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Las Bodas Populares cacereñas
Una aproximación interpretativa de sus rituales

DOMINGUEZ MORENO, José María

Publicado en el año 1987 en la Revista de Folklore número 75.

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En la provincia de Cáceres la ceremonia nupcial, en líneas generales, sigue siendo un rito mediante el cual la pareja queda autorizada y libre para romper el tabú de unirse íntimamente, unión que en la mentalidad rural fue siempre encaminada a la procreación. No ha de extrañar, por consiguiente, que sea en este momento cuando las prácticas propiciatorias del embarazo y de la fertilidad se prodiguen en extremo. Ya correspondan a costumbres privadas, ya participen en ellas miembros de los grupos de los novios, no nos queda la menor duda de que algunas de las manifestaciones populares a que voy a referirme seguidamente tuvieron in illo tempore, trascendiendo a un pasado más cercano, un carácter cultual.

1. La magia del agua y de las plantas.

Fue práctica generalizada en la Alta Extremadura, hoy ya casi perdida, la conocida por «bendición de la novia», que tenía lugar momentos antes de la ceremonia de la boda propiamente dicha. Puesta la novia de rodillas, la madre le traza varias cruces sobre la cabeza. En Garrovillas, Malpartida de Plasencia y valle del Alagón al finalizar cada cruz era de rigor que la madre-sacerdotisa asperjara a la joven usando como «guisopu» un ramito de laurel o de hierbabuena.

El alto poder fecundante que desde tiempos prehistóricos se le ha atribuido al agua en Extremadura indica el sentido exacto de este rito. Si partimos de la asimilación de la mujer a la tierra, conocida en casi todas las culturas, y aceptamos el agua como fons et origo, veremos que nos hallamos ante una propiciación de la fecundidad por parte de la madre de la desposada. Así como la tierra germina con el agua, también por el agua fructificará su cuerpo de mujer. Costumbre semejante se conserva en la Cabrera leonesa, comarca con grandes parecidos etnográficos y antropológicos al occidente de Cáceres. La madre, al tiempo de rociar con agua el cuerpo de la hija, pronuncia estas palabras: «Que prenda, Virgencita del Carmen, que prenda.» Doble conjunción de suelo y de mujer, y de agua y fuerza germinativa. Es más fácil suponer que nos hallamos ante una forma de magia hemopatética que ante supuestos vestigios de la ignorancia del pueblo respecto de la paternidad fisiológica.

En algunos núcleos, como es el caso de Ahigal, la comitiva nupcial va hacia la iglesia precedida por la «lonja», que transporta el hermano del novio. Es la «lonja» un hierro del grosor de un dedo y de un metro de largo, con empuñadura a modo de espada. En tal estandarte se clavan dos panes y los cuartos traseros de un macho cabrío, engalanándose con hierbas, flores y cintas. Durante la misa se coloca la «lonja» a la derecha de los novios, ya que de lo contrario, según se cree, los nuevos cónyuges morirán sin descendencia.

Si repasamos las creencias populares europeas, constataremos que nos hallamos ante la transformación del denominado árbol mayo. Ramos semejantes a la «lonja» cacereña eran y son llevados procesionalmente al centro de los pueblos como preludio de una fiesta de regeneración de la Naturaleza. El árbol mayo se transformó en ramo procesional de muchas fiestas cristianas de carácter periódico. Arbol mayo o «lonja», no importa el nombre, simboliza el nacimiento o el crecimiento de la nueva vida. En el caso concreto de este rito cacereño, vemos que el ramo simboliza el nacimiento o regeneración que va a producirse por la unión de una pareja tras la llevada procesional de éste, no al centro o a la plaza del pueblo, sino a la iglesia, convertida en centro espiritual por asimilación de los viejos cultos.

En ocasiones, el mayo es representado en España por parejas de hombres y mujeres adornados o cubiertos de vegetales. Tales matrimonios encarnan la fuerza regenerativa de la Naturaleza. En este sentido conviene recordar ciertas canciones cacereñas de bodas en las que novio y novia son «considerados» auténticas plantas, es decir, representaciones humanas de mayos :

No venimu pol comel,
ni tampocu pol bebel,
que venimu. pol el noviu
qu’e un ramitu laurel.
No venimu pol el oru,
ni venimu po-la plata,
que venimu po-la novia,
qu’e un ramitu albaca.

Uno de los actos más representativos de la boda en la provincia lo constituía el llamado indistintamente «la espiga», «el espiguéu» o «baile del espigorio». Los invitados entregaban sus presentes a los novios, ya en dinero o especie, tras ejecutar una danza entre el familiar o amigo dadivoso y uno de los recién casados, lógicamente el de sexo opuesto al donante. Por mis investigaciones llevadas a cabo en Ahigal, he sabido que hasta principios de siglo se colocaba un haz de bálago de pie entre los dos bailadores. En Tejeda el mismo baile se interpretaba junto a un olivo centenario. Estas curiosas jotas en torno a determinadas especies vegetales parecen manifestarnos que no sería un error el relacionarlas con las danzas de la fertilidad, las mismas danzas ejecutadas con motivo de la erección de los mayos en muchos puntos de la Península.

2. La influencia de los antepasados en la fecundidad.

Los "cereruh» o «jacheruh» eran los encargados de llevar y de proveer de las velas necesarias en la ceremonia nupcial. Entregaban varias a la novia para que ésta las colocara encendidas en el «candeleru» familiar, que por tradición ocupaba un sitio sobre la tumba de sus antepasados. Mal augurio, siempre relacionado con la propia fecundidad, significaba el que alguno de esos cirios se apagase durante los desposorios. Acabada la misa, el cura se acercaba al lugar de las luminarias, donde ya estaban la novia y «loh suh arrimáuh», y rezaba unos responsos por los «defuntuh de la casa». Allí mismo la recién casada recibía las primeras felicitaciones, distintas de las clásicas «noragüenas» que se daban a la puerta de la iglesia. Las constituían frases a todas luces propiciatorias de la fecundidad: «Que loh conozamuh (a los hijos) , pol-los que no pudun»; «Que venga nun pol ca unu de loh que se juerun»; «Que lleguemuh a veiluh anti de dilmuh pal bochi»; «Que Dio lo jaga paecíu al agüelu, qu’en gloria ehté», y otras de la misma índole.

Es curiosa esta relación de los antepasados con la procreación que se le desea a la descendiente sobre su tumba. El alma de los muertos se ha creído desde la antigüedad, habita la sepultura, está fijada al sepulcro. Esta fijación es la que, en opinión de M. Eliade, obliga a ese alma familiar a obrar en sentido positivo: fertilizando. Son muchos los lugares en los que se piensa que el habitáculo del alma de un antepasado es instrumento de fecundación de mujeres y de los campos. Numerosos ejemplos se encuentran en todos los continentes. Quizás el caso más conocido se da entre las mujeres indias de Salem, que frotan sus vientres sobre dólmenes con el convencimiento de que los antepasados que allí residen las harán fértiles. El repetido paso de la novia por la tumba de sus muertos durante la ceremonia nupcial, así como los responsos y las ofrendas de velas, hay que verlos como una imposición a los antepasados para que actúen en favor de ella y la hagan fecunda.

3. Los lanzamientos y su repercusión sobre la fertilidad.

El lanzamiento de arroz o trigo que reciben los contrayentes a la salida de la iglesia, nos pone de manifiesto una aseguración de la fertilidad, posible gracias al conjuro de la esterilidad de la novia, que se consigue con esta lluvia de semillas. La ya señalada asimilación de la tierra a la mujer va paralela a la no menos cierta asimilación del grano al semen. La tierra (=mujer) es pasiva, recibe el grano (=semen virile) que más tarde fructificará. Señala H. Gaidoz que todo lanzamiento lleva implícito una señal de amor y de vida, que en el caso que nos ocupa participa del deseo consecuente de ese amor, la fecundación.

En los pueblos limítrofes con Portugal existía en el primer tercio de siglo una manipulación del trigo con el mismo significado o intencionalidad dentro de los rituales de la boda. La madre introducía en el dobladillo del vestido de la novia algunos granos que previamente habían sido rociados con agua bendita. Llegada la noche, la recién casada sacaba los granos de la bastilla y los sembraba en un recipiente sin estrenar. Si la semilla agarraba era prueba de que la novia estaba pehada o de que lo estaría en breve tiempo. La costumbre guarda ciertos parecidos con los jardines de Adonis que en Europa y Oriente se sembraban en honor de este dios clásico y que constituían encantamientos capaces de despertar la fertilidad de las mujeres.

Los mozos del Campo Arañuelo lanzaban huevos a los novioS a la conclusión de los esponsales. Por su impregnación, puesto que los huevos son reconocidos universalmente como símbolo de la vida, se intentaba propiciar la maternidad de la novia y el potencial genésico del novio. El acto es un claro ejemplo de magia hemopatética. El huevo puede ser fecundado y ser fecundador, en una doble ambivalencia de masculino y de femenino. Al igual que en la mujer, en el huevo se crea la vida. Pero al mismo tiempo se presenta como creador de vida y su potenciador. Esto último se observa perfectamente en la costumbre cacereña de hacer ingerir grandes cantidades de huevos a los hombres para que no desfallezcan en sus contactos sexuales. La conocida frase de «cuando seas padre comerás huevos» se fundamenta en el viejo aforismo de que lo semejante produce los semejantes, o dicho en extremeño: «De lu que se comi se cría.» Es necesario Comer huevos para criar huevos (=testículos), es decir, para estar en condiciones de fecundar .