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NOTICIAS PARA LA HISTORIA DEL ENCAJE

VILLOLDO DIAZ, Natividad

Publicado en el año 1987 en la Revista de Folklore número 75.

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El encaje tiene unos orígenes históricos no esclarecidos todavía y difíciles de resolver. Algunos autores opinan que no existieron hasta el siglo XV, pero está demostrado que se hacían con anterioridad, remontando su existencia a tiempos antiquísimos. Sí aparecieron en esa época las denominaciones «puntas», «randas» y «encajes», y por tanto no hay referencias reflejadas en documentos bajo esa denominación anteriormente.

Encaje y bordado se confundían primitivamente, quedando englobados ambos en los pasamanos. Según Carmen Baroja de Caro, en España se llamó generalmente pasamanos a los encajes de oro, plata y sedas, y puntos de randa a los de hilo blanco, algunas veces mezclados con hilos de color y metal.

Se clasifican en dos grupos todos los encajes: aguja y bolillo. La técnica del encaje ala aguja es distinta a la del bolillo.

La aguja conduce un único hilo de un punto a otro con un elemento esencial: el punto de festón. En los bolillos corren sin interrupción por todo el encaje diversos hilos, enrollados a unos palitos (bolillos) que se entrecruzan, sujetándolos a una almohadilla mediante alfileres y trabajando sobre un patrón. En los bolillos domina el movimiento; en la aguja, lo apacible y limitado.

Las puntillas al bolillo fueron anteriores a las de aguja. Isaías, en el «Libro de los Reyes», cita «entrelazados» en forma de malla pertenecientes al templo de Salomón. En las tumbas egipcias se encontraron momias con cofias y finas túnicas adornadas con trabajos atribuidos a los bolillos, e incluso se conserva el hilo que había servido para ejecutar la labor. Según Chevalier, estos trabajos fueron llevados a Italia cuando Egipto pasó a ser colonia romana. Hasta el siglo XIII faltan documentos que acrediten la evolución.

Del siglo XIV se conservan en el Monasterio de Pedralbes (Barcelona) preciosos encajes de bolillo que pertenecieron a la reina Elisenda de Moncada, esposa de Jaime II. Son de hilo de oro, seda color carmesí, perlas y granates, existiendo polémica entre 109 autores más cualificados en cuanto a la procedencia de dichos encajes. La opinión más generalizada es que se introdujeron en España a través de Italia, que fue la cuna del encaje, tanto de aguja como de bolillo. Sin embargo, el primer libro de dibujos para encajes se remonta a 1527, y fue impreso en Colonia. De cualquier modo, el dibujante más apreciado por los patrones fue Vinciolo, proveedor oficial de cuellos plegados nombrado por Catalina de Médicis.

Estamos convencidos, además, de la existencia anterior de otra corriente procedente de los países orientales, cuyas características, bien distintas a las del encaje italiano, arraigaron en nuestro país con más fuerza, evolucionando de forma admirable, dando lugar a que los puntos de España se hicieran famosos en toda Europa.

Antes de que los árabes nos influyeran en estos trabajos, ya los iberos hacían cordones trenzados y filigranas. Los adornos de la Dama de Elche tienen un marcado estilo griego. Fueron traídos de Oriente por fenicios y cartagineses, y son, sin duda, los precursores de los encajes de oro españoles.

No podemos discutir la supremacía del encaje de este o aquel país. La palabra «pasamano» por sí sola demostraría que el origen del encaje europeo estuvo en España, ya que ha sido traducida literalmente a todos los centros encajeros. Sea cual fuere, antes o después, lo que sí puede demostrarse es que España alcanzó gran perfección en la ejecución de los encajes, llegando a ser nuestras blondas las preferidas ¿n Europa. Los «puntos de España» se introducen en otros países durante los siglos XVI y XVII, luciéndose en las grandes fiestas, especialmente por Francia e Inglaterra. Eran de gran fastuosidad, y la aristocracia de estos países abusó de ellos, incluso usándolos en la ropa interior. La técnica de estos encajes es diferente a la de los demás conocidos, guardando gran semejanza con encajes persas y turcos en cuanto a materiales, sedas policromas, oro y plata; pero tienen carácter propio que se debe tanto a las técnicas diferentes de ejecución como a sus dibujos.

En España se han hecho toda clase de encajes. Los de bolillos en un principio eran metálicos, combinados con sedas y ricas policromías, muchos de ellos numéricos y de tipo torchón. Se trabajó muchísimo en blondas durante los siglos XVII y XVIII, generalmente destinadas a mantillas y paños de altar, y en el llamado ret-fi catalán, de envidiable finura y perfección, diferenciándose de las blondas en que aquéllas se realizaron con sedas, y este último, siempre con hilo.

Fueron los grandes reyes de España quienes lo potenciaron, dictando exacciones y rebajando impuestos. Hemos atravesado una época de franca decadencia del encaje, desde la revolución industrial hasta nuestros días, porque estos trabajos, eminentemente artesanos, han sido muy poco protegidos.

Las damas del cortejo de los fúcares (siglo XVI) importaron las labores de los Países Bajos, que se realizaban en aquella época en sus lugares de origen, agregando los estilos característicos de sus encajes a los variados que ya existían en España y con técnicas diferentes, como fueron: viejo Flandes de Bélgica, Brabante, Binche, Malinas, Rosalina y Duquesa de Brujas. Mientras tanto, pasaban a los Países Bajos los famosos puntos de España al bolillo y los anillados, filigranas y frisados españoles, desarrollados los primeros en las juderías toledanas, y este último, en Valladolid, en los conventos de clausura, perteneciendo estos últimos a los encajes de aguja.

Los centros más afamados de encajes estuvieron en Almagro (Ciudad Real).

Cataluña tuvo una gran tradición encajera, y es el lugar de España donde más se está trabajando para su recuperación, a lo que ayuda el ya creado Museo del Encaje en Arenys de Mar.

En la región valenciana tuvieron gran importancia encajera Monovar y Novelda. En Madrid, y en la Corte de Isabel II, muy amante de estos trabajos, existieron encajeras de gran renombre, incluso con derecho a usar armas reales en sus establecimientos.

En Galicia, el centro encajero más notable fue Camariñas, cuya producción era muy alta, pero de calidad inferior. También se están realizando en esta región grandes esfuerzos para recuperar una tradición que había decaído.

Como quiera que lo que me motiva escribir estas líneas es el afán de hacer resurgir los encajes castellanos, paso a detallar los más importantes.

Si bien en Castilla se realizaron todo tipo de encajes, los que tuvieron características propias fueron: los soles de Salamanca y el frisado de Valladolid, situándose ambos entre los «encajes a la aguja».

Respecto al bolillo, se hicieron sobre todo encajes numéricos y torchón, y aunque menos frecuentes, preciosas puntillas de Flandes que vemos rematando algunas piezas de soles que coincidieron a finales del siglo XVII. No debemos dejar al margen las blondas, que si bien no se conoce su industrialización, se realizaron con mucha profusión, existiendo modelos de diseño muy bonito y perfecta ejecución.

Por regla general, se trataba de las blondas: castañuela, dos tonos, ligera, y la más bella, la «morenilla», tradicional mantilla con motivos floridos y brillantes, diferenciándola de cualquier otro encaje extranjero.

Son muy pocas las casas que no posean alguna labor de malla, generalmente zurcida, y en este campo existen auténticas obras de artesanía, así como numerosísimos flecos de macramé ¿destinados de forma habitual a toallas y paños dedicados al culto.

Si lo característico, esencial de Castilla, son los soles y el frisado de Valladolid, se tratará de explicar lo más destacado de cada uno de ellos.

Soles salmantinos:

Estos soles se realizaron en Salamanca y, por derivación, en toda la zona limítrofe, trascendiendo al resto de España, con especial incidencia en Cataluña, donde en un principio se les designó con el nombre de puntos de Castilla, y en la actualidad se opina (de manera injustificada) que tuvieron allí su origen.

Están ejecutados con aguja. Respecto a este trabajo, hay diversidad de criterios, inclusive entre los autores más acreditados, que se contradicen, pero nada más positivo que realizarlos para comprender que derivan de los deshilados; por tanto, la opinión de algunos autores al manifestar que se realizan sobre almohadilla no es aceptable, porque sus conclusiones quizá están basadas por comparar los soles con los de Tenerife, y ambos encajes presentan diferencias muy contradictorias.

Para su ejecución se comienza sacando los hilos de la franja en su entramado, quejando únicamente los de la urdimbre, que se cortarán después de haber reforzado los bordes, excepto unos centímetros entre cuadro y cuadro que se respetan y dejan en reserva.