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Cuatro estampas de un músico ciego (1899-1986)

HOFF, Roma

Publicado en el año 1987 en la Revista de Folklore número 79.

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"El ciego músico tradicional de las esquinas podría ser comparado a un árbol que naciera para brindar sus frutos a cuántos se le acercaran". En La Estampa de Madrid del 23 de enero de 1933 se encuentran cuatro fotografías de Eugenio Valero y un largo reportaje que relata la vida del joven músico ciego que tocaba el armonio por las calles del Madrid Viejo. Ha pasado más de medio siglo y "Don Eugenio" sí ha brindado sus frutos a muchos en las calles de múltiples ciudades españolas. En cierta temporada guardaba aún los libros de rutas.

Antes de irse a Madrid, tocó en el casino de Manzanares. Después, pasó tres años tocando en el Balneario de la Fuensanta de Ciudad Real. A continuación trabajó ocho años con artistas variados -ventrílocuos, cantantes, actores- sin tener nunca domicilio. "Con el fin de tener música en todas partes" se compró un armonio de cuatro octavas (1). A los 87 años la música lo es todo para don Eugenio; de la música se nutre. Toca el piano en casa y escucha asiduamente programas musicales de radio y televisión.

El entonces joven músico se estableció en Madrid en el mes de marzo de 1931. Además de tocar el armonio afinaba pianos y a esto se dedicó hasta hace tres años cuando se enfermó. Muy optimista, dice "En septiembre yo empiezo" (2). Como afinador de pianos ha brindado sus frutos a un gran número de personas que se pueden contar porque, a petición de don Eugenio, han firmado un librito que data del 6 de octubre de 1922. ¡Qué interesante hojearlo y ver pasar a sus clientes de San Rafael, Quintanar de la Orden, Madridejos, El Escorial, Madrid...! Por si se interesa el lector en acudir a sus servicios, en el portal de su casa está una chapa que dice -Eugenio Valero- afinador de pianos.

La introducción al librito la mandó escribir don Eugenio porque escribe sólo con la pauta. Y a máquina de escribir. Por sus cartas de casi 20 años he llegado a conocer a don Eugenio; por medio de más de una docena de visitas a su casa de Granada he experimentado su humanidad, su hospitalidad, su inteligencia y su sinceridad. Este artículo se base en una entrevista de tres horas que sostuve con el ahora viejo músico en el mes de agosto de 1986.

Es difícil crear en la mente la visión del músico joven de 1933. La Estampa nos ayuda a hacerlo: "tipo de bohemio bonachón, tiene toda la pátina de una estampa del romántico Barrio Latino" (2). Pero esta descripción no va ni con la figura del viejo menudito y calvo que está sentado en su cocina sacando reminiscencias de la memoria, ni con los recuerdos del afinador de guitarras a quien conocimos en Granada en 1969. Sigamos leyendo: "Alzada la cabeza, entreabierta la boca anhelante, buscando en el aire no sabemos qué suerte de sensaciones..." Allí está. Este es don Eugenio cuando habla y cuando toca el piano, el joven que tocaba el armonio por las calles de Madrid y el viejo que sigue su afán por la música en su casa granadina.

Eugenio Valero nació el 3 de enero de 1899 en Daimiel en la provincia de Ciudad Real. A su padre, ferroviario, le gustaba la música. Al reportero de La Estampa le había explicado su ceguera el joven músico: "Quedé así de dos años -de sarampión. Dicen que tenía los ojos iguales a los de mi hermano; mi madre me llamaba 'Ojos Bonitos'. Ya ve usted, esas cosas de las madres". Su madre lo llevó a Madrid al Colegio de Sordomudos a los 11 años y de aquellos años don Eugenio lo recuerda todo -"todo lo que he aprendido hasta julio de 1918- cultura general, piano, historia de España, historia de la música". Me habla de la música en tiempo de los Reyes Católicos, de Mozart y Beethoven, de Albéniz, Chapí y de músicos contemporáneos (Plácido Domingo canta para los americanos). Tiene sus opiniones sobre la música de nuestros días; "En vez de Gigantes y Cabezudos y La Reina Mora hay tanta tontería, hay tanta música monótona...".

Recordando a Miguel Fleta, el tenor español, don Eugenio se levanta de la mesa y con ademanes y gestos me cuenta una anécdota de sus tiempos en Madrid: "Una noche en la esquina de Carretas con Atocha, salía Miguel Fleta, tenor célebre, del teatro. Me preguntó "Maestro", ¿Usted toca "Te Quiero, Morena"? Le dije que sí. El cantó la primera estrofa y recogió el dinero y vació el sombrero en mi bolsillo". Me explica, don Eugenio, "Miguel Fleta fue un tenor más dramático, más español que Plácido Domingo".

Para aclarar las fechas de su estancia en Madrid don Eugenio me dijo en una carta: "Tocaba la guitarra por los cafés y bares de los barrios periféricos -Cuatro Caminos, Tetuán de las Victorias, Chamartín, etcétera, hasta noviembre de 1936, fecha en que no se podía salir de Madrid por causa de la Guerra Civil Española, hasta abril de 1939. Durante esta época no se encontraba trabajo en ninguna parte, por lo que, por consejo de buenos amigos me dediqué a tocar el piano en un armonio de cuatro octavas, adaptando obras de Albéniz, Granados, Turina y piezas de todas clases populares: tangos argentinos, cuplés de moda: lo cual fue objeto de admiración del pueblo" (3).

Don Eugenio no sólo se interesa por la música a los 87 años. Escucha mucho la radio -"Las noticias y la música buena; con los anuncios la dejo"- y se interesa por la democracia aunque dice que "en cuestión de partidos soy independiente; lo mismo me hace que mande uno que otro". Está orgullo del trabajo de la ONCE, diciendo, "Se luchó muchos años por formar una organización para los ciegos con los cambios de gobierno. Por fin en 1938 se estableció la ONCE. Al terminar la guerra, Eugenio fue destinado a Granada como empleado administrativo en la ONCE, jubilándose el 31 de julio de 1973. La sede en Granada le regaló en 1985 una medalla de plata, 30.000 pesetas en metálico y un diploma con motivo de su homenaje para los trabajadores de 25 a 40 años. El, con 34 años de trabajo cumplidos, es modesto en cuanto a su participación en la ONCE pero Mercedes, su mujer, me enseña el diploma orgullosamente y me describe el banquete que se les ofreció en el Restaurante El Capricho en Huétol Vega. Con un grupo de la ONCE de Granada, don Eugenio también tocaba la guitarra. Mercedes me trae una foto sacada en Madrid cuando ellos ganaron un certamen musical; va fechada el 3 de diciembre de 1973, día de Santa Lucía, patrona de los ciegos.

Aunque toca la guitarra, a don Eugenio le gusta más el piano y siendo joven hasta componía música. Otra vez se levanta don Eugenio y con paso lento pero seguro va de la cocina a la biblioteca y trae una vieja caja de la lata 'Clase Extra' y saca canciones en braille. Me las canta. Después explica: "Como no escribo en tinta, dejé de componer". Durante la entrevista, marca repetidas veces el ritmo de alguna melodía con los dedos; canta e imita a los grandes cantantes. Lo que no hace -cosa que hizo en otras visitas- es tocar el piano. En el verano de 1979 cuando les hicimos otra visita, anunció alegremente -¡Vengan a ver lo que me trajeron los Reyes!- Cariñosamente acariciaba su nuevo piano y después lo tocó con el entusiasmo y la vitalidad de un joven de 30 años.

Y ¿cómo sería Eugenio Valero a los 30- 33 años "el ciego organista que recorre las calles de Madrid?". "Muchas noches lo observamos. El ciego de la melena tocaba lindamente una página pero el auditorio transeúnte le escuchaba grave, con recogimiento, nada risueño. Y es que al dramatismo de la noche y al gemido del armonio, de suyo melancólicos, se unían la ceguera y el interés que despertaba la traza del organista. Venía a la memoria la legendaria vida de Homero, rapsoda inmortal, ciego, mendigo, corriendo tierras y lugares para cantar a la gente sus poemas. O al menos la figura del burgalés Cabezón... o aquel Salinas salmantino, ambos organistas preclaros y ciegos y pobres... sentado en una escuálida almohada sobre un redondo silletín, el organista iba arrancando notas que sonaban a cántico de iglesia al pequeño armonio de teclado movible como de juguete, adosado al carrito que lo lleva y lo trae de esquina en esquina".

Don Eugenio me dice que pagaba 10 pesetas diarias al mozo que llevaba la carretilla de mano ("10 pesetas era dinero") y que se instalaba en una banqueta ("en la Calle de Arenal, en la Calle de la Magdalena, en la Plaza Tirso de Molina") y tocaba por la mañana de 10 a la una y media, y por la tarde de 4 a 12 o hasta la 1. Añade: "Para tocar en la calle no hay permisos. No perjudica el comercio o la circulación; la gente me daba mucho dinero. Ganaba aproximadamente 250-300 pesetas. Y dando las 9,30 o las 10 de la noche invitaba al mozo y tomábamos un café y un bollo".

A pesar del dinero que le daban parece que don Eugenio no vivía muy cómodamente: "Escalera cansada y cansadora; piso: el más alto; habitación con una camilla".

Ahora nuestro músico también vive en un piso alto -el quinto- pero a todo confort. La cocina tiene sus muchos electrodomésticos y del frigorífico doña Mercedes saca una botella de agua -con gas- diciendo que el médico les recomienda mucha agua. Asoman botellas de cerveza, melones y frascos de yogurt: prueba de su deseo de conservar la juventud. Mercedes mima mucho a su marido y le quiero con locura, dándole efusivamente besos inesperados y abrazos fuertes. Don Eugenio le había dicho al reportero M. Martín Agacir en 1933: "¿Boda? Será que se me pasó la edad. Tengo 33 años... tuve amores con una ciega que murió tísica a los 18 años... Pero comprendo que hubiera sido un disparate casarse un ciego con una ciega" (7).

Cuando le digo que mi antigua estudiante María Jeatran, que en 1976 había pasado un día con don Eugenio y doña Mercedes, se había casado con un ciego, me dijo: "A menos que vivan con la madre de uno de los dos no van a tener la casa tan limpita como ésta". De paso menciona que la esposa de Joaquín Rodrigo es una pianista vidente que puede escribir su música... además de mantener limpia la casa.

Eugenio y Mercedes se conocieron por la ONCE y por el padre de Mercedes que también tenía dos hijos ciegos. Contrajeron matrimonio el 5 de abril de 1959, después de morirse la hermana mayor de Eugenio que vivía con él. (En el artículo de La Estampa, Palmira aparece con su hermano en una de las fotos). De los cinco hermanos de su familia, sólo Eugenio heredaba la afición de su padre a la música, aunque Palmira sí cantaba con él en las giras por Castilla y La Mancha. De la familia quedan Eugenio y una hermana que vive en Manzanares.

El artículo de M. Martín Agacir, mi gran colaborador en este reportaje, termina con una nota ,melancólica: "Aquella triste vida que alentaba sin luz y sin calor... el cieguecito organista de la melena muere y vive de sed de ilusiones". Este artículo iba a tener un fin alegre: el de nuestra duodécima reunión desde 1960 cuando los señores Valero pararon delante de nuestra mesa en el Bar Las Vegas y el se ofreció a afinar las pequeñas guitarras de nuestros hijos de 7, 8, y 9 años que estaban jugueteando por las cuerdas. Pero el final no va a ser alegre, debido a que se puso muy filosófico mi amigo cuando le pregunté por la suerte que había tenido en la vida. En vez de hablar de la buena suerte de haber terminado en Granada, de haberse casado con Mercedes y de tener una vida confortable de pensionista, el insistió en los momentos difíciles de antes de ir a Madrid: "En Manzanares sólo estuve un año porque los dueños eran tacaños y por falta de dinero me despidieron. Con dificultad empecé a afinar pianos; por eso empecé el libro en 1923". Aunque el libro dice 1922 no importa un año más o menos en la vida de Don Eugenio que dice, resignadamente, que toda vida tiene su buena y su mala suerte.

Cuando me acompañaron a la puerta don Eugenio y doña Mercedes yo iba meditando en si tendríamos la buena suerte de vernos otro año. Contestaron afirmativamente mi pregunta las palabras de don Eugenio: "Adiós, guapita".

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(1) "Cuatro estampas de un músico ciego", M. Martín Agacir, el 23 de enero, 1933.

(2) Entrevista con d. Eugenio Valero en su casa en Granada, el 7 de agosto de 1986.

(3) Carta de d. Eugenio Valero fechada el 20 de septiembre de 1986.