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LA ALFARERIA POPULAR DE AHIGAL (CACERES)

DOMINGUEZ MORENO, José María

Publicado en el año 1988 en la Revista de Folklore número 87.

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I. INTRODUCCION.

Moza con cántaro roto
es la burla de la aldea:
sus amigas le hacen fiestas
y los mozos la apedrean.

En palabras del historiador Goldon Childe, "la fabricación de objetos de alfarería es, tal vez, la primera utilización consciente, hecha por el hombre, de una transformación química" (1) .Este arte, "inventado", en una etapa preneolítica, adquiere una dimensión particular cuando, hacia el año 3500 a. C., se le aplica la rueda giratoria al proceso del modelado. La nueva industria mecanizada trae consigo la remodelación del oficio. La mujer, que hasta entonces había sido la única alfarera, se ve suplantada por el hombre, ahora ya "especialista", lo que le permitirá vivir de la Comunidad gracias a su trabajo (2). Tan es así que, aún hoy, la fabricación manual es un arte practicado sólo por mujeres, como puede observarse en los centros alfareros de Redon (Morbihan, Francia), Jydeptter (Dinamarca), Pereruela, Islas Canarias y numerosas sociedades primitivas de Africa y de América.

Desde época neolítica vamos a encontrar en la provincia de Cáceres una continuidad ceramista. Gran parte de los objetos que actualmente se realizan presentan peculiaridades que recuerdan a las de hace siglos e incluso milenios. Sólo en los últimos años, por imposiciones derivadas de un mercado orientado a lo ornamental, se ha dado rienda suelta a la creatividad y se ha llegado hasta cierto punto a una rotura con algunos modos tradicionales. Queda, no obstante, sin hacer un estudio comparativo entre los objetos cerámicos actuales y aquellos otros que fueron ejecutados en un pasado lejano.

Si nos acercamos al área norte, donde se ubica el centro alfarero que estudiaremos a lo largo de este trabajo, Ahigal, nos encontramos abundantes restos de cerámica de época romana en las muchas villas que existieron en los alrededores del pueblo (3) .A esto hay que añadir que diferentes prospecciones arqueológicas han confirmado la existencia de vasijas de barro en un período prerromano, aunque los resultados no sean prueba definitiva sobre una fabricación in situ. Tras un vacío de cientos de años, de los que no se poseen datos, hallamos fragmentos cerámicos cuya antigüedad se cifra en los siglos XII y XIII, como lo ponen de manifiesto las excavaciones en lo que fue ermita medieval de Santa Marina (4). Como de los siglos XIV y XV han sido catalogadas las partes de recipientes que, con motivo de obras, han aparecido en los muros y tumbas de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, y su reconstrucción ha mostrado formas idénticas a las que se fabrican en el taller de la localidad. En los inventarios de la Parroquia correspondientes a los siglos XVII y XVIII se citan "vasos de barro" (5), sin que se precisen sus usos, formas, etc. Como curiosidad cabe señalarse que con ocasión del derribo de una vivienda en la calle Cantarranas, hace diez años, se descubrió una tinaja que tenía grabada en la parte inferior del gollete la fecha de 1656. El buen estado de la misma ha permitido que siga utilizándose en la actualidad (6).

Sabemos que hacia 1810 existían en Ahigal cuatro alfarerías. Sin embargo, sorprende que el Diccionario de Madoz no recoja este dato, a pesar de que su producción debía de ser considerable si tenemos en cuenta que, junto con los talleres de Guijo de Granadilla, abastecían a un gran área del norte de la provincia. De este último pueblo señala la existencia de "cuatro alfares de loza ordinaria, principalmente de cántaros y jarras, en las que hacen muchas labores" (7), peculiaridades que, dada su proximidad, pueden ser comunes a Ahigal. Los alfares ahigaleños siguen siendo cuatro a finales de siglo, si bien tres de ellos combinan la elaboración de loza y la tejería. En 1906 nos encontraremos que la alfarería se ha convertido en un oficio complementario del barreru o productor de tejas y de ladrillos. El casi total abandono del arte cerámico es causa fundamental de que durante dos décadas la mayor parte de las vasijas utilizadas en el pueblo procedían de alfares de Plasencia, Montehermoso y Tamames (Salamanca). Atendiendo a esta demanda, un alfarero de Plasencia monta su taller en Ahigal, donde residirá entre los años 1924 y 1926. Su estancia va a ser decisiva en lo que a reactivar el viejo oficio se refiere. Tres nuevos alfares se abren en la localidad, todos pertenecientes a miembros de una misma familia ya experimentada con el barro en la profesión de tejeros.

En la actualidad hay una sola cacharrería, propiedad de Pablo García Esteban, tío de Pablo "Culera", en la que trabajó hasta su jubilación, hace ahora siete años, y en la que actualmente su hijo Alfonso continúa con la magia de dar forma al barro. Se encuentra la misma en la calle del Cristo, a escasos metros del Humilladero. Adosada al taller está la vivienda, que se extiende en una segunda planta sobre el alfar. Las pilas, el pozo, los lecheros, el horno, etc., se encuentran en el exterior (figura 1).

II. LA MATERIA PRIMA.

A) EL BARRO .

"El barru eh pal cacharreru comu la sangri pa lah presonah; comu no aiga güen barro de siguru que lo que se haga s'ehmirria pol mu bonitu c'apaeza pol de huera", dice tío Pablo para reafirmar la importancia que tiene la selección de este elemento.

En Ahigal son dos las tierras que se emplean: blanca y colorá o grea. La primera se extrae de la dehesa de Guijo de Granadilla, estando situada la cantera a unos dos kilómetros del alfar. Se comienza con la roza del terreno, es decir, con la eliminación de la maleza, valiéndose para ello del pon y del calabozu (figura 2, a y b). La saca propiamente dicha se efectúa con la picocha (figura 2, e) y el transporte hasta el pueblo se realiza en serones a lomos de un viejo burro. Cada seroná hace veinticuatro palah combah. Los meses de abril y mayo suelen ser los elegidos para la extracción de la greda, ya que "el suelu tie que dal a sequíu".

No varía el procedimiento de obtención de la tierra blanca. Se trae del lugar conocido por Santa María, y el instrumento para extraerla es el picu (figura 2, c), aunque "si rehpira algún rezumi", es decir, mantiene un cierto grado de humedad, puede usarse el azaón. Tanto esta como la otra tierra se coge en superficie, no llegando el ehcabochi a una profundidad superior al metro.

Por separado, ambas tierras se almacenan en mueluh o montones en la resolana, espacio al aire libre situado al exterior de la cacharrería (figura 1, a). Mediante el oreo la arcilla sana, "pierdi la malicia del campu". Al contrario de lo que ocurre en otros centros alfareros, el soleáu en Ahigal dura de varios meses a varios años, "poh entri máh relenti tenga, tantu mehol, peru siempri con el cudiaditu que no s'embiehi; lo máh prensipal eh curtil el barro". En este largo reposo, que tío Pablo define como "el sueñu de loh huhtuh", permanece hasta que las necesidades de la fabricación obligan al siguiente paso. Consiste el mismo en separar del muelu pequeños montones que se esparcen por la era, superficie de tierra batida de unos cuatro metros cuadrados, donde se malla con el pisón para deshacer los turronih. Con esta operación a la tierra se le "quita el faháu, qu'eh que los barrilih quean con el barru menuh apretáu, (y son) mehorih pa hacel máh frehquinu lo que le s'echi". Antaño, cuando quería elaborarse una loza fina, pasaban la tierra machacada por el molinu del albedríu, hoy ya fuera de uso y al que posteriormente me referiré. Seguidamente la arcilla se criba con el harneru, de tela poco tupida, para quitarle granciah y chinarruh.

Más tarde la tierra se lleva al pilón, hoyo de forma circular cavado en el suelo sin ningún tipo de revestimiento (figura 1, b). Sus medidas son 1,10 metros de diámetro por un metro de profundidad. Valiéndose ,de una calderilla o cubo de cinc, el alfarero vierte agua al pilón hasta alcanzar una altura próxima a los veinte centímetros. Acto seguido se deposita en el bochi la tierra cribada, primero la colorá y encima la blanca, en una proporción cercana al 3 a 1. Cada pilá está compuesta de "venticuatro paláh con comuelgu de grea colorá y solitu sieti paláh de la otra tierra blanca". Si se desea conseguir barru reciu, lo que sucede en muy contadas ocasiones, la proporcionalidad llega al 2 a 1, siempre favorable a la grea. En el pilón se vierte de nuevo agua hasta una cuarta de la superficie y ya todo está listo para el rebullíu o batido de la tierra. Dos son los instrumentos que el alfarero utiliza en la operación. Inicialmente, hasta lograr la calá o envoltura de las dos arcillas, se sirve del sachu (figura 2, f). El batido se continúa con la batiera, también llamada rapona, especie de azada de madera o hierro en forma de medio círculo y mango de dos metros de largo (figura 2, q). Este trabajo dura entre veinte y treinta minutos, tiempo suficiente para conseguir lo que se conoce indistintamente con los nombres de engüelta, chocolati claru y papeleta.

La engüelta se pasa del pilón a la lagareta, pequeña pila rectangular de 90 centímetros de larga, 70 de ancha y 30 de profundidad, revestida de ladrillos, con el fin de proceder a la colaera (figura 1, c). El coláu se efectúa a través de un harneru de doble tela fina que se asienta sobre el lado pequeño de la lagareta y sobre una tabla que hace de puente. Quedan en el cedazo los gurulluh (grumos) y otras impurezas que escaparon al primer tamizado. Aunque actualmente se utiliza para el vertido un cubo de plástico, hasta hace un par de años no existió para este menester más recipiente que el calderu moru, el que habitualmente se emplea en la albañilería. En la mezc1a colada se echan varios cubos de agua., siempre a través de la zarnada, para ejecutar el tundíu o nuevo batido, en esta ocasión con la mano. Así, en opinión del cacharreru, se logra un mayor refináu. A continuación se abre un pequeño agujero, la tronera (figura 1, d), que hay en la parte inferior de la lagareta, para que la engüelta, ahora ya llamada grasa de la tierra, vaya a parar a la pilona, contenedor en forma de trapecio de 25 centímetros de profundidad y cuyos lados paralelos miden 2,50 y 2,30 metros, alcanzando los otros dos lados los 2,50 y los 3 metros. Las paredes son de pizarra y ladrillo, y el piso de baldosa roja (figura 1, e).

El barro batido que entra en la pilona recibe el nombre de caldu. Nunca sobrepasa la altura de 15 centímetros, ya que ése es su punto de coincidencia con la base de la lagareta. Después de entrar la última engüelta se deja el caldu en reposo aproximadamente tres horas "pa que la grasa se quei en el hondón y el agua se quei naandu arriba". Acto seguido se abre la sangraera o colaeru (figura 1, f), agujero tapado con un taco de madera, el machu, por el que el agua pasa al pozo contiguo (figura 1, g). El colaeru se sitúa a ocho centímetros sobre el nivel del fondo de la pilona. El caldu desprovisto de agua superficial se conoce como mohi. A medida que aumenta en grados de solidez pasará a denominarse nata, lo, crema, betún, manteca y cera. El barro está enceráu cuando presenta rachonih (grietas) en la superficie y resiste el peso de un hombre sin hundirse. Se dice entonces que la masa tieni enhucia y que ehtá curtía. Todo este proceso de desecación, siempre y cuando se realice en verano, dura unos ocho días.

La pasta se cuerta a bocáu y se extrae con l' azá. Sobre un carro de mano, que hasta no hace muchos años era completamente de madera, se empella el barro o, lo que es igual, se hace un montón de un peso aproximado de cincuenta kilos. El destino de estas pilas es el barreru o ensecaeru, un rincón enlanchado bajo unas escaleras que suben del alfar y donde se conserva húmeda la arcilla durante meses (figura 1, h). El ensecaeru tiene forma de pentágono irregular y una superficie de cuatro metros cuadrados. Una pehtaña de seis centímetros de altura alrededor del barreru impide la ehparramera. "Lo güeno del barro del ensecaeru eh qu'ehté siempri con el temperamentu (temperatura) del culu d'una moza", palabras con las que el alfarero quiere indicar que ha de conservarse fresco, para lo que ha de regarse al menos una vez a la semana.

E) VIDRIADO.

Algunos de los objetos que se fabrican en la cacharrería de Ahigal son sometidos al vidriado, al albedriáu o albedríu, como se conoce en la población al revestimiento brillante que adquieren las piezas gracias al baño que reciben en sulfuro de plomo. Este mineral se manda desde Linares (Jaén) en sacos de cuarenta kilos. Actualmente viene en polvo, apto para su utilización. Pero antaño, recuerda tío Pablo, "solitamenti conociamuh el plomu en turronih duruh y había que refinalu aquí". Si las vasijas que se deseaban albedrial eran pocas, el sulfuro de plomo se machacaba en un mortero de granito, el cuencu, de un diámetro interior de 16 centímetros. El mahaeru o maza era también de piedra de moleña.

Más utilizado que el cuencu fue el molino de mano, hoy desaparecido, pero que hemos reconstruido en el dibujo (figura 3). Estaba constituido por dos ruedas de granito. La inferior, apoyada en el suelo y fija, recibe los nombres de loza y solera. Sus medidas son 57 centímetros de diámetro y 9 de espesor. En el punto central presenta un hueco de cinco centímetros de diámetro en el que se fija un hierro o un palo de corazón d'encina. Tal eje se llama indistintamente moñu y colorina. La rueda superior, conocida como bolandera, es ligeramente más pequeña: 55 centímetros de diámetro y ocho de espesor. Tiene en el centro un agujero o boca que la atraviesa, por el que se introduce la colorina y sirve para ajustarla sobre la solera. A través del hueco superior se vierte el sulfuro de plomo previamente fragmentado en pequeños terrones. En el cielu, cara superior de la bolandera, se han labrado cuatro pequeñas muescas cuya función es la de encajar la manilla con la que se mueve la piedra manualmente. El manubrio termina en una cruceta de hierro con un pequeño agujero en el centro del aspa. Por él se introduce un tornillo que va a incrustarse en la cotorina, impidiendo el vaivén y sirviendo, mediante colocación de arandelas, para elevar el nivel de la bolandera en relación con la toza. Una especia de pared de madera, la petrina, circunda a la rueda inferior, varios centímetros separada de ella, impidiendo que el sulfuro molido se esparrame por el suelo. De esa manera el mineral caerá por una única abertura, la portilla o portillera, provista de un saliente llamado pandereta, a un recipiente.

El sulfuro de plomo molido no se emplea en toda su pureza para albedrial, ya que "eh mu huerti y haci que salti en el hornu y s'ahpostillan loh cacharruh". En Ahigal para conseguir un perfecto albedríu se mezclan cuatro partes de mineral, una de sílice o polvo de caminos (en ocasiones vale la arcilla) y otra de harina de trigo. Este combinado se deposita en un bañu con agua y se rebulli con la tabla de rebullil hasta conseguir güen gubiernu o, lo que es igual, una disolución perfecta. A partir de ese instante puede disponerse de ella.

III. EL TORNO y EL MODELADO.

Encimita de la ruea
menea mi amor el barru;
peru a mí no me menea
por tener cansá lah manuh.

Marcel Maus distingue tres procedimientos por los que el alfarero muestra su talante creador. Tales son el moldeo, el montaje y el modelado (8). Aunque cada uno se ejecuta por separado, en ocasiones los tres, o al menos dos de ellos, se emplean en una misma obra. El primero de los métodos, el moldeo (figura 4, b), que consiste en recubrir de barro exterior o interiormente una calabaza, cesta, etc., tomando la vasija la forma del molde, apenas ha sido utilizado en Ahigal. Tío Pablo en ocasiones recurrió a esa técnica cuando quiso crear cacharruh de fantasía y otros inadaptados al torneado por su forma alargada.

Mayor éxito parece haber tenido el arte del montaje o urdido (figura 4, a), conocido en Ahigal con el nombre de hechura a trenza. El alfarero prepara el barro en piezas alargadas y circulares trenzah, como del grosor de la muñeca del brazo. A este procedimiento se recurre cuando se fabrican vasijas, como en el caso de las tinajas de agua, que por su tamaño sólo es posible hacer en el torno la parte inferior. Sobre ella, una vez que ya está semiseca, se pega en círculo la primera trenza, alisándola con ambas manos. Cuando ésta ha alcanzado un grado de desecación se le añade otra trenza y así hasta conseguir la vasija completa. En la actualidad la técnica de la hechura a trenza no se lleva a cabo en Ahigal, salvo en algunos acabados de piezas torneadas, como son los enasados y refuerzos de bordes.

A) El torno.

El trabajo del modelado es la operación creadora por excelencia de cuantas se ejecutan en la alfarería de Ahigal. Para darle forma al barro se necesitan solamente el torno, unas simples herramientah y las manos.

Se conoce con el nombre de tornu al conjunto formado por la mesa y la ruea. Dada la complejidad de su estudio, bueno será que nos refiramos simultáneamente a las dos partes del torno. A 140 centímetros de la pared interior del taller se levanta una columna rectangular de bloques de cemento superpuestos llamada machu, de 65 centímetros de altura, sobre la que se sostiene el extremo de un madero, la trabesía, cuyo extremo se sujeta en un hueco o bentanílla abierto a su medida en la pared del alfar. Adosada a la trabesía en su justa mitad está la ruea, el torno propiamente dicho, que se sujeta a aquélla por medio del galápagu, taco de madera con puentí o garganta unido por tornillos (figura 5).

Consta el torno de dos ruedas de madera fijas y paralelas al suelo, unidas mediante un eje que recibe los nombres de husíllu, árbul y cuellu. Si en su parte alta el eje se fija mediante el galápagu, el extremo inferior se mantiene introducido en la rangua, cilindro de hierro provisto de rodamientos para permitir la facilidad del giro. Esta innovación es reciente y ha sido consecuencia de la reutilización de un eje de automóvil. Cuando el árbul fue de madera, éste terminaba romu con bolichi de hierro, el peón, que giraba sobre un orificio practicado en la tehuela, también llamada rangua, que no era más que una piedra de gran resistencia y dureza (figura 6). El eje tiene una altura de 84 centímetros. Para aumentar las revoluciones se engrasan el galápagu y los rodamientos, aquél por medio de pleitas de espartu untadas de aceite que se introducen en el puenti.

Las ruedas, como ya se ha indicado, son dos. La inferior, conocida con el nombre de bolandera, alcanza los 105 centímetros de diámetro y sólo los cuatro de grosor. Su altura respecto del nivel del suelo es de doce centímetros. En la parte superior está la cabecílla o roanga, rueda de 30 centímetros de diámetro y un grueso idéntico al de la bolandera, que presenta en su punto central la boca, pequeño hueco en el que se ajusta el pitu o extremo del eje. La superficie de la cabecílla se ha cubierto con un forro de chapa para evitar el desgaste de la madera.

En función del torno se acopla la mesa (figuras 7 y 8). Está constituida por una serie de tablas superpuestas sobre un armazón de cuatro patah de madera trabadas contiguamente mediante cabrios, colocados de tal manera que permitan el paso del alfarero hasta la mesa. Juegan un importante papel de sostén el machu y la trabesía. La mesa está sometida a una distribución especial. Sobre ella se coloca la masaera o sobaera, tabla rectangular en la que se amasa el barro, la rebabera, lámina de madera en la que se van amontonando los restos de arcilla, el zaqui o cazuela con agua, el puenti, tablón de poco grosor en el que van colocándose las vasijas conforme salen de la rueda, y el sentaeru o banqueta, asiento cubierto con un cojín en donde se aposenta el alfarero para girar la rueda con el pie.

Dentro del conjunto de la mesa nos queda por citar el dehcansapié y el guardapié. El primero consiste en un palo colocado en diagonal sobre el que el alfarero pone sus pies cuando no han de tocar la bolandera. Por lo que respecta al guardapié, éste no es más que un pequeño muro de ladrillos de 10 centímetros de altura que circunda por la base la totalidad de la mesa.

B) Los útiles.

Son pocas las herramientas que se usan en Ahigal para el modelado del barro, y todas ellas de una gran simplicidad. Algunas únicamente se usan con fines decorativos. Ahora sólo haremos una enumeración y breve descripción, sin que ello impida que volvamos a fijarnos en las mismas al tratar del proceso de fabricación.

-Paleta de albañil, destinada a partir el barru sobáu en la mesa.

-Rahpaera o espátula para despegar el barro de la cabecilla.

-Tabla, madera rectangular de 12 centímetros de larga y 3 de ancha, que se utiliza para elevar los bordes de las vasijas durante el torneado.

-Serreta, tabla con pequeñas lúnulas en uno de sus lados, que al tiempo de subir los bordes sirve para adornar a base de canalillos horizontales las vasijas cilíndricas.

-Correa o pañeta, trozo alargado de badana para alisar el brocal de las piezas antes de retirarlas del torno.

-Mediah cañah o cañas cortadas en su mitad. La longitud oscila entre los 12 y los 16 centímetros. Pueden hacer funciones propias de la tabla, amén de ser el útil apropiado para rebalbal (desprender el borde inferior de la vasija de la cabecilla) y para la decoración. Las hay con lados en dientih de sierra y con extremos acabados en punta, redondeados y de doble punta o cola de golondrinu (figura 9).

-Co de hierru o cuíllu, trozo de tubo formando ángulo, de un centímetro de diámetro, para decorado en anillu o franja.

-Uña, lasca de cuarzo para ejecutar labores por el procedimiento anterior. También para este menester se utiliza la uña del dedo pulgar .

-Carreti, pieza formada por tres mitades de carretes de madera de hilo dispuestas en uno de los lados de un triángulo de alambre, que presenta muescas continuas en la parte ancha. Mediante el giro de la vasija dan vueltas los carretes, consiguiéndose la rehollaura o decoración incisa (figura 10).

-Embui, cono de madera de nueve centímetros de altura, con muescas en toda la superficie, que se usa igual que el carreti.

-Cuerda, generalmente un alambre, para cuertal las piezas del torno.

-Loseta o piedra alisada para pulir las piezas semisecas.

-Punta, para perforar vasijas cerradas y el pitu del barril.

-Petacón, moneda de cobre con la que se abre la ranura de las huchas.

-Sacabocáu, para hacer agujeros en algunas piezas ya casi secas (hornillah, calboteruh. ..). Se trata de una especie de vaso metálico, sin hondón, que al presionar sobre las paredes de la vasija saca trozos de su mismo diámetro inferior (figura 11) .

C) La hechura.

Previamente al modelado el alfarero riega el barro apilado en el ensecaeru y rebulli una parte con el sachu, lo que supone que va a gastar en un tiempo determinado, para amollecelu. Acto seguido, valiéndose de la misma herramienta, forma en el suelo berruguh o pelotonih de arcilla, de gran tamaño, que luego traslada hasta la mesa con ambas manos. Sobre la masaera pone uno de los berruguh y procede a un continuo sobáu para tundil el barro, al tiempo de eliminar gurulluh y la posibles suciedades que cayeron en la pilona. A continuación con la paleta se corta el pelotón en tantas partes como vasijas van a modelarse. A cada una de estas divisiones se le da la forma de un tronco de cono de mayor o menor tamaño, recibiendo el nombre de pella.

Cuando el alfarero dispone de un número suficiente de pellah, se sienta al torno para comenzar el modelado propiamente dicho. Cortés Vázquez señala que son diez las operaciones que han de realizar los alfareros salmantinos hasta ver concluida una pieza (9), correspondiéndose en líneas generales con las que ejecutan los cacharreruh de Ahigal. La pella es pegada fuertemente por su base en el centro de la cabecilla. Luego, con cualquiera de los pies, puesto que se usan los dos alternativamente, se mueve el tabanque, girando el torno a unas cien revoluciones por minuto. El alfarero humedece sus manos en el zaqui y con los dedos gordos aprieta sobre la parte superior de la pella "pa que s'abra". Cuando se ha hecho este primer hoyo o cazu se retiran los pulgares y en su lugar se introducen los ocho dedos restantes, que presionando ligeramente hacia el exterior conseguirán el ehtirantáu, es decir, una mayor abertura. Los pulgares desde fuera oprimen las paredes de la pieza sobre el resto de los dedos para que se eleven. Antes de pasar a la siguiente operación, el alfarero se quita las babah, el barro que se ha adherido a los dedos, que deposita en la rebabera y se humedece las manos. Ahora con los dedos índices extendidos, el de la mano izquierda por dentro de la vasija y el de la mano derecha por el exterior, se levantan los bordes y se disminuye el grueso de la panza. Con la tabla o con la media caña mojada en agua se eleva la pieza hasta la altura deseada, consiguiéndose al mismo tiempo el refináu. El último paso del trabajo en brutu sobre el torno consiste en alisar el brocal o boca del recipiente, lo que se hace con la correa mojada que el alfarero sujeta por las puntas con ambas manos. Sobra la correa cuando se hace un cacharru de los llamados cerráuh, como son el caso de las huchas y las sonahah o sonajeros de niños. Se consigue el cierre valiéndose de las palmas de las dos manos que van oprimiendo poco a poco el tercio superior de una vasija abierta.

Las galanurah o decorados se realizan, sin que el torno haya dejado de girar, sobre las piezas recién acabadas. Pueden ser cenefas simples, en vasijas pequeñas y destinadas al fuego, empleándose en estos casos la uña, el cuíllu o la cola de golondrinu, y cenefas combinadas, decorando el objeto con varias herramientas. El carreti, los dientih de sierra y la serreta decoran las piezas de bihta, como macetas, floreros, etc....

Finalizada esta operación se rebalba con la media caña, lo que viene a significar que se recortan los bajos del cacharru que están pegados a la cabecilla Sólo ahora se detiene el torno. La vasija se corta de la rueda con la cuerda, siendo colocada sobre el puenti. La rahpaera limpia la cabecilla de restos de barro que, junto con las babah y el que se adhirió a las distintas herramientah (rebaba y móhili), van a parar a la rebabera. Más tarde será pegado en la pared sobre el ensecaeru hasta que pierda humedad y vuelva a ser apto para su utilización.

IV. EL SECADO.

Los puentih llenos de vasijas se colocan al fondo del taller sobre dos largas burrillah para su oréu (figura 1, i). Dependiendo de la temperatura interior, las piezas pueden tardar varias horas en adquirir una cierta consistencia o endurecimiento que le permitan el pegado de las asas. Estas se hacen por el método ya indicado de urdido o hechura a trenza. También es el momento de aburacal los cacharruh con el petacón, la punta o el sacabocáu, así como para ajustar a los barriles, churrerah, etc., sus accesorios. Estos, que reciben los nombres de pitu y boca, se modelan en el torno. .

Cuando la vasija ha perdido entre un 10 y un 15 por 100 del contenido del agua, está en condiciones, si así lo desea el alfarero, de ser pulida con la loseta. En la actualidad apenas se realiza esta operación. Ahora es el momento de sacar las piezas a la calle, colocándolas a la sombra en tiempo de verano y al sol en época de frío. Una desecación rápida ehcamocha las vasijas, las agrieta. Por la noche ha de recogerse el tendereti, ya que las heladas se comin las paredes. Sólo en la última etapa del secado conviene un sol de gallina crueca, un fuerte calor. De vez en cuando el cacharreru ha de embrocal las piezas para que se seque el hundón.

La sequedad se comprueba con las papilah o yemas de los dedos, ya que "eh la parti máh finina de to el cuerpu y barrunta máh de prontu el resenciu del barru". El estado óptimo lo constituye cuando conserva aproximadamente un tres por ciento de agua. En este momento puede ya llevarse a cabo la cochura. Pero algunos cacharruh previamente pasarán por la operación del vidriado. Las vasijas que van a ser vidriadas pol aentru y pol ahuera se sumergen completamente en el baño que contiene la engüelta y se dejan escurrir en el mismo recipiente "pa no ehtropicial ni una gotinina, qu'el albedríu bali muchah perrah...". Si sólo se pretende esmaltar el interior o el exterior, se coloca la vasija sobre el barreño y se le echa el albedríu con una taza. Las piezas así untadas toman un color canihu y se las deja inmovilizadas hasta que se hayan secado y puedan ir al horno.

V. EL COMBUSTIBLE.

El hornu y la bieha
por la boca se calientan.

La coción se realiza con combustible vegetal, utilizándose los que proporcionan la zona y puede cogerse gratuitamente. Las jaras y las escobas son los materiales más empleados. Las primeras se extraen del Plantíu, de Las Cumbres y del Campo, mientras que las escobas proceden principalmente del Monte y de Las Canchorras, lugares del término de Ahigal. El período de saca se extiende a lo largo de todo el invierno, cuando el suelo está blando y facilita el trabajo. Las jaras se arrancan con las manos, y en caso de dificultad, con la picocha (figura 2, e). Esta herramienta es también la apropiada para la saca de las escobas.

El acarreo hasta el pueblo se realiza en burro. Cada carga de jaras está compuesta de veinte manihah o brazadas, necesitándose un total de ocho cargas para cada horná. No varían las medidas en el caso de las escobas. Se colocan en forma de hacih, que se disponen uno a cada lado de la albarda, sujetados por una soga con sistema de lazá o doble ocho, y otro que se pone entre aquellos, fijados los tres con una cuerda de garabatu que hacen pasar por debajo de la barriga del animal.

Las cargas se depositan frente al horno (figura 1, j), donde "s'ensecan pol su cuenta" y donde con la mínima dificultad se cogen para la coción.

VI. EL HORNO.

Sin ningún género de dudas, el horno o hornu constituye una de las muestras más significativas y curiosas de la arquitectura popular ahigaleña. Se sitúa al aire libre, a las traseras del taller y a unos veinte metros de éste (figura 1, k).

Siguiendo las calificaciones de hornos hechas por Sempere, tenemos que definir al de Ahigal como un horno céltico de criba descubierto (10). Su planta es circular, si bien por el exterior presenta una forma extraña (figura 12), teniendo adosado uno de sus lados a un viejo horno de cocer tejas. Sus medidas son: 1,70 metros de diámetro exterior y también 1,70 de altura. Se divide en dos estancias: una inferior para el fuego y otra superior para colocar las vasijas (figura 13). La primera se llama indistintamente hornilla, infiernu y caldera. Mide 80 centímetros de altura, incluyendo diez centímetros excavados bajo el nivel del suelo. La boca o hueco por el que se introduce la leña es cuadrado, si bien el flanco superior está ligeramente apuntado. La dimensión de cada una de las caras es de 50 centímetros. En la parte baja presenta un lumbral o pequeño realce de piedra. Las jambas y el dintel se conocen con los nombres de sohtribuh y harcá, respectivamente. Para el cierre se utiliza una puerta abatible, la tapadera, de chapa y con un asa en el medio. El material de construcción de la caldera es la piedra, aunque por el interior se halla rebocá con una gruesa capa de arcilla.

Una bóveda de nueve centímetros de anchura separa la hornilla de la estancia más elevada. Ese techo ligeramente cóncavo, conocido como criba y colaera, es totalmente de barro y en él se han practicado una serie de buracuh, las hoguerilih o foguerilih, de ocho centímetros de diámetro que permiten el paso del calor, la subía de la calda, desde el infiernu.

La parte superior toma los nombres de hornu, bramera y bramaera. Mide un metro de altura, teniendo en los primeros cincuenta centímetros, al ser continuación de la caldera, una construcción idéntica a ésta, es decir, mampostería de pizarra con recubrimiento interior de barro. El resto de la pared está fabricada de ladrillos macizos y de caña güeca pegados con barro. Al ser su anchura menor, origina una especie de repisa, la pasaera, que la circunda por fuera, en la que apoya los pies el alfarero cuando coloca las vasijas. El hornu tiene al lado izquierdo un vano que arranca desde el mismo nivel de la criba, a través del cual se procede al llenado y que se cierra con adobes y barro después de cada enhorná.

VII. LA COCEDURA.

Pinchá en el hurgoneru
que yo te hiera,
pa que'l infiernu
te