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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 1987 en la Revista de Folklore número 81.

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Si en algo se podría decir que estamos actualmente todos de acuerdo es en la certeza de que la Sociedad ha experimentado un enorme cambio durante los últimos sesenta o setenta años. Desde luego, los planos de existencia han ido inclinándose, desde la concepción particular o local de la vida de nuestros abuelos, pasando por la problemática local de nuestros padres, hasta la idea global o universal de nuestros días; entre unas y otras situaciones se intercalan épocas de crisis más o menos agudas que nos conducen a la situación presente. Junto a estos movimientos sociales, muchas cosas han variado en el terreno individual; la religión, por ejemplo, ha pasado de ser el reflejo de un deseo humano de inmortalidad (de prolongación personal)a convertirse en un elemento más de nuestra cultura, y por tanto revisable y cuestionable en fondo y forma. La seguridad de poseer la verdad absoluta ha quedado transformada, de este modo, en la suposición, más o menos aceptada, de que todos estamos en el error. Para quienes la religión no pasaba de ser una liturgia hay también motivos de incertidumbre: La imagen cósmica del ser humano, su pequeña aportación a un universo inmenso, se ha visto sustituida por la sensación -fomentada por marxismo y capitalismo desde vertientes distintas- de que solo dentro de la Sociedad tienen cabida las aspiraciones y sueños del género humano.

Mas, si la posibilidad de cuestionar todo ha permitido a la persona adoptar una actitud de compromiso ante cualquier problema que se le presentara, también le ha dejado inerme frente a un hecho básico para su supervivencia en comunidad: Al variar el sistema de valores, al variar la estimación personal y social de los problemas, no sirven los códigos morales precedentes; mejor dicho, cada uno puede elegir el que mejor le cuadre creando una ética particular. El panorama trae a nuestra memoria la visión de aquellos patrones caseros que utilizaban nuestras madres para cortar vestidos, con un sinfín de rayas cruzando el papel, que desconcertaban y agobiaban a quien no estuviese familiarizado con semejante galimatías. Algo así nos pasa ahora: Cada uno ha elegido un patrón y, no sólo piensa que su corte es el idóneo, sino que le ha de sentar bien por fuerza al vecino.

¿Qué hacer? Sin pretensiones de añadir otra hechura a la confección, creemos que las soluciones comunitarias no bastan. La Sociedad no es un fin, sino un medio a través del cual el individuo puede perfeccionarse. Si lo que se consigue es lo contrario, entonces es que debe de haber algún error.