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CUENTOS TRADICIONALES EN LAS “CARTAS CRÍTICAS” DE FRANCISCO ALVARADO (1756-1814) (Parte 2ª)

ARROYO, Luis Antonio

Publicado en el año 1990 en la Revista de Folklore número 110.

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TOMO III

EL RANCIO DANDO UN PESAME

Enterado, pues, en que había de entrar a dar el pésame a presencia de muchos hombres, me creí en el mismo conflicto que cuando tenía que predicar algún sermón en refectorio, o defender públicamente conclusiones. Pregunté una y muchas veces qué era lo que se hacía: tomé de memoria lo que debía decirse: me puse mi hábito limpio: me peiné el cerquillo contra consuetudinem: vertí aguas dos veces antes de salir de casa: volví a lo mismo antes de entrar en la mortuoria; y previas estas diligencias, me creí ya capaz de dar un pésame al mismo lucero del alba. Pero he aquí que entro en la sala donde estaban los dolientes; y apenas veo en ella más de una docena de hombres, me corto, me enageno, se me va el santo al cielo, la lección que llevo estudiada se me olvida, y en vez de ella dirijo entre dientes a los que hacían cabeza del duelo la siguiente arenga: me alegraré que no sea cosa de cuidado; y hecho este cumplimiento en que no recapacité sino hora y medía después, salgo de la sala hecho un pato con el sudor que me había ocasionado la fatiga. En esto para, dije entonces a un fraile viejo que me acompañaba, tanto callar y más callar, como desde niños nos enseñan. ¿Hubiera yo cortádome de esta manera, si me hubieran enseñado desde chiquito a meter mi cucharada entre los hombres? V. vió á aquel mozuelo sin pelo de barba, que se ha entrado y salido en la sala del duelo como por su casa, haciendo más arrastres de pies que si estuviese matando chinches, dándole a la cabeza y cintura más meneos que si tuviera el cuerpo desgonzado, echando una arenga tamaña como las de Tito Livio, y presentando una sonrisa, que si como es bonita viniera al caso, no teníamos más que pedir. Oyome con mucha paz el viejo que me acompañaba, y luego que cesé en mi retaila me respondió con estas o semejantes palabras. Tenía Isocrates abierta escuela de elocuencia: llegó a él un joven solicitando ser su discípulo, y pidiéndole señalase el estipendio que debía darle por trabajo: el orador se lo pidió doble del que llevaba a los demás jóvenes. ¿Pues cómo? replicó el pretendiente. No siendo yo más que uno, ¿quiere V. que le pague como dos? Es el caso, respondió Isócrates, que uno como eres, tengo que hacer contigo algo más que con dos. A los otros discípulos no les enseño más que a hablar; pero a ti antes de esto tengo que enseñarte a callar. Hablar bien no es cosa tan difícil, que últimamente no pueda lograrse; pero que calle un hablador acostumbrado a serio, aquí sí que está la verdadera dificultad. (Pág 6.)

UN EMBUSTERO

Púsose a referir las grandezas de su casamiento uno de los muchísimos embusteros que andan por ese mundo. Dijo que la función se había celebrado en una sala que tendría doce varas de largo y ocho de ancho, en la cual se había puesto una mesa de treinta varas de largo. Interrumpióle uno de los que oían, preguntándole: ¿Cómo era posible que en una sala de doce varas cupiese una mesa de treinta? Ahí verá V., respondió el de la historia, y siguió. Se pusieron cuarenta cubiertos, y nos sentamos más dé ochenta personas. Volvieron a replicarle con la dificultad de que siendo ochenta las personas, no les bastaba los cuarenta cubiertos. Ahí verá V., respondió nuevamente. y sin tomar resuello, continuó refiriendo que en un plato se sacó una ternera asada en cazuela. Nueva dificultad para el auditorio; que una ternera cupiese en una cazuela y en un plato. Nueva respuesta de nuestro embustero con su Ahí verá V., que continuó, siendo la solución de cuantos argumentos le pusieron. (Página 13.)

UN VIRREY DE MEJICO

Me acuerdo haber leído en una de las Florestas españolas que un virrey de Méjico había sentenciado a destierro a un no sé quién por qué sé yo qué causa. Cargaron sobre el virrey empeños y recomendaciones para que levantase al reo el destierro; mas él, no queriendo revocar la providencia que una vez había dado, halló modo .de complacer a los empeños y componerlo todo, dando ochenta años de término al reo para que dispusiese sus cosas. (Pág. 22.)

UN CAPITAN GENERAL

Entró un capitán general en una plaza de armas sin que ésta le hiciese salva. Llamó al gobernador para reconvenirlo sobre la falta. = ¿Por qué no ha mandado V. que se me haga la salva de estilo? = Señor: por treinta motivos. El primero porque no hay pólvora; el segundo...Basta, basta, dijo el general. Por ese primer motivo dispenso los otros veinte y nueve. He traído esta anécdota. (Pág. 24.)

UNOS LADRONES

Hago alusión al cuento del que hurtaba palos con la industria de formarlos en cruz, y llevarlos a cuestas en tono de penitente; a quien uno dijo: Dios te ayude, y él respondió: pues como Dios me ayude, no quedará palo en la ribera. (Pág. 34.)

Cayó en la cárcel de corte de Granada un ladrón maestro de aquellos que roban sin título. Su derecho a la horca era tan evidente, como grande su deseo de evitarla. Para conseguir esto último pensó este señor maestro de robar, que sería medio muy oportuno multiplicar citas sobre citas que eternizasen, si pudiese ser, los autos. Los jueces le entendieron la maula; y luego que resultaron probados un par de milagros, pusieron la sentencia mandándolo ahorcar por estos dos delitos que constaban, y perdonándole todos los demás que resultasen. (Pág. 35.)

LO QUE PASO AL RANCIO CON UN OFICIAL

Vaya una anécdota que no es muy importuna, y que acaba de sucederme. Iba yo una de estas mañanas a decir misa, mirando con cuidado donde ponía los pies, para que un resbalón no diese conmigo en el lodo. Me encuentro con dos oficiales de no sé qué cuerpo: y encarándose uno de ellos con mis hábitos, dijo con toda la indignación de que es capaz un oficialito de esta laya: ¿Todavía anda por aquí esto.? Yo callé mi pico y seguí; pero, refunfuñando entre mí, dije: Muchos franceses matarás tú; los mismos que todos los demás que se hacen guapos con los clérigos y los frailes. ¡Que como diste conmigo, no hubieras dado con el fraile, que a otro tan guapo y militar como tú, le hizo administrar dos lavativas en la casa que sabemos los sevillanos!... (Pág. 94.)

FABULA DE LA ZORRA

Vinieron a juicio, dice la fábula, los animales al tribunal de la zorra. A pesar de los muchos delitos que habían cometido, salieron bien despachados el león, el oso, el tigre y el lobo. Pero llega el borrico... Aquí te quiero con el bueno del juez. Pues vente despacio..., poquito a poco. ¿A ti te parece que no tenemos que hacer otra cosa que aguardar tu pachorra? Llegó, en fin, el pobre reo: se arrodilla y confiesa ingenuamente su delito. =Es verdad que un día que me llevaba muy cargado mi amo. = Aquí, dijo el juez, no se viene a decir las culpas de nadie, sino las tuyas. = y yo iba muy fatigado y con mucha hambre. = Eso no es perteneciente al cargo, y tu confesión no tiene que ver con ello.= Al pasar por junto a un trigo.= ¿y qué importa que fuese trigo o cebada por donde pasases ? = Alargué el hocico y cogí una espiga y me la comí.= ¡Qué horror!, exclamó el juez. ¡Qué delito! Ya se ve de dónde vienen todos nuestros males; y es de admirar que no ,haya llovido fuego del cielo. ¡Una espiga! ¡Una espiga, donde se contiene el trigo de que se hace el principal alimento del hombre nuestro soberano! ¡Qué horror! Por fin, del juicio el pobre burro salió a cuestas con una sentencia, chispa más o menos igual a la que estamos sufriendo los frailes. (Página 97.)

UN ANDALUZ

Oiga V. un sucedido, como le llaman en mi tierra, que no ha muchos años que pasó. Fue descubierto y preso en Portugal un andaluz que se había ido allá, llevándose consigo una muger agena. Tratábase de este acontecimiento, como había de tratarse de otra cosa, en cierta tertulia de frailes; y uno de ellos, algo camastrón, salió con la especie de que aquel reo pertenecía al santo Tribunal. Le contradijeron los otros con que la Inquisición nada tenía que ver con su delito, y el camastrón erre que erre con que aquel hombre era reo de Inquisición. Por fin, después de haber molido grandemente a los otros, y sacándoles la confesión de que quien negaba un artículo de fe pertenecía al tribunal de ella, se explicó de este modo. Ese hombre es reo de fe, porque niega la providencia; pues si él la creyera como debía, no hubiera hecho lo que hizo. ¡Pedazo de bárbaro! ¡Que se va a llevar a una muger! ¿Pues qué? ¿No sabe que adonde quiera que fuese había de encontrarlas? Algo se parece este chiste a los de V., señor Gallardo. (Pág. 105.)

UN PATAN

Hay, en fin, de casi toda clase de defectuosos, y de muchos géneros de defectos; pero vaya, ¿no podremos nosotros dar por satisfacción de ellos, la misma Que dio aquel patán que preguntado por los Mandamientos al cumplir con la Iglesia, respondió: Padre, me he descuidado en aprenderlos, porque anda por ahí un run run de que los van a quitar. (Pág. 131.)

CONSEJO QUE DABA AL PRIOR UN FRAILE

Había en mi convento un fraile viejo de aquellos de zapato ramplón. Se ofrecía que a cualquiera de los otros frailes lo eligiesen prelado: luego que nuestro viejo lo sabía, iba a darle el parabién con estas formales palabras: Sea enhorabuena, padre Prior: no le hago a V. P. más encargo, sino que la tinaja que encontrare boca abajo, no se empeñe en ponerla boca arriba. (Pág. 136.)

SERMON SOBRE LA MISERICORDIA

Había predicado admirablemente sobre la misericordia de Dios un sabio religioso. Llevaba consigo de predicador de escalerilla a un lego timorato, que mientras el sermón estuvo observando que el auditorio recobraba más ánimo del que convenía. Apenas, pues, salió su compañero del púlpito, cuando metiéndose él y llamando la atención de los oyentes, les hizo la siguiente arenga: Señores, todo cuanto el padre ha dicho es la pura verdad ,o pero no debemos olvidarnos de que nadie se la ha hecho a Dios, que no se la haya pagado. (Pág. 144.)

UN LOCO DE SU CONVENTO

Había en mi convento en tiempos antiguos un loco que estaba sirviendo de galopín en la cocina (de este género suelen ser los sirvientes que los frailes ocupamos a la patria). Sucedió que habiendo salido la mañana de un Viernes santo para traer de la plaza la provisión, el procurador a quien acompañaba oyó que en una iglesia se predicaba el sermón de Pasión. Entró a oirlo (si por curiosidad, si por devoción o si por hipocresía, no lo dice el texto), lo cierto es que entró, y el loco detrás de él. Cuando el predicador llegaba al fin, tomó en las manos el Crucifijo, e hizo con su auditorio el acostumbrado acto de contrición, insistiendo con más fuerza sobre aquella expresión: me pesa, que repitió varias veces, teniendo al Crucifijo en la una mano, y golpeándose con la otra el pecho. Nuestro loco, que hasta aquel punto había permanecido callado, viendo el calor y la aflicción del padre, y el ahinco con que repetía me pesa, me pesa, no pudo contenerse, y levantando el grito exclamó: Bárbaro, si te pesa, lárgalo. (Pág. 147.).

EL FRAILE CON LOS GITANOS

Permítame S. E. que le diga lo que invariablemente decía a cualquier gitano que llegaba a la puerta de su celda cierto fraile de mi convento: No entre V. Había precedido que en sus primeros años permitió que entrara uno, sin que éste le dejase cabales todos los chismes de la celda, pues hubo de chorarle unas tijeras. Desde entonces, luego que alguno se acercaba, inmediatamente le decía: No entre V. =Pero mire V., P. Mtro., que traigo unos pañuelos mu ricos.= No entre V. =Señor, no tenga V. tan mal genio, que yo se los daré baratos.=No entre V. =Pero ¿no querrá V. unas medias mu finas de algodón?=No entre V. = y por este orden si el gitano se llevaba a la puerta toda una mañana, en toda una mañana no oía más respuesta que: no entre V. (Pág. 166.)

UN LEGO A YUDANDO A BIEN MORIR

Estaba para morir en mi convento uno de los muchos frailes que mientras vivió fue la admiración y obtuvo el respeto de Sevilla. Asistíale un lego de muy buena intención, pero de poco entendimiento y de ningunas letras. Queriendo, pues, éste ayudar a su moribundo compañero como mejor pudiese, se le acercó y le dijo: Padre Maestro, muy fatigadito está V.: acuérdese de que nuestro Señor Jesucristo dio en la calle de la Amargura un batacazo. El enfermo callaba; volvía a fatigarse otra vez, y nuestro lego a arrimársele y decirle: Padre Maestro, acuérdese V. de que nuestro Señor Jesucristo dio otro batacazo, y por este temor cuantas veces el enfermo se fatigaba, otros tantos batacazos hacía el lego que hubiese dado nuestro Señor Jesucristo. Pues amigo de mi alma, he aquí que al moribundo le entra un parasismo que el lego creyó ser el último, y acordándose de haber oído que en aquella hora mientras más teólogo era el que moría, mayores tentaciones le asaltaba contra la fe, se acercó nuevamente a la cama, y con desaforados gritos dijo al pobre enfermo: Padre Maestro, ¡cuidado, por amor de Dios! Tres esencias y una persona. Volvió el enfermo un poco en sí, y recobrada que tuvo el habla, llamó al lego y le dijo: Fray Pedro, por Dios que no me mortifiques: déjate de esos gritos, y en caso de que quieras darlos, no te metas en honduras, sino vuélvete a tus batacazos. (Pág. 176.)

UN VECINO DE SEVILLA

Han de saber VV , señores liberales, que un vecino de Sevilla pensó en tiempos antiguos edificar una casa magnífica. La edificó en efecto y muy a su gusto; y en una buena portada de piedra que le puso, hizo gravar las siguientes palabras: nihil difficile est, que quieren decir en castellano que nada hay difícil para el hombre. Era el tal caballero un poquito o un muchito cojo, y apenas apareció sobre la puerta el expresado epígrafe, cuando a la mañana siguiente se vio a su lado la siguiente cuarteta:

Si nihil difficile est,
según tu lengua relata,
enderézate esa pata,
que la tienes al revés.

(Pág. 200.

FABULA DEL LOBO

Llegó a beber un lobo al arroyo, y en la misma hora llegó también por su desgracia un cordero. ¡Ah, pícaro!, dijo aquél a éste, ¿cómo tienes atrevimiento de enturbiarme el agua que bebo? No puede ser, señor mío, respondió el borrego; porque ella corre de V. a mí, y no de mí hacia V. Ya te conozco, replicó el lobo; tú fuiste el que me insultaste el año pasado en este mismo sitio. No puede ser, contestó el cordero, porque yo no nací sino este año. Pues sería tu padre, dijo el lobo, y sin más traslado a la parte dio con él en sus garras y dientes. (Pág. 217.)

LO ACAECIDO EN UN PLEITO

Seguíase años pasados en esta audiencia de Sevilla un pleito con el mayor calor. Sucedió que a una de las dos partes litigantes o se le perdieron, o le interceptaron los apuntes que tenía hechos para una confesión general, y en los cuales creyó la parte contraria hallarse con especies que favorecían su causa. Los presentó, pues, en autos: mas apenas aparecieron en el tribunal, mandó éste que se arrancasen y quemasen; castigó con mano pesada al abogado y al procurador que los habían presentado, y sin esperar a otros trámites puso sentencia en el pleito a favor del pobre cuyos fueron los apuntes. (Pág. 249.)

DICHO DE UN PORTUGUES

Eu so portugues, et nom castelao, iba diciendo uno a quien llevaban preso por atrevido. (Pág. 250.)

DE UN AFRANCESADO

Pongamos para mayor claridad un par de egemplos. Sea el primero tomado de uno que entró pelado con los franceses, y cuando ellos salieron, salió con pelo. Treinta mil pesos, decía he juntado: si vienen los españoles, gasto diez mil en redimir la vejación, y me quedo con los restantes. (Pág. 260.)

DE UNA GITANA

...quien ahí te puso, ahí te estés, como cuentan que dijo una gitana a su marido viéndolo ahorcado de un árbol. (Pág. 262.)

DE SANTA TERESA y EL DE UN FRAILE

¿Me manda cosa que me acomoda? ¡Bueno! Aténgome a lo que dijo, o dicen haber dicho santa Teresa: obediencia y torrezno de muy buena voluntad:, ¿Me da de palos? Sea por Dios. Entonces recurro a la chistosa respuesta que un fraile de mi religión dio a su prelado, que después de administrarle el Viático y el Santo Oleo le había preguntado: P. Fr. Juan, ¿está V. contento con las disposiciones de Dios? P. Prior, respondió el enfermo, contento no; harto hago con estar conforme. (Pág. 294.)

UN MUCHACHO

Preguntaron a un muchacho: si está Dios en todas partes; y habiendo respondido que sí, le añadieron: luego estará en la caballeriza de tu casa. Respondió el chiquillo que no estaba. Repuso el maestro: ergo pillete, porque Dios está en todas partes. Replicó el muchacho: ergo pillete yo a ti, porque en mi casa no hay caballeriza. (Pág. 305.)

DICHO DE UN PORTUGUES

En los mismos términos en que dicen haber respondido un portugués, que apaleado, mandado callar, y preguntado por qué lloraba, dijo: Eu choro de gozo. (Pág. 312.)

EL TIO PERICO

Voy a ver si lo adivino en una anécdota que ayer me contaron. Un pobre viejo que estaba en tutoría (quiero decir con esto que no tenía de qué vivir), se empleaba en hacer algunos mandaditos en las casas de donde recibía caridad. Sucedió, pues, que yendo a hacer uno de cierta muger muy preguntona, se encontró con un hijo de ésta, tan preguntón como su madre. = ¿Adónde va V., tío Perico? =A la tienda.= ¿Y a qué va V. A la tienda? = Por sal.= ¿Y para quién es esa sal? = Para tu madre. = ¿ Y para qué quiere mi madre esa sal? = Para el demonio que te lleve a ti y a ella, y a tus preguntas y las suyas. = ¿Me he explicado, amigo mío? (Pág. 315.)

EL CRIADO DEL CLERIGO

Necesitaba cierto clérigo de un criado. No encontrándolo en su lugar como lo quería, escribió a otro clérigo amigo suyo de un pueblo inmediato para que se lo buscase, exponiéndole las circunstancias que debía tener el escogido. Entre éstas era una que no se llamase Pedro; porque todos los Pedros, decía él, son unos grandes majaderos, y yo no los puedo aguantar. Quiso la fortuna que tuviese este nombre el único que era de satisfacción del encargado; y creyendo éste que el nombre importaba poco, siendo como era al propósito la persona, hizo elección de él y lo recomendó a su amigo encargándole entretanto al criado que se mudase el nombre, haciéndose llamar por el segundo de los que le impusieron en el bautismo. Hízolo así el nuevo sirviente: y pasados algunos días sin que se diera por entendido el amo, quiso su amigo saber cómo le iba con el mozo, y envió a preguntárselo. La respuesta fue satisfactoria, pues aseguraba que era hombre de bien & &. pero, añadía, una falta tiene, o una sobra; y consiste en que bien puede ser que no se llame Pedro, pero sus propiedades son de Pedro y muy Pedro. (Pág. 342.)

UN GITANO

Oigame V. S. este cuentecillo y perdone. Preguntaba un gitano a su Cura cuánto había de llevarle por el entierro de su padre. El cura le respondió que cuatro ducados, pues ése era el entierro de más cortos derechos. = ¿Cuatro ducados, padre Cura de mi alma? Pues si mi padre no los valía cuando vivo, ¿cómo quieres que los valga ahora cuando muerto? (Página 351.)

CHASCO DE UN LEGO EN SEVILLA

Entraron en Sevilla los franceses y, como era de esperar, pusieron a los frailes en la acostumbrada tutoría, asegurando, inventariando, tomando razón, en fin, haciendo la cosa como pudieran, si se hubiesen asesorado con nuestro ministerio de Hacienda. Pero, eso sí, a renglón seguido se señaló para cada uno de los nuevos pupilos la pensión de seis reales diarios, publicándolo por edictos, y no sé si por pregones, y para la cual se prepararon las correspondientes boletas de algún más lujo que las que aquí llamamos ahora credenciales, porque en eso de términos somos magníficos hasta lo sumo; mas de las francesas a las nuestras hubo la diferencia, de que en éstas a ninguno se excluye, y de aquéllas eran excluidos los legos. Sucedió, pues, que uno de los nuestros, anciano, hombre de respeto, bastantemente conocido y con cuantos requisitos pudieran desearse, creyó podía conseguir entrar en la participación de este indulto. Puso, pues, un memorial como sabía ponerlo, patético, nervioso, bien parlado y mejor escrito; y fuese con él a presentarlo al filósofo Aranza. Recibióle éste con todas las señales de aprecio; lo tuvo gran rato en conversación; se enteró después muy despacio en su solicitud; la graduó de justísima; tomó el memorial, lo decretó y se lo devolvió enviándolo a cierta oficina para que lo despachasen. No se durmió nuestro lego, y sin detenerse a sacar los anteojos para leer el decreto, partió con él como una exhalación hacia la oficina designada. Llega: el gefe de la oficina es uno de sus amigos, y le da lugar con anticipación a otros que esperaban: toma el decreto, y después de pasado por la vista, alarga la mano a uno de los papeles impresos que tenía sobre el bufete, empieza a llenar los vacíos de él, y llegando a determinado lugar, le pregunta a mi pretendiente: ¿Para dónde lo quiere V.?=¿y qué es eso que he de querer yo? le respondió el buen lego. = ¿Qué ha de ser? dijo el otro: el pasaporte. = ¿El pasaporte? A ver, déme V. acá ese decreto, añadió, sacando de camino los anteojos. Tomándolo vio que decía: Désele al exponente un pasaporte para donde gustare. =Aranza. (Pág. 355.)

EXORCISMOS DEL CURA DE BEGIJAR

Yo, por sí o por no, había de exorcizarlo con la estola del cura de Begijar. Le contaré a V. el hecho, por si V. no lo sabe. Dieron en endiablarse las mozuelas de este lugarillo. El cura a los principios comenzó a exorcizarlas de buena fe. Mas notando después que las endiabladas se multiplicaban al paso que los exorcismos, dio en el ingenioso arbitrio de descoser la estola, y meterle en los entreforros una costura de bota bien curtida. Preparada la estola de esta manera, volvió a su piadosa operación con el ritual en la mano izquierda, y en la derecha con lo que colgaba por aquella parte de la estola, que era puntualmente donde iba entretegida la nueva reliquia. ¡Mirabile visu! Ninguna endiablada se expuso de allí en adelante a un segundo exorcismo; y a las cuatro o cinco que hubo conjurado, no quedó en el lugar ni aun memoria de endiabladas ni de diablos. (Pág. 365.)

UN ADMINISTRADOR DE MONJAS

He visto a un administrador de monjas dar sus cuentas en que alcanzaba a la comunidad en ocho mil pesos. Tuvieron las monjas la fortuna de que un fraile se tomase el ímprobo trabajo de examinar estas cuentas, y ponerles algunas réplicas. El resultado fue que el que pedía ocho mil pesos, diese dos mil por buena composición, y se echase tierra a este negocio. (Pág. 386.)

ARRENDAMIENTO DE UN CORTIJO DE FRAILES

No muy lejos de Cádiz tenía cierto convento nuestro un cortijo que de muchos años atrás estaba ganando doce mil reales. La muchedumbre de noticias y de pretendientes hicieron que los frailes abrieran los ojos e intimasen al inquilino que si no pagaba por él mil pesos, se tuviese por deshauciado. Negóse el inquilino, amenazó, se sacó el cortijo a subasta y de once que ganaba, subió a treinta y tres mil reales. Hubo pleito, se padeció mucho; pero últimamente treinta y tres mil reales quedó ganando. (Pág. 387.)

LO QUE GANO UN PREGONERO CON LA VENTA DE OBRAS PIAS

Es voz común que un pregonero ganó con las obras pías sesenta mil duros. No los he contado, pero creo la cantidad; porque sabiéndose que en cada remate tomaba de estipendio un doblón, no ignorándose el inmenso número de fincas que se remataron, y viéndose las muchas posesiones que compró, los caballos y alhajas de lujo de que usaba; ninguna dificultad hay en creer aquella cuota. (Pág. 391.)

UN FRAILE y UN CALESERO

Pues oid el siguiente egemplo que también es de fraile. Uno de ellos (la religión no importa) vivía retirado en su celda, ageno de gobierno, y resuelto a no danzar en los capítulos. Sucedió, pues, que a otros de su misma orden que parecían tener y no tenían los mismos sentimientos que él, se les ofreció valerse de su recomendación para lograr ciertas mirillas ambiciosas de que los pobres se hallaban tentados. Van, pues, a mi solitario. = Esto está perdido, si los que amamos el bien no hacemos un esfuerzo. Ya V. ve cómo anda la cosa. ¡Qué de desórdenes! ¡Qué de males! ¡Qué de picardías! ¿y piensa V. que Dios no ha de tomarle cuenta por la indiferencia con que los mira? ¿Y cree que cumple con estarse metido en su rincón? Tanto le dijeron (ahí es nada si sabrían decírselo) por este orden, que el pobre fraile creyó que yendo a capítulo iba a enderezar este mundo y el otro. Fue con efecto: se celebró el capítulo; éste salió como casi todas las cosas a que concurren muchos; en que los concurrentes son hombres, y a quiénes el Espíritu Santo no tiene escriturada su asistencia. Los supuestos zeladores del bien consiguieron lo que pretendían, y nuestro buen fraile se encontró con que sin querer había contribuido a las no santas miras de ellos. Aceleró, pues, en vista de esto el regreso a su celda, buscando una calesilla en que volver al convento de su destino. Emprendido el viage, venida y pasada la hora de la comida y el sesteo, al enganchar en la calesa las mulas, se le antojó a una de ellas salir de bureo, repartiendo coces y respingos, y negándose a las llamadas, alhagos y amenazas del calesero. No era éste de los más pachorrudos y sufridos, pues apenas la mula le había dado dos o tres carreras, cuando desató su poderosa boca, y empezando por Dios, y acabando por la última de las ánimas benditas, nada dejó ni en el cielo ni en el purgatorio a quien no retase y blasfemase, viéndolo, oyéndolo y callando como si fuese de mampostería mi fraile caminante. Por fin, plugó a la mula después de varios torneos dejarse coger y conducir a la calesa, con lo cual a su amo se le fue sentando lentamente la cólera; pero no tanto que dejase todavía de decirle algunos denuestos, y encajarle algunas aspiraciones. Entre éstas, una fue la siguiente, de resultas de no sé qué ademán que ella hizo. Só, mula. ¡Por vida de los santos que no son de Dios! Apenas oyó esto nuestro buen fraile, cuando inflamándose en el semblante y ardiéndole de cólera los ojos, abrió su boca, y de pícaro, sacrílego y blasfemo para arriba me puso al calesero más bajo que arrancado, y le impuso en términos, que no se atrevió a replicarle. Pero luego que lo notó algún poco más sosegado, no pudo menos que decirle: Padre, yo estoy espantado con V. Me estuvo oyendo en medio de mi sofocación blasfemar de Dios, de su Madre y de sus Santos, y no me dijo una palabra; y luego me ha echado una furiosa tempestad, cuando lo que dije a nadie ofendía, pues mi por vida fue contra los santos que no son de Dios. ¿y te parece a ti, respondió el padre, que ésa fue poca injuria contra mí? ¿Pues no sabes que esos santos que digiste son los santos de mi religión? (Pág. 397.)

EL SANTERO DE CHISCALES

Para poner al prógimo lo angosto del embudo y aplicar hacia sí lo más ancho: en fin, para huir durante el día de los mosquitos, y luego ir de noche a coger los toros a cuerno como dicen que hacía el santero de Chiscales, no es menester ser santo de Dios; basta con serlo del diablo, o como dijo el fraile, santo de mi religión. (Pág. 398.)

EL AFEITADO

Mi querido amigo: salía uno de afeitarse: había sido el barbero viejo, la navaja mala, la barba recia, el tiempo corto, el estipendio cuatro cuartos...me parece que por estas señas se habrá V. figurado en el tal afeitado un medio san Bartolomé. Cuantos conocidos encontraba después, otros tantos tenían que hacer con su afeitijo. Hombre, ¿quién diablos ha afeitado a V.? Otro: ¡Que tuviese V. paciencia para aguantar a ese aserrador! Otro: ¿Por qué no le tiró V. la vacía a la cabeza? Otro, otro y otro, cada cual su cosa. Mas él a todas ellas respondía: Es verdad que me ha desollado aquel majadero; pero ¿qué tiene? Mientras me desollaba, me estaba yo vengando de él en chuparme aquella lechecilla que me había puesto al rededor del hocico. (Pág. 408.)

LOS CIEGOS DE MADRID

Tenían o tienen los ciegos de Madrid su hermandad o, lo que es lo mismo, cofradía, y celebraban una fiesta de Iglesia en no sé qué día, ni a qué santo; pero siempre con su sermón. Sucedió que en éste, uno de los predicadores versado en la lección del Alápide lo citó varias veces: como dice Cornelio, según la interpretación de Cornelio, como observa Cornelio; y por este orden les echó Cornelios a carretadas. No faltó en el auditorio algún ocioso, de los muchos que siempre están de sobra, que quiso divertirse a costa de los ciegos. Acercándose, pues, a algunos de ellos, comenzó a ponerles mal corazón con tanto Cornelio como había citado el predicador. Llamóles la atención a que aquélla era pulla contra ellos, supuesto que no tenían vista para observar los pasos de sus mugeres: que estaban por el tanto en mayor riesgo que otros a lo que éstas quisiesen hacer; y de esto y como esto les metió tanta barahúnda de cosas, que los pobres ciegos se picaron e hicieron un acuerdo para que de allí en adelante cuando se encomendara el sermón, fuese con la condición indispensable de que el predicador por ningún motivo había de citar ni nombrar a Cornelio. Llegó el siguiente año: estuvo el predicador a su palabra; pero creyó que sin faltar a ella, podía hacer una cita demasiado común en aquel tiempo, diciendo; Como enseña una docta pluma. Mas apenas uno de los ciegos que estaban en la mesa escuchó estas palabras, volviéndose al más próximo de sus compañeros, le dijo: Compadre, que me emplumen a mí, si esta docta pluma no es la linda alhaja de Cornelio. (Página 443.)

DISPARATE DE UN FRAILE LOCO DEL CONVENTO DEL RANCIO

A un pobrecito fraile de mi convento se le fue el juicio con ocasión del terremoto del año de 1755, y una de las primeras muestras que dio de esta falta fue ir espontáneamente a delatarse a la Inquisición por no haber cumplido con el precepto de crescite, et multiplicamini, et replete terram. (Pág. 484.)

TOMO IV

EL FRAILE DE NOTORIA PROBIDAD

Se conserva entre nosotros la memoria de cierto fraile antiguo que aspiraba a pasar por de notoria probidad. Pues a este tal le ocurrió verse en la precisión de tomar una onza de oro que le regalaban por cosa que hizo, y no debió hacer en conciencia. Viéndose en tal apuro el santo religioso, dicen autores contemporáneos que el arbitrio que tomó para salir de él fue el siguiente: agarrar la onzita, santiguarse con ella, decir mientras se santiguaba: El oro de la caridad difunda Dios en nuestros corazones, y acabada esta deprecación, metérsela en el bolsillo. (Pág. 45.)

EL LADRON DE LA LIMOSNA QUE SE PEDIA PARA LOS QUE ESTABAN EN PECADO MORTAL

Me parece que nuestros filósofos no solamente convendrán en ello, mas también pretenderán lo que aquí pretendió y consiguió un tuno con el demandante que pedía para los que están en pecado mortal. Se acercó a él y, mostrándole un puñal para que se le enterneciese el corazón, le dijo: Hermano, pues V. pide para los que están en pecado mortal, y yo lo estoy,. venga acá lo que lleve, que es mío. (Pág. 65.)

UNA GITANA

Dios te haya perdonado, cuerpo de verdades, decía una gitana a su difunto marido. Le replicaron con que su marido echaba muchísimas mentiras. Pues por eso, respondió ella, le llamo yo cuerpo de verdades; porque todas las que supo y todas las que debió decir , se las llevó en el cuerpo. (Pág. 87.)

EL FRAILE FRANCISCO y UN JAQUE

Sucedió en cierto pueblo de Andalucía haber muerto a deshora un enfermo a quien asistía un religioso hijo de mi Padre san Francisco. Viendo éste que ya estaba su comisión concluida, quiso volverse a la misma hora a su convento; y uno de los dolientes se brindó y fue a acompañarlo para su seguridad y decoro. La madrugada estaba fresca: la cena del religioso, según unos autores, había sido de acelgas, y según otros, a quienes yo adhiero, de calabaza colorada. la mala noche había ayudado poco a la digestión, y todas estas circunstancias pusieron a mi pobre fraile en las mismas en que se halló el famoso Sancho Panza en la memorable noche de la aventura de los batanes. Ya al desgraciado hombre le venía pesando no sé si en el alma, si en el vientre, o si utrobique, de haber admitido compañía. Su convento parecía estar más lejos que el cabo de Hornos: un sudor frío me lo ponía por momentos como sincopizado: tenía a cada paso que pararse para sujetar la respiración: pujaba... hágase cargo de las angustias en que se vería, cualquiera que se haya visto oprimido de tan pesada carga, aun cuando sea un palanquín. Dieron últimamente vista al convento, y apenas lo descubrió el afligido fraile, cuando, volviéndose al que lo acompañaba, le dijo en corteses razones, que pues ya el convento estaba cerca, no se molestase por más tiempo y volviese a la casa mortuoria donde haría más falta que a él. Obedeció el seglar, y apenas volvió las espaldas, cuando mi fraile, arrimándose a una pared, comenzó las diligencias previas que para tales lances son indispensables. Pero, ¡oh incertidumbre de las cosas humanas! ¡Oh pensamientos vanos de los mortales! ¿Quién había de creer que en el profundo silencio de la noche, cuando el sueño todo lo embarazaba, hubiera de sobrevenir un embarazo al desdichado que ya daba por evacuado el suyo? Pues sobrevino. De repente se deja ver una linterna, y detrás de ella al que la traía, que puntualmente era uno de esos jaques de espada y montera, que haciendo día de la noche consumen ésta en andarse a caza de gangas y pendencias. Sin que yo lo diga, cualquiera podrá hacerse cargo de lo mucho que se incomodó el parturiente fraile. Ello fue porque propuso vengarse, y para lograrlo a satisfacción, se caló la capilla, cruzó los brazos, guardó sus manos en las mangas y se quedó tan pegado a la pared como un cartel de convocatoria. Nuestro jaque nada de esto había observado, hasta que llegó a parage donde al mismo tiempo de descubrirla se halló muy cerca de la tal estantigua. Sin entrar en más averiguaciones, se encomienda a los pies, y no cesa de moverlos más que da prisa, hasta que puesto a larga distancia tuvo tiempo de reflexionar sobre lo que se diría de él si el caso se supiese, y lo mucho que perdería del crédito de valiente que se había grangeado. Vuelve, pues, pasito entre paso hacia el parage y objeto de su susto, y a distancia de un buen tiro de piedra, sacando fuerzas de flaqueza, y esforzando la voz cuanto pudo, le echó el célebre exorcismo: De parte de Dios te mando que me digas quién eres. No creyó el fraile que podía ni debía negarse a un tal conjuro, y en virtud de ello le respondió: Pues aguárdame y te lo diré, echando a andar al mismo tiempo hacia donde estaba el conjurante. Mas apenas éste se enteró y vio marchar al muerto directamente a él, tiró la linterna, se le cayó la espada, soltó la capa y no paró de correr hasta llegar a su casa con la respiración agitada y nada quieto el pulso. El fraile: vencedor recogió todos los despojos de esta descomunal batalla, guardándolos hasta el siguiente día en que le fue preciso mostrarlos para que el guapo no acabase de morirse de miedo, y el pueblo se desimpresionase de la voz que por él corría sobre que los muertos andaban de bureo. (Pág. 97.)

EL CONVIDADO TRATADO CON TODA CONFIANZA

Y vaya de camino un cuento que no sé si será cuento de camino. Encontró uno a otro amigo suyo y le rogó quisiese acompañarlo a comer. Escusándose el convidado, le dijo que no quería exponerlo a los gastos que por lo común ocasionan semejantes convites. No, señor; respondió el convidante, porque yo he de tratar a V. con toda amistad y confianza. En esta atención y bajo esta protesta aceptó el otro. Se sirvió, pues, la mesa con tanta economía que el convidado en vez de satisfacer, no consiguió otra cosa que irritar más la hambre; y en fuerza de esta experiencia no pudo menos que al despedirse apretar la mano a su convidador, diciéndole: Amigo mío, siempre creí que V. lo era, y que yo podía tener confianza en V., pero hasta hoy no me he enterado en la muchísima amistad y confianza que me tiene. (Pág. 120.)

UN FRAILE TARTAMUDO

Había en mi convento un fraile que tenía aquello que decimos media lengua; se le puso en la cabeza enseñar a leer a un sobrinillo, y muy empeñado en que pronunciara perfectamente, le oíamos no pocas veces que le decía: Ponuncia bie esa leta. (Pág. 160.)

OTRO

Allá va un cuento. Se le ofreció a un fraile cosa que ni podía excusar ni encargársela a otro. Escogió un rincón para salir de su apuro y deponer la carga; pero no tan escondido que dejase otro fraile de atisbarlo. Notólo el paciente, y le dijo mientras se ataba las agujetas: Me has visto aquella cara, que aunque grande, no se toma por ella la filiación. Chiste que viene tan a pelo para mi propósito, que no he podido menos que recordarlo a nuestros filósofos basureros. (Página 189.)

DOS LOCOS BARRIENDO

También me acuerdo que en la víspera de San Cosme y San Damián, titulares de esta casa de locos, pasábamos mi compañero y yo por ella en ocasión de que el loquero había sacado para que barriesen la puerta a dos de los enfermos de la clase que los médicos llaman estúpidos. Nos paramos a ver la maniobra, porque nos llamó la atención. Uno barría para adentro y otro para afuera; acudía el loquero a dirigir a éste, y mientras el otro barría atravesado; iba a aquél y dejaba a éste, y éste volvía a barrer al revés. La obra para dos hombres robustos, como los locos eran, debía de ser cosa de cuatro o seis minutos, y seguramente nos entretuvo más de media hora, y todavía la dejamos sin concluir y llenos de admiración por la firmeza del juicio del loquero, pues no se volvió loco con tanto ir y venir a los dos que lo estaban. (Pág. 203.)

OTRO OUE MATO A SU PADRE

A propósito de padre y de loco. Hubo en este hospital de ellos uno entre cuyas habilidades se contaba la muerte que a su padre había dado. Solían preguntarle los que iban a visitar aquella casa de misericordia: Hombre, ¿con que tú mataste a tu padre? Sí, señor; respondía él, rebosándole la boca de risa: Lo maté porque era muy puerco, y siempre se le estaba escapando el flato (él lo decía en español castizo, haciendo con el semblante muchos ademanes de asco). Con que un día agarré una hoz y le corté el pescuezo, y desde entonces no ha vuelto a echar más flato. (Página 222.)

EL SASTRE TEOLOGO DE DUBLIN

«En Dublín, capital de Irlanda, se le puso a un sastre en la cabeza meterse a dogmatizador. Todo le venía a pedir de boca al nuevo evangelista. Las leyes del país consienten que cada uno se forje su religión a su modo, como pretende que suceda entre nosotros mi subtutor el caballero Flórez Estrada. Por otra parte, nuestro sastre tenía una memoria feliz, era amantísimo de leer, y aunque en punto de entendimiento no lo poseía muy largo, suplía esta falta la volubilidad de su lengua, que en soltándose hablaba más que... Por poco lo digo, y no permita Dios que sea yo el nuevo París que adjudique el premio de más hablador a determinada persona, en perjuicio de los derechos que a él tienen tantos otros de nuestros presentes y pretéritos regeneradores. Ello es que el tal sastre hablaba muchísimo, y siempre le quedaba que hablar, y que él solo podía surtir de palabrerías a todo el gremio de los sastres. Pues, como iba diciendo, se metió a dogmatizador, y abusando de la sagrada Biblia, que sabía casi de memoria; dijo disparates sin número, y juntó una incalculable multitud de secuaces de sus desatinos. La cosa se hizo tan expectable, que ya creyó el Obispo anglicano necesaria su intervención de autoridad. Buscó, pues, a mi sastre, trató de reconvenirlo, se empeñó en convencerlo, nada omitió a fin de atajarlo. Pero con buen sugeto se las había: con un liberal, y sastre por añadidura. A cada reconvención soltaba una carretada de disparates, y después de esta otras diez, y luego otras ciento usque in infinitum. ¿Piensa V. que se fijaba en una cuestión? Cuando menos disputaba nuestro sastre sobre trece o catorce a un mismo tiempo. Un dato fijo, un principio en que todos conviniesen, un supuesto o axioma como le llaman los matemáticos, no había que pedírselo, porque en su lengua los axiomas, proposiciones y consecuencias cambiaban de color con la misma facilidad que en los escritos del célebre ex diputado (gracias a Dios por este ex) don Joaquín Lorenzo Villanueva y Astengo. Lo que ahora un minuto era verdad, ya por encantamiento se había transformado en mentira: lo que antes no podía ni aun dudarse, ya era un disparate conocido: tan aprisa se le daba a una cosa el nombre de error, palabra vacía de sentido y origen de todos los males, como de dogma, verdad inconcusa y principio de la felicidad verdadera. Todo lo que se quiera, menos hacerse cargo o escuchar. Una vez prendido el fuego al castillo de este cohetero, no había que esperar que dejase de sacudir fogonazos y tranquidos mientras la mina le durase, y la mina era durable por los siglos de los siglos. ¡Qué sé yo! ¿Ni quién es capaz de pintar con todos sus perfiles a un charlatán de estos metido en discusión? Si alguno quisiera ver este fenómeno, lléguese y mueva disputa a cualquiera de ellos, pues yo le aseguro que no le ha de dar gana de volver a la prueba. Con efecto, el pobre Obispo salió cansado, sofocado y aburrido de la que tuvo con el sastre, y resuelto a dejarlo dogmatizar hasta que se le secase la lengua. Conservaba a pesar de la diferencia en religión, mucha armonía y amistad con el Obispo católico, o sea Vicario apostólico de la misma ciudad. Se encontró con él poco después de la disputa, y durante todavía la sofocación que había sacado de ella; y le refirió por puntos y comas la aventura que acababa de pasarle. Era el católico un fraile cachazudo, que después de haber reido grandemente el lance, y provocado también la risa del anglicano, le dijo que se sosegase y perdiese cuidado, pues desde aquella hora tomaba al suyo conjurar la tormenta de truenos, relámpagos y granizo que disparaba el sastre, y con esto se separaron.

No quiso el Obispo perder tiempo: se informó del parage donde el sastre tenía su tienda; aguardó a que se juntasen en ella todos los oficiales y aprendices, y juntos que estuvieron llegó. = ¿Me darán VV. noticia de dónde vive por aquí un caballero perfectamente instruido en materias de religión? =Aquí está un servidor de V., respondió el sastre, dejando la costura, quitándose el dedal, repanchigándose en la silla, y paboneándose lo mejor que supo. =Mucho me alegro, dijo el Obispo; porque ha días que traigo una grave dificultad sobre la Escritura; sin tener quien me la desate. =Pues, señor mío, ya llegó la hora: pregunte V. lo que quisiere; porque puedo darle razón de todo lo que contiene la Biblia, desde el libro del Génesis hasta el de las Revelaciones inclusive. = ¡Grandemente! Con que según eso se acordará V. de un ángel que se dice tener el un pie en el cielo, y el otro en la extremidad del mar. = ¿y como si me acuerdo? En el capítulo tantos del Apocalipsi es donde san Juan nos presenta ese ángel. =Muy bien; pues ahora entra mi dificultad. Dígame V., señor maestro: ¿cuántas varas de paño de siete cuartas se necesitarían para hacer unos calzones a ese pobre ángel?. =El sastre, que nada esperaba menos que esta pregunta, se quedó con ella suspenso, y al cabo de algún tiempo respondió en guisa de enfado: =¡Qué diablos sé yo! Entonces, el Obispo: Pues venga acá el tonto, mentecato: ¿Quién le ha metido a teólogo ni doctor de la ley, si ni aun sabe dar razón de lo que pertenece a su oficio? Aprenda a sastre el muy burro, y déjese de escriturario; y dicho esto se marchó. Soltaron el trapo a reir los oficiales y aprendices; divulgaron después el cuento por toda la ciudad, y desde entonces apenas el sastre salía a la calle, cuando ya se veía rodeado de muchachos que le preguntaban si había ya tomado la medida de los calzones del ángel. Tanto cargaron sobre él, que lo aburrieron; se dejó de dogmatizar, y tuvo la precisión de mudar de domicilio, para no tener que escuchar más preguntas sobre los calzones. (Pág. 227.)

EL CAMINANTE y LA FUENTE

Llegó un caminante a una fuente sobre la cual se leía una magnífica inscripción que daba a conocer los saludables efectos de sus aguas. Servían ellas para esto, para lo otro, para lo de más acá y lo de más allá; en fin, para todas las cosas, y casi casi para la inmortalidad. ¡Qué lástima, dijo el caminante luego que leyó la inscripción, qué lástima que haya yo bebido poco ha! Si lo he dejado hasta llegar aqui, quizá conseguiria una vida tan larga como Matusalén; pero al fin ya que yo no beba, hágalo al menos mi caballo, para que nunca se me enferme. Dio, pues, de beber al animal, quien inmediatamente de haber bebido, se tiró a tierra, se revolcó por ella, comenzó a resoplar, a enseñar los dientes, y continuó en estas operaciones por algunos minutos, al cabo de los cuales extendió la pata, largó la vida y dejó a su amo a pie. Considere el piadoso lector qué tal le quedaría el pecho al pobre amo que no sólo acababa de perder el caballo, mas también se veía en la necesidad de cargar, si no quería perderla también, con la albarda o con el albardón, pues acerca de esto no están conformes los autores. Yo no sé otra cosa más sino que el infeliz, después de haber estado meditando un gran rato, y no pudiendo combinar la verdad de la inscripción con la presencia del suceso, tomó un carbón que por acaso estaba allí y escribió debajo de lo escrito: Fallit in equo: falla en el caballo. (Pág. 235.)

RESPUESTA DE UN CIEGO

Años pasados estábamos en guerra, y un ciego iba cantando por las calles las ventajas que habíamos logrado en un choque, y el número de enemigos muertos o prisioneros. Acercóse uno a nuestro cantor y le dijo: Hermano, como V. cuenta los muertos y prisioneros que les hicimos, ¿por qué no dice también los que los enemigos nos hicieron? Eso, respondió el ciego, le toca a los ciegos de allá. (Pág. 236.)

LA MONJA BOBA A QUIEN HICIERON DISCRETA

Pruébolo con un egemplo. Cierto canónigo de esta Catedral tenia una hermana religiosa, que antes de serlo era tonta; tonta permanecía después, y tonta se creía que debería ser por todos los siglos de los siglos. Pues, señor mío, ofrécese una elección en el convento de nuestra religiosa, y cáteme V. aquí que las monjas me la nombran discreta. Sábelo el hermano: hágase V. cargo de cuánta sería su complacencia. El efecto no tardó en mostrarlo, pues inmediatamente dispuso enviar a las monjas un abundantísimo regalo, en reconocimiento, decía él, de que habían hecho con su hermana lo que Dios no había querido hacer. (Página 238.) .

UNO PARA ARGüELLES

Vaya ahora un cuento que se me ha venido, y no quiero desperdiciarlo. Disputaban agriamente dos lugareños sobre si los pitos del órgano, que no había en su tierra y estaban escuchando en Sevilla, eran huecos o macizos. Después de muchos debates en que ninguno cedía, vieron venir a un viejo su paisano que había sido dos veces alcalde, y estaba en posesión de dar su voto sobre todos los sermones. Lo llaman, pues, lo constituyen árbitro, le exponen la cuestión, y ya que cada cual se prevenía para dar sus razones, el viejo, poniéndose el dedo en la boca, los interrumpió: chitón, caballeros, chitón: cuenta con lo que se habla: el órgano es cosa de la Iglesia; y el que toca en las cosas de la Iglesia está excomulgado. (Pág. 256.)

UN ESCRIBANO A QUIEN DIERON UN BALAZO

Sucedió que a un escribano le dieron un balazo. Preguntado quién le había tirado, no supo dar razón, porque a nadie vio. Vuelto a preguntar si sospechaba de qué parte le había venido el tiro, respondió: Son tantas las partes de donde yo lo esperaba, que me es imposible adivinarlo. (Pág. 2.).

EL BUFON DE UNA COMEDIA

Sea, repito, en buena hora; y añado lo que en un sainete decía el bufón que, vestido de sacristán y con un hisopo en la mano, asperjeaba a los espectadores: Mañana lo veréis; y con efecto, luego que amaneció, lo vieron; porque con el agua que se suponía bendita, iba no poca porción de aceite. (Pág. 269.)

EL NOVICIO QUE DEJO EL HABITO

Tomó el hábito de tal un muchacho que largo tiempo había suspirado por serlo; pero no llevaba todavía un mes de servicio, cuando hételo aquí que deja la Religión y se vuelve a su casa. El padre, que tan fervoroso lo había visto, y tan desimpresionado lo veía de semejante vocación, lo estrechó a que le dijese qué causa había tenido para una mudanza tan considerable y repentina. «Ha de saber V. (respondió el muchacho) que yo cuando quise ser fraile, creí que entre los frailes iban las cosas por el mismo orden que entre las otras gentes; pero vengo desengañado, porque he visto que todo sucede entre ellos al revés. En casa y en todas las otras que yo he frecuentado, primero se come el cocido, y luego la fruta, que se guarda para el postre; al contrario en los frailes, pues comen la fruta de principio. Lo natural es que el que tiene la vista cansada esté más arrimado al libro para poder ver la letra; y el que la tiene en su vigor, en mayor distancia, pues desde alli puede verla. Pero no así entre los frailes. A los muchachos que somos capaces de ver hasta lo que no hay, nos ponen muy cerca del libro; y a los padres viejos que cuando salen a la calle hacen reverencia hasta a los postes pensando que son hombres, allá los ponen en la testera cerca de media legua del facistol. Ultimamente, yo acá y en otras casas donde he visto familias, siempre he oído a V. Y a los otros padres afanando decir: Para mis hijos, para mis hijos. Y allá en el convento apenas entraba alguna cosa de substancia, cuando se repetía hasta el fastidio: Para nuestro padre, para nuestro padre. (Página 278.)

CUENTA QUE HACIA UN VENTERO

Esto se parece al cargo en que un ventero pedía a su huésped una exorbitante suma por solos dos huevos que le había gastado. Estos huevos, decía, los preparaba yo para echarlos: de ellos debían salir dos pollas que a los seis meses ya serían gallinas. Cada una haría una postura de doce o quince huevos que serían con el tiempo otras tantas gallinas; y por haberse V. comido los tales huevos, me ha privado de un gallinero, el mejor quizá que habría en la España (salvo siempre el gallinero filosófico del señor intendente de Sevilla). (Pág. 284.)

LOS RATONES TRATANDO DE PONER EL CASCABEL AL GATO

Pues allá va un cuento, y VV. me perdonen. Traía un gato tan acosados a los ratones, que no podían salir del agujero sin exponerse a no volver jamás. Los ratones, a quienes por una parte urgía la hambre, y por otra amedrentaba el gato, juntaron consejo para ocurrir a un mal tamaño. Propuso el decano, hablaron casi todos, discutieron los más respetables vocales, y la resolución que de común acuerdo se tomó fue que al gato se le pusiese un cascabel, para que a proporción de lo lejos o cerca que éste sonase, se pudiera entender si amenazaba mucho el peligro. Conclamatum est: Murmullo de aprobación, y ya iba a levantarse la sesión. Pero un ratón sin pelo de barba, que era el más moderno de la asamblea, suplicó a los padres conscriptos una sola palabrita para exponer cierto escrupulillo que le quedaba. Se le concedió la palabra; y después de haber alabado la sabiduría de la determinación, dijo: que aun no estaba concluido el asunto; pues faltaba señalar la comisión que debería poner el cascabel al gato. (Pág. 298.)

EL PREDICADOR PORTUGUES

Predicaba un portugués de la Pasión de Cristo, y sucedía en su sermón lo que en todos los de este género, que las mugeres no podían contener las lágrimas. Mas el predicador, que a lo que parece era muy compasivo, y no tenía corazón para ver lastimas, cuentan que dijo: Naon choreis, meninas; pois isto ha muito tempo que he passado. é podería ser fosse mentira. (Pág. 301.)

EL DEL ERMITAÑO

Si vale una congetura, el señor Caneja tuvo presente para este rasgo de filosofía cierto cuentecito del filósofo y poeta Pirot (francés para servir a V. ) reducido a que un hermitaño, habiendo visto el diablo que iba en diligencia y muy contento, quiso saber de él el destino y la causa de su prisa y de su alegría. Voy, respondió el caminante, por el alma del Príncipe Fulano, que ha robado a medio mundo, y seguramente es mía. Dentro de breve volvió a aparecer el susodicho posta solo y muy triste. ¿Qué es eso? le preguntó el hermitaño...¿Qué ha de ser? Que vino san Miguel con su peso: yo eché en él los robos y atrocidades del tal Príncipe, que al instante corrieron hasta el suelo la balanza. Ya iba pués a cargar con mi presa, Cuando he aquí que aparece san Benito con Cuatro Abades muy gordos debajo del brazo, los echa en contrapeso; y ya se ve, como eran tan gordos, tiraron de la balanza y me dejaron sin presa. (Pág. 398.)

EL MAL ORGANISTA

Y por lo que respecta a los señores diputados filósofos, creo (no quiera Dios que sea mal juicio) que los más de ellos son abogados del día, a los cuales les sucede lo que a un lego organista de cierto convento, que cuando tocaba el órgano alborotaba con la trompetería la Iglesia, el convento y todo el barrio; y reconvenido sobre ello, respondía en latín: quod deficit in scientia, suppletur in trompetis. (Pág. 407.)

EL CURA DE VILLAMEDIANA

Vea V. ambas cosas en la primera Carta de Guevara al Obispo de Zamora D. Antonio de Acuña. La primera al fin de la Carta, cuando le echa en cara la exhortación que desde el púlpito hacía el cura de Mediana todos los días festivos después de avisar al pueblo los de misa, ayuno, o sacar ánima que había en la semana. «Encomiéndoos, hermanos míos (continuaba) una Ave María por la santísima comunidad, porque nunca caiga: encomiéndoos otra Ave María por su Magestad del Rey Juan de Padilla, porque Dios le prospere: encomiéndoos otra Ave María por Su Alteza de la Reyna nuestra Señora doña María de Padilla, porque Dios la guarde; que a la verdad estos son los Reyes verdaderos, que todos los de aquí eran tiranos.» (Pág. 419.)

Pero oiga V. todavía al padre cura de Villamediana de quien arriba hice mención, que encargaba oraciones por la santa liga. Pasó la santa liga por su pueblo; y desde el día siguiente comenzó a arengar de esta manera. «ya sabéis, hermanos mios, como pasó por aquí Juan de Padilla, y como sus soldados no me dejaron gallina, y me comieron un tocino, y me bebieron una tinaja, y me llevaron a mi Catalina: dígolo, porque de aquí adelante no roguéis a Dios por él sino por el Rey don Carlos y por la Reina doña Juana que son Reyes verdaderos, y dad al diablo estos reyes toledanos.» (Pág. 423.)