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ANTIGUO PARTIDO DE PORTILLO (S. XVIII)

MARTIN VIANA, José León

Publicado en el año 1988 en la Revista de Folklore número 85.

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La sociedad rural del siglo XVIII, aunque muy alejada del modelo férreamente instalado en el medioevo, aún conservaba algunos vestigios de la época feudal, si bien éstos eran tan difusos que apenas guardaban un nexo importante con el pretérito.

Quedaban ya muy lejos las figuras vigorosas de señor y vasallo; figuras que, aunque por otra parte se conservaban, no pasaban de ser una sombra de lo que fueron. Quedaba muy atrás también el "status" de behetría que, si bien tuvo su poderosa razón de ser en la época de la Reconquista, en realidad había perdido su esencia y no era sino una vaga remembranza del pasado. Quedaba igualmente lejos el mapa de las Merindades y, por otra parte, habían desaparecido algunas figuras impositivas: fonsadera, yantar....conservándose otras: servicios, almojarifazgo, alcabala..., y apareciendo otras nuevas: cientos, millones..., solo por citar algunos de los múltiples impuestos que el pueblo llano tenía que soportar, hasta que a mediados del siglo XVIII Don Zenón de Somodevilla, Marqués de la Ensenada, unificó todos los impuestos en una " Unica Contribución...".

Iniciada aquí esta especie de introducción, en esta colaboración para la revista "FOLKLORE" vamos a esbozar algunos apuntes válidos en el siglo XVIII, hoy parcialmente extinguidos, pero que en aquel tiempo tenían plenitud de vigencia y formaban parte de unas estructuras y costumbres incardinadas en lo que ya es Historia.

Sabido es que la división de España en provincias y éstas en Partidos judiciales y Alcaldías mayores y ordinarias fue hecha en tiempo de Carlos III a propuesta del conde de Floridablanca, que lo ordenó el 22 de marzo de 1785 aunque no entrara en vigor hasta 1789. Posteriormente Fernando VII reestructuró las provincias en 1 de noviembre de 1833, quedando inalteradas hasta la fecha.

Por lo que respecta a la provincia de Valladolid de Carlos III, hay que señalar que fue dividida en 16 Partidos judiciales:

Valladolid Simancas
Medina del Campo Mayorga
Olmedo Palenzuela
Tordesillas Rueda de Almirante
Peñafiel Mansilla de las Mulas
Río-seco Benavente
Portillo Puebla de Sanabria
Torrelobatón Almanza

De estos 16 Partidos es el de Portillo en el que, como indica el enunciado de este trabajo, fijaremos nuestra atención. Formaba un polígono situado en las siguientes coordenadas: 41°7' a 42" 15' latitud Norte, y O° 15' á 1° 46' longitud Oeste del Meridiano de Madrid, y un perímetro alargado de N. a S., atravesado por los ríos Esgueva y Duero.

Esta compuesto por:

17 VILLAS: Amusquillo, Castrillo Tejeriego, Mojados, Olmos de Esgueva, Peñalba de Duero, Piña de Esgueva, Portillo y su Arrabal, San Martín de Valvení, Tudela de Duero, Traspinedo, Valoria la Buena, Villabáñez, Villalba de Adaja, Villafuerte de Esgueva, Villanueva ,de los Infantes, Villarmentero de Esgueva y Villavaquerín;

6 LUGARES: Aldea de San Miguel, Aldeamayor de San Martín, Camporredondo, El Cardiel, La Parrilla y La Pedraja;

4 GRANJAS: Boada, Muedra, Quiñones y San Andrés, y

3 DESPOBLADOS: Castil de Vega, La Sinova y Tovilla.

Todo ello ocupaba una extensión de 66.802 hectáreas, es decir, 668 Km2., ninguna de las cuales era totalmente libre, ya que todos sus habitantes eran vasallos de alguien, por lo que entramos ya en el concepto de

VASALLAJE .

Efectivamente, estas 66.802 Has. eran en su totalidad de la Orden de San Juan, de Realengo, de Abadengo (Dignidad Episcopal de Segovia, Cabildo Catedral de Valladolid y Abadesa de las Huelgas de Burgos) y de Señorío, repartido de la siguiente forma:

Ordenes 1.125 Has....1,68% del Partido
Realengo 7.159..".....10,71% ...."."
Abadengo 8.446..".....12,64% ...."."
Señorío 50.072.".....74,95% ..."."

Ahora bien, no estará de más hacer la debida distinción en cuanto al Señorío se refiere, ya que éste se repartía entre cuatro Caballeros con dominio sobre 7.147 Has. -que suponía el 10,69 %- y la Nobleza, compuesta por un Vizconde, tres Condes, una Marquesa, tres Marqueses y un Duque. Entre todos estos nobles se distribuían el señorío de 18 núcleos de población con una extensión de 42.925 Has., equivalente al 64,25 %

Pero aún cabe una precisión más, porque el más poderoso ,de todos ellos era el conde de Benavente que ejercía su señorío en Portillo, "...donde tenía su capitalidad y nombraba sus Justicias...", señoreando Portillo y su Arrabal, Aldea de San Miguel, Aldeamayor de San Martín, Camporredondo, La Parrilla, La Pedraja y El Cardiel, con un total de 24.800 Has. que suponían el 37,12 % de todo el Partido, frente a todos los demás nobles que totalizaban 13.631 Has., o sea, el 20,40 % del mismo, y que eran los siguientes:

Vizconde de Valoria
Condes de Peñaranda y de Fuentesaúco
Marquesa de Camarasa
Marqueses de Torreblanca, de Revilla y de Jodar
Duque de Frías.

La población que ocupaba todo el territorio estaba compuesta por 10.144 almas, aplicando el coeficiente 4 que parece ser la media por los resultados parciales, lo cual significaba que la densidad de población era la de 15,18 habitantes por Km2.

Situado ya el Antiguo Partido de Portillo en sus justos términos si bien sea de forma tan sumaria, obligada por otra parte, pasemos a contemplar algunos elementos básicos en la sociedad del s. XVIII, como pueden ser Sanidad, Red Hospitalaria, Escribano y fiel de fechos, y Enseñanza.

SANIDAD

Bajo este epígrafe situamos tanto la salubridad de las gentes del Antiguo Partido de Portillo, cuando las personas que atendían a la población desde el punto de vista sanitario.

Al iniciarse el siglo XVIII están echados, en realidad, los cimientos de la medicina moderna. Durante esta centuria se extiende el uso de los polvos de quina, de donde se deriva la quinina para combatir la malaria. En 1798 Edward Jenner practica la vacunación contra la viruela, enfermedad epidémica que en treinta años causó la muerte de diez millones de personas.

Los médicos tenían que luchar contra la peste, la cual una y otra vez desde la Edad Media venía diezmando la población causando verdaderos estragos demográficos. Esta asesina del pasado conocida fundamentalmente como la "peste negra" llegó a estremecer al continente europeo, barriendo de su superficie cerca de veinticinco millones de seres humanos.

Muy posteriormente, pero no menos temido, fue el "tabardillo" o tifus exantemático. El cólera, la fiebre amarilla o vómito negro, la tuberculosis y la gripe, en realidad, son posteriores al siglo XVIII. En éste, aún estaba lejana la aplicación de la vacuna descubierta por Pasteur, así como la sueroterapia, los rayos X, las vitaminas, la insulina, penicilina, sulfamidas, cortisonas, vacuna antipoliomielítica, etc., etc.

Punto y aparte merece la atención el estado sanitario del medio rural, que dejaba mucho que desear. El hacinamiento frecuente, la falta de higiene tanto individual como colectiva, así como una deficiente dieta alimentaria constituían, principalmente, el mejor caldo de cultivo para la acometida de piojos, pulgas de rata y vectores víricos en general, que producían las tremendas embestidas epidémicas.

En época no epidémica se daban otros factores secundarios que incidían en el movimiento demográfico; entonces era cuando el médico podía luchar contra las enfermedades normales. No así cuando se despertaba la epidemia; no así. Entonces, el médico se veía impotente para atajar aquella avalancha mortífera, y lo único que podía hacer era prevenirla en lo posible, aplicar los medios profilácticos más adecuados y, a veces, sucumbir él mismo por contagio.

Fuera del azote epidémico, las enfermedades eran de todo tipo; pero de entre aquellas que ocasionaban la muerte habría que distinguir entre las padecidas por los "párvulos" y los adultos. Los niños morían generalmente a consecuencia de la dentición, sarampión, inanición, septicemia o afecciones de tipo gastrointestinal como colitis, enterocolitis, gastritis, gastroenteritis, etc. Las causas de mortalidad entre adultos se reducían en su mayor número a afecciones de tipo gastrointestinal, congestiones y, raramente, cáncer. De entre los adultos morían a veces de "senectud". Aquellos que llegaban a los 90 años, a los 80 y aún a los 70, los primeros eran contadísimos los casos; algunos más lo eran los octogenarios y más frecuentemente los septuagenarios. Todos ellos de todas formas, aún estos últimos, cuando morían habían llegado a la decrepitud y fallecían de eso: de decrepitud, de senectud.

En todos estos casos en los que la muerte venía precedida de una enfermedad corriente, normal, la ciencia médica luchaba a veces con éxito, y podía arrancar a la muerte vidas humanas; pero, como cuando queda dicho, el índice de mortalidad sobrepasaba los cauces normales y se presentaba un cuadro epidémico, apenas si se podía hacer otra cosa que certificar la defunción, viéndose impotente para atajar por sí solo tan salvaje avalancha.

Tres fueron, por otra parte, los personajes que intervenían en la sanidad de la población: el médico, que se ocupaba de prevenir y curar las enfermedades; el cirujano, cuya única misión era la cirujía a instancias del médico; el sangrador, individuo no titulado cuya ocupación era la de realizar sangrías que hacía bien por medio de sanguijuelas, ya mediante ventosas o, expeditivamente si el caso era urgente o grave, por corte de vena; profesión ésta, que frecuentemente era ejercida por el barbero de la localidad.

Estas tres figuras sanitarias eran, de mayor a menor categoría, las que se ocupaban de los enfermos. Naturalmente, sus conocimientos les conferían una condición social y económica que les distinguía entre sí, si bien no todos percibían los mismos ingresos dentro de su propio estamento.

Así, en todo el Antiguo Partido de Portillo, solamente había médico en tres localidades: Portillo, Valoria la Buena y Tudela de Duero, que percibían diariamente 3,56, 7,56 y 13,15 reales respectivamente, lo que les situaba a uno en las cercanías de la pobreza (no se olvidan los ingresos de 2 a 2,5 Rs. diarios de un jornalero) y a otro claramente en el bienestar económico.

En cuanto a los cirujanos había uno en cada uno de los siguientes pueblos, a continuación de los cuales se figuran sus ingresos diarios:

Piña de Esgueva 0,95 Rs.
San Martín de Valvení 2,41."
Castrillo Te.jeriego 3,54."
Traspinedo 4...."
Valoria la Buena 4,52."
La Pedraja 9,31."
Portillo 23,28"

En Tudela de Duero había dos cirujanos que percibían cada uno casi 14 reales. En otras localidades no pagaban en metálico, sino en especie. Así, señalaremos cuatro pueblos, con expresión de las fanegas de trigo que pagaban al cirujano, y el valor de la fanega traducido a los reales que diariamente constituían su ingreso.

Olmos de Esgueva 84fgs....2,99 Rs.
Villavaquerín 100."....3,28."
Villafuerte de Esgueva 80.."....2,63."
Amusquillo 32.."....1,05."

Estas dos últimas villas eran atendidas por un solo cirujano por lo que, sumados los ingresos diarios de ambas, al totalizar 3,68 Rs., se convertía en el titular que más percibía de los que cobraban en trigo.

En cuanto a la figura del sangrador, solo Aldea de San Miguel tenía uno, que percibía 2,41 Rs., Aldeamayor de San Martín y Villalba de Adaja contaban con un barbero-sangrador, que cobraban 1,50 y 9,31 Rs. respectivamente.

Desde luego, no deja de llamar la atención el de Villalba de Adaja ya que, por lo que a ingresos se refiere, se pone a la misma altura del cirujano de La Pedraja y por encima de los médicos de Portillo y Valoria la Buena. Indudablemente, debió ser un excelente barbero y un no menos excelente sangrador al pagarle esa cantidad.

En cuanto a boticarios, existían en todo el Partido solamente en cuatro Villas, y sus ingresos, con el nombre de éstas, son los que se indican.

Tudela de Duero tenía dos. 1,78 Rs. cada uno
Mojados, uno 6....."
Valoria la Buena, uno 6,02.."
Portillo, uno 18,63."

Claramente se aprecia la disparidad de criterios al pagar cada Villa o Lugar a los profesionales de la sanidad en sus distintos rangos. Generalmente, ello se debe por una parte al número de vecinos y a la riqueza del Común de cada localidad por donde se aprecia diáfanamente la situación de indigencia del cirujano de Piña de Esgueva y la de la relativa abundancia del de Portillo, y por otra parte a la falta de una normativa de obligado cumplimiento en el terreno jurídico por lo que la costumbre, de antiguo observada y fielmente recogida como herencia del pasado, era la norma establecida.

Pero este aspecto de la cuestión que acabamos de examinar, la Sanidad, quedaría incompleto si pasáramos por alto otro, estrechamente vinculado a ella: el Hospital, del que lógicamente no podemos prescindir.

RED HOSPITALARIA

Concebido como refugio del hombre que sufre, el hospital aparece ya en el antiguo Egipto, cuyos templos acogían a millares de enfermos que buscaban en ellos el favor de los dioses para recuperar la salud perdida.

Igualmente, en la Roma imperial existieron una especie de hospitales conocidos con el nombre de "iatreiae". Los asilos para enfermos o "nosocomios"; los albergues para ancianos o "gerontocomios"; los refugios para extranjeros y peregrinos o "xenodoquios" así como los orfanatos, que proliferan con la difusión del cristianismo, en realidad no podían ser considerados como hospitales tal cual posteriormente fueron concebidos, ya que su causalidad no era la sanidad sino la filantropía, o la caridad, si bien por éstas se llegaba en parte a aquélla.

Es en la Edad Media cuando junto a los monasterios se crean verdaderos centros hospitalarios, cuyo carácter se define ya con toda claridad en el siglo VI, produciéndose una enorme eclosión numérica en España, cuando las rutas jacobeas se llenan de peregrinos de toda Europa para llegar a Santiago de Compostela.

En el siglo XI Santo Domingo de la Calzada, además de preparar personalmente caminos y tender puentes sobre los ríos para servir de paso a los peregrinos, no solo utiliza su propio eremitorio para ellos cuidándolos por sus propias manos con eminente caridad cristiana, sino que funda un hospital para alojamiento de cuantos allí llegan aquejados de alguna enfermedad, hospital que funcionó hasta el año 1785.

El carácter fundamentalmente religioso del pueblo medieval castellano sin acepción de reyes, nobles o vasallos, hizo proliferar asombrosamente la creación de hospitales no ya en ciudades o villas populosas, sino también en lugares de escaso vecindario y pobres recursos económicos, aunque hubiera otros muchos en que no existieran por la ausencia total de fondos para afrontar los gastos inherentes a su sostenimiento, como veremos a continuación.

El siglo XVIII había recogido y guardado celosamente el legado del pasado. Su estructura no había cambiado en lo fundamental, aunque sí en lo organizativo. Ahora todo hospital se hallaba, en el ámbito rural, bajo la atención y protección de una o más Cofradías, que tenía la obligación y a ello se comprometía, de sufragar los gastos producidos como consecuencia de la acogida de enfermos pobres, e incluso pagar al encargado del hospital llamado hospitalero.

Sin embargo, el hecho de sostener un hospital requiere la existencia de medios económicos suficientes y, precisamente a causa de ésto, no todos los núcleos de población podían afrontar los gastos ocasionados, no solo a causa de la manutención de los pobres, sino también por el mantenimiento de la fábrica. De aquí que hubiera pueblos que en función de los medios económicos pudieran mantener más de un hospital, otros solamente uno con cierto decoro, otros el suyo en muy precarias condiciones, y los más ni aun esto.

Veamos por orden alfabético los núcleos de población del Antiguo Partido de Portillo con expresión de la existencia o carencia de hospital:

Aldeamayor de S. Martín 1
Aldea de San Miguel 1
Amusquillo O
Boada (Granja) O
Castrillo Tejeriego 1
Camporredondo O
El Cardiel O
Castil de Vega (Despoblado) O
Mojados 1
Muedra (Granja) O
Olmos de Esgueva O
PORTILLO y su Arrabal 3
Peñalba de Duero O
Piña de Esgueva O
La Parrilla. 1
La Pedraja O
Quiñones (Granja) O
San Martín de Valvení 1
San Andrés (Granja) O
La Sinova (Despoblado) O
Traspinedo 1
Tudela de Duero 1
Tovilla Despoblado) O
Villanueva de los Infantes O
Valoria la Buena. 1
Villarmentero de Esgueva O
Villalba de Adaja O
Villabáñez 1
Villavaquerín O
Villafuerte de Esgueva O

Por lo expuesto comprobamos que, prescindiendo de las cuatro Granjas y de los tres Despoblados que por el exiguo número de sus habitantes no alcanzaban la categoría ínfima de "Lugar", de las veintidós localidades restantes que componían el Partido, solo once disponían de hospital. Pero ahora mismo hay que decir que no todos tenían la misma categoría e importancia y que, desde luego, es muy distinta la idea de hospital que ahora tenemos que la realidad hospitalaria del siglo XVIII.

Así es, en efecto: hay una diferencia abismal entre el alto mínimo de calidad que hoy en día existe tanto en cuadros médicos y medios clínicos y farmacéuticos cuanto en lo que respecta a edificios y servicios higiénicos, y las realidades de hace dos siglos.

Por de pronto, en el siglo XVIII cabe establecer tres categorías:

1ª Hospital de máxima calidad -en el término rural, se entiende-, sostenido por un fondo económico bastante para la atención sanitaria al enfermo pobre a cuya disposición Se encontraban, en edificio al respecto, varias habitaciones provistas de camastros (dos, tres o cuatro, según la amplitud del aposento), dotados de un jergón y cabezal de paja de cereal trillada o de hojas de maíz, más una o dos mantas mejor o peor conservadas y un cobertor.

La alimentación era frugal: consistía generalmente en una escudilla de sopa, un cuenco de garbanzos o patatas, un buen trozo de pan de morcajo y unos sorbos de vino.

La asistencia médica estaba asegurada allá donde había un facultativo, así como la espiritual a través del sacerdote.

Pues bien, en esta primera categoría nos encontramos con Tudela de Duero, Aldea de San Miguel y Valoria la Buena, que tenían un hospital de tales características; además, Portillo, donde existía un hospital para hombres y otro para mujeres, más un hospital mixto en su Arrabal.

2ª Hospitales que apenas merecen el nombre de tales y que distan notoriamente de los anteriores, como los de: Aldeamayor de San Martín, en el que había "...una pieza que ay en la cassa Ayuntamiento para alojar para un día o una noche dos pobres enfermos que pasen por este lugar; no se trata en nada .de su curación, y solo se les da una limosna y se les lleva de quenta del Lugar a otra parte, para cuyo gasto tiene una corta rrenta que son siete fanegas de trigo y tres y media de centeno, y cinco reales y diez y seis Maravedis de censo y rrenta...";

Castrillo Tejeriego, donde había "...una casa destinada a recoger los Pobres que concurren a pedir limosna a ella, con el título de hospital, sin que tenga renta alguna...";

Mojados, donde existía un hospital "...sin camas, que sirve para conducir pobres pasaxeros a otra parte...";

San Martín de Valvení, donde "...hay una casa del Comun para pobres enfermos, a quienes alimentan interin se da disposición de conducirles al destino que hallen por conveniente...";

Villabáñez, donde había "...unas paneras que se arriendan por la Cofradía de San Juan por tres fanegas de trigo, que se entregan a un pobre del pueblo...";

Traspinedo, en fin, donde "...ay un hospital de pasaxeros con una cama y el gasto que hace qualquier pobre le costea la Cofradía de San Andrés".

3ª El resto del Partido, en cuyos pueblos no existía cobijo alguno para un enfermo pobre que acertase a pasar por el lugar .Quien tuviera el infortunio de hacerlo, si estaba enfermo no tenía otra solución que continuar su camino fueran cuales fueren las condiciones en que se viera; camino en el que a veces, como se lee en no pocas partidas de defunción, moría en la más espantosa soledad a la orilla del camino o, en el mejor de los casos, conseguía llegar a algún punto en el que pudiera ser atendido de urgencia para ser trasladado a otro donde dispusieran de mejores medios y en el .que a veces lograba escapar de la muerte para seguir soportando la pesada carga de vivir.

Sanidad y hospitales del Antiguo Partido de Portillo, dos realidades en la sociedad rural castellana del siglo XVIII. Pero también en esta sociedad y formando parte de ella misma, vivían otras dos realidades; dos figuras ya desaparecidas, sobre las que trataremos a continuación.

ESCRIBANO y FIEL DE FECHOS

El escribano y el fiel de fechos son dos cargos públicos que conviene tener en cuenta, ya que para cualquier documento oficial son imprescindibles.

El primero, precursor del actual notario, era la persona que por oficio público estaba legalmente autorizada para dar fe de las escrituras y demás actos que pasaban por él. Así, en cualquier escrito con validez jurídica tal como testamento, contrato, censo, pleito, etc., como antefirma escribirá siempre: "Paso ante mi".

Había distintas clases de escribanos: de Cámara, del Rey, de Provincia, de Ayuntamiento, del Número, de Millones, de Alcabalas, etc. Cada una de estas acepciones era objeto de una específica competencia, si bien ello no era óbice para que en un solo escribano concurrieran dos o más nombramientos, como veremos más adelante.

El número de escribanos estaba en directa relación con la importancia del núcleo urbano en el cual residían y ejercían su escribanía; así tenemos que en la capitalidad del Antiguo Partido de Portillo, así como en Tudela de Duero, había tres escribanos; en Mojados y Villavaquerín, dos; en Valoria la Buena, Villalba de Adaja y Villabáñez, uno en cada una de estas localidades. .

Sucedía, sin embargo, que debido a su débil economía o al escaso volumen de documentos que al año habría que dar un tratamiento legal, el resto de los núcleos de población no podía permitirse el lujo de contar permanentemente con un escribano, así que tenían que prescindir de él. Pero de lo que no podían prescindir era de la necesidad ineludible de dar valor legal a un documento público. Consecuentemente, ya que por una parte no se podía financiar la existencia de un escribano y por otra éste era imprescindible, no hubo otra solución que utilizar los servicios de alguien debidamente autorizado que hiciera las veces del escribano; este alguien no fue otro que el "fiel de techos": el que da fe de los hechos.

Por supuesto, el fiel de fechos carece de la categoría social del escribano, y tampoco percibe los mismos ingresos por idénticos servicios. Y es por esto, precisamente, por lo que quien ejercía la suplencia del escribano venía a estar apoyado en ]os ingresos de otra u otras profesiones u ocupaciones, generalmente la de sacristán y la de maestro de primeras letras, o maestro de niños como también se les nombraba.

Esta situación se daba en Amusquillo, Aldeamayor de San Martín, Aldea de San Miguel, Castrillo Tejeriego, Olmos de Esgueva, Piña de Esgueva, La Pedraja, San Martín de Valvení, Traspinedo y Villanueva de los Infantes.

La forma de pago que el Concejo hacía al fiel de fechos podía ser en especie, en metálico, o en especie y en metálico.

En especie se pagaba en Amusquillo: 6 fanegas de trigo por fiel de fechos; 14 de trigo; 4 de cebada y 4 de centeno, por sacristán; 6 por maestro de primeras letras.

En metálico, que era lo más corriente, las cantidades variaban según los pueblos, pues se movían entre 0,1 real y 1,1 real diario, salarios que se situaban al nivel del de zagal y un poco por debajo del maestro de primeras letras (0,1 en El Cardiel, Camporredondo y Villanueva de los Infantes; 0,2 en Amusquillo y Villarmentero de Esgueva; 0,3 en Castrillo Tejeriego y La Parrilla; 0,4 en Olmos de Esgueva; 1 en Piña de Esgueva, y 1,1 en Villabáñez y Villavaquerín).

En metálico y especie, se pagaba en Villafuerte: 1,3 por sacristán, más 18 fanegas de trigo al año por maestro de primeras letras: Habida cuenta que con estos ingresos el poder adquisitivo del fiel de fechos era insignificante en relación con un simple jornalero que era considerado pobre y que ganaba de 2 a 2,5 Rs. diarios, se explica la vital necesidad de asociar a otras la actividad de fiel de fechos a fin de aspirar, sencillamente, a comer para poder sobrevivir.

A diferencia del fiel de fechos, la importancia socioeconómica del escribano era enorme, ya que se situaba por encima de la clase médica, la más relevante después de él en el medio rural.

Por otra parte, normalmente el escribano atendía a más de una especialidad y así, por ejemplo, en Portillo un escribano del Número que además era del Ayuntamiento, cobraba al año 350 ducados, es decir, 3.850 Rs., que diariamente suponían 10,5 reales.

Es en Tudela de Duero, sin embargo, donde se produce de forma manifiesta cuanto se acaba de señalar. En esta Villa había tres escribanos

Uno de ellos lo era del Número y Ayuntamiento con ingresos anuales de 500 ducados; (Real con 200, y Apostólico con 100 por lo que totalizaba 800 ducados, es decir, 24,1 reales diarios.

Otro lo era del Número con 770 ducados, Real con 220 y Millones con 110. En total 1.100 Rs. al año, o sea, 33,15 Rs. diarios.

Un tercero, en fin, era del Número con 1.100 Rs. anuales, del Ayuntamiento con 400 Rs., de Alcabalas con 200 y Apostólico con 100, por lo que anualmente cobraba 1.800 Rs., es decir , 54,24 Rs./día.

Por todo cuanto antecede queda establecida la importancia de cada pueblo al menos en función de la profesión de escribano, desde luego muy apetecida; tanto, que ya en el siglo XVI en Valladolid esta profesión era objeto de transación entre la viuda del escribano que había fallecido y el comprador que aspiraba a ocupar el puesto del finado.

Vamos a terminar ya, analizando muy someramente la

ENSEÑANZA

En el siglo XVIII la enseñanza en el medio rural era muy deficiente. A ello contribuía por una parte la preparación cultural y pedagógica del maestro y por otra su retribución, que le llevaba a situaciones límite dando patente a la frase hasta no hace mucho tiempo empleada, de "pasas más hambre que un maestro de escuela".

En una sociedad rural en la que el analfabetismo era superior al 80 % , el bagaje cultural del maestro no tenía que ser necesariamente alto, ya que esencialmente se trataba de alfabetizar al mayor número posible de habitantes durante su niñez. Por ello el nivel de enseñanza no pasaba de ser elemental, ciñéndose en la práctica a enseñar a leer, escribir, los rudimentos matemáticos y algunos ligeros conocimientos de gramática que, por otra parte, pronto pasaban al olvido, siendo muy pocos los que llegados a adultos sabían firmar con una caligrafía, más que rudimentaria, realmente tosca.

Por otra parte, no se esperaba a la adolescencia ni aun a la pubertad para en muchísimos casos incorporarse al trabajo. No era raro el niño que a los 9 ó 10 años se ocupaba en trabajos apropiados a su edad en las labores del campo; el aporte de algunos maravedís a la economía familiar era muy apetecido en los más bajos estamentos sociales en los que el cabeza de familia, jornalero en el mejor de los casos, tenía un ingreso de 2 ó 2,5 reales por día trabajado y varias bocas que alimentar .

De otro lado la economía del maestro no era mejor por lo que, si en algunos casos el ejercicio de su profesión era exclusivo, de modo generalizado tenía que compartir sus actividades docentes con otras extraprofesionales.

En el primer caso, cuando el maestro se dedicaba exclusivamente a la enseñanza en el medio rural, podía gozar de una posición económica semejante a la de un jornalero (2,10 reales en Valoria la Buena, 2,5 en Portillo, excepcionalmente 3 Rs. en Traspinedo donde, por ello, se situaba por encima de un oficial de albañilería aunque por debajo de un maestro de este oficio, que cobraba 4 Rs.

En el segundo caso, como ya se ha visto anteriormente al hablar del escribano y del fiel de fechos, el ejercicio del magisterio iba asociado al de fiel de fechos y a veces también al de sacristán o al de agrimensor .

Por todo ello el maestro se veía impelido imperiosamente a aceptar este "modus vivendi" ya que sus ingresos diarios como enseñante eran de 0,2 a 0,8 Rs. según la Villa o lugar, cantidad a todas luces insuficiente, no solo para sostener un nivel social digno, sino para hacer frente a los gastos más perentorios, como son la comida y el vestido. De aquí que este salario de hambre, asociado a otras actividades con ingresos también bajísimos, permitieran al maestro obtener un total que oscilaba entre los 1,05 Rs. en Amusquillo, 1,19 en Aldeamayor de San Martín -que no le sacaba de la extrema pobreza- a los 2,32 en Villavaquerín, los 2,41 de La Pedraja o los 2,54 de San Martín de Valvení, que les permitía vivir con menos indigencia.

En una época en que la asistencia a la escuela no era obligatoria y que a la cultura no se le daba importancia alguna en la sociedad rural, parece lógico pensar que si al alto porcentaje de analfabetismo se unían las más que precarias condiciones de vida del maestro, la enseñanza forzosamente tuviera que resentirse y, por tanto, el nivel cultural del pueblo tocar cotas ínfimas.

De todas formas este desdichado ser que, aun viviendo en general como un menesteroso tenía de algún modo cultivado el espíritu con un caudal mayor o menor de conocimientos, se sentía humillado aunque a esta situación estuviera desde un principio acostumbrado. Por esto, cuando de entre sus alumnos alguno destacaba en el saber y con el tiempo le veía hecho todo un Bachiller, sentía la compensación de tantas incomprensiones y tanto desprecio. Acaso el futuro Bachiller -o quién sabe si Licenciado- era solamente uno, solamente uno a lo largo de su dilatada y penosa vida profesional. Pero le bastaba...le bastaba: él era su orgullo.

También -¡con qué poca cosa se contentaba!-, sentía una gran alegría cuando al llevar a los párvulos de su escuela a la Misa mayor del domingo recibía los plácemes del cura párroco por el buen orden y disciplina de los escolares, llegando al colmo de la felicidad cuando de quien recibía los halagos era nada menos que del Vicario del Obispado con motivo de la Visita Pastoral...y no digamos si la enhorabuena procedía del mismo Sr. Obispo.

Pobre, paupérrima recompensa para tanto sacrificio, tanta humillación, tanto desprestigio sufrido en silencio y tanta...¡a veces tanta hambre!

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BIBLIOGRAFIA

España dividida en Provincia e Intendencias..." T. I. Imprenta Real. 1789.

MARTINEZ DIEZ, Gonzalo.- "Libro Becerro de las Behetrías" T. I. León. 1981.

A.G.S.- Catastro de La Ensenada.

A.D.V.- Libros de Visita.

BENNASSAR, Bartolomé.- "Valladolid en el Siglo de Oro".

Fundación Municipal de Cultura-Ayuntamiento de Valladolid. 1983.