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Sobre la fiesta de "La Barrosa" en Abejar

MARTINEZ LASECA, José María

Publicado en el año 1986 en la Revista de Folklore número 71.

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Apenas a treinta kilómetros por la carretera de Soria a Burgos se encuentra el municipio de Abejar, abriendo el umbral de la renombrada comarca de los pinares del Duero, junto al pantano de la Cuerda del Pozo

Según el historiador Bernardo de la Torre, tres barrios constituyeron inicialmente la base de esta villa, uno el llamado Piedarfita (hoy Piedrahita), otro era el de Nuestra Señora del Camino y el tercero Abejar. Despoblados los dos primeros, el pueblo actual se conformaría en torno a este último barrio -así denominado por la abundancia de abejas o colmenas en estos parajes-, y cuya parroquia está dedicada a San Juan Bautista y no a Nuestra Señora del Camino, como cabría suponer por guardar esta virgen, en la ermita donde queda, resonancias de antiguas romerías y de batallas contra los sarracenos invasores

La agricultura y la ganadería compaginadas con el rico sector forestal han venido constituyendo tradicionalmente su fundamental medio de vida, lo que justifica el pasado esplendoroso que tuvo en el lugar el oficio de la carretería, centrado en el transporte de lanas, maderas y demás productos naturales de la comarca hacia otros lugares del país. La vida sencilla y pintoresca de aquellos trajineros sorianos quedaría plasmada por la paleta de Valeriano Bécquer en el cuadro titulado "El Baile" (bello testimonio cromático de costumbrismo local con carreta de Abejar y ambiente de Villaciervos) (1).

EL CARNAVAL Y EL TORO

El mero hecho de que Abejar quede localizado en la mencionada zona pinariega le ha posibilitado, en gran medida, un cierto equilibrio demográfico al no padecer los efectos sangrantes de una emigración masiva como ha ocurrido por otras comarcas sorianas. Ello ha favorecido el que pudiera llegar hasta nuestros días, intacto, un curioso y equívoco ritual de raigambre popular (2) cual es el cobijado bajo la extraña denominación de "La Barrosa" (¿acaso en alusión a un bóvido de piel oscura?).

Su desarrollo es coincidente con el ciclo de carnaval -centrado en el domingo de quincuagésima y lunes y martes siguientes- en contraposición a la triste y restrictiva cuaresma. Porque el carnaval o tiempo de excepción por excelencia, de gran significación psicológica, es casi la representación del paganismo frente al cristianismo (3); representación hecha tal vez en época más pagana que la nuestra, pero también más religiosa. Y posibilita la emergencia de las transgresiones y alborozos de la colectividad, que da rienda suelta a las emociones contenidas.

Que para completar la función no podía faltar el protagonismo de quien juega el papel de estrella en las jubilosas conmemoraciones de tantos pueblos y ciudades de nuestra provincia y de España entera: el toro. Porque el toro, varón por antonomasia, en la fiesta es un dios encarnado, un auténtico medium entre las divinidades de la bóveda celeste y los humanos, que habrá de salvaguardar con su pasión y muerte la supervivencia de la tribu, garantizando la feracidad de los campos a la par que ahuyentando el terrible fantasma de la esterilidad, máxime en una provincia como ésta, agrícola y ganadera desde sus primeros poblamientos.

Pero en esta ocasión el animal totémico cobrará su presencia de forma muy singular. No es el toro, animal de carne y hueso, sino una simulación del mismo.

Por lo tanto al igual que ocurre en otras mil y una localidades del solar hispano, todos los años, al cumplirse las fechas señaladas, como es natural, Abejar celebra sus carnavales, los que tendrán su culminación el martes con la invocada "fiesta de la Barrosa".

DESCRIPCION

"La Barrosa" o fingida res vacuna, está construida por un armazón de madera de forma rectangular que sirve de soporte de una blanca sábana que lo cubre a modo de faldón. Por los laterales se ve engalanada por cintas de colores rojo, azul, amarillo, morados, verdes, etc., componiendo simetrías a las que incorporan escarapelas o cachirulos de las que penden cintas de seda también multicolores. En la parte trasera porta un apéndice a modo de rabo y oculta media docena de cencerros. Y en el frontal se dibuja con tira negra el rostro del bóvido, que luce otro vistoso cachirulo en la frente, sobresaliéndole las astas, auténticas, injertadas. En el plano superior queda una abertura, que es por donde introduce la cabeza su porteador, que deja descansar los listones paralelos sobre los hombros, sujetando con sus manos uno de los banzos transversales, lo que le facilita su control.

Cabría suponer que en algún recodo de la historia la autoridad correspondiente prohibió el toro original vivito y coleando, por lo que, para que no se perdiera la tradición secular, el pueblo se vio obligado a sustituirlo por este artilugio tal y como hoy día lo conocemos.

El manejo del citado artificio -aderezado por las mozas de la localidad en la noche del lunes de carnaval- corresponde por derecho propio a los mozos que en ese año han entrado en quintas, nombrándose dos entre ellos, los denominados "barroseros". De este modo, se contaba con un barrosero mayor y otro menor. El primero tenía la autoridad de un alcalde durante este día.

El atavío de los mismos es sumamente llamativo. Visten camisa y calzón blanco con ancha faja y corbata rojas, sombrero de negro fieltro de ala ancha y plana y copa baja, con lazo rojo y calzan botas negras de media caña que completan unos leguis hasta casi las rodillas. Quien no transporta "La Barrosa" lleva en su mano una fusta o zurriago con la finalidad de espantar a los molestos y atrevidos.

TRANSCURSO DE LA FIESTA

En el desarrollo de la fiesta podemos constatar -a efectos metodológicos- dos partes bien diferenciadas. La primera, que transcurre por la mañana, vendría marcada por la salida de "La Barrosa" con los dos barroseros, para desarrollar un minucioso recorrido por todas y cada una de las casas del pueblo, solicitando a los vecinos el donativo de rigor, que bien puede darse en metálico o en especie, guardándose los regalos en la cesta que lleva quien no conduce "La Barrosa", la que se irán intercambiando ambos mozos.

A medida que se desplazan de un lado a otro sacuden la estructura, que emite de este modo el tintineo de sus cencerros colgantes. Es llamativo el caso de que en esta ronda callejera, cuando se detienen ante el acceso de alguna de las casas donde se guarda luto por el reciente fallecimiento de algún familiar, calle respetuosamente el cencerreo (4).

Lógicamente, todo lo recaudado en el proceso servirá para posibilitar la posterior comida comunal.

El segundo de los tramos, en su complejo desarrollo, supone para nosotros un mayor interés. Hacia las nueve de la noche aproximadamente "La Barrosa" se verá introducida por los barroseros en el salón de baile, donde se concentra el vecindario a los sones de la música orquestal y donde la chiquillería disfruta lo suyo exhibiendo la más variopinta suerte de improvisados disfraces. Da tres vueltas ante el gentío expectante y, acto seguido, se encamina hacia el portón de salida, en donde quedaban apostados a su espera un grupo de cazadores que, en el instante en que asoma al exterior, disparan sus escopetas al aire, como pretendiendo la muerte del animal. Posteriormente, "Barrosa" y los dos quintos-iniciados caen difuntos sobre un tablero predispuesto para dicho fin. Luego, un grupo de jóvenes toman en hombros el tapial y trasladan los cadáveres, atravesando el salón, hasta introducirlo en un cuartucho contiguo. Aquí vertirán generosamente el vino sobre las víctimas, empapando a los concelebrantes que se encuentran debajo. Concluido un breve espacio de tiempo, que pudiéramos tildar de luctuoso, los protagonistas, jubilosos, cual resucitados, reaparecerán nuevamente ante la comunidad.

Por colofón a la ceremonia, sobre las once de la noche, tendrá lugar la cena colectiva en la que mozos y autoridades comparten hermanados el jamón y la cecina, entre otros sabrosos bocados, al tiempo que sorben de una común vasija el vino que nombran "sangre de la Barrosa". A este encuentro gastronómico queda terminantemente prohibida la asistencia de las féminas.

ENTRE LAS "VAQUILLAS"

En el primero de los segmentos descritos se contempla el elemento de las cuestaciones, tan acorde a la celebración de los carnavales, los que asimismo posibilitarían el carácter irreverente que originariamente debió de poseer esta exhibición táurica.

Abundando en esta dirección, creemos conveniente aportar unos testimonios recogidos en otros pueblos sorianos, más o menos próximos al de Abejar, en los que se podía constatar la presencia y participación de estos simulacros de res. Así, según refería en 1976 el tío Agapito de Muriel de la Fuente, en este lugar había unos carnavales bastante típicos: "Hacíamos un perico pajas -un muñeco- y lo montábamos en una burra y lo llevábamos a rondar por la calle. Y, además, hacíamos una vaquilla a la que le poníamos unos cuernos de vaca y unos cencerros y todos a correr detrás de los chicos y detrás de las mujeres" (5).

Más explícitas aún resultan las declaraciones del señor Prudencio, vecino de Blacos, quien narraba los hechos de la siguiente manera: "El día de carnaval (los del reinado) la víspera, nos juntábamos, como de costumbre, y sorteábamos las prendas para hacer un perico, osea un espantapájaros de paja (...). Después de carnaval se quemaba. Pero en el Ayuntamiento había una costumbre muy bonita: se sacaba a las tres de la tarde y se daba una ronda con el perico y una vaquilla, que era dos palos envueltos en una talega con rabo de vaca y unos cuernos y unos cencerros. Se daba una vuelta al pueblo con las guitarras y entonces se sacaba el baile e iba el pueblo al Ayuntamiento a merendar, y las mozas y los mozos y mujeres estábamos en el baile. Cuando el pueblo ya había empezado a merendar el alcalde mandaba al alguacil decir al alcalde de los mozos que podían subir a merendar (...). Dos quintos subían el perico y la vaquilla y daban dos vueltas alrededor del salón y dejaban el perico y la vaquilla delante de la presidencia; y entonces se hacía un papel como que era el editorial del perico, al ponerse lo gracioso y lo picaresco" (6).

Idéntico posicionamiento da en adoptar Julio Caro Baroja en su artículo "Mascaradas de invierno en España y en otras partes", ubicando "La Barrosa" de Abejar junto a las denominadas "vaquillas" (7), de características similares, cuya puesta en escena en tiempo de carnaval localiza en lugares tan dispares como Los Molinos y Miraflores de la Sierra (Madrid), Rebollar (León), Acebuche (Cáceres), San Pablo de los Montes (Toledo), e inclusive por otros pueblos de Andalucía, Aragón y Cataluña, sin que resten los de latitudes transoceánicas como Quito (Ecuador) y La Paz (Bolivia).

Ya en un trabajo anterior, también nosotros detectábamos la presencia de una figura semejante, "A Moreira", en plena convulsión de los tan antiguos como afamados carnavales de Laza (Orense) (8).

De otro lado, el aludido investigador vasco insistiría en encontrar antecedentes pretéritos a estas simulaciones de toros, las que vinculaba con la época de las calendas de enero, en las que gentes disfrazadas de ciervo, de ternera o de becerro, salían por las calles. Tal costumbre -añadía- estaba extendida por el occidente de Europa, allá por los siglos IV y V d. de J.C., y que en España era conocida. "Los cánones penitenciales daban tres años de penitencia a los que se disfrazaban de esta suerte, porque, sin duda lo consideraban digno de paganismo. En un concilio de Auxeme se habla del vecolo o cervolo facere...; en otros de vetula o vitula, etcétera. San Paciano, obispo de Barcelona entre los años 360 y 390 aproximadamente, compuso un tratado sobre esta costumbre y se quejaba en otro del efecto contraproducente que habían tenido sus palabras". Mucho le hubiera chocado al santo saber -concluía- que en fechas que van de primeros de año a carnaval hay todavía bastantes pueblos de España en que durante un día festivo sale "la vaquilla", es decir, la vitula (9).

Aun con todo lo visto, no quedaría suficientemente esclarecido el asunto que aquí nos ocupa, ya que puestos a buscar referencias en el tiempo a "La Barrosa", la cultura celtibérica -uno de cuyos documentos primordiales sobre su vida y costumbres queda plasmado en las cerámicas polícromas de Numancia- nos abriría nuevas expectativas al respecto (10). Así, uno de tales vasos cerámicos (11) se muestra decorado por dos figuras masculinas, con cuernos enfundados en sus brazos, lo que lleva a pensar se trate de una danza ritual relacionada con alguna forma de culto al toro.

"LA BARROSA" Y EL "TAUROBOLIO"

Por lo que al segundo intervalo respecta, encontramos en el mismo unas connotaciones más profundas envueltas en una atmósfera mágico-religiosa (12), asociándose con los cultos mistéricos aciertas divinidades provenientes del Mediterráneo oriental entre los que se cuentan los tributados a Mitra y, muy especialmente, en honor de Atis.

En la mitología indo-aria el dios más importante era el Tiempo Infinito y Mitra el héroe que actuaba de intermediario entre él y el hombre. Se le representaba sacrificando un toro clavándole un puñal, con lo cual daba la inmortalidad a los iniciados. Su culto se solía celebrar en cuevas donde ardía un fuego perpetuo.

La antigua Roma veneraba a Mitra coincidiendo con el Solsticio de invierno en la fiesta denominada del "nacimiento del sol".

El sentido moral y la esperanza en una redención hicieron de tal religión el rival más importante del cristianismo, que llegó a apropiarse de algunas de sus creencias.

Valga el apuntar que en el trasfondo de este tipo de fiestas parece observarse una de las constantes de todo ritual cual es la de indicar las vicisitudes de un personaje mítico (muerte y resurrección), lo que en definitiva no oculta otra pretensión, inherente a toda actividad mágica, que la de satisfacer las necesidades elementales y primarias de todo ser viviente como las del alimento y la procreación, o lo que es lo mismo, la supervivencia.

Abundando en ello diremos que Atis, probablemente un dios de la vegetación, fue muy celebrado en los festivales anuales, con motivo de la llegada de la primavera, donde se lloraba su muerte y se regocijaban con su resurrección. Se contaba que Atis había sido un pastor o vaquero joven y hermoso, amado por Cibeles, madre de los dioses, gran diosa asiática de la fertilidad que tenía su morada principal en Frigia. Dos relatos distintos circulaban acerca de su muerte; según uno de ellos le mató un jabalí, y en el otro se contaba cómo él mismo se emasculó bajo un pino, muriendo desangrado allí mismo. También se decía de Atis que a su muerte fue transformado en pino.

Sea como fuere, se guarda noticia de la festividad de Atis y Cibeles en la antigua Roma, a finales de marzo, incorporándose en el ritual el culto frigio del árbol sagrado. Durante el duelo por el dios-muerto los participantes se hacían brotar la sangre con el objeto de fortalecerle para su resurrección, que provocaba un desenfreno general y carnavalesco ya que todos podían decir y hacer lo que les plugiese, reconfortados en la promesa de que ellos saldrían igualmente triunfadores de la corrupción de la tumba.

Sin embargo, junto a estas demostraciones públicas y como más representativo del culto tributado a Atis cabe reseñar una especie de bautismo íntimo. Es el "taurobolio", que básicamente consistía en lo siguiente: se colocaba al novicio o neófito en un hoyo cuya boca cubrían con un enjaretado de madera. Sobre éste situaban a un toro adornado con guirnaldas y la frente resplandeciente con laminillas de oro. Allí lo mataban a lanzadas y su sangre vaheante caía a chorros por los agujeros, siendo recibida con devoción anhelosa por el adorador, que con el cuerpo y el vestido empapados salía del hoyo, goteando y enrojecido de pies a cabeza, para recibir el homenaje de sus compañeros como el que ha resucitado a la vida eterna y ha lavado todos sus pecados (13).

Y por supuesto, que tanto la carne como la sangre del toro jugarían un papel importante en el ceremonial. Acaso, siendo utilizados en la comida eucarística para promover la fertilidad y activar el nuevo nacimiento (14).

Ese "taurobolio" o rito de iniciación apuntado, insinúa un cierto paralelismo con la vistosa festividad de "La Barrosa" observada en Abejar, cuyo origen se pierde en el sendero de los tiempos, por lo que sería bastante arriesgado el aventurar por nuestra parte que el resultado de la misma no fuera otro que el de los rituales de Mitras o Apis, que se verían trasplantados a estos pagos en la colonización operada por medio de las conquistadoras legiones romanas.

CONCLUSION

Con la llegada del nuevo año, y por ende del carnaval, "La Barrosa" comparecerá, una vez más, ante el pueblo entero de Abejar, como expresión inequívoca de esas relaciones múltiples y misteriosas, que de siempre han venido manteniendo los hombres y los toros.

Quienes hasta allá se acerquen a contemplarla por sus ojos, podrán sacar sus propias interpretaciones sobre la razón de ser de esta modesta máscara, que unos asocian con poblaciones campesinas de antigua base económica pastoril y que para otros, más imaginativos, comporta la pervivencia de remotos rituales esotéricos.

A fin de cuentas, la pretensión última de nuestras indagaciones, aquí reflejada, no ha sido muy otra que la de dejar constancia expresa de su existencia. Para que, aunque tan sólo sea por mero automatismo, su fiesta continúe palpitando. Como el mismísimo pueblo que la parió; así de sencillo.

____________
(1) CALVO, Bienvenido: Diccionario Histórico Geográfico y Económico Social de la provincia de Soria. Gráficas Sorianas, Soria, 1965, págs. 43-52.

(2) Por esta comarca pinariega soriana se localizan elementos tradicionales tan interesantes como "la Pinochada" (Vinuesa), danzas de paloteo (San Leonardo y Casarejos), las "marzas" (Espejón), la "caldereta" (Duruelo, Covaleda...), etc.

(3) MALDONADO, Luis: Religiosidad popular. Nostalgia de lo mágico Ediciones Cristiandad, Madrid, 1975, pág. 21.

(4) De forma parecida durante "la Descubierta" en las Fiestas de San Juan de San Pedro Manrique, los jinetes, llegados al cementerio, detendrán momentáneamente su recorrido extramuros para, descubriéndose la cabeza, guardar respetuosamente a sus antepasados unos minutos de silencio.

(5) SILVIE: Las fiestas populares de la provincia de Soria. Inédito, 126 folios, 1976, pág. 34.

(6) lbídem, pág. 35.

(7) Véase "Mascaradas de invierno en España y en otras partes", en Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, t. XIX, 1963, págs. 137-296 (incluye una fotografía de "La Barrosa" de Abejar, pág. 238). Este artículo (salvo la introducción) quedará luego íntegramente recogido por su autor Julio CARO BAROJA en su libro El Carnaval. Taurus, Madrid, 1979, págs. 178-290.

(8) MARTINEZ LASECA, José María: "Del Carnaval que viene y que va", en Revista de Folklore, nº 38, 1984, pág. 48.

(9) CARO BAROJA, Julio: "Toros y hombres... sin toreros", en Revista de Occidente, nº 36, mayo 1984, págs. 7-26.

(10) ROMERO CARNICERO, Fernando: "Las cerámicas polícromas de Numancia", en Revista de Arqueología, nº 21, año III, pág. 41.

(11) Idem: Las cerámicas polícromas de Numancia. C. S. I. C. Centro de Estudios Sorianos, Valladolid, 1977, pág. 23.

(12) SANCHEZ DRAGO, Fernando: Gárgoris y Habidis. una historia mágica de España, Libros Hiperión, Edic. Peralta, 5ª ed., julio 1979, t. II, pág. 25.

(13) FRAZER, James G.: La rama dorada. Ed. F. C. E., Madrid, 9ª reimp., 1981, págs. 402-407.

(14) Los "quintos" fueron de siempre oficiantes de ciertos ritos o juegos, como, por ejemplo la "ejecución de gallos". Una vez concluida esta fiesta, celebraban una comida especial de las aves, en la que también participaban, a modo de padrinos, otras personas, quienes tendrían por misión la de iniciar a los jóvenes en los secretos que correspondían a su nuevo estado.