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VIDA BREVE DE FRUTOS, EL ANACORETA

SANZ, Ignacio

Publicado en el año 1987 en la Revista de Folklore número 80.

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Discurrían los primeros años del siglo VIII. La ciudad de Segovia se desparramaba informe por las orillas del Eresma y del Clamores. Canteros, pastores y hortelanos convivían entregándose al cultivo de sus menguadas industrias y quehaceres. Unos siglos antes, San Geroteo, el primer mitrado de la diócesis, dispuso el alzado de templos y ordenó el cumplimiento de los oficios y cultos conforme a la nueva ortodoxia cristiana.

El temor de Dios prendió pronto entre aquellos descendientes de las tribus íberas que ya antes se habían sometido al dominio de los romanos.

Era aquel un pueblo de hombres primarios y orgullosos; por eso, cuando los ejércitos de Mahoma ascendieron por la península fueron las antiguas tribus de vacceos, arévacos y pelendones, agrupadas bajo el signo unificador de Jesucristo, las primeras que reaccionaron contra el sometimiento. Mas la invasión sarracena les pilló desprevenidos. Así no les fue difícil ir ganando terreno camino del norte, imponiendo con su presencia circunstancial y violenta un cerco de angustia sobre los temerosos cristianos.

Más que batallas abiertas, se libraron ocasionales y sorpresivas escaramuzas que, sin embargo, no bastaban para frenar el ímpetu de aquellos jinetes enjutos y resistentes que dominaban el taimado y sañudo arte de la guerra.

De resultas de una de aquellas escaramuzas nocturnas devino mortalmente alanceado el regidor Anselmo, dueño de una enjundiosa hacienda, pues se decía que no había en Segovia punta de ovejas que no llevara sobre el lomo la marca de su hierro. Mucha fue la pesadumbre que la muerte de aquel benemérito varón causó entre sus conciudadanos, pues tan grande como su misma hacienda era la generosidad de su corazón. El dolor de su muerte asoló, sobre todo, a su propia familia: Anchuela, su mujer, reconcomida por el vacío que dejara su ausencia, no le sobrevivió más de dos semanas.

Los tres hijos de aquel matrimonio, vencidos por la desolación resolvieron retirarse a vivir con entereza ejemplar. Para ello liquidaron la hacienda repartiendo sus bienes entre los menesterosos y echando cancela a la casa paterna salieron por el mundo cubiertos con raídas y ásperas túnicas para hacer penitencia y ver de agradar con sus acciones y sacrificios la faz secreta del Todopoderoso.

Frutos. Valentín y Engracia corretearon sin descanso los caminos catando los sinsabores de la vida peregrina. En época de aprietos y estrecheces se vieron abocados a vivir de la caridad ajena. Frutos, el mayor de los hermanos, no dejaba de la mano el libro de la Sagradas Escrituras en el que hallaba respuestas oportunas a cuantas interrogantes le formulaban los cristianos. Así fue ganando en consideración ante sus ojos. Pero el peligro de las huestes sarracenas persistía y los cristianos vivían en agitado cambio, expuestos a la desprevenida furia de sus ataques. Por campo traviesa sE veía huir a pueblos enteros aterrados. La vida se tornaba convulsa y era la paz entonces tan sólo prenda del recuerdo.

Con tanto sobresalto, los tres hermanos no encontraban reposo para la oración. Vivir de la caridad ofrecía cada vez más riesgo porque los pueblos tornaban de lugar en busca de un asiento seguro para su vida atropellada. Decidieron entonces buscar un recodo tranquilo para ejercitarse en la oración. Cruzando por campos arrasados y montes devastados, llegaron hasta el desierto del Duratón. Pronto les cautivó la desnudez espléndida de su semblante y la quietud estadiza de su ambiente que sólo las rapaces perturbaban.

-¿Os parece este marco propio para honrar a Dios? -Inquirió Frutos a sus hermanos.

-El nos lo ha puesto en el camino -contestaron.

-Pues aquí nos quedaremos. .

Entre las solapas de los farallones encontraron tres cuevas equidistantes entre sí. La que miraba al mediodía le fue asignada a Engracia; la orientada a poniente a Frutos; Valentín se aposentó en la más fría y desolada: la que arreciaban y ensombrecían los aires del norte.

A la hora de la frugal colación, compuesta por raíces de hierbas, algún pez pescado en los cadozos del río y leche de cabras silvestres que campaban por aquellos parajes desalmados, los tres hermanos se juntaban al pie de una fuente. Salvo que alguna inusitada industria les entretuviera, pasaban el resto del día cada cual en su cueva, entregados a la vida de oración y penitencia, como tres estoicos anacoretas.

El fragor de la lucha no inquietaba la paz de las hoces. Era aquel un terreno baldío por el que nadie disputaba. Pero poco a poco las esquilas de los atajos menudearon con sus dulces sones en los terraplenes por donde el Duratón se abisma. Querían los pastores que Frutos posara sus ojos melancólicos sobre la blanda lana de sus ovejas para hacerlas inmunes a pestes y latrocinios. Que era creencia común entre pastores que todo cuanto él miraba quedaba ya santificado y libre de peligro.

Mas tanta fama y tanto prodigio, transportaron inquietud y agobio a su corazón ya que hasta su cueva se arrastraban multitud de almas que imploraban todo tipo de favores. Y es que el milagro de la cuchillada, el de los toros bravos amansados como bueyes y el del asno que se arrodilló sumiso ante la Sagrada Hostia por intercesión suya, llevaron la noticia de su santidad y su misticismo hasta los más remotos rincones del solar cristiano.

No se dejaba Frutos ganar por las exclamaciones y las muestras de admiración que le rendían de continuo. Al contrario, la presencia de muchedumbres cada vez más numerosos le inquietaba y distraía, restándole el precioso tiempo de sus oraciones.

Por ello levantó un oratorio de piedra para aislarse aún más del mundo, dejando para Engracia y Valentín la atención de aquellos peregrinos que solicitaban protección. Se acentuó con ello en Frutos su vocación anacoreta. Descuidaba el aderezo de su enteco cuerpo, tanto en su decoro externo como en su alimentación.

Ajeno a las consideraciones de sus hermanos, apenas llevaba sustento a la boca, ocupado tan sólo en la oración, la contemplación y la lectura insaciable del libro sagrado. Así los pájaros picoteaban sobre sus hombros y los saltamontes trepaban por su túnica raída y deshilachada. Cuando el viento atizaba sobre el tallo lacio de su barba parecía que el rostro se le desencajaba. Con la piel prematuramente arrugada y un debilitamiento físico cada vez más ostensible, mantenía sin embargo en los ojos, la llama viva de los iluminados.

Pero su hora estaba cantada. Frutos parecía anhelarla. Expiró a causa de su debilitamiento en loor de santidad. La noticia corrió como un amargo estremecimiento por la cristiandad. Era el año 715 del calendario cristiano. La novedad alcanzó también a los hijos de Mahoma que intentaron neutralizar la vasta aureola de aquel santo, burlándose de sus prodigios. Cuando los sarracenos alcanzaron la hoz, sus hermanos le habían dado tierra secretamente. Como quiera que se negaron a declarar dónde había sido enterrado fueron decapitados ambos. Hoy sus cabezas se guardan como reliquias en la parroquia de Caballar. En años de sequía los arciprestes de la zona se reúnen con los feligreses para mojarlas en la Fuente de los Santos. Hasta ahora ningún año ha dejado de llover puntualmente tras la procesión que precede a la mojada.

Los restos de Frutos son hoy un misterio por desvelar. Algunos visitantes místicos que frecuentan el priorato que los benedictinos levantaron unos siglos más tarde en su honor, dicen adivinar entre el olor balsámico del tomillo, el espliego y el té roquero, girones erráticos del espíritu de Frutos, el Anacoreta.

LOS SIETE MILAGROS POST MORTEM

Todavía hoy se puede visitar la cueva de los Siete Altares, protegida en su embocadura por una verja de hierro para evitar actos de desaprensivos. Se encuentra la cueva a la derecha del puente que dicen de Villaseca, antes de llegar al Cañón de la Perdida, casi en la desembocadura del arroyo San Juan. Detrás de la verja se aprecian los siete altares toscamente tallados sobre la roca viva. Se labraron para conmemorar cada milagro del Santo. Los signos que adornan cada altar forman parte de una escritura en clave que, según el juicio de ciertos paleógrafos, nos dan cuenta de cada milagro. Pero mejor que acudir al siempre engorroso auxilio de la paleografía es preferible recabar la gracia parlera de cualquier pastor de la zona. Como una oración se los saben de memoria. Nos hemos preguntado si estos milagros, tan arraigados ahora en la tradición oral ya los contarían los pastores en el año 722, cuando se realizó el último de ellos. Sea como fuere aquí están, fielmente ceñidos a ese portentoso prodigio que es la memoria colectiva.

MILAGRO PRIMERO
EN BUSCA DEL NIMBO

Para buscar el nimbo errante de Frutos llegó hasta las hoces Lope "El Peregrino". Le acompañaban tres devotos más. Era Lope doncel agraciado aspirante a santidad que jamás había cedido a los requerimientos de damiselas lechuguinas a pesar de verse de continuo acosado por el fulgor de sus encantamientos. Precisamente, al vadear del Duratón le atacó el parálisis y cayó inerte sobre las aguas. Cuando los presentes quisieron reaccionar Lope era ya un ahogado. Le sacaron del agua y hecho un rebujo le trasportaron hasta el oratorio de Frutos para tenerle allí de cuerpo presente antes de proceder a darle tierra. Mostraba la faz desencajada por los postreros y baldíos intentos de luchar contra la muerte. En el vientre le destacaba una abultada hinchazón como el de mujer prendida tras de siete meses de espera.

-¡Frutos, si tu quisieras! -exclamó uno le aquellos peregrinos.

-Ocurrió por venir a buscar tu nimbo errante.

Al poco vieron aquellos devotos cómo, por la boca entreabierta, Lope expulsaba el agua. Y al que el surtidor de una fuente salía a presión dando contra la bóveda del oratorio cayendo sobre la faz estática del Lope el ahogado.

Con sorpresa comprobaron sus acompañantes que el agua, al darle en el rostro le reavivaba la expresión. Y así fue, poco a poco, incorporándose hasta verse otra vez vivo, sin que aquel trance dejara secuelas en su cuerpo.

-¿Dónde has estado? -le preguntaron.

-Con el anacoreta. Este nimbo que aquí traigo es el suyo.

Y les mostró el arillo de luz que portaba entre las manos. Era circular, algo más crecido que el contorno de una manzana, adornado en su interior por los siete colores del iris.

SEGUNDO MILAGRO
TRINAR DE PAJAROS

Tan baldíos son los eriales del desierto que los pájaros apenas encontraban acomodo por faltarles el sustento. A las negativas condiciones del terreno se aliaba una ola de pestes que había diezmado las especies más menudas.

Un amantísimo devoto que fue por allí a practicar penitencia anhelaba oír los gorjeos de los pájaros para alegrar su corazón. Se llamaba Eulalio y era hombre natural de villorrio que desde niño tenía clavada la música de sus chirridos tan dentro de sí que, sobre todo, al despertarse, no podía soportar su ausencia. Recordaba además que a Frutos se le subían por la túnica y le picoteaban los hombros.

A las tres semanas de oraciones y ayunos las llagas se aposentaron en su cuerpo. Eulalio era hombre de espíritu sólido, fortificado por los sacrificios y aquellas llagas le robustecían. Sin embargo, en las madrugadas, cada vez más debilitado, echaba de menos los cantos de los pájaros que tanto bálsamo y bienestar amontonaban en su corazón. El silencio sí era una herida insondable.

-¡Frutos, Frutos, si los hicieras cantar!

Era en los albores de la mañana. Hasta que el sol llegó a su cénit, en el mediodía, estuvieron los pájaros menudos brotando por sus cinco llagas. Una especie distinta por cada herida: colirrojos, roqueros solitarios, vencejos, alondras y collalbas. Son los mismos que ahora habitan las hoces.

Aquella mañana amaneció el ambiente ahogado en chirridos. Cuando los pájaros dejaron de salir las llagas se cerraron. Eulalio miraba al cielo risueño y se sonreía.

TERCER MILAGRO
SARA ES TENTADA POR EL DEMONIO

Habitaba en un poblado de la contorna de las hoces una moza de ajustadas proporciones, piel tan blanca como la misma harina, cándida expresión, ensortijada y rubia cabellera... Todo era en ella como de ensueño.

Obedecía a la llamada de Sara y tan extremada era su belleza que no había mozo que la conociese y no se hubiera encandilado por ella.

A los quince años, cuando andaba ya en edad de matrimoniar, pasó por el pueblo un mozo de porte erguido que dijo dominar el oficio de desencantar animales.

Pronto quedó Sara prendada de su porte y acordaron juncirse bajo palio de sacramento. Tal decisión llenó de enojo y abatimiento a los mozos del lugar. Era lógico; las aspiraciones suyas quedaban así truncadas.

El desencantador de animales convenció a Sara y a sus padres para que la boda se celebrara al aire libre, aprovechando la bondad del tiempo. Accedieron a ello en un principio. Mas el día anterior a la boda tuvo la novia un sueño.

-La boda -dijo resuelta- la celebraremos en un oratorio cristiano.

Por más que el novio se oponía, ella insistió. Así, al entrar en el recinto el desencantador de animales se esfumó como un turbión de aire.

-¿Dónde está? -se preguntaron.

-Olvidadle. Era el demonio que quería prenderme. Frutos me lo reveló en sueños. La cruz le ha espantado.

Cortándose el cabello que acariciaba su espalda, se echó al desierto durante tres años.

Volvió luego al poblado y desposó con un mozo del lugar dando al mundo tres varones que fueron educados en el conocimiento de la vida y milagros del santo anacoreta.

CUARTO MILAGRO
EL RESCATE DEL INFANTE

Antes de que mediara el día, en pleno verano, acuciado por las hambres, el buitre planeó sobre el caserío desmedrado de Sebúlcor. Un niño de trece meses distraía su tiempo sujeto en un carretón a la sombra de un árbol, en una calle sin concurrencia. La madre que se afanaba en la casa, ojeaba de cada y cuando los humores del infante. Por los campos en sazón se repartían los vecinos entregándose a los menesteres de la recolección. Tras observar el terreno y comprobar que las circunstancias eran favorables el buitre se lanzó en picado sobre el niño. Clavó las curvadas y potentes uñas sobre el justillo y emprendió trémulo vuelo hacia el nidal, pues las convulsiones del infante, además de su peso, le hacían zarandearse. Cuando la madre salió, alertada por los lloros, el buitre remontaba el caserío con el niño suspendido en sus garras.

-¡Mi hijo, mi hijo! ¡Que me roban a mi hijo! -gritó la madre desgarrada.

Pero de nada sirvieron los lamentos, las imprecaciones, los lloros y las alarmas. La madre y alguna vecina vieron cómo el buitre se alejaba, perdiéndose en el aire, cada vez más pequeño, mas pequeño...

Como una ave ligera voló la desgracia entre las gentes. Antes de que el sol de aquel día se ocultara un pastor se presentó en Sebúlcor con el niño dormido en un zurrón.

-Sano te lo entrego por gracia del anacoreta -dijo el pastor a la madre que lo abrazó fuerte contra el pecho.

-¿El Santo ha sido? ¿Cómo lo hizo- -preguntaron los curiosos.

-Yo mismo se lo rogué cuando el buitre volaba sobre el oratorio -explicó el pastor- y, en vez de seguir camino del nidal, bajó en vertical y, cuidadosamente, posó la criatura donde tantas veces se reclinara en vida el santo. Sin un rasguño quedó el niño postrado a la puerta del recinto sagrado. Ante tal suceso le di pan a la rapiña de mi propia mano hasta que sació el hambre. Una hogaza larga consumió el animal. Os aseguro que nunca acarició mi mano pico de rapiña tan doméstica y mansurrona.

QUINTO MILAGRO
LA CONJURACION DEL PEDRISCO

Era verano. La sequedad del estío arrebataba las plantas; el aire asuraba como lengua de fuego. El cielo añil y diáfano, precipitadamente se entoldó de nubarrones plomizos, como las vísceras de un animal. En las miradas de los pobladores se perfilaba la zozobra.

Los pastores apresuraban sus rebaños a las cijas, barruntando calamidades sangrientas: retenían aún en sus memorias el recuerdo de una tormenta bestial y terrible que había estragado el campo, llevando la tullidez ocasional a algunos pastores y la muerte definitiva a muchas merinas tiernas. Pues la naturaleza de la piedra que entonces cayó era tan pérfida e inícua que más bien parecía obra de demonios.

La compostura del cielo era muy semejante. Los picores desazonantes del sol los mismos.

Concentrada, la población esperaba ya lo inevitable.

-Sólo tú podrías remediarlo, señor San Frutos -imploraban.

Apretó un rabadán a correr hacia el oratorio. Mientras, el cielo parecía resquebrajarse. Los truenos broncos y secos preludiaban la tormenta.

Las primeras piedras que cayeron no eran inferiores al tamaño de una grajilla. Y como la grajilla eran negras. Caían ralas, retumbando sobre la piel tersa de la tierra, igual que un tambor cuando anuncia la batalla.

Al llegar el rabadán al oratorio tañó la campana; al momento cesaron de caer las piedras.

La población miró al cielo y vio cómo las nubes iban tornando de semblante, trocando el ceño severo y sombrío por tonalidades suaves y variopintas, hasta que la cara barbada del anacoreta se reflejó dibujada y repetida entre la masa blanda de las nubes.

SEXTO MILAGRO
EL NIÑO BICÉFALO

Fruto de amores incestuosos entre dos hermanos adoradores de Mahoma, nació una diabólica criatura bicéfala con siete dedos en cada remo, abultada joroba y otras ominosas deformidades que no son para decir y que por sí solas hablaban de la herencia del acto execrable.

Mas, con todo, no concluyeron ahí los bastardos hechos de aquellas dos almas desaprensivas: horrorizadas por el aspecto monstruoso que presentaba la criatura maquinaron abandonarla al buen albur para que su presencia no delatara por más tiempo la naturaleza nefanda de su pecado. Y así fue descubierta tras unos matorrales en la espesura del monte por los perros olisqueadores de un cabrero. Trasladada al pueblo la criatura fue objeto de una marrida contemplación.

-¿Qué hemos de hacer? -preguntaba el cabrero a sus convecinos. Ellos callaban, consternados.

Una moza virgen tomó, por fin, la palabra.

-Acaso el santo eremita pudiera aliviarlo. Probaremos si queréis.

Mucha era la fe que en él tenían.

Con el cabrero y la moza virgen en cabeza fue trasladada la criatura en andas hasta la fuente del anacoreta. Una nutrida comitiva les seguía.

Al llegar a la fuente la moza virgen asió la criatura del pie izquierdo y, boca abajo, le sumergió repentinamente en el agua. Repitió el movimiento tres veces seguidas. Cuando se volvió para mostrarlo a los ojos de todos la criatura presentaba un aspecto normal, imbuida de una rara belleza manifestada en la hermosura de su cara y en el brillo vivaz de sus ojos. Hasta el color bruno de su piel se tornó blanquecino en todo el cuerpo a excepción del pie izquierdo que no había sido bañado por el agua.

Y las gentes vieron en aquel prodigio una prueba más de la gracia de Frutos, el anacoreta.

SEPTIMO MILAGRO
ARTRIBIO, EL CANTERO

Artribio, oficial de una cuadrilla de diestros canteros tenía presente a Frutos en sus oraciones. Dos veces halló ocasión de besarle las manos en vida. Con su recuerdo iluminaba sus trabajos que le habían dado renombre entre las gentes.

Cierto día, labrando el lateral de una piedra, le saltó una esquirla sobre el ojo derecho. Torcida resultó su suerte pues la herida y los dolores se traspasaron al ojo izquierdo, doblegando su vista poco a poco, hasta escarbar en sus ojos una opaca oscuridad.

Ni las cataplasmas de hierbas medicinales ni los renovados ungüentos de experimentados curanderos sirvieron para devolver luz a sus ojos.

Hacer una estatua al natural del santo era uno de los propósitos que Artribio quiso llevar a cabo mientras la vista le lucía. Mas la ceguera no le puso freno; por el contrario, abolido para otros menesteres volcó todo su empeño en trasladar la imagen de Frutos a la piedra.

-Traedme una roca grande -dijo a sus antiguos compañeros de oficio.

En una pesada carreta la trasladaron hasta la puerta de su casa.

Mandó que la dejaran descansando en posición vertical.

Con las herramientas, guiado por la intuiciÓn, fue, poco a poco, desbastándola.

-¿Qué pretendes? -le preguntaban.

-Sacarle como si estuviera vivo entre nosotros. Dejaré que él me guie la mano.

Artribio nunca había trabajado figuras humanas. En perfilar poyos, piedras de sillería, muelas y redueznos de molinos había entregado su trabajo. Por ello era tomado su propósito por locura.

Mas con sorpresa los compañeros notaban que la piedra, con el correr de los días, se despojaba de sus abultamientos informes y angulosos para ir adquiriendo la forma humana que Artribio perseguía. Los detalles delicados del rostro los abandonaba para el final.

-¿Se le va pareciendo? -preguntaba.

-Cada vez toma más la apariencia de su figura.

Esculpía el cuerpo revestido con un sayo, tal como Frutos vistiera en vida.

Rematar los detalles de la cara le parecía empresa difícil, pero no se arredró por ello. Con delicadas herramientas y suaves toques fue perfilando la frente, la boca y las barbas.

-¿Que sientes? -le preguntaban.

-Una luz interior que me ilumina -decía Artribio-, pero no veo nada.

Sólo al poner remate en el ojo izquierdo le vino un resplandor al suyo. Así saludó a la luz, reafirmando la gracia del color sobre la tierra y comprobando la exactitud de aquella talla con la que él había forjado en su imaginación que no era sino réplica exacta de la figura del anacoreta en vida.

Al perfilar el ojo derecho de la talla sintió otra bocanada de luz en el suyo.

Así recobró vida en los ojos el cantero Artribio y así quedó fijada ya para siempre la figura barbada de nuestro señor San Frutos el eremita de la hoces del Duratón.

NOTICIA FINAL

Estos siete milagros, palabra arriba, palabra abajo, permanecen vivos en la memoria de las gentes, tal como aquí se han escrito. Mejor resulta, desde luego, oírlos relatar a cualquier pastor de las hoces con el encanto inefable de su palabra tarda. Las madres los emplean todavía como ensalmos para adobar el sueño de sus hijos; cuentan uno por cada día de la semana. Y tal que las oraciones y las historias viejas de peregrinos y aventureros suenan siempre nuevas en sus oídos.

En la taberna del Villar de Sobrepeña los escuchamos por primera vez la mañana de un martes abrileño en boca de un enjuto y añoso cantero; supimos entonces de su relación con la cueva de los Siete Altares a la que dieron origen los siete milagros post mortem de San Frutos contra las mendaces teorías de ciertos eruditos que, recalcitrantes, sostienen que en dicha cueva los visigodos rendían culto a sus divinidades. Nada más lejos de la verdad. Los canteros del Villar carecen de documentos, mas tienen a gala ser herederos legítimos de aquellas cuadrillas que con toscas herramientas labraron en honor del santo pajarero los siete altares donde, por mucho tiempo los hijos del pueblo le rindieron culto. La tradición oral les avala. Si aquí hemos roto con la tradición oral recogiendo por escrito los milagros ha sido, no tanto por dejarlos consignados, como por hacer justicia a los canteros del Duratón a quienes los arqueólogos e historiadores han despojado de uno de sus orgullos más arraigados. Ojalá que tal afrenta quede así definitivamente saldada.

Dibujos: MANUEL GOMEZ ZIA