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APUNTES SOBRE LAS HURDES (Aspectos etnográficos y antropológicos)

BARROSO GUTIERREZ, Félix

Publicado en el año 1989 en la Revista de Folklore número 106.

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1.-DESPOJARSE DEL TOPICO.

En primer lugar, antes de meternos de lleno a hablar sobre la intrigante etnografía de Las Jurdes, yo les pediría a los lectores de este trabajo que se despojaran de ciertos tópicos que se han tejido en torno a las tierras jurdanas.

Y es que para la mayor parte de la gente hablar de Las Jurdes es hablar sobre un mundo extraño, demasiado esotérico, habitado por una raza nada común que, hasta hace poco, ha vivido casi en estado salvaje.

¿A quién echamos la culpa de que Las Jurdes hayan sido pintadas como tierras ingratas y semisalvajes? A mi modo de ver, un ilustre personaje de las letras españolas es el máximo y primer responsable de haber vertido en la prensa numerosas patrañas sobre esta comarca. Me estoy refiriendo a Lope de Vega. Este hecho que constato ha sido desconocido o no tenido en cuenta por quienes escribieron y elucubraron sobre estas tierras. Y es un punto de partida, trágicamente importante, para la historia de Las Jurdes. El que un personaje como Lope de Vega, figura culmen de las letras por aquel entonces, se preocupara de llevar a una de sus obras ciertas leyendas e historias que le contaron durante su estancia en Alba de Tormes, dio pie para que el mundo de los jurdanos o batuecos saltara a primer plano. Hasta aquella fecha no había salido a la calle folleto alguno o volumen que versara sobre una zona que estaba bajo las banderas del duque de Alba, y que en los legajos se la llamaba «Dehesa de la Sierra o de Jurde». La imprenta coadyuvaría a desparramar la ficción lopesca y, así, los lectores se crearon, con la lectura de la obrita, una imagen que distorsionaba la realidad social e histórica de la comarca.

A buen seguro que si Lope o algún otro escritor de gran renombre hubieran tejido cierto drama o comedia sobre otras tierras de las consideradas ingratas o marginales, tales como Los Ancares, la Maragatería, Las Alpujarras o Las Brañas asturianas, éstas se habrían puesto a la cabeza de la leyenda, pasando Las Jurdes y Batuecas aun segundo plano. Pero quiso la historia que hicieran de bufones los imaginarios batuecos, y, como tales, bien representaron su papel y buena imagen dieron de lo que no era una realidad concreta, sino fantaseada.

El mondongo que parió el denominado «Fénix de los Ingenios» («Las Batuecas del Duque de Alba») debió de ser escrito entre 1604 y 1614, pero no se imprimió hasta el 1638, una vez muerto el autor. Posteriormente, algunos otros, bebiendo en las fuentes lopescas, adobarían un cúmulo más de patrañas. Tal sucedió con Juan de Matos Fragoso, que Compuso en 1671 El Nuevo Mundo en Castilla. Le siguieron Juan de la Hoz y Mota con Descubrimiento de Las Batuecas, y el doctor don Juan Pérez de Montalván, con Nuevo Mundo en España.

En los siglos sucesivos se sigue inflando la leyenda. Por citar alguna reseña, veamos, por ejemplo, lo que nos dice Madame Arsene Alexandre en 1903: «Las Batuecas o Jurdes es otro pueblo, en la frontera de Portugal, que tiene casi tantos bandidos como habitantes, siendo el resto enfermos de bocio. Como en Ansó, se habla allí una lengua que no tiene nada en común con el español e incluso con ningún otro idioma. Esta población es la digna descendencia de los monjes, que por ser muy fornicadores y dañinos, eran enviados allí para expiar sus pecados. Sin embargo, las autoridades respetan esta población, porque cuando por casualidad un guardia civil hace la ronda por allí (lo que sucede muy de cuando en cuando), se precipitan a besarle las manos y a pedirle su bendición, creyendo que se trata de un obispo en visita pastoral.»

Con aleluyas y perlas como las descritas, se fue adobando la leyenda. Pero ¿qué hay de cierto en todo ello? Veámoslo a lo largo de las líneas que siguen.

2.-EI HOMBRE DE LAS JURDES.

Se ha escrito mucho sobre el hombre de Las Jurdes. Pascual Madoz, el autor de un impresionante mamotreto geográfico, nos dice así allá por el 1845: «Está habitado el país por una raza degenerada e indolente: no se conocen los oficios más necesarios a la vida; su ocupación se reduce a pedir limosna por las provincias inmediatas, lo mismo los hombres que las mujeres y niños. Sus alimentos son tan escasos como nocivos; en general, su alimento ordinario es la patata cocida y compuesta con sebo de cabra. Hombres y mujeres son de baja estatura y de un aspecto repugnante y asqueroso; jamás se peinan o lavan. Son adustos y selváticos, retirándose del trato de los demás hombres. La religión es desconocida; son inmorales en alto grado, cometiendo los crímenes más atroces, sin excluir ni el parricidio ni la poligamia... " Podíamos seguir, pero da náuseas oir ese cínico sonsonete. Madoz tan sólo acertó, en su tergiversación de la realidad jurdana, en un párrafo. Aquel que dice: «Guían sus operaciones agrícolas por las fases de la luna, la cual conocen perfectamente, deduciendo de sus cuadrantes la ocasión y término de sus males y los temporales sucesivos."

Otra cita, aparecida en la Geografía de España, de José Terrero (año 1956), nos pinta al jurdano de esta forma: «El hurdano es pequeño, de color oscuro, barba rala y fisonomía inexpresiva. Es una raza degenerada, «caricatura de hombres..."

Podríamos traer a colación más citas, pero todas están cortadas por el mismo rasero.

Es preciso echar mano de la historia para descubrir el verdadero carácter y fisonomía del jurdano. Y es que la historia, la oscura historia de Las Jurdes también jugó su papel -a veces triste, a veces cruel- y castigó sin miramientos a este pueblo de pastores. En el subconsciente del jurdano quedan ecos de un pasado glorioso, cuando la sierra era un bosque feraz; cuando los rebaños de cabras daban para alimentar al hombre y al lobo; cuando los ciervos y venados triscaban a sus anchas por tesos y vaguadas; cuando, al decir del tío Mero -anciano de Nuñomoral con una memoria prodigiosa-, «sus antepasados eran tan ricos que daban de comer a los perros en cazuelas de oro...» ¿Qué habrá de cierto en estos recuerdos? ¿Acaso son el producto de un pasado idealizado, de una historia amasada con absurdos triunfalismos...?

Tal vez así piensen los que caminan a la ligera por la comarca. Esta fue la óptica de Fray Gabriel de San Antonio, de Alonso Sánchez, de Lope de Vega, de Tomás González de Manuel, de Ponz del Padre Feijoo, de Pascual Madoz, de Barrantes, de Maurice Legendre, de Víctor Chamorro, de Pérez Mateos..., de tantos y tantos que descargaron sus tinteros para lucubrar sobre los terruños jurdanos.

Pero si sus plumas hubieran sido más rigurosas con la Historia, entonces se habrían percatado de las huellas y vestigios que antiguas civilizaciones dejaron impresas por las serranías jurdanas. Porque Las Jurdes constituyen un auténtico santuario del Bronce. Los petroglifos se cuentan por docenas, y los ídolos-estelas aparecieron también entre sus fragosidades. Esto es una prueba palpable de que hubo una civilización -y esplendorosa, a juzgar por los restos materiales- en el primer milenio antes de Cristo, aproximadamente.

Sobran, por lo tanto, teorías adobadas con judíos perseguidos, moriscos y gentes de mal vivir o acosados por la justicia. Los que así teorizaron tuvieron una visión alicorta de la dimensión histórica de la comarca. A través de un simple y vulgar razonamiento, dedujeron algo así: «En Las Jurdes no existen apenas condiciones de habitabilidad, luego el pueblo jurdano es un pueblo de refugiados, de gente condenada por cargas concejiles o judiciales.»

Pero los avatares históricos son mucho más complejos, y si Las Jurdes se defendieron con desahogo a lo largo de muchos siglos, no pasaría lo mismo a partir de finales del siglo XIII, cuando gran parte de estas tierras pasan a depender de la villa salmantina de La Alberca.

La dehesa de lo Franqueado (hoy, Pinofranqueado) se libró del señorío albercano, y en 1528 se constituyó en concejo, conquistando su libertad por el precio de 18.000 maravedíes y 80 pares de perdices. Pero el resto de Las Jurdes tuvo que aguantar, hasta el 1835, el oprobio del tiránico concejo albercano. La Alberca hizo y deshizo a su antojo. El jurdano se vio impotente para enfrentarse a los todopoderosos regidores albercanos. De poco sirvieron los pleitos y los litigios en la Real Chancillería de Valladolid y duramente fueron reprimidas las revueltas surgidas en algunos pueblos de Las Jurdes. La mano incendiaria comenzó, en señal de protesta y de rabia incontenida, a quemar el vastísimo bosque de castaño y alcornoques. Luego vendría la «tinta», epidemia que acabó por arrasar lo que el fuego había dejado indemne, y las rocas enseñaron su desnudez, y el agua y el viento lamieron avaramente las laderas de la montaña.

La impotencia de todo un pueblo abocado a la indigencia acabó por crear una auténtica y colectiva frustración histórica. Y por ello el jurdano se hizo hosco y desconfiado. Se arrinconó en sus alquerías, se imbuyó del absurdo orgullo de un hidalgo venido a menos, y en su corazón ardió la tea de la xenofobia. Pesaban mucho -y aún pesan- los dos trágicos factores: la geografía desnuda y la aciaga historia.

La Alberca llegó casi a asfixiar la mayor parte de Las Jurdes. Aún hoy oyes contar cosas como estas: «Todu el oru, los jilus de oru, las jarracáh, loh galápaguh... que hay en La Alberca son de Lah Jurdih; eran de nuehtruh agüeluh.» y todavía los niños albercanos, cuando ven que algún jurdano traspone el Portillo de la Cruz, le dicen con cierta sorna: «Hurdano, a pagar el corretaje, que tú eres de Las Hurdes.»

Mucho más habría que hablar sobre la idiosincrasia del jurdano, sobre su egoísmo e individualismo, fruto de un desmesurado apego al terruño, a ese feroz minifundismo (triste consecuencia de la falta de tierra cultivable); sobre su sentido de la libertad primitiva; sobre sus condicionamientos socioeconómicos... Pero no podemos detenernos, ya que entonces no acabaríamos nunca.

Digamos, como colofón a este apartado, que en Las Jurdes abunda un tipo jurdano muy característico. Es alto, de cabello rubio, tez trigueña y ojos claros. Pertenece al tipo conocido como indoeuropeo o céltico. Asimismo, la casi totalidad de los niños son todos rubios hasta alcanzar una edad de 9 ó 10 años. A tenor de los archivos municipales, donde se ofrecen las características somáticas de los mozos que marchaban a las guerras de Cuba o Filipinas, podemos darnos cuenta de que el tipo descrito era el predominante. Posteriormente, con la llegada de cientos de niños expósitos -llamados «piluh" en Las Jurdes-, la etnia cambiaría. Puestos a buscarle un posible origen al hombre de Las Jurdes, tal vez no iríamos muy descaminados si habláramos de algún clan o tribu indoeuropea que se enquistó en estos estrechos valles y permaneció, casi con toda su pureza, a través de los siglos. Puntos de referencia podrían ser los siguientes:

1. La disposición urbanística de las aldeas jurdanas, cuya distribución recuerda los castros célticos excavados hasta la fecha. Asimismo sus viviendas, las más antiguas, conservan estructuras y esgrafiados de auténtico corte castreño.

2. Los restos arqueológicos aparecidos en la zona; la inmensa mayoría pertenecientes a la Edad del Bronce, época en que tienen lugar grandes invasiones indoeuropeas en nuestra Península.

3. La pervivencia de ciertas tradiciones relacionadas con el culto a los astros, fundamentalmente a la luna y al sol, así como algunas danzas de carácter guerrero, el mito del macho cabrío y otras costumbres funerarias.


SEGUNDA PARTE

1. TRANSCURSO DE LA VIDA DEL JURDANO.

Al comenzar la segunda parte de estos apuntes y que es la que describe ciertos rasgos etnográficos de la vida del pueblo jurdano, quiero dejar constancia de que parte de estas tradiciones han perdido su antiguo esplendor y no se conservan con su pureza primitiva; en cambio, otras siguen pujantes, sin que les haya hecho mella la avasalladora sociedad de consumo.

Empecemos, pues, por la primera fase de la vida del jurdano, es decir, por su Nacimiento. Y he aquí que al niño jurdano, nada más nacer, le acechan tres seres malignos: la luna, las brujas y el quebrau.

Cuando aun chiquinu (nombre que dan al niño) presenta escoceduras entre los muslos, dicen que lo «ha cogíu la luna» o que está «alunau». También suele suceder esto si ponen al chiquinu cara a la luna, de modo muy especial cuando está en fase creciente. Como remedio a este mal, colocaban a los niños unos amuletos, de hierro o nogal, en forma de medias o lunas enteras, que colgaban de sus cuellos. En algunos pueblos jurdanos, estos amuletos llevan grabadas tres cruces, en recuerdo de la cruz de Caravaca, y tienen que ser realizados durante el día de Jueves Santo, a la par que se celebran los Oficios sagrados. En otras aldeas, tales amuletos deben ser introducidos en agua bendita antes de colgarlos del cuello del niño. En el municipio de Caminomorisco, estos amuletos podían tener también forma de manos o de pies.

Pero si bien la luna afecta de manera directa y más frecuentemente al niño jurdano, no obstante también ejerce notoria influencia sobre el resto de personas, animales y plantas.

El arcaico culto tributado a la luna como diosa funeraria, está bien presente en esta comarca. Se oye decir con frecuencia por tierras jurdanas: «La luna trai muchuh revoltoriuh. Velaí, agora vinu con airi cierzu y se llevó a fulanu...». Además, hay un refrán que dice: «luna con airi siempri saca carni». Y es por la creencia de que si el cuarto creciente viene acompañado de viento por fuerza debe morir alguien en el pueblo. Se cuenta, incluso, de personas que empezaban a exclamar: «-Huy que malu estoy de la luna, que malu estoy de la luna...; huy qué revoltoriu...». Y en el revoltorio se quedaba.

Asimismo, aún se percibe perfectamente por numerosas aldeas jurdanas la creencia en el poder fecundante de la luna. Se oye todavía decir: «el críu vendrá a las nuevi lunah». A la mujer, al ser hembra receptora, es a la que más coge la luna. Por ello, suelen comentar en el baile unas mozas a otras: «Ten cudiau, no siendo que te coja la luna».

Sigue también muy vigente la costumbre de esquilar y castrar a los animales en menguante. La explicación que dan de ello no deja de ser curiosa: «Es porque en menguanti va menguandu la luna, y no se jincha el ganau y no tieni tanta furia». Tal vez esta costumbre, al igual que la de talar árboles y sembrar ciertos productos en menguante, tenga mucho que ver con la arcaica creencia de que no se puede ir contra el ritmo cósmico. Si estas prácticas se llevaran acabo en creciente, se atentaría contra el orden natural, pues no se puede cortar o castrar un organismo vivo en un momento en que sus fuerzas están creciendo.

A decir de la mayor parte de los prehistoriadores, un antiguo nombre de la luna era el de «Arco», al parecer de raíz aria. Pues en le única lápida hallada en el municipio de Nuñomoral, escrita en caracteres latinos pero con onomástica céltica, aparece muy claro el término de «Arco».

No podemos entretenernos más en esta temática lunar y su relación con el pueblo jurdano, porque casi sería motivo de una tesis.

2. RITOS DE PASAJE: EL RETOZU.

Los zagalillos jurdanos para pasar a la fase de zagalones, deben pagar la cántara de vino. En la cuadrilla de los zagalones se encuentra el «arcardi-mozu». Este es el que estipula cómo, dónde y cuándo se debe llevar a cabo este ritual. Se señala un día, normalmente un domingo o festivo, para que el zagalillo pague lo acordado, y una vez lo haga, ya se puede considerar zagalón, y el ser zagalón da derecho al «Retozu»

Por las Jurdes, al llegar la Cuaresma, como no suele haber baile, los días festivos, la mocedad se dedica -ya menos- al curioso juego del «Retozu» Acostumbran a juntarse los zagalones y las mocitas y salir a tomar la brisa a las afueras del pueblo. Al ser época de primavera o de finales de invierno, el campo presenta un maravilloso dosel, tremendamente atractivo para tirarse indolentemente sobre él.

Casi siempre es un mozo el que rompe el hielo del ritual. Y a la voz de «¡ámuh a retozal!», las cuadrillas corrían hacia alguna era o prado, comenzando allí un jolgorio desenfadado pero con unas claras connotaciones sexuales.

Los zagalones cogen a las mozas y las abrazan; las besan en la cara y las agarran por los pechos. Y ellas, por su parte, devuelven las caricias cogiendo a los mozos por los testículos. Unos y otras, en verdadero amasijo, ruedan por la pradera.

Este divertimento, según declaraciones de numerosos informantes, no es en sí libidinoso. Frases como éstas demuestran bien la esencia del «Retozu»: «Ibamos a retozal sin malicia neguna; a vécih cogémuh a arguna moza pol lah tétah y, sin queré, la jacemuh daño; y otrah vecih, éllah moh agarran poi lah nuehtrah partih y, tamién sin queré, moh jacin dañu». «Si hay argún mozu que quieri pasalsi en el retozu, a lo mejó recibi una guantá de la moza, que lo quea en vergüenza delantri de tó el mundo». «Cuandu arguna moza retozaba máh a menú con argún mozu, ensiguía se corría pol el puebru: -fulanitu y fulanita ya van a sel nóviuh. poh retozan júntuh».

La segunda parte del «Retozu» se centra en el juego del escondite. En el momento de esconderse entre el matorral, algunas parejas aprovechan la ocasión para hacerlo juntos y, así, poder emitir sus arrullos amorosos.

Como se observará, el «Retozu», al que precedió un rito de pasaje, viene a ser un incipiente galanteo amoroso, que crea un clima apropiado para la unión de parejas.

3. OTRO RITO DE PASAJE: LA QUINTA

Varía de unos pueblos a otros, en Las Jurdes, el reinado, que suele durar un año completo, de los quintos. Los meses en que la quinta se divierte por las calles del lugar constituyen un claro rito de pasaje. Al igual que en otras partes, suelen ser los quintos los organizadores de numerosos festejos fundamentalmente los relacionados con el Carnaval, que en Las Jurdes alcanza connotaciones muy pintorescas y muy arcaicas, pero que dejamos para otra ocasión.

Apuntamos aquí otro ritual singular que celebra la quinta por esas tierras jurdanas. Nos referimos al rito del macho cabrío. Ya se sabe que tanto el toro como el macho cabrío eran considerados, en la antigüedad, como animales con gran poder fecundante, por lo que ciertos pueblos los elevaron a categoría de dioses, casi siempre bajo unas connotaciones totémicas. En Las Jurdes, los quintos acostumbran -normalmente por San Blas- a engalanar un macho cabrío, al que cuelgan infinitud de cintas multicolores y un descomunal cencerro. Le atan una larga soga a los cuernos y lo pasean por las calles. De vez en vez, le abren la boca y le, echan vino de la bota, hasta que consiguen emborracharlo. Luego, lo sueltan, y el macho corre detrás de la chiquillería. El día 3 ó 4 de febrero suelen sacrificar al animal, que comerán en compañía de sus padres (no de las madres) y del tamborilero. Ese día acostumbraban a pagar el baile de tamboril los quintos. Cuando muere el macho, los quintos recorren las casas del pueblo, realizando una cuestación. Todo vecino debe darles por obligación huevos, dinero o un chorizo especial que se hizo expresamente para este día en la época de la matanza. Al terminar de realizar la cuestación, los quintos, que durante todo su año de reinado se han acompañado de unas panderetas de piel de perro, proceden a romper estos instrumentos, pues, de hecho, ya tienen que dejar paso a la nueva quinta.

A la vista de este rito de pasaje, podemos sacar las siguientes conclusiones:

1. Que la quinta escoge un macho cabrío porque este animal es símbolo de la fecundidad y fertilidad. Al comer su carne, estos poderes serán transmitidos a los quintos, que podrán hacer ya uso de ellos, pues a raíz de la quinta es cuando se formalizan los noviazgos.

2. Que el hecho de comer esta carne del macho sólo los quintos y sus padres, refleja la pervivencia de una sociedad patriarcal.

3. Que la cuestación popular patentiza los lazos de solidaridad existente en la comunidad, la ayuda que se da a la quinta refleja, además, ciertos matices sexuales, pues los dones que se les entregan son muy significativos: chorizos y huevos.

4. Que el hecho de romper la pandereta, que ha de hacerse con el puño cerrado hasta rasgar su piel, deja entrever cierta simbología sexual. El puño parece ser un símbolo fálico y la pandereta el receptáculo femenino. El hecho de romperla franquea al quinto las puertas para que pueda ya acceder al acto sexual.

No nos queda otro remedio que ser escuetos en lo tocante a la quinta en las Jurdes. Otras curiosas costumbres giran en torno a este rito de pasaje, pero hora es ya de que pasemos a ciertos ritos nupciales.

4.BODAS EN LAS JURDES.

Limitémonos a destacar dos aspectos de las bodas jurdanas: La Espiga y el arado.

Consiste la Espiga en un baile que tiene lugar delante de la mesa en donde comen los recién desposados. Se celebra el día de la boda propiamente dicho pues, hasta hace poco, las bodas en Las Jurdes se componían de seis días: pitoriu, frutah, machuh, boa, tornaboa, y tíuh carnalih.

Los invitados de los novios se acercan a «ehpigá» a éstos. El tamborilero toca un ritmo muy rápido, denominado «picau». Una pareja baila con los novios; al finalizar la pieza, se entregan a los padrinos, que presiden la mesa nupcial, dinero o frutos de la tierra. En este baile sólo intervienen dos parejas: la de los novios y otras dos personas invitadas; luego se acercará una nueva pareja y así sucesivamente, por lo que el rito se eterniza, acabando los novios completamente rendidos.

En otras aldeas jurdanas, se baila la «manzana», que es muy semejante a la Espiga, con la única diferencia que durante el baile la novia sostiene una manzana clavada en un tenedor En esta manzana se han practicado varias rajas. Al finalizar la pieza del tamborilero, la pareja que ha bailado con los novios introduce dinero en metálico en dichas rajas.

También en otros pueblos de esta comarca se baila el «Tálamu». Este baile, al contrario de los dos anteriores, se realiza al aire libre, normalmente en la plaza pública del lugar. Se forma un recinto cuadrado con bancos. En una de las esquinas se coloca una mesa, presidida por los padrinos y los padres de los novios. El baile es a semejanza de la Espiga y La Manzana, pero en esta ocasión se admiten regalos sorpresas. No es extraño, por lo tanto, que se deposite encima de la mesa algún paquete conteniendo un gato, o un lagarto, o una rata, o ciertas prendas íntimas.

ARADO:

Otro de los ritos nupciales de Las Jurdes, conservado de modo muy especial en la aldea de La Huetre, pedanía de Los Casares de Las Jurdes, es la constumbre de obligar a los recién casados a que aren un trozo de terreno. El mismo día de la boda, se unce a los novios a un arado, llevándolos a un huerto. Cualquier invitado a la boda puede agarrar la mancera y arar unos surcos, previo pago de una cantidad estipulada. Según el número de surcos que abra, así será la cantidad de dinero que tendrá que entregar a los novios.

La explicación que dan a este rito los propios lugareños es la siguiente: «Apartí de la ayúa pa loh noviuh, lo del arau vieni a sé una comparanza al hombri, y la tierra que se ara es comu si juera la mujé; el yugu quieri dicí la unión que debi reiná pol siempri entri luh dó; y lus surcuh representan loh hijuh u hereeruh que puedi tené esi matrimoniu».

No van muy descaminados en cuanto al significado del rito los jurdanos de La Huetre, pues varios antropólogos han constatado ya que la asimilación del acto generador al trabajo agrícola es una intuición arcaica y muy extendida. Y estas asimilaciones antropotelúricas no han sido posibles más que en civilizaciones que conocían la agricultura y las causas reales de la concepción. Vemos, por ejemplo, cómo a la heroina del Ramayana, Sita, la encontró su padre, Janaka, en el campo mientras labraba, y la llamó Sita, que quiere decir «surco».

5. LA MUERTE EN LAS JURDES.

Juan Domínguez Berrueta, catedrático del Instituto de Salamanca, escribía así en 1907: «Los hurdanos, descuidados o despreciativos para las enfermedades, son muy temerosos de la muerte. Cuando alguna defunción se avecina en una casa todos los moradores de la aldea van a rezar y acompañar a la familia constantemente. Van al entierro todos, constituidos en «hermandades», conduciendo el cadáver, en hombros, o en caballería, atado a una escalera, entre dos sacos de paja; envuelto en una sábana. En el trayecto hasta el cementerio, que a veces dista 10 ó 15 kilómetros, descansan varias veces delante de unas cruces donde rezan. El acto de cargar y descargar el cadáver es obligatorio, por turnos., para los vecinos. Después se vuelven juntos a comer en la casa mortuorio, Lloran mucho por el difunto y le rezan muchos años».

PREMONICIONES DE MUERTE:

En Las Jurdes hay miedo horrible al «Pájaru de la Muerti». Para los habitantes de El Cerezal, el «Pájaru de la Muerti» es de color ceniza, del tamaño de un "gallu-monti" (alcaudón real). Es un pájaro muy esquivo, que se ve con poca frecuencia. Se alimenta de higos, principalmente. Su canto anuncia la muerte, y si llegara a posarse sobre el tejado de alguna casa, es seña segura de que algún morador de esa vivienda dejará próximamente de existir.

El cuervo, llamado "guarru" en muchos pueblos, también anuncia la muerte. En otros, como Vegas de Coria, viene a ser la caraba (cárabo) o la coruja (autillo) .Me contaban en este pueblo el siguiente caso: "La mi Hipólita, que en pá jehté, ehtaba mu malita en la cama. Ehtaba ya la probi si se iba o no. Serían cumu lah doh de la nochi. En ehtu que comienzu a sintil dendi la calli: -¡"Meru, ehta nochi te se mueri la mujé!", y venga a repetí lo mehmu. Mansomu pol una ventana y veu al pájaru de la muerti aposau en la baranda del barcón. Y aquella nochi me se murió la mi mujé. Bien me lo anunció el pájaru".

En otro pueblo jurdano, me decían: "Ehtu de la muerti cumu mejol se sabi eh con loh pájaruh. Cuandu pasi la lechuza de la ermita del Crihtu a la Iglesia, o se prepara muchu airi cierzu, o lluevi mucho o se lleva a argunu pol delantri. Existen, en Las Jurdes, otras premoniciones de muerte, como el tabú que entraña el término "negro", ciertas coloraciones de la luna, paso de estrellas fugaces, etc., etc. Pero pasemos, ahora, a otros rituales relacionados con la muerte.

Cuando un jurdano muere, rápidamente se le colocan encima del vientre unas tijeras en forma de cruz. Dicen que esto se hace para espantar las brujas. Las tijeras en cruz se utilizan mucho, pues también se las ponen en las cunas de los niños, con el mismo fin. Y las emplean también para alejar las tormentas. En algunas aldeas jurdanas siguen volteando los espejos que hay en la casa, apagando el fuego del hogar y quitándole esquilas y campanillos al ganado. En otras, sacan, durante la primera noche, después de enterrado el cadáver, todos los enseres que pertenecían al difunto a la calle, al objeto de que «el cheratu y lo malu del difunto se lo llevin luh espírituh, y quedin purificáh y limpiah lah cosah».

En ciertos pueblos, como Vegas, la gente asistía a los entierros cogidas de las manos. Siguen existiendo hermandades de ánimas en diversas aldeas. En La Huetre, por ejemplo, debe asistir a cada entierro al menos una persona de cada casa. De lo contrario, son multados los ausentes, y estas multas deberán ser satisfechas en cera.

Los entierros en Las Jurdes han constituido toda una odisea. Gran número de aldeas carecían de cementerios. Hasta nuestros años veinte, pueblos como El Gasco, Fragosa, Martilandrán, etc.. debían llevar sus muertos a enterrar en el cementerio de Las Mestas, lo cual suponía dos días de viaje por caminos de cabras, monte a través. Es muy contado por la comarca este curioso caso: «En cierta ocasión, en el pago de «Las Pizarrosas», una fuerte lluvia comenzó a caer sobre el cortejo fúnebre. Como ya se hacía de noche, los acompañantes dejaron las andas con el cadáver en una caseta que existía en aquellos parajes. Un par de personas se quedaron a dormir en un chozo cercano; el resto fue a hacer noche al pueblo más cercano. Pero he aquí que se presentaron los lobos, amañándose para entrar en la caseta, y dieron cuenta del cadáver y del burro que lo transportaba. De madrugada, llegó un albercano, que era el dueño de caseta, y al ver aquel espectáculo, sufrió un ataque al corazón y cayó muerto».

Había muy pocos cementerios en Las Jurdes. Y algunos eran inservibles. En Cabezo, por ejemplo, levantaron un camposanto, pero no pudieron enterrar a nadie en él, ya que todo el suelo era pizarra pura y no se podían abrir las bochas.

Era muy frecuente la comida después del entierro, asistiendo a ella familiares y allegados. Casi siempre consistía en carne, pan y vino.

Al difunto se le tiene un enorme respeto. Se le guarda un luto rigurosísimo. El segundo día de la matanza, todos los familiares se ponen de pie en torno a la mesa donde han estado comiendo. Le hacen un sitio al difunto, y lo recuerdan con oraciones. Los parientes más cercanos al difunto se cubrían de prendas negras durante bastante tiempo. Hasta en los meses más calurosos del verano había que llevar tales prendas. Los hombres con capas o anguarinas, aunque estuvieran ejecutando faenas de trilla o acarreo; y las mujeres con cobijas, sayas y medias negras. En la fiesta de Todos los Santos, llamada en Las Jurdes con los nombres de «Calbotá», «Calbochá» o «Magohtu». también se llevan acabo una serie de rituales muy singulares, todos ellos relacionados con el culto a los difuntos.

LAS ANIMAS.

Dentro de este capítulo dedicado a «La Muerte en Las Jurdes», merece mención aparte el misterioso mundo de las ánimas. Y es que por estas tierras jurdanas las ánimas aparecen a la vuelta de la esquina y constituyen una contínua obsesión para los habitantes de estos estrechos valles.

Tengo recogidos montones de casos de apariciones de ánimas. Hasta he llegado al convencimiento de que «algo debe haber». Mi estancia en Las Jurdes me ha hecho creer en estos espíritus. Y puede ser que lo que vi una noche, cuando subía al Hogar de Nuñomoral, fueran estos seres errantes. ¿Quién puede decirme lo contrario?

Por El Cerezal y Asegur, las Animas se aparecen con sábanas blancas, que están huecas. Las sábanas tienen tantas manchas negras como pecados ha cometido en su vida. Se suelen aparecer durante las horas nonas. Tan sólo se aparecen aquéllas que aún no han purgado sus pecados. Si una persona desea que se le aparezcan las ánimas, debe buscar a una mujer llamada María, la cual debe decir nueve avemarías y unos cuantos padresnuestros. Cuando las ánimas tienen miedo a transmitir alguna cosa, se aparecen en forma de objetos blancos: una mariposa blanca, un gato blanco, una paloma... Pero cuando no tienen miedo a decir las cosas cara a cara, se aparecen en forma de sábana hueca. En los lugares donde se aparecen con más frecuencia son en los huertos, en la cocina y en la calle.

Por la zona del río Malvellido, las ánimas se aparecen los jueves por la noche, de las 12 en adelante. Van vestidas con un manto blanco y llevan una vela en la mano. Caminan desde la iglesia al cementerio y al revés. Si uno se encuentra con ellas, no debe decirles nada ni cortarles el camino, porque entonces moriría muy pronto. Las ánimas caminan una detrás de otra y sólo recorren dos veces en una misma noche el camino de ida y vuelta, metiéndose después en la iglesia.

Con las ánimas pueden ir otros espíritus malignos, que también salen los jueves por la noche. Estos espíritus buscan la persona que ha de morir en días próximos en el pueblo. Antiguamente, para que a una familia no se le apareciesen los espíritus malignos, debía enterrar a sus difuntos con la cabeza hacia el poniente.

Y ya, para terminar estos apuntes, que sólo han constituido una ínfima parcela del rico bagaje antropológico que encierran las tierras jurdanas, voy a transcribir la conversación mantenida con una mujer, mitad curandera, mitad bruja, de uno de los pueblos que bajan a beber en el río Malvellido. No hace mucho que murió. Seguramente que descansa en el sueño de los justos. Se lo merecía.

«Yo, señó, voh digu que mi pairi era saludaó. Tenía la gracia de curá a todu el mundu, y ehta gracia me la dio a mí, dijiéndumi jartalga de cosah guenah. Hogañu, aquí atrasoti, llegorin unuh jombrih de luh Casarih. Trajiorin a un güen mozu, c'andaba maletu, y me dijun asina: «-Hemuh andau de méicoh en Ciá Rodrigu con el mozu, y eh que tieni aquí, en el güesu moru, una mangraura, y otra en el güesu de la olla, y no acaluga de modu nengunu; tanaina pa un lau, tanaina pal otru, y venimuh a que moh lo sani, que el méicu no acertó con lah pirdurinah que le ehpetó».

«Y yo curé al mocitu. Y sepa usté, señó, que pa luh mangrauh, luh ehcuajarauh y luh embrujauh, no hay naidi cumu yo pol ehtuh ríuh de Lah Jurdih. Asina, pal regaeru de la choca, que en otrah partih dicin riúmah, no hay mejol cosa que fritil en aceiti doh lagartuh; dihpué luh machacah bien y luh rebuja con raícih de torbihcah, y con esi ungüentu le dah de juru y de juru, y vaiti ya, que quéa sanau».

«Pa la calentura, lo mejó que hay eh bebel en canal el moji d'una miñiga cocía. Pa la tiricia, con arrodealsi unuh ajuh al pehcuezcu, s'avía un tantu la colol. Cuandu alguién tieni torzón de comel mucha cahtaña, hay que dali de continu miñigah de ratón cociah con agua de berruh y sal; y si gomita, que gomitará, se sanará. Cuandu un niñu ehtá quebrau, hay que il una nochi una María y un Juan. Y dambuh a doh se pasarán al chiquinu de un lau a otru, pol la jorcajá, y se dirán: «-Tómalu, María; -Dácamelu, Juan». Y cuandu dolin luh oíuh, hay que meteli sesuh de palumbu, que si dolin eh polque el cocu d'aentru tieni jambri y comicumu nusotruh».

«Y ehtah y otrah muchah cosah que no le puedu dicil porque le faltaría al mi padri, que en tierra bendicía ahté, son lah de la mi gracia. Y muchoh son luh que vienin a velmi».

CONCLUSIONES

Una vez realizado este superficial recorrido por las sendas antropológicas y etnográficas de la Comarca de Las Jurdes, podíamos apuntar una serie de conclusiones, que, sin entrar en profundidades, tal vez serían como siguen:

1. Las Jurdes han constituido, a lo largo de los siglos, unas tierras incomunicadas, debido a singulares factores geográficos. Ello no quiere decir que sus habitantes hayan permanecido en completo aislamiento, pues salían fuera de la Comarca en determinadas épocas del año, de modo fundamental durante la siega. Sin embargo, estas salidas esporádicas no han afectado de modo directo al modus vivendi y a la idiosincrasia del jurdano.

2. Todo jurdano es consciente de pertenecer a un territorio determinado, que son Las Jurdes. Hasta hace muy pocos años, el jurdano no era consciente de que sus pueblos estaban enclavados dentro de una región llamada Extremadura. Para ellos, salir fuera de la Comarca implicaba ir a Castilla (si era hacia el norte) o ir a Extremadura (si era hacia el sur).

3. Debido a una serie de circunstancias geográficas e históricas, no muy gratas, sobre todo a partir del siglo XIII, el carácter del jurdano se tiñó de cierta xenofobia; aumentó su cerril individualismo, lo que generó, en numerosos casos, un acusado egoísmo, y aumentó su desconfianza hacia el Estado y los poderes establecidos en sus tierras. Pero ello dista mucho de llegar a estadios de brutalidad y de inmoralidad, como nos lo han querido pintar demasiados escritores, más predispuestos a saciar las mentes fantasmagóricas de sus lectores, que a plasmar la rigurosa realidad.

4. En las Jurdes existe una serie de tradiciones y de costumbres, no generales para todos sus pueblos, ya que hay acusadas diferencias locales, Y este acervo tradicional se ha conservado, tal vez mejor que en otras partes, porque el aislamiento de la Comarca ha impedido que entraran con facilidad otras modas y usos.

5. Es muy arriesgado hablar de autoctonía en las tradiciones de estas tierras jurdanas, pues muchas de sus costumbres se emparentan con otras de nuestra región extremeña, especialmente de aquellos pueblos que pertenecieron al antiguo reino de León. El hecho de que bastantes de las tradiciones jurdanas encuentren paralelos en ciertas partes europeas, nos hace pensar en que gran parte de estas constumbres responde a una viejísima tradición, extendida por una amplia zona de nuestro planeta, que se conservó mejor en unos sitios que en otros, adquiriendo también ciertas particularidades en diversos puntos, bien debido a la cristianización o al haberse amalgamado con otras costumbres.

NOTA.-La práctica totalidad de los datos que aparecen en estos apuntes, son debidos a mis trabajos de campo, en los que me ayudaron -y siguen- diversos chavales del Hogar-Escolar «Fco. de Orellana», de Nuñomoral. Mi agradecimiento también a hurdanos como tío Eusebio Martín Domínguez (El Gasco), tío Baldomero Duarte Velaz ( ) (Nuñomoral), Gregorio Martín Domínguez (Nuñomoral), Domingo Rubio Crespo (El Cerezal), Julián Sendín (Vegas de Coria), tío Pedro Alejandrino (Nuñomoral), Leoncio Puertas Barbero (Pinofranqueado), Enrique Martín Vicente (Casares de Las Hurdes), José Patino Bernardo (Las Heras), Daniel Duarte Martín {Aceitunilla), Peña de “Loh Jabalíníh" (El Cerezal), etc. Todos éstos y otros muchos, son fuentes inapreciables de historias y leyendas. A ellos, mi más sincero afecto y mi más generosa amistad.