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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 1987 en la Revista de Folklore número 84.

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El intento, loable pero en ocasiones contraproducente, de explicar desde un escenario lo que va a representarse o cantarse, se ha puesto de moda durante las últimas décadas con la intención de documentar y dar el máximo número de datos o explicaciones sobre una canción o danza, No puede negarse que el propósito es interesante pero el resultado, salvo excepciones, es escaso, cuando no contrario al fin que se pretendía. Sería preferible bailar sin más la danza en cuestión antes que adentrarse por vericuetos de difícil acceso en los que uno puede perderse; y no pretendo con esto afirmar que para presentar un espectáculo haya que doctorarse en historia. Justamente lo contrario; hay que ser sencillo y explicar sólo aquello que se conoce: Inventarse argumentos para atribuir antigüedad o rareza a un tema, no sirve más que para confundir al público y, lo que es peor, para perpetuar un error.

Pondré un ejemplo: Algo tan frecuente siglos atrás como podía ser una torre humana, que llegó a estar indefectiblemente ligada al Corpus o a fiestas religiosas de carácter local, viene a convertirse por capricho de alguna mente fantástica en una espadaña que formaban las mujeres castellanas para atisbar mejor a sus maridos que regresaban de la guerra. Esta torre, en realidad, se hizo desde siempre por dos razones: La primera, por rendir homenaje a alguien; ya el poeta Claudiano menciona una que se realizó en honor de un cónsul romano en Tarraco, allá por el siglo V, en lo alto de la cual un muchacho bailaba. La segunda, en veneración al Santísimo Sacramento en las procesiones del Corpus, acerca de las cuales hay tanta documentación, incluso iconográfica, que no merece la pena insistir. Lo que sucede es que estas torres son cada vez más escasas en España al haberse ido perdiendo muchos de los momentos que las originaron; pero lo que no se ha perdido es el eco de su Historia: No merece la pena que nos la inventemos.