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Derecho consuetudinario y Etnología en la Obra de Rafael Altamira

SANCHEZ GOMEZ, Luis Angel

Publicado en el año 1989 en la Revista de Folklore número 105.

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Rafael Altamira (1866-1951) ha sido uno de esos escasos ejemplos de «profetas en su tierra» (y fuera de ella) durante toda su larga e intensa existencia. Sin embargo, tras su muerte en el exilio, en México, la política y la intelectualidad oficial de la España del momento se empeñaron y consiguieron silenciar en gran medida su obra. Sólo algunas escasas, pero importantes, voces se levantaron en reivindicación del personaje (1). Este panorama se ha transformado radicalmente durante los últimos cinco o seis años. Del desprecio se ha pasado al homenaje público y, en definitiva, a la recuperación y valoración de su vida y su obra. Como consecuencia de ello se han publicado varios volúmenes que han aportado un importante caudal informativo sobre Altamira (2) .

Pese a esta relativa avalancha de investigaciones quedan todavía parcelas y aspectos de la obra de Altamira escasamente tratados, especialmente aquellos que no encajan de manera precisa y absoluta en alguna de las grandes corrientes de estudio seguidas por el autor, básicamente la historia de España y América y la historia del Derecho. Nuestro objetivo es, pues, ofrecer unas breves notas sobre una parcela de la obra de Altamira que podríamos calificar -con prudencia- como etnológica. Ciertamente entre su extensa producción bibliográfica (3) los trabajos que ahora nos interesan forman una relación no demasiado amplia, aunque sí lo suficientemente significativa para ser comentada y para formar con ella un apartado etnográfico y etnológico con significación propia.

Podemos agrupar esos estudios en dos grandes conjuntos. El primero es el que hace referencia a las cuestiones de derecho consuetudinario y economía popular (incluido el tema de la propiedad comunal) .En su Historia de la propiedad comunal (1890) (4) tenemos la primera obra de alcance sobre estas cuestiones, con ella consiguió el título de doctor en 1887, es por tanto un trabajo de juventud. La temática que aborda no es novedosa en esas fechas, al contrario, durante el último tercio del siglo pasado y primera década de éste se desata un enorme interés por las cuestiones relacionadas con la propiedad y la economía populares. Las razones para que esto ocurra son obvias: la ruptura con las formas tradicionales de propiedad de la tierra, la modernización de los sistemas de explotación y la reforma de las leyes de gobierno y administración local, unidas en nuestro país a la problemática oligárquica y caciquil, llevan a algunos autores a plantear la búsqueda de soluciones, volviendo la mirada hacia las formas comunales populares. La orientación regeneracionista es evidente: frente a la corrupción de los gobiernos que llevan al país al caos, se hace necesario encontrar las soluciones en el verdadero sentido del ser español, en sus leyes y costumbres tradicionales.

No tenemos espacio para hacer una valoración histórica de la postura de Altamira ante esta cuestión, aunque sí parece pecar de ingenua y tener un alcance muy limitado, muy alejado, por ejemplo, de la profundidad de los trabajos de Joaquín Costa. En esta obra Altamira aparece como un sistematizador, utilizando una extensa bibliografía recorre la historia de la propiedad comunal desde la prehistoria hasta la España del siglo XIX. No trata de hacer formulaciones ni elaborar grandes teorías, tampoco utiliza información de primera mano. Muestra, sin embargo, con claridad el estado de la cuestión sobre el tema, sin olvidar, claro está, la fuerte atracción del momento por el derecho primitivo. En este punto reafirma su oposición a la existencia de un matriarcado primitivo y plantea sus dudas sobre el «valor de las noticias referentes a los salvajes actuales para explicar la vida de los primitivos» y señala, no obstante, que la cuestión «reside en la seguridad con que pueden asimilarse los estados de los salvajes actuales con los primitivos, y en la relación cronológica en que esto ha de hacerse» (páginas 89-90) .En el último capitulo estudia las «comunidades de los grupos rurales» en los distintos continentes y en España, e igualmente la «comunidad familiar» en nuestro país. La obra, en definitiva, se nos muestra como una síntesis de gran importancia tanto para acercarnos al conocimiento de esas prácticas comunales que perduraban. como para analizar la mentalidad de hombres que, como Altamira, buscaban soluciones a la decadencia moral y económica del país.

Los otros estudios de Altamira sobre derecho consuetudinario tienen un carácter mucho más práctico y etnográfico. El primero de ellos está fechado en julio-agosto de 1896, se titula «Mercado de agua para riego en la huerta de Alicante y en otras localidades de la Península» y fue la colaboración de Altamira a la obra colectiva sobre Derecho consuetudinario y economía popular de España que publicó Joaquín Costa en 1902. En este breve ensayo se hace un recorrido histórico previo, comentando las diferentes legislaciones sobre el riego y a continuación se detiene en la descripción y valoración del sistema contemporáneo alicantino de reparto y venta de las aguas. Considera que el de Alicante es el «mercado de aguas más libre y con esto de menos garantías en punto a las transacciones » y que, a falta de mayores conocimientos, es «el más complejo, el de historia más accidentada y el de más discutible origen de todos».

La segunda de las obras a las que hacíamos referencia es el Derecho consuetudinario y economía popular de la provincia de Alicante, memoria premiada por la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas en 1903, en el sexto concurso que sobre dichas materias había creado esa institución. Este trabajo, de mayor extensión que el anterior, es un ejemplo destacado del gran interés que despierta en un sector de la clase intelectual del país el conocimiento de ese derecho y esa economía popular. Precisamente las convocatorias que mantiene la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas durante veinte años (1898-1918) sobre esas materias fomentará el desarrollo de dichas instituciones. En su memoria, Altamira recorre la situación de la familia, arrendamientos, tierras y servicios comunales; el trabajo del campo, el industrial y el marinero; las sociedades, cofradías y asociaciones especiales; los usos con respecto al riego; finalmente estudia las Fundaciones Pías del Cardenal Belluga (su labor de colonización interior en el siglo XVIII) y las actividades posteriores del Duque de Arcos en el mismo sentido. La amplitud de las materias tratadas impide la profundización sistemática en cada una de ellas, no obstante, la información reunida resulta de enorme interés e ilustra con claridad una ordenación y unas formas de vida que, en buena media, hoy resultan irreconocibles (5).

En el segundo grupo de obras, de los dos en que dividíamos las obras de carácter etnológico de Altamira, podemos incluir los trabajos que tratan de identificar el carácter y la «psicología del pueblo español». La preocupación de nuestro autor por descubrir la verdadera esencia del ser español tiene como finalidad más apremiante la necesidad de atajar la corrosión progresiva que viene padeciendo este país durante los últimos trescientos años. La crisis de 1898 y el abatimiento físico y moral que recorre el territorio español, reavivan en Altamira el ideal patriótico. Su discurso de apertura del curso académico en la Universidad de Oviedo en 1898 es buena prueba de ello. En 1902 materializa sus ideas al respecto en la primera edición de la Psicologia del pueblo español (habrá una segunda en 1917, y en 1950 tenía prácticamente preparada una tercera edición que no verá la luz) (6) .Como él mismo indicó, el libro fue escrito «en aquel terrible verano de 1898» y se publicó en parte durante aquel año y el siguiente en La España Moderna. En el prólogo a la primera edición señala cómo los hechos acontecidos son efecto de una situación más profunda, relativos al «estado de cultura» y a la «psicología de nuestro pueblo». Se pregunta si, ante las acusaciones de incapacidad que llegan de dentro y fuera del país, nos hemos de «cruzar de brazos» y «creer en los fatalismos de las razas». Cree que el cambio es posible y pasa por el fomento de la educación y la elevación cultural de los españoles. En el prólogo a la segunda edición de 1917 reafirma sus ideas, señalando que con su obra se propuso combatir tanto a los pesimistas como a los que buscaban diferenciar distintos grupos españoles por medio de la antropología, para así descargarse de responsabilidades históricas. Insiste en que, pese a haberse dado algún cambio importante desde 1902, los propósitos que entonces se perseguían y algunos de los problemas que pretendía resolver son aún patentes en 1917.

La tradición histórica de estudios sobre la psicología y el carácter de los españoles es muy extensa, el mismo trabajo de Altamira tiene un capítulo que la sintetiza. En la misma época en la que éste escribe son muy numerosos los artículos y libros que tratan la cuestión. Sin embargo, la obra de Altamira tiene un interés muy superior, equivalente en calidad a las meditaciones de Unamuno o Costa, aunque con un sentido propio muy particular.

Altamira, después de mostrar la «necesidad de las naciones», pasa revista a las opiniones y discusiones sobre el pueblo y el carácter español, estudia la situación contemporánea y plantea sus «remedios»: regeneración y obra educativa. En el plano estrictamente antropológico, que valora en su justa medida, hace un detenido análisis de los elementos que pueden influir en el desenvolvimiento de los pueblos y niega expresamente los determinismos raciales (págs. 37-56) .Señalemos, por último, que la obra incluye una amplia e interesante bibliografía ordenada por capítulos y brevemente comentada.

En el prólogo ya comentado a la segunda edición de su Psicología..., decía Altamira que a partir de 1898 la mayoría de sus escritos y conferencias en el extranjero tenían como finalidad mostrar al español auténtico, desnudo de mitos y leyendas contrarias o favorables. La obra que vamos a tratar a continuación puede considerarse el colofón de toda esta labor de explicación y difusión del modo de ser español, nos referimos a Los elementos de la civilización y el carácter de los españoles, cuya primera edición es de 1950, un año escaso antes de su muerte. El libro pretende ofrecer un cuadro de las notas más características de la historia de España y el carácter de sus habitantes. Quizás el tratamiento de los temas sea excesivamente esquemático, aunque precisamente su intención es ésa. Comenta tanto las características positivas como las negativas que parecen existir en nuestro pueblo y destaca igualmente la singularidad de la obra colonizadora en América, señalando -entre otros muchos aspectos- que España, «con los trabajos de sus cronistas, misioneros y viajeros en América y Oceanía, puso las bases de la filología y la sociología de los pueblos indígenas del Nuevo Mundo» (pág. 278).

Como complemento a esta labor de investigación podemos indicar la existencia de otro trabajo, de 1915, de carácter teórico, titulado Filosofía de la Historia y teoría de la civilización en el que se incluyen interesantes reflexiones sobre el concepto de civilización (págs. 51-57), el progreso humano (págs. 74-93), la difusión y los contactos entre los pueblos (págs.95-97), la legitimidad del fenómeno colonizador en la historia (págs. 100-123) y en el mundo contemporáneo (págs. 127-128), etc.

Vamos a terminar llamando la atención sobre un artículo de Altamira, escrito a los 23 años, en el que se aprecian con claridad sus ya entonces profundos conocimientos sobre sociología, término que él emplea, aunque igualmente podría haber usado los de etnología o antropología. Nos referimos a la reseña crítica que publica en La España Moderna en enero de 1889 sobre la primera parte del Tratado de Sociología (7) de Manuel Sales y Ferré. Considera que la obra es de enorme interés, “la exposición de hechos (...) es potabilísima y muy completa: lo flojo del libro aparece en la interpretación de aquellos y en las conclusiones" (pág. 201). Para Altamira la idea del matriarcado primitivo no tiene el carácter de "hecho esencial ", no hay pruebas precisas. Hay además algunos hechos que Sales interpreta de manera errónea, como el pago de una patente por parte del forastero que se casa con una mujer del lugar (costumbre conservada en pueblos de León y de otras provincias). Para aquél se trataría del "vestigio del derecho común de la tribu sobre las mujeres”, Altamira ve, sin embargo, en esta costumbre un vestigio de la endogamia, que comenzó a llevarse a la práctica en los primeros tiempos de la exogamia. Altamira señala otros aspectos que, de disponer de espacio, serían tema de discusión: el concepto de sociología, la idea del progreso social, etc.

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(1) Por ejemplo, los homenajes de la ciudad de Alicante y la Universidad de Oviedo de 1966, con motivo del centenario de su nacimiento. También el libro de Vicente Ramos, titulado Rafael Altamira (Alfaguara: Madrid, 1968).

(2) Vicente Ramos, Palabra y pensamiento de Rafael Altamira (Caja de Ahorros de Alicante y Murcia: Alicante, 1987); Armando Alberola (ed.), Estudios sobre Rafael Altamira (Diputación Provincial de Alicante/Caja de Ahorros Provincial de Alicante: Alicante, 1987); VV AA., Rafael Altamira (1866-1951) (Diputación Provincial de Alicante: Alicante, 1987) (catálogo de exposición).

(3) Vicente Ramos, en su obra citada de 1968, reúne la bibliografía de Altamira, aunque falta algún que otro artículo (págs. 340-373).

(4) Se publicó con un prólogo de Gumersindo de Azcárate, en Madrid, imprenta de J. López Camacho. El Instituto de Estudios de Administración Local la reimprime en 1981 con una interesante introducción de Alejandro Nieto.

(5) Altamira también se adentró en el ámbito de las costumbres y las fiestas populares, especialmente alicantinas, en breves artículos periodísticos y en comentarios incluidos en algunas de sus obras. Un buen número de ellos los dedicó al estudio de las famosas hogueras (fogueres) de San Juan (ver la obra de V. Ramos de 1987, págs. 223-235). En otras ocasiones escribe sobre costumbres y tradiciones de su tierra, en algún caso desde una perspectiva literaria (como en sus Cuentos de mi tierra, Cuadros levantinos, y Cuentos levantinos). No son éstos estudios hechos con pretensiones folkloristas o etnográficas, pero lo cierto es que aun en las obras literarias el autor pretende mostrar la realidad del alicantinismo que siente desde una posición lo más objetiva posible, mostrando a las gentes de su provincia tal como los ve, sin idealismos (sobre esta cuestión ver la obra de V. Ramos de 1968, págs, 296-338). Altamira estudió igualmente el derecho consuetudinario de Asturias. Según V. Ramos (1968:350) publicó en 1908, en Oviedo, unos "Interrogatorios de economía y costumbres jurídicas de Asturias". En el mismo sentido, Rafael Asín Vergara señala que en el "Fondo Altamira"" del Instituto de Bachillerato "Jorge Juan" de Alicante existe una obra inédita del autor sobre derecho consuetudinario de Asturias (R, Asín, "La obra histórica de Rafael Altamira", en Armando Alberola (ed.) Estudios sobre R. A., pág, 370).

(6) En 1976 la editorial Doncel hace una reimpresión de la segunda edición de 1917.

(7) Esta primera parte lleva un titulo especifico, aunque forma parte, junto con los volúmenes que aparecen en años sucesivos, del citado Tratado de Sociología, el titulo es Estudios de Sociología. Evolución social y política (Madrid: V. Suárez, 1889).