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TOROS EN LA CALLE

GARRIDO PALACIOS, Manuel

Publicado en el año 1988 en la Revista de Folklore número 91.

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La primera vez que vi correr toros fue en San Juan del Puerto, Huelva. Salieron del corral flanqueados por los mansos y por una valla rota se desmandaron; uno pateó un naranjal; otro se coló real de la feria arriba, con sus puestos de turrones, peladillas y tómbolas de voceador. Pero el susto, la carrera, el alboroto, eran parte de la fiesta, de ese todo que la hacía bella, mágica, cumpliendo el deseo de que, al pasar algo, fuera diferente no sólo a los pueblos vecinos (Trigueros, Beas), sino a sí misma un año antes. Las capeas de San Juan terminaban venciendo el hombre al animal que lleva dentro, bien en pleno campo o en la plaza de palos de eucalipto que ponían delante de la iglesia. En un marco así murió -¿cómo se llamaba?- un torero feo y desnutrido, desecho de redondeles, no por herida de hasta, sino por su propio sable, que rebotó, pasándole el pecho altura de latidos. En Morella, Maestrazgo, Castellón, sueltan los bichos al amanecer, durante sus fiestas Sexenales, y vísperas. Aparte driblar al animal entre columnas, presencié la muerte de un toro a manos de los que lo corrían. La res embistió contra un camión parado, de manera que un ángulo de hierro se clavó en su testuz haciendo de puntilla, abatiéndolo, fulminado, en mitad de la calle. Los atosigadores, que no otra cosa, se le echaron encima; a base de mil navajas, lo remataron. En Cardona (Barcelona), plaza rectangular, con cuerdas pendiendo para que la gente se agarre, el número principal lo constituye el Corre del Bou, celebrado en la grada como el espectáculo taurino más antiguo de Cataluña, documentado en el siglo XV. La diversión, como la de tantos pueblos, viene a ser esquivarlo, maltratarlo, subirse a las cuerdas, como en Candás tirarse al agua, o en Boquiñeni protegerse con portajes. Aquí se sale de lo visto la suerte de la Cargolera, un gran cesto de mimbre con contratado dentro, echado a rodar por la arena para que el toro lo embista; cesto y hombre suben como juguetes en la cuna del animal. Por Santa Ursula, en Mora de Rubielos (Huesca) embolan los pitones a un toro y lo corren, aparte emparejar la tarde con otras muestras de destreza: tiros de barra, garrote, cuerda y bolo al estilo aragonés. En Vinuesa (Soria) se desencajonan y se lidian para comerlos durante la fiesta de Las Piñorras. En Alhama de Almería celebran el Toro de Fuego. En Denia se lidian en el puerto, dejando el mar como salida. En Bronchales (Teruel) llaman al evento La Vaquilla del Angel, conjunta a su Danza de los Pollos y la Sopeta, o su gran ronda de vino gratis. En Grazalema (Cádiz) Las Luces del Toro, y la «suelta» en Ciudad Rodrigo, dos de esas citas que espabilan al más muermo. En Garganta la Olla (Cáceres), caballistas con mujeres a la grupa van a esperar la traída de las reses, con su copla: «En Guijo son guijeños; en Aldeanueva, pencones, y en Garganta de la Olla, mocitas como los soles. Echa una suerte al toro y otra a la vaca, y otra por mi morena, que está en Garganta.» Me contaron en Galisteo (Cáceres) que lo de su Vaquilla arrancaba del XVI. Según la leyenda, la Virgen de la Fuente Santa era propietaria de una dehesa, cuyo mayoral regalaba cada año una res brava, lidiada y muerta por mujeres, repartiendo la carne entre los necesitados. Vestidas de patanas hacían una danza a la Virgen, y al son del tamboril pedían la llave de toriles. La autoridad, por norma, participando en los actos con su gesto, la negaba por dos veces, concediéndola a la tercera. Ahora es fiesta de los quintos. En Beas de Segura (Jaén) se va al campo en camiones a por el ganado, y se desencajonan en mitad del pueblo, alternando el toro grande con la vaquilla de diversión; son los estrenos de capote del que será «Niño de lo que sea», y el primer aplauso de sus contertulios. El Roscadero y la Tabla eran suertes de la ribera del Ebro. Vejer de la Frontera (Cádiz) rescató del olvido su Toro Embolao. Hoy son los matarifes los encargados de ir a la dehesa, comprar la res y llevarla al pueblo. Embolar es cortar la punta de los cuernos y colocarle algodón prieto con goma para evitar daño, cosa que hacen sin anestesiar al toro, a lo que ayuda el Zoquijo, puntillero posterior, metiendo al toro en una manga que le imposibilita de movimientos; así le atornillan las bolas a las astas. Los toros, uno para la mañana, otro para la tarde, vienen «ayunaos», con sus setecientos y más quilos, sembrando la algarabía en las calles parapetadas con carros; hablo del Domingo de Resurrección. Por abril se sueltan tres, lo que llaman La Peá. Parece una fiesta en auge; peñas no faltan para levantarla, ni sus doce mil cabezas de ganado de vientre se apuran pronto. Es Vejer centro de comarca que vincula a Los Naveros, Cantarranas, Santa Lucía, Las Lomas, La Barca, La Muela y El Palmar, contorno que se da cita para lo del toro, que enmaroman para mejor control. Es fiesta rescatada del olvido. En el Ayuntamiento hay actas de 1890 y 94 donde se habla del tema aludiendo a tiempos más traseros. En pocos años de nueva vigencia se ha creado un ceremonial fijo, como la participación masiva de los habitantes en adecuar el recorrido durante la víspera, la reunión posterior en torno al guiso vejeriego de la caldereta, mojada con caldo caliente y buen vino, la presentación de las Peñas con vestimenta, la inspección del callejero, el horario, los tres cohetes anunciando el inicio, el sacrificio de los toros a manos de los carniceros, la venta de la carne a bajo precio para que todo el mundo la coma y participe de la fuerza que emana. A veces encuentro por pueblos vagas noticias de fiestas perdidas; otras, recuperadas, como la de Vejer. La conexión de la de hoy con la de ayer quizás no haya que buscarla más allá de la explosión vital tras el denso período semanasantero. Incluso el dato del día en sus orígenes pudo ser otro, y el toro, simple chivo expiatorio, a manera del hombre Cascamorras de Guadix-Baza (Granada), donde el pueblo descargaba la agresividad contenida durante el año. Esta diversión del toro perseguidor y perseguido bien pudo empezar por un regalo de res que el señor de tierras y hacienda hizo un día para regocijo propio, a su vez, destrucción pública, colectiva del animal que el hombre llevaba dentro, y lleva pues ha de destruirlo periódicamente. Para ello nada mejor que una vaquilla escapada, harta de cercos, cuya captura y muerte se convirtió en fiesta instituida. Como en cualquier celebración transplantada de fecha y sentido, aparecen notas miméticas de faja roja y pantalón blanco, al estilo navarro o aragonés, torres humanas, como en Torredembarra, en Valls, o el monigote del Judas colgado cerca del toril para que sea víctima primera de la rabia del animal. Aportaciones, en muchos casos, superfluas, desnortada la fiesta de su raigambre. Ropaje. Los toros se mataban antes en plena calle; la carne se comía por todos, de forma primitiva, para que el espíritu del animal fortaleciera al pueblo. Hoy, vencido el astado, oscuro tótem, cansado de su propio destino, es arrastrado al matadero, donde un profesional frío pone punto a la fiesta en el más absoluto anonimato. Mientras la persecución, la gente ha hervido en la gran olla encajonada entre calles, en los púlpitos caseros, llámale balcones, en el verdín resbaladizo de los tejados; han corrido ríos de vino, proliferado gestos de valor de varones, cautela de mujeres, mínima excepción hecha en Galisteo, donde ellas lidian; y en este estado mágico, que suele coincidir con la bajada involuntaria de párpados, el hombre se ha puesto ante su propia animalidad, retándola, venciéndola, porque tocaba hacerlo. Y como en la antigua Eleusis, todo aquel que entraba a participar, se erigía en iniciado.