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EL CICLO DE LA VIDA EN VILLACIDAYO

CAMPOS, María y PUERTO, José Luis

Publicado en el año 1990 en la Revista de Folklore número 112.

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Damos cuenta en el presente trabajo de las prácticas, ceremonias y ritos que marcan el paso del individuo de unas fases de Su vida a otras en el seno de la sociedad a la que pertenece; en este caso, la comunidad rural del pueblo de Villacidayo (1), que forma parte de la comarca leonesa de las Tierras de Rueda. Arnold van Gennep dice que «la vida individual consiste en una sucesión de etapas cuyos finales y comienzos forman conjuntos del mismo orden: nacimiento, pubertad social, matrimonio, paternidad, progresión de clase, especialización ocupacional, muerte. Y a cada uno de estos conjuntos se vinculan ceremonias cuya finalidad es idéntica: hacer que el individuo pase de una situación determinada a otra situación igualmente determinada» (2). Estos pasos sucesivos están reglamentados por la comunidad con el fin de no experimentar molestias ni perjuicios.

Van Gennep distingue tres tipos de ritos de paso o de pasaje:

-Ritos de separación (preliminares), que se desarrollan, sobre todo, en las ceremonias de los funerales o despedida de los difuntos.

-Ritos de margen (liminares), que se dan, por ejemplo, en etapas como el embarazo, el noviazgo, la iniciación y, en menor grado, en la adopción, el segundo parto, el nuevo casamiento o en el paso de la segunda a la tercera edad.

-Ritos de agregación (postliminares), que se producen, por ejemplo, en el matrimonio (3).

Estos tres tipos de ritos de paso aparecen en los distintos momentos del ciclo de la vida de cualquier individuo en Villacidayo; aunque en la actualidad muchos de ellos han desaparecido y han sido sustituidos por otros.

LA FAMILIA

Nace y sirve el individuo en el seno de una familia rural, de la que él mismo forma parte de una manera activa, trabajando, como todos los demás miembros de la misma, para crear y procurar los bienes que permiten su supervivencia y subsistencia. El trabajo agrícola (la siembra y el cuidado de los sembrados, el riego, la siega y la recolección de los frutos) y el ganadero (el cuidado, alimentación y ordeño .del ganado vacuno y de las ovejas) son las dos ocupaciones principales del individuo de Villacidayo y de la comarca -las Tierras de Rueda a la que pertenece el pueblo. La familia rural es, a la vez, una institución que transmite entre sus miembros unas creencias religiosas y unas costumbres sociales que han ido evolucionando con extremada lentitud a lo largo del tiempo, pero que, desde hace ya años, se desmoronan con cierta rapidez, debido a distintas causas de sobra conocidas.

¿Por qué la familia rural ha tenido tradicional. mente un número elevado de hijos? Hay varias motivaciones que lo pueden explicar: una de ellas de carácter religioso, ya que el campesino siempre ha creído que los hijos los manda Dios y está dispuesto a tener «los que Dios nos mande». Pero también existe otra explicación, ésta de carácter económico: «En el sistema económico del mundo rural leonés, cada hijo que venía a la familia suponía un aumento de la mano de obra casi gratuito. Los hijos que llegaban al mundo venían a aumentar las posibilidades económicas de la pequeña empresa y a reforzar la reserva humana para poder hacer frente a las epidemias, a las pestes y, en general, al alto índice de mortalidad que venía a diezmar el número de hijos en las familias» (4).

Otro dato que hay que tener en cuenta es que en muchas ocasiones los hijos casados, si no tenían casa en el momento de contraer matrimonio ni hacienda propia, se quedaban a vivir en casa de sus respectivos padres, ella con los suyos y él lo mismo, trabajando en las correspondientes haciendas paternas. En Villacidayo, este caso era bastante frecuente y, por ejemplo, a la hora de dormir iba el marido a hacerlo a casa de los padres de su mujer, con los que ella vivía; si el marido era forastero, de un pueblo cercano, venía a dormir todas las noches con ella, y la gente, al verlo venir, decía; «Fulano no abandona la majada.»

Y no hay que olvidar tampoco el papel, tan duro, de la mujer. El marido se dedica al ganado y a la labranza, dedicación que comparte también la mujer, pues en Villacidayo, como en otros muchos pueblos, sale al campo a trabajar, atiende el ganado y, a la vez, tiene que realizar todas las tareas de la casa. Y, en contrapartida, en la sociedad rural, tiene encima un papel social más secundario que los maridos; es decir, que los hombres.

Conviene no perder de vista tampoco el modelo de familia del mundo rural leonés, igual al de otras provincias de la región; una familia en la que el individuo no desarrolla relaciones únicamente con sus padres y hermanos, sino que forma parte de un clan familiar más amplio y protector, con abuelos patriarcales, tíos, primos, padres y hermanos, formando parte de un todo, que se integra en la comunidad del pueblo. Un modelo de familia que también se está desmoronando y desapareciendo.

EL NACIMIENTO y LA NIÑEZ

El embarazo es un período de margen para la mujer, margen entre el grupo de las mozas, al que pertenecía, y el de las madres, al que va a pertenecer con la llegada del futuro hijo. Cuando la mujer está embarazada, si le sale paño (unas manchas negras «muy feas» en la cara, entonces se dice que lo que tenga va a ser niña. Si en la gestación tiene ardores, se cree que los produce el vello del niño; es decir, se piensa que el niño nacerá con pelo en la cabeza.

En el momento del parto, la mujer está asistida por la partera o comadrona que hay en el pueblo (había dos en Villacidayo, las señoras Cristina y Adonina), que le ayuda con sus quehaceres en el trance difícil y doloroso. A la comadrona, como compensación por su trabajo, se le invita el día del bautizo a la comida. Una vez que el niño ha nacido, se le corta el cordón umbilical y se le ata; si una vez atado no cura bien, se le pone un poco de cera. Se lava al niño, se le empaña y se le da agua de tila para que limpie; y si es época de fríos, se le suele colocar encima de la trébede de la cocina, echado, para que esté al calor . Si tiene la cabeza un poco picuda, se le venda, para que vaya quedando redonda.

A la madre, cuando el niño ha salido de su vientre, se le atan hierros en las limpias (la placenta), para que, con el peso, le salgan del todo. «A mí misma -nos dice una informante- me ataron la llave de un postigo.» A veces no sale del todo la placenta, y entonces se dice que la mujer «no se ha librao» (expresión utilizada para diferenciarla de las vacas, de las que, en análogo trance, se dice que «no se ha limpiao»). Y no se le da a la madre agua para beber, ya que se cree que es malo y que le pueden entrar fiebres; se trata de una práctica de protección o de preservación. Y desde el parto hasta la purificación no puede salir de casa (rito de separación de la comunidad), así es que se lo tienen que llevar todo a su vivienda.

El bautizo del niño recién nacido (rito de separación respecto al mundo anterior, que también tiene un sentido de agregación a una nueva comunidad) se celebra a los pocos días de nacer. Si nace, por ejemplo, un día entre semana, puede celebrarse el bautizo el domingo siguiente. La madre, al no poder salir de casa, pues tiene que guardar en ella la cuarentena (que en Villacidayo dura, por costumbre, unas tres semanas), no asiste al bautizo. Van con el niño padrinos y familiares hasta la iglesia; en la pila bautismal el padrino sostiene al niño y él es el que dice el nombre de pila que se le va a poner, nombre que ha sido elegido por los propios padres y los padrinos, tomándolo generalmente del nombre de alguno de los familiares, sobre todo de los abuelos, o del santo del día, si es significativo o del agrado de la familia; la recepción del nombre es un rito de agregación, ya que con él el niño es individualizado y agregado a la sociedad. Y mientras el padrino sostiene a la criatura, el sacerdote le echa el agua bendita en la cabeza y desarrolla todo el rito bautismal, en presencia de los familiares. Uno de los abuelos del recién nacido lleva a la iglesia una jarra de vino, que bendice el sacerdote y que se beberá luego en la comida de celebración del bautizo (el sentido de agregación de los familiares que lo beben con la comunidad religiosa, de la que entra a formar parte el niño mediante el bautismo, es evidente). La madrina lleva una toalla para secar la cabeza del niño tras recibir el agua bautismal, y lleva también la bolsa con los confites para echar a los niños después de la ceremonia, a la salida de la iglesia; el puñado mayor de confites se lo dan previamente al cura, que mete la mano en la bolsa para cogerlos. Los confites, tirados a los niños, se convierten en otro elemento de agregación del bautizado con los que los recogen, grupo del que formará parte cuando crezca un poco.

Los padrinos del primer hijo son los de la boda. Para los de los hijos posteriores ya no se sigue norma alguna; por lo regular, suelen ser los hermanos del padre o de la madre. El traje del niño para el bautizo consiste en una mantilla debajo, en un faldón encima y un gorro en la cabeza; la mantilla y el pañal van sujetos con el fajero. Los asistentes al bautizo se visten ese día con la mejor ropa que tienen.

Tras el bautizo, se da una comida de celebración. al mediodía, en casa del matrimonio. Asisten a ella los propios padres, padrinos, abuelos, hermanos, tíos y primos; además de la comadrona. El menú consiste en un cocido (garbanzos, relleno, chorizo y tocino); en una época posterior, este menú varía, y se sirve paella y carne de la que hay en ese momento en el corral de la casa (gallo, conejo, cordero...). De postre, arroz con leche. También puede consistir en patata cocida y destripada, que se envuelve con leche y huevo y se fríe, tomando la forma de bolas hechas con una cuchara. O también fisuelos (en forma de rellenos, hechos de harina mezclada con agua, que se fríen en la sartén con aceite). Esta comida es un rito de agregación de la madre (que sigue separada del pueblo, al no poder salir de casa) y del niño con la familia.

El niño suele recibir el día del bautizo regalos de los asistentes, tales como unos patuquines, una mudina o algunas ropitas. y la madre, tras dar a luz, recibe una visita de las vecinas, familiares y amistades, para interesarse por su estado; visita que constituye un rito de agregación, así como los regalos al niño. Estas personas le llevan la visita; es decir, un pequeño regalo que puede consistir en unos huevos o unos dulces o una libra de chocolate; regalos que, a veces, debido a la necesidad, tiene que terminar vendiendo.

Cuando pasan las tres semanas que dura en el pueblo la cuarentena, la madre sale de casa por primera vez, y esta primera salida es a la iglesia, a la purificación; sale a misa, se dice en Villacidayo. Al pisar el umbral de la puerta de su casa se santigua y sale a la calle con el niño, ya bautizado, y lleva también una vela y una oblada de pan; va hasta la puerta de la iglesia, y en ella hay otra mujer que la acompaña, que le da agua bendita; después sale el cura a bendecirla, y ya entonces entra dentro del recinto sagrado. Desde la puerta del templo hasta el altar, el sacerdote le coloca al niño la estola en la frente y se la quita al llegar a él. Oyen misa madre e hijo, y el sacerdote se queda con la oblada y con la vela. Tras esta primera salida a misa después de la cuarentena, la mujer ya puede salir de casa. Es, por tanto, éste de la purificación un rito de agregación de la madre a la comunidad del pueblo; el período de margen de la cuarentena ha terminado con esta salida a misa.

La crianza del niño depende, sobre todo, de la madre, que es quien lo amamanta. La lactancia dura un tiempo bastante prolongado: entre año y medio y dos años. Hay ocasiones en que a la madre no le llega la leche para amamantar al niño; entonces, o bien el niño se cría al cazo; es decir, se alimenta con papillas de harina de trigo tostada y envuelta con agua o leche (si la hay) y azúcar, o con una papilla de pan con aceite y ajo; o bien es amamantado por otra mujer, a la que le sobra leche una vez amamantada su propia criatura.

La cuna en la que se echa al niño puede ser de madera o de bilortas de mimbre trenzadas; esta última es alargada y tiene una capota encima, que cubre la cabeza del niño. Tiene también a los lados, como las cestas, dos asas, con el fin de cogerla con las manos. Es acubanada; es decir, más levantada del medio que de los lados en su parte inferior, para que así pueda bambolearse al mecer al niño, Para el tiempo en que el niño llega a tenerse en pie y a andar, hay otro instrumento llamado carreto, fabricado de madera de chopo, de forma cúbica (parecido al púlpito de loS curas, según nos dice una informante), con barrotes entre las tablas redondas superior e inferior, que las unen; la de arriba tiene a su vez un agujero redondo para meter al niño hasta la altura del-pecho, con los brazos libres. Lleva el carreto, en la tabla superior, un «cajonín» en el que se le echan casitas para que se entretenga el niño; se mueve mediante unas ruedas que lleva debajo.

Durante los primeros meses de vida se le da al niño azúcar para que no llore, se le pone en un moñin (un palo, alrededor de uno de cuyos extremos se coloca un trapito, como un moño, y se unta de azúcar), y así, chupando el moñín, se queda tranquilo. Cuando empiezan a dar guerra los dientes, que quieren salir, se le ata al niño, en el lugar de la chupeta (chupete), a la altura de uno de los hombros, una goma dura, en forma de rosquilla, con mango asimismo de goma, para que la muerda y se le alivie el dolor, al tiempo que le van rompiendo los dientes; o también, y esto se hace ya desde que es muy pequeño el niño, se le da una corteza de pan para que la chupe.

A veces al niño se le pone la boca mala con bojinas (pequeñas ampollas). Este mal recibe el nombre de la livia; para curarla se hace un hisopo (un palo arrebucido o envuelto en trapo, hecho un moño y atado con un hilo) y se lo untan de miel, que el niño chupa y con la que sana la livia. También cría el niño una costra en la cabeza, llamada cazapete; no hay costumbre de lavarle la cabeza, porque se cree que es malo, Para quitárselo se le hurga con el peine, y así, poco a poco, se le va levantando, Si el niño tiene lombrices se le unta el «culín» con un ajo y se lo ponen a oler para que salgan, o se le pone una vela y salen a montones, según nuestras informantes.

La mortalidad era abundante. Si un niño moría sin estar bautizado, se le enterraba dentro del cementerio, pero en la parte trasera (rito de separación de los muertos bautizados y, por tanto, cristianos). Y había quien guardaba los dientes de leche cuando se le caían, y si moría después, se los echaban en la caja. Si quien moría era una niña, además de los dientes, se le echaban también sus propias trenzas, que se guardaban cuando se las cortaban.

Hay costumbre de celebrar el cumpleaños del niño. Para ello se le prepara una cuelga y se le pone, a modo de collar. La cuelga consiste en una cuerda a la que se le atan o se le cosen caramelos, roscas (rosquillas), galletas, cacahuetes y hasta incluso alguna que otra estampa piadosa. Durante los primeros cumpleaños, los padres y familiares más allegados le suelen regalar algún pequeño detalle: una «chaquetina», un gorro, unos pendientes, un vestido...

Comienza el niño a acudir a la escuela a los seis años. y toma la primera comunión a los siete. Lleva como vestimenta un «trajín» (trajecito} lo más curioso posible; la niña, una bata y unas zapatillas blancas, de esparto. La primera comunión se celebra el jueves de la Ascensión. Los familiares del niño que la toma (padres y abuelos} celebran el acontecimiento con una comida, un cocido casi siempre, distinta de las de los días de diario.

LA ADOLESCENCIA

Y ya, en la adolescencia, comienza el muchacho una nueva edad, durante la cual pasa de un grupo, el de los niños, a otro, el de los mozos. Este rito de paso tiene una fase de separación: la salida de la escuela, acto por el que se desliga del mundo infantil. Y otra de agregación: la incorporación a las faenas campesinas, junto al resto de los miembros adultos de la familia, durante toda la jornada. En su etapa escolar también ayudaba en casa, en los momentos del día que pasaba fuera de la escuela, y en las vacaciones. Y comienza también la agregación al nuevo grupo de los mozos: empieza a bailar con las muchachas, a los catorce o los quince años, en los lugares del pueblo donde, en domingos y días festivos, se celebra el baile: en la plaza de la escuela o del caño (la fuente del pueblo), o en calles amplias, al son del tambor, de la pandereta y de la zuzaina (dulzaina) o la gaita. Los bailes más frecuentes son la jota y el «agarreo» (habaneras). La agregación al nuevo grupo es lenta y gradual. Los mozos, como colectivo muy definido del pueblo, eligen un presidente de todos los mozos entre ellos; la elección tiene lugar cada año. Algunos de los elegidos no duran ni el período completo. Para desempeñar esta función -nos dicen- hay que tener dotes y facultades.

LA MOCEDAD, EL NOVIAZGO y EL MATRIMONIO

Varias son las fiestas y celebraciones en las que, a lo largo del año, la mocedad toma parte activa. El día de los Reyes, los mozos van pidiendo los torresnos por todas las casas, y los vecinos les dan trozos de tocino y de chorizo, que ellos van pinchando en un asador de hierro o en un palo. Y con lo recogido, en un día que todos eligen, hacen una merienda. Cuando piden los torresnos (en realidad, un aguinaldo) van cantando esta canción:

La señora de esta casa
ya la veo yo venir
con el cuchillo en la mano
y el torresno en el mandil.

Y como estribillo continúan:

Buenos Reyes
buenos años
buenos Reyes
aguinaldos

Otro acontecimiento de la rueda del año es la entrada en quinta, que se produce a los veinte años, cuando el mozo los ha cumplido antes de año nuevo. Los quintos se tallan por febrero, en el Ayuntamiento, que está en el pueblo de Gradefes, centro actual de la comarca de las Tierras de Rueda. El día en que se tallan tiran cohetes, y los quintos amigos suelen festejarlo con una merienda en cualquier cantina del mismo Gradefes, regada con abundante bebida. Y llega el tiempo de cumplir el servicio militar, de ir a la mili; los mozos se van a despedir de sus familiares (rito de separación), que los convidan y les dan algo de dinero para los gastos del cuartel. En la despedida entonan por el pueblo canciones alusivas a la marcha, como esta:

Los quintos marchan
las madres lloran;
la mi morena
se quedó sola.

La mi morena
cuando va al baile,
la mi morena
todo lo barre.

Todo lo barre,
todo lo pisa
la mi morena
cuando va a misa.

o esta otra:

Ya se van los quintos, madre
ya se va mi corazón,
ya se va el que me ponía
el ramito en el balcón.

Los quintos, los quintos,
les van a llevar
a pelar patatas
a lo militar.

Por Pascua, los mozos hacen la güevada. Cada uno aporta huevos de gallina, según lo convenido entre ellos: seis, ocho..., y con ellos hacen esa tarde una merienda en la cantina o en alguna casa a base de huevos fritos, cocidos y tortillas.

En la víspera de San Pedro, por la noche, una vez que los vecinos se han acostado, los mozos les ponen a las mozas ramos de cerezal (cerezo) en la vera del tejado de la casa de cada una de ellas, en los huequecillos que tienen las tejas del extremo de los aleros, pinchados. Buscan los ramos que tengan más cerezas y que estén bien coloradas. Si uno tiene novia, es él el que se encarga de ponérselo, adornado a veces incluso con cintas. En ocasiones, en plan humorístico y de gastar bromas, a algunas mozas se los ponen de cardos. Y siempre colocan otro ramo, también de cerezal, en la vera del tejado del atrio de la iglesia, según se entra en ella. Suele ser el ramo más grande y más vistoso. Y la mañana de San Pedro todo el mundo se da una vuelta por las calles a ver qué mozas tienen más bonito el ramo; entre ellas hay comentarios y pelusas: «Fíjate qué ramo le han puesto a esa.» Se dejan puestos hasta que se secan.

Las fiestas patronales del pueblo se celebran en la Asunción, el quince de agosto, como en tantos otros pueblos españoles. El segundo día de la fiesta, llamado de Nuestra Señorina, los mozos hacen carreras de burros; participan los que quieran, casados o solteros, con los jumentos engalanados. Se dan tres vueltas alrededor del pueblo, por el itinerario trazado, y se ponen obstáculos; por ejemplo, traviesas de madera, que algunos burros a duras penas pueden superar. Los premios consisten en un gallo, un mazapán, una cantidad de dinero... Esta carrera se celebra por la mañana, así como la carrera del gallo, que consiste en ver qué mozo le corta al animal la cabeza. Los mozos van montados en los burros, y el gallo está atado por las patas con una soga, de la que cuelga, sujeta de una casa a la de enfrente. El que logra arrancarle la cabeza recibe el gallo como premio.

Por la fiesta de los Santos y los Difuntos matan los mozos un carnero y con él celebran una cena, a las doce de la noche, en la cantina o en la casa de alguno de ellos. Durante la cena se tocan las campanas de la iglesia a muerto, y luego se pasan tocándolas durante toda la noche.

La mocedad organiza bailes en las casas; sobre todo, durante las tardes y noches de los domingos y días de fiesta del invierno, que es cuando más libres están de las faenas agrícolas. Bailan en las cocinas o en los pajares, con el acompañamiento musical que ya hemos indicado. En esos bailes suelen formarse muchas parejas de novios, bien entre mozas y mozos del mismo pueblo o de pueblos vecinos. Cuando a uno le gusta una moza, la sigue adonde quiera que vaya, y en la ocasión que tiene la saca a bailar. La pareja formada puede terminar en el matrimonio, una vez que ha pasado un noviazgo de unos dos años de duración (pueden durar algunos hasta seis o siete años, y otros ser más breves), o puede terminar rompiéndose, ya sea por enfados o porque al novio le gusta más otra moza y deja a la anterior plantada. El mozo es siempre el que busca y toma la iniciativa en el inicio de las relaciones. Cuando un grupo de mozas se reúnen, por ejemplo. en una casa y se enteran los mozos, éstos esperan fuera hasta que salgan, y al hacerlo cada uno se dirige a la que le gusta. También las suelen rondar, casi siempre los sábados por la noche; y en la ronda entonan canciones como esta:

Ya está la novia compuesta,
salga el novio a ver si es ésta.

Es más frecuente que salgan novios para la entrada del invierno. Durante el verano no suelen salir, ya que la duración y la dureza de las faenas campesinas (siega y recogida de la hierba; siega, acarreo, trilla de la mies y metida del grano y de la paja; atención del ganado...) lo impide. Lo normal es que los novios sean del mismo pueblo, incluso de la misma familia a veces; pero también es frecuente el noviazgo entre mozas y mozos de pueblos cercanos. Muchas veces los propios padres arreglan el casamiento de los hijos, sin contar con su voluntad («Fulano te conviene, porque...»). Se busca a la moza o al mozo cuya familia tenga buena hacienda, o tierras colindantes con las propias, o algún poder en el pueblo...Cuando los hijos no siguen el criterio de los padres, éstos suelen poner obstáculos al desarrollo de un noviazgo no querido por ellos.

Las citas entre los novios suelen celebrarse a primeras horas de la noche, no muy lejos del oscurecer, nunca a deshoras, ya que los padres no lo permiten. «A las diez -nos dice Jesusa- ya estaba uno retirado.» Estos encuentros se producen en cualquier esquina o rincón del pueblo («Entonces no se podía andar escondiéndose, porque te perseguían y te vigilaban», nos dice), bajo la vigilancia de la comunidad. De ahí que las mozas, normalmente, lleguen vírgenes al matrimonio («No las tocaban hasta el día de la boda»). El novio, una vez que se le ha declarado y que ella ha dicho sí, le dice a la novia que le tiene que demostrar que lo quiere: «Me tienes que demostrar que me quieres.» «¿y con qué se lo iba ella a demostrar?», no podía dejar de ser virgen, nos dicen.

El noviazgo se afianza con el paso del tiempo, y llega el momento de la pedida de mano, que en Villacidayo se indica con la expresión: van a salir novios. Este momento de salir novios consiste en que el mozo va a pedir la novia a casa de los ,padres de ella, en compañía de un amigo o un familiar suyo; este acompañante recibe el nombre del acompañao. Esta visita a casa de la novia, a pedirla, se suele realizar un sábado por la noche, reservadamente, para que nadie del pueblo los vea ni se entere. Pero siempre hay mozos que terminan sabiéndolo, y, entonces, esa misma noche les echan el sendero, que consiste en un camino de paja, de cierta anchura, que va de la casa del novio a la de la novia, y de allí, a la iglesia. Y por medio del sendero, a la mañana siguiente se entera todo el pueblo de la pedida. Pero a más de un sendero lo cubrió la nieve en una noche de invierno, impidiendo que nadie se enterara. Asimismo, al saberlo los mozos, mientras se está celebrando la pedida, varios de ellos suelen poner en el pasillo de la casa, sigilosamente, un fumaque (lata en la que se echan plumas, pelo de gato, pimentón, gallinazos o cagarriatos de gallina, etcétera), que, al prenderle fuego, despide muy mal olor. Se trata de una broma en la que se juegan el tipo los que la realizan, ya que tienen que entrar en la casa de la novia sin ser vistos, pues de lo contrario los persiguen hasta averiguar quiénes son.

¿En qué consiste este acto de salir novios, que da un paso decisivo en el afianzamiento del noviazgo y en la llegada al matrimonio? El novio y Su acompañao llegan a casa de los padres de la novia, se saludan todos y hablan. La novia está asimismo con su acompañada, que suele ser una moza amiga. Cenan todos juntos: se suele poner un conejo y dulces de la casa, además de un garrafón de vino. Y mientras cenan, el novio pide la novia a los padres de ella. Y tratan ya de la ropa de la boda: el novio compra el vestido de la novia, y ella tiene que comprarle a él la camisa y la corbata. Tanto la cena como el acuerdo sobre los ropajes de la boda son ritos de agregación; además, claro está, de la pedida, que preparan el terreno para la constitución de una nueva familia. Novia y novio, como hemos visto, tienen sus respectivos acompañaos; si el novio, por ejemplo, es forastero, cuando se cita con la novia, en cualquier momento del noviazgo, él viene con su acompañao a verla, y ella sale a recibirle a las afueras ,del pueblo con su acompañada.

Y el domingo, normalmente al día siguiente de salir novios, puesto que ya han hablado con el sacerdote, comienzan las velaciones (amonestaciones), que lee el párroco en la iglesia, durante tres domingos seguidos, al terminar la misa. El domingo de la primera velación, el novio y sus padres van a casa de la novia y comen juntos, ellos y los padres de ambos. El rito de agregación se extiende ya a los padres del novio que no habían participado en la pedida. La comida del domingo de la segunda velación se realiza en casa de los padres del novio. Este día, las mujeres que quieren (suelen hacerlo la mayor parte de ellas) llevan huevos a la novia que se va a casar; con ellos se harán los dulces y mazapanes para la boda. En compensación al regalo, tras la boda, se les llevará a las mujeres que dieron huevos, como convite, roscas y un trozo de mazapán. La comida del domingo de la tercera velación se celebra bien en casa de la novia o del novio, pues ya no existe una norma fija.

Si el novio no es del pueblo, sino que es forastero, los mozos le cobran los pisos, un dinero que tiene que abonarles (en cantidad fijada por la costumbre), que emplea la mocedad para beber y divertirse en cualquier domingo o fiesta, a costa del forastero. Es el precio de su agregación a la nueva colectividad, de la que va a formar parte.

Y llega el día fijado para la boda. Antes se ha celebrado la despedida de solteros con un convite. Ella, a las mozas, y él, a los mozos. El día de la primera velación ella había llamado a las mozas a su casa, al salir de misa, y las había convidado a dulces y a una bebida (mistela, casi siempre); y él, también tras la misa, les había dado un cigarro a cada uno de los mozos. Se trata de ritos de separación con los integrantes de la mocedad, grupo al que han pertenecido desde la salida de la escuela hasta la hora del matrimonio. La noche antes de la boda, los mozos cantan ante las casas de los novios. De nuevo, otro rito de separación que marca el paso al nuevo estado matrimonial de la pareja.

Están invitados a la boda los familiares más allegados: padres y hermanos, y tíos y primos carnales de ambos contrayentes, además de amistades de los novios o de la familia. Las invitaciones han sido realizadas por los propios novios, quienes, oralmente, han ido casa por casa invitando a familiares y amigos. Los padrinos de la boda suelen ser familiares que se buscan o que se ofrecen; la costumbre es que la novia busca al padrino, que suele ser su propio padre o el padrino del bautizo; y el novio, a la madrina: su propia madre o la madrina del bautizo.

La boda se celebra por la mañana, sobre las nueve o las diez, como muy tarde. Se sale de casa del novio a buscar a la novia, el novio y sus familiares juntos. Y en la puerta de la novia se reúnen todos: novios, padrinos y familiares de ambos, y van ya todos juntos a la iglesia: delante, los novios y padrinos; detrás, los familiares, y más atrás, la gente del pueblo que va acompañando. La novia lleva un vestido oscuro, de color negro o azul marino casi siempre, y el novio, un traje, por lo general, azul marino. Y se celebra la ceremonia religiosa. Tras ella, a la salida de la iglesia, se les echan vivas a los recién casados, y la madrina y el padrino tiran a lo alto confites y caramelos, que recogen por el suelo niños y mayores.

Luego, hasta la comida, se bebe en la cantina. La comida del día de la boda se celebra en casa de los padres de la novia. Suele consistir en un buen cocido, aunque también están presentes las carnes, y para esta comida se matan gallos o algún carnero, o un ternero incluso, según las posibilidades. De postre, arroz con leche y roscas y mazapán. Por la tarde, al finalizar la comida, va a casa de la novia toda la mocedad; se les convida a algún manjar de la comida que ha sobrado, y también a roscas, mazapán y a vino u otros licores. Y mozas y mozos, todos juntos, cantan entonces los pajarcitos, que es una canción de «gala» de boda:

Cantaban los pajarcitos
a la sombra de una encina
y en su cántico decían
viva la señora madrina.

Este sí que se lleva la gala,
éste sí, que los otros nada;
éste sí que se lleva la flor
prendidita de su amor.

Cantaban los pajarcitos
a la sombra de un espino
y en su cántico decían
que viva el señor padrino.

Este sí que se lleva la gala...

Cantaban los pajarcitos
a la sombra de una rama
y en su cántico decían
que viva la acompañada.

Este sí que se lleva la gala...

Cantaban los pajarcitos
a la orilla de una noria
y en su cántico decían:
viva la señora novia.

Este sí que se lleva la gala...

Tras el cántico de los pajarcitos y otras canciones, el resto de la tarde se celebra un baile en la casa del banquete, ya sea en el corral o en el portal de puertas, al son del tambor, la pandereta y la zuzaina (dulzaina); baile en el que participan los recién casados. los invitados a la boda y toda la mocedad.

Cuando llega la hora de dormir, los mozos tratan de impedir que los recién casados lo hagan juntos. y los siguen para que no logren escapar, poniendo a una moza de continuo al lado de la novia y a un mozo al lado del novio. Si consiguen escapar y dormir juntos, si se enteran los mozos del lugar dónde lo hacen, los sacan desnudos de la cama y llevan a cada uno a un sitio distinto.

Existe un segundo día de celebración de los esponsales: la tornaboda. Es ya un festejo menor. Ese día se celebra la comida en casa de los padres del novio, pero con una invitación más restringida, ya que sólo participan en el banquete los abuelos, padres y hermanos, y los recién casados. y terminan así las celebraciones de la boda. Tras ella, invitados, parientes y vecinos suelen regalar algo a los contrayentes; generalmente, alguna prenda u objeto del ajuar, cuyo valor depende siempre de la mayor o menor familiaridad, amistad o confianza que se tenga con ellos. Regalos frecuentes suelen ser: unas sábanas, una colcha, alguna ropa, cazuelas, potes, etc.

Como indica Arnold Van Gennep, «las etapas del matrimonio, y especialmente la principal, los esponsales, tienen una dimensión económica, entre otras. Además, todo matrimonio, precisamente porque no son sólo dos individuos los que están en juego, sino varios medios más o menos amplios, es una perturbación social. Un matrimonio conlleva el desplazamiento de cierto número de elementos, los unos en relación con los otros, y este desplazamiento, obrando gradualmente, determina una ruptura del equilibrio. Este fenómeno es poco perceptible en nuestras grandes ciudades, pero ya destaca más en algunos remotos rincones de nuestro campo. En ellos, con ocasión de las bodas, se paraliza la producción, se gastan los ahorros, se sobreexcita la sensibilidad, habitualmente apática, etc.» (5).

Suele haber mozas y mozos a los que se les va pasando la mocedad sin haberse casado;. se trata de los solterones, quienes, a veces, suelen ser objeto de burla por parte de la colectividad. Si un día, por ejemplo, se discute con alguno de ellos, se les suele decir: «Anda, que no tienes quien te quiera.»

Algunas casadas o casados, debido a la muerte de su cónyuge, se quedan viudos. Si alguno de ellos contrae segundas nupcias, el día de la boda los vecinos, mozos y adultos gastan bromas a la nueva pareja, que llegan a veces a ser muy pesadas. La más común es la de la cencerrada: cuando van a la iglesia a la ceremonia, o al salir de ella ya casados, los cogen y, si pueden, los suben a un carro, «a una tartana mal aparatada», nos dice Jesusa, «a la que le ponen telarones: un arco con trapones colgando, que se va escuajaringando todo». Este carromato es tirado por los hombres y por los mozos, y detrás van tocando los cencerros muchachos y mayores, todo el mundo que puede, y a la vez van dando voces, mientras recorren así todo el pueblo. Debido a estas bromas, muchas veces los que contraen segundas nupcias lo hacen en secreto, sin decirle al vecindario qué día va a celebrarse la boda.

LA VEJEZ y LA MUERTE

Y llega el ocaso de la vida, la vejez, que normalmente suele convivir con achaques y enfermedades, tras una vida dedicada a la labranza y al ganado y en contacto con la Naturaleza y con todo tipo de inclemencias atmosféricas. Muchos ancianos se mueren sin haber dejado de trabajar. Y ancianas, ya que en Villacidayo la mayor parte de las mujeres, como hemos dicho, realiza las mismas tareas agrícolas y ganaderas que los hombres, además de las tareas domésticas.

Existen algunos presagios de muerte; por ejemplo, cuando se oye el canto del mochuelo en el pueblo, porque está en algún tejado, y hay alguien enfermo, se dice que se va a morir («Fulana o Fulano se va a morir, porque cantaba la otra noche la coruja»). Y si no hay nadie enfermo, también se considera señal de que alguien está cercano a la muerte. Se considera otro presagio de muerte los aullidos tristes que, en ciertas noches, echan los perros.

Cuando un enfermo está muy mal, se llama al sacerdote para que le dé la extremaunción, y en la agonía se le lee un libro con oraciones. Una vez que ha muerto, se amortaja el cadáver, después de lavado, con la mejor ropa que tiene, acto que realiza alguna persona que tiene valor o los mismos de la casa. Se le pone un pañuelo atado de la barbilla a la cabeza, para que le quede la boca cerrada, y se le atan asimismo las piernas para que quede el cuerpo derecho, estirado. Y una vez realizadas estas operaciones, se le coloca en el suelo de una de las habitaciones de la casa, encima de una manta, una sábana y almohada, con las manos entrelazadas y un rosario en ella. Y al lado del cadáver, un vaso con aceite y una torcida, a modo de lamparilla, para alumbrarlo. En el vientre se le coloca un crucifijo.

El fallecimiento se anuncia, aparte de al sacerdote y al Juzgado, a los familiares más próximos. Y las campanas de la iglesia, para que se entere el vecindario, tocan a muerto: un toque especial cuyo significado en seguida descifra la gente. También tocan las campanas en los momentos de los funerales y del entierro.

Enterado el pueblo, los vecinos que lo desean, además de los familiares, velan a! cadáver, desde que muere hasta que es enterrado. El velatorio se suele hacer en la cocina de la casa, aunque hay personas más íntimas que velan en la habitación en la que se halla expuesto el cadáver, o cualquiera, si lo desea. Velar consiste en rezar, de vez en cuando, el rosario u otras oraciones por la salvación del difunto; aunque en el velatorio también se habla y se comentan incidencias de la vida del pueblo y de los vecinos, y hasta hay momentos de risa, con anécdotas graciosas y chistes.

Cuando llega el momento de conducir el cadáver a la iglesia para celebrar los funerales, se coloca en un ataúd la caja, que suele ser más o menos lujosa según la situación económica de la familia; a veces consiste meramente en unas tablas ensambladas y pintadas de negro. Y se da el caso de familias que no pueden costear la caja, en cuyo caso llevan al difunto a la iglesia y de allí al cementerio en unas andas, envuelto en un sábano o en una manta, y así lo echan al pozo (la sepultura).

Llega el sacerdote a la puerta de la casa y sale la comitiva para la iglesia; llevan la caja los propios hijos, la llevan los familiares más allegados; la cabeza del féretro va para adelante siempre. A ambos lados de la caja, dos niños llevan un hachón (vela grande) cada uno, encendido, y detrás van dos personas con un cesto lleno de panes de obladas (tantas como miembros de la familia), que han echado en él los de la casa del duelo. Y detrás va el cortejo fúnebre: primero los familiares, de más allegados a menos allegados, vestidos de luto, y, tras ellos, el vecindario asistente.

Al llegar a la iglesia, se deposita la caja en el atrio, con los dos hachones, colocados uno a cada lado, y la gente entra en el interior del templo, donde se celebran los funerales. Funerales que suelen ser de dos clases: los que paga la gente pudiente, que reciben el nombre de misa de asistencia, que la concelebran tres sacerdotes y es cantada. Y los corrientes, que consisten en unos oficios de misa de ánimas, cantados por un solo sacerdote.

En el ofertorio de la misa, se ofrecen las obladas del cesto que, al llegar al recinto del templo, se había colocado adelante, cerca del altar; los de la familia cogen una oblada y una vela cada uno y las llevan al altar, donde el cura las bendice. También se ofrece por parte de la familia una jarra de vino. Estas ofrendas las recoge el sacerdote, aunque en una época posterior las volvía a llevar la familia a casa.

Cuando terminan los oficios, se vuelve a coger la caja, que se había quedado en el atrio, y se sale camino del cementerio, situado a las afueras del pueblo. El sacerdote, por el camino, igual que antes en el trayecto desde casa hasta la iglesia, echa responsos, durante los cuales se detiene la comitiva; en ellos, el monaguillo pone del revés el bonete del cura y la gente echa en él dinero, según la voluntad. Normalmente, se echa un responso de casa a la iglesia, y alguno más al llegar al cementerio. Y en él, se entierra al difunto en el pozo (la sepultura), de forma rectangular y alargada, en lo hondo de la tierra.

El entierro suele celebrarse por la mañana, sobre las cuarenta y ocho horas tras el fallecimiento. Los funerales son costeados por la familia de la casa del difunto.

Tras el entierro, se tiene la costumbre de celebrar una comida, a la que acuden los familiares más próximos del difunto. Se suele sacrificar, para ella, un carnero, y se come o patatas con carne o patatas con bacalao. La comida se empieza rezando unas oraciones por el fallecido.
Durante los días siguientes del entierro, se quema en el campo el jergón de la cama en la que ha ocurrido la defunción, aunque si es de lana, lo que se hace es lavarla, también unos días después. Se trata de un rito de reparación de una de las pertenencias del muerto.

Los familiares de la casa del fallecido guardan luto por él: las mujeres se visten por completo de negro y los hombres llevan un brazalete negro, bien en la manga de la chaqueta o en la solapa; los niños no llevan señales de luto. El luto constituye «un estado de margen para los supervivientes, en el que entran mediante ritos de separación y del que salen mediante ritos de reintegración a la sociedad general (ritos de supresión del luto» (6). Y sigue diciendo Van Gennep: «,Durante el luto, los parientes del muerto constituyen una sociedad especial, situada entre el mundo de los vivos, por una parte, y el mundo de los muertos, por otra, y de la que los parientes salen antes o después según sea el grado de cercanía de su parentesco con el muerto» (7). La duración de este luto, en Villacidayo, suele ser de un año para los hombres y de dos para las mujeres.

Al año del fallecimiento se celebra el cabo de año, con una misa cantada, en la que se vuelve a ofrecer esta vez sólo una oblada de pan, una vela y una jarra de vino.

Y no faltan las creencias en la aparición de los difuntos. Estas presencias inquietantes se muestran a veces mediante extraños ruidos que se oyen por la noche en la casa, o mediante la aparición del difunto resblagao (montado, con las piernas abiertas) en una vaca. Se nos relata el caso de unos pajares «que fueron como mal llevaos» (adquiridos por su propietario de forma ilegítima) y dicen que en ellos se aparecía su antiguo dueño, ya fallecido. Otro caso ocurrió en una corte del ganado: el pastor dejaba los caniegos (panes para los perros) en un sitio y, por la noche, cuando iba a echárselos a los perros, aparecían en otro sitio. Del cambio se responsabilizaba a un difunto que andaba por la corte.

Existen ciertas costumbres por la fiesta de Todos los Santos y de los Difuntos. En la misa, los vecinos van a ofrecer grano, obladas o dinero. El sacerdote bendice lo ofrecido y, al salir de misa, echan el grano en una quilma (talega), para el cura. Con varias de las obladas ofrecidas, se hacen partes (cada una en cuatro trozos), que, a la puerta de la iglesia, se reparten entre los niños, es el zoquete, que éstos comen con alegría, pues les sabe distinto que el pan de sus casas.

El cementerio y las tumbas se adornan con flores y los vecinos van a visitarlo y a rezar durante los dos días por sus difuntos. Ya hemos hablado de la cena y del toque de campanas, que realizan los mozos en esta fiesta. La muerte también tiene sus celebraciones y sus ritos.

SECUENCIAS DE LOS RITOS DE PASO EN VILLACIDAYO

A) Períodos de margen (liminares):

NACIMIENTO:
-El embarazo.
-La cuarentena (desde el parto hasta la purificaciÓn).

MATRIMONIO:

-El noviazgo.

MUERTE:

-La estancia del cadáver en la casa, desde que muere hasta que lo transportan a la iglesia. (Velatorio).

-El luto que guardan los familiares del difunto.

B) Ritos de separación (preliminares):

NACIMIENTO:

-Corte del cordón umbilical.

-lmpedimento de salir de casa a la madre, desde el parto hasta la purificación.

-El bautizo (separación del mundo anterior).

-El entierro del niño que muere.

ADOLESCENCIA:

-La salida de la escuela,

MATRIMONIO:

-La invitación de ambos novios a mozas y mozos, respectivamente, el día de la primera velación (amonestación).

-La despedida de solteros.

MUERTE:

-La salida del cadáver de la casa.

-La celebración de los funerales.

El cierre del féretro.

El acto de tapar la zanja.

La quema del jergón en el que murió el difunto o el lavado de la lana del mismo.

C) Ritos de agregación (postliminares)

NACIMIENTO:

-El bautizo (agregación a una nueva comunidad),

-La imposición del nombre al niño.

-La comida familiar de celebración del bautismo,

-El reparto de confites tras el bautizo entre los niños.

-La visita de las vecinas y familiares a la madre tras el parto y los regalos que le hacen a ella y al niño.

-La purificación tras la cuarentena {salida a misa).

ADOLESCENCIA:

-Incorporación a los trabajos y faenas campesinas.

-Los primeros bailes.

MATRIMONIO:

-La pedida (el salir novios) de mano, con todos sus componentes: charla, cena, acuerdos sobre la ropa de la boda.

-El acto de echar el sendero (camino de paja entre las casas de los novios y la iglesia).

-Las comidas de los padres, novios y acompañaos en las tres distintas velaciones (amonestaciones).

-El cobro de los pisos, si el novio es forastero. por parte de los mozos (precio de su agregación a la nueva comunidad).

-Los actos de celebración de la boda: la misa, la comida y cena, la tornaboda, los bailes...

-Los regalos de boda.

MUERTE:

-La comida tras el funeral y el enterramiento, que tiene como finalidad -según Van Gennep renovar entre los miembros supervivientes de la familia la cadena que se ha visto rota con la desaparición de uno de sus eslabones (8).

-La conmemoración del cabo de año.

-La finalización del luto.

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(1) Este trabajo no hubiera sido posible sin las informaciones proporcionadas por Elicia García Llamazares (60 años), Jesusa Valladares (64 años), Natividad Urdiales (74 años) y Amancio Corral Antón (70 años).

(2) Arnold VAN GENNEP , Los ritos de paso, versión castellana de Juan Aranzadi, Madrid, 1986, pág. 13.

(3) Arnold VAN GENNEP , Op. cit., págs. 20-22.

(4) Princiliano CORDERO DEL CASTILLO, " La familia rural leonesa" (Un sistema llamado a desaparecer)", en TIERRAS DE LEON, núms. 32-33, León, 31 de diciembre de 1978, pág. 95.

(5) Arnold VAN GENNEP, Op. cit., págs. 151-152.

(6) Ibid., pág. 159.

(7) lbid., págs. 159-160.

(8) Ibid., págs. 176-177.