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Rituales del Bautizo y de la Purificación en Extremadura

DOMINGUEZ MORENO, José María

Publicado en el año 1988 en la Revista de Folklore número 93.

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CEREMONIAS E IMPOSICION DEL NOMBRE

Los primeros meses de la vida de un niño están jalonados por constantes peligros reales e imaginarios. En los pueblos cacereños el bautismo es considerado un arma defensiva, razón por la cual los niños acristianados están más capacitados para enfrentarse a cualquier asechanza. Esto era más que suficiente para que el pequeño recibiera las aguas sacramentales a la mayor brevedad, casi siempre el primer domingo o día festivo que siguiera a su nacimiento. En la actualidad, por diversos motivos, se retrasa el evento algunos meses o, incluso, años.

Tenemos noticias de la existencia del «bautismo prenatal» en el norte de Cáceres. El costumbrista Vicente Moreno recogió el dato a principios de siglo, si bien lo señalaba como extinguido varias décadas más atrás. Este bautismo se llevaba a efecto cuando la embarazada temía un parto difícil, que pudiera ocasionar la muerte a la criatura. El mecanismo era sencillo. Se buscaba a una persona del pueblo que no estuviera emparentada con la gestante ni con su marido, para que ejerciera de oficiante y realizara sobre el vientre desnudo de la embarazada una ceremonia lo más parecida al rito bautismal. Le echaba el agua de rigor, le vertía unos granos de sal en el ombligo, le hacía cruces con el dedo mojado en aceite y recitaba el «Yo te bautizo». Con esto el feto podía enfrentarse sin riesgos a los avatares de su venida al mundo.

Si un niño tarda en bautizarse, el pueblo lo apodará moru, mote que de por vida será inseparable del posterior nombre de pila. El padrinazgo guarda sus reglas. En el área septentrional los predestinados a bautizar al primer hijo de un matrimonio son los padrinos de la boda de los progenitores, que a su vez adquieren el derecho de casarlo. Para padrino de los vástagos posteriores se ofrecerán parientes y amistades, incluso antes de que el futuro ahijado haya sido concebido. En las poblaciones ribereñas del Tajo al primer hijo le bautizan los abuelos maternos. Un orden inverso se sigue en bastantes núcleos del sur de la provincia y pueblos próximos a Portugal. En lo que respecta a posteriores nacimientos, entra en juego la elección de los padres sobre el conjunto de los ofrecimientos padrinales. Sólo existen algunas excepciones. Una embarazada tiene vedado el madrinazgo, ya que el ahijado moriría en un plazo corto y el feto se desarrollaría deficientemente. La persona manchá de sangri, es decir, que haya matado a otra voluntaria o involuntariamente, no podrá llevar al pequeño a la pila bautismal, ya que éste se convertiría en asesino. El hermano mayor tiene la obligación de bautizar al nacido en séptimo lugar, siempre que no haya hembras intercaladas, para evitarle el maleficio de la licantropía.

El bautismo representa la primera salida del niño desde su nacimiento. Hasta hace pocos años era obligatorio que el acontecimiento tuviera lugar en domingo o día festivo, generalmente a la finalización del rosario vespertino, si bien algunas familias lo preferían antes de la misa mayor mañanera. Esta presentación pública venía jalonada de una serie de rituales y prescripciones. Antes de pisar la calle el pequeño debía ser lavado con agua templada en la que se hubiera depositado una hoja de laurel. Este agua prebautismal tenía la posibilidad de emplearse exitosamente en hechizos brujeriles contra el niño. Para evitar la manipulación, en Ahigal y Granadilla la arrojaban al fuego. En Cerezo, donde el laurel era suplido por una hoja machacada de hierbabuena, con el agua regaban una jortiguilla, pa si alguien la quería arrebañal se pinchara y no la podiera cojel. En Mirabel se vertían en el agua tres gotas de aceite. En Villanueva de la Sierra escupía en el recipiente la madrina, que tie qu'ehtal confesá y en gracia de Dioh. En Trujillo y La Cumbre se empleaba para la ocasión un barreño de barro sin estrenar. En Oliva de Plasencia y Valdeobispo, antes de proceder al lavado del infante, los presentes meten el dedo índice en el agua. La operación de limpieza corresponde hacerla a la comadrona, ayudada por la madrina. La madre debe estar ausente de la sala, para que su presencia no perjudique gravemente al niño. La misma ausencia se le recomienda a las mujeres menstruantes. El pelo sólo le será atusado con las manos, por creerse que si se hinca el peine al pequeño le crecerán los dientes como puntas. Al menos, en Zarza de Granadilla, Abadía y Villar de Plasencia le ponían al niñinu ceroti pal culu pa que cagara, porqui tenía que dil a la iglesia limpitu por aentru y limpitu por ajuera. La costumbre cabe considerarla como una medida precautoria, ya que si se cagaba en el sacramentu primeru, según se pensaba en Plasencia y en otros núcleos de su partido, el niño estaba predestinado a ser un mal cristiano.

Es de rigor que toda la ropa que el niño lleve para el bautismo sea regalo de la madrina, así como los dijes que tiempos atrás le colgaban de la muñeca. Los gastos parroquiales también corren por su cuenta. El acompañamiento bautismal varía según la clase social y las peculiaridades de cada uno de los pueblos. En Salorino sólo asisten la madrina, que lleva cogido al pequeño, y la comadrona, portadora de las ofrendas (pan y vela), la sal y, si el tiempo es frío, una jarrita con agua caliente. Igual ocurre en Serradilla. Sin embargo, la mayoría de los bautizos son más rumbosos. A la partera y a la madrina les siguen el padre, el padrino, los familiares de ambos y una ruidosa chiquillería. En la marcha hacia la iglesia ningún desconocido debe aproximarse al infante. Esta es una de las precauciones a tener en cuenta, pero no la única. La madrina debe llevar al pequeño reclinado en su brazo derecho, para prevenirle contra la zurdería; ha de encargar al cura que lo atiborri de sal para que resulte un gracioso de por vida, y durante el ritual ha de tener ambas plantas de los pies pegadas al suelo, para que el ahijado no sufra parálisis en el futuro.

También de la ceremonia bautismal se desprenden los oportunos augurios. Si el sacerdote se confundiera y en lugar de ungir al infante con óleo de catecúmenos lo hiciera con óleo de los enfermos, el bautizado moriría antes de entrar en quinta. Si el niño no llora al recibir el agua, será un hombre duro y fuerte; de lo contrario, se convertiría en un débil y enfermizo. Si la vela se apagase durante la celebración, el pequeño estará condenado a toda clase de desgracias. Esas mismas desgracias se presentarán si, cuando la invocación a la Santísima Trinidad, el padrino toma la mano izquierda del niño en vez de la derecha. La fecha del bautismo influye igualmente en el devenir. Si el infante fue acristianado entre el miércoles de Ceniza y el lunes de Pascua, su vida se caracterizará por la mala fortuna, y de él se adueñará el raquitismo si recibió las aguas bautismales en distinta semana del nacimiento.

¿Qué sucede con el nombre de pila? A los dos primeros hijos se les ha impuesto siempre el nombre del padre y el de la madre. Si el sexo no coincide, se procede a variar el género nominal. Los sucesivos vástagos tomarán los nombres de familiares fallecidos, del santo del día natalicio, el de la deidad que regenta el patronazgo sobre el pueblo o la región y los que en esos momentos están de moda. En el siglo pasado fueron muchas las recomendaciones episcopales a los sacerdotes para que vigilasen la elección del nombre para los recién nacidos, ya que bastantes personas imponían a sus pequeños el de los protagonistas de novelas, comedias y romances, a pesar de no aparecer en el Martirologio Romano. Como puede verse, la actual costumbre de bautizar a los niños con nombres de artistas o de personas del mundo del espectáculo no es nueva.

De todas maneras, en cuanto se refiere a la elección de nombre, la madre tiene la última palabra. Según Publio Hurtado, las cacereñas huyen de poner a sus hijos los nombres de Marcos, Venancio, Cornelio, Judas, Epifanio, Longinos, Abundio, Quirico, Procopio, Robustiana, Liboria, Orosia y Melitona. A éstos cabe añadir los aborrecidos en las distintas localidades. Una cita recogida en Coria resume las causas del rechazo, similares a todas las poblaciones cacereñas: Ni yo ni nadii poni aquí de nombri ni Nerón, ni Eroi, ni Juda..., ni genti mala. Cuandu a mí me nacía unu o una, antonci cojía el calendariu zaragozanu y a miral a'a dichu... Cirilu. No, qu'esu suena comu a calvotera. Rogelia. Tampocu, que me suena el nombri asi comu a reló changaú. Juan. Menuh a entovía, que bahtanti juanera me dan con loh toruh. Luisa. ¡Quit'allá!, qu'esi nombri m'acuerda una putángala que se llamaba d'esi mo pa un pueblu de Salamanca. Si te daba pol ponel Gregoriu te venía la maginación d'un Goriu que tenía temblequi... Asín to. Asín que pa loh muchachuh el nombri de un santu del fama, comu Pabru, Pedru y asín. Pa lah muchachinah, el d'Argemi, el de Guadalupi... Y esu que no t'acordara cosa mala, que tampocu lo plantaban.

La onomancia goza de un cierto prestigio entre las cacereñas. Son muchas las que piensan que del nombre de pila derivará una buena parte del desarrollo psíquico y físico de la persona. Dejando a un lado los romances y ripios más o menos amañados, que siempre han recorrido la provincia en pliegos de cordel, citemos sólo varios ejemplos característicos y generales a todas las localidades encuestadas: el llamado Donato habrá de sufrir de las paperas y de cuartanas; el Felipe será testarudo; el Ramón crecerá más de la cuenta; el Juan pecará de apocado; el Tomás hará buena amistad con lo ajeno; el Canuto destacará como zote; el Pablo verá que sus narices sobresalen en demasía; la Timotea será cegata; la Cirila, deslenguada; la Cristeta, de moral un poco despistada...

Acabado el rito del bautismo, aún dentro de la iglesia o en la sacristía, el padrino entrega la correspondiente limosna o aguinaldo a los monaguillos. En Ahigal éstos no lo pedían, sino que se presentaban a la comitiva haciéndose los lisiados para significarle al padrino el «castigo» que le aguarda a su ahijado en caso de no ser dadivoso. A la salida del templo la chiquillería espera la repelina o lanzamiento de dulces y dinero por parte de los padrinos. El acto se repite varias veces en el trayecto que va de la iglesia a la casa del recién bautizado. Si el padrino es remolón o tacaño, los niños le gritarán ¡pelón, pelón, pelón...! Así ocurre en Oliva de Plasencia, Villar y Cabezabellosa, así como en otros puntos del norte de Cáceres. Al sur del Tajo la frase lanzada no es otra que bautizu roñosu, bautizu peláu. En ambos casos se pensaba que la falta de repelina o lo poco generoso de la misma era causa suficiente para que el bautizado perdiera su pelo y quedara calvo en plena juventud. Esta creencia sigue teniendo aceptación, al menos entre las personas que superan el medio siglo. Cuando realizaba estas investigaciones de campo en Garrovillas me acompañaba un amigo que presentaba una visible calvicie. Una señora, tras observarlo detenidamente, me susurró al oído: ¡Mu calvu ehtá el mozu! Se conoci qu'el su padrinu eh de la cofradía de la Virgin del Puñu Cerráu. En la comarca de Trujillo al padrino poco rumboso los muchachos que siguen la comitiva le dedican un significativo pareado:

Padrinu, malditu,
que le se caiga el pitu.

La intencionalidad es clara. Si la repelina falta o no es del gusto de la chiquillería, ésta condena al recién bautizado a la pérdida de sus atributos varoniles.

El acompañamiento llega a la casa y la madrina procede a entregarle desde la puerta el niño a la madre. El acto se acompaña de las palabras de rigor. La madrina, al ceder el niño, pronuncia la consabida frase: Moru me lo dihti, crihtianu te lo doy. En la Sierra de Gata se da una ligera variante: Me lo dihti d'Alá y te lo traigu de Crihtu Nuehttu Señol. En algunas poblaciones del partido de Montánchez el ritual tiene su parte dialogada. La madrina pronuncia el tú me lo dihti paganu, a lo que la madre responde el tú me lo entregah crihtianu. La madrina pone el broche: Por la gracia de Dioh y del agua bautihmal. Amén. Con el grito ¡amén! de todos los asistentes concluye el pequeño pero curioso ceremonial. A continuación viene el convite. Nadie probará un bocado hasta que el padrino no dé la orden pertinente. En Ahigal se conseguía el permiso mediante un intercambio de palabras entre el padrino y la concurrencia. Aquél decía:

Traemuh al bautizáu
pa que se jinqui un bocáu
y jartalu de comel.

Respondían los invitados:

¡Qu'esu no puedi sel!

y el padrino concluía:

¡Poh comanuh toh por él!

Los banquetes bautismales presentan una lista de manjares que sólo en los últimos años ha sido alterada sensiblemente: chocolate, bizcochos, dulces de sartén, escabeche, chochuh, vino de pitarra, refrescos... La «gente menuda», en una estancia separada, va dando cuenta de los platos bajo la tutela o vigilancia de la sargenta, una mujer de recio carácter, buscada para la ocasión. En lah mesah de rehpetu, presididas por la comadrona, los comensales se alinean con el orden que marca la tradición e ingieren pausadamente los alimentos, hasta el punto de que la madrina o la madre ha de repetir con frecuencia la equívoca frase de ¡a comel, sin vergüenza! Cuando termina la fiesta, ya al tiempo de salir, cada uno de los invitados dirigirá a los padres de la criatura las palabras de rigor: ¡Qué haiga mucha salú pa crialu! ¡Lo dichu! ¡Que Dioh lo jaga un güen crihtianu! ¡Que moh juntemuh pa la boa...! Poco después comenzarán a llegar a la casa, cuyas mesas vuelven a estar repletas de manjares, la genti menuh arrimá, vecinos y amistades. El que acuda lo hará por haber sido invitado directamente, puesto que la propia filosofía popular previene contra las posibles tentaciones que en épocas de hambre debieron de ser corrientes: A boa y a niñu bautizáu, no vayah sin sel llamáu.

LA PURIFICACIÓN

La etapa natalicia puede darse por concluida con el final de la cuarentena. La costumbre de que la parida permanezca en casa por espacio de cuarenta días, cuyos principios se rastrean ya en el Levítico, ha pervivido hasta épocas recientes. Yo mismo he sido testigo en numerosas ocasiones del cumplimiento del precepto antiguo. Pasado el período de clausura, tendrá lugar la ceremonia de purificación de la madre y la presentación del niño a la Virgen.

A primeras horas de la mañana del día señalado, previo aviso al sacerdote, la comadrona se presentará en la casa del niño para vestirle con las ropas que estrenó en el bautizo y colocarle los dijes protectores. La comadrona llevará al pequeño hasta la puerta de la iglesia, y, tras ponerle en brazos de la madre, pasará a la sacristía para indicarle al sacerdote que la impura aguarda en el atrio. Después de las preces oportunas, que la madre escuchará puesta de rodillas sobre un reclinatorio y manteniendo en sus manos una vela encendida, y tras el beso de la estola, ésta pasará a la iglesia precedida del cura y del acólito. Con el infante cogido asistirá a la misa de purificación, que suele celebrarse en el altar de la Virgen del Carmen o, en su defecto, en algún otro altar dedicado a una virgen o mártir. El pago de la misa, la propina a los monaguillos y la limosna de la vela ponen fin al ceremonial religioso.

Una vez que han salido de la iglesia, la madre y el niño, ya sin el acompañamiento de la comadrona, visitan las casas de familiares y amistades, donde van a recibir los tradicionales regalos (huevos, aceite, miel, azúcar...) p'ayual a la crianza del criínu.

Existen algunos casos que impiden que el ritual de purificación se ejecute en la fecha señalada. Tal sucede cuando en el pueblo haya muertos de cuerpo presente. En estas circunstancias el deambular de un niño por las calles es perjudicial para su salud. Otro caso de purificación retardada se da por motivo de nacimientos de hijos póstumos. La madre no saldrá de casa hasta el final del luto riguroso, que en muchos pueblos supera los dos años.

La falta de medios económicos fue causa para que una mujer no tuviera acceso a la purificación ortodoxa. Sin embargo, la primera vez que acudía a la iglesia, una vez cumplida la cuarentena, entraba en ella sólo después de que la devota de turno le diera agua bendita. Otro tanto sucedía con las madres solteras y viudas, si bien aquí la oferente del agua bendita sería una amiga íntima.