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El saber popular en el Marqués de Santillana

SANZ Y DIAZ, José

Publicado en el año 1987 en la Revista de Folklore número 77.

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No es poco lo que debe el folklore español a don Iñigo López de Mendoza como cantor popular de todo lo nuestro, vivido y recreado por los caminos y aldeas de Castilla, alertas el oído y la vista a lo que chocaba a su sensibilidad despierta.

Con motivo del V Centenario de la muerte del soldado-poeta que dijo aquello de «non embota la pluma el fierro de la lanza, ni face floja la espada en la mano del caballero», José Julio de Valcárcel publicó una detallada Crónica en forma de libro de los sucesos acaecidos en la ciudad de Guadalajara, en los que nosotros tomamos parte con otra docena de poetas y escritores.

Merece recordar los hechos por la relación que tuvieran en su mayor parte con los temas que trata la «Revista del Folklore» a treinta años de distancia, a la vez que por la lozana y original visión que del saber popular tenía tan esforzado como culto caballero.

Primeramente nos vamos a permitir dar una síntesis mínima de nuestra intervención, poniendo en escena la silueta del personaje, que hace más de quinientos años recopiló y glosó líricamente, como agudo paremiólogo en su colección «Refranes que dicen las viejas tras el fuego», con alusiones topográficas a mi provincia de Guadalajara, propias, con sus «Decires» y «Serranillas», de la inspiración de una de las más grandes figuras del primer Renacimiento lírico español, cosa que nadie ha puesto en duda.

Aunque nació en Carrión de los Condes (Palencia) el año 1398, por estar tan ligado a los Mendoza de Guadalajara, se le tiene por alcarreño universal y así es.

EL PERSONAJE

«Ya veo en mí señales de que la vida acaba. Encomiendo mi vida a Dios que la crió e redimió e fago fin de mi vida derramando lagrimas de mis ojos». Estas palabras, de tan cristiana resignación impregnadas, resonaron en las bóvedas palaciales de la ciudad de Guadalajara un 25 de marzo de 1458. Poco después, los labios que las pronunciaron se deshacían al contacto de la madre tierra. Pero el polvo de los sepulcros, que acalla para siempre todas las mediocridades, no tuvo en esta ocasión poder suficiente para ahogar los aplausos de la fama. Y el nombre ilustre de don Iñigo López de Mendoza.. «diestro en armas y perito en letras», salió purificado para alcanzar de una vez y para siempre, la cima señera de nuestra historia literaria. Tan es así, que Gómez Manrique cantaba de esta manera sobre las cenizas aún calientes del Marqués:

«Lloren los hombres valientes
por tan valiente guerrero.
E plaugan los elocuentes
é los varones prudentes
lloren por tal compañero.»

La prosa no se quedó atrás en los encomios. Veinticinco años después, Hernando del Pulgar en sus «Claros varones de Castilla», cincela, con su decir sentencioso y conciso, una «vera efigia» física e intelectual de don Iñigo, que no puede mejorarse. Leyéndola nos parece estar oyendo el elogio que de los antiguos capitanes hicieron, inmortalizándolos, Plutarco o Nepote. «Tuvo en su vida dos notables ejercicios: uno en la disciplina militar, otro en el estudio de las ciencias», y añade: «conocidas por el rey don Juan las claras virtudes de este caballero, le dio título de Marqués de Santillana y le hizo Conde del Real de Manzanares, y le acrecentó su casa y patrimonio».

Su progenie fue de seis hijos varones. El mayor heredó su mayorazgo y llegó a Duque; el segundo fue el Conde de Tendilla, el tercero Conde de Coruña, el cuarto Cardenal de España, y los restantes por el estilo.

No nos podemos extender mucho en una crónica periodística, pero sí hemos de consignar que el Marqués de Santillana fue lozano y original poeta en sus «Canciones» y «Serranillas»; el primer crítico e historiador literario en su « Proemio al Condestable Don Pedro de Portugal»; el primer anotador también de un texto de literatura castellana, en las «Glosas a sus propios proverbios»; humanista notable, ya escribiendo obras originales como el «Diálogo Blas contra Fortuna», ya parafraseando por primera vez en nuestra lengua el «Beatus me» de Horacio; ya fomentando con su iluminado mecenazgo las traducciones de Homero, Séneca, Virgilio, Platón, Salustio y otros clásicos greco-latinos; bibliófilo ilustrado, acumulando en su palacio de Guadalajara una serie de códices, pergaminos y vitelas que hoy enriquecen nuestra Biblioteca Nacional y algunas extranjeras, ya que con tanta diligencia como competencia ha historiado Mario Schiff en un libro famoso; paremiólogo agudo en su colección de «Refranes que dicen las viejas tras el fuego»; aclimatador de los metros y alegorías italianos y provenzales en sus «Sonetos fechos al itálico modo» y otras obras. y sobre todo, amante de Guadalajara.

Dispuso en su testamento: «Mando que cuando la voluntad fuere de Nuestro Señor de me llevar desta vida presente, que mi cuerpo sea sepultado en la capilla mayor de la iglesia del Monasterio de Sanct. Francisco de la villa de Guadalaxara, cerca de la sepultura de mi señor é padre, el Almirante, é de la marquesa mi muger, que Dios aya».

Medina, el biógrafo del Gran Cardenal de España, recuerda a este propósito: «Criava las hijas é hijos de los vecinos de Guadalaxara en su casa, e a las hijas las casava y dotava, y los hijos criávalos e dávales officios y casávalos. Y era de costumbre en su casa que diesse las joyas y vestidos a la casada e comiesse en la boda e pagase las expensas».

Todo lo cual nos lleva a concluir con esta sencilla reflexión: Yo no sé lo que encierra en su seno aquella hermosa Alcarria mía. Lo cierto es que las dos mayores figuras del primer renacimiento lírico español: El Arcipreste de Hita y el Marqués de Santillana, en Guadalajara se formaron y recibieron inspiración popular para sus inmortales refranes, decires y serranillas.

Veamos una de las inefables serranillas de don Iñigo López de Mendoza, gran oteador de horizontes en el siglo XV:

Desde que nací
no vi tal serrana
como esta mañana.
Allá en la cegüela
a mata el Espino,
en ese camino
que va a Lozoyuela,
de guisa la vi
que me fizo gana
la fruta temprana.

II.

Garnacha traía
de oro, presada
con brocha dorada
que bien parecía.
A ella volví
diciendo: «Lozana,
¿e sois vos villana?»
-«Sí soy, caballero;
si por mí lo habedes,
decir, ¿ qué queredes ?,
fablad verdadero.»
Yo le dije así:
«Juro por Santana
que no sois villana.»

y la más conocida y famosa de sus «serranillas», modelo de cantar popu1ar:.

Moça tan fermosa
non vi en la frontera
como una vaquera
de la Finojosa.

Faciendo la vía
del Calatraveño
a Sancta María,
vençido del sueño,
por tierra fragosa
perdí la carrera,
do vi la vaquera
de la Finojosa.

En un verde prado .
de rosas é flores,
guardando ganado
con otros pastores,
la vi tan graçiosa,
que apenas creyera
que fuese vaquera
de la Finojosa.

Non creo las rosas
de la primavera
sean tan fermosas
nin de tal manera,
-fablando sin glosas-,
si antes sopiera
d' aquella vaquera
de la Finojosa.

Non tanto mirara
su mucha beldad,
porque me dexara
en mi libertad.

Mas dixe: «Donosa
(por saber quién era),
¿dónde es la vaquera
de la Finojosa?..»
Bien como riendo,
dixo: Bien vengades;
que yo bien entiendo
lo que demandades:
Non es deseosa
de amor, nin lo espera,
aquesta vaquera de
la Finojosa.»

Tales son algunas muestras del galano saber y cantar de don Iñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana, cuyo nombre lleva ahora con entera justicia la Institución Provincial de la Diputación de Guadalajara.