la religiosidad etrusca, coincidiendo en este aspecto con las creencias de griegos y celtas. En ciertas urnas de enterramiento halladas en la actual región de Toscana, antigua Etruria, de la península itálica, sobre todo en las datadas a partir del siglo IV antes de nuestra era, no es raro encontrar esculpidos, en los relieves que las adornan, Lobos, cuyo carácter funerario es indiscutible, que acompañan a las almas de los Muertos en su viaje a las profundidades infernales. En alguna ocasión, es el Lobo mismo quien representa a la Divinidad imperante en el "inframundo" escatológico, la Hécate de los griegos: otra imagen negativa del arquetipo materno primordial. En otras, el animal sustituye al propio difunto, o proporciona auténtico carácter de tal a los seres cuyos restos guardan estos sarcófagos, hasta el punto que no es inusual ver representada a la persona fallecida cubierta con una piel del animal infernal, es decir, disfrazada de lobo, disponiéndose a iniciar el viaje fatal (8). Recordemos, a este respecto, el gesto atávico y seguro, inspirado en emociones milenarias, del campesino Alix junto al ataúd del vecino asesinado por la manada enloquecida, en el cuento o guión más arriba analizado.

Asimismo, la pátera -plato llano y ancho utilizado en antiguos cultos- hallada en Tivisa, en la provincia de Tarragona, y joya del arte ibérico del siglo III antes de Cristo, lleva grabada en la superficie de sus combadas paredes, además de las consabidas escenas de sacrificios de animales, la donación por parte del oferente del plato, allí representado, de una granada, símbolo de inmortalidad, a la Divinidad reinante en el Hades, esta vez en versión masculina: Plutón. En el "umbo" o convexidad central de la pátera, llama inmediatamente la atención, por la fuerza y seguridad del trazado, una gran cabeza de Lobo, repujada aparte y luego incorporada al centro del disco -con las fauces muy abiertas mostrando la doble fila de puntiagudos dientes, el hocico chato y las arrugas muy pronunciadas en torno al mismo, las orejas pequeñas y recortadas, y las cuencas de los ojos vacías- (8), una cabeza, en suma, de una ferocidad inusual, vehementemente deseada y plenamente lograda por la genialidad del artífice. Esta imagen sorprendente del Lobo, situada en un entorno preciso sobre la pátera de Tivisa, confirma de nuevo el carácter sagrado y las propiedades sobrenaturales que el Hombre ha atribuido a este animal desde la más arcaica antigüedad.

De esta rápida incursión por la literatura, la mitología y el arte, se deduce que el terror colectivo y milenario que inspira el Lobo se debe menos a su propia naturaleza animal que al hecho de haberse proyectado sobre él, desde el fondo de los tiempos, contenidos arquetípicos surgidos de la más activa energía del inconsciente humano. Si por una parte, la arqueología descubre la íntima relación de la fiera con la faz oscura e infernal de la representación del arquetipo Madre, por otra la más moderna literatura puede aún revelar, de forma atávica, la intensa vinculación del Lobo con el amor/odio que siente el Hombre por la Naturaleza, radical encarnación materna.

El holocausto del gran animal cazador, emprendido y proseguido sistemáticamente por la Humanidad a través de la Historia, no consigue sino "alobar" al Hombre, hacerle protagonista de aquello a lo que más teme, y al volverle verdugo de su propio verdugo, convertirlo en víctima inconsciente de la matanza. Ya que al exterminar al Lobo, no sólo atenta contra el animal de carne y hueso, sino también, y más trágicamente aún, contra su propia sombra, la cara oscura, y no por oscura menos real, de su alma.

Y esto es precisamente lo que Jung consigue dilucidar con su investigación psicológica: la imperiosa necesidad que tiene, o debería tener, el Hombre de asumir su parte de sombra para alcanzar y mantener un equilibrio psíquico estable. Si la irrupción violenta de energía inconsciente en la conciencia -la caída del cielo sobre nuestra cabeza, decían los antiguos galos- puede acarrear el despedazamiento de la personalidad individual: la Locura y la Muerte, ello no quiere decir que la reacción de signo absolutamente contrario de estreñir al máximo el paso de esa energía, tenga resultados psíquicamente beneficiosos. Sólo el inconsciente colectivo humano es capaz de vivificar cada conciencia individual, y de sobra sabemos todos, por desgracia, a qué clase de catástrofes generalizadas conducen las conciencias imperativa o voluntariamente resecadas y esterilizadas. A la luz de la deslumbrante intuición "jungiana", vivir consiste esencialmente en no interrumpir ese "trasvase" continuo de energía, en cuantías razonablemente tolerables, entre los dos polos de la psique humana. Y empezar a vivir es ver -volver a ver, como lo hacía el Hombre primigenio, no sólo con los sentidos sino con todo el ser, como si de un milagro se tratase, no por repetido menos insólito y maravilloso-, ver, por ejemplo, al milano remontar el vuelo, por encima de la leve ondulación térrea, hendida por las arroyadas, de los campos cuadriculados en amarillo rastrojo, pardo barbecho y negro ceniza, bajo el horno añil sin límites de un cielo pintado de nubes barridas.

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Las notas, o números entre paréntesis, remiten a la siguiente bibliografía que puede servir de aclaración o ampliación del texto escrito.

(1) Carl Gustav JUNG: Arquetipos e inconsciente colectivo. Colección Biblioteca de Psicología Profunda. Paidós, 1984.

(2) Erich NEUMANN: The great mother. An analysis of the archetype. Translated by Ralph Manheim. Bollingen Series XLVII. Princeton University Press 1963.

(3) Jeanne et Michel SONKIN: L'objet paysan. Sa beauté, son mystère. Editeur Charles Massin (sans date).

(4) Le roman de Renart (anonyme). Editions Pierre Belfond, 1966.

(5) Jean-Marc SOYEZ: La teja de los lobos. Ediciones Amaika, 1976.

(6) Avelino HERNANDEZ, Miguel MANZANO e Ignacio SANZ: Crónicas del Poniente Castellano. Ediciones Ambito, 1985.

(7) Juan García ATIENZA: Claves ocultas de la Historia. Colección Tercer Milenio. Editorial Latina, 1980.

(8) José María BLAZQUEZ: Imagen y mito. Estudios sobre religiones mediterráneas e ibéricas. Ediciones Cristiandad, 1977.