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NORIAS DE TRADICION MUDEJAR EN LAS SALINAS DE IMON (GUADALAJARA) (2ª parte)

CRUZ GARCIA, Oscar

Publicado en el año 1989 en la Revista de Folklore número 107.

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Llegados ya al último apartado, prometido en páginas anteriores, vamos a tratar de reafirmar el carácter hispanoárabe y mudéjar de la máquina estudiada, relacionándola con su entorno más o menos mediato.

En primer lugar, por lo que atañe a la zona geográfica, globalmente considerada, en la que se encuentran estas norias, no son escasos los testimonios que, poco a poco, va desvelando la Arqueología sobre la primera conquista y ocupación islámica de esa región, constituida por las serranías ibéricas comprendidas entre el Alto Tajo y la Sierra de Albarracín.

Sobre este tema, resulta imprescindible la consulta del estudio que D. Antonio Almagro Gorbea consagró a las torres bereberes de la Marca Media de al-Andalus (17).

«Toda la zona montañosa comprendida entre las provincias de Cuenca, Guadalajara, Soria y Teruel, constituye uno de los núcleos más importantes de población bereber de la Península, conquistado y ocupado desde los comienzos por familias dependientes de las tribus Madyuna y Hawwara fundamentalmente... Todos estos bereberes, provenientes del norte de Africa, de las zonas montañosas del Atlas Medio, debieron preferir desde el momento de la conquista estas tierras montañosas que con su soledad les permitiría mantener sus deseos de libertad e independencia, dedicándose a la ganadería en los montes y dehesas de estas sierras y a la arboricultura y agricultura en los cerrados valles de los ríos...».

Arboricultura y agricultura -vergeles y huertas- que, nos atrevemos a añadir nosotros, implicarían un probable riego con norias como las de las salinas de Imón, más si tenemos en cuenta que se atribuye a dichas torres -del Andador, en Albarracín (Teruel); del Castillo, en Tramacastilla (Teruel); de los Casares, en Riba de Saelices (Guadalajara)- una fecha de erección en torno al siglo X, coincidente como ya vimos con la que se considera primera y decidida expansión del modelo perfeccionado de noria de tiro.

«Todas [las torres de parecidas características, que existen en el territorio de la Marca Media andalusí] ocupan un lugar dominante, generalmente sobre un valle o vega, y cumplían una doble misión: servir de atalaya de vigilancia y constituir la defensa y refugio de un pequeño asentamiento de población. Calatayud [Zaragoza], Albarracín y Tramacastilla [Teruel], Calatañazor, Covarrubias y Noviercas [Soria], Molina de Aragón [Guadalajara] y otros muchos casos que no conocemos, constituyen, sin duda, variaciones sobre un mismo tema...».

Y si hasta nosotros ha perdurado, en parte, la arquitectura popular bereber en tainas y parideras (cobertizos y corrales), no vemos razón alguna para que no hayan sobrevivido, con más fuerza aún, ingenios como estas norias, emplazadas en unas salinas que tan sustanciosas rentas han proporcionado, a lo largo de la Historia, a reyes primero y a arzobispos después, hasta la primera Desamortización del siglo XIX.

Tampoco podemos olvidar, dentro del mismo contexto, el profundo significado que emana de esa espléndida maravilla del arte mozárabe que es la ermita de San Baudelio, en Casillas de Berlanga (Soria), situada a unos treinta kilómetros, en línea recta, al norte de Imón, y calificada certeramente de «mezquitilla» por D. José Jiménez Lozano, en su Guía Espiritual de Castilla.

Allí se unieron, de manera espectacular, el genio artístico del conquistador musulmán -califal o kurtubí- y la tradición religiosa y cultural -cristorromana y latina- del exiliado mozárabe. Al lado de la fuente de agua y de la cueva ermitaña, ocupada ya en tiempos visigóticos, el ojo espiritual islámico/cristiano «vio la palmera simbólica» señalando el oasis de frescura y fertilidad, en medio del páramo castellano.

Por lo que se refiere a la aportación mudéjar, en las tierras que aquí nos interesan, una somera evaluación de su trascendencia histórica nos obliga a citar las magníficas celosías, únicas en su género, que cubren las ventanas, abiertas bajo arco de medio punto, en el ábside central de la iglesia de Santa Colomba, en Albendiego (Guadalajara).

Situada en plena Tierra de Atienza -que posee una de las más bellas colecciones de monumentos del más peculiar e interesante estilo románico-, a unos treinta kilómetros al oeste de Imón, su topos simbólico y sobrenatural junta, y asume por igual, la cruz de Jerusalén y la estrella regular de lacería, componiendo así la imagen y el amuleto de la pluralidad étnica y castiza de España.

En segundo lugar, y ciñéndonos ahora al entorno más inmediato de las norias estudiadas, vamos a intentar desvelar los orígenes hispanoárabes o mudéjares de ciertas estructuras de piedra o de madera.

Al asomarnos a los grandes estanques o albercas donde, en los meses de más intenso calor veraniego, se «arrebaña» la sal depositada en aguas muy superficiales, cuya profundidad no sobrepasa en ningún caso los 15-20 cm., nos sorprendió el curioso diseño utilizado para componer el empedrado de fondo de los dichos estanques.

En nuestra fotografía 6 se puede apreciar que el área unitaria, mínima, de estos fondos está delimitada por unos nervios rectilíneos, aquí paralelos, de piedra partida, que encuadran perfectamente los rellenos de cascajo o ripio.

Ahora bien, no es ésta la única ocasión, siempre dentro de los territorios hispánicos, en que se puede observar tal forma de disponer los solados o encachados de unos suelos destinados a trabajos de considerable dureza.

En las Alpujarras granadinas, donde junto a los topónimos latinos de procedencia mozárabe -como Rubite ( = el zarzal), Fregenite ( = la fresneda), y todos los terminados en -eira-, coexisten los árabes originados en la antigua división administrativa musulmana -como la Taha (ta'a) de Pitres-, hemos podido contemplar y fotografiar, durante el pasado verano de 1988, dos modelos, con variantes, de era para trilla de cereales, cuyo empedrado nos recordó en seguida el de las salinas alcarreñas.

Es interesante, por otra parte, citar aquí las líneas que a estos «círculos», y a su construcción tradicional, dedicó doña María Elisa Sánchez Sanz hace ya unos quince años (18).

«[Estas eras] suelen tener un diámetro de 25 metros, y constan (por lo general) de 14 radios. En su construcción, primero se colocaba la losa central, de forma circular, y a partir de ella se iban trazando con cuerdas muy tirantes -de ahí el agujero de la losa central-, los radios o «maestras», rellenándose los espacios resultantes o porciones [es decir, sectores circulares] con losas y ripios, y una pasta de agua, arena y cemento, en una proporción de...una espuerta de cemento y seis de arena... Después se alisaba todo con un pisón...»

Nosotros hemos podido comprobar que: unas veces, estos radios o «maestras» quedaban libres de toda señalización posterior, constituyendo meras líneas divisorias de tierra -como en la Era de Pampaneira, de la fotografía 7-; otras se materializaban estas líneas también con ripio, componiendo toda una serie de nervios rectilíneos, ahora convergentes en un centro de círculo -como en la era de Válor, de la fotografía 8-, cuya hechura y función nos parecieron totalmente coincidentes con las mencionadas más arriba para sus homólogos de las salinas de Imón.

Digamos, para concluir con la exposición anterior, que una de la primerísimas citas que conocemos de las eras de trillar hispánicas, se debe a la pluma del médico y escritor andalusí del siglo XI, lbn Wafid, cuyo Tratado de Agricultura ha llegado milagrosamente, aunque muy incompleto, hasta nosotros gracias a una traducción castellana del siglo XV.

Ninguna otra referencia a estas eras hemos podido hallar ni en Estrabón ni en Marco Terencio Varrón, a quien debemos, sin embargo, la primera descripción de los hórreos como granaria sublimia ( = graneros suspendidos en el aire); ni en Pomponio Mela, ni en Plinio el Viejo, que nos ha dejado, por contra, noticias de tanto valor etnológico como que el tapial, y el adobe y el zarzo, eran técnicas usuales de construcción en la Hispania del siglo I de nuestra Era (11).

Pero no sólo se ha empleado esta técnica en España para consolidar los suelos artificiales sometidos a toda clase de trabajos, sino que se ha debido de ver, con relativa rapidez, el amplio abanico de posibilidades estéticas que tal combinación de nervios y relleno llevaba consigo, variando la calidad y el color de los materiales empleados, o cambiando ad libitum el dibujo conjunto de ambos elementos.

Así, puede delinearse con ladrillo, a sardinel, el perímetro de la típica hoja de cuatro folíolos curvilíneos, inscrita en un cuadrado perfecto, y «tramarse» con rajuela (piedra delgada y sin labrar) y morrillo (canto rodado menudo), en espina de pez o en espiga, las nervaduras de dichos folíolos, y los espacios comprendidos entre los mismos; y el conjunto aparecer en el empedrado del zaguán de cualquier casa de mérito de este país (ver el precioso diseño recién descrito en nuestra figura 8) (19).

Tales juegos, de pura geometría inventiva, nos hacen sospechar la existencia de una mano de alarife mudéjar, por detrás de estas galanuras. Pero si queremos ser absolutamente objetivos, en cuanto a la solución del problema planteado en principio, nada podemos asegurar sobre el origen de esta tan curiosa como castiza forma hispánica de solar .

Pasando ahora a considerar la obra de carpintería más cercana a las norias estudiadas -fábrica de madera, cuyos orígenes e identificación son, desde todos los puntos de vista, más seguros que los de la fábrica de piedra-, vamos a examinar con cierto detenimiento la estructura de cubierta de las edificaciones que albergan dichas máquinas.

Al estar el espacio de estas edificaciones dedicado exclusivamente al funcionamiento de la noria, y a la andadura del animal en torno al eje de giro motor, no debe sorprendernos que la construcción, que delimita ese espacio sea: o bien circular, o bien poligonal regular, cercana a la anterior, De cualquier forma, la cubierta de esas edificaciones tuvo que ser piramidal, y su estructura debió de diseñarse como autorresistente, puesto que era imposible descargar al suelo, mediante un sencillo apeo, su vértice superior -de encuentro de los elementos de carga de la techumbre-, ocupado como está el eje ideal de la construcción, por el árbol de rotación vertical de la noria, que gira soportando únicamente su propio peso,

Se hubiera podido adoptar, en última instancia, la solución de fijación y cierre del zarzo, o «seto» ( = antiquísimo encestado de ramas entretejidas, enlucido con barro y encalado), constitutivo de las descomunales chimeneas cónicas que cubren las cocinas pinariegas en Soria, por medio de un anillo superior al que va clavado el remate de madera labrada. (Ver una excelente perspectiva de esas cocinas, debida a los arquitectos señores Antón Pacheco y Herrero Ayllón, en nuestra figura 9).

Pero el peso, muy superior, de las techumbres de las norias debió de desaconsejar en seguida tal solución, si alguna vez los constructores primigenios pensaron en ella: contingencia no muy probable, después de todo, y sin duda, totalmente indemostrable.

Hubo, pues, que proyectar una cubierta piramidal a partir de la experiencia constructiva contemporánea de techumbres a dos aguas, y tratar de adaptar las soluciones, ya ensayadas con éxito en estas últimas, a la primera.

Si consultamos ahora algún buen estudio sobre carpintería mudéjar, como el de doña Balbina Martínez Caviró (20), nos encontramos con afirmaciones, tan interesantes para nuestro objetivo final, como las siguientes:

«De las armaduras de parhilera, o mojinetes, derivan las techumbres de par y nudillo, cuando, buscando un mayor refuerzo y evitar la cimbra, se interpone entre cada dos pares, generalmente a dos tercios de su altura, un madero horizontal llamado NUDILLO... La sucesión de los nudillos, con la tablazón intermedia, da lugar a una superficie plana: el ALMIZATE o HARNERUELO, que transforma el perfil triangular de la armadura de parhilera en el perfil trapecial, propio de las techumbres de par y nudillo. Este término lo emplean Diego López de Arenas [autor, en el siglo XVII, de un Breve compendio de la carpintería de lo blanco y tratado de alarifes], Manuel Gómez Moreno y Leopoldo Torres Balbás...

Las armaduras de par y nudillo, uno de los tipos más frecuentes en el arte mudéjar, derivan de las almohades de igual formato; pero así como las de esa época -segunda mitad del siglo XII- son pobres y sencillas, a tenor de las llegadas hasta nuestros días, las mudéjares son numerosas y complejas, con gran riqueza ornamental... No todas las armaduras de par y nudillo llevan tirantes...»

Tal descripción concuerda perfectamente con la estructura de cubierta encontrada en Imón, variando únicamente la forma geométrica de la planta que se desea cubrir: de rectángulo a octógono regular,

Aquí, en la Alcarria, tenemos cuatro parejas de vigas inclinadas, o PARES, formando triángulo y dispuestas según planos que forman ocho diedros de unos 45° (sexagesimales) cada uno; estas parejas son todas coincidentes en el vértice superior de la pirámide -así materializada por sus aristas-, y van estribadas en maderos horizontales, empotrados en los muros de mampostería que cierran la edificación. En dichos pares descargan, por su extremo superior, las restantes vigas, de longitud desigual, que siguen la dirección de máxima pendiente de cada cara del poliedro mencionado.

Y, efectivamente, a unos 2/3 de la altura de dicha pirámide, un NUDILLO o madero horizontal, perfectamente escuadrado y clavado a cada pareja de pares, riostra e impide, con su resistencia a compresión, la deformación de la misma, componiendo con sus otros tres homólogos -un nudillo es enterizo; los otros tres van partidos en dos segmentos iguales, que se clavan a los pares y al nudillo enterizo- el ALMIZATE ESTRELLADO que puede contemplarse en nuestra fotografía 9.

Igualmente, no existen en Imón tirantes que, trabajando, por el contrario, a tración, den rigidez a la base de la pirámide así construida; la gran jácena horizontal, visible en el plano inferior de nuestra fotografía, sin conexión alguna con el material de cubierta, sólo sirve para inmovilizar el eje de giro vertical de la noria, sin impedir por ello su rotación,

Además, y sacando todas las conclusiones posibles de la valiosa exposición de la señora Martínez Caviró, podemos no sólo confirmar definitivamente el carácter mudéjar de la obra, tanto mecánica como constructiva, que es objeto de nuestro estudio, sino también situar, en una primera aproximación, sus orígenes hacia los años finales del siglo XII, o primeros del XIII.

No olvidemos, por otro lado, que las tierras alcarreñas fueron incorporadas a la Corona de Castilla por Alfonso VI hacia 1080, poco antes de la conquista de Toledo, y que la ciudad de Guadalajara fue destruida por una incursión almohade en 1196.

No es nada improbable que, dada la gran movilidad de gentes producida por los continuos avances y retrocesos de las dos grandes formaciones religiosas hispánicas, algún grupo rezagado o perdido de almohades conquistadores hubiera arraigado en las tierras antes mencionadas, junto a los mudéjares de raíz bereber, que allí vivían y trabajaban desde hacía más de un siglo.

* * *

A lo largo de las páginas precedentes, hemos intentado dar a conocer un ejemplo extraordinario -felizmente conservado hasta nuestros días- de la Arqueología Paleoindustrial, y, al mismo tiempo, de la más ingeniosa tecnología popular hispánica; y nos hemos esforzado por dilucidar, a lo largo de todo un año de investigaciones y estudio, los posibles orígenes étnicos y temporales del ingenio contemplado.

No tenemos la intención de incurrir -ya D. Julio Caro nos puso, repetidas veces, en guardia contra tales exageraciones- en el error de calificar de hispanoárabe o mudéjar cualquier manifestación, más o menos exótica, o a primera vista ancestral, de nuestra cultura tradicional.

No queremos, como hicieron en su día los campesinos de la Alcudia de Elche, llamar «reina mora» a la imagen -muy antigua ciertamente, clásica y hierática- de una Gran sacerdotisa (?) ibérica: como homenaje, incluso como piropo, puede el apelativo parecer hasta agudo; pero, desde un punto de vista histórico-artístico, resulta absolutamente inexacto.

Ocurre simplemente que, para una gran mayoría de gentes de nuestro país, el «tiempo de los moros» es, al igual que el tiempo del cuento y de la leyenda -«Maricastaña», y la Fiesta mágica, revulsiva y liberadora-, el Tiempo fuera del tiempo; el Tiempo por excelencia, acabado y perfecto, del Mito.

Sin embargo, en el caso concreto de estas norias, las pruebas aducidas -unas más decisivas que otras, como ya dijimos- nos parecen, en conjunto, favorables de forma abrumadora a una atribución de orígenes mudéjares a las máquinas en cuestión.

En ellas se han dado cita las más sencillas y nobles materias producidas por las tierras ibéricas: la madera, el cáñamo (o el esparto) y el barro; materias, todas, amadas por el ojo y la mano populares, desde una antigüedad de siglos.

Por todo ello, nos hemos recreado, tal vez de manera excesiva pero siempre gustosa, en consideraciones acerca de ingenios tan atrayentes.

El hallazgo nos ha parecido, en todo caso, merecedor de la máxima atención para un mejor conocimiento de nuestras más clásicas e interesantes culturas tradicionales; y, en consecuencia, deseamos hacer, desde estas páginas, un llamamiento a las autoridades o instituciones -competentes en la materia- autonómicas, provinciales o locales de Castilla-La Mancha, para que, una vez desechadas o vendidas las máquinas por sus actuales propietarios, se instruyan los medios necesarios para unas prontas recuperación y restauración de las mismas, y se disponga un acondicionamiento digno para su exhibición pública y permanente, como auténtico Patrimonio Histórico-Artístico, nacional y colectivo, que son.

Hasta hace unos veinticinco años, la noria de tiro era el elemento imprescindible de cualquier paisaje hortícola de la Península Ibérica, y su presencia se extendía, con una amplitud y una frecuencia poco comunes, al menos hasta la Cordillera Cantábrica: por tierras andaluzas, extremeñas, levantinas, manchegas, aragonesas y castellano-leonesas; todas aquéllas que configuran, en suma, la España seca.

El ingenio, sencillo y comunero, se hizo tan característico de los hábitats hispánicos, sobre todo rurales, que dibujantes tan cualificados de la España pintoresca del siglo XIX como el británico David Roberts, no dejaban de colocarlo en primer plano de sus grabados y acuarelas, estuviera o no en realidad: al pie del madrileño Puente de Toledo o en las cercanías del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

A su vez, el hombre ibérico proyectó en la noria las más variadas vivencias de su experiencia individual y colectiva, hasta convertirla en la más acabada alegoría de la dualidad anímica, profunda -gentilidad y misticismo tormento y éxtasis-, de toda humana existencia.

Así, Fernando de Rojas hace decir a Celestina, en el acto IX de su Tragicomedia de Calixto y Melibea, para expresar el carácter cambiante e inasible de la Fortuna de los tiempos: «Mundo es, passe, ande su rueda, rodee sus alcaduzes, unos llenos, otros vazíos...»

Y Santa Teresa escribe, en el capítulo XI del Libro de su vida, para ilustrar la cualidad espiritual y simbólica de la escala de los grados de Oración: «Paréceme a mí que se puede regar...con noria y arcaduces, que se saca con un torno (yo la he sacado algunas ceces), es a menos trabajo... y sácase más agua...»

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(1) Entrevista concedida a la REVISTA DE ARQUEOLOGIA, n° 40; correspondiente a agosto de 1984.

(2) Suponemos la vara de Sigüenza -unidad de longitud- equivalente a: 0,833 metros, según indica el precioso manual de PESAS, MEDIDAS y MONEDAS publicado por la Dirección General de Agricultura, en tiempos de la 2ª República Española, y reeditado por la Cámara Oficial de Comercio, Industria y Navegación de Granada; 1986.

(3) Resulta interesante consignar aquí que la palabra CAUCHIL -voz mozáraze- procede del latín calicellus, diminutivo de calix,-icis, equivadente a: cauce de agua.
El hecho de que el origen de la terminología castellana, referida a usos y utensilios de riego, sea árabe, en muy alta proporción, no implica necesariamente que hayan sido gentes de esa lengua, las que introdujeran en nuestro país la cultura general del regadío.

(4) Julio Caro Baroja.. NORIAS, AZUDAS Y ACEÑAS; en "Tecnología popular española". Colección de Artes del tiempo y del espacio; Editora Nacional, 1983; Ver páginas 240 a 348.

(5) Julio Caro Baroja. SOBRE LA HISTORIA DE LA NORIA DE TIRO; en "Tecnología popular española"; ver págs. 350 a 407.

(6) Ver su obra EL ANTIGUO REINO NAZARI DE GRANADA (1232-1340), en Ediciones Anel, Granada; 1974. Pág. 375.

(7) De la Colección "Fotoscop. Lenguaje visual", en Ediciones Polígrafa, Barcelona; 1967.
En él, son de alabar, cumplidamente, tanto las excelentes fotografías de Joaquim Gomis, como el breve pero sustancioso prólogo del gran arquitecto catalán y artista solar Josep Lluís Sert.

(8) El acertijo, recogido por Cecilia Böhl de Faber en la Andalucía rural, tiene una solución obvia; los cangilones en la noria. Pero más que el ingenio popular e infantil, demostrado en la imaginación del mismo, sorprende en seguida esta suerte de ecuación resultante:

gallego = aguador = cangillón (de noria).

En no pocas ocasiones, nos advirtió D. Julio Caro de los peligros que entraña una aceptación, indiscriminada y sin crítica, de la existencia de unos pretendidos caracteres nacionales o regionales, definidos y estáticos. Así, se empieza, como en este caso, asimilando gratuitamente, incluso ingenuamente, dado el carácter lúdicro del ejemplo, un oficio a un gentilicio, y se acaba manipulando económica, política y culturalmente a todo un pueblo. Pero, siempre tales casticismos o "anticasticismos" fueron difíciles de desarraigar.

(9) Telesforo de Aranzadi y Unamuno. APEROS DE LABRANZA Y SUS ALEDAÑOS TEXTILES Y PASTORILES, en "Folklore y costumbres de España"; obra dirigida por F. Carreras i Candi. Publicación facsímil de Ediciones Merino, S. A.; 1988. Ver el tomo I, pág. 371.

(10) Mª Elena Montaner Salas. NORIAS, ACEÑAS, ARTES y CEÑILES EN LAS VEGAS MURCIANAS DEL SEGURA Y CAMPO DE CARTAGENA; volumen nº 4 de la Biblioteca Básica Murciana. Editora Regional de Murcia, 1982; ver la lámina incluida entre las págs. 102 y 103.

(11) Antonio García y Bellido. LA ESPAÑA DEL SIGLO I DE NUESTRA ERA; en Colección Austral, nº 744; Espasa-Calpe, 1977.

(12) Arturo Serrano Plaja. Poema introductorio: ESTOS SON LOS OFICIOS, a su obra "El Hombre y el Trabajo". La cita exacta es:
"Quiero, pido, suplico palabras desgastadas
por el uso y el tiempo como los azadones,...".

Al traicionarnos la memoria, hemos incurrido involuntaria, tal vez inconsciente, pero certeramente, en la asombrosa identificación siguiente:

palabra = carne = máxima humildad (de un apero campesino).

(13) La cita, con unas ínfimas variaciones de los tiempos y las personas de los verbos, procede de la escena X, del acto I, de LA LOLA SE VA A LOS PUERTOS, de Manuel y Antonio Machado.

(14) Puede verse una reproducción a escala de estos cangilones en la Comunicación de C. Bosch Ferro y M. Chinchilla Gómez, FORMAS CERAMICAS AUXILIARES: ANA-FES, ARCADUCES Y OTRAS; 2º Congreso de Arqueología Medieval Española. Consejería de Cultura de la Comunidad Autónoma de Madrid, 1987. Ver el tomo II, pág. 496.

(15) Andrés Bazzana. UNA NORIA ARABE EN LA HUERTA DE OLIVA (VALENCIA); Comunicación al 2º Congreso de Arqueología Medieval Española. Ver el tomo II, págs. 421 a 432.

(16) Conste aquí nuestro más sincero agradecimiento a D. Carlos Alonso, alfarero de Pozancos, por toda la ayuda prestada.

(17) Antonio Almagro Gorbea. LAS TORRES BEREBERES DE LA MARCA MEDIA. APORTACIONES A SU ESTUDIO, en la revista "Cuadernos de la Alhambra", nº 12; correspondiente a 1976. Ver págs. 279 a 305.

(18) Mª Elisa Sánchez Sanz. LAS ERAS ALPUJARREÑAS, en la revista de estudios de artes y tradiciones populares "Narria", de la Universidad Autónoma de Madrid. Nº 3, dedicado a las Alpujarras; pág. 9.

(19) Dicho SUELO DE RAJUELA Y LADRILLO DE UN ZAGUAN, dibujado por el arquitecto Gustavo Fernández Balbuena, fue reproducido por el también arquitecto Leopoldo Torres Balbás en su estudio, LA VIVIENDA POPULAR EN ESPAÑA, aparecido en "Folklore y costumbres de España". Ver el tomo III, pág. 400.

(20) Balbina Martínez Caviró. CARPINTERIA MUDEJAR TOLEDANA, en la revista "Cuadernos de la Alhambra", nº 12. Ver págs. 225 a 265.