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LAS ADVERSIDADES DE UN PUEBLO (1753-1822)

MARTIN VIANA, José León

Publicado en el año 1987 en la Revista de Folklore número 79.

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No es preciso espigar demasiado en los campos del acontecer histórico para hallar ingente número de sucesos. Como podían haber sido otros, han sido escogidos estos dos años, referidos a un pueblo de la provincia de Valladolid: Tudela de Duero.

El primero de ellos, 1753, en realidad lo compartió con toda la España seca, pero el segundo Tudela de Duero fue único protagonista. Comencemos por el año 1753.

Las tierras que salían de barbecho fueron sembradas en el otoño del año anterior, y los labradores esperaron en vano las lluvias y nevadas invernales, las cuales fueron sustituídas por incesantes y fuertes heladas. En vano esperaron también las lluvias primaverales; y dado que 1752 fue un año escaso en lluvias, y habida cuenta que en aquel tiempo se utilizaba el arado romano con el que sólo podía arañarse la superficie de la tierra dificultando la filtración y reserva del agua en las capas profundas del subsuelo, se produjo el desastre, ya que no pudo segarse prácticamente nada de lo que se sembró; no se cogió la fruta de los millares de árboles frutales con que contaba Tudela de Duero (perales, guindos, ciruelos, cerezos y almendros), por haberse helado el fruto en flor; la cosecha de uva, en fin, de sus ricos y abundantes viñedos, fue veinticinco veces menor de lo normal.

La gente carecía de trigo para pagar las rentas de las tierras que labraba, por lo que tuvo que acudir a las escuálidas economías propias y pagar aquellas en dinero; y por carecer de pienso con que alimentar a sus ganados, se vieron en la precisión de sacrificar muchas reses, principalmente de ganado lanar .

He aquí elocuentemente indicado en cifras el efecto de esta sequía, con expresión de las cosechas medias habidas en los trienios anterior y posterior a 1753, y la obtenida en este año:

Fanegas de
Trigo Cebada Centeno Avena
Cosecha normal 3.632 3.614 850 493
Cosecha año 1753 930 690 610 570

Por este cuadro fácilmente puede comprobarse cómo los cereales principales, trigo y cebada: aquél para consumo humano y éste para el de ganado, alcanzan la deficitaria producción del 25,60 % el de trigo y 19,02 % el de cebada.

De los otros dos, centeno y avena, el primero aún tenía una importancia relativa ya que mezclado generalmente a partes iguales con el trigo se obtenía una mezcla llamada morcajo, que era panificable, consumida sobre todo por las clases sociales económicamente más débiles; en cuanto a la avena, el más deleznable de los cereales y el menos cultivado, fue el que rindió con mayor abundancia. El centeno fue el 71,76% de lo normal y la avena el 15,61 % más de lo normal.

El mosto es otro concepto que merece mención aparte, ya que Tudela de Duero fue un importantísimo centro de producción de vino. Véase a continuación la diferencia de producción entre la cosecha normal y la del año 1753:

Cántaras Litros
Producción media 116.227 1.859.632
Producción año 1753 4.807 65.392

Pero existe una enorme diferencia entre los cereales y los viñedos porque, así como para los primeros la producción se normalizó en 1754, los viñedos quedaron gravemente resentidos; hasta tal punto, que en el año siguiente al de la sequía y heladas solo produjeron el 45% de lo normal. La explicación reside en que el agua de lluvia corrige los efectos de una sequía al año siguiente si se trata de los cereales; pero no así en lo referente a las viñas, muchísimas de cuyas cepas fueron en la ocasión a que nos estamos refiriendo durísimamente castigadas.

Esta sequía también incidió, por la falta de pastos y piensos, en otros aspectos de la economía agraria, que se aprecia perfectamente en el siguiente cuadro:

Corderos Lana Queso Pollos
(libras) (libras)
Producción media 520 5.000 2.034 827
Producción año 1753 20 3.290 1.290 190

Otra consecuencia negativa de la sequía se refleja en los precios ya que a menor oferta junto a mayor demanda, aquellos suben y todo se encarece. Así, vemos que el trigo que durante los tres años anteriores se había movido en torno a los 19 reales la fanega, en 1753 alcanza los 28 reales. O el mosto, que de 4,50 pasa a 9,73 Rs.

Por otra parte pueden comprobarse las secuelas de este desastre en el movimiento demográfico. Es normal que al producirse una calamidad con efectos colectivos, ya sea sequía, inundación, peste, guerra, etc., los matrimonios sean menos numerosos pues las parejas, sobre todo en siglos pasados, temían fundar un hogar con tan sombríos comienzos. Como consecuencia, la natalidad desciende y la mortalidad aumenta a causa del hambre y las enfermedades que la desnutrición lleva consigo.

Tomemos, para verlo más gráficamente, los trienios anterior y posterior a 1954, ya que es este el año en el que se reflejan las consecuencias de la sequía de 1753:

Media anual (=100) 1754 % de lo normal Matrimonios 16 7 43,75 menos Nacimientos 71 48 67,60 menos Defunciones 62 81 130,64 más

Hay que señalar que el 43 % del total de las 81 defunciones registradas en 1754 corresponden a párvulos en los que, por falta de defensas y por su mayor vulnerabilidad a las consecuencias del hambre, la muerte se ceba con particular virulencia.

El fantasma del hambre se cierne sobre Tudela de Duero. Consecuencia de ello, los Procuradores del pueblo pertenecientes a ambos estados, Noble y Llano, comparecen ante los alcaldes ordinarios y formalizan un pedimento en regla que, por su dramática expresividad, a continuación se trascribe:

"D. Juan Burgueño y Antonio de Nieba, síndicos de ambos estados de esta villa de Tudela de Duero, ante vuestras mercedes parezemos y dezimos que en atencion a la notoria esterilidad que experimenta y se a estado experimentando en los panes que comprende este termino por falta de aguas, continuacion de yelos y suma sequia, muchos de ellos no han nazido y los que nazieron, por la referida causa se allan sumerxidos y sin valor alguno de granos ni paja, en tal estado que se dejaron de segar la maior parte de ellos, quedando todos los labradores sin ningun recurso para mantenerse y a sus ganados, ni poder bolber a sembrar; en tal extremo, que les prezisaria dejar sus casas y de nezesidad apartarse de sus ganados; y respectivamente se experimenta lo mismo, por la referida causa, secarse las zepas de las viñas; y las que se mantienen con algun verdor ymposibilitadas de criar algun fruto. Y por lo mismo faltan las fuerzas para soportar las pagas de aueres reales y subministrar lo nezesario a las reales tropas, por ser esta Villa de maior paso; y en lo que se a subministrado, se an experimentado muchas quiebras en el abono de los totales que se reciuen de sus Jefes. Y para acudir con esta representazion adonde nos combenga a fin de que Su Magestad (que Dios guarde) se apiade de tan notoria nezesidad como la que padeze este Pueblo socorriendonos en lo que fuere de su Real agrado a nuestro derecho y el de este Comun, combien el que se nos reciua ynformazion a el tenor de este nuestro pedimento con personas fidedignas, de autoridad y todo Conozimiento; y, executado, se nos entregue orijinal prezediendo la aprobación de vuestras mercedes con ynterposizion de su Autoridad y judizial decreto, para que valga y haga fee en juizio y fuera de el. Que es merced que pedimos, juramos lo nezesario, etc."

Consecuencia jurídica de este pedimento aparece la probanza, por lo que en 5 de julio de 1754 se dicta Auto en el que se dice que:

"Por presentado, rezibase aestas partes la ynformazion que ofrecen y, echa, se extraiga. Así lo mandaron los señores D. Manuel de Siguenza y Joseph Garzia, Alcaldes ordinarios de esta Villa de Tudela de Duero por Su Magestad en ella, a cinco dias del mes de julio de mill setezientos y zinquenta y quatro años."

A continuación se recibe declaración a seis vecinos del pueblo, todos los cuales habían sido alcaldes ordinarios y eran personas de conciencia y experimentados en el conocimiento del campo y, después de haber prestado " ...juramento por Dios Nuestro Señor y una señal de Cruz en forma de derecho bajo el qual...", prometieron decir verdad y declararon que en el año 1753 hubo:

" ...una corta cosecha de pan, de forma que los labradores de esta Vª les preziso las pagas de las rentas de las tierras que habian de pagar en granos, compensandolo a dinero de sus cortos caudales... y es publico y notorio que muchas de las tierras, por causa de la sequia, no ha podido nazer el pan... y las viñas de mejor calidad que se hallan en tierras rrecias se an secado y aniquilado muchas de sus zepas; y en otras de tierra más dozil, aunque se hallan con algun verdor, no pueden riar su fruto."

***
Vamos ahora con el segundo suceso, cuyo escenario es este: Tudela de Duero sobre la margen derecha del río Duero. Al N.O., Renedo; al S.O., Traspinedo. Entre Renedo y Traspinedo, el caudaloso río.

Los tudelanos se dedicaban tranquilamente al normal desarrollo de sus actividades. Pero he aquí que a las dos y media de la tarde del día 13 de junio de 1822, la gente pudo apreciar dos nublados de temible aspecto que avanzaban hacia Tudela: uno,

"...por la parte del lugar de Renedo al que correspondio otro por el lado de el de Transpinedo, de igual magnitud y mal aspecto."

Los dos se acercaban amenazadores, como buscándose o atrayéndose mutuamente, al tiempo que hacían notar sus iras:

"...acompañados los dos de bastante ruido y despidiendo frecuentes relampagos y truenos fuertes..."

Asombrados, intranquilos, los tudelanos contemplaron más que la fusión, el choque brutalmente violento de ambos nublados sobre su propio término. Este encontronazo produjo:

"...por espacio de media hora, esto es, hasta las tres dadas tanta abundancia de piedra, que destruyó el fruto de dos mil aranzadas de viña en los pagos de Baldelga, Estrella y otros inmediatos, y casi otras dos mil y quinientas en los restantes."

Sin embargo esta fue la primera parte del fenómeno porque la segunda y acaso más importante, y desde luego la más impresionante, se produjo a continuación. De por sí, ya el pedrisco en seco por espacio de treinta interminables minutos acompañado de retumbantes truenos, cegadores relámpagos y escalofriantes rayos impresionó a todo el vecindario, que se encontraba consternado, desolado, puede decirse que sobrecogido. Entonces:

"...se presentó un meteoro en la falda del monte por la parte del pago de Juarros... cuya tromba, asida a la tierra, venía desde el valle de Sardón, término de Portillo, destrozando quanto encontraba el que, dirigiendose por el pago de Baltezan y huerta de Francisco Presencio y otros en derechura de este pueblo, llego al pago de la Igera, destruyo en un momento las huertas de Antonio Viroles, Antonio Dominguez y otras inmediatas, arrancando, truncando y llevando varios arboles."

Este era un fenómeno tan desconocido para todos, que ni los más ancianos recordaban que sus antepasados les hubieran hecho narración de algo semejante. Sigue el texto:

"Este dicho meteoro o columna de humo al parecer desde cerca semejante al que sale de un tejar cuando empiezan a darle fuego, y desde lejos (segun las noticias de los Pueblos inmediatos) de fuego, que desde el suelo se comunicaba con la nube, era el foco de donde salia y formaba como un arco de la altura de mil pasos hasta dha nube de la qual se veia reforzarse sin intermisión, al mismo tiempo que subia cargada de despojos, acrecentandose espantosamente, cuyo calor y estrepito formidable infundía el mayor terror."

Son expresiones muy dignas de ser señaladas las de "calor y estrepito" que aquello producía porque, entre otras, nos sitúan en plena escena. Esto y el hecho de contemplar cómo gran cantidad de objetos o "despojos" (incluso árboles arrancados de cuajo como veremos más adelante), hicieron que aquellas despavoridas gentes imploraran sin ningún complejo pública y colectivamente en calles y plazas la clemencia de Dios.

Realmente aquel espectáculo debió ser formidable. El autor de este trabajo invita al lector haga un esfuerzo de imaginación para incorporarse al acontecimiento; hecho, en lugar de sentir curiosidad e incluso interés por lo que va leyendo, experimentará sin duda alguna un sentimiento participativo con quienes hace más de siglo y medio vieron estremecidos el rarísimo acaecimiento. Merece la pena incorporarse imaginativamente a él porque a buen seguro, de su conocimiento se extraerán inéditas sensaciones.

Los hombres, aquellos castellanos toscos, recios, serios, contemplaban lo nunca visto con los ojos muy abiertos que reflejaban el estupor y el miedo de su fuero interno. Por otra parte:

"...las aflijidas madres, como intercesores para contener la ira de Dios al frente de aquella espantosa furia o uracan quando ya las daba en la cara un calor extraordinario del fuego que contenia, a los inocentes niños, que alternaban con ellas y sus fervorosas suplicas y lastimeros hayes."

Todos clamaban al Cielo viendo cómo aquello se dirigía en derechura a la iglesia, en el centro del pueblo. Pero para llegar a la iglesia tenía que cruzar el río Duero; y este hecho podía ocasionar algo inimaginable, puesto que todo lo que encontraba a su paso en la superficie de la tierra era atraido, extraído, arrancado, impetuosamente elevado hacia las alturas. Pues bien: testigos presenciales pudieron contemplar, estupefactos, cómo al llegar a las caudalosas aguas del río Duero, éstas eran succionadas con tal violencia:

"a una formidable altura, lo dejó el río de manera que los espectadores confiesan se vieron los guijarros y la tierra de su fondo como si fuesen de un arroyo seco algunos instantes, por dos veces."

La tromba tomó a continuación:

"una dirección irregular. Se dirigio por el pago de Cachaperos destruyendo enteramente la huerta de Pedro Renedo, bajó por la ribera y erial de Palacios haciendo los mismos estragos, paso el rio frente a la huerta de D. Santiago Martin, presbitero, que se halla en el pago del Bosque poco despues de las tenerias -la que quedo como otro Sagunto- arruinando, ademas, gran parte de sus tapias... y volando por los aires las puertas del cercado... sin que se sepa adonde, pues aun no han aparecido... se concluyo en el pago de la Pedrera, al tocar la raya de Fuentes, donde se vio como una gran hoguera que causo tal pavor a sus gentes, que los Lagares empezaron a correr por la dehesa, llenos de espanto. Su duración fue de media hora poco mas o menos."

Esta tromba que, como antes decíamos, alcanzó 1.000 pasos de altura (unos 700 m.), arrasó todo lo que encontró a su paso en un frente de 120 pasos (unos 90 metros de anchura) "...y de muchos mas en los remolinos que hacia."

Por tanto fue media hora de pedrisco en seco, o sea, sin que fuera precedido por la lluvia, que es el más dañino como cualquier labrador sabe. A continuación otra media hora de huracán y tromba. Es decir, una hora de perplejidades espanto y oraciones de almas aterradas.

Pero al fin todo pasó. Todo pasó. Afortunadamente sin víctimas humanas; tampoco los animales sufrieron quebranto alguno.

¡Ah!, pero los estragos causados en el campo fueron verdaderamente terribles. El documento del que ha sido extraído cuanto antecede y que el curioso puede comprobar en el Libro X de Difuntos de Tudela de Duero, folios 112, 112 vltº y 113, por cierto muy detallado y jugosamente relatado con un cierto estilo literario, hace una relación estremecedora de las consecuencias, analizando los daños causados por la piedra y, aparte, los producidos por la tromba.

No vamos a entrar en detalles, pero sí recogeremos los renglones más interesantes a transcribir por lo significativos, y que son los siguientes si bien conviene antes precisar que en Tudela de Duero una aranzada equivalía a una obrada, o sea, a media hectárea: 5.000 metros cuadrados; una cántara, a 16 litros; una arroba, a 11,5 kilogramos.

Daños de la piedra:

"Destrozadas 2.000 aranzadas de viñas, de las que quito 52.000 cantaras a razon de 26 cantaras por aranzada.

En otras 500, quito 8.000 cantaras, a 16 por aranzada.

7.000 arrobas de fruta desprendida de los arboles que no padecieron el huracan.

70 obradas de cebada en que quito 1.680 fanegas.

Otras 70 de trigo, en que quito 630 fanegas.

y otras tantas de centeno en que quito 630 fanegas."

Daños de la tromba:

"1.236 arboles frutales arrancados de la tierra y llevados a la distancia de medio, uno y dos tiros de bala cuyas hojas dejo secas enteramente.

457 arboles frutales, desgarradas la mitad de sus ramas y partido su tronco.

372 arboles frutales desgarrada la cuarta parte de sus ramas.

8.000 arrobas de fruta que tenían los arboles.

33.600 cepas arrancadas por las viñas por donde atraveso la tromba, dejando las restantes cepas sin hoja, imposibilitadas de dar vino en tres años, siendo todas las que quito 18.900.

66 obradas de pan llevar atravesó, y quitó en ellas.

1.056 fanegás de todo pan.

En las riberas arranco, partio y destrozo muchos olmos, chopos, alamos y mimbreras."

¡Impresionante! Esto, sin contar los productos hortícolas: melones, sandías, alubia verde, alubias, guisantes, habas, tomates, pepinos, pimientos, patatas, fresas, miel, anís, rubia, etc., etcétera.

Como antes decíamos, habida cuenta que la cántara equivale a 16 litros y la arroba a 11,5 kilogramos, podemos establecer con exactitud el daño producido, que fue:

En vino 1.472.000 litros
En fruta 172.500 kgs.
En cereales:
Trigo 40.000 kgs.
Centeno 38.000 kgs.
Cebada 35.000 kgs.

Aparte de esto, el ocasionado en árboles y cepas; bien arrancados de raíz, ya gravemente dañados.

La estimación de todo lo anterior, para terminar el estudio de este auténtico desastre, viene determinada por la evaluación de los daños, realizada oficialmente

" ...por peritos de los pueblos inmediatos, nombrados por orden superior."

Estos peritos, no de Tudela de Duero y, por tanto, con un alto grado de imparcialidad, apreciaron los estragos ocasionados durante una hora de tragedia que se traducen en las siguientes cifras:

Los ocasionados por el pedrisco, 993.260 reales. Los del huracán, en 569.956 reales, lo que totaliza la impresionante cantidad de 1.563.216 reales.

Para quien no esté al corriente de las equivalencias, podemos establecer que, teniendo en cuenta que el jornal de un obrero era el de 2,5 reales, hoy, con el de 2.000 pesetas diarias, el montante final asciendería nada menos que a MIL DOSCIENTOS CINCUENTA MILLONES CUATROCIENTAS NOVENTA y DOS MIL pesetas (1.250.492.000 ptas.).

He aquí la sobrecogedora magnitud del desastre ocurrido en Tudela de Duero en el año 1822.