Si desea contactar con la Revista de Foklore puede hacerlo desde la sección de contacto de la Fundación Joaquín Díaz >

Búsqueda por: autor, título, año o número de revista *
* Es válido cualquier término del nombre/apellido del autor, del título del artículo y del número de revista o año.

PROCESO ARTESANAL DE LA BOTA: UN EJEMPLO, BARBASTRO (HUESCA)

ACIN FANLO, José Luis

Publicado en el año 1989 en la Revista de Folklore número 103.

Esta visualización es solo del texto del artículo.
Puede descargarse el artículo completo en formato PDF desde la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Revista de Folklore número 103 en formato PDF >

Los últimos números de la revista están disponibles en el servidor de la Fundación Joaquín Díaz >


“En castellano llamamos bota a la que los demás llaman borracha, que es cuerecito pequeño con la mitad de costura y un brocal en el cuello.

Sebastián de Cobarrubias. Tesoro de la lengua castellana o española (1)

INTRODUCCION

Si el uso de las pieles por el hombre se hunde en la noche de los tiempos, algo similar debemos pensar con la utilización del cuero como envase de líquidos. Al menos, de seguro, no distará mucho en el trecho temporal desde el descubrimiento del proceso del curtido como paso indispensable en la conservación y posterior uso de las pieles.

Fuere como fuere, lo cierto es que la Historia, desde antiguo, da noticia del aprovechamiento del cuero como instrumento y vehículo perfectos para el envasado y para el transporte de líquidos, tales como el agua, vino o el aceite, todos ellos indispensables e inseparables al hombre desde el alboreo de sus conocimientos. La manejabilidad, la ligereza o la resistencia frente al barro, el otro gran acompañante del hombre a lo largo de su itinerar histórico, entre otros aspectos posibles, constituyen seguramente la causa de tan temprana como abundante utilización. Utilización que se desparrama socialmente conectando con otros oficios y trabajos -pastoreo, agricultura, por ejemplo-, que impregna visiblemente topónimos -nombres o denominaciones de casas o familias en muchos de nuestros pueblos. No es inhabitual toparse con una «Casa Botero»- y apellidos, o que aflora con la consistencia propia de lo perdurable y necesario en la materia popular y de la tradición.

Sin embargo, como a la mayoría de las tradiciones artesanales, la industrialización le ha lanzado su rayo de muerte. Todos los oficios artesanales caminan inexorablemente hacia el olvido; su práctica, en este mundo consumista y de inmediata utilidad, tiende a la baja, cuando no a la agonía total, a pesar de reconocimientos últimos que van desde lo cultural -esa revitalización desde hace unos diez o quince años- hasta el mero turismo, este último dibujándose como única vía de escape.

La bota, ese «cuero pequeño empegado por su parte interior y cosido por sus bordes, que remata en un cuello con brocal de cuerno o madera por donde se llena de vino y se bebe»; es decir, la artesanía del cuero en cuanto que recipiente de vino, no puede entablar la desigual lucha, cuerpo a cuerpo, ante la avalancha continuada de los nuevos materiales, como los plásticos o derivados del látex, cada vez más perfeccionados, más prácticos y más baratos.

Una constatada decadencia, por tanto, propia y aplicable, en general, a cualquier proceso artesano y, en particular, al cuero como base del recipiente de vino, que arranca desde hace cuatro o cinco décadas en la zona motivo de la presente ejemplificación o estudio, pues hasta aproximadamente los años 50 al lado de las todavía existentes botas, se realizaban, por ejemplo, los botos o boticos (2) junto a otros utensilios destinados a transporte de líquidos o similares en esta amplia franja del Alto Aragón. Incluso en zonas harto dificultosas en cuanto a comunicación y condiciones de trabajo, era fácil encontrar un practicante del oficio (3). Abundancia que en los grandes núcleos solía multiplicarse por lo general.

Frente a aquella riqueza y proliferación de antaño, hoy apenas subsiste el oficio de botero en el Alto Aragón (junto a la aparición de nuevos materiales habría que anotar también otras causas de su decadencia, destacando la despoblación que tras la guerra civil, sobre todo en las décadas de los 40 y 50, sufrió la extensa franja del Prepirineo, núcleo de recepción del producto motivo de estudio), y cuando tal existencia se muestra, en la mayoría de los casos viene pareja o convive compaginándose con otras labores propias o derivadas de la piel o, por el contrario, con actividades al margen o desconectadas de este material (4).

Ayerbe, Barbastro, Monzón, Sariñena y Huesca configuran actualmente los cinco únicos casos de pervivencia y recuerdo de la rica artesanía y de la rica tradición que se abría, por el Sur, desde Almudévar o Castejón de Monegros, y se cerraba en cualquier valle escondido del Pirineo -Sobremontes, principalmente -, si bien en estos últimos como economía de subsistencia o de complementación («cuando vagaba», es decir, cuando llegaban los períodos de inactividad del ciclo natural; ciclo que arranca desde la «Sanmigalada» -30 de septiembre hasta la primavera).

Finalmente, para cerrar esta introducción, constatar que la caída en picado del mundo artesanal y entre las componentes de éste, la botería, debido a múltiples factores, negativos o positivos, algunos ya mencionados -añádase los despoblados, la mejora de comunicaciones, la aparición de nuevos conceptos de comercio...-, conllevó también el derrumbamiento de otros oficios y artesanías parejas y/o complementarias; piénsese en los «arrieros» que trajinaban productos como la pez, por ejemplo, desde Tierra Baja (Zaragoza, Bajo Aragón) u otras zonas de la geografía española; piénsese en los toneleros, constructores de cubas para «encubar» el vino año tras año, etc. Artesanías de las que, en bastantes casos, solamente queda la constancia o la escueta noticia de su existencia.

DESARROLLO Y EJEMPLIFICACION DEL PROCESO

Los escasos focos de botería existentes en Huesca o Alto Aragón pueden resumirse, por su parecido y semejanza, en la labor artesana desarrollada por Ricardo Abadías Subías (55 años, trabajando desde los 13 años de edad) y por Félix Subías Subias (58 años) en la Botería Abadías, de Barbastro, cuyo monto de producción anual viene a ser de 5.000 a 6.000 botas (labor que se compagina con otros trabajos como la fabricación de «besque» -goma pegajosa-, curtido y manipulación de pieles, fabricación de collares para perros...), abarcando como mercado todo el territorio peninsular, si bien las zonas de montaña en la cornisa pirenaica, Barcelona y clientes de siempre -bodegueros y pastores, principalmente- constituyen su primer y más importante foco de recepción.

Ricardo Abadías heredó el oficio de su padre, procedente del pueblo de Marcén, que aprendió el oficio en Huesca de manos de su tío. Cuando Ricardo Abadías empezó su aprendizaje, a los 13 años, había seis artesanos trabajando en la fabricación de botas y botos, este último el gran producto de entonces -más de quinientos anuales-, pero que al no poder competir con el plástico desapareció. Ahora el proceso artesanal se reduce a dos personas y se centra, únicamente, en la bota.

Febrero, preludio próximo a la primavera, suele ser el mes más denso y el de mayor actividad en cuanto a la fabricación de las botas («Suelo preparar unas 2.000 y dejarlas a punto de pez, porque luego la terminación es rápida. Lo duro ya está hecho; ya están cosidas y vueltas...») que luego se desparraman por toda la geografía. El proceso, pese a algunos pasos de la misma donde la técnica y la máquina entran en acción, todavía rezuma la esencia, el sabor y saber de antaño.

1. La piel:

«La piel debe ser blanca; es mejor. Sale la bota mucho más suave y más agradable al toque; es mucho más fina que la negra. No sé el motivo, pero así es.» La piel utilizada para la fabricación de la bota debe ser de cabra (5); no sirven otras, y ello se debe a que «la piel de cabra no lleva poro; el poro lo lleva muy cerrado», lo cual está, creemos, en consonancia con la impermeabilidad y, por consiguiente, con la función a que se destina el recipiente.

Las pieles, en el caso de nuestro ejemplo de estudio, hasta fechas recientes -apenas un par de décadas- provenían de la zona de influencia geográfica; es decir, se compraban directamente al ganadero o al particular que mataba su cabra o cabrito para la matanza del cerdo o celebraciones similares -no era rara la figura, tampoco, del peletero o comprador de pieles recorriendo los pueblos pirenaicos hasta los años 60 (6)- hoy día se compra en grandes almacenes de Burgos, Extremadura o Andalucía, ya preparadas –curtidas- para su utilización, aun a costa de calidad y «elevados» precios en determinados casos.

2. Curtido.

La piel, antes de su manipulación artesana, debe ser sometida a una serie de operaciones y tratamientos -proceso del curtido- a fin de convertirla en materia duradera, impermeable al agua, flexible y suave. Los materiales utilizados para curtir son de procedencia varia, desde la corteza, hojas, hierbas o raíces de árboles hasta extractos o productos artificiales. Generalmente, en toda «tenería» o lugar habitual para el curtido de pieles, los procedimientos utilizados han sido de tres tipos: curtido ordinario (vegetal), curtido mineral y curtido con materias grasas. En el caso que nos ocupa se utilizaban únicamente el «vegetal» y el «mineral».

No obstante, antes de la operación del curtido propiamente dicha, se realizaban una serie de preliminares («se cogía la piel y la salabas; después, se guardaba salada en pilas o en «vacías» (7), o sea en un sitio adecuado en el que pudiera «escupir» el agua salada. A continuación la «descarnábamos» mediante un raspador; es decir, quitábamos las grasas y todas las «vinzas» de la piel, para que el curtido pudiera penetrar»), cuya función estribaba en la limpieza de la piel, aislando la dermis y eliminando toda materia con posibilidad de impedimento u obstáculo a la hora de la acción del curtido: maceración, depilación o «descarnado», etc.

«Después del 'descarnado', la echábamos al curtido, que normalmente era vegetal, conseguido a base de cortezas de encina o de pino, simplemente trituradas y puestas en agua (8). Aquí se utilizaba la encina, también el «zumaque», la hierba zapatero; en fin, había varias.» Es decir, una vez preparada la piel -macerada, depilada, hinchada y limpia- se ponía en contacto directo con materias curtientes, para que así ésta absorbiera el tanino. La duración y procedimientos empleados varían según tradición y costumbres del botero en cuestión; si bien, por lo general, todos giran en torno a semejantes tiempos y métodos. «Según qué curtido ponías, salía la bota más amarilla o más amarronada. El de encima es el que más empleábamos y el que se sigue empleando. Generalmente, el curtido duraba unos 30 días. Pero también utilizábamos el curtido mineral. Se curtía con alumbre, o sea que en lugar de poner agua con cortezas de encina, poníamos agua con alumbre, que es un mineral, una sal mineral -alumbre de roca-, y era más rápido en el curtido. Costaba 8 días» (9).

3. Secado:

Una vez curtido, bien sea por absorción del tanino o de compuestos minerales, las pieles deben ser sacadas y tendidas para que escupan el líquido, pero no deben permanecer mucho tiempo para evitar el total secado: «No dejarlas secar del todo para así, mediante raspado, terminar de quitarles las «carnazas» y las grasas. En el tiempo del secado hay que estar muy atento para coger las pieles a punto.»

4. Raspado-zurrado:

La operación siguiente busca que la piel adquiera mayor suavidad, y asimismo intenta que ésta sea lo más compacta posible. Un «tremendo trabajo, labor de negros, durísimo. Se necesitaba gente corpulenta y de mucha fuerza. Generalmente, el promedio era de ocho pieles por día. Ahora, con las máquinas esa misma cantidad apenas llega a costar media hora.»

5. «Esquilao»:

«Con una tijera grande o una semejante a la que se utilizaba en el 'esquilado' del ganado -unos 30 centímetros de larga- se rapaba el pelo aproximadamente aun centímetro. En el proceso manual un operario podía esquilar unas 20 pieles destinadas a la fabricación de botas durante un día; hoy, con la máquina se hacen sobre cien pieles en una mañana.»

La función de esta operación es eliminar el pelo innecesario; sólo se deja el preciso para sujetar la pez con que, en operaciones posteriores, se impregnará la piel, y su medida justa depende de la costumbre de cada botero, cumpliendo únicamente la función de que el vino toque piel y así evitar el «picado».

6. «Marcado»-Cortar-Lavar-Recortar:

Apoyándose en plantillas o patrones de diferentes tamaños y en equivalencia a la cantidad de vino que posteriormente albergará la bota -desde el 1/2 litro a los 4 litros, aunque lo más normal sea de 1 litro a 2 y 1/2 litros- se marca la piel por la parte lisa o sin pelo. Son patrones dobles o de forma gemela, puesto que únicamente de esta forma después puede colocarse una parte sobre otra, superponiéndose y adquiriendo la definitiva forma de bota.

Terminada esta operación se lavan, se impregnan de agua con la finalidad de ponerlas suaves, de debilitar el material y así trabajarlas más cómodamente, «porque en seco no se podría trabajar, ni se podría 'embastar', ni darle la vuelta, ni coserla, nada.» Tras el lavado se recortan las formas salidas de las plantillas o patrones, puesto que al lavarlas se estira el cuero y, por tanto, debe igualarse al máximo, a fin de que coincidan las dos partes gemelas o dobles marcadas con los patrones.

7. «Embastar»-coser:

El cosido se lleva a cabo sujetando la piel ya cortada entre las piernas; ésta debe manifestar la cara con pelo, quedando, por tanto, la parte lisa hacia el interior. «Para dar forma a la bota se empieza con puntadas menos largas, según tamaño, y luego se va aumentando. Así, si la bota es delgada, el punto debe darse más pequeño; si la bota es recia, las puntadas deben ser más para poder abarcarla, pues si se dan finas, no se coge. Lo dicta la experiencia. Estas puntadas son para darle forma y volumen y así coja el vino, pues de no hacerlo de esta forma, la bota quedaría plana.» Esta operación recibe el nombre de «embastado» (hilvanar los bordes, generalmente con algodón). Conjuntamente a la realización del «embastado» se ejecuta la colocación de la «presilla», que permitirá posteriormente colocar el cordón.

Sobre lo embastado se coloca la «trenza», que puede ser de algodón, cáñamo -hoy día completamente desaparecido su uso dentro de la zona que estudiamos- o de lino, y su función consiste en evitar que el cuero se rasgue durante el cosido («impide que se corte la piel y actúa como de mordaza»); además, ayudará a sujetar la pez a la costura. El cosido se realiza mediante una lezna que perfora la piel, frenándose sobre un tope -generalmente, un trozo de madera con un extremo hundido que permite descansar, una vez realizada la perforación, a la punta de la lezna-. «Antes se realizaban puntada a puntada y venía a hacerse unas 9 botas al día. Hoy lo hacemos con una máquina alemana de doble arrastre, que cose 200 botas en una mañana. Una máquina que hace años costó ya las 800.000 pesetas»). Ejecutada la perforación, se pasaba el hilo -ahora es siempre de algodón- engrasado convenientemente a fin de un mejor deslizamiento entre la perforación del cuero.

8. Dar vuelta-inflar y colgar:

Cosida la pieza, se procede a dar la vuelta, puesto que la cara con pelo, hasta ahora en el exterior, debe pasar al interior. Este proceso se realiza mediante el apoyo de la bota en una barra de hierro que se constituye como soporte y lugar de apoyo para la presión. Debe ejecutarse con fuerza y, al mismo tiempo, con sumo cuidado, a fin de evitar un rasgado del cuero que inutilizaría la función de la bota.

A continuación, con una «canilla» («muchos no la emplean; lo hacen directamente con la boca. Yo, sí; es más higiénico, evitas pelos...Si no, te pasas el día escupiendo»); es decir, una especie de caña o pieza de madera agujereada que permite el paso del aire. Así se procede al «inflado» (otra vez la técnica, un pequeño compresor ha sustituido al proceso manual), y una vez realizado se cuelgan para secarse: «Deben quedar bien secas antes de pasar al 'sobado'».

9. «Sobado»:

La función de esta operación es suavizar lo más posible la piel y, en concreto, la cara que queda al exterior, ya definitivamente una vez dada la vuelta («Evitar que se queden 'tercas'»). Se hacía en la rodilla, sometiéndola a continuos roces, «hoy día se hace a máquina, una máquina provista de 6 ganchos y que en cada gancho caben 6 botas; es decir, se soban 36 botas en apenas hora y media. Antes, al hacerlo, además de la lentitud, era todo un suplicio: callos, ampollas, heridas...»

10. Poner la pez:

Sobre la futura boca de la bota se coloca un embudo y se echa un poco de pez (10), que actualmente ya llega purificada. Antes, cuando la pez no llegaba purificada, era necesario «sacarle el gusto» (11). «Se restrega bien la pieza («estrega») una vez introducida la pez, y después se vacía la pez que sobra. La superficie interior ha quedado cubierta de este material -un grosor de 3 ó 4 milímetros-; por eso el vino no tocará el pelo ni la piel. Si algún pedazo quedase sin penetrar por la pez, por él se iría el vino.»

A continuación se le «respastra»; es decir, se echa un cazo de agua caliente para que se «remoje y se reparta más la pez», procediéndose posteriormente al enfriado. Esta operación se realiza con la finalidad de evitar que la pez pierda la elasticidad y de evitar que se quiebre.

11. Lavado y últimas operaciones:

Enfriada la pieza, «se echa al lavadero, se lava y se cepilla con agua, con el fin de que salga blanca. Su interior está acabado.» Se «infla». Luego se procede a colocar la «broca» (12), que ahora es de baquelita o de plástico, pero antes lo fue de hueso o de asta -incluso se importaban cuernos de búfalos para tales menesteres-. Es un proceso totalmente manual («unas 100 botas por mañana entre los dos».) Se deja secar definitivamente. Se coloca el cordón por las presillas y se ata al brocal. Finalmente, el sello de la casa las dispone definitivamente para la venta.

Restaría, finalmente, el proceso del «curado», que se consigue con vino, coñac o vinagre, aunque, según Ricardo Abadías, «es un poco de cuento, porque si el botero no pone la cantidad de pez que sabe, se le va la mano o no pone la cantidad justa en los aditamentos precisos, a la hora de 'sacarle el gusto', éste no desaparece con nada».

____________
(1) Editorial Alta-Fulla, Barcelona, 1987, pág. 231.

(2) El boto o botico era un recipiente destinado al transporte de vino, grande, generalmente abarcando la totalidad de la piel y, por tamo, sin trocear; el agujero del ombligo -melico, en aragonés- era taponado por una pieza -por lo general de boj- llamada “botana”. Para hacer estos recipientes el animal debía ser despellejado por las patas.

(3) Véase "Artesanía de la piel", págs. 167-174, en Artesanía de Serrablo, de J. Carcés / J. Gavín y E. Satúe, 1983 ("Mención honorífica del premio Marqués de Lozaya"), y en particular; "En Larrés y en Ainielle había "Casa Botero", pero sin embargo, donde hemos podido encontrar una tradición viva, aunque ya apagada, ha sido en Casa Botero de Betés -en el Sobremonte-". Unase a la dificultad, de comunicación en todo el Sobremonte -su nombre lo indica- la constitución del mismo por tres pueblos: Aso, Yosa y Be-tén. Piénsese, por canto, en alcance y rentabilidad del oficio.

(4) Tanto es así que en muchas ocasiones el oficio y sus productos se manifiestan por puro "sentimentalismo, aunque sea el peor negocio, el que menos dinero da" como afirma Ricardo Abadías Subías de Botería Abadías (Barbastro). Encuesta, febrero de 1987.

(5) Incluso el mismo nombre de bota parece denunciar esta procedencia, Según J. Corominas -Breve Diccionario de la lengua castellana. Gredos, Madrid, 1973, 3ª ed.-. Bota es "vasija de cuero para beber vino", 1331. Del Latín Tardío BUTTIS 'odre', 'tonel' (S. VI), cuyo origen último se desconoce; quizá de un antiguo nombre de macho cabrio, del cual procede bode 'chivo', 1582 y butiondo 'lujurioso', 1475. Comp BOCOY 'barril grande', 1853 (bocois, plural). Del fr. boucout 'odre', 'barril grosero de materias secas', der. de buc 'macho cabrio'... Véase pág. 104 (voz Bota) y 99 (voz Bocoy). El subrayado es nuestro.

(6) Lejos quedan aquellos tiempos en los que con la piel se acudía al curtidor, bolero, bastero, etc., para proceder a su destino y utilización por el mismo dueño. Véase, por ejemplo, Artesanía de Serrablo, pág. 172: "en "casa Buisan" de Escartón, un botero..., atraía a toda la Ribera de Fiscal y Valle de Vió, llevándole la clientela las pieles de cabra".

(7) Vacía: Artesa o caja de madera de forma prismática, cortada en su mitad de forma perpendicular.

(8) Cortezas tánicas, es decir, ricas en tanino.

(9) Aunque lo habitual en el curtido mineral era el alumbre, también se usaban sales de cromo y sales de hierro. En cuanto al curtido con materias grasas, llamado en algunas zonas "engamuzado", nuestros informantes no dieron noticias de su uso dentro del límite geográfico de la investigación.

(10) "La pez se hace con la 'resina del pino, de su raíz, en las carboneras. Generalmente se traía de Burgos y de Guadalajara, abundante en carboneras. La traían los "peceros” con sus burros –una "reata" de cuatro burros, pecero rico- y la distribuían por todos los sitios, desde las boterías hasta cualquier pueblo de la montaña, ya que en estas zonas, tan ricas en ganado lanar, la usaban para "marcar" a sus ovejas. Luego venía en tren, pero desde los almacenes, los "peceros" repetían idéntico proceso" (Ricardo Abadías).

(11) Desarrar o desahumar. Se consigue "hirviendo durante un cierto tiempo la pez -mantenerla un día o dos en el fuego-, añadiéndole productos ácidos como limón, vinagre, cebolla o, incluso, piel de naranja. Se cuece todo. Durante el cocimiento se va oreando con un cazo perforado. Produce un humo y ese humo es lo que se lleva el gusto" (Ricardo Abadías). Incluso este humo, a veces, y según zonas españolas, fue considerado como curativo para las enfermedades de pulmón.

(12) "Procedían por lo general de Torelló, pueblo de toneleros y borqueleros" (R. Abadías).