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El paisaje sonoro : Un acercamiento desde la antropología

LLOP i BAYO, Françesc

Publicado en el año 1988 en la Revista de Folklore número 89.

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Las construcciones culturales de la realidad, como apunta JOHNSON, no son percibidas normalmente como meras construcciones, sino que aparecen, por el contrario, como naturales y de sentido común para aquellos que las comparten. El propósito de la antropología será acercarse a esas construcciones, para tratar de aprehender, comprender y quizás prever la realidad de los otros. Como dirá SANCHEZ VERA, aunque refiriéndose al espacio,

la representación social es un hecho consustancial a la percepción y diferente a la opinión. La opinión afecta a las capas más superficiales (en cuanto visibles u observables) del individuo, mientras que la representación hay que verla en términos de aprendizaje, esto es, de interiorización-socialización. Pero, sobre todo, la "opinión pública" se diferencia de la representación social en que la primera es un hecho positivo y medible que afecta a un colectivo de individuos, mientras que la segunda es más profunda e individualizada.

La idea del "otro" ha ido aproximándose al variar los campos de estudio antropológicos. Si en los orígenes de la disciplina los "otros" eran los "primitivos", con el devenir del siglo fueron considerados y estudiados los grupos rurales, pertenecientes, de manera general, a las zonas coloniales. Más tarde se investigó la cultura rural europea, recogiendo en parte la antorcha de los folkloristas que pretendían salvar los restos de pasadas civilizaciones.

Hoy la antropología no se detiene ante las barreras que la separaban, no hace tanto, de la Sociología, y osa estudiar grupos urbanos y culturas "modernas": el "otro" puede ser alguien muy próximo, cuya conducta real se aleja, mucho más de lo que nos tememos, de aquellos estereotipos en los cuales creemos que se agita.

El objeto de estudio sigue siendo "el otro", más o menos alejado en el espacio y la complejidad cultural, y las antiguas metodologías de la observación participante y de la entrevista más o menos preparada se ven enriquecidas con nuevas tecnologías (el vídeo para recoger imagen y acción; el cassette para grabar la palabra, la idea y la creencia; el ordenador para transcribir y organizar los datos).

Numerosos son los manuales y los trabajos de campo que describen la metodología para la recogida de datos, pero todos recuerdan la importancia de la palabra (oral o escrita) para comprender la acción y la organización del grupo: los gestos, más o menos explícitos, reflejan siempre unas concepciones del mundo, del espacio y del tiempo, de las cuales no siempre son conscientes los informantes. Como escriben los SPINDLER prolongando el trabajo de campo sobre Benavarre de BARRETT, éste

plantea la interesante idea de que el antropólogo debe llegar a conocer la cultura de la comunidad no sólo como la conocen los nativos, sino también de una forma que no la conocen.

El mismo BARRETT escribe más adelante:

Como ha dicho un antropólogo (BOHANAN 1963: 10/11), en cada cultura hay un sistema "folk" de categorías y creencias que siempre difiere algo del sistema "analítico" trazado por el investigador. Ello implica que las nociones proporcionadas por los informantes normalmente no son más que una imperfecta aproximación a lo que realmente el antropólogo investiga. [...] El antropólogo anda buscando continuamente modelos implícitos de esta clase que únicamente pueden ser percibidos de un modo confuso (si lo son) por sus informantes.

Así pues el antropólogo trata de recoger información que explique gestos y creencias, y trata de hallar la coherencia, no siempre evidente, no siempre consciente, de las acciones. El propósito final de su trabajo será complicar la realidad: encontrar que las cosas no son tan obvias como parecen y que acciones aparentemente similares pueden tener significados dispares, incluso opuestos, como observan MORRIS y otros al analizar veinte gestos diferentes a lo largo de Europa:

Dice BARRETque

el antropólogo cultural usualmente estudia comunidades pequeñas de un modo directo. Sumergiéndose tanto como puede en la vida local adquiere una familiaridad considerable con la gente y con aquella forma de vivir que trata de estudiar. Lo que sacrifica en el campo de acción espera ganarlo por la inmediación del conocimiento.

La principal aportación de la antropología puede ser la profundidad del análisis, mientras que sacrifica la extensión de lo analizado: se trata de conocer, dando a veces atrevidos saltos lógicos, lo que piensan (realmente unos pocos, tratando de descubrir a través de ellos cómo funciona una comunidad, e incluso una comarca, un país, una nación, un Estado, un continente, la Humanidad.

La humildad, el desconocimiento ante "el otro", por más cercano que esté, con metodología, paciencia y tiempo, puede llevar al conocimiento y a la comprehensión de su comportamiento.

Lo sonoro como fenómeno cultural

La aparición de lo sonoro como algo objetivamente mensurable parece, desde una óptica antropológica, un empobrecimiento de la realidad.

Hay comunidades, y todos lo hemos observado, que gustan de vivir en ambientes "objetivamente" más ruidosos, y no por ello sus integrantes se sienten atacados ni a disgusto. Según las poblaciones, e incluso según los barrios, el nivel sonoro de la conversación es más o menos elevado, sin que este aumento sea siempre necesario.

Hay actividades, generadoras de potentes volúmenes sonoros, que no parecen plantear problemas a los individuos que las realizan. Valgan unos ejemplos: La mayor parte de nuestro trabajo de campo ha sido realizado en torno a los campaneros, aquellos profesionales que, cercanos a las campanas, envueltos en sus sones, producen, o mejor producían, mensajes comunitarios. Uno solo, de los más de cien entrevistados en la misma torre, se quejaba, durante la grabación de los toques: "iCómo se meten estas campanas en los oídos!"; por el contexto daba a entender que la falta de costumbre hacía casi 30 años que no tocaba, le producía cierta extraña sensación.

Pero ni él ni ninguno otro habló de molestias sonoras en las entrevistas, levemente dirigidas. Muchos se quejaron del frío, otros del viento, casi todos del cansancio producido al subir (casi nunca de la fatiga por tocar), todos de la poca paga; pero ninguno del "excesivo ruido". ¡Y sin embargo hemos medido niveles medios de 120 dB en un volteo general, con picos superiores a los 125 dB, lo que rebasa ampliamente los llamados "límites del dolor"! En algún lugar nos dijeron, incluso, que la potente sonoridad de las campanas catedralicias, erizaba el vello de los brazos, cosa que no hemos podido comprobar, pero nunca recogimos quejas sobre "excesivo ruido". El tópico del "campanero sordo" es también ajeno, física y simbólicamente, del alto mundo de los bronces: nadie de entre ellos nos lo citó.

Por el contrario, la adaptación al universo sonoro es una prueba universal de profesionalidad: a menudo se hacen golpes inesperados para iniciar a los aprendices o para asustar a los visitantes. Unos deben aprender a no ser afectados, si quieren seguir tocando, y los otros, al atemorizarse, demuestran su cobardía y su falta de preparación.

El ruido como agresión

El "ruido" como tal, desde una perspectiva antropológica, no existe. Pudiéramos apuntar una posible ley:

Ruido es lo que producen los otros.

Nuestro reciente contacto, multidisciplinario, con artesanos y otros productores, más o menos manuales y voluntarios de sonidos potentes, nos confirma esta "ley": cuando uno trabaja o se distrae, produciendo elevados niveles sonoros, siente incluso placer si controla el ritmo y la intensidad de los golpes.

A veces modifica la resonancia para producir lo que él considera "más armonioso" pero solamente se quejará y se sentirá agredido si son "otros" incluso sus compañeros, los que teclean, martillean o simplemente caminan.

Como corolario de la anterior "ley" podríamos añadir que "los sonidos son considerados como ruido, y por tanto como agresión cuando son producidos en un contexto cultural diferente".

Esto me recuerda una disputa, que llegó a ser agria, a través de las "Cartas al Director" de un periódico valenciano, en los últimos años sesenta. Los flamantes propietarios de un alto edificio que supera en siete u ocho pisos la vecina torre de Santa Mónica, se quejaban que los días de fiesta "tocaban muchas veces las campanas sin anunciar actos litúrgicos". Ignoraban que la mayor parte de los toques tradicionales marcaban partes del día y remarcaban esas partes (amanecer, mediodía, anochecer) si se trataba de jornadas festivas. Los vecinos "de toda la vida" contestaron que eran ellos los agredidos ante la actitud de los recién llegados y que más valía que se marcharan si eran incapaces de adaptarse a las costumbres locales...

El sonido, a menudo necesario tecnológicamente, producido por uno mismo o un compañero, solamente es "ruido" si es desacompasado o irregular. Esto es, si no se atiene a las normas, que caracteriza la actuación de los que no saben o que están aprendiendo, es decir de los que todavía son "Ios otros" y no "nosotros".

Lo sonoro, un hecho subjetivo

Lo sonoro, su trascendencia y su información, se convierte en un hecho subjetivo, cargado de datos para el grupo que lo emplea. Pudiéramos proponer otra ley:

"Los hechos sonoros son coherentes con la cultura (en sentido amplio) del grupo y revelan sus modos de ver y verse, de creer, de organizarse, de vivir".

Lo sonoro puede ser comprendido como algo coherente: solamente agrede "hacia afuera" o "desde fuera", y refleja la cultura y también la tecnología y la relación del grupo con la Naturaleza.

Sospecho, aunque aún no hay datos contundentes que lo confirmen o lo descarten, que los niveles sonoros producidos por un hecho tecnológico "necesario" no son "objetivos"; parece haber un control, siempre voluntario aunque no siempre consciente, del "ruido producido". A veces se pega más fuerte para significar que se está trabajando, a veces se amortiguan los golpes para no "molestar" y siempre parece que se añada algo más (o menos) de lo necesariamente sonoro.

Los sonidos producidos en una tecnología cualquiera revelan, por tanto, no sólo el necesario nivel generado por cierta maquinaria, sino los ritmos, los descansos o incluso los estruendos, fruto de una tradición, de una historia personal y grupal.

El sonido, algo efímero e irrepetible

Destaca entre otras características de lo sonoro su instantaneidad: por el mero hecho de existir, el sonido está desapareciendo.

El sonido es el fenómeno natural efímero por excelencia. La imagen persiste; los olores tienen cierta duración, a veces secular; el sonido viene y va, sin detenerse.

Por ello, como hemos apuntado en otros lugares, el sonido, que no podía ser conservado ni reproducido, hasta tiempos muy recientes, era, o por lo menos intentaban que lo fuera, controlado en su emisión: las ordenanzas municipales, por ejemplo, marcaban límites temporales y sonoros casi demasiados precisos, para mantener los niveles así como los usos y costumbres dentro de las normas de los municipios redactores.

La grabación, primero en cilindros y discos, luego magnética, posibilitaría, aparentemente, la reproducción a voluntad de los sonidos, cada vez a más "alta fidelidad".

La idea es sugerente pero radicalmente falsa. Si suponemos que el sonido, para ser comprendido y comprehendido necesita ser encuadrado en un contexto muy amplio, al sacarlo de su situación, al mejorarlo, al disecarlo, la presunta fidelidad física creciente va acompañada de un mayor empobrecimiento en cuanto a significado.

En sentido extremo -y así parecen confirmarlo las tendencias discográficas actuales-,la alta fidelidad reúne sonidos artificiales, manipulados, imposibles de ser encontrados en la vida real.

Las grabaciones parciales, las distorsiones, los montajes, crean quizás "otra" fidelidad, pero nunca la "fidelidad real" llena, dicen, de "ruidos", esto es de informaciones enriquecedoras y complementarias, contradictorias, y no siempre coherentes para los receptores.

Esto me recuerda que algunos campaneros grabados en un contexto real, en unas fiestas, se quejaron al oir los toques porque no les habíamos avisado para que se hubieran esmerado más. La "alta fidelidad" suponía, en este caso, la interpretación y la recogida no de unos toques reales, sino la ejecución de unos repiques cuidados, parciales, más cercanos al ideal que a lo cotidiano.

Esta anécdota, engarzada con esa "alta fidelidad" nos recuerda la doble existencia de mundos y comportamientos ideales y de actuaciones reales, contradictorios los unos con los otros pero siempre relacionados.

El acercamiento a lo sonoro desde la antropología

Como creemos haber escrito, la antropología presupone, no sin razón, que el mundo sonoro es un conjunto coherente cultural, es decir, relacionado con las pautas no siempre evidentes del grupo que lo produce.

A lo largo de nuestro trabajo de campo entre campaneros descubrimos que comportamientos similares tenían significados o motivaciones bien opuestos. Aún nos extraña escuchar toques a primera vista (o, mejor ¡a primer oído!) parecen de muerto, como el "Solen" de Yepes, aunque anuncian y acompañan las fiestas mayores. Por el contrario, cerca del 80% de los toques de muerto recogidos tienen vivos ritmos y gran velocidad: solamente las asociaciones locales y subjetivas permiten relacionar y comprender significados y formas empleadas.

Algo parecido ocurre con el Patrimonio Sonoro que estamos comenzando a estudiar: para comprender los sonidos en su contexto nos parece necesario recoger la máxima información, desde el gesto a la palabra, procurando evitar categorías cerradas, cuestionarios determinados, diferenciaciones o presunciones nuestras, ajenas a la realidad que intentamos captar: es "el otro" el que produce el sonido, el que se expresa y se controla, el que nos dará directa o indirectamente la clave para comprender ese Patrimonio, que se nos escapa, cada vez, en el instante mismo de su producción.

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BIiBLIOGRAFIA MANEJADA:

BARRETT, RICHARD A. : Benabarre; la modernización de un pueblo español. Benavarre, 1984.

JOHNSON, ALLEN W.: Quantification in Cultural Anthropology. Stanford University Press, California, 1979.

MORRIS, DESMOND; COLLET, PETER; MARSH, PETER; O'SHAUGHNESSY, MARIE: Gestures. Scarborough, New York, 1980.

SANCHEZ VARA, PEDRO: Anotaciones sobre la representación y la imagen del espacio. "Cuadernos de ciencia política y sociología", nº 19. Madrid, julio, 1987.

SAVILLE-TROIKE, MURlEL: The ethnography of Communication. Basil, Blackwell. England, 1984.

SPINDLER, GEORGE y LOVISE: Prólogo. En BARRET. Op. cit.