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Los carnavales en Cenicero (La Rioja)

QUIJERA PEREZ, José Antonio

Publicado en el año 1987 en la Revista de Folklore número 78.

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Introducción

Muy poco se ha escrito sobre la cultura tradicional en La Rioja. Menos aún sobre su folklore, fiestas, danzas, etc. Por lo tanto esta situación viene a ser una laguna en el estudio del mundo tradicional del Norte de la Península Ibérica y del acceso o aproximación del mundo atlántico al ambiente cultural mediterráneo.

El desconocimiento de algo que está todavía ahí, vivo, siempre es apasionante y atractivo. Tanto es así que en una campaña de recogida de datos que iniciamos con la década en La Rioja y valles próximos, y que estamos apunto de dar por concluida, nos hemos volcado de lleno intentando profundizar en el riquísimo folklore de la zona.

No olvidemos que la situación geográfica de La Rioja la convierte en una especie de cuña permitiendo el acceso de elementos culturales claramente mediterráneos, que ascienden por el Valle del Ebro con el paso de los siglos, y proyectándolos sobre el mundo atlántico, no siempre tan impermeable a influjos externos como algunas personas han creído.

A su vez, la proximidad a Vizcaya y Alava hacen que La Rioja y el Norte Burgalés puedan acceder a modelos típicamente occidentales. Todo ello sin olvidar que toda la zona se muestra altamente creadora en sí misma, en la que una cadena de montañas tradicionalmente pastoril se muestra como núcleo motor, mientras a su alrededor giran valles y llanuras cuyo modo de vida es agrícola, cara y cruz de ambos mundos culturales.

La presente aportación intenta ser un grano de dulce trigo que ayude a comprender un poco más el mundo tradicional, atemporal, en el que el espacio geográfico-humano que nos ocupa se ha mantenido vital. Es principalmente la Rioja Alta de ambas márgenes del Ebro junto con los valles aledaños como Los Cameros, Ojacastro, San Millán, etc., los que más han podido conservar esta idiosincrasia creadora a la vez que transmisora. A este grano intentarán seguir otros.

Cenicero. Situación geográfica.

Esta población altoriojana se encuentra enclavada junto a la margen derecha del río Ebro, a mitad de distancia entre Haro y Logroño, la capital.

Su población actual oscila alrededor de los 2.300 habitantes, contando en 1900 con 2.646 (1). Después del «bum» migratorio de la década de los 60 que diezmó tantos pueblos riojanos, la población parece estabilizada.

Su forma de vida se ha basado tradicionalmente en la agricultura: Cereales, fruta, algo de regadío y, sobre todo, vid con sus industrias derivadas. Recientemente se ha incluido una forma de vida más industrial a partir de la apertura de varias fábricas y bodegas no artesanales y de gran producción.

La iglesia parroquial de San Martín se encuentra en el centro de la pequeña ciudad, y una ermita bajo la advocación de Nuestra Señora del Valle, conocida popularmente como la Virgen del Valle que en el pasado quedaba a las afueras.

Como curiosidades históricas diremos que en la Alta Edad Media aparece su nombre atestiguado como Cenisariu en el «Cartulario de San Millán» y Cinissaria en el «Cronicón de Sebastián» (2).

En el año 1636 se le concede título de villa por gracia de Felipe IV (3) y en el 1904 el de ciudad de manos de Alfonso XIII por la labor humanitaria de sus habitantes en el accidente ferroviario acaecido en el puente de Torremontalbo (4).

El ciclo festivo en Cenicero es, o mejor dicho ha sido, muy complejo con gran cantidad de fiestas, procesiones y actividades paralelas de marcado carácter agrícola como corresponde a su «modus vivendi»: El «Mayo», San Isidro, La Virgen del Valle en Septiembre tras la cosecha, etc.

Nosotros vamos a centrarnos en algunas celebraciones invernales, concretamente en los carnavales y otras fiestas adyacentes del mismo ciclo con el Domingo de Resurrección, dejando de lado por el momento otros temas para futuros estudios.

Las fiestas de carnavales en Cenicero son tremendamente ricas. Tal cantidad de detalles, máscaras singulares, etc., no es en absoluto la tónica general en La Rioja y recuerda a estructuras carnavalescas más complejas del Norte de la Península.

Los carnavales en Cenicero (5).

Los primeros acontecimientos festivos de los CARNAVALES se sucedían el jueves anterior al domingo de carnaval. Este día recibía denominación especial: Era el JUEVES DE CHIVAS o JUEVES DE TODOS. Los niños y niñas confeccionaban LAS CHIVAS a base de trozos de piel de conejo, trapos viejos, papeles, etc., impregnados de harina. Se las colocaban a los mayores traidoramente por la espalda sin que éstos se dieran cuenta, batiéndose a continuación en veloz retirada a la vez que gritaban «chiva, chiva, chiva», al incauto que era el centro de la broma.

El período de mayor auge festivo lo constituían el domingo, lunes y martes de carnaval trabajando sólo por la mañana.

Durante estos días la gente aparecía disfrazada, LOS DISFRAZADOS, de los que se decía que iban vestidos de MASCARITA. En la confección de los disfraces todo era válido: Desde las colchas y cortinas viejas (o nuevas) de casa hasta los ya muy elaborados que se encargaban en Logroño, usándose a menudo viejas capas. Estaba permitido, asimismo, el esconder la cara con alguna máscara.

La gente se arrojaba ceniza, papeles, confetis, etc., por la calle sin que esto fuera motivo de disputa.

Las cuadrillas de amigos se juntaban por las noches y hacia las tres o las cuatro de la madrugada subían por las ventanas y balcones de las casas entrando hasta la cocina o la despensa, donde arramplaban con toda la comida que podían sin que los dueños de la casa notaran su presencia.

Durante estos tres días la gente solía acudir disfrazada al baile que tenía lugar en el Casino, que empezando a las diez de la noche se prolongaba hasta más allá de las doce. A media noche todo el mundo debía desprenderse de la máscara y descubrir la cara bajo pena de amonestación e incluso multa, pudiendo ser expulsados del local. También había baile en la plaza.

En estas fiestas era costumbre generalizada comer las TORREJAS, preparadas a base de pan remojado en leche y luego rebozado con huevo que se freían en aceite con anís y luego se espolvoreaban con azúcar.

La nota característica la daban algunas comparsas ya establecidas y que año tras año aparecían en la fiesta. Por ejemplo, LA YUGADA que se trataba de dos mozos disfrazados a los que se les uncía con un yugo para arrastrar un arado, guiado por otro chico, sobre el pavimento de las calles. Delante del grupo y como complemento iba otro que hacía ademán de sembrar arrojando puñados de confetis al aire .

También aparecía otro grupo de hombres disfrazados que llevaba cada uno un palo o bastón en la mano. Con ellos iba otro que portaba sobre sus espaldas un pellejo de vino hinchado con aire. Esta comitiva recorría las calles mientras uno de ellos iba sacando a la luz pública y a voz en grito todos los trapos sucios y «travesuras» relacionadas con la vida privada de los vecinos, a lo cual respondían los demás golpeando fuertemente sobre el pellejo con los bastones. Estas críticas solían tener un tono picante y malicioso, adornadas con los lamentos y quejidos del portador del pellejo junto con los insultos de sus compañeros.

Asimismo hacía acto de presencia EL OSO. Un joven disfrazado de oso con pieles de carnero que era conducido por otro enmascarado por medio de una fuerte cadena metálica, realizando ambos todo tipo de gracias como revolcarse por el suelo, estorbar a la gente, correr detrás de niños y chicas, etc.

Esta máscaras especiales aparecían al atardecer para el regocijo de todo el pueblo.

El miércoles era un día de marcado carácter religioso, acudiendo la gente a la iglesia para recibir la ceniza mientras todo volvía a la normalidad hasta el domingo siguiente, el DOMINGO DE PIRATA o DOMINGO PIRATA, en el que se repetían los bailes y demás festejos.

El Domingo de Resurrección las cuadrillas de chicas se juntaban por la mañana en la casa de cualquiera de ellas donde confeccionaban un muñeco a tamaño natural con las ropas viejas que ellas mismas traían de sus respectivos domicilios y que rellenaban de paja. Había quien maliciosamente le colocaba en la bragueta una guindilla. El muñeco así preparado se llama EL JUDAS.

Vida efímera la de este Judas que ya recién nacido tenía sus minutos de existencia contados.

Una vez preparado lo ataban mediante una soga de una ventana a otra de la casa de enfrente donde quedaba fijo y listo para su pública y vergonzante ejecución, la cual tenía lugar nada más acabada la misa.

Rápidamente se le prendía fuego y mientras se consumía era volteado mediante la soga con la colaboración de los chicos. El muñeco adoptaba posturas ridículas y realizaba movimientos grotescos para el regocijo de los vecinos y chiquillería allí congregados para dar muerte a tan malévolo personaje, merecedor de tal fin.

Por desgracia los carnavales fueron prohibidos al acabar la guerra del 36, sin embargo la fiesta del Judas ha llegado hasta la actualidad tras un breve espacio de tiempo en que pareció quedar en el olvido.

Profundizando en el mundo de los símbolos.

Nos proponemos echar un vistazo al trasfondo simbólico que asoma en la presencia de estas cuadrillas de enmascarados, todas ellas comunes a entornos más amplios.

En primer lugar destacamos la presencia de dos formas diferentes de «chivo expiatorio», es decir, de purificación colectiva y, por tanto, de «renovación» periódica.

El grupo portador del pellejo que va sacando a la luz todas las arbitrariedades ocurridas en el pueblo a lo largo del año, cargando al portador del pellejo con todas las «culpas» a la vez que recibe su castigo quedando toda la comunidad purificada por tal rito y presta para iniciar un nuevo ciclo como si de un renacimiento se tratara.

Ritos como este en que un hombre portador de un pellejo hinchado es golpeado por un grupo mediante palos es muy común en el ámbito cultural vasco: Jorra-dantza en Guipúzcoa, Zagi-dantza en Leiza, Arano, Santesteban, Markina...

Por otro lado tenemos el sacrificio de un muñeco de apariencia humana considerado como portador del mal de la misma manera que en el caso anterior. «El Judas» está formalmente cristianizado .

Téngase en cuenta el propio nombre empleado que representa o nos recuerda inmediatamente a un «malvado necesario» para la religión cristiana, y observar que su ejecución tiene lugar el Domingo de Resurrección, momento en que se renueva la vida mediante la resurrección evangélica. Combinación brillante de muerte dadora de vida, de final que da paso al comienzo, de un ciclo que regenerado abre las puertas del eterno retorno. Sin embargo estos elementos nos aparecen asimismo en esquemas mítico religiosos más amplios y universales (6).

«El arado» y su relación con la fertilidad está ampliamente difundido por toda Europa y fuera de ella. Intimamente relacionado con la mujer y la agricultura, se «hinca» e introduce en la tierra abriendo el surco sobre el que renacerá la vida. El acto de sembrar en pleno invierno sobre una tierra muerta es un acto mágico-religioso por el cual se intenta «atraer» la primavera y con ella la nueva vida. La propia semilla es un núcleo vital del que surge algo. Este elemento aparece frecuentemente en el folklore de otras comunidades culturales típicamente agrícolas (7).

Por último, «el oso» es una máscara más común en zonas de montaña de carácter pastoril. Su función mágico-religiosa es comparable a la ya expuesta del «arado». El oso es un animal que inverna en su cueva durante los meses más fríos, apareciendo de nuevo en primavera como resucitado. Su presencia imitada en la estructura carnavalesca (hace acto de aparición casi exclusivamente en las fiestas del ciclo invernal, desde Navidades hasta el inicio de la primavera) intenta provocar la pronta llegada de la nueva estación, es decir, el oso está ya aquí, por lo tanto la primavera ya ha llegado con toda su carga revitalizadora y renovadora (8).

Todos estos elementos y otros más que aparecen «siempre» en las fiestas de invierno, como son el desorden, ruido, anulación de los esquemas de vida y de autoridad preestablecidos se articulan para crear un estado caótico, de máximo desorden, del cual pueda surgir un nuevo estado de cosas. Es decir, el viejo año ya cansado y arruinado se renueva, renace en otra forma limpia y pura, otro nuevo año.

En realidad éste es el esquema en el cual se basa cualquier tipo de fiesta tradicional; sin embargo, es en las fiestas del ciclo invernal como son los carnavales donde en líneas generales mejor se aprecia este trasfondo de caos y «renovatio» periódica (9).

Todo un maravilloso poema filosófico. Una forma de entender el mundo y la vida-muerte mucho más creativa que nuestro actual y «modernista» punto de vista.

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(1) Datos obtenidos del suplemento de la revista Clavijo, número 24, marzo, 1982.

(2) Toponimia riojana. Carmen Ortiz Trifol: "Cenicero", pág. 97, Diputación de la Rioja, 1982.

(3) MDCXXXVI Carta privilegio del rey Felipe IV concediendo el titulo de villa a Cenicero. Ed. facsímil, editada el 7-8-1986.

(4) Cenicero ciudad humanitaria. Ilmo Ayuntamiento de Cenicero. Logroño, 1979.

(5) Fueron informantes Félix Serna y Matilde Pérez, el 4-10-1980; Enrique Tricio y Juana Cuevas el 5-10-1980 en Cenicero.

(6) Sobre el rema de la purificación-renovación mediante el "chivo expiatorio" recomendamos la lectura de: Tratado de historia de las religiones. Mircea Eliade, cap. IX, "La agricultura y los cultos de la fertilidad"; La Rama Dorada, J. G. Frazer, cap. LXI, "La expulsión del mal público", LVII, "Víctimas expiatorias públicas" y LVIII, "Víctimas expiatorias humanas en la Antigüedad clásica" (ed. del Fondo de Cultura Económica, México).

(7) Sobre el arado y la fertilidad recomendamos el cap. VII de la obra de Mircea Eliade anteriormente citada: "La Tierra, la mujer y la fecundidad". Así mismo "L'Aratro e la donna nel mondo religioso mediterráneo", Real Instituto Lombardo de Scienza e letter. V. Pestalozza: "The ritual of the plough", E. A., Armstrong.

(8) Acerca del oso que "reaparece" en las fiestas de invierno, ver: "The Springtime Bear in the Pyrennes", V. AIford; "El animal como protagonista en los Carnavales españoles", González-Hontoria y otros; La Rama Dorada, J. G. Frazer, cap. XXVIII; "El Carnaval", J.. C. Baroja.

(9) Lo sagrado y lo profano. Mircea Eliade: "El tiempO festivo y la estructura de las fiestas". Ed. Guadarrama, 1979.