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La Literatura de cordel como proceso:
Su invención y difusión en nuestro siglo

DIAZ VIANA, Luis

Publicado en el año 1988 en la Revista de Folklore número 85.

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Por el tiempo en que Antonio Machado escribía La Tierra de Alvargonzález, un ciego coplero cantaba por la provincia de Soria un romance sobre cierto crimen sucedido en el pueblo de Duruelo. Un romance que las gentes repiten hoy oralmente, pues con el tiempo se ha convertido en parte de su historia y de su cultura.

Machado, en la introducción a su poema, hace mención de aquel crimen, que acababa de ocurrir, y con menos fidelidad que el anónimo poeta del romance, repite lo que en aquel momento se decía del hecho. Como en tantas otras ocasiones, dos vertientes distintas de creación literaria coincidían en circunstancias y tema.

Machado señala en su Alvargonzález, como fuente apócrifa de la historia que el campesino le relata, a aquellos papeles que los ciegos vendían y cantaban por "tierras de Berlanga". Queremos pensar que el poeta de Sevilla reconoció como compañeros suyos a esos despreciados juglares que, más de una vez, encontraría, bajo soles o aguaceros, en su recorrido solitario por el paisaje, único, de Soria.

1. Vías de transmisión de la Literatura de Cordel.

Un fiel observador de la realidad española, José Gutiérrez Solana, escribió sobre la actividad de los copleros: "En España se explota mucho el romance callejero: no hay pueblo ni aldea que en día de romería no se canten las coplas de un crimen, las hazañas de un bandido, la vida y muerte de un torero y hasta las calamidades públicas, las inundaciones, el hambre, guerras, terremotos y pestes. El romancero empieza por invocar a los ciegos o a un Cristo milagroso para que les sea testigo y les dé fuerza en esta empresa de relatar lo ocurrido. El estandarte en que aparecen pintadas estas escenas se encarga de completar la ilusión".

Explicando los dibujos o pinturas del cartelón y vendiendo luego en pliegos de colores la historia que con anterioridad habían cantado, los ciegos -que, a veces, se fingían tales sin serlo verdaderamente- llevaban y traían información de unos lugares a otros. Soria, con sus abundantes crímenes en las primeras décadas de siglo, proporcionaba material de inspiración para coplas truculentas. Aquellos relatos espeluznantes y sangrientos de homicidas campesinos que impresionaran a Antonio Machado pronto se convertían en verso gracias a los copleros que recorrían pueblos y romerías. A juzgar por la huella que, aún hoy, podemos encontrar de aquellas narraciones, los ciegos romancistas de las tierras sorianas debían ser gentes muy activas. Junto a los romances que alcanzaron popularidad en amplias zonas he recopilado en Soria varios que glosan crímenes o robos acaecidos allí mismo.

Pienso que en esta provincia esa nueva "juglaría", decrépita y disminuida, constituida por los copleros vagabundos, tuvo gran importancia y de ahí su rastro, nada despreciable, en la tradición oral. Debo repetir que la influencia de los ciegos no arrasó la vertiente tradicional de tipo familiar, no hizo desaparecer los viejos temas -cantados, a menudo, en arcaicas versiones-, sino que vino a incorporarse al cauce de ese saber sin ruptura ni trauma alguno.

Tanto folkloristas como antropólogos han trabajado sobre una cultura tradicional campesina considerando a las comunidades rurales como estructuras sociales completas en sí mismas, aisladas del mundo exterior. Robert Redfield, en su obra ya clásica sobre Peasant Society and Culture, hacía notar cómo tales comunidades han estado, en realidad, secularmente relacionadas con los pueblos más próximos y la ciudad o ciudades dominantes en ese área (1). Esta doble relación adopta, en pueblos como los de Castilla la Vieja sobre los que centraré mi exposición, modalidades no siempre bien tenidas en cuenta. Así, y de un lado, la prevención e incluso odio tradicional hacia el pueblo más cercano que impide una relación normal y continuada con sus habitantes. Esta característica, por supuesto no exclusiva de nuestra tierra, pero que sí se manifiesta en ella con una serie de normas y tradiciones específicas, ha sido puesta de manifiesto repetidamente por los estudiosos de la cultura española. De otro lado, puede observarse que la relación de pueblos o aldeas entre sí es, en algunos casos, mucho menos importante que la de esas comunidades con el núcleo urbano de mayor relevancia en la zona.

La llamada Literatura de Cordel, muy difundida en el medio rural, pero también en las ciudades de cuyas imprentas irradiaba, aparece como un fenómeno en el que, a menudo, se entremezclan y confunden lo oral y lo escrito, lo culto" -o "semiculto"- y lo "popular". Como señala Julio Caro Baroja, "no se ha hecho un estudio claro y sintético respecto a la relación de la tradición oral con esta literatura, pero es evidente que se han interferido más de una vez" (2). Sin embargo, las clasificaciones eruditas han tendido, en gran parte, a evitar el problema de esa mutua interferencia mediante una división, tan tajante como artificiosa, de lo que es "tradicional" y de lo que es "vulgar" (3).

Hoy encontramos en provincias como Soria el eco de romances de ciego de principios de siglo en lo que podríamos considerar la tradición oral de ahora mismo, y así una misma informante nos canta, con idéntica tonada, relatos de crímenes recientes y el romance de "Blancaflor y Filomena" (4). Parece como si esa influencia real de la literatura de cordel hubiera sido sistemáticamente ignorada en las recopilaciones y estudios sobre tradición oral, bien porque se pensara que tales composiciones no tenían valor estético, bien porque se temiera que podían enturbiar los supuestos que nos presentan a una literatura de tradición oral pura, a salvo de toda influencia escrita.

Creemos que la existencia de esas interferencias a las que Caro Baroja aludía y que hemos podido comprobar, no atenta contra la realidad de una corriente de tradición oral dentro de la cual se han transmitido, con fidelidad, los tipos de versión más antiguos de un determinado tema. Por el contrario, pensamos que el fenómeno de la Literatura de Cordel y, en concreto, de los romances de ciego, debe ser estudiado en su calidad de literatura "performancial" según la denomina María Cruz García de Enterría, siguiendo a Zumthor, y que de ese análisis se derivarían interesantes descubrimientos para el campo de la tradición oral y de la cultura popular en general (5).

La afirmación de Joaquín Marco de que "el pliego se dirige a la lectura más que a la recitación", que puede ser cierta para parte de esta literatura, escamotea en cierto modo lo que para los romances de ciego resulta enormemente claro: la importancia de una audiencia con la que se cuenta del principio al fin del poema y que obliga al autor a repetir los recursos que ese público está esperando y que van a facilitar la venta del producto. Por eso, y por más razones, Marco incurre varias veces en contradicción cuando, tras declarar que "los valores de la literatura de cordel no pueden ser aquilatados con los mismos instrumentos" que las otras obras literarias, aplica criterios de valoración nada en consonancia con el fin que se propone aquella literatura y se lamenta de su falta de imaginación y originalidad (6).

María Cruz García de Enterría, en un trabajo inédito que me ha cedido gentilmente, sistematiza, a partir de ideas que hemos discutido en más de una ocasión, lo que en su opinión, que suscribo por entero, constituía el proceso completo -o compleja vida- de un romance de ciego: Su producción por muy distintos tipos de autores; su transmisión, cantada, recitada o leída y, por lo común, encaminada a la venta del pliego; su recepción por oyentes o lectores, que, debo añadir, a menudo eran oyentes primero y lectores después, o incluso recitadores para aquellas personas que no podían leer los pliegos por sí mismas y, sin embargo, los compraban para que otros les leyeran las coplas que más les habían gustado. La conservación se llevaba a cabo mediante la repetición de esas lecturas, cuando se tenía y conservaba el pliego o, en otros casos, por memorización tras audiciones sucesivas, y así he recopilado en la provincia de Soria romances de ciego de los que hallé luego los pliegos que ayudaron a su difusión y otros de los que no me ha sido posible encontrar ejemplares. No quiero descartar del todo, por otro lado, la posibilidad de que los ciegos cantores llevaran en sus repertorios composiciones no impresas, y quizá sea ése el caso de algunas actualizaciones de romances tradicionales (7). La fase de conservación se apoyaba, frecuentemente, en la música, pues ésta favorece la memorización de cualquier poema. Ya en 1559 comenta el pícaro Guzmán de Alfarache sobre algún pliego que "halléme unas coplas viejas, que, a medio tono, como las iba leyendo, las iba cantando" (8).

La última fase del proceso, su repetición o difusión es, en realidad, una subfase del período de transmisión que llega hasta hoy y en el transcurso del cual se van produciendo variantes del mismo tema. El núcleo de todo ello está constituido por la fase que consideramos "performancial" al basarse en una performance, en una actuación cara al público. Creo que este carácter "performancial" ha condicionado todo el género, su estructura en partes, su introducción y despedida formulaicas, su técnica de suspense. En este sentido, no comparto el parecer de que los autores utilizaran los recursos y trucos del género, tan proclives a la desmesura y a un patetismo tragicómico, sin reflexión crítica alguna sobre la receta que explotaban. La existencia de parodias como la que he publicado en el Romancero Tradicional Soriano y cierto distanciamiento humorístico de otras composiciones parecen indicar que quizá tanto los emisores como los receptores de esta performance asumían, con más conciencia de lo que se ha creído, el juego de lo esperpéntico, antes que Valle-Inclán lo descubriera, precisamente en romances como éstos, participando con gusto en una cocina de emociones fuertes o teatro de lo espantoso (9). La complejidad entre el emisor y el receptor literario reviste muchas formas, y me atrevo a sospechar que, como en el cine de terror, la de los participantes en el fenómeno que tratamos se basaba en consentir, e incluso en esperar, una serie de trucos consabidos. Casi como el que se divierte oyendo el mismo chiste, sólo que al revés. Aquí lo divertido era repetir el esquema de la tragedia.

En España no se ha analizado el proceso de creación y transmisión de los romances de ciego que antes he expuesto. Hoy sí podemos decir que es demasiado tarde para hacerlo en todas sus fases, pero hasta hace bien poco tiempo no lo fue y nadie lo hizo. ¿Por qué? Porque de acuerdo con los criterios de una intelectualidad encerrada en sí misma, salvo en magníficas excepciones, cuya rigidez ha impedido un desarrollo integrador de nuestras formas de cultura, se ha despreciado a la Literatura de Cordel, y aunque aceptada -más o menos- como vulgar curiosidad, jamás se consideró digna de entrar en los salones de la Cultura (con mayúsculas). Siempre me impresionó la anécdota, contenida en el magnífico libro de Ramón Menéndez Pidal sobre Poesía juglaresca y juglares (10), en donde el gran estudioso de nuestro romancero nos cuenta su encuentro, a principios de siglo, por las calles de Madrid, con un cantor de coplas, sin duda, trotador incansable; cuando estamos esperando que el autor nos cuente lo que habló con él y lo mucho que le preguntó sobre los temas del oficio juglaresco que en ese momento le preocupaban, nos encontramos con que, a lo que parece, lo único que Menéndez Pidal hizo fue quererle comprar la zanfona, a lo que el cantor se negó por ser aquélla su "herramienta de trabajo" para ganar el pan.

Otro aspecto interesante es la imprecisión con que los pocos autores que se han referido a la Literatura de Cordel más reciente, hablan del momento en que la figura del ciego, por una parte, y la venta de pliegos, por otra, desaparecen en nuestro país. He podido comprobar la existencia de pliegos en los años sesenta gracias a los materiales cedidos a Joaquín Díaz por un impresor que hasta hace tan sólo unos años sobrevivió publicando piezas tan variopintas como "Aleluyas", letras de canciones de películas de Estrellita Castro y otras estrellas, poemas de Campoamor y técnicas baratas para triunfar en la conquista amorosa como los "Consejos y revelación de secretos del Gran Corán para los caballeros y señoritas que deseen vencer en el amor" por el Fakir Indius (11). Este pintoresco catálogo no es, en su variedad, muy diferente del que ofrecen en Brasil los autores impresores de "folhettos", tal como Candace Slate1 ha constatado en su documentada obra sobre el tema (12). Se ha tendido a pensar que desde hacía tiempo (nunca se precisaba cuánto) no había Literatura de Cordel en España y que, al ser fenómeno de otra época, no resultaba posible compararlo con manifestaciones semejantes como la Literatura de Cordel brasileña, aún viva en todas las fases del proceso que antes comentábamos.

2. Prensa, pliegos y copleros en tierras de Soria.

En la provincia de Soria hubo, según se ha señalado ya, una importante producción de romances de ciego sobre crímenes locales que, puede suponerse, no debió de ser del todo ajena a la presencia de tales temas en la obra de Machado, en distintas referencias y de diversas formas (13). Las últimas composiciones de este tipo sobre las que tengo noticia, como el romance paródico del inexistente "Crimen de Carbonera" o el pliego del "Crimen de Ribarroya" (14), traspasan los años cuarenta y llegan hasta hoy en la memoria de personas aún jóvenes (15).

El "Crimen de Valdenarros", contenido en la última parte del libro, comienza con una invocación -en este caso, a la Virgen del Carmen- y con el no menos usual rebato a la población. Las dos versiones que transcribo están incompletas, según me declaran las propias informantes. Las recogí en localidades más o menos cercanas al lugar de los hechos. La informante de Valdealbillo era nacida, además, en Valdenarros y decía haber presenciado de niña los sucesos que el romance narra. Desmintió algunos detalles: el criminal -en su versión- pasó el puente tranquilamente, escoltado por los guardias, pero no "atado de pies y manos"; ello sería una hipérbole romancística. No olvidemos, de otra parte, que el asesino del relato, en aquel momento. sólo era "presunto autor", "sospechoso" señalado por el pueblo. Según contó también la informante, quedó en libertad unos años después.

A propósito del romance y de la persona a quien el texto culpa del homicidio, me contaron que hallándose el detenido preso en la cárcel de Burgo de Osma, niños y niñas le cantaban las coplas desde la calle. Como en muchas composiciones del género, el romancista enfatiza los aspectos más truculentos, aquellos que más provocarían la ira del auditorio: las siete puñaladas -detalladas una a una- y la respuesta irritante del criminal:

-Como si picara berzas/he hecho lo que quería...

El romance parece compuesto antes del juicio y por eso, aunque se menciona a los guardias civiles, no se habla del juez ni de la sentencia. Ignoro si hay versiones en las que la narración continúa mencionando tales puntos. Lo cierto es que en las que poseo hasta el momento, todo lo que se cuenta tiene el estilo de un "reportaje" rápido, de una "noticia de actualidad" que después ha superado los estrechos límites del tiempo en que se compuso y se dio a conocer.

Nuestra historia sobre un asesinato cometido en el "día de carnaval" -fecha maldita para muchos por ser propicia a desmanes y fechorías- acaba con las voces del pueblo exigiendo justicia o quizá venganza. El anónimo autor de los versos se une a esa instigación a la violencia:

Y todo el mundo decía: / -Que tiren a ese malvado.

La prensa del 1916, año del suceso, nos habla de este crimen, considerado como "pasional" o "de amor" por varios gacetistas. El "Noticiero de Soria" titula así su información sobre el hecho: "Vil asesinato e intento de suicidio en Valdenarros" (16-III-1916). El "Avisador Numantino" consigna que Gregoria Vallejo Gregorio, de 18 años, fue asesinada por Saturnino Manrique Delgado de la misma edad (XXXVIII, nº 3570, I-III, 1916). Este, ex-novio de la víctima, intentó suicidarse después del homicidio, según nos cuentan las crónicas periodísticas.

En el transcurso de una encuesta romancística por la "Tierra de Pinares" soriana recogí una versión sobre el "Crimen de Duruelo" que me pasaron por escrito gentes del propio pueblo y otra que me recitaron en el cercano pueblo de Covaleda y parece continuar el relato de la primera. El fragmento de Duruelo mantiene la misma rima asonante, lo que no es muy común en los poemas del género, mientras que el fragmento segundo ofrece un cambio de rima, de (ó) en los primeros versos a (o-o) en los últimos.

No he encontrado pliego de este romance entre los ejemplares que obtuve de la Imprenta y Librería del Sobrino de V. Tejero de la ciudad de Soria, editora de otras composiciones que sí he recopilado de mis informantes sorianos como la "Lastimosa Relación del naufragio del buque Aurora" o "Los dos millones de motivos que hay para no casarse". La misma imprenta publicó un buen número de romances de crímenes, algunos de casos ocurridos en la provincia, y otros de sucesos que tuvieron lugar en Valencia. Huelva o Albacete (16). Junto a ellos, Novenas, Salves y Nuevas Relaciones críticas como aquella "de lo que ocurre en la nación española"; al final de dicha Relación que, con su deseo de que "un hombre formal/ arregle pronto la España." parece abogar por el golpismo, leemos el siguiente dato de interés:

Soy un pobre ciego,
como podéis ver,
y sin caridad
no puedo comer.
Un amigo mío
todo esto escribió
para que yo coma
me lo regaló (17).

Dice Candace Slater, a propósito de la Poesía de Cordel brasileña, que poeta, impresor y cantor pueden ser la misma persona y se dan ejemplos de ello- o personas distintas, siendo esto más frecuente (18). Está claro que, en el caso español, como en el brasileño, no todos los vendedores-cantores eran poetas, lo que no impide que muchos lo fueran.

Entre los pliegos de la imprenta soriana antes mencionada, figura uno de indudable interés que no es romance, ni siquiera un poema, pero que, con el título de "Horrible Fratricidio" da noticia del crimen cometido en el pueblo de Cerbón, provincia de Soria. Lo que en él se contiene es, en realidad, un extracto del periódico local "El Avisador Numantino", lo que parece confirmar la tesis de que, con frecuencia, los romances de ciego eran noticias versificadas que los autores del género extraían directamente de la prensa (19). Sabemos que, siglos antes, fue costumbre, documentada ya en el XVI, que los ciegos tuvieran el privilegio de recibir las confesiones hechas a la Justicia por los criminales condenados a pena de muerte de modo que las versificaran, imprimieran y vocearan para escarmiento de todos (20).

Del cantor, no diremos de momento si autor, tengo la información que me fue comunicada por mi "informante" de Covaleda, quien, según sus palabras, aprendió el romance de oírselo a un ciego coplero que iba acompañado de una chica joven y morena, quizá su hija, y recorría los pueblos de la zona vendiendo pliegos (21). Se ayudaba para el acompañamiento musical de un instrumento que la informante no explicó con claridad, pero que podría ser una zanfona. La descripción coincide con la de otros informantes en torno a un ciego que iba cantando relatos de la Guerra de Africa por los mismos años en Almajano (22).

Estos ciegos debían seguir rutas más o menos fijas, año a año, y que, de acuerdo con los datos que he reunido en Soria, coincidirían con las fiestas y ferias de los pueblos. Parece lógico que estos "especialistas en la venta de palabras", como les llama Caro Baroja (23), siguieran la senda de los feriantes y se confundieran con ellos y, en efecto, lo mismo hacen los vendedores de "folhetos" en Brasil hoy en día, que venden en las ferias pliegos y otros productos, de ungüentos o juguetes y demás piezas de artesanía, turnándose para interpretar, a veces acompañados de un rústico violín, relatos muy variados (24).

Ha escrito Julio Caro Baroja a propósito de la tradición oral que "ya no es, en un determinado momento, la anciana mujer metida en su hogar la transmisora principal -yo diría mejor "única"- de estos géneros. Hemos de topar, ahora, de modo inexorable, con otros tipos de literatos populares y es el primero el cantor ciego..." (25). Como hemos visto, en Covaleda, Duruelo, y en tantos otros lugares de Soria, Palencia y Valladolid en donde he realizado mis recopilaciones, nuestros "informantes" reconocen su deuda con ellos pero todavía se insiste en el cliché de una tradición oral que sólo se nutría del legado de padres y abuelos y que nada debería a estos pobres juglares a quienes se les ha negado, incluso, el derecho a ser considerados como tales.

A pesar de ello, no creo que ningún crítico objetivo pueda negar el valor poético de aquellos versos últimos del romance del "Fusilamiento de García y Galán" y otros ejemplos parecidos (26). No neguemos, por lo menos, los valores de un fenómeno tan complejo, antes de haberlo estudiado con cierto detenimiento y conocerlo mejor.

3. Así nació un romance de ciego: "El crimen de Duruelo".

Pasemos, ahora, a ver cómo pudo gestarse el romance del "Crimen de Duruelo" y a contrastar el contenido de la composición con otras fuentes. El hecho ocurrió el día 18 de julio de 1910, lunes por más señas. El cuerpo de la víctima no apareció hasta el 19. Fue detenido como sospechoso Juan José Jiménez, que no "Rodríguez" como decía la "informante" de Covaleda, de 21 años y vecino de Sotillo del Rincón. Jiménez, de familia acomodada dedicada a la trata de ganado, se vio sobre todo acusado por las declaraciones, algo contradictorias, de la niña Ana de Miguel, de 9 años entonces y sobrina de la víctima, que la acompañaba cuando ésta desapareció. Gregoria tenía 23 años -y no 22- cuando fue asesinada.

La prensa de la capital, representada por "La Verdad" y "El Avisador Numantino", respectivamente, mantuvieron larga y acalorada polémica en torno al suceso, influyendo no poco la primera de estas publicaciones en que los ánimos de las gentes y, en especial, de los vecinos de Duruelo, se exaltaran contra Juan José Jiménez y le dieran por culpable antes de que el juicio se celebrara. El "Avisador Numantino", por el contrario, se caracterizó por una mayor objetividad, respondiendo con datos ciertos al peligroso sensacionalismo de "La Verdad".

Yo no sabía en el momento de la encuesta que una de mis entrevistadas en Duruelo era la sobrina de la víctima que tanta importancia había tenido en el desarrollo de los hechos tras el crimen. Dijo ser sobrina de Gregoria y me habló de la gran belleza de ésta. No quiso comunicarme el romance, que me fue escrito por parientes de ella, e insistió en lo que debía haber sido lema de su vida: La culpabilidad de aquel joven rico de otro pueblo a quien la justicia había puesto, luego, en libertad (27).

El acusado no fue juzgado hasta los días 12 y 13 de octubre de 1911. Siempre se había declarado inocente y, finalmente, fue exculpado por completo. Además de su encierro había tenido que soportar escenas de violencia y humillación, como cuando se le llevó al lugar del crimen y padeció las ofensas e intentos de agresión de los enfurecidos vecinos de Duruelo. En un interesantísimo libro que he podido consultar sobre el crimen de Duruelo que firma "Un amante de la Justicia" constan las pesquisas de los jueces, las declaraciones de acusado y acusadores, la autopsia y muchos otros datos sobre el caso. De tan abundante documentación se desprende, además de la inocencia del acusado, una especie de acuerdo por parte de los de Duruelo en culpar a cualquiera que no fuera del pueblo. ¿Fue para encubrir posibles sospechosos como el novio de la víctima? Hacia ahí parece señalar el autor del libro que comento. Lo cierto es que el pueblo proyectó todas sus sospechas contra Juan José cerrándose en bloque ante la probabilidad de que uno de sus hijos fuera acusado (28) .

Del desarrollo de declaraciones e hipótesis se deduce que Gregoria podía haber estado citada con alguien (que no era su novio) y que antes o después de la cita fue atacada por una o varias personas. Su asesino -o asesinos la violaron varias veces antes de darle muerte (Véase Apéndice con Autopsia).

El Romance debió surgir en ese clima de opiniones encontradas sobre el inculpado y por eso el autor aconseja que cesen las murmuraciones y el temor a declarar que el pueblo de Duruelo parecía imponerse a sí mismo. Todo está muy bien contado en pocas palabras, así que ha de concederse al autor cierta eficacia narrativa, si no brillantez estética. Sigue una estructura muy repetida en este género. Tras la llamada de atención formulaica al público, pasa a hablar de lo sucedido por este orden:

1. El Caso: En la provincia...

2. La víctima: Gregoria de Miguel...

3. El momento del crimen (que aquí el autor imagina a partir de los datos que se conocen del mismo sin atreverse a reproducir la escena, como si estuviera contemplando): ¡Qué tormentos pasaría!...

4. El criminal: ¡Qué criminal!...

5. Reflexión moral: En esta ocasión, sobre las habladurías, ya que el caso no estaba resuelto. No podemos saber, de otro lado, si el poema continuaba.

Repetidamente, el autor explota un mismo esquema: Contrastar la evocación con la información concreta. El ejemplo más claro de esta técnica es cuando exclama ¡Qué criminal...! y, casi a modo de respuesta, precisa: Juan José (Jiménez) dicen...

Todo lo que se afirma en el romance es cierto. Los pasajes que hacen referencia a las veinte puñaladas o a la doble violación no son exageraciones, aunque parezcan coincidir con hipérboles muy repetidas. Según la autopsia, la víctima presentaba 19 heridas (una menos de las que dice el romance); algunas de ellas y las erosiones del antebrazo y muñeca probaban que hubo forcejeo y lucha; "¡Cuánto la pobre estaría/peleando por su honor!". La doble violación no es invención tampoco; según los médicos que hicieron la autopsia parece que fueron más de dos las penetraciones y ello les movió a pensar que hubo varios hombres atacando a Gregoria.

La referencia a la "tía Pichona" y el hecho de que se le dé este nombre parece indicar que el autor, aunque pudiera tomar datos para su composición de los periódicos, estuvo, también, en contacto con las gentes del pueblo, pues conocía el mote de una de sus vecinas. La alusión al "temor y recelo" que podían influir en la "tía Pichona" quizá apunta a la conjuración de silencio entre los de Duruelo e indica que el coplero conocía, de algún modo, lo que allí pasaba. Aunque es difícil, sin más información, asegurar que el cantor fue el autor también en este caso, sí que trasluce el poema un conocimiento nada superficial de los hechos. No es ésta la versificación maquinal de una noticia sangrienta. Hay en estos fragmentos mucho de poesía oral en un sentido profundo por cómo se resume en ellos un sentir colectivo de miedo e incertidumbre; por la manera en que el autor se dirige a gentes que parece conocer; por la síntesis apurada del suceso.

En Duruelo, este romance que me entregaron casi a escondidas es aún algo maldito por el hecho que relata. Quizá el olvido de la segunda parte no se deba a la mala memoria. En él, como en tantos otros ejemplos semejantes, podemos aprender mucho sobre la creación y evolución de temas que ahora se transmiten oralmente y sobre las claves inventoras de la postrera juglaría que los produjo. Aunque muchos tilden a esa juglaría de perniciosa y despreciable. ¡Cuántos juglares remotos no serían mirados de igual modo por los "cultos" del momento!

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(1) ROBERT REDFIELD, The Little Community and Peasant Society and Culture (Ghicago: The University of Chicago Press, 1960), pp. 23-27.

(2) JULIO CARO BAROJA, Ensayos sobre la cultura popular española (Madrid: Dosbe, 1971), p. 48.

(3) JULIO CARO BAROJA ha sido de los pocos estudiosos que han hablado de la "forma literaria popular" en términos que superan esa artificiosiclad: " ...puede ser, contra lo que se cree, estrictamente oral, transmitida de boca en boca, o escrita en parte" (op. cit., p. 45).

(4) Véanse los textos del "Crimen de Burgos" y "Blancaflor y Filomena", así como de otros romances de ciego citados en este trabajo en la recopilación del Romancero Tradicional Soriano (Soria: Excma. Diputación Provincial, 1983), Vol. II. Allí pueden encontrarse, también, los datos sobre la informante de ambas versiones.

(5) Hago referencia, aquí, a un trabajo, aún inédito, de Mª CRUZ GARCIA DE ENTERRIA sobre "Literatura tradicional y subliteratura: romancero oral y romancero de pliego". A ese trabajo, producto de la participación de la autora en un Curso sobre Cultura tradicional y popular celebrado en la universidad de Valladolid en abril de 1984 y durante el cual tuve ocasión de colaborar con ella, voy a referirme, repetidamente, a lo largo del presente capítulo. Sobre el carácter "performancial" que atribuimos a ciertas producciones de la Literatura de Cordel véanse los trabajos de PAUL ZUMTHOR, Introduction à la poésie orale (Paris: Seuil 1983) y La poésie et la voix dans la civilisation médiévale (Paris: Presses Universitaires de France, 1984).

(6) JOAQUIN MARCO, Literatura popular en España en los XVIII y XIX (Una aproximación a los pliegos de cordel). 2 Vols. (Madrid: Taurus, 1972), pp. 39-49.

(7) Es este un aspecto muy poco tratado del que me ocupo en otro lugar de esta obra y en mi artículo "El proceso de reactualización en las versiones sorianas de un romance tradicional", Celtiberia, n." 66 (julio-diciembre, 1983).

(8) MATEO ALEMAN. Vida y hechos del pícaro Guzmán de Alfarache (Edición de Amberes: Viuda de H. Verdussen, 1736) , Parte I. Libro II, Capitulo IV, p. 136. Prosigue el texto: "Bolvió mi dueño la cabeza, y sonriéndose, dixo : Vulgate la maldición, maltrapillo, y leer sabes? Respondile, y muy mejor escribir".

(9) Publiqué, por primera vez, una versión de la interesante "Parodia de un romance de ciego" en el Romancero Tradicional Soriano, ya citado, dentro del Vol. II, n.º 48, p. 117. Remito al lector a los comentarios allí contenidos sobre esta creación, y su sentido de verdadero recetario poético del género. La auto-sátira que tal composición comporta confirma la "capacidad humorística" de este tipo de literatura, tan patente para mí como raramente comprendida. Citaré, como excepción, los comentarios de ENRIQUE RODRIGUEZ CEPEDA, quien sí supo captar ese gusto a reirse "de tanto milagro y de deformes aventuras de enamorados sin sentido". Véase su edición del Romancero Impreso en Cataluña (Madrid: Ed. J. Porrúa, 1984), p. 34.

(10) RAMON MENENDEZ PIDAL, Poesía juglaresca y juglares (Madrid: Instituto de Estudios Políticos, 1957).

(11) Papel de la Imprenta de M. R. Llano. Rodas, 26. Madrid. Sin año. Precio: 0,30 cts.

(12) CANDACE SLATER, Stories on a String. The Brazilian Literatura de Cordel (Berkeley and Los Angeles: University of California Press, 1982), pp. 2-22.

(13) En La tierra de Alvargonzález, por ejemplo, ANTONIO MACHADO se refiere al crimen de Duruelo con inexactitudes que en este trabajo podremos comprobar: "En los pinares de Duruelo, una joven vaquera había aparecido cosida a puñaladas y violada después de muerta. El campesino acusaba a un rico ganadero de Valdeavellano, preso por los indicios en la cárcel de Soria, como autor indudable de tan bárbara fechoría, y desconfiaba de la justicia porque la víctima era pobre. En las pequeñas ciudades las gentes se apasionan del juego y la política como en las grandes del arte y de la pornografía -ocios de mercaderos-, pero en los campos sólo interesan las labores que reclaman la tierra y los crímenes de los hombres". Cif., Poesías completas (Madrid:, Espasa Calpe, 1969), pp. 98-99. Más adelante, dice el campesino en cuyos labios pondrá el poeta la versión en prosa de la historia de Alvargonzález a propósito de la misma : "Siendo niño, oí cantar a un pastor la historia de Alvargonzález, y sé que anda inscrita en papeles y que los ciegos la cantan ,por tierras de Berlanga". Op. cit., p. 100.

(14) Incluyo ambas composiciones en un libro que publicaré próximamente. La segunda de ellas, fechada en 1953, sólo superficialmente sigue los tópicos y recursos del género