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EL ULTIMO JUEGO

GARRIDO PALACIOS, Manuel

Publicado en el año 1987 en la Revista de Folklore número 82.

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-¿A dónde vas, Tinito,
con ese farol?
-Voy debajo del puente,
que tengo calor.
-¿En qué calle vives?
-Calle Mayor.
-¿Qué número tienes
-El cuatro y el dos.
-¿Qué quiere decir
-Cuarenta y dos.

Dale que dale al camino, entre merienda de las cinco y días libres, he hecho acopio de un amasijo de papeles, escritos a vuela pluma, que salen del bolsillo en lugar del pañuelo y que a veces he dado como billete de tren o documentación. Encierran expresiones infantiles, fondo y forma de juegos, utilizadas con la dimensión de libertad con que los niños se mueven fuera de la mirada del adulto, que cada día lo cerca más con fáciles ofertas de juegos dados, que reducen en ellos su natural opción a la inventiva.

-Patatin, patatón,
me como un par de huevos
a dos treinta y dos.
-Póngamelos a treinta.
-No puede ser.
(Sale la criada con el rabo tieso).
-¡Caramba! ¿ Qué es eso?
-Un agujero en el techo.

El color chillón y el plástico de mal tacto no han sustituido aún, por suerte, en los pequeños núcleos, a la universal soga, a la simple bola de butre, al vulgar teje o al trompo de encina y púa de acero. Hay quien concede a estos elementos un tiempo de vida muy corto. Lo real es que aún la tienen, con sus reglas establecidas, nunca escritas, código de honor de fondo. La forma viene dada por unos poemas a los que le han ido encajando músicas y cuyos ritmos se miden por el roce de la cuerda en el suelo o el paso alargado en la curva del corro.

Al salirme de La Habana
de nadie me despedí,
sólo de un perrito chino
que venia tras de mi.

Como el perrito era chino
un señor me lo compró
por un poco de dinero
y unas suecas de charol.

Las botitas se rompieron
y el dinero se acabó.

Adiós, perrito del alma,
adiós, de mi corazón.

Si mi padre se enterara,
la culpa la tienes tú,
por salirte de La Habana,

Parece como si en la frontera de acceso al país de los adultos, los niños dejaran todo su bagaje lírico, expresamente olvidado, sobre el último banco testigo de sus juegos, flotando entre las disputas de si ha sido mala o no, toda esa jurisprudencia transmitida boca a boca:

Mi juego y mi bola;
me voy perdiendo o ganando.

Manzana podrida;
debajo sin salida.

En silencio podrían jugar a canicas seis niños de las más alejadas geografías, seguros del respeto mutuo a las reglas de honor de la partida:

Dos del hoyo y una de delante.
No se gana la bola del butre.

Con ligeros cambios en la forma, manejarían conceptos como "taco, arrimar, tablas, maña, sucio, bombeado o pitorra", pero la fluidez del discurso estaría asegurada por el convencimiento común en unas pautas de palabra, verdaderas instituciones sociales, grabadas a fuego en el libro incoloro de su filosofía:

Ir perdiendo es ir cagando, o encalucando, o espichando. (Niño). Perder es mala. (Niña).

En la variante del teje llamada "la paticoja del caracol", animal pintado en tiza y dividida su concha en cuadros, la que logra hacer el juego pone su nombre en uno de ellos, marca que el resto de las jugadoras no podrá pisar. La madre coordina los juegos mixtos. Y es niña. El niño rehúsa.

Arroz con leche,
me quiero casar
con una señorita
que sepa bordar,
que sepa abrir la puerta
para ir a jugar.

Yo soy la viudita del Conde Laurel,
me quiero casar, no sé con quién.
Con ésta si, con ésta no,
con esta señorita me caso yo.
.
Soy el chino capuchino mandarin, in, in,
de la era de la era del Japón, pón, pón,
mi coleta de tamaño regular, lar, lar,
que con ella yo me pienso pasear, ar, ar.
Al entrar en un cafetín, tín, tín,
una mona me tiró del coletín, ay, ay,
yo le dije: "Niña hermosa ven con mí
al país al país de la ilusión, ón, ón.

La selección de equipos, caso de dos bandos se lleva a cabo mediante el orden que establezcan los dos líderes en pugna por ver quién monta a quién en el "china, canto, china", o el "oro, plata, oro". Quedarse es lígarla. Y si hay que nombrar a alguno con el que se esté de morros, se dirá mí pitorra. Dar por tablas es hacerlo al rebote, y no vale, como tampoco el flojo arrimar,
a menos que se prevea de inicio. Pinchar es soltarse. Primera es prime; segunda, segun.

Allá arribita, arribita,
había una montañita,
en la montañita un árbol,
en el árbol una rama,
en la rama tres huevos,
blanco, rojo y morado.
Al coger el blanco,
me quedé manco.
Al coger el rojo,
me quedé cojo.
Al coger el morao,
me quedé descalabrao.
Fui al médico,
me quitó la cojura,
me quitó la mancura,
me quitó la descalabradura.
.
Una tía más cochina
que la patrona mía,
que pone por judías
bolitas de alcanfor,
para segundo plato,
mosquitos trompeteros,
que bailan en el fondo
al son del cucharón.
Los panes son de piedra,
la chuleta de goma,
no hay tía que las coma,
ni pueda masticar;
el vino que nos dá,
esa tía tan cochina,
es pura tinta china
de marca tracatrá.
Y así señores míos,
mi corazón implora,
como una cantimplora
con agua de fregar.

Hay un juego de niños en el que para decidir quién se queda, señalan una meta, echan carrera y al último que llega, le toca. En la plaza de Albarracín existe una barandilla que divide dos
niveles. El grupo libre se sitúa por un lado, y el que se queda, por otro. Tocar la baranda significa estar en casa, lo que tiene que impedir el guardián. Es muy común la división en bandos, la defensa de una posición o los perseguidores y perseguidos, cuyo sentido cambia una vez capturados los últimos. Se puede conocer en Andalucía como policías y ladrones, Huelva, en concreto, o como banco roñoso en Laguardia, Alava. El personaje Juan Simón aflora también en distintos puntos:

Que una y que dos,
pimiento morrón,
que pica y que rabia,
que salta la guitarra,
que viene Juan Simón,
le tocó la comba
le vino colección.
Colección una,
colección dos.
.
Que una y que dos,
al montón
del burro cagajón.