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VALLADOLID AL SUR DEL DUERO Riqueza y pobreza en el s XVIII

MARTIN VIANA, José León

Publicado en el año 1987 en la Revista de Folklore número 73.

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Este, que muy bien podría ser un tema a analizar debidamente a lo largo de las páginas de un libro, ha de ser forzosamente sintetizado para la revista «FOLKLORE» por razones obvias.

Del inagotable caudal del siglo XVIII, rico en matices de toda índole, vamos a contemplar la riqueza y su contrapunto, la pobreza, en el ámbito rural a través de la producción agrícola, absolutamente fundamental en la economía castellana.

Pero este binomio riqueza-pobreza conviene sea complementado con algunos factores que iluminen en cierta medida su estricto sentido, ya que así se podrá obtener. una más adecuada perspectiva de la época. Estos podrían ser la orografía, la climatología., etc., los cuales, aunque no abusaremos en su desarrollo, no pueden ser, por otra parte, ignorados, dada su gran importancia.

La geomorfogenia, en efecto, tiene un carácter esencial, ya que determina los elementos condicionantes fundamentales en la orografía, porque así como todas las provincias de la actual región castellano-leonesa cuentan en su periferia con bordes montañosos, Valladolid es la única que carece de esta particularidad. Unicamente las zonas de páramos son su más notable relieve, y en modo alguno los Montes Torozos pueden compararse con el zócalo montañoso que abraza casi toda la Región: En este sentido, podemos anotar que al sur del Duero la provincia vallisoletana cuenta en sus límites con una franja de páramos al Oeste, Sur y Este, interrumpidos por los valles formados por los ríos Cega, Eresma y Zapardiel, así como con otro núcleo a modo de isla al norte de Medina del Campo y Nava del Rey. El resto es campiña, la cual ocupa sensiblemente menor superficie.

La altitud de los páramos en los que casi el 50 % de los pueblos están asentados, viene a ser por término medio de 745 m., situándose en los 680 la de los erigidos sobre la campiña. La cota máxima de la provincia de Valladolid se encuentra al sur del Duero: es El Cuchillejo, cuyo vértice geodésico de 931 m., se encuentra en la misma raya limítrofe con la provincia de Segovia.

En función de la altitud, la climatología es un condicionante de primera magnitud en el medio rural castellano, ya que incide de forma decisiva sobre el hombre a través de la agricultura y la ganadería.

En efecto, el clima continental de la Submeseta Norte, de la que forma parte la provincia de Valladolid, su altitud y pluviometría, que oscila entre los 300 y los 800 mm. al año, determinan unos inviernos crudos con frecuentes bajo cero, primaveras un tanto frescas, a veces con heladas tardías cuando la vida vegetal ha eclosionado y que pueden llegar a mermar hasta del 60 al 70 % de la cosecha de cereales; veranos cortos y calurosos, en los que se producen paréntesis de grandes elevaciones térmicas, y otoños suaves, de temperaturas diurnas suaves y noches un tanto apacibles.

Por otra parte, no hay que olvidar los temibles nublados, con sus negros nubarrones, que suelen descargar torrenciales lluvias o fortísimos pedriscos, de graves consecuencias, desde luego, en un tiempo en que no existía seguro alguno contra estos meteoros como en la actualidad. Tampoco, por supuesto, los períodos de sequía que en un alto porcentaje impedían que la granazón de los cereales alcanzase su normal peso específico, mermando consecuentemente de forma considerable la cosecha y privando, de paso, de los necesarios pastos aprovechados por la ganadería, fundamentalmente ovina.

La sequía, que no era tan local como el nublado o el pedrisco, sino que abarcaba regiones enteras, y en casos toda la Península española, provocaba cosechas harto menguadas, produciéndose hambres espantosas en la población, con tremendos resultados de sobremortalidad, como ocurrió en 1702, 1705, 1707, el bienio 1752-53, en 1763, en el trienio 1766-68 -que fue realmente espantoso- y los bienios 1767-68, 1774-75, 1777-78..., sólo por citar los más brutales ejemplos de este siglo, que a las puertas del siguiente, en 1799, se despidió con otra mala cosecha cerealista, estimada en un 68,3 por ciento de lo normal.

A mediados de esta centuria, la zona que se estudia ocupaba un total de 238.269 hectáreas (2.382,69 Km2), sobre cuya superficie se asentaban 83 pueblos, de los que sólo trabajaremos sobre 78, ya que de los cinco restantes nos faltan datos suficientes y su incidencia sobre el total, por otra parte, es apenas perceptible.

1 De los 78 núcleos urbanos rurales, 28 eran de realengo, con una extensión de 102.292 hectáreas; de ellos los más importantes eran Medina del Campo, Nava del Rey, Olmedo, Rueda y La Seca.

Castronuño y Mojados, con una extensión de 10.235 Has., eran de abadengo. El primero pertenecía a la «Religión de San Juan», y el segundo, a la «Dignidad episcopal de Segovia».

El resto, es decir, 48 localidades, con una superficie de 125.742 Has., era de señorío; los más importantes eran Alaejos, Iscar, Peñafiel y Portillo. Ahora bien, los señoríos de mayor entidad eran los pertenecientes al Conde de Miranda, sobre tres villas y 17.502 Has.; el Conde de Benavente, sobre seis pueblos y 20.275 Has.; el Duque de Alburquerque, sobre nueve localidades y una superficie de 24.951 Has., y el Duque de Osuna, con dominio sobre doce villas y una superficie de 27.445 Has. .

Por tanto, estos cuatro poderosos nobles poseían, ellos solos, el señorío sobre el 37,84 % de la provincia de Valladolid al sur del Duero El resto estaba repartido entre don Vicente Osorio de Guzmán, don José Velázquez Dávila Arce, don Miguel de Dueñas, don Diego de Ulloa de Olmedo, don Alvaro María Carvajal y Ulloa y el Regidor de Madrid, don Manuel Antonio Pardo.

Igualmente eran partícipes del mismo el Conde de la Oliva, los Marqueses de la Vega de Boecillo, de Fuente el Sol, de Revilla, de Torreblanca y de Villanueva de Duero, así como los Duques de Veragua y de Béjar.

Resumiendo:

El Rey poseía, sobre todo el territorio, el 42,93 %; la nobleza y otros, el 52,77 %, y la Iglesia, el 4,29 %.

He aquí los estamentos sociales representantes de la verdadera riqueza. Sin embargo, hay también otras representaciones de la misma, como son la forestal y la agrícola. Puede asegurarse que la primera, dadas las características de la provincia, no eran despreciables, ya que ascendía al 17,76% de su superficie. Hoy, lamentablemente, es menor .

Las masas arbóreas se distinguían, por una parte, las que ocupaban los páramos; por otra, las que se extendían sobre la campiña. Las primeras, que ocupaban la extensión de 10.797 hectáreas, estaban pobladas por robles («Quercus pedunculata») y encinas («Quercus ilex»); las segundas estaban representadas por extensos pinares poblados por las variedades de «Pinus pinea» (pino piñonero o albar) y «Pinus pinaster» (pino resinero o negral). Ambas variedades llegaron a formar verdaderos bosques, que se extendían sobre una superficie de 31.434 hectáreas; es decir, algo más de 314 Km2.

En robledales y encinares destacan en el siglo XVIII Castronuño, con 1.860 Has., e Iscar, con 2.150. En pinares descuellan Ataquines, con 968 Has.; Mojados, con 1.000; La Parrilla, con 1.800; Olmedo, con 4.392, y Portillo, con 5.000.

A la vista de lo que antecede, podemos fácilmente apreciar la riqueza de algunos pueblos en cuanto a masa forestal se refiere: ahí tenemos a Mojados, con un 23% de su término municipal; Olmedo, con el 26,69 % ; Portillo, con el 55,55 %, y, sobre todo, destacando del resto, a Iscar, con el 99 % , ya que el 1 % restante estaba destinado a viñedo, productor de 4.440 cántaras de vino al año (71.040 litros), siendo, en cambio, totalmente deficitario en cereales, por lo que tenía que suministrarse de los pueblos cercanos tanto de trigo para el consumo humano, como de piensos para los animales.

Por contra, al otro extremo pueden mencionarse Alcazarén, Bocigas, Campaspero, Camporredondo, Carpio, Fompedraza y otros muchos más en los que la masa forestal se reducía a cero.

Sobre la otra fuente de riqueza: la agrícola, es el trigo el que acapara la primacía sobre el resto de los cereales, con una producción anual media en la zona estudiada de 290.000 fgs., las cuales equivaldrían a un tren compuesto por 789 vagones cargados de él.

El segundo lugar en importancia productiva estaba ocupado por la cebada, con 213.000 fgs., y el centeno, ya a una considerable distancia, con un total de algo más de 100.000 fgs. Se desdeña la avena por no ser, en realidad, de una cuantiosa producción.

En cuanto al trigo, deducidos los diezmos, las cantidades necesarias para la panificación y las destinadas a la siembra, puede estimarse sin gran margen de error la cantidad sobrante en unas 115.000 fgs., que se exportaban a través de los mercados, principalmente el de Medina del Campo, a Valladolid y otros diferentes puntos. Y formando parte de grandes partidas de otros lugares de Castilla, a otras regiones deficitarias como Galicia, Asturias, Cantabria, Vascongadas y Cataluña, con menor incidencia en esta última por abastecerse en gran parte de Aragón.

La venta de las 115.000 fgs. de trigo sobrante, al precio de 11 reales la fanega a mediados de siglo, que nos puede también servir de media secular, suponía un beneficio de 1.265.000 reales. Ahora bien: si tenemos en cuenta que el jornal de un obrero por día trabajado era el de 2 reales, aunque en algunas localidades alcanzara los 2,5, podemos establecer con exactitud el volumen dinerario del beneficio obtenido, que, en maravedís, alcanzaba la importante cantidad de 43.010.000.

Se podía analizar detalladamente el resto, pero con lo dicho es suficiente para hacerse una idea, al menos aproximada, de la riqueza producida.

Sin embargo, no solamente los cereales constituían fuente de riqueza, ya que había otros renglones como las legumbres, que servían de alimentación humana y la potenciaban (garbanzos, lentejas, habas...); los 32.160 Kgs.de miel, o los 14.000 Kgs. de cera (de alguna importancia, ya que, como veremos, el kilo de cera costaba 34 reales), la fruta producida o la lana, queso y corderos obtenidos por los grandes rebaños de merinas. Y, sobre todo, el vino.

El vino merece, en verdad, una especial consideración, debido a que su producción es de una enorme importancia. Claro es que al sur del Duero había pueblos -no muchos, ciertamente- que no eran esencialmente viticultores, aunque ello no obstaba para que existiera algún que otro majuelo del que comer sabrosos racimos de uva y el resto hacerlo vino para el consumo familiar. Cierto también que había más de una veintena de localidades que producían entre 1.000 y 5.000 cántaras. No menos cierto, igualmente, que había otros que obtenían vino en cantidades ya un tanto apreciables, como:

Cántaras
Carpio 5.400
Aldea de San Miguel 5.450
Manzanillo 5.530
Castrejón 6.569
Langayo 6.667
Ataquines 9.970

Y así una docena de pueblos más cuya producción se movía entre las 5.000 y las 10.000 cántaras y que no se mencionan por no ser demasiado extensos.

De 10.000 a 20.000 cántaras había nueve pueblos más:

Cántaras
Castronuño 10.518
Castrillo de Duero 10.750
Hornillos 13.240
Ramiro 14.070
Pozaldez 16.440
Peñafiel 17.400
Valdestillas 17.800
Alcazarén 18.555
Serrada 19.351

De 20.000 a 30.000 cántaras solamente puede citarse Nava del Rey, con 29.100.

Pero existían algunos pueblos cuya riqueza vinícola excedía de lo normal:

Cántaras
Alaejos 44.921
Rodilana 63.000
Villaverde de Medina 66.740
Medina del Campo 73.855
Rueda 74.000
La Seca 75.800

Debe hacerse constar que se manejan datos de 70 de los 83 pueblos al sur del Duero, referidos al año 1751, cuya producción total arroja la considerable cifra de 769.056 cántaras, o sea 123.048,96 Hl.: un verdadero río de vino con un caudal estanco de más de 12 millones de litros.

Con un razonable margen en el que movernos, se puede calcular que, deducidos los diezmos y el consumo familiar, habría un excedente de unas 465.000 cántaras, que a razón de 16 litros la cántara, equivalen acerca de 7,5 millones de litros, los cuales, reducidos a dinero -considerando que el precio de la cántara se movía entre 3 y 4 reales y tomando como precio medio el de 3,5 reales-, arroja un resultado asombroso: el de 1.627.500 reales, cantidad que supera en 365.500 reales al del trigo.

También, como éste, el vino salía de la provincia de Valladolid, siendo los arrieros quienes con sus reatas de mulas, a veces de seis y hasta de ocho, y cargando sobre los lomos de cada animal un moyo (1 moyo = 16 cántaras = 256 litros), transportaban los apreciados caldos a distintos y a veces a distantes puntos de Castilla y fuera de ella.

He aquí la cara de la moneda: la riqueza.

Pero por ella pudiera parecer que al sur del Duero la gente vivía bien a vista de tanta abundancia. Y nada más lejos de la realidad, porque toda esta abundancia de bienes estaba en manos de una minoría de la población compuesta por grandes y medianos agricultores, viticultores y ganaderos.

Esta es la ventana por la que nos vamos a asomar a la cruz de la moneda, ya que tras esta élite de acaudalados terratenientes se escondían los pegujaleros, es decir, los pequeños agricultores o ganaderos con muy escasa hacienda, la cual no les daba para vivir, y por ello, después de atender sus escasas propiedades, se ponían a trabajar en las tierras de los grandes o medianos propietarios.

Los pegujaleros venían a ser, pues, la franja fronteriza entre la riqueza y la pobreza. Tras ellos estaban los pobres.

Y pobres eran considerados todos cuantos carecían de bienes raíces; los que habían de ganar la vida con el sudor de su frente; en una palabra, los que no tenían nada que dejar en herencia a sus descendientes. Y era muy difícil, por no decir imposible, adquirir propiedades con jornales que apenas si cubrían las más perentorias necesidades de la vida humana: la comida y el vestido.

De esta situación escapaban algunas profesiones, aunque no todos los profesionales: es el caso de los escribanos, por ejemplo, entre los cuales había quienes tenían unos ingresos diarios de 8 6 10 reales, mientras que otros se situaban por debajo de los de un jornalero. Los médicos, sin embargo, estaban, en general, bien retribuidos, aunque con una gran oscilación de ingresos, cuyos extremos se situaban entre los 7,5 y los 14 Rs. Los cirujanos, por el contrario, aparecían muy por debajo de los médicos, y si bien es cierto que algunos escapaban a duras penas de la pobreza, no lo es menos que, en general, apenas si superaban el jornal de un obrero agrícola.

Prácticamente, los demás eran pobres. Veamos, por vía de ejemplo, los ingresos medios diarios en reales de algunas profesiones y oficios:

Maestro de niños 1
Fiel de fechas 0,50
Albeitar (veterinario) 1,50
Jornalero 2
Barbero 2,50
Albañil (maestro de obras) 4
Oficial de albañil... 2
Aprendiz 1
Rabadán 3
Pastor 2
Zagal 0,50
Arriero 1
Oficial de sastre 1
Herrero 2,50
Herrador 1,50

Ahora, para situar en su verdadero valor adquisitivo estos ingresos, podemos afirmar que costaba:

1 Kg. de trigo 0,50
1 Kg. de garbanzos 1
1 Kg. de lentejas 0,50 .
1 Kg. de guisantes 0,50
1 Kg. de cera en velas 34
1 litro de vino 1
1 litro de aceite 3

De esto se infiere que, dado el precio abrumador de las velas, se usara el candil, que tenía que ser alimentado con aceite, que era mucho más barato.

De todas formas, podemos establecer ya con lo expuesto una relación ingresos-gastos. De éstos hemos apuntado algunos de los que prácticamente tenían que hacerse, y por el resultado vemos cómo los ingresos son ligeramente superiores a los gastos; pero con tan poca diferencia que los que podían trabajosamente ahorrar tenían que gastarlo en ropa, calzado, médico, barbero, etc. Con ello queda cumplidamente demostrado el hecho real de que todos eran pobres. Incluso los artesanos, como:

Tejedor de lienzos 3
Maestro zapatero 3
Carpintero 2
Soguero 1,50
Tintorero 2
Maestro alfarero 4
Flautero y tamborilero 1
Carretero 3,50
Maestro sastre 3

Todos ellos entraban en la categoría de pobres porque, en fin de cuentas, sus reservas en algunos casos, como el del maestro alfarero o el del carretero, carecían de entidad bastante para que pudieran fugarse de la pobreza.

Triste vida, pues, la de la inmensa mayoría de la población rural al sur del Duero; botón de muestra, por otra parte, ya que en todas partes era así. Comer para vivir era la máxima aspiración de aquellas gentes, y ni aun esto podía ser realidad cuando algún miembro de la familia enfermaba, ya que cualquier alteración de un ajustadísimo presupuesto desequilibraba éste, provocando inevitablemente la angustiosa carencia de medios, que a veces tenía funestas consecuencias. Y no se diga en épocas de sequía, porque la escasez de alimentos era seguida inmediatamente por una imparable subida de precios, situación que en numerosas ocasiones conducía a la desnutrición y al fallecimiento de los más débiles: los enfermos y los ancianos, pero, sobre todo, al de los niños. O de peste, porque entonces la sobremortalidad se disparaba dejando tras su macabro paso un reguero impresionante de cadáveres.

Sin embargo, a pesar del sombrío cuadro acabado de apuntar, la pobreza aún no había llegado a sus límites. Quedaban los pobres de solemnidad; aquellos que carecían de todo: de un trabajo para comprar comida con el jornal duramente ganado, de un techo donde cobijarse, de un lecho donde dormir; seres que tenían un solo y único bien: la vida. Pero... ¿qué clase de vida? ¡Qué clase de vida!...

Hoy existen centros de caridad, de beneficencia; medios con los que socorrer a los pobres, pero en el siglo XVIII el único medio para poder comer a fin de sobrevivir no era otro que la mendicidad.

Ahora sí que estamos ya ante la verdadera, cruda, descarnada y pavorosa realidad de la verdadera y desnuda pobreza, la que, sin embargo, aún alcanzaba sus confines más profundos en los casos más patéticos y aterradores: el pobre de solemnidad anciano rechazado por su familia o carente de ella, el inválido y el enfermo. Para los dos primeros, su final se precipitaba; para los pobres de solemnidad enfermos, aún existía un resquicio, una posibilidad de poder seguir viviendo: el hospital, del que hablaremos, aunque sólo sea de pasada, para cerrar este trabajo.

Pero antes podemos asegurar con rigor que a mediados del siglo XVIII, al sur del Duero, en la provincia de Valladolid, había, nada menos, que 1.115 personas pobres de solemnidad con residencia fija en un pueblo determinado. El número de estos desdichados seres en cada población variaba de unas a otras. Así, de la ausencia de pobres de solemnidad en Cogeces de Iscar, Fompedraza, Molpeceres, Olmos de Peñafiel y 12 pueblos más, pasando por los distintos guarismos en diversas localidades hasta llegar a los 36 de Brahojos de Medina, 50 de Rueda, 100 de Nava del Rey, 121 de Villanueva de Duero, había un extenso muestrario que culminaba en el paroxismo de Medina del Campo, con 200.

y éstos no eran, dentro del dramatismo de su situación, los que peor estaban, porque al fin y al cabo, mal que bien, arrastraban su penosa vida, pero siempre dentro de su pueblo, situación que suavizaba un tanto las aristas dolorosas de su angustiosa situación.

¿Hemos contemplado los confines de la pobreza como acabamos de señalar? Hasta cierto punto, sí. Sin embargo, aún nos queda la contemplación de la pobreza en la frontera misma en que la vida y la muerte se tocan. Son los casos más dramáticos, los más escalofriantes; los que se daban entre los pordioseros, quienes, sin rumbo fijo, caminando de pueblo en pueblo, iban mendigando «una limosna, por el amor de Dios», y recibían un rebojo de pan y, cuando más, un trocito de tocino o algunos maravedíes y, cuando menos, un cruel «Dios le ampare, hermano» que clamaba al mismo Cielo.

No es raro leer en los libros de difuntos de las parroquias la partida de defunción de «un montañés hallado muerto en un pajar», o la de «un hombre (cuya descripción a veces se hacía: «alto, moreno, como de treinta y cuatro años, más o menos» ) encontrado muerto en el campo», etc., etc.

Se haría muy larga la serie de citas que podríamos hacer pero es suficiente con lo dicho para, con poco esfuerzo de la imaginación, advertir la espantosa soledad, la profunda amargura y el miedo indecibles de esta clase de personas que morían al borde de un camino, en un pinar, en el campo, en un pajar...sucios, andrajosos, famélicos, llenos de piojos...

¡Estremece...!

Había otros, sin embargo, que evitaban de momento la muerte al ser recogidos enfermos en un hospital.

Este de los hospitales es un tema también de amplios horizontes que trataremos, no obstante ,de sintetizar el máximo. Medina del Campo, por ejemplo estaba suficientemente dotado con dos hospitales, especialmente por el que a sus expensas hiciera construir Simón Ruiz. También Portillo contaba en el s. XVIII con dos para hombres y uno para mujeres, éste en su Arrabal; al igual que Olmedo y Peñafiel, que tenían dos hospitales cada pueblo.

En el resto del territorio, o no había hospital -que era lo más frecuente-, o bien presentaba una precariedad tal que no merecía ese nombre.

Tanto en Medina del Campo como en Portillo o Peñafiel, el enfermo pobre que ingresaba en él podía contar con un camastro provisto de jergón de paja u hojas de maíz y cabezal de lo mismo, a más de dos mantas normalmente raídas y un cobertor, para dormir. Para comer, como alimento podían esperar una escudilla de sopa (¡...!) caliente, garbanzos y un trozo de pan de morcajo. Esto era el mayor de los lujos porque en los demás casos llamaban hospital, por ejemplo, a una habitación que el Concejo tenía habilitada en su propio edificio para recoger por una noche a los transeúntes pobres y enfermos, o bien una panera, o una casa con una habitación dotada de una cama para poder descansar durante una noche. Estos hospitales (?) estaban generalmente atendidos por una Cofradía que con las rentas, a veces de dos fanegas de trigo (22 Rs) al año, sufragaba los gastos de manutención que los pobres que albergaba pudieran ocasionar en sus estancias.

Al que arribaba a tales lugares, si su enfermedad era leve, se le curaba en el mismo pueblo; mejor dicho, el mismo enfermo encontraba cierto alivio tras algunos días de comer caliente y dormir bajo techo, ya que su enfermedad consistía en la debilidad orgánica debida a la desnutrición; es decir, al hambre. Pero si se veía que la enfermedad era de cierta importancia, en una carreta se le transportaba a otro hospital mejor para que en él pudiera ser atendido, o bien se le despachaba con una copiosa comida, un pan para el camino más un real o dos y un «¡Vaya usted con Dios, hermano!» a la salida del pueblo.

Pero como se indicaba, gran parte de los pueblos de la zona carecían hasta de una habitación para acoger al pobre enfermo, que tenía que continuar después de pasar la noche en una cuadra al calor de los animales, si era invierno, su penosísima peregrinación en busca febril de un hospital en el que pudiera ser atendido, al cual a veces lograba llegar casi extenuado, y a veces no podía conseguirlo, muriendo en el camino como antes hemos visto.

No. La red hospitalaria rural en la Castilla del siglo XVIII era deficientísima, salvo raras excepciones, aunque la que existía, a pesar de todo, cumplía con su misión.

Decíamos antes que había quienes podían dar un quiebro a la muerte después de haber tenido la inmensa suerte de llegar a tiempo a un hospital; pero no todos los que ingresaban en él tenían la misma fortuna, porque parte de ellos salían curados, ciertamente, pero otra parte fallecían en él. Todos, asistidos por el hospitalero en lo material, y por el sacerdote, en lo espiritual.

Los que salían curados, en realidad no hacían sino reanudar el penoso caminar sin esperanza...; un caminar día a día, en verano y en invierno, durmiendo bajo una encina o un pino en el buen tiempo, o cobijándose en lo crudo del invierno castellano en un pajar o al mismo pie de la pared de una casa, en plena calle. ¡Terrible porvenir, en verdad!

Los que no curaban de su enfermedad, consumían las últimas jornadas de su vida en un lento agonizar..., solos, lejos de las tierras que les vieron nacer: Galicia o las serranías leonesas, asturianas, burgalesas o palentinas, que tendría ante sí con inusitada vivacidad en las hondas añoranzas, hasta que al fin se durmieran en los brazos de una muerte que los liberaba de tanta miseria, tanto sufrimiento, tanta angustia y, sobre todo, sobre todo..., ¡de tanta hambre!

Podrían relatarse multitud de casos concretos citando nombres y apellidos, pero ello no nos serviría de gran cosa, porque ¿qué nos podría decir el nombre de Pedro, o el de Alonso, o el de María, junto a una fecha concreta? ...Nada. Lo cierto es que muchos de esos casos contenían una densa carga dramática. En representación de ellos escogemos uno que, por su patetismo, merece la pena ser señalado.

Es el de una pobre mujer en avanzado estado de gestación, pordiosera y, por tanto, pobre de solemnidad en caso extremo, que ingresó en el hospital de Tudela de Duero, pueblo situado en el límite norte de la zona que estamos estudiando, a orillas del mismo río Duero.

Al ingresar en dicho hospital la mujer pobre -¡pobre mujer!-, presentaba un lamentabilísimo estado físico, con signos evidentes de haber sufrido durante no poco tiempo las dentelladas del hambre; además, presentaba un cuadro de insuficiencia renal agudo, como pronosticó el médico de la localidad que la atendió. Desde el primer momento fue objeto de las máximas atenciones por parte del hospitalero, no obstante lo cual a los pocos días se agravó y entró en estado preagónico. El sacerdote acudió solícito a confesarla y administrarle los últimos sacramentos, pero la moribunda no pudo expresarse sino a través de su mirada, porque, para mayor tragedia..., ¡era sordomuda! ...
***
¡Ven aquí, orgullosa sociedad del siglo XX, podrida de soberbia y carcomida por los vicios y la superficialidad; ven e hinca tu rodilla en tierra o muérete de vergüenza si te queda alguna ante este formidable drama humano, porque... ¡cuántos casos semejantes a este ocurren hoy mismo sin que tu protervia lo perciba...! Ven y ríndete ante el sufrimiento humano despojándote de tus vanos y escandalosos placeres y devaneos; tú, que hipócritamente clamas en favor del pobre al tiempo que le humillas y le insultas con tus despilfarros...!

Y aquella desdichada mujer en avanzado estado de gestación, pobre de solemnidad..., sordomuda..., como decíamos, murió.

En este punto me dirijo vehemente al que esto lee y le invito a hacer un breve paréntesis para, en él, reflexionar sobre las escalofriantes dimensiones del caso y haga un corto pero intenso examen de conciencia para ver cómo estamos en tema tan trascendente como es el de la solidaridad con los demás, con los necesitados o, según el Evangelio, el amor al prójimo. Hoy, que tanto se le llena la boca a tantos sobre derechos humanos y que, en general, se queda en la simple formulación del concepto. Acabado el examen de conciencia, siga leyendo, aunque en realidad ya damos fin al tema desarrollado, porque seguramente habrá sacado algo positivo en consecuencia.

Reanudando el relato, añadiremos que murió entre dos insondables abismos: el de la sordera y el de la mudez.

La muerte debió de ser para ella realmente espantosa. Mientras pudo, el alma se le asomó a sus pupilas con una expresividad indescriptible; su mirada debió de ser un grito desgarrador en el denso silencio de sus labios fríos, y las lágrimas, que lentamente rodaban por sus mejillas hasta llegar al cabezal de paja, gotas ardientes, eco profundo de un mensaje de soledad y, sobre todo, de terror...En un esfuerzo sobrehumano se oyó un sonido gutural que, en cierto modo, fue como el canto del cisne.

Después de expirar le abrieron el vientre y extrajeron de él a una niña que inmediatamente fue bautizada, y que también falleció a las pocas horas.

En verdad, en verdad. .., ¡sobrecoge!
***
Con esto acabamos de poner el punto final a un ligero documento estudio de la cara y la cruz de una misma moneda: la de la riqueza y la pobreza en el siglo XVIII al sur del Duero en la provincia de Valladolid, con la esperanza de haber conseguido el objetivo que nos propusimos al concebirlo, que no fue otro que el de satisfacer la inquietud intelectual del lector de esta acreditada publicación y el de divulgar, de paso, el contenido de cuanto antecede.