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Los Catecismos y las Oraciones en verso

RESINES, Luis

Publicado en el año 1987 en la Revista de Folklore número 75.

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Con relativa frecuencia, los autores de catecismos y publicaciones similares destinadas a la educación de la fe del pueblo sencillo han echado mano de un recurso tan simple como el verso. Se trata de composiciones exentas de complicaciones y con estrofas también fáciles -generalmente, cuartetas- que se prestaban a una fácil retención memorística, para que las afirmaciones transmitidas fuesen no sólo repetidas, sino también comprendidas. Ahora bien, ocurre que las exigencias de la métrica y del hipérbaton, así como las mismas licencias poéticas hacen que en ocasiones los vocablos empleados resultaran en la práctica inasequibles al pueblo al que se destinaban.

En la misma línea de recursos pedagógicos, el verso aportaba otra posibilidad: la de ser cantable añadiéndole melodías sencillas, generalmente tomadas de otras composiciones, pero que en todo caso tenían un hondo sabor popular y, en consecuencia, un arraigo y difusión notables. Las menos de las veces disponían de música propia, porque ello requería un esfuerzo adicional que iba en perjuicio de la finalidad pretendida, como es la amplia difusión de la doctrina cristiana. De esta forma, estamos muy cerca de un estilo de catequesis que hunde sus raíces en el siglo XVI y que casi ha pervivido hasta nuestros días, como veremos por la fecha de publicación de los versos que iremos presentando. Además, habrá que resaltar que también estamos muy cerca de las «coplas de ciego» en cuanto al procedimiento, con la única diferencia de que, en general, el verso suele ser de mejor calidad intrínseca, y el mensaje presentado tiende a ofrecer un contenido más depurado y mucho más elaborado que en aquéllas.

En la línea de la versificación habría que dejar constancia de los esfuerzos por hacer una presentación íntegra de la fe cristiana a través de la rima, pero no es éste ni el momento ni el espacio indicado; más bien nos vamos a ceñir a una faceta, como es la de versificar las más conocidas oraciones. Es claro que la intención no es la de suplantarlas, sino, al contrario, acompañarlas de una explicación complementaria, o de un formulario paralelo al usual, ya que en la mayor parte de los casos que hemos recogido constan las formulaciones usuales en prosa junto alas otras manifestaciones en verso.

Otra indicación introductoria, que no entra en contradicción con lo anteriormente afirmado respecto a la fecha de publicación, es la difícil localización de la fecha de composición de tales rimas: no es siquiera sencillo seguirles la pista, y la fragmentaria reconstrucción que hemos realizado no es más que una parte mínima de la labor que se podría llevar a cabo en caso de disponer de todos los ejemplares de catecismos que sería necesario reunir para remontarse a su origen primero. De ahí que tengamos que conformarnos con la fecha de publicación, como el. único indicio cronológico disponible.

Punto y aparte constituye la cuestión de la autoría, pues, salvo algunas raras excepciones, resulta poco menos que imposible su resolución. El hecho de que figuren en el catecismo de un determinado autor no resulta indicativo de Su paternidad, pues la inmensa mayoría de las veces constituye un apéndice al propio catecismo, sin ulterior indicación que pudiera apuntar aun autor concreto. Y tampoco se puede echar mano del socorrido recurso de asignarlo a un autor popular anónimo: una cierta calidad intrínseca al verso denota la mano en cierto modo maestra del autor de cada una de las composiciones. Hoy por hoy no se puede ir más lejos y no queda otro recurso que acogerse al anonimato como única designación de tan variada y pintoresca literatura. Sin más comentarios, nos adentramos en ella.

EL PADRENUESTRO

Por seguir un orden, vamos a atenernos al más tradicionalmente repetido, razón por la cual comenzamos por el Padrenuestro. De él disponemos de seis distintas versiones. La primera es como sigue:

Desde ese cielo, Señor,
ampáranos con tu mano,
porque aquí yace el humano
lleno de pena y dolor.

Tan sólo al oír tu nombre
cuando a la tierra llegamos,
todos le santificamos
como de Dios y de hombre .

Al oir, Dios de piedad,
tu acento desde este suelo,
decimos con humildad;
hágase tu voluntad
en la tierra y en el cielo.

Y con amoroso afán
los que en la tierra te amamos
con gran fervor te imploramos
que nunca nos falte el pan.

Y fiando en los favores
de tu celeste corona,
como nos a los deudores,
Tú nuestras deudas perdona.

Y si al camino del bien
nos guiare el corazón,
líbranos de tentación
por siempre jamás Amén (1).

Además del quinto verso forzado en la estrofa tercera para completar la frase usual, algunas expresiones aparecen bastante confusas, como es el caso de santificar el nombre de Dios «como de Dios y de hombre»; también resulta difícil el significado exacto de «los favores de tu celeste corona», que más probablemente obedece a las exigencias de la rima que al sentido originario de la oración.

La segunda versión, por el contrario, se ajusta mucho más al sentido y a la letra del Padrenuestro:

¿Oh, tú, nuestro padre;
Que estás en el cielo,
Sea santificado
Tu nombre supremo;

Míranos clemente,
Venga a nos tu reino,
y tu voluntad
Hagan tierra y cielo.

El pan cuotidiano
Que a tu amor debemos,
Dánosle por hoy,
Dios del Universo.

Las deudas perdónanos
Como prometemos
De nuestros deudores
Perdonar los débitos.

Haz que nunca oigamos
La voz del infierno:
Mas libra de males
Señor a tu siervo. Amén (2).

Una tercera versificación del Padrenuestro es la que ofrecemos a continuación, Con la peculiaridad de que se trata de un fragmento de todo un catecismo en verso, de bastante dudosa calidad, aun siguiendo el hilo de la oración a lo largo de las ocho estrofas (una para cada petición, más otra centrada en la invocación inicial) :

El Señor es nuestro padre
que nos aguarda en los cielos,
este dulce pensamiento l
llena al alma de consuelos.

Que los fieles de la tierra
tu santo nombre bendigan
y los ángeles y santos .
tus loores siempre sigan.

Por los ámbitos del mundo
tu dulce reino se extienda
y así los hombres no vean
el horror de la contienda.

Los que aquí peregrinamos
hagamos tu voluntad
como la hacen en el cielo
los que gozan tu bondad.

T e pedimos que nos des cada día
el alimento
para el alma el de la gracia
y para el cuerpo el sustento.

Que nos perdones, Señor,
nuestras deudas te pedimos
así como perdonamos

todo el mal que recibimos.

De corazón te pedimos
que no nos dejes caer
en los lazos que el demonio
suele a nuestros pies tender.

Te pedimos que nos libres
del maligno y sus argucias
para así poder ser salvos
de sus perversas astucias (3).

Se aprecia el forzado «relleno» de algunas estrofas a fin de presentar una idea para la que no encuentra el poeta fluidez suficiente más que a base de circunloquios: es el caso de las estrofas 3.a, 7.a y 8.a y si, como parece, se destinan a un público infantil, cabe formular unas serias reservas sobre su comprensión.

La cuarta versión, por el contrario, procedente también de un catecismo en verso, tiene mucha mayor calidad en sí misma, así como en comparación con la precedente, ya que el autor, Teodoro Domínguez de Valdeón, dispone de una apreciable cualidad en este sentido que le lleva a formular en verso la totalidad del mensaje cristiano sin que ello desdiga en cuanto al fondo y a la forma. El presente es un ejemplo que se verá corroborado más adelante con otros:

Padre nuestro, que en los cielos
De gloria estás rodeado,
Por siglos eternos sea
Por siglos eternos sea
Tu nombre santificado.

Venga a nosotros tu reino,
Y acá en la tierra hagamos
Tu voluntad, como la hacen,
Siempre en el cielo los Santos.

El pan o sustento nuestro,
Que tu bondad nos envía,
Con soberano poder
Danos, Señor, este día.

Perdónanos nuestras deudas
Humildes te suplicamos,
Como a los deudores nuestros
Generosos perdonamos.

No nos dejes sucumbir
En tentación o pecado,
Y de todo mal nos libre
Omnipotente tu mano (4).

Y de nuevo vemos descender la calidad de la versificación en el ejemplo siguiente, el quinto de la serie que aborda la oración del Padrenuestro en la forma siguiente:

Señor que me habéis criado,
Agradecido me muestro;
De su imagen fue formado
Verdadero Padre Nuestro.

Treinta y tres años anduvisteis
Con fatigas y desvelos
Por redimir nuestras almas
Señor que estáis en los cielos.

Nacisteis, Jesús amado
De pureza por el hombre
Por siempre santificado
Sea Jesús el tu nombre.

Tres reyes os adoraron
Cuando nacísteis Niño Dios,
Por reyes sea adorado
El tu reino venga a nos.

Padre de misericordia,
Humilde y manso cordero,
Vuestra voluntad se cumpla
en la tierra y en el Cielo.

Oh Dios de inmensa bondad
Dulce Padre de mi vida,
Dadme el precioso sostento (sic)
Que es menester cada día.

Por este mísero destierro
Tus pasos siguiendo voy
Para servirte y amarte
Dulce gracia dánosle hoy.

Al ponerte la corona
Pasaste muchos dolores,
Perdónanos nuestras deudas
Así como a nuestros deudores.

Y no nos dejes caer
Señor en la tentación,
Líbranos de todo mal
Y danos la salvación (5).

Ahora bien, en este último caso, ya no es únicamente la forma (la métrica es deficiente en varias ocasiones), sino el mismo fondo transmitido resulta seriamente defectuoso, pues con el mayor de los despropósitos (o quizá de las ignorancias), la oración enseñada por Jesús se dirige al mismo Jesús, mezclando sin necesidad algunos acontecimientos referidos a su infancia, así como a su pasión, resultando un extraño conglomerado que más bien constituye una adulteración que una explicación de la oración del padrenuestro.

Cerramos este apartado con la reproducción en pliego separado de una explicación completa del padrenuestro en forma de «aleluyas» con sus correspondientes viñetas, que constituyen un todo en que la explicación escrita (destinada a ser repetida) se complementa en muchos casos en la explicación gráfica. Es una verdadera lástima que de esta explicación de la doctrina cristiana dispongamos únicamente de la parte correspondiente al padrenuestro, sin que haya sido posible localizar otras muestras, ni menos aún la colección entera, que hubiera sido digna de una reproducción completa.

EL AVE MARIA

Son menores en número las composiciones que recogen en verso el Ave María, y en algunos casos obedecen a la misma mano que ha redactado alguna de las versiones del padrenuestro, razón por la cual participan de idénticas cualidades o defectos; las poesías que van a continuación completan en algunos casos las oraciones del cristiano, como parte integrante de un todo: tal es el caso de las que van en segundo y cuarto lugar; no así las otras, que constituyen piezas aisladas. La primera muestra dice así:

Los cielos y la tierra
Y el mismo Jehová
Aclaman, Señora,
Tu gloria inmortal.

Llena eres de gracias.
De dicha sin par,
Y Dios es contigo,
Contigo su paz.

Bendita entre todas
Las hijas de Adán.
Bendito es el fruto
Que tu seno da.

¡Oh, Santa María!
¡Oh nuncio de paz,
.De Dios eres Madre;
Al mundo salvad!

Salvadnos, luciente
Estrella del mar,
Del mar de la culpa
Salvadnos; piedad.

Y cuando se llegue
Nuestra hora final,
Llevadnos al cielo
De Dios a gozar (6).

El siguiente verso, en forma de unos pareados encadenados en dos estrofas, tiene no sólo mayor calidad poética, sino que se ajusta también más literalmente al recitado de la oración, lo que demuestra las cualidades de dominio de lenguaje de su autor:

Oh, María, Dios te salve.
llena de gracia Tú eres,
El Señor está contigo,
Bendita entre las mujeres
Y Jesús sea bendito
Fruto de tu casto vientre.

Santa María, de Dios
Madre piadosa y clemente,
Por nosotros pecadores
Suplicámoste le ruegues
Mientras dure nuestra vida
Y en el trance de la muerte (7).

En cambio, la que sigue a continuación, se aparta muchísimo del texto original, siguiendole muy de lejos, ya que más bien constituye una paráfrasis muy amplia de aquél. Por otra parte, la indicación de «Coro», que reproducimos en su lugar correspondiente habla con claridad de que es una composición destinada al canto; en consecuencia, aunque no lo indica, parece deducirse que la primera estrofa constituye el estribillo:

La Virgen del Rosario
Me dé su gracia cumplida
Para poder explicar
En verso el Ave María

CORO

Reina del Cielo y la tierra
Válganos tu intercesión
Pues que madre nuestra eres
y también Madre de Dios.

Madre de Dios, madre mía,
Del alto Cielo Señora
Acoge al triste que llora
Y Dios te salve María.

Con tu bendita eficacia
Ruega por los afligidos
Reina de los escogidos
Porque eres llena de gracia.

Tu nombre santo bendigo
Postrado, Virgen, de hinojos,
Hallo esperanza en tus ojos
Porque el Señor es contigo.

Bendita, bendita eres
Sagrario de la ternura,
Virgen santa la más pura
Entre todas las mujeres.

Mi amor acoge en tributo
De adoración cristiana
Arbol que de vida mana
Del que bendito es el fruto.

Por el que murió en la Cruz
Sálvanos, ser escogido,
Que a redimirnos nacido
Fue de tu vientre Jesús.

Cantemos en alabanza
Con celestial armonía
Y con devotos acentos
Decimos Santa María.

Pues que sois Madre de Dios
Y amparo de pecadores .
Ruega a tu Divino Hijo
Que nuestras culpas perdone.

Para que seamos dignos
De poder llegar a verte
Ruega por los pecadores
En la vida y en la muerte .

Amén Jesús o así sea
Que alcancemos la victoria
Y en tu amable compañía
Nos veamos en la Gloria (8).

El último ejemplo de versificación correspondiente al Avemaría es debido al Hermano Pablo María, y los ramplones ripios con que nos obsequia tienen más de buena voluntad que de vena poética:

Yo te saludo, María,
con el ángel San Gabriel
y también con tu parienta
llamada Santa Isabel.

Dios te llenó de sus gracias
y en ti agotó su saber
y para hacerte mayor
no tuvo ya más poder.

Siempre el Señor fue contigo
y en ti fijó su morada
por ser de sus criaturas
la más bella y agraciada.

Eres entre las mujeres
de todas la más bendita
y esto confirmó tu prima
en aquella tu visita.

Benditísimo es el fruto
que de tu seno salió
aquel que a la Humanidad
con su sangre redimió.

Bendita Santa María
que eres la madre de Dios
que este título me mueva
todo a esperarlo de Vos.

Ruega al Señor por nosotros
por nosotros pecadores
y en esta hora presente
concédenos tus favores.

Cuando la muerte se acerque
presto ven a nuestro lado
acordándonos que en vida
mucho te lo hemos rogado (9).

GLORIA

El Gloria está muy escasamente representado en las poesías que recogen las oraciones usuales del cristiano, quizá porque es una forma de súplica o de alabanza de uso relativamente tardío, aunque no se pueda decir categóricamente que resulte desconocida en los manuales y catecismos más antiguos, pero lo cierto es que su empleo no era nada común: ello justifica perfectamente los dos únicos y raros testimonios aquí recogidos:

Gloria al Padre, gloria al Hijo,
Gloria al Espíritu Santo,
Por los siglos eternales
De todos sea loado

Gloria sea al Padre Eterno,
Gloria al Hijo soberano,
Por los siglos de los siglos
Gloria al Espíritu Santo- Amén ( 10).

Cabe pensar que las dos estrofas puedan constituir dos ejemplos distintos de la doxología, ya que en ambos el texto está íntegramente recogido y el autor a quien atribuírselas, Teodoro Domínguez de Valdeón no es dado a la repetición innecesaria. Por otra parte, a la primera de ambas estrofas acompaña una breve nota que dice: «Muy popular en la diócesis de León», lo que apunta a que él no ha hecho otra labor que la de compilador de esta estrofa; no así de la segunda, de la que se puede pensar que es autor. En ese caso, son tres los testimonios, pues a ellos hay que añadir el siguiente:

Gloria sea dada al Padre
que creó cielos y tierra
al mismo que engendra al Hijo
y al que en si todo lo encierra.

Gloria sea dada al Hijo
que fue nuestro Redentor
al que es imagen del Padre
y del hombre Salvador

Gloria al Espíritu Santo
que es nuestro Consolador
al que del Padre y del Hijo
procede de mutuo amor.

Gloria al Padre, gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo;
como en el cielo en la tierra ( 11)
entonemos este canto.

CREDO

Si eran escasos los testimonios versificados del Gloria, otro tanto ocurre con el Credo, que quizá por su mayor extensión, o quizá también por la fijeza y exactitud de las frases fijadas en su contenido como afirmaciones doctrinales, parece que ha sido menos apropiado para ser puesto en rima. Con todo no han faltado ejemplos, como los dos siguientes:

Como cristiano, en Dios Padre .
Todopoderoso, Creo;
criador de cielo y tierra
y del Universo entero,
y creo en su único Hijo
Jesucristo y Señor nuestro,
por la gracia concebido
del Espíritu santo. Creo
que de la Virgen María
nació, para abrir del cielo
las puertas a los mortales
que cumpliesen sus preceptos.
Y que padeció sin culpa
bajo el poder del proterbo
y torpe Poncio Pilato;
y que en una cruz fue muerto,
crucificado cual eran
los más criminales reos.
Que también fue sepultado
y descendió a los infiernos,
hasta que al tercero día
resucitó entre los muertos
según anunciado estaba.
Que de allí subió a los cielos,
estando en ellos sentado
de Dios Padre al lado diestro,
y creo que ha de venir
a juzgar vivos y muertos.
Y en el Espíritu Santo
y en la santa Iglesia creo.
También en la comunión
de los santos de Dios siervos .
Y en el perdón de pecados
por ser el único medio
de que el hombre alcanzar pueda
verse al lado del Eterno.
Y hasta en la resurrección
de la carne, también creo
en la vida perdurable,
y en esta creencia quiero
vivir como buen cristiano
y morir cristiano siendo. Amén (12).

Si la primera versión discurría en forma de romance, la segunda lo hace en forma de coplas, que tienen una rima asonante, en los versos segundo y cuarto, que no siempre es la misma. El texto es como sigue:

En Dios Padre creo
Todopoderoso,
Que cielos y tierra
Crió bondadoso.

Creo en Jesucristo
Que es su Hijo amado,
y fue concebido
del Espíritu Santo.

Que siendo ab aeterno
Del Padre engendrado,
de la Virgen Madre
Nació en un establo;
Que, bajo el poder
De Poncio Pilato,
Fue clavado en cruz
Donde era esperado .
Muerto y sepultado.
Bajó a los infiernos
Donde era esperado
Por los Santos Padres,
Para rescatarlos.

Que al día tercero
Ha resucitado
y al cielo subió
Entre himnos sagrados.

Del Padre a la diestra
El está sentado
y en la eterna gloria
Es nuestro abogado.

Como Juez Supremo,
Al fin de los años,
Vendrá majestuoso,
Por aquí a juzgarnos.

Los vivos y muertos
Serán destinados
A dicha o suplicio
Como hayan obrado.

Y en el Espíritu
Santo yo creo
En Dios Trino y Uno,
Infinito, Eterno.

Esta fe en la Iglesia
Católica he dado
Y ser su fiel hijo
Por siempre he jurado.

En la Comunión
Creo, de los santos,
Creo en el perfecto
Perdón del pecado.

La Resurrección,
Dogma soberano,
Que al alma y al cuerpo
Volverá a juntarlos.

En la vida eterna,
Reino deseado,
Donde al fin seremos
Todos coronados. Amén (13)

SALVE

Al contrario que el Credo, la Salve ha sido más vertida al verso, quizá por resultar más sencilla en cuanto que es una oración petitoria, en lugar de la formulación más exacta propia del Credo; ello ha generado un uso más popular de la Salve, que además resulta más comprensible incluso en su lenguaje para el pueblo llano. Los ejemplos son cuatro en esta ocasión, más algunos apéndices, de los que más adelante hablaremos, pero están lo suficientemente documentados como para poder asegurar que se trata de una salmodia ciertamente popular. El primer modelo es:

Salve, Señora,
Reina del Cielo
Madre y consuelo
Del pecador.
Vida y dulzura,
Nuestra esperanza,
Nave segura
De salvación.
Los desgraciados
de Eva nacidos,
Sin ti afligidos
Solos se ven.
Vuelve abogada,
Vuelve a nosotros
la tu mirada
Fuente del bien.
A ti de gracias
Y dones llena;
Dicen su pena
con triste voz.
Los desterrados
En este valle
Los condenados
Siempre a dolor.
Dadnos, Señora,
Deshecho el hierro
De este destierro
Ver a Jesús;.
Divino fruto
De vuestro seno,
Por nos tributo
Muerto en la cruz.
Y en tanto, ¡Oh dulce
Virgen piadosa,
Pura y hermosa,
Madre de Dios;
Pues aguardamos
Santas promesas,
Tiernos rogamos
Roguéis por nos.
Reina del cielo
Y la tierra
Válganos tu intercesión,
Pues que Madre nuestra eres
Y también Madre de Dios (14).

La siguiente versión es muy parecida en su métrica y en su estilo a la que acabamos de reproducir, aunque el contenido de los versos difiera de ésta, y no se pueda hablar más que de similitud formal. He aquí su texto:

Salve, Señora,
Vida y dulzura,
gloria y ventura
del serafín,.
Misericordia,
paz y bonanza,
firme esperanza
del infeliz.

A ti los hijos
de Eva llorosos
dan voz airosa
del corazón.
A Ti del valle
donde gemimos
A Ti decimos
nuestro dolor.
Dulce abogada
suspiros damos,
de Ti esperamos
gracia y solaz.
Vuelve a nosotros
esos fulgentes
ojos clementes
de tu piedad.
Y cuando el alma
rompa el encierro
de este destierro
tan opresor,
al rico fruto
de tu amoroso
vientre dichoso
preséntanos.
Oh, cara Madre
del Rey, del Santo;
eleva en tanto
plegaria y di:
que tus promesas
por Ti queremos
y alcanzaremos
gloria sin fin (15).

Sin embargo, es preciso resaltar que no existe una absoluta unanimidad en el respeto de la rima, ya que a lo largo de la composición van rimando los versos segundo y tercero, sexto y séptimo y cuarto y octavo, mientras primero y quinto quedan libres, formando unas estrofas absolutamente originales.

Si las dos anteriores discurrían por el pentasílabo, las dos siguientes recurren al octosílabo, que da a todo el conjunto del poema mayor peso y seriedad. De aquí que tengan un cierto parecido entre sí:

Dios te salve, Virgen pura,
Reina piadosa del mundo,
Madre de vida y dulzura,
Acoge el ruego profundo,
De tus hijos sin ventura
Y haz nuestro llanto fecundo.

Los que aquí por Ti clamamos
Desterrados hijos de Eva,
Que a Ti, ¡oh Madre!, suspiramos
En este valle de prueba,
Donde sin cesar lloramos
Pasando angustias y penas.

Tus hijos siempre y ahora
Tristes te elevan el alma,
Oyelos, Madre y Señora,
Con esa piedad que colma
Los gemidos del que llora
y que a Ti ferviente clama,
Ea, pues, nuestra abogada
Vuelve a nos de esos tus ojos
La dulce y tierna mirada,
Que suaviza los abrojos
De esta mísera jornada,
Que caminamos llorosos .

Y preséntanos, María,
De este destierro pasando,
A Jesús, nuestra alegría,
Que en la cruz murió clamando
Perdón por la raza impía
Y por sus hijos rogando.

Hijo de tu entraña pura,
De la Humanidad consuelo,
Si tú, Madre de ventura,
La dicha pides al Cielo,
Dicha obtendremos segura .

Al salir de aqueste suelo.
Y pues tienes prometido
A los dignos, Madre mía,
Gozo eterno y bendecido,
¡Oh dulce!, ¡oh clemente!, ¡oh pía!,
Haz nuestro gozo cumplido (16),
Sagrada Virgen María.

Su pareja es como sigue:

Dios te salve, Virgen pura,
Reina del cielo y la tierra,
Madre de misericordia,
De gracia y virtudes llena,
Vida y dulzura en quien vive
Toda la esperanza nuestra.

Dios te salve, a ti llamamos
Desterrados hijos de Eva,
A ti, Madre, suspiramos
Gimiendo y llorando penas,
En este tan triste valle
De lágrimas y miserias.

Ea, pues, dulce Señora,
Madre y Abogada nuestra,
Esos tus divinos ojos
A nosotros siempre vuelvas.

Y después de este destierro,
Con benignidad nos muestra
A Jesús, divino fruto,
De tu vientre hermosa perla.

¡Oh, clementísima aurora!
¡Oh piadosísima estrella!
¡Oh dulcísima Patrona,
Venerada en mar y tierra!
Virgen santa, inmaculada,
Por nosotros a Dios ruega
Para que seamos dignos
De alcanzar la vida eterna (17).

Como ya habíamos encontrado con anterioridad en el Gloria, el compilador de esta versión, Teodoro Domínguez de Valdeón, no sólo cita la procedencia de esta poesía, sino que añade la acotación de que se trata de una Salve «muy popular en León».

A título de apéndice en lo relativo a la Salve, incluimos aquí unas impropiamente denominadas «Salves», incluso en los títulos con que figuran en sus respectivos lugares de procedencia, y que recurren a esta expresión en el primer verso en dos casos. Pero la particularidad es que, al ser destinadas para el canto, se han servido como soporte musical de La Marcha Real, y a ella remiten expresamente en sus respectivos encabezamientos; razón por la cual constituyen raras piezas propias de un extravagante coleccionista más que cantos adecuados al uso popular. Pero ahí están los hechos, incontestables, y aquí van los respectivos textos; el primero es:

Salve, Señora,
Madre de Dios augusta,
noble emperatriz,
refugio en la aflicción;.
hoy fieles hijos, cantando tus glorias,
sólo anhelan por tu dulce amor.
¡Guerra al infierno
con la gracia invencible,
guerra a Lucifer,
resuene sin cesar!
que a nuestras frentes
circunda María
lauro eterno de gloria inmortal.
Ciego de encono
con bárbara pujanza
quiere acometer
el infernal dragón;.

pero María es fortísimo escudo,
quien la invoque saldrá vencedor.
Ea, al combate
marchemos animosos
prontos a la lid,
la gracia ha de triunfar.
Viva María, y al viento ondeante
Triunfe triunfe su estandarte real (18).

El segundo texto de tales características dice:

La Virgen María
Es nuestra protectora,
Con tal defensora
Ya no hay que temer:
Vence al mundo, demonio y carne:
¡Guerra, guerra contra Lucifer!
¡Oh Reina del Cielo,
Purísima María
Tierna Madre mía
Oh Virgen sin igual!
Salva a tus hijos, defiéndelos y ampáralos
Muera, muera el dragón infernal
¡Oh dulce María!,
Protege la inocencia
Y con gran clemencia
Vence al tentador
Al cielo, al Cielo cantando iremos:
¡Viva, viva Jesús nuestro amor!
¡Ea! Al combate
Marchemos animosos
Prontos a la lid.
La gracia ha de triunfar:
¡Viva María! Y al viento ondeante
Triunfe, triunfe su estandarte real
Y cuando el alma
Deshechos los lazos
Del cuerpo mortal
Quiera al Cielo partir
Siendo María su firme esperanza
Siempre, siempre reinará feliz (19).

Ahora bien, si este «excursus» de una aproximación de motivos religiosos a la música de La Marcha Real resulta llamativa por su pintoresquismo, no podemos pasar por alto la enorme carga de agresividad, de lucha y de cristianismo ofensivo que las letras respectivas invitan a practicar, como si el ser cristianos consistiera en una especie de maniobras militares en las que no se pueden dejar cabos sueltos en cuanto a estrategia y logística. Situados en este punto, el estupor se mezcla con la indignación al comprobar la forzada distorsión a que ha sido sometida la Salve, para llegar a convertirla en -así reza el título-- la Salve del legionario, destinada a ser cantada con la música del Himno de la Legión. Su texto es como sigue;

Dios te salve, purísima Virgen,
fiel Patrona de nuestra Nación:
hoy tus hijos fervientes te imploran
que de España tengas compasión.
Muestra ya que eres Madre amorosa
ven de España el llanto a enjugar
ponte al frente de nuestros soldados
hasta conseguir vencer y triunfar.
Madre mía, Madre mía,
reina de nuestra Nación:
salva a España de la guerra
por tu pura Concepción.
Virgencita, Virgencita
de hermosura sin igual,
Tú nos darás la victoria
Y a tus pies tendrás con gloria,
Madre mía,
la bandera nacional.
Con la Virgen a rezar,
por la Virgen a morir (20).

No es fácil saber por qué admirarse más: si por la «profanación»,de utilizar un canto guerrero so pretexto de hacer una oración, o por el hecho mismo de la ardorosa letra de la súplica, en la que la «victoria» de «nuestros soldados» hará brillar «nuestra Nación», de la que María es Patrona «fiel», realizando una inusitada combinación de motivos religiosos («tu pura Concepción») y patrióticos («la bandera nacional»): Constituye, eso sí, un curioso ejemplo, por la fecha de su publicación, de los vientos que soplaban al final de la contienda civil, y hoy podemos contemplarla desde la serenidad que proporcionan el tiempo y la distancia mental que han transcurrido desde entonces.

MANDAMIENTOS

No constituyen propiamente una oración, aunque de alguna manera existe una cierta afinidad, por el hecho de que usualmente los catecismos han incluido su recitación entre los formularios con que suelen abrir o cerrar sus páginas. Por esta razón están aquí presentes, en dos versiones muy similares entre sí; la primera lleva por título Al cielo por los mandamientos:

Si al cielo quieres ir,
A recibir tu palma
A Dios con cuerpo y alma
Has de amar y servir.

Si al cielo quieres ir
Jurar en falso evita
Y blasfemia maldita
No has de proferir

Si al cielo quieres ir
Observa bien las fiestas
Y a los bailes en éstas
Jamás has de asistir.

Si al cielo quieres ir
Respeta a los mayores
Mas a los inferiores
Los debes instruir.

Si al cielo quieres ir
De tí nada padezcas,
Ni dañes, ni aborrezcas
Ni debes nunca herir.

Si al cielo quieres ir
¡Detesta la impureza
Y antes que la torpeza
La muerte has de elegir.

Si al cielo quieres ir
Odia el robo y la usura;
Pues es gran desventura
Hurtar y así morir.

Si al cielo quieres ir
Huye cual del demonio
Del falso testimonio
Y también de mentir.

Si al cielo quieres ir
Conserva al alma pura,
Que es toda su hermosura
En mal no consentir.

Si al cielo quieres ir
No codiciar lo ajeno;
Pues todo lo terreno
Dejarlo has al morir (21).

El título de la segunda versión, casi idéntica, es:

Al cielo quiero ir:

Si al cielo quieres ir
Y allí empuñar la palma,
A Dios con cuerpo y alma
¡Procúralo servir.

Si al cielo quieres ir
Blasfemias no profieras
Ni en falso jurar quieras .
Aunque hayas de morir.

Si al cielo quieres ir
Guardar debes las fiestas
Acción servil en éstas
Preciso es omitir.

Si al cielo quieres ir
Respeta a los mayores
Y a todos tus menores
Los debes instruir.

Si al cielo quieres ir
En donde no padezcas
No dañes, ni aborrezcas;
Ni oses maldecir.

Si al cielo quieres ir
No manches tu pureza
Del vicio con torpeza
Procura siempre huir.

Si al cielo quieres ir
Evita toda usura,
Seria desventura
Hurtar y así vivir.

Si al cielo quieres ir
Jamás te halle el demonio
En falso testimonio
Y nunca has de mentir.

Si al cielo quieres ir
Conserva tu alma pura
Que es toda su hermosura
En mal no consentir.

Si al cielo quieres ir
Respeta el bien ajeno,
Pues todo lo terreno
Aquí queda al morir (22).

SACRAMENTOS

Resultan escasamente representado -un solo ejemplo- en comparación con otros formularios. Y aunque también sucede que no es propiamente una oración, por afinidad con éstas, tiene un puesto en el elenco que estamos haciendo. El texto de esta singular versión es:

Baile el cielo de contento,
La tierra de regocijo.
Gloria al Espíritu Santo
Gracias al Padre y al Hijo.

A daros vengo las gracias
De la merced que nos hizo; .
De los siete Sacramentos,
El primero es el Bautismo.

Segundo Confirmación
Que nos dio el señor Obispo
Para confirmar la fe
De mi Señor Jesucristo.

El tercero Penitencia,
Del pecado cometido;
Todo aquel que se confiese
Vaya bien arrepentido.

Diciendo: Señor, pequé
Contra Dios y Señor mío;
El cuarto la Comunión
Especies de pan y vino.

Bien podían los cristianos
Confesar cada Domingo
Y recibir en su fecha
El Sacramento divino.

El quinto la Extrema-Unción
Cuando el hombre despedido
De las cosas de este mundo
Solo llama a Jesucristo.
Pues a quién ha de llamar
Viéndose en tanto peligro
Sino a Cristo y a su Madre
Sino a su Madre y a Cristo.

El Sexto es el Sacerdote
Que con sus palabras cinco
Hace bajar de los cielos
A Dios hombre y Jesucristo.

El Séptimo Matrimonio,
Alto misterio escogido
Si los dos se unen bien
Tendrán igual paraiso,
Y si. no se unen bien
Tendrán un infierno mismo.

Cristianos que estais atentos
Oid bien lo que os digo
Estos siete Sacramentos
Son también a lo divino (23).

ACTO DE CONTRICION

Para provocar este acto, que es esencialmente interior, también algunos textos proponen versificada una fórmula que trata de recoger, exteriorizar, y en su defecto provocar los sentimientos de arrepentimiento hacia los propios pecados. Parece que algo tan íntimo y espontáneo repele el decirse en verso, precisamente porque tiene que ser repensado antes y ha de ser retenido en la memoria, cuando no resulta la expresión del mismo pecador arrepentido. Pero está visto que el ímpetu de los versificadores no conoce barreras:

Por ser Vos, Señor,

Con perversa iniquidad
Yo pequé contra el Señor,
Que es mi Dios, fuente de amor,
Mar inmenso de bondad.

Muy ingrato para él fuí
Cuántas veces ¡ay! pequé
Aunque en la cruz le insulté
Donde moría por mí.

Nunca más quiero pecar
Mi Bien, Bondad sin medidas
Perdón, Señor de mi vida,
Que a Tí sólo quiero amar (24).

La otra versión localizada dice de la siguiente manera:

Señor mío Jesucristo,
Dios y hombre verdadero,
A quien sobre todo amo,
En quien sobre todo espero.

Por ser Vos, Señor, quien sois,
Santo, compasivo y bueno,
De haber pecado me pesa
Y no pecar más prometo,
Y evitar las ocasiones
En que pudiera ofenderos .
De confesarme y cumplir
Vuestros santos mandamientos.

Por vuestra Pasión y Muerte,
Perdonad, Señor, mis yerros.
Dadme gracia de enmendarme
Y de ser vuestro fiel siervo. Amén (25).

A MODO DE CONCLUSION

El recorrido que hemos ido realizando a través de una serie de oraciones tradicionales puestas en verso para ser memorizadas o para ser cantadas muestra que tal procedimiento resulta al menos dudoso en su eficacia. Por un lado, se aleja de la expresión usual de la oración, introduciendo unas formas nuevas, además de resultar desconocidas para la inmensa mayoría, lo que hace que estas oraciones versificadas, incluso en el caso de una extensión popular, sean en todo caso minoritarias.

Por otra parte, las mismas exigencias de la versificación obligan a giros forzados, que en lugar de respetar el sentido último de la oración lo que hacen es enrevesarla: no constituyen explicaciones o aclaraciones de la misma. En algunas ocasiones no es solo cuestión de forma, lo que siempre es menos grave, sino cuestiones profundas, de fondo, llegando a algunas expresiones muy próximas al ridículo. La diversa calidad de los vates obliga a matizar, pues algunos son muy capaces de construir unos versos dignos y coherentes, de los cuales distan mucho otros versificadores.

El carácter popular de estas expresiones versificadas resulta difícil de comprobar a partir de los textos, y sería precisa una labor de campo para comprobar hasta qué punto se conservan en la memoria de los testigos de las generaciones que las han utilizado. En algunos casos, sin embargo, existe la sospecha de que tales versos no han pasado de intentos de llegar al carácter popular, que ciertamente no han conseguido. Otro caso distinto es el de los versos cantados, que por eso mismo han podido ser más repetidos y conservados en la memoria de algunas generaciones, Pero sin duda todos esos procedimientos no han pasado de ser meros sucedáneos de una explicación catequética adecuada, que en muchos casos se echa de menos con absoluta evidencia; de ahí al recurso de la mera repetición memorística por el procedimiento más sencillo, el del verso, no hay más que un paso.

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(1) G. ASTETE: Catecismo de la doctrina cristiana, Valladolid, F. Santarén, 1888, 61; íd., Valladolid, F. Santarén. 1906, 62.

(2) G. ASTETE: Catecismo de la doctrina cristiana, Valladolid, Hijos de J. Pastor, 1985, 62.

(3) Hno. PABLO MARIA: El catecismo en verso, Miranda de Ebro, s. f. (3). 42.

(4) T. DOMINGUEZ DE VALDEON: Catecismo de la doctrina cristiana del padre Astete puesto en romance. León. Imprenta Católica, 1933, 15-16.

(5) ANONIMO: Nuevo librito que contiene los sacramentos en verso, el rosario de la buena muerte. añadido con el padre nuestro, el ave maría y la marcha real, León. Imp. Saturnino Díez Alonso, s. f., 11-12.

(6) ANONIMO: Tesoro del pueblo o Libro de la Santa Misión..., Valladolid, Imp. Casa Social Católica. 1929, 26.

(7) T. DOMINGUEZ DE VALDEON, Catecismo..., 16.

(8) ANONIMO: Nuevo librito..., 12-14.

(9) Hno. PABLO MARIA: El catecismo... 42-43.

(10) TEODORO DOMINGUEZ DE VALDEON: Catecismo, 16-17.

(11). Hno. PABLO MARIA: El catecismo..., 43.

(12) G. ASTETE: Catecismo de la doctrina cristiana, Valladolid, F. Santarén, 1888, 63-64; e íd., Valladolid, F. Santarén, 1906. 63-64. .

(130 T. DOMINGUEZ DE VALDEON: Catecismo 12-14.

(14) Por simplificar esta nota, en todos los casos se trata de ejemplares de G. ASTETE: Catecismo de la doctrina cristiana, a no ser que se indique lo contrario. Tal como la hemos reproducido aparece en el ejemplar de Valladolid, Leonardo Miñón, 1884, 63; y en el de íd. Jorge Montero, 1902, 64. Con la modificación de substituir "Dadnos" por "danos" y "Roguéis" por "ruegues" (o "ruega"), en íd., F. Santarén, 1888, 62-63; íd., Vda. de Cuesta, 1892, 64; íd. Hijos de J. Pastor, 1895, 63-64; íd.. A. Martín. 1908, 64; íd., A. Martín, 1914, 80; íd., A. Martín, 1914, 80; íd., A. Martín, 1917, 80; íd., A. Marín, 1919, 80; íd. A. Martín. 1922, 80; íd., A. Martín, 1924, 80; id. A. Martín, 1927, 80; íd., A. Martín, 1930, 80; íd., A. Martín, 1935, 80; íd., A. Martín, 1938, 80; íd., Avila, Sirigano Díez, 1934, 84; íd.. Avila, Senén Martín, 1941, 80; íd., Avila, Senén Martín, 1954, 80; íd., Madrid, Hernando, 1952, 55-56; íd., Madrid, Hernando, 1953, 55-56; íd., Avila, Senén Vidal, 1954, 80. Con la variante de suprimir la cuarteta final, las de Valladolid, F. Santarén, 1906, 63, y Valladolid, F. Santarén, 1930, 63, y en ANONIMO: Los cien cánticos religiosos de uso más frecuente, Vigo, Ed. Cartel, 1939, 43-44.

(15) ANONIMO: Tesoro del pueblo..., Valladolid, Imp. Casa Social Católica, 1929, 22-23.

(16) T. DOMINGUEZ DE VALDEON: Catecismo..., 86-87.

(17) T. DOMINGUEZ DE VALDEON: Catecismo..., 17-18, en que indica: "Tomado del Manual Católico del R. P. Elías Reyero, S. J.".

(18) ANONIMO: Tesoro del pueblo..., 22.,

(19) ANONIMO: Colección de cánticos piadosos y catequísticos, Valladolid, A. Martín, s. f., 8. Otra versión, casi idéntica a la anterior, sólo tiene las tres primeras estrofas, y en la tercera, cambia los versos "¡Oh dulce María! / Protege la inocencia..." por "Jesús y María/ protegen la inocencia...". Está recogida en ANONIMO: Cánticos de misión, Valladolid, A. Martín, s. f., 4.

Existe aún otra versión eclesiástica, que refunde a su modo las dos versiones presentadas: Incluye las cuatro estrofas de la "Salve" presentada en primer lugar, a continuación ofrece otra estrofa absolutamente original:

Virgen María,
Tu lirio de pureza
Manantial de paz,
trono excelso de Dios

Faro luciente es el mar de la vida
Guíanos a la inmortal Sión.

para continuar con la quinta estrofa de la versión aquí presentada "Y cuando el alma..." y concluir con la estrofa modificada reseñada en esta misma nota : "Jesús y María, protegen la inocencia...". Se incluye en ANONIMO: Nuevo librito..., 15-16.

No es fácil precisar si ésta es la versión completa, de la que las otras constituyen abreviaturas; o si, al contrario, ha recogido estrofas de acá y acullá haciendo una refundición final.

(20) ANONIMO: Los cien cánticos religiosos de uso más frecuente con un suplemento de diez cánticos patrióticos, Vigo, Ed. Cartel, 1939, 55-56. Hay que advertir que, contra lo que pudiera pensarse a la vista del titulo, la composición reseñada no figura en el suplemento de los cánticos patrióticos, sino en el cuerpo de los cánticos "religiosos".

(21) ANONIMO: El Catequista de los Párvulos y personas de poca instrucción, Madrid, Hnos. de la Escuelas Cristianas, 1907, 121-123; también en ANONIMO: Los cien cánticos religiosos..., 22.

(22) ANONIMO: Cánticos de misión, Valladolid, Andrés Martín, s. f., 1.

(23) ANONIMO: Nuevo librito..., 3-4.

(24) ANONIMO: Instrucciones para los niños que se preparan a la primera confesión y comunión publicadas por S. S. Benedicto XIII en el Concilio Romano de 1725, en "De Broma y de Veras" (1917), marzo, 13.

(25) T. DOMINGUEZ DE VALDEON: Catecismo..., 19-20.