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NOTAS ACERCA DE LA LITERATURA DE TRADICION ORAL (Repertorio infantil)

GARCIA MATEOS, Ramón

Publicado en el año 1988 en la Revista de Folklore número 94.

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Al acercarnos al estudio de la cultura tradicional, del folklore, es prácticamente inevitable detenerse por un instante en reflexionar acerca del significado último de nuestro interés y de la significación real del proyecto emprendido. Lo cierto es que apenas contamos con planteamientos teóricos en los que basar el punto de partida de cualquier análisis eminentemente pragmático acerca de la cultura tradicional y, ante esta circunstancia, nos vemos obligados -si exceptuamos a unos pocos verdaderos folkloristas, serios y capaces- a un acercamiento en el que las premisas básicas de las que partimos pertenecen a otras ciencias o disciplinas académicas: antropología, historia, lingüística, literatura... Sin embargo, sea cual sea el origen de nuestro interés, hemos de intentar evitar, al aproximarnos a los estudios folklóricos -en la acepción de folklore acuñada en un ya muy lejano 22 de agosto de 1846 por William J. Thoms en The Ateneum, pues cultura popular, y no otra cosa, es la significación primigenia del término-, cualquier configuración preestablecida del tema objeto de nuestra atención, cualquier premisa inamovible grabada en nuestros métodos de estudio por la rutina cotidiana o la estructura teorética de nuestras disciplinas de origen. Y hemos de ser capaces de abrir puntos de vista y ampliar los objetivos que nos preocupan en una mirada no restringida y clarificadora, porque, como escribe Luis Díaz Viana (1), en el interés por conocer el propio folklore hay, más allá de planteamientos intelectuales o estéticos, un impulso que nos mueve a saber más sobre la identidad del grupo al que pertenecemos, que es como decir, también, sobre nuestra propia identidad en cuanto a integrantes de una comunidad cultural.

Cuando nos detenemos en el terreno de la literatura tradicional, puede parecer, en una primera impresión, más intuitiva que razonada, campo lo suficientemente desbrozado y sobre el que han puesto ya luz bastante quienes en él se han adentrado con autoridad y suficiencia. No obstante, si bien los basamentos son sólidos desde la óptica de los estudios literarios -y sobre todo en función del análisis de la literatura llamada culta-, son muchas más las zonas oscuras cuando ampliamos el campo de atención y nos desviamos hacia aspectos no exclusivamente literarios o filológicos. Además, hallamos el inconveniente de la tremenda diversificación de los trabajos dedicados a esta materia y de la excesiva particularización de muchos de ellos.

Para acercarnos con cierta calma a esas cuestiones convendría, en primer lugar, acotar el concepto de literatura tradicional; sabido es que todas las literaturas -en cualquiera de las culturas a las que nos acerquemos- nacen a partir del fenómeno literario popular, de unas formas no escritas, transmitidas oralmente, que forman parte del patrimonio colectivo de la comunidad y que se adaptan a los distintos menesteres del hombre: el trabajo, la fiesta, la guerra, los ritos mágicos y religiosos... «El hombre ha cantado siempre», dice Dámaso Alonso (2) al explicar el origen de nuestra literatura en la lírica popular -aquellos poemitas mozárabes que llamamos «jarchas»-, pero ese siempre no podemos recortarlo prolongando su significación hacia tiempos anteriores, los de la literatura no escrita, sino que ha de continuarse también hacia el presente, hacia nuestros días. Y esto es lo que suele olvidarse muy a menudo en algunos acercamientos a la literatura tradicional; que existe un acervo cultural -en cuyo seno se halla la literatura, en especial interrelación con la música y en conexión con la mayor parte de las actividades del hombre-, que se mantiene como forma propia del carácter de la comunidad; ciñéndonos al terreno de lo literario, que los poemas tradicionales de la Edad Media que hablaban de desamores y pasiones o los hermosísimos romances de los siglos XV y XVI no son reliquias históricas, piezas de museo para ser contempladas desde nuestra perspectiva de hombres modernos, sino que son un eslabón más de una cadena que llamamos tradición literaria y que se extiende hasta nuestro siglo XX.

Es necesario entender la presencia constante, y esencialmente mutable, de la literatura tradicional a lo largo de nuestra historia literaria; sin ello no podemos comprender la verdad más profunda de la obra del Arcipreste de Hita, de Lope de Vega, del gran Quevedo, de Valle Inclán, de don Antonio Machado, de García Lorca o de Blas de Otero. Y es preciso entender esta presencia como algo vivo, cambiante, que pervive y se modifica. Perviven temas y versiones y existe, a la vez, una adaptación al interés de las gentes de cada tiempo; no es raro observar cambios en viejas canciones, romances o cuentos, adaptándose a épocas y lugares, como es habitual que nazcan nuevos textos ante hechos o acontecimientos que suscitan el interés popular o avivan la imaginación de las gentes.

Tal vez cambien las formas, pero el interés del hombre por una serie de temas fundamentales se mantiene; si las viejas leyendas medievales hablaban de monstruos y dragones, de apariciones milagrosas, con la presencia constante de la muerte, las historias modernas hablan de otros misterios igualmente incomprensibles para el hombre de hoy como aquellos para el hombre de la Edad Media, enraizadas ambas, en su esencia, en un mismo tronco; ¿quién no ha contado u oído contar, en reuniones de amigos, en veladas nocturnas, alguna historia de apariciones, de fantasmas o, incluso, de visitantes de otras galaxias? ¿Quién no conoce el relato de la joven que hace auto-stop en la curva de la muerte? Todo esto no son más que formas de literatura tradicional, formas que ocupan un campo de interés para el hombre actual, en el fondo común a los hombres de cualquier época: lo misterioso, lo esotérico...

Y es necesario comprender esto para sacar a la literatura tradicional de ese terreno en el que frecuentemente la hemos anclado y situarla como corriente que se extiende y abarca toda la historia literaria, no limitándola a servirnos como explicación -y utilizando casi siempre el pasado para referirnos a ella- del origen de la literatura escrita, a la que hemos visto en oposición a la popular, lo que evidentemente no es real porque sus caminos se cruzan en numerosas ocasiones. La dicotomía popular o tradicional-culto sigue manteniéndose en muchos de los manuales al uso y en algunos estudios que pretenden ser serios y rigurosos; basta solamente con conocer nuestra literatura para darnos cuenta que hemos de entender la mentalidad mágica que brota del folklore, de la tradición oral, para no correr el riesgo, como señala don Julio Caro Baroja (3), de no entender obras como La Celestina, El Quijote o El caballero de Olmedo. El filón de la literatura popular se adentra en el verso y en la prosa de nuestros escritores, confiriéndoles ese extraño y mágico atractivo que emana de la tradición oral (4).

Y es necesario entender que las formas literarias tradicionales forman parte de la cotidianidad, a pesar de las trabas de un malentendido progreso, que incluso ha hecho avergonzarse a aquellas personas conocedoras de canciones y cuentos, de leyendas y romances, como si esos conocimientos fueran signo de incultura, de «cazurrismo» frente a la cultura estereotipada que uniforma y rompe particularidades. A pesar de ello pervive y pervive en terrenos diversos, pues mientras su fuerza decrece y en muchos casos existe un claro peligro de desaparición de ciertas formas y costumbres en zonas especialmente abonadas para su florecimiento en otros tiempos, como son las áreas rurales -las razones me parecen obvias-, se abren en otros ámbitos caminos distintos. Es evidente que existe un folklore urbano (5), que recoge, a veces, tipologías propias de la cultura campesina, y que, en otras ocasiones, se refracta hacia las zonas rurales; y creo que es clara, también, la vitalidad de algunas formas de cultura tradicional, en constante cambio y mutación enriquecedora, como es el caso del folklore infantil, en el que nos detendremos más adelante.

Aunque el concepto literatura vaya adjetivado como popular, no implica, ni mucho menos, su desvinculación de los grandes soportes de la cultura occidental -teniendo siempre en cuenta, además, el enorme atractivo que ofrece la presencia en la Península de una enriquecedora fusión Oriente-Occidente-, de las columnas que sustentan el caminar del hombre desde su origen. Basten como ejemplos las abundantes referencias bíblicas presentes en el Romancero: quizá la más conocida sea la de Amnón y Tamar (Samuel, 13: 1-22), historia de la que nace un romance, conocido bajo distintos epígrafes, conservado tanto en la tradición española como en la sefardí, así como transformado en canción de corro infantil, y recreado desde Tirso y Lope hasta Federico García Lorca en su Romancero gitano. O las conexiones entre los grandes mitos clásicos y algunos de nuestros cuentos tradicionales, relaciones que presentan un complejo problema a la hora de establecer su auténtica naturaleza, pero que, en definitiva, ahí están: «Blancaflor» con Medea; «La princesa o príncipe encantado» con Perseo y Andrómeda; «Barbazul», que aparece en nuestra tradición como «La mano negra», con Helena, prisionera de Teseo; «Juan, el oso», con Hércules y Ulises; así como en numerosísimos relatos está presente el mito de Fausto, el hombre que vende su alma al diablo. Además, como analiza Antonio Rodríguez Almodóvar en sus Cuentos al amor de la lumbre (6), la mayor parte de los arquetipos de los cuentos centroeuropeos, fijados en las grandes colecciones ya clásicas, tienen su réplica en la literatura oral española, que nada debe a sus homólogos extranjeros: tenemos nuestras propias Cenicientas y Blancanieves, hermosas versiones de «Pulgarcito», «El príncipe durmiente» -que no princesa, en España-, «Hansel y Greteh», «El aprendiz de brujo»... Existe, de alguna manera, un cierto paneuropeísmo en los relatos de tradición oral de toda Europa, una gran semejanza entre las estructuras tipo de las distintas culturas.

Ya apuntábamos anteriormente que una de las ramas de la literatura tradicional con mayor energía de vida propia, en constante y enriquecedor proceso de cambio, es la que viene encarnada en ese rincón pleno de magia y de fertilidad extraordinaria que es la infancia. A pesar de la influencia de un mundo esencialmente pragmático y marcado por una serie de factores que tienden a la unificación, en el que los modelos de juego, de diversión y cultura nos vienen ya estereotipados, los niños siguen creando nuevos juegos y retahilas y canciones disparatadas que acompañan sus movimientos, valiéndose incluso de personajes y situaciones especialmente familiares para ellos, como son los que se les acercan a través de ese canal mágico, de fuerza inconmensurable, que llamamos televisión. Y junto a esas creaciones de nuevo cuño -aunque partiendo la mayoría de las veces de viejas melodías o modelos preexistentes-, en los saltos a la comba, en el juego de la goma o en el danzar del Corro siguen entonándose las viejas cancioncillas de siempre, las coplas y las canciones que perviven en la memoria a través del tiempo. Bien es cierto que una parte del folklore infantil es ya casi arqueológico, que algunos juegos y canciones se han perdido como instrumentos lúdicos o están a punto de perder su condición de elementos vivos integrados en el mundo del niño -aunque creo que el panorama, en esta vertiente concreta de la cultura tradicional infantil, no es tan desolador como algunos estudiosos lo presentan-, y tal vez sea la escuela el vehículo más idóneo para aprovechar las muchas posibilidades que el folklore ofrece y evitar la desaparición, a través de su conocimiento, de las formas más en desuso.

Serían necesarias dos concepciones distintas en un planteamiento pedagógico de la literatura oral: la enseñanza como materia académica, con sus desarrollos teóricos y sus explicaciones de causa, útil en los cursos últimos de las enseñanzas medias; y su utilización como instrumento válido, como medio propicio para la formación del alumno, que creo fundamental en los primeros ciclos de la enseñanza. En este segundo presupuesto es donde el folklore infantil, la literatura tradicional, ha de desempeñar un papel importante, porque sirve perfectamente a los intereses del niño en cada momento.

Como indican Claudia de Santos, Luis Domingo Delgado e Ignacio Sanz, en su antología infantil del folklore segoviano (7), las nanas y las primeras cancioncillas de la madre, además de servir como vínculo afectivo -fundamental en el desarrollo del niño en la primera etapa de la infancia- son extraordinariamente útiles para fijar la atención, provocar el movimiento y enriquecer paulatinamente su incipiente vocabulario. De tres a siete años el niño tiene un pensamiento mágico-simbólico, un pensamiento que le priva de todo razonamiento lógico a la hora de explicar un mundo que existe a su alrededor y que no llega a comprender en su totalidad. El juego, las cancioncillas disparatadas, los trabalenguas serán el refugio de magia e ilusión frente a todos sus miedos y temores. Así las fórmulas para «echar a suertes» -que comparten, en muchas ocasiones, la condición de canción para repartir y trabalenguas, uniéndose de esta forma al juego la función de agilizar el desarrollo verbal-, los juegos de entrechocar manos o las adivinanzas más sorprendentes. Hacia los siete años es cuando va a mostrar ya intereses abstractos, a reemplazar los juicios intuitivos por los razonados. Es la época de los cuentos y los romances, piezas que se ajustan a su interés por lo lejano y la aventura y que proporcionan al niño hazañas y héroes.

Hay que tener en cuenta que la psicología infantil difiere de la del adulto; no son los niños adultos imperfectos, sino que son poseedores de un mundo propio, distinto del nuestro, en el que lo irracional y lo mágico tienen cabida de forma natural, por lo que los temas infantiles suelen ser un ejemplo de creación libre, sin ningún tipo de condicionamiento que impida su desarrollo. De ahí que en muchas ocasiones sea solamente el ritmo, la sonoridad lingüística, el nexo de unión de frases aparentemente incoherentes, pero que, sin embargo, tienen para el niño la fuerza y la significación de lo ritual.

El repertorio infantil se halla cuajado mediante una amplia gama de piececitas de toda suerte de estilos poéticos, abanico que abarca desde la simple coplilla de unos pocos versos hasta la narración novelesca del romance, recorriendo, en ese camino de imaginación y alegría, cantos navideños, disparates, retahilas, trabalenguas, adivinanzas, canciones de juego, cuentos... Toda una serie de composiciones mediante las cuales se pone de manifiesto el complejo entramado de la literatura popular infantil, rica en matices y sugerencias, y a través de las que nos es posible observar la extraordinaria capacidad de invención del niño, su fantasía creadora, y analizar, al mismo tiempo, el camino distinto que, en sus manos, recorren piezas no catalogadas, en sus versiones tipo, como infantiles, de las que a menudo se apropian y modifican a su antojo, tanto en la vertiente musical como en la literaria. Así podemos hallar desde canciones de juego, especialmente las que acompañan los movimientos de entrechocar manos, nacidas al influjo de la televisión o de los personajes de tebeo -casi siempre disparatadas-, hasta particulares versiones de algunos de nuestros más conocidos romances; desde piezas enraizadas en la tradición cultural de la comunidad que las envuelve, hasta cancioncillas aprendidas de reclamos publicitarios o de sintonías televisivas. En definitiva, un mundo diverso donde la riqueza básica de cualquier estudio o análisis no radica en la pureza, musical o literaria, de los temas recopilados, sino en el carácter de materia viva, de ebullición constante, que posee en todas sus manifestaciones.

Sin embargo, el folklore infantil ha recibido escasa atención por parte de los estudiosos; son muy pocas las obras que de forma monográfica abordan el tema, probablemente tanto por la dificultad que su continua evolución y transformación entrañan, así como por la ardua tarea de una clasificación rigurosa de sus distintos apartados, que entrecruzan sus características y mezclan sus esencias. Además, desde el ámbito filológico, se ha considerado siempre el repertorio literario infantil como un apartado menor dentro de la literatura de tradición oral, centrada ésta especialmente en el Romancero y en la búsqueda de aquellas piezas que reuniesen una mayor rareza por su antigüedad o especiales características despreciando o ignorando aquellas que no se ajustasen a tales premisas. Sobre este aspecto señala Diego Catalán: «Es cierto que las jóvenes cantoras de romances entrevistadas nos testimonian, con su poca edad, la vigencia del Romancero en la hora actual y la extraordinaria capacidad de pervivencia de la poesía romancística en unos tiempos cada vez más adversos a toda manifestación de la cultura de raíces no ciudadanas. Pero también me parece claro que su repertorio es un romancero decadente. Cuando, entre 1946 y 1952, me dediqué activamente a la recolección de romances en Castilla y León (unas veces en compañía de Alvaro Galmés; otras, solo), mi o nuestra experiencia fue que había varios niveles de tradición romancística. El más a flor de tierra es el romancero que algunas veces he clasificado de «infantil», pues acompaña los juegos y entretenimientos de las niñas; sus versiones están máximamente degradadas, debido a que las cantoras ni siquiera entienden o prestan atención a la «historia» que en él se cuenta. Después hay un Romancero común, sabido por buena parte de la comunidad campesina. Por último, el Romancero de los buenos romancistas (que, por desgracia, no suelen ser jóvenes)» (8). Indudablemente, las palabras de Diego Catalán, uno de los mejores conocedores del Romancero Tradicional y que ha aportado luz esclarecedora sobre numerosos aspectos (9), se ajustan perfectamente a una visión filológica del fenómeno romancístico: la simplificación y las mutaciones, debidas a una incomprensión del texto o a una interpretación superficial, reducen notablemente el interés artístico que los textos transformados por la tradición infantil puedan tener frente a otras versiones del mismo tema. No obstante, cuando extendemos nuestra atención a otros aspectos que no se limiten, tan sólo, a la calidad artística, sino que tengan también en consideración el entorno en el que se desarrollan y transmiten y el mismo proceso de conservación y transmisión, entonces esas piezas del folklore literario infantil aparecen ante nuestros ojos con un interés renovado, explicándonos muchos de sus mecanismos evolutivos, que de otra forma permanecerían herméticos e insondables.

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(1) Luis Díaz Viana: Rito y tradición oral en Castilla y León, Ambito, Valladolid, 1984.

(2) Dámaso Alonso: "Cancioncillas de amigo mozárabes (primavera temprana de la lírica europea)" en Revista de Filología Española, XXXIII, Madrid, 1949, págs. 297-349.

(3) Julio Caro Baroja: De la superstición al ateismo (Meditaciones antropológicas), Taurus, Madrid, 1974.

(4) Sobre este tema he publicado algunos estudios y artículos: "Blas de Otero: entre el pueblo y la palabra (La poesía popular y tradicional en Que trata de España de Blas de Otero) " en Revista de Folklore, n." 19, Valladolid, 1982, págs. 26-33; "Presencia y uso del romance de ciego en El principe destronado de Miguel Delibes" en Universitas Tarraconensis, IX, Tarragona, 1985, págs. 1929; "La poesía de tradición oral en la novela de Francisco García Pavón" en Actas del Congreso Internacional sobre la juglaresca, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1985, págs. 515-527.

Acerca de la presencia de la lírica popular en la poesía española contemporánea puede ser interesante, por sus múltiples referencias, el capítulo "El acercamiento a lo popular" del reciente libro de Manuel Mantero: Poetas españoles de posguerra (Epasa-Calpe, Madrid, 1986, págs. 385-436).

(5) Vid. el monográfico "Cultura urbana i festa tradicional", Barcelona. Metropolis Mediterrania, 4, Ajuntament de Barcelona, Barcelona, 1987.

(6) Antonio Rodríguez Almodovar: Cuentos al amor de la lumbre, Anaya, Madrid, 1983.

(7) Claudia de Santos, Luis Domingo Delgado e Ignacio Sanz: Folklore Segoviano II. Repertorio infantil. Obra Cultural de la Caja de Ahorros de Segovia, Segovia, 1986.

(8) Diego Catalán en su intervención en el debate "La exploración del Romancero" en El Romancero en la Tradición Oral Moderna. 1er. Coloquio Internacional (Edición a cargo de Diego Catalán y Samuel G. Armistead, con la colaboración de Antonio Sánchez Romeralo), Cátedra-Seminario Menéndez Pidal y Rectorado de la Universidad de Madrid. Madrid, 1972, págs. 137-137.

(9) Algunos de los estudios de Diego Catalán fundamentales acerca del Romancero: La flor de la Marañuela, Gredos, Madrid, 1969; Siete siglos de Romancero, Gredos, Madrid; 1969; Por campos del Romancero, Gredos, Madrid, 1970.