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LOS GABARREROS DE VALSAIN

SANZ, Ignacio

Publicado en el año 1989 en la Revista de Folklore número 104.

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Nos dice el diccionario de la Real Academia Española que gabarrero «es el que saca leña del monte y la transporta para venderla». Pues bien, algunas personas han hecho de esta actividad la profesión de su vida. El Espinar, Rascafría, Cercedilla, Guadarrama, Navafría o Valsaín, dentro de la sierra de Guadarrama, son localidades en las que muchos de sus moradores han vivido y aún hoy viven de la gabarrería.

El asunto es más complejo de lo que parece. No sólo por las dificultades materiales que entraña, también por su regulación jurídica, en la que perduran atisbos de derecho consuetudinario, que se encargan de reflejar órdenes posteriores como la dada por Carlos III en fecha de 27 de septiembre de 1761, que dice:

«Ha venido S. M. en declarar que los pastos de invierno y verano que incluyen los pinares y matas, los disfruten y gocen perpetuamente las referidas comunidades..., disfrutando también las leñas muertas y secas de los referidos pinares» (1).

El gabarrero, pues, en principio, sólo puede apropiarse de la leña seca. Para ello recorre el monte con su caballería y allí donde encuentra latas muertas o un pino con ramas sin hojas (muestra de su sequedad), detiene su expedición.

Además, cuando los madereros hacen talas en el bosque, previamente señaladas, los gabarreros madrugan. El primero en llegar al lugar de la tala tendrá opción a llevarse para su propio provecho la leña del primer pino talado. El segundo gabarrero, la del segundo pino, y así sucesivamente, hasta llegar al último gabarrero, en que comienza entonces a correr el turno al primero.

Las relaciones entre los gabarreros y los guardas del pinar han sido tradicionalmente conflictivas. En ocasiones, por falta de leña seca, los gabarreros, para completar la carga, se veían obligados a cortar ramas vivas. Si les sorprendían eran denunciados. Y tras la denuncia venía la multa. Por ello puede hablarse de una vigilancia mutua, o, si cabe, era mayor la vigilancia que los gabarreros ejercían sobre los posibles movimientos de los guardas del bosque, que éstos sobre aquellos.

Pero es preciso, antes de nada, hablar del bosque. No se trata, desde luego, de un monte cualquiera. Los pinares de Valsaín, tanto forestal como ecológicamente, son una de las reservas naturales más hermosas de España. Propiedad desde el Medievo de la Comunidad de Ciudad y Tierra de Segovia, la Corona, que vio en ellos un bien codiciado, forzó su adquisición en 1761, según una Real Orden de Carlos III. Aseguraba así una expansión a la Corte de verano radicada en La Granja de San Ildefonso. No hubo fuerte oposición a esta compra porque primaban los intereses ganaderos en la Comunidad de Segovia, y quedó asegurado el usufructo de los pastos según reflejaba una cláusula de la compraventa antes transcrita.

Desde el piedemonte se aprecia la enorme masa boscosa de pino silvestre que se extiende por las laderas de la sierra. Los fustes de los troncos, tan verticales, empinándose contra el cielo, imponen con su presencia una nota de excelsa armonía, de solemne belleza.

Esta «es la mejor madera de los pinos españoles». Y aunque de este tipo de pino «existen importantes masas en los Pirineos, Burgos, Soria, Cuenca y Teruel, merecen especial atención los pinares de Balsaín (Segovia), por sus pinos altos, rectos y de excelente calidad» (2).

Estos pinares han suministrado madera para la construcción de casi todos los palacios, conventos y casas nobles en un radio superior a 100 kilómetros.

De hecho, en la actualidad, es la única de las maderas españolas que tiene aprobada marca de garantía, registrada como «Madera de Valsaín», pues los almacenistas, conocedores de su prestigio vendían cualquier tipo de pino silvestre como madera procedente de estos pinares.

Todo ello nos sitúa frente a una comunidad que ha vivido amancebada con el bosque y con la madera, que constituye la principal fuente de riqueza. No es extraño, pues, que generaciones y generaciones hayan hecho del pinar su forma de vida, su única forma de vida.

La labor ejercida por los gabarreros es positiva para el bosque, ya que es fundamentalmente en las ramas secas donde se ceban las plagas que lo asedian. También evita potenciales peligros de incendio, ya que al retirar estas ramas evitan su posible propagación.

Esta leña se destina a la venta, y normalmente servirá para paliar los rigores del frío, quemándose en estufas o calderas de calefacción.

Otro de los destinos tradicionales era su aplicación como combustible en la Real Fábrica de Vidrio de La Granja, en Intendencia o en la Fábrica de Loza de Segovia. En estos casos exigía un laboreo continuo, tanto en invierno como en verano.

LAS HERRAMIENTAS DE LOS GABARREROS

Las herramientas que utilizan los gabarreros son sencillas y están destinadas a facilitar su trabajo. Esta es su relación:

-Hacha de dos bocas (para cortar y pelar).

-Hacha de una boca.

-Cuñas de roble o encina seca (empleadas, sobre todo, para abrir tocones).

-Parihuelas.

-Gancho de empuje y arrastre.

-Ganchos trepadores (para subir al pino).

-Calzadera o soga.

-Azadón (para arrancar tocones o teos).

-Alcotana (con una boca de corte y otra de cavar).

Además de estas herramientas tradicionales, en la actualidad han incorporado el motorrierro.

OTRAS ACTIVIDADES DE LOS GABARREROS

En Valsain, durante la celebración de sus fiestas, que se desarrollan el primer domingo de septiembre, tienen lugar una serie de actividades y alardes relacionados con la gabarrería.

En el año 1988, cuando estuvimos por allí, llevaban ya 19 años seguidos celebrando este tipo de alardes, por lo que puede decirse que configuran parte intrínseca de las fiestas.

Los concursos, en diferentes modalidades y categorías, tienen como función reforzar los sentimientos de pertenecer a una comunidad dedicada históricamente casi por entero al oficio de la gabarrería. Es curioso observar cómo de este trabajo, si se quiere esforzado y rutinario, ha surgido una forma de cultura peculiar que alcanza su manifestación más depurada durante las fiestas.

La plaza que luego se empleará en lances de toros, concentra durante la víspera de éstos a una gran cantidad de personas, tanto del lugar como forasteras, interesadas en presenciar los concursos de tronzados, cortes de troncos y habilidad en la carga del gabarrero. Primero participan los niños, que han crecido en un ambiente en el que el hacha se ha convertido en herramienta totémica. Luego, las mujeres, y después, los mayores de 50 años. Todos manejan la herramienta con una destreza ejemplar. Se respira ese nerviosismo previo a los grandes acontecimientos. Los espectadores que abarrotan las gradas, rompen en aplausos cada vez que un concursante levanta el hacha señalando el término de la serie de troncos que le han sido asignados.

Pero la expectación se redobla cuándo, tras estos concursos, el coso de la plaza se comienza a llenar de troncos, apoyados en rastreles de cuatro en cuatro y puestos en orden descendente: primero los que alcanzan un diámetro de 45 centímetros aproximadamente, hasta los de 20 centímetros. Son doce troncos en total, que cortarán alternativamente dos mozos que forman equipo. La plaza queda en silencio, y junto a las respiraciones ostensibles de los hacheros, que expelen sonoramente el aire por la nariz, se oyen los golpes secos y precisos de las hachas, que se van abriendo camino en forma de cuña. Saltan las astillas a la arena, mientras el público asiste expectante al corte progresivo de los troncos a una velocidad vertiginosa. Sólo cuando un cortador oye el crujido del tronco, puede su compañero empezar a abrir boca en el siguiente, de modo que no se permite en ningún caso el trabajo paralelo de los dos cortadores. Diecinueve minutos tardó la primera pareja en rematar el lote de los doce troncos el día que asistimos al alarde en la plaza. En el momento en que termina, el cortador levanta el hacha en alto en señal de triunfo. Suena entonces un aplauso clamoroso.

Como consecuencia de estas tareas paradeportivas, se han creado en el municipio de Valsaín dos clubs de cortadores de troncos que desarrollan su actividad durante el tiempo libre, como homenaje a un trabajo tan señero y peculiar que, en buena medida, ha perfilado a lo largo de muchos siglos el carácter y la idiosincrasia de sus gentes.

LOS TRAMPALES DEL PINAR


Don Pedro Montes Pajares, el informante que nos facilitó algunos de los datos aquí reflejados, antiguo gabarrero, que actualmente trabaja como empleado del ICONA en el pinar de Valsaín, nos habló del peligro que entraña su vieja actividad.

-¿Por tener que subir a los pinoS? -le preguntamos.

-Bueno, también por eso -respondió-. Pero, sobre todo, por los trampales.

-¿Los trampales?

-Sí; las tollas o trampales. ¿No sabe lo que son?

Confirmé su presunción.

-¿Usted no ha visto en alguna película que los hombres se hunden poco a poco en la tierra cuando entran en arenas movedizas? Pues muy parecidos son los trampales: tierras húmedas que se encuentran en los lugares más insospechados en medio del pinar. El hombre que se siente preso en una de ellas intenta salir, y cuanto más esfuerzo hace, más se hunde. Sólo se puede rescatar a una persona lanzándole una soga desde lejos. Las caballerías que caen en una tolla son más difíciles de rescatar; la mayoría muere sin remedio.

-¿Ha muerto algún gabarrero en esos trampales?

-Ya lo creo -respondió apesadumbrado-; más de uno y más de dos. Por desgracia.

-¿Y usted se ha visto alguna vez atrapado?

Don Pedro Montes Pajares me miró con detenimiento, componiendo un gesto de fastidio. Luego, lacónicamente, dijo:

-Tenga presente que, en ese caso, no estaría aquí para contárselo.

PRESENTE y FUTURO DE LOS GABARREROS

Prácticamente, han desaparecido los gabarreros dedicados al oficio a tiempo completo. La mayoría han encontrado empleos estables en aserraderos, en empresas madereras, en la fábrica de cristal de La Granja o como vigilantes del pinar. Pasar los días enteros recorriendo las faldas de los montes en busca de leñas muertas es una actividad harto pesada y con resultados económicos irregulares, además de estar expuesta a sobresaltos y contingencias de todo tipo. Por ello creemos que puede afirmarse que los gabarreros profesionales están en trance de desaparición o que han sido absorbidos por el ICONA.

Ahora bien, estos mismos hombres que hasta ayer recorrieron las laderas abruptas de la sierra, no se resisten a dar definitivamente la espalda a su oficio. Y en las horas libres que les deja su trabajo suben al monte con la caballería de la mano o con automóviles pesados, idóneos para andar por las faldas de la sierra, para procurar leña a su propio domicilio o para poder encarar ventas en pequeñas proporciones que responden a compromisos antiguos. A la puerta de casi todas las casas se amontonan hacinas de leña de medianas proporciones, que son testimonio de que su vinculación con los pinares, aunque de modo más tenue, persiste.

Por lo demás, como ya hemos dejado apuntado arriba, los clubs de cortadores de troncos y los alardes que realizan han supuesto una continuidad o, si se quiere, una forma de adaptación a las exigencias de los tiempos presentes. Pensamos que de este modo perdura una forma de vida que, de otro modo, habría que dar definitivamente por acabada. Como en tantas otras manifestaciones colectivas, el rito sirve aquí no sólo como elemento de cohesión e identificación, también asegura la pervivencia de unos rasgos culturales nítidamente definidos, como en el caso de Valsaín.

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(1) San Ildefonso. Los jardines de la Granja y el pinar de Valsaín. Juan Manuel Santamaría. Fondo de Publicaciones de la Caja de Ahorros de Segovia. 1985.

(2) Tecnología de la madera. Librería salesiana. Barcelona. 1965.