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LA LICANTROPÍA EN EXTREMADURA

DOMINGUEZ MORENO, José María

Publicado en el año 1990 en la Revista de Folklore número 113.

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El tema de la licantropía en Extremadura hasta la fecha carece de los mínimos estudios de investigación, lo que nada sorprende si nos percatamos de que ésta es la tónica general en el resto de la Península, salvo las excepciones del área más occidental. Leite de Vasconcellos, Pedroso, Coelho y Teófilo de Braga, en el mundo portugués, y Risco, Bouza-Brey y Prieto, en Galicia, han indagado en el mundo de la licantropía, y sus aportaciones, casi las únicas, pueden considerarse ya clásicas. La falta de estudios en otras regiones no significa la inexistencia de este hecho cultural. Esto es precisamente lo que ocurre en Extremadura, región que se inscribe en el oeste peninsular , área que, al decir de Caro Baraja, mantiene con más arraigo lo que se ha dado en llamar «fenómeno de la licantropía».

En Extremadura dicho fenómeno se adscribe a zonas muy determinadas, aunque con ligeras excepciones. Aquéllas son la franja limítrofe con Portugal, la Sierra de Gata, Las Hurdes, la Tierra de Granadilla y las Villuercas, espacios naturales en los que la tradición ganadera ha sido de capital importancia para la economía y donde el lobo juega un papel considerable en múltiples variantes del folklore.

La palabra licantropía o lycantropía alude al hecho de transformación del hombre en lobo, aunque generalmente también se use este vocablo para hablar de la metamorfosis en otro cualquier animal. La voz deriva de Lycaón, que fue rey de Arcadia y castigado por Júpiter a causa de sus crímenes:
«(...) un fuego devorador se apoderó del palacio. Despavorido, Lycaón huyó a refugiarse entre las fieras del campo, afónico y gemebundo, rabioso de sangre y de muerte, y, ¡oh, prodigio! , sus vestidos se convirtieron en velluda piel; sus brazos y piernas, en patas. Apareció el lobo de pupilas fosforescentes, de aspecto feroz, de maneras violentas» (1).

Al decir de Publio Hurtado (2), al licántropo extremeño se le conoce con el nombre de lobushome o lobisome, lo mismo que en las tierras galaico-portuguesas, reservándose la denominación de rabisomes para aquellas personas que en alguna ocasión se convirtieron en burros. Esto último sucede únicamente en la noche de San Juan, y en la víctima ha de darse la circunstancia de ser el postrero de siete hermanos, sin hembra al medio.

Cuentan que unas brujas de La Codosera tenían por costumbre ir a las reuniones o aquelarres sanjuaneros a lomos del sacristán del pueblo, que cada año por San Juan tomaba forma de jumento. Para librarlo de tal maleficio fue necesario practicarle una sangría en la pata delantera derecha. Idéntica metamorfosis ocurría en Guijo de Granadilla en la persona de un joven alegre y excelente cantador. Como era costumbre rondar a las novias en la noche de San Juan, también el mozo acudió a cantar a la suya, pero sin percatarse que había adquirido forma de cuadrúpedo. Lógicamente,

«(...) en vez de cantar, lo que hizo fue roznar en la ventana andi estaba la su moza de acostá, de manera que la despertó los rebuznos. Con que sí, ¿eh? , un burro aquí dando la lata. Va y agarra la novia lo que tenía en la mano y era un jocino, que lo metió por la ventana la mano y jarreó una jarretá al burro en toa la pata que lo convirtió en el novio otra vez...Pos claro que no sabía na la novia hasta la jarretá que el novio se ponía burro. El no se queó burro más veces, pero lo que sí se queó fue cojilitranco pa siempre.»

Tras los casos anteriores nada tiene de extraño que Ramón Heredias, un gitano residente en Ahigal, me apuntara que ellos nunca compran un burro entre el anochecer y la salida del sol del «día de San Juan» sin antes sangrarle una pata por si las moscas. El mismo me refería que un antepasado suyo de Mérida era rabisome y su padre tenía con él un buen negocio:

«En San Juan se hacía burro y lo vendía en la feria de Badajoz; pero el otro día ya era calé, y el que lo compraba se queaba sin burro y no se daba cuenta del asunto. Como no lo conocían, tenía venta tos los años porque no lo conocían y eso del que no te conozca que te compre.»

La conversión en asno es sólo un apartado de la zoantropía en Extremadura, como lo es la transformación de ciertas personas y por distintos motivos en ciervos, lechuzas, gatos, perros y toros. Tengo recogidos mitos y leyendas que hablan de todos estos fenómenos o pormenores, siendo las alusivas a la licantropía las más numerosas, con la particularidad de aglutinar fórmulas, mecanismos, procedimientos, etc., que indistintamente se dan en todas y cada una de las señaladas metamorfosis.

II

En Extremadura suelen confundirse y emplearse como sinónimos los términos Licántropo y hombre-lobo, a pesar de que son vocablos que se refieren a dos cuestiones diferentes. El primero de los términos es de aplicación a las personas aquejadas de algún trastorno mental y que a resultas del mismo acaban creyéndose lobos u otros animales y actúan como tales, Entre los últimos casos de licantropía quizás haya que incluir al llamado «coyote» de Barcarrota. que hace muy pocos años. en las noches de luna llena aparecía en la localidad pacense y proyectaba su furia hacia los carros de labor, a los que prendía fuego. Nunca ha llegado a averiguarse su identidad, pero en el pueblo admiraban su sagacidad y su «comportamiento lobuno». A finales del pasado siglo en Abadía una joven. en determinados días. especialmente los viernes y las noches de luna llena, emitía fuertes aullidos. comía carne cruda y la emprendía a mordiscos con los animales domésticos. Cuando sus familiares notaban los primeros síntomas de este anormal comportamiento, la muchacha era atada con fuertes cadenas.

En el hombre-lobo, por el contrario. la transformación teriomórfica se da «realmente», es decir, la persona se convierte en lobo adquiriendo su figura y sus hábitos. También en nuestro caso empleamos indistintamente ambos términos, puesto que supongo que el lector, tras lo señalado, distinguirá perfectamente el aspecto concreto al que nos referimos.

III

El hombre-lobo extremeño, que presenta un aspecto normal que en nada hace sospechar su otra apariencia, toma forma lobuna y feroz algún que otro viernes, la noche de San Juan o las de plenilunio, sin que falten condicionantes que obligan su metamorfosis en otras fechas distintas e incluso continuamente. Ya solo, ya acompañado de un ejército de lobos, ataca y mata tanto a personas como a animales. Con las primeras luces del alba puede recuperar su forma humana, en cuyo caso ya no la perderá hasta que vuelvan a darse las circunstancias para una nueva transformación (3).

Son diversas las causas por las que un hombre se transforma en lobo. La más conocida, no sólo en Extremadura, sino también en el resto de la Península, es la que hace víctima del infortunio al último hijo de una serie ininterrumpida de siete varones. Para eliminar la fatalidad es necesario y suficiente que este niño nacido en el postrero lugar sea bautizado por el hermano mayor, imponiéndosele el nombre de Antonio. Se dice en Alía que un hombre pereció bajo las garras de un lobo que tenía atemorizada a la comarca de las Villuercas. Pasado el tiempo se supo que el cánido asesino no había sido otro que el hermano pequeño de la víctima, convertido en lobo por ser benjamín de siete varones seguidos y nacidos de un mismo vientre, al que su hermano mayor no pudo bautizar porque se hallaba ausente a la sazón. La también imposición obligatoria de un nombre fue observada por Theophilo Braga en la isla de San Miguel, en las Azores, donde la tradición obliga a llamar Bento al pequeño (4). Esta «fada» no llega a cumplirse si el séptimo hijo habló en el vientre materno y si al nacer muestra en la lengua o bajo el cielo de la boca la Cruz de Alcaravaca o la rueda de Santa Catalina, en cuyo caso su destino es el de saludador. Estos mismos signos impiden que la séptima hija pueda transformarse en bruja.

En la situación precedente como en todas las otras que siguen el maleficio, una vez que ha causado efecto, sólo puede ser eliminado cuando al licántropo en su estado lobuno se le da caza y se le practica una sangría, que, al decir de Publio Hurtado, ha de acompañarse con alguna jaculatoria (5). La sangría como remedio curativo del hombre-lobo se documenta en esta leyenda de Ahigal que se califica como un «hecho cierto» ocurrido en Santibáñez el Alto:

«Un joven cazador logró matar a un lobo que las noches de luna llena la tomaba con su rebaño. Lo descomunal de la pieza le animó a cortarle una pata como trofeo y, metiéndola en el zurrón, la llevó hasta el pueblo. Al sacarla para mostrarla a sus parientes y amigos, la garra del animal se había convertido en una mano de hombre. Alarmados todos, fueron al sitio donde se había producido la caza y allí yacía tendido sin vida el cuerpo de su hermano más pequeño que hacía algunos años había desaparecido (6).

Un caso semejante escuché en Zarza de Granadilla. Un alimañero del vecino pueblo de Lagunilla (Salamanca) había capturado vivo un gran lobo y, sobre un carro, lo paseaba enjaulado por los pueblos del norte de Cáceres en demanda de las correspondientes propinas de los ganaderos. En todos los lugares el animal era objeto de los peores tratos. Llegado a Zarza, un pastor que había sido víctima de una lobada reciente, introdujo un calabozo entre los barrotes de la jaula, al tiempo que decía: «Este lobo como mejor puede estar es muerto». El golpe de la podadera no logró acabar con su vida, aunque sí le cortó una garra. Sorprendentemente todos cuantos contemplaron el lance pudieron ver cómo el lobo emitió un quejido humano y acto seguido su apariencia lobuna se transformó en la de un hombre adulto que, al decir de los habitantes de Zarza, era un paisano suyo al que habían dado por desaparecido hacía siete años.

El cortarle las patas al animal para que recupere su forma humana ha sido una creencia bastante generalizada, con rasgos que se mantienen en el folklore. Conocida es la leyenda de la mujer cierva de Cervantes (Lugo) que no recupera su primitivo estado hasta que su hermano, que la persigue sin conocerla, le cercena el pie (7). Ejemplos de esta índole, además de en Galicia y, por supuesto, en Extremadura, los encontramos en Portugal, Alemania y Francia, país este último en donde los viejos legisladores los creyeron y dictaron normas sancionadoras de la costumbre. El decreto de Burchars de Worms, de principios del siglo XI, recomienda la amputación de una pierna para que los gerulfos (loup-garou = hombres-lobos) recobren la forma humana (8). A esta rehumanización el hombre llega con el miembro amputado o con las heridas que se les infringieron en su estado animalístico .

La maldición paterna es otra de las causas por las que una persona llega a ser hombre-lobo. En la creencia popular esta maldición siempre se cumple y, una vez lanzada, ningún hijo puede eludir sus efectos. Conocido es cómo la viuda de Alía, en la versión extremeña del romance popular de «Los mozos de Monleón», maldice a su hijo que va a los toros y por la tarde, como ella le inquirió, sus amigos lo depositan ya cadáver a la puerta de su casa. Descendiendo al tema que nos ocupa, el romance titulado «Tres hijuelos había un rey» nos adentra en el valor que universalmente tiene la maldición paterna:

Tres hijuelos había un rey,
tres hijuelos que no más;
por enojo que hubo de ellos
todos malditos los ha.
El uno se tornó cuervo,
el otro se tornó can,
el otro se tornó moro (9),
cruzó las aguas del mar.

El verdadero alcance de la maldición en Extremadura y sus fatales consecuencias metamórficas se nos presentan en esta narración de un caso de licantropía, muy popular en la Sierra de Gata y, más en concreto, en Torre de don Miguel:

«Una madre reprendió a su hija por una mala acción y, sujetándola por la muñeca, pretendió darle una bofetada. Pero la muchacha pudo librarse, tras morder la mano que la atenazaba. «Muerdes como una loba, y ¡que Dios te convierta en loba!», fueron las palabras que la madre dirigió a la hija que huía. Desde ese preciso instante la muchacha quedó convertida en loba, haciendo en las noches de luna llena verdaderas carnicerías en los pueblos de la sierra. Aunque se hicieron batidas con el fin de aniquilarla, nadie pudo conseguirlo, ya que las balas que contra ella se disparaban resbalaban por su piel lobuna» (10).

Nicolás Tenorio cuenta un episodio semejante del noroeste peninsular, aunque con un final feliz, ya que la madre la perdona y la muchacha vuelve a su vida racional (11). El perdón paterno con resultados satisfactorios nos lo encontramos en el pueblo pacense de Calamonte. Un mozuelo le roba a su padre el mejor cordero del rebaño y se lo come en compañía de los amigos.

Enterado aquél, no tarda en maldecir a su hijo: «-Lobo fueras pa que al menos mataras y comieras por hambre». Y, efectivamente, lobo se hizo y por hambre arremetió contra las ovejas de su progenitor sin que los perros hicieran el mínimo esfuerzo por defender el hato. El padre acaba reconociendo su error y perdona al muchacho, que al instante se ve desprendido de su forma animal.

En Arroyo de San Serván oí una de los leyendas más sorprendentes sobre la metamorfosis en lobo por maldición. Una muchacha se enamora de un pastor pobre y, a pesar de la oposición de su madre, mantiene relaciones secretas con él y queda embarazada. La madre no tarda en percatarse del estado y la maldice. Al instante la joven se demacra, se le afila la cara y el cuerpo se le cubre de piel de lobo, y de esta forma vaga por las tierras devorando los ganados. Llegado el momento del parto, la mujer loba se refugia en la majada del que fue su novio. Aparece el pastor, que ignora la verdadera identidad de la loba, y la captura. La cuelga de una encina y, viva, la desuella «a zurrón» sin que la loba emita el mínimo aullido. Una vez desposeída de la piel, ante los atónitos ojos del pastor la loba recobra su forma humana. Acto seguido da a luz un hermoso niño, siendo ayudada en el trance por el padre de la criatura. Todo acaba en casamiento.

El destruir la piel del hombre-lobo es otra causa suficiente para poner fin al maleficio que pesa sobre el infortunado. La aniquilación más efectiva del pellejo, ya que impide la utilización de los fragmentos de la misma, se consigue mediante el fuego. En la narración anterior el rabadán, aunque no lo hemos señalado, quema la piel que perteneció a su amante en estado lobuno cuando ésta, tras dar a luz, quiere apoderarse de ella para reemprender su vida animal. En Arroyomolino de Montánchez hablan de la existencia de un bombre-lobo al que también quemaron la piel unos vecinos cuando para bañarse en una charca se había desprendido de ella. Al arder el pellejo el desgraciado aullaba frenéticamente, pero recuperó su apariencia y comportamiento de hombre (12). De manera inversa, cuando una persona quiere convertirse en licántropo recurre a cubrirse con una piel de lobo al tiempo que reza un «padrenuestro del revés» (13). Así actuaban en ocasiones las brujas de la zona de Magacela, y con forma lobuna acudían a sus reuniones y cometían todo tipo de fechorías (14).
El contacto sexual de una persona con un lobo, hombre-lobo o licántropo trae consigo la mutación de aquélla. Incluso el hijo nacido de la unión presentará las características más o menos acusadas del animal. En el cuadro que sigue presentamos las relaciones sexuales que se constatan en Extremadura con proyección hacia el hijo engendrado por las mismas:

- Relación de licántropo con mujer = licántropo
- Relación de licántropo con loba = lobo
- Relación de lobo con licántropo hembra = licántropo
- Relación de lobo con mujer = hombre lobo
- Relación de hombre licántropo hembra = licántropo
- Relación de hombre con loba = hombre-lobo
- Relación de hombre-lobo con mujer = hombre-lobo
- Relación de hombre con mujer-loba = hombre-lobo

De todas las combinaciones anteriores existen ejemplos, que no son necesario traer a colación en su totalidad, ya que, por lo general, responde a un mismo arquetipo. Para muestra sirva una leyenda de Guareña. Una joven mantiene relaciones con un lobo y no tarda en quedar embarazada del animal. En el momento del parto la joven se encontraba sola en el campo y gritaba de dolor. Acudieron los lobos, matando a la muchacha para sacarle la cría, que se llevaron. El recién nacido era un hombre-lobo.

No se agotan con lo anterior los mecanismos transformadores del hombre en hombre-lobo. A lo largo y a lo ancho de Extremadura se le atribuyen propiedades licantrópicas al revolcarse en el sitio donde antes lo hiciera un lobo, al hecho de beber la sangre de ese animal recién matado y a la «mala ventura» de nacer en la noche del 24 de diciembre. Las dos primeras causas se fundamentan en conocidos principios mágicos, mientras que en la última los extremeños ven una especie de castigo divino sobre el pequeño que con su nacimiento pretendió hacer olvidar el nacimiento del Niño Jesús.

IV

En el folklore peninsular encontramos la figura de los peeiros de lobos o peeiras de lobos, según se trate de hombres o de mujeres. Tales calificativos se les atribuyen a las personas que sin ser hombres-lobos o licántropos, es decir, conservando la forma humana conviven con los lobos. Vicente Risco recogió diferentes narraciones gallegas sobre el particular (15), al igual que otros investigadores portugueses lo hicieron en tierras lusitanas (16). Aunque en Extremadura se anda un poco escaso en esta parcela de la cultura popular también hemos localizado leyendas que hablan de estos curiosos personajes.

Se dice en Garrovillas que una mujer estaba sola en el campo en trances de dar a luz, siendo observada por siete lobos. Cuando la hija hubo nacido, uno de los lobos cortó con los dientes el cordón umbilical y se llevó a la criatura sin que la madre, a causa de su estado, pudiera impedirlo. La niña creció en compañía de los lobos y con el tiempo llegó a ser obedecida por los animales, de los que aprendió todas las costumbres.

Estamos aquí ante el niño criado por los animales, algo que es común a los más apartados rincones del universo. Si en el caso precedente observamos que la crianza se origina tras un hecho violento, el rapto del recién nacido por los lobos, conocemos otras leyendas regionales en las que interviene la «piedad» de los animales, como sucede con los pequeños perdidos y abandonados en los campos. A esto precisamente alude una narración que he escuchado en Alcuéscar. Una niña al nacer es llevada al campo por su madre soltera y colocada debajo de un almendro. La infeliz madre pide a Dios que se apiade de su hija, que es recogida por los lobos. Crece entre ellos, adquiere su costumbre y su lenguaje y anda a cuatro patas. Un sorprendente instinto la lleva a impedir que los cánidos amigos ataquen los rebaños del pueblo. Con el tiempo llega a emparejarse con el lobo mejor dotado.

No aparece aquí el carácter agresivo de los peeiros de lobos de otras regiones. Por el contrario, estos seres extremeños se apoyan en los lobos únicamente como garantes de su propia existencia y en todo momento se muestran esquivos ante la presencia de los humanos. De ello ciertamente puede ilustrarnos la crónica aparecida en 1906 sobre un acontecimiento que el articulista consideraba cierto y actual pero que, sin ningún género de dudas, lo único que reflejaba, como bien apuntase Maurice Legendre (17), era la temporalización de una antigua leyenda de la comarca de Las Hurdes y que, en nuestra opinión, se hace extensiva a todo el territorio extremeño:

«En medio de las rocas abruptas y las montañas vertiginosas de Las Hurdes, en la provincia de Cáceres, habita un ser humano al que su apariencia ha hecho dar el nombre de lobo. Este hombre ignora toda clase de lenguaje; no saca de su garganta más que sonidos inarticulados. Vive en medio de las rocas, errando al azar; de tarde en tarde solamente se deja ver cerca de los lugares habitados, cuando el hambre le aguijonea. No se le conocen ni parientes ni familia alguna. Se cree que ha nacido en estas montañas y que, de pequeño, fue abandonado a su instinto por aquellos que le dieron la vida. Es de complexión delgada y ágil como un gamo; su mirada es inteligente, y caza hábilmente por medio de trampas que se construye él mismo. Se alimenta de caza y de pescado crudo, preferentemente vivos. Está en relación continua con los lobos que abundan en esta región. Cuando el hambre le tortura, o cuando se le persigue, se vuelve, al parecer, terrible. De lo contrario, huye y desaparece en la maleza. Semeja tener treinta años» (18).

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(1) OVIDIO: Metamorfosis, lib. I, 2. Un texto parecido se lee en Plinio el Viejo (NH, VIII, 34) y Virgilio (Eg., VIII, 97).

(2) Supersticiones extremeñas, Cáceres, 1902, pág. 38.

(3) "Rituales, mitos y creencias populares extremeñas", en Saber Popular, (Fregenal de la Sierra, 1987), pág. 10.

(4) Epopeas raças mosárabes, pág. 63. cit. MENENENDEZ PELAYO, M. : Historia de los Heterodoxos Españoles, II, página 240.

(5) Supersticiones extremeñas, 39.

(6) DOMINGUEZ MORENO, J. Mª: Op. cit., pág. cit.

(7) BOUZA. BREY, F.: "El tema romancesco del ciervo de pie blanco en la novelística popular gallega", en Etnografía y Folklore de Galicia, I. Vigo, 1982, págs. 250-251.

(8) GRANDE DEL BRIO, R. : El lobo ibérico: biología, mitología, Madrid, 1984, pág. 292.

(9) Moro = perro moro.

(10) DOMINGUEZ MORENO, J. Mª: Ob. cit., pág. cit.

(11) "Viana del Bollo: pobladores prerromanos", en Bol de Com. Prov. de Mon. de Orense, II, 40 (1904), nota (1).

(12) Viente Risco ("Crencias populares gallegas: el lobishome", en RDTP, I, 1145, págs. 514 55.) ofrece narraciones de este mismo tipo.

(13) Información Pablo Paniagua, Plasencia.

(14) Información Antonio Carmona, Magacela.

(15) "Creencias populares gallegas...", 531-532.

(16) Muy importantes son las aportaciones de Alberto V. Braga en su obra titulada De Guimares: Tradiçoes e usanzas populares, I. Esponcede, 1924, págs. 288-291.

(17) Las Jurdes, étude de geographie humaine. París, 1927, pág. XLII.
(18) Semana Ilustrada. 28 de septiembre de 1906.