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LAS YEGUARIZAS Un enclave hierótico en Monleón (Salamanca)

SANCHEZ, Narciso

Publicado en el año 1987 en la Revista de Folklore número 78.

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«Yeguarizas». que algunos pronuncian «yeguerizas», al igual que escriben varios diccionarios geográficos, es el microtopónimo con que habitualmente designan los lugareños un lugar de la provincia de Salamanca, en la actualidad perteneciente al territorio municipal de El Tornadizo, pero que en épocas pretéritas -hasta la remodelación municipal del siglo pasado- perteneció a Monleón. Los etimólogos superficiales e incluso los pertenecientes a la escuela, fonetista, pudieran relacionarlo con «yegua», puesto que «yeguerizo» es equivalente, según el Diccionario de la Real Academia Española a «yeguar», que no es otra cosa que «perteneciente a las yeguas». Sin embargo. pese a que, como adjetivo, admite la alternativa genérica masculino-femenino y la numérica singular-plural, resulta extrañamente insólita la primacía tanto del femenino como del plural. La Semántica como la Lingüistica Cultural destacan que la presencia del femenino en un topónimo suele explicarse por sus connotaciones con elementos relacionados con la fecundidad -distintos de aquellos otros que se vinculan a la fecundación, reproducción, conceptos conmutativos al mismo tiempo que complementarios-, al tiempo que el plural puede designar abundancia con acción un tanto desordenada, como cuando decimos: «las aguas bajan turbias», «aguas lustrales» e incluso un conjunto, como en «los amores de Angélica». Estas características impelen a la búsqueda de otra posible etimología para tal palabra, al no parecer adecuado entender el topónimo como lugar donde abundaban pastizales para yeguadas o tenadas para su cobijo. De ello no hay constancia en la memoria colectiva de los habitantes. Así como tampoco de cualquier otro elemento que pudiera relacionarlo con las yeguas.

Pero antes de entrar en el análisis conviene llamar la atención sobre la terminología empleada en el titulo. He huido, en efecto, de la utilización de palabras muy usadas por los antropólogos culturales, como «sagrado» o «sacro». Sencillamente porque tienen un marco demasiado estricto, un corsé excesivamente constrictor y, paradójicamente, una gran ambigüedad inherente. Es constrictor en exceso porque lo ciñe a la religión, una especie de cajón de sastre donde se arrojan aquellos elementos o ruinas que los arqueólogos no saben dónde catalogarlas, y no todo lo «sacro» es religioso o, cuando menos, no tiene por qué serlo. Y resulta excesivamente ambiguo porque la religión no es un fenómeno unívoco; sus manifestaciones son casi infinitas, y el concepto de sacralidad varía en cada una de ellas, cuando menos en sus manifestaciones simbólicas, y ya es sabido que detrás de la simbólica existe todo un mundo conceptual; luego a simbólicas distintas un mundo conceptual diferente, que sólo se entenderá cuando se tenga claro el simbolismo, cosa bastante difícil.

Desde estas reflexiones he iniciado la búsqueda de un neologismo que obviara la ambigüedad y al que se le pudiera transferir una carga semántica especifica. Y en contra de la boga hodierna, anglófila ella, he dirigido mis pasos hacia los orígenes de nuestro humanismo oficial para toparme con alguna palabra enraizada en él. El griego me ofrecía una raíz riquísima en contenidos, IERO, de la cual brotan numerosos esquejes como IERON, IEROS;, con significados tan dispares, aunque dentro de un mismo tronco, como fiesta mistérica, sagrado, aplicado lo mismo a fenómenos naturales como la lluvia que enfermedades, como las de tipo epiléptico, relacionadas o producidas por el ENZOUSIASMOS; en un ENZEOS. El sentido festivo con la componente mistérica y la situación de trance forma un conjunto válido semánticamente para la realidad que pudiera esconderse tras palabra tan sonora y ancestral como «yeguarizas».

PISTAS HERMENEUTICAS

Son múltiples. La primera de ellas, la altura. Alto y altar son palabras parejas, paralelas y correlativas. Al mismo tiempo, altar difícilmente se separa de un rito festivo. Son connotaciones tan conocidas que resulta superfluo hablar hoy de las relaciones ubicacionales entre altura y divinidades. Es de sobra conocido que siempre se le ha asignado a los dioses -no infernales- las alturas y que la gloria de Dios está precisamente en vivir en ellas (gloria in excelsis Deo) .De la misma manera que altar se vincula con sacrificio y éste no se produce sino dentro de un rito festivo. De todo ello es licito sacar una primera pista de interpretación que se base en la localización acrotérica. Y «Las Yeguarizas» están en un alto. Y aunque resultaría ridículo pretender que los innumerables altos que configuran la geotectónica y orografía universales todos tuvieran que relacionarse de manera especial con las divinidades, sin embargo este otero -palabra que paradójicamente viene de altare (
Con estos indicadores lícitos y constructivos se dan la mano otros de índole natural. Destaca la existencia de una fuente de aguas perennes. Quien tenga unos someros conocimientos de la simbólica hontanal, encontrará aquí una serie de facetas hermenéuticas que le llevarán a una metodología para adivinar la existencia de ritos ancestrales practicados en este lugar. Especialmente cuando junto a la fuente se conservan restos de lo que otrora fuera un espeso castañal. Tampoco es éste el momento para explicar las implicaciones dendrolátricas de estos árboles venerados desde antiguo. Este conjunto de elementos constituirían demasiadas coincidencias para quien tratara de explicarlas como algo meramente casual. Y más si se tiene en cuenta que, hasta nuestros días, se ha mantenido en este lugar el culto a la Virgen, cuya imagen románica, arrancada de este otero cuando la ermita amenazaba ruina y llevada a la villa de Monleón para luego desaparecer, vendida, según se cree, a ciertos anticuarios, es prueba fehaciente de ello. Es evidente, entonces, el bautismo o acristianamiento de unos cultos ancestrales y precristianos, relacionados con la fecundidad -no con la procreación-. Lo prueba también el hecho de las fiestas marianas que se celebraban: una en mayo, el día seis, en indudable correlación con las mayumas. las mayas y mayos, luego sustituidas por el árbol de la cruz o cruz de mayo; y otras al finalizar la cosecha, que en muchas zonas se llaman «madrinas», relacionadas con las autumnales, unas y otras vinculadas a la fertilidad. Y, como último eslabón de la cadena, hay que hablar de la corrida del toro que se celebraba allí. Hay constancia de que la tradición perduró hasta bien entrado el siglo XVII. No debe olvidarse, por otra parte, que en tales pagos se ubica el hecho a que hace referencia la divulgadísima canción de «Los mozos de Monleón». Estas corridas de toro, al menos en Salamanca, son inseparables de los numerosos santuarios, al menos cuando son marianos. Alguien ha querido relacionarlo, a mi modo de ver desde una visión superficial, con el viejo mito del rapto de Europa por Zeus convertido en toro. Personalmente me permito disentir de generalizaciones tan delicuescentes, como en general de todas aquellas posturas que vinculan la «corrida del toro» popular con eso que vaga y genéricamente se ha venido llamando «el culto al toro en el mundo mediterráneo», que mete en el mismo cajón de sastre las acrobacias taurinas cretenses con nuestra TAUROXTOUIA. No es probable. Se trata de cosas radicalmente distintas: ni leyendas de minotauros, ni de raptos de doncellas, ni sacerdotisas ni danzas bounómicas. Entre nosotros, los occidentales peninsulares, el toro era tótem, protegía a una comunidad, preferentemente ganadera, donde la procreación era pieza clave. Y por eso nuestras corridas populares del toro -insisto en el singular, porque sólo se mataba uno- terminan con una TAUROSFAGIA o banquete ritual totémico, en el que todos los miembros de la comunidad participaban en la ingestión de la carne del toro, que se asaba, según la práctica usual en los sacrificios, y por eso los animales totémicos de la tierra (cerdo, oveja, toro) mantienen su tradición de ser asados (tostón, cordero...). Esta práctica, bajo diversas formas degradadas, se mantiene aún hoy viva en los pueblos; en muchos casos se ha suprimido el banquete colectivo, pero se reparte la carne entre todos los vecinos. El significado de esta ingestión es un ancestro muy conocido por los antropólogos y produce, entre otros efectos, la unión con el tótem, la recepción de sus favores y la absorción de sus poderes, también acristianada bajo la forma del banquete eucarístico, donde se produce una ZEOFAGIA. Existe, no obstante, una dificultad. Los nombres, en efecto, relacionados con la hierolatría perviven por largo tiempo e incluso suelen llegar hasta nosotros por una doble vía: la pervivencia del vocablo originario o la cristianización. En el primero de los casos, de ordinario, experimentan los naturales cambios que les impone la fonética popular, especialmente cuando ha perdido el sentido profundo de la palabra; o bien, conservando su significado, se desliga de su origen semántico, por lo que, en definitiva, resulta prácticamente ininteligible y lo relaciona, a través de falsas etimologías, con un sistema de referentes lingüísticos ajeno al originario. En el caso de la cristianización tan sólo es posible sospechar una arjolatría o culto antiguo, sin poder en muchos casos precisar el objeto de dicho culto, al ser sustituido por santos de la hagiografía cristiana, debiéndose en muchos casos la nueva denominación sacra a que dichos santos se distinguieron en la lucha contra el paganismo. Se necesita, por tanto, casi siempre, una indagación arqueológica, documental, etc.

¿Se da alguno de estos supuestos en Las Yeguarizas? Creo que si. El aspecto arqueológico e incluso documental ya se ha tocado levemente. y pienso que es posible encontrar una etimología acorde con el contexto arriba expresado. Mucho me temo que los etimólogos de oficio no la encuentren del todo conforme a las reglas habitualmente por ellos usadas, no obstante es perfectamente posible desde el campo de la Lingüística, cuyas reglas básicas sigue.

Para mí, habría que relacionar el topónimo con la palabra latina aequum. De ahí deriva equidad, que designa una justicia que iguala, más perfecta que la estrictamente legal y formalista, cuya práctica se expresaría por el verbo aequare, hacer justicia de y por iguales y para iguales, frente a la tradicional justicia de privilegios, que es desigual, bien porque arranca de un sistema desigual de leyes, donde lo que importa no es tanto la lex communis cuanto la lex privata o privilegio; o porque, a pesar de un sistema de leyes comunes e iguales para todos, en la práctica tal teoría no se aplica debido a las desigualdades sociales y económicas de los encartados ante la ley al uso de un sistema desigual de mecanismos defensivos legales, con ventajas para los mejor situados. Por eso, tal justicia efectivamente igualitaria sólo podía darse en asambleas de tipo tribal, en las que se reunían todos los componentes del clan o de la tribu con capacidad de reunión.

¿Tendrá algo que ver con el precedente esquema la realidad semántica expresada por yeguarizas? ¿Puede esta palabra derivarse de aequare? Sencillamente, sí. El grupo vocálico latino -ae- se monotonga en -e-, de donde tendríamos equare. La e- inicial átona se cierra y pasa a dar -i-, y en otros casos -y- (como, por ejemplo, de eremus da yermo). Más dificultades plantea la parte final del vocablo. La presencia del infijo -iz- indica repetición de actos: equare
Desde los anteriores hallazgos podemos pensar en reuniones celebradas con relativa frecuencia, ¿y por qué no con periodicidad?, como lo recuerdan las fiestas citadas, pervivencias residuales, reuniones que se llamarían yeguarizas.

¿Existe algún otro indicio? Efectivamente, las «romerías» arriba citadas servían de punto de cita para los pueblos del contorno: Monleón, Las Casas de Monleón, Endrinal, Fuenterroble...He entrecomillado «romerías» porque no se trataba, a mi entender, de una simple romería como otra cualquiera, sino de una romería comarco-tribal, reminiscencia o permanencia residual de las antiguas asambleas tribales en torno a la roca simbólica.

SIGNIFICADOS DE LAS YEGUARIZAS

Siquiera sea brevemente, quiero explicar por qué eran asambleas hieróticas. Al utilizar esta palabra he querido poner de manifiesto que no se trataba de asambleas exclusivamente religiosas, y quizás ni siquiera predominantemente religiosas. Y he vinculado a dicha palabra tres significados, como claves para proponer la hipótesis: lo festivo-mistérico (elemento religioso), lo sagrado (no religioso) y lo «entusiástico» o situación de trance, de estar poseído por un dios. Esta conjunción de elementos configuran el concepto de hierótico. ¿Puede aplicarse, entonces, el término a estas asambleas? Si. Un componente básico era su carácter festivo en su cuádruple vertiente de interrupción laboral, presencia de elementos letificos y gaudiosos, rito sacro-cultual o sacrificial (1). No podrían faltar las danzas entusiásticas al tiempo que se invocaba a los dioses para llamar su atención y traerlos a su presencia para que estuvieran presentes al sacrificio y lo aceptaran. Danzas que con toda probabilidad se hacían en torno a la víctima, que derivarían posteriormente en el toreo, cuyas estampas más primitivas, alanceamiento, etc., recuerdan las asambleas tribales de los pueblos mal llamados primitivos. Y, al mismo tiempo, ahuyentarían a los malos espíritus. También la asamblea deliberaría y ejercería su capacidad legífera, dictando normas para los miembros, tomando diversos acuerdos y resolviendo los litigios y contenciosos denunciados por algunos miembros.

Hay que hablar, por tanto, de asambleas mixtas, que unían a su carácter religioso-cultual esta proyección social. Pero he hablado también del carácter mistérico. Es presumible que tuvieran lugar en ellas ritos de iniciación, como lo indica la presencia del símbolo triangular, que es un símbolo iniciático, generalmente relacionado con la iniciación pitagórica, para expresar el orden cósmico y la perfección del número tres. La pervivencia de las fiestas de mayo y septiembre, ya comentadas, que tenían especialmente estas últimas -en su forma residual de las «madrinas» es evidente- todos los elementos de un rito de paso, hace pensar en el acto final de un proceso mistérico de iniciación.

Y también era social porque. con el banquete y el vino se cerraban tratos. La costumbre, mantenida a lo largo de siglos en muchos pueblos de Las Arribas del Duero y de la Sierra de Salamanca de efectuar ventas de ganado, permutas y apalabrar diversos tratos en las misas dominicales, pese a la tenaz oposición de los párrocos, es un indicio de esta función social de tales asambleas que bien pudiera calificarse de contractuales.

En ocasiones se convertirían también en asambleas políticas, al tener que llevar a cabo la elección de un nuevo jefe, mejor presidente, puesto que el círculo, que no tiene principio ni fin, designa la igualdad, como es el caso de nuestras «mesas redondas», donde no existe ningún maestro ni nadie que lleve la voz cantante. Es éste otro elemento que coadyuva a la interpretación dada. Más aún, me atrevería a pronosticar que posiblemente muchos lugares que llevan el nombre de «real», como «Monreal», deban su denominación a que allí se elegían los jefes y que luego por metasemia se le da el nombre del nuevo jefe político, el rey.

Para completar cuanto he venido diciendo, no puedo dejar sin un breve comentario la palabra «enclave», que también ha sido escogida con minuciosidad. Se quiere significar con ella que no se trata de un lugar cualquiera, sino de un polo de tracción, de un lugar acotado, inserto en otro más amplio que tiene características especiales. Un verdadero punto de cruce, me atrevería incluso, de mira, según la costumbre que mantienen aún ciertos pueblos de mirar hacia un punto determinado cuando rezan (2).

No concluiré sin antes hacer una advertencia. La hipótesis expuesta no tiene por qué ser aplicable a otros posibles topónimos, aun en el caso de coincidencia léxica. Pues pudieran estar relacionados con las yeguas. Porque hay palabras idénticas (homófonas y homógrafas) con significados totalmente distintos, dado que se derivan de raíces diferentes y en su caminar fonético acaban casualmente coincidiendo. Por eso el estudioso, antes de aceptar la hipótesis que sugiero, debe tener presentes los indicadores apuntados u otros similares, como comprobantes y fehacientes de que se trata de un verdadero enclave hierático.

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(1) Debo hacer constar mi agradecimiento al gran etólogo y antropólogo Dr. Ramón Grande del Brío que me ha dado a conocer estas pistas arqueológicas.

Por tratarse de un trabajo en el que tan sólo se pretende aportar datos que permitan hilvanar, explicar y justificar la etimología de yeguarizas, no me extenderé más en la interpretación de este yacimiento hierótico. Quizás lo haga en otra ocasión.

(2) No faltaría el banquete, sin el cual no se entiende una fiesta. Ya se ha comentado la existencia de un banquete totémico, vinculado al toro, una forma no sólo de convivir -para los latinos el banquete era eso, convivium- sino de compromiso pactual, que de forma degradada ha pervivido en el vino para sellar un trato y en el alboroque.


(3) De nuevo debo agradecer al citado Dr. Ramón Grande Brío que me haya facilitado el siguiente dato: En un pueblo de la Sierra Salmantina las viejas tenían costumbre de rezar todas las tardes en la solana el rosario mirando a la Peña de Francia. donde hay un célebre santuario mariano; mas una tarde en que por la niebla no se veía La Peña, una le hizo saber que ese día era mejor no rezar el rosario.