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LA FIESTA DEL MAYO EN HUERTAHERNANDO

PEREZ CARDENAL, Déborah y SANZ YAGÜE, Pablo

Publicado en el año 1988 en la Revista de Folklore número 86.

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Huertahernando, o La Huerta, que dicen por allí, es un pueblo pequeño castellano de la provincia de Guadalajara. Está en los primeros relieves que se encuentran de la Cordillera Ibérica saliendo de La Alcarria por el valle del Tajo, aguas arriba del río.

Por sus paisajes, economía y forma de vida se parece más a los demás pueblos de la rama castellana de la susodicha cordillera que a los de La Alcarria contigua. Su situación elevada, a más de 1.100 metros de altitud, con unos inviernos más fríos y largos que en los páramos vecinos, y su terreno calcáreo muy pedregoso y áspero, condicionaron que fuese la ganadería de cabras y ovejas, mucho más que la agricultura, la base tradicional de su sustento. En las primeras décadas del presente siglo se contaban en su término varios millares de cabezas de ganado, hasta quince -dicen- en los mejores años. Hoy no llegan a las quinientas, y el pueblo ha sufrido una despoblación feroz.

Hecha esta breve introducción para situarnos, entramos ahora en el asunto que nos interesa.

La fiesta del Mayo, por lo que hemos oído, era la más principal de cuantas se celebraban en el pueblo, después de la de San Miguel, que es su santo Patrón. Para que la terminología no resulte confusa, queremos aclarar que se denominan igual algunos elementos diferentes de la fiesta. Así, la fiesta se llama "del Mayo", o simplemente "el Mayo". "El mayo" es también el árbol que se planta en la plaza. Los mozos y mozas que participan en la fiesta son "los mayos" y "las mayas". y , por último, también se llaman "los mayos" a unos cantares especiales que se usaban para la ocasión, y "echar el mayo" a cantar cierta copla determinada. Tomando esto en cuenta, será más sencillo advertir en cada caso a cuál de esos elementos nos referimos.

El día 30 de abril, después de la cena, hacia la medianoche, se juntaban en la Casa del Concejo los mozos solteros (mozos eran desde los dieciséis años hasta que se casaban). Allí hacían la subasta de las mayas, que eran todas las niñas y mozas del pueblo de cualquier edad que estuviesen solteras.

El objeto de la subasta era sacar fondos para la fiesta y emparejar a cada mayo, cada mozo, con su maya. Se hacían papeletas con los nombres de todas las mayas, desde las niñas recién nacidas hasta las solteronas maduras, y se sacaban al azar una por una, ofreciendo cada mozo por la que más le convenía.

Las niñas no costaban mucho. Se pagaba por ellas una cantidad pequeña, simbólica más que nada, para darles la ilusión de tener un mayo, y sobre todo para al día siguiente recoger el regalo de sus madres.

La subasta se animaba cuando salían a ella mozas ya hechas, más apetecidas para cogerlas de pareja. Para obtener el mayor rendimiento posible, si se le conocía a algún mozo un interés especial por quedarse con una maya determinada, le subían las pujas para sacársela al mayor precio posible.

Con frecuencia ocurría, cuando salían los nombres de las mayas más codiciadas, las más agraciadas y hermosas, que varios mozos se picaban por la misma y subían las ofertas a cifras importantes (hasta treinta pesetas en casos excepcionales). En una época en que el dinero era escaso -los años cuarenta y cincuenta-, y más aún en estos pueblos pobres de la sierra, estas disputas les suponían a algunos serios trastornos económicos.

Se permitía tomar parte en la subasta a los mozos forasteros que se encontrasen en el pueblo con motivo de la fiesta; pero los naturales se compinchaban para hacerles pagar mucho por la maya que pretendían; tanto que a veces les hacía desistir .

Todas las mayas se subastaban, de manera que no quedase ninguna sin su mayo por más que la moza fuese fea, sosa o antipática. En cambio, sí podía ocurrir que un mozo no tuviese ninguna maya, si no quería o no podía pujar lo bastante por ninguna moza. También se daba el caso de que un mismo mayo tuviese varias mayas: una, su pareja, y la otra u otras eran niñas menores, hijas de amigos o parientes.

La subasta se hacía en secreto por los mozos, pero no faltaban mozas, las más impacientes y curiosas, que se escondían detrás de un ventanuco de la parte trasera de la Casa del Concejo para escuchar y enterarse de qué mozos pedían por ellas o por otras y a cómo se cotizaban.

Terminada la subasta, los mozos se dividían en dos cuadrillas. La más nutrida de ellas se encargaba de ir a buscar el mayo. Era ésta tarea dura ya veces penosa, pues había que caminar de noche por sitios malos buscando el pino adecuado, que tenía que ser alto, fuerte y derecho. Se cogía siempre un pino porque en esos lugares no hay otros árboles que abunden con las características requeridas. Los chopos que hay son muy pocos, y las encinas y sabinas no dan la talla En el término del pueblo había pinos altos y rectos, pero muy mal situados, en lugares de difícil acceso, por lo que generalmente se iban los mozos a montes vecinos a por el mayo. Especialmente apetecidos eran los pinares de las monjas del monasterio de Buenafuente del Sistal, que daban ejemplares hermosos y de muy buenas condiciones.

Una vez elegido el árbol, a golpe de hacha se talaba y limpiaba de ramas, salvo un penacho que se dejaba en la picota. A veces se partía la copa del pino al caer, y entonces se empalmaba con clavos. Luego, el mayo se subía a hombros hasta el pueblo. Esta era la labor más complicada, pues cargar por esos terrenos quebrados y difíciles con un armatoste semejante no era siempre posible, y además resultaba peligroso por el enorme peso que había que manejar. A menudo se tenía que desistir del primer intento y buscar otro pino más ligero y llevadero, pues aunque la cuadrilla era numerosa, de hasta cuarenta y más mozos en los buenos años, la carga era demasiado pesada. Para reforzar los bríos y quitarse algo de frío, que por estas altitudes es intenso todavía en esa época del año, los mozos se llevaban buenas botellas de anís y de aguardiente.

Estas tareas se llevaban a cabo con el mayor sigilo, para evitar ser descubiertos por los guardas del monte, a quienes los mozos temían. Por esta razón hubo años en que se talaba el mayo algunos días antes del treinta de abril, para pillar desprevenidos a los guardas, y se escondía cuidadosamente hasta el momento de pingarlo, mas esto no era lo normal. Además, aunque a veces los guardas se presentaban en el pueblo a ver qué era de los pinos que desaparecían, toleraban y consentían con la costumbre del mayo y nunca lo denunciaban.

Entretanto, la otra cuadrilla de mozos que había quedado en el pueblo cantaba los mayos. Esto se hacía ya bien entrada la noche, cuando la gente dormía, o aparentaba dormir, porque a muchas la emoción las mantenía despiertas.

Buscaban unos pocos sitios bien elegidos, de manera que todos los vecinos oyesen los mayos cantándolos sólo cuatro o cinco veces, o alguna más, según estuviesen de templadas las gargantas.

Un mozo, a veces dos o tres, los de mejores dotes, cantaban con voz clara y potente:

"Ya estamos a treinta
y en abril cumplido.
Alegraos, damas,
que Mayo ha venido."

Y todos los demás repetían a coro los dos últimos versos:

"Alegraos, damas,
que Mayo ha venido."

Mientras, el solista o los solistas retornaban aliento para volver con la segunda copla, a pleno pulmón:

"Ya ha venido Mayo,
bienvenido sea,
bendiciendo trigos,
cebadas y avenas."

Y el coro:

"Bendiciendo trigos,
cebadas y avenas."

Así continuaban con todo el cantar, y terminado éste se iban casa por casa diciendo a cada maya el nombre del mozo que le había correspondido por mayo:

"Si quieres saber, María,
el mayo que te ha caído, .
a Juan tiene por nombre
y Bravo por apellido."

A cantar esta copla se llamaba "echar el mayo". Los mozos que estaban fuera del pueblo buscando el pino, encargaban a alguno de los que se quedaban a cantar que echasen el mayo por ellos, y lo mismo hacían quienes estando presentes no se consideraban con salero o con ganas para cantarlo por sí mismos.

Para cantar los mozos llevaban acompañamiento de música. Antes de la guerra hubo en el pueblo una buena banda de guitarras, laúdes y bandurrias; pero la guerra la descompuso. Luego se hacía con violín y guitarras. Mientras recorrían las calles iban tocando ritmos de jotas, y al llegar a cada casa donde vivía una maya, le echaban el mayo debajo de su ventana.

Finalmente, una vez que se habían cantado los mayos por todo el pueblo y a cada maya se le había echado el suyo, quedaba pingar el mayo, cuando llegase con él la cuadrilla encargada de eso. Se plantaba en medio de la plaza, frente a la Casa del Concejo, antes de la alborada. A esas horas el personal estaba más contento de lo debido y la operación era peligrosa. Se armaban tijeras con maderos para ir levantando paulatinamente el mayo y encajar su base en el hoyo.

Siempre solía haber un casado o persona mayor dirigiendo las tareas y repartiendo las Órdenes precisas.

No hemos podido concretar cuánto tiempo permanecía pingado el mayo. Antiguamente no era mucho, unos días o semanas. Más recientemente algunos duraron muchos meses, pero la costumbre era tenerlo unos días y luego tirarlo, para venderlo y celebrar con el producto una merienda.

El día primero de mayo por la mañana, antes de ir a misa, los mozos se pasaban en cuadrilla por las casas de todas las mayas, de cualquier edad que fuesen, recogiendo regalos, que eran huevos para la merienda de por la tarde. Cada una aportaba según sus posibilidades, desde unos pocos hasta una o dos docenas. Nos figuramos que esto de recoger exclusivamente huevos tendrá algo que ver con el ritual de fertilidad que antiguamente representaba el mayo, porque luego muchos de los huevos se vendían o cambiaban por otras viandas para merendárselas.

Tras la misa venían los bailes. Las mayas tenían obligación de bailar con sus mayos siempre que éstos quisieran, y sólo con el consentimiento de él podía ella bailar con otra persona distinta, aunque fuese su novio. Sucedía a veces que el mayo que correspondía no era nada del agrado de la maya, pero ésta tenía que aguantarle, y como al fin y al cabo se trataba, de una fiesta, se intentaba pasar como mejor se pudiese. Sólo en contadas ocasiones fingía la maya sentirse enferma para no salir de casa en todo el día, o se iba al campo de pastora con el ganado a pesar de ser fiesta tan señalada. Pero éstas eran unas determinaciones extremas y crueles que producían muy mal efecto. Por lo general, la fiesta se hacía a contento de todos, y las mayas respetaban a quienes se habían interesado y pagado por ellas. De aquí salían a la larga no pocas bodas, y es que los mozos procuraban casi siempre hacerse con la maya con la que mejor se entendiesen.

Por la tarde se hacía una merienda para mayos y mayas. Aquí sólo participaban los mayores, así que las mayas pequeñas no intervenían. Se hacía en la Casa del Concejo, y después seguían los bailes en el mismo lugar, porque el frío no permitía salir al aire libre. Los músicos que tocaban eran propios del pueblo, que nunca faltaron antaño. Antiguamente se bailaban únicamente jotas y demás danzas de la tierra. Luego se cambió a los valses, tangos y pasodobles, y la jota se dejó sólo para el final, para rematar con buen tono.

Como los músicos solían ser gente joven, iban turnándose para poder bailar también. En los últimos años que se celebraba la fiesta se contrataba aun músico casado, que se tiraba tocando toda la función, para que los jóvenes disfrutasen con más libertad.

Y así fue la fiesta hasta hace un tercio de siglo. Desde entonces para acá ha ido mermando cada vez más. Hoy ya no quedan mozos ni mozas en el pueblo, porque estas comarcas de la sierra han sido las más castigadas por el éxodo rural. Los mayos hace ya tiempo que dejaron de cantarse. Como reliquia de la fiesta, ahora se juntan los casados y pingan el mayo cuando pueden, porque estos últimos años no hay fuerzas bastantes para eso, y después de traerlo con tractores, que a hombros ya no es posible, tienen que dejarlo tirado en las eras.

Esto es lo que nos han contado de los viejos mayos. A continuación escribimos los cantares con sus letras, según las canta Alejandro Martínez, el tío Sandín, de cincuenta y cuatro años, que de mozo los cantó mucho y bien. Las coplas que él no recordaba las hemos completado de Modesto Martínez, su padre, que fue un cantor excepcional, y las dejó grabadas en 1.971, cuando tenía 81 años; y otras más de Dionisio Díaz, de 75 años. Todos ellos son naturales de Huertahernando y se criaron allí, y queremos expresarles nuestro agradecimiento más sincero.

Las variantes de una misma copla las escribimos (en la columna de la derecha) con (*) delante

LOS MAYOS

Ya estamos a treinta
y en abril cumplido.
Alegraos, damas,
que mayo ha venido.

Ya ha venido mayo,
bienvenido sea
bendiciendo trigos,
cebadas y avenas.

(*)
Ya ha venido mayo
Por esas cañadas
bendiciendo avenas,
trigos y cebadas

Ya ha venido mayo,
bienvenido sea,
para que galanes
cumpláis con doncellas.

Esa es tu cabeza
tan rechiquitita
que en ella se forma
una margarita.

Esos tus cabellos
son dos trenzas de oro
donde yo me enredo
cuando me enamoro.

(*)
Ese tu cabello
trenzas de oro fino
donde yo me enredo
cuando en ti magino

Esa es tu frente,
es campo de guerra
donde el presidente
plantó su bandera.

(*)
Esa es tu frente
Es campo de guerra
donde el rey Cupido
plantó su bandera

Esas son tus cejas
un poquito arqueadas,
con arcos del cielo
están comparadas.

(*)
Esas son tus cejas
un poquito arqueadas
con arcos de iglesia
están comparadas

Esos son tus ojos,
son dos luces claras,
que con ellos ves
todo lo que pasa.

Esas tus orejas
no gastan pendientes,
porque las adornan
tu cara y tu frente.

Esos tus carrillos
parecen almendras,
crían alhelíes,
jaras y azucenas.

Tu nariz aguda,
tu boca un piñón,
que en ella se forman
cadenas de amor.

(*)
Tu nariz aguda
tus labios cañón
tu lengua dispara
a mi pecho amor

Esa es tu boca
con sus dos carreras
de dientes y muelas
que parecen perlas.

Ese hoyo que tienes
entre tu barbilla
será el descanso
para el alma mía.

Esa es tu garganta
tan clara y tan bella
que el agua que bebes
se clarea en ella.

Esos son tus brazos,
son dos mansos remos,
guían y gobiernan
a los marineros.

(*)
Esos son tus brazos,
de la mar son remos,
guían y gobiernan
a los marineros.

Esos son tus dedos
con sus diez anillos,
cadenas y puentes,
para mí son grillos.

Esos son tus pechos,
son dos fuentes claras
donde yo bebiese
si tú me dejaras.

Tu cintura, un junco
criado en el río.
Todos van a verte,
jardín tan florido.

(*)

Tu cintura, un junco
nacido en la playa,
todos van a verte,
rosita temprana.

Ese es tu vientre,
es una arboleda
que a los nueve meses
cría fruta nueva.

Ya vamos llegando
a partes vedadas,
donde yo no puedo dar
las señas claras.

Esos son tus muslos,
son de oro macizo,
donde se sostiene
todo el edificio.

Esas tus rodillas,
un poquito arqueadas,
con arcos de iglesia
están comparadas.

Zapatito blanco,
la media encarnada,
pequeña es la chica,
pero bien portada.

Ya te hemos cantado
todas tus facciones,
ahora falta el mayo
que te las adorne.


Echar el Mayo

Si quieres saber...(nombre de la maya)
el mayo que te ha caído,
a...tiene por nombre
y...por apellido.