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Notas sobre un modelo dancístico de La Rioja: El muerto

QUIJERA PEREZ, José Antonio

Publicado en el año 1988 en la Revista de Folklore número 95.

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Introducción

Continuando con el análisis de algunos de los tipos de danzas tradicionales del área riojana que hemos comenzado en un artículo anterior, me parece oportuno dedicar unas líneas a un modelo muy concreto y definido morfológicamente que tan solo presenta, en la actualidad, un reducido número de ejemplos o variantes. Se trata de una danza, o un conjunto de danzas, cuyas estructuras simbólicas son alimentadas por un rito sacrificial basado en el esquema mítico de la muerte y la regeneración, conjunto de danzas a las que genéricamente podemos denominar como «el muerto».

Se trata siempre de danzas integradas en ciclos más amplios junto a danzas de palos, armas, cintas, pasacalles, etc., que se realizan en la mayoría de los casos con motivo de la festividad patronal concreta de cada villa riojana. El conjunto de todas estas fiestas locales componen un calendario que, salvo excepciones, comienza a mediados de la primavera para extenderse por todo el verano y concluir a comienzos del otoño, con un momento especialmente álgido en los inicios del mes de septiembre. Es sin duda un calendario sustentado en el ciclo agrícola y en el trashumante pastoril. Ambos ciclos han conformado y delimitado los modos de vida en las áreas montañosas y llanas de La Rioja.

No es La Rioja la única zona en la que se da este tipo de danzas al que nos estamos refiriendo. En Vizcaya encontramos similares morfologías. El bagaje folklórico, junto a otros antropológicos y lingüísticos, aporta una serie de conclusiones etnoculturales nada desdeñables y a las que luego nos referiremos.

Pasemos ya a describir los ejemplos que hasta el presente o hasta época reciente se han conservado en La Rioja.

Ejemplos riojanos

Briones

En esta localidad de La Rioja Alta a orillas del Ebro todavía se conserva uno de los ejemplos más interesantes de este tipo de danzas sacrificiales. En el ciclo de danzas que se realiza el tercer fin de semana de septiembre en honor del Cristo de los Remedios aparece un número músical-coreográfico llamado EL MUERTO.

EL CACHIBURRIO, que en esta localidad riojana suele ser un niño de unos ocho o diez años de edad, hace ademán de despedirse de sus compañeros LOS DANZADORES mucho mayores que él, abrazándolos uno por uno ante el público que observa la danza. El último de los danzadores lo derriba por el suelo provocándole la «muerte» ficticia mientras que los gaiteros interpretan una y otra vez una monótona melodía arrítmica en modo menor y de carácter triste.

Seguidamente los danzadores alzan al cachiburrio entre todos sujetándolo horizontalmente en el aire y de este modo dan una vuelta completa a la plaza en la que se está realizando la danza, tras lo cual, y coincidiendo con el cambio de melodía que se convierte en un alegre y rápido 2/4, el cachiburio «regresa a la vida» y todo el grupo se lanza a una danza muy viva (1).

EL MUERTO (Briones) (2).

San Asensio

En esta villa riojalteña el ciclo de danzas se realiza el primer o segundo domingo de septiembre en honor de la Virgen de Davalillo. Uno de los números de este ciclo es conocido como LA ALMENDRITA.

El CACHIBERRIO va ofreciendo a cada uno de LOS DANZADORES una almendra, sin llegar a dársela a ninguno pues a base de bromas no permite que ninguno se la pueda comer. El último danzador lo empuja y lo tira al suelo consiguiendo de este modo su «muerte». Mientras tanto la gaita interpreta repetidas veces una melodía arrítmica con profusión de calderones. Luego calla y es el persistente redoble de tambor el que mantiene el sustento musical.

El cachiberrio es rodeado por sus compañeros que le propinan una sarta de pellizcos los cuales hasta hace poco iban dirigidos a los testículos. Luego lo alzan entre todos y sujetándolo horizontalmente en el aire lo pasean por la plaza. Seguidamente la gaita interpreta una melodía en 2/4 de ritmo alegre y el cachiberrio «regresa a la vida». Todos juntos concluyen la danza bailando animadamente (3).

LA ALMENDRITA (San Asensio) (4).

Cenicero

Esta es otra población de La Rioja Alta situada junto al río Ebro en la que la última danza en honor de Santa Daría tuvo lugar en 1925. También aquí se realizaba un número conocido como EL BORRACHO.

EL CACHIBURRIO se comportaba como si se encontrara en estado de embriaguez, moviéndose de un lado para otro sin ningún orden, dando traspiés, etc., y tambaleándose hasta que caía al suelo «muriendo» en el acto.

LOS DANZADORES lo alzaban al aire y sujetándolo horizontalmente daban la vuelta a la plaza. Enseguida el cachiburrio comenzaba a moverse y agitarse hasta que era descendido al suelo y todos los felicitaban y abrazaban contentos por su «resurrección» (5).

Valle de Ojacastro

J. J. B. Merino Urrutia dedica un capítulo de su obra «El folklore en el valle de Ojacastro» a las danzas de esta zona de La Rioja (6).

Este etnógrafo y lingüísta riojano afirma que en la primera mitad de este siglo la danza de EL MUERTO era un número habitual en algunas villas y aldeas del valle de Ojacastro (7).

Así mismo incluye en este mismo estudio una lámina con una fotografía bajo el título de «el muerto», en la que se aprecia al grupo de danzadores que sujetan el cachiburrio en el aire (8).

Danzas similares fuera del área riojana

En varias localidades vizcainas de la Merindad de Durango como Berriz, Garay, Yurreta, Mañaria, etc., se interpretan unos ciclos de danzas con motivo de las fiestas patronales de estas anteiglesias. Estos ciclos reciben la denominación genérica de DANTZARI-DANTZA, y en ellos se incluyen danzas de espadas, de palos, de figuras, etc., que pueden variar de alguna localidad a otra.

Uno de los números habituales es denominado TXANKARRANKO o TXONTXONGILO principalmente (9). Consiste en que dos DANZARIAK izan en alto a un tercero, colocándolo horizontalmente mientras éste mueve los pies en el aire al ritmo de la melodía. A la vez los demás componentes del grupo danzan espada en mano alrededor de este trío.

En el año 1801 Hunboldt pudo presenciar alguno de estos ciclos de danzas a su paso por Durango y efectuó algunas anotaciones sobre esta danza concreta (10).

También C. Sachs hace alguna referencia a esta danza de Vizcaya en su «Histoire de la danse», describiendo morfología y recalcando a la vez el simbolismo emanante de este rito de muerte y regeneración sumergido en el mundo de la vegetación (11).

J. A. Urbeltz afirma que este número dancístico debió tener en el pasado una mayor área de difusión que incluiría la zona guipuzcoana limítrofe con Vizcaya y en la que se habla el dialecto vizcaino de la lengua vasca ( 12).

Un rito de muerte y resurrección

Salta a la vista que la morfología de estas danzas que acabamos de describir encierra un ritual basado en uno de los mitos más extendidos y reconocibles, el de la muerte sacrificial y la consecuente resurrección o regeneración que comporta unos beneficios. Este tema mítico, expresado bajo infinidad de formas diferentes, está intimamente relacionado con el conjunto de símbolos que giran entorno al mundo de la vegetación, de la agricultura, e intenta explicar el más profundo misterio que ese mundo encierra y del cual se retroalimenta.

A la luz de los materiales riojanos vemos que en ellos aflora claramente el argumento de la «muerte» del cachiburrio o personaje central del grupo, de la comunidad. Esta «muerte» es provocada por sus propios compañeros, por la propia comunidad. El ejemplo de San Asensio proyecta intensamente toda la entramada de la danza sobre la fertilidad vegetal cuando el cachiberrio de esta población ofrece a cada danzador la pequeña almendra, en definitiva una semilla, es decir, la pequeña entidad que por sí sola es capaz de crear una nueva vida. Una semilla es, desde el punto de vista del folklore y de la fenomenología de las religiones, generadora de vida, la representación más clara de la vitalidad vegetal.

El ejemplo de Cenicero nos induce a pensar en la importancia que las bebidas alcohólicas y los alucinógenos han tenido en los ritos sacrificiales a lo largo de la historia (13).

Una vez «muerto» el cachiburrio es paseado alrededor de la plaza, es decir, su cuerpo es enseñado a la comunidad, testigo del sacrificio a la vez que primera destinataria de los beneficios que esta inmolación va a procurar (14).

En San Asensio el retorno a la vida conlleva la actuación sobre el aparato reproductor del cachiberrio, con la excitación de los testículos que son entendidos como el receptáculo de la fuerza fertilizadora, procreadora del hombre, del elemento masculino.

Luego el cachiburrio «resucita» y sus compañeros lo descienden al suelo. Todos juntos participan del movimiento rápido característico de la conclusión de estas danzas. Al comienzo las melodías suelen ser arrítmicas, monótonas y en algún caso claramente fúnebres, en modo menor. Luego, con el retorno a la vida las melodías empleadas se convierten siempre en un 2/4 de aire alegre y las coreografías son más vivas incluyendo saltos y movimientos de expansión.

Como ya antes hemos apuntado en un plano simbólico intermedio el tema mítico de la muerte y la regeneración del mundo vegetal establece las estructuras formales de estos ritos, los cuales son conocidos en la práctica totalidad de los sistemas religiosos bajo infinidad de morfologías diferentes. Pero ahondando en el mundo de los símbolos podemos asomarnos a un plano simbólico más profundo, a aquel que encierra el mito cosmogónico, es decir, del cosmos que en este caso está representado por la vida, que se erige sobre el caos simbolizado por la muerte. Se trata del núcleo generador de todo el aparato conceptual religioso de la humanidad (15).

Una misma área lingüística

Los lingüistas y filólogos que desde hace varias décadas vienen trabajando sobre la lengua vasca en La Rioja, tales como Tovar, Lekuona, Merino Urrutia, etc., emplean sistemáticamente la toponimia como material de análisis básico. Una de las conclusiones que todo este volumen de investigación ha aportado es que la lengua vasca hablada en La Rioja en algunas zonas hasta bien entrada la Edad Media coincide con el dialecto vizcaino, que en el pasado debió de extenderse por Vizcaya, Alava, gran parte de La Rioja y Norte de Burgos, así como en algunas zonas de Santander (16).

Por otro lado se da el caso de que una danza similar a las riojanas ahora descritas es bailada en las anteiglesias de la Merindad de Durango, sabiendo además que el área de difusión de esta danza en el pasado llegaba hasta las zonas de Guipúzcoa que secularmente vienen utilizando la misma variedad dialectal.

Los datos lingüísticos, junto con otros etnográficos y antropológicos dan homogeneidad a este área cultural que va desde el Golfo de Vizcaya hasta Urbión y La Demanda. Y es precisamente en esta área concreta en donde se da un modelo dancístico específico. Es cierto que en la actualidad tan solo contamos con unos pocos datos vivos, unos cuantos ejemplos de este tipo de danzas. Sin embargo sabemos que en el pasado su área de difusión fue mucho mayor, tanto en Vizcaya y Guipúzcoa como en La Rioja. A la vista de estos materiales podemos reconocer este modelo dancístico, con todas sus variantes vivas o perdidas, como un modelo cuya área de difusión y desarrollo en el pasado es la propia del dialecto vizcaíno, sin necesidad de llegar hasta el momento histórico de la distribución del Norte peninsular en tribus en cuyo caso este modelo de danzas podría estar localizado en una tribu concreta que ocupa gran parte del área ahora indicada, o más bien en el área ocupada por varias tribus de lengua vasca, como son los austrigones y los caristios (17). Pero nuestra opinión sobre esta distribución en tribus, con todas las limitaciones y ambigüedades que este término implica, debe ser observada con recelo y con la preadvertencia de que en ella se dan errores (18).

Planteando la idea a la inversa encontramos que un dato, un material folklórico como este que acabamos de dar a conocer, es uno más que añadir a todos los aportados por la antropología, la lingüística, la arqueología, etc., sobre el pasado histórico de La Rioja y del Norte de la Península Ibérica, y que poco a poco van conformando nuevas ideas sobre cuestiones muy viejas, nuevas visiones de las áreas geográficas, culturales. etc.

(1) Información recogida en Briones el 30 de agosto de 1985.

(2) Grabación realizada en Briones el 15 de septiembre de 1985.

(3) Información recogida en San Asensio el 16 de diciembre de 1984.

(4) Grabación realizada en San Asensio el 8 de septiembre de 1985.

(5) Información recogida en Cenicero el 5 de octubre de 1980.

(6) Merino Urrutia, J. J. B., "El folklore en el valle de Ojacastro” "Logroño 1949), cap. "Arte rítmico", p. 37-40.

(7) Merino Urrutia, J. J. B., "El folklore...", p. 38.

(8) Merino Urrutia, J. J. B., "El folklore...", lámina II.

(9) J. A. Urbeltz recoge ctra denominación menos conocida, TXINKORRINKO, palabra de origen vizcaíno y que viene a significar "andar sobre un pie". "Dantzak" (Bilbao, 1978), p. 57.

(10) Humboldt, W. F., "Los vascos. Apuntaciones sobre un viaje por el País Vasco en primavera del año 1801" (reed. Zarauz, 1975), p. 130-131.

(11) Sachs, C., Histoire de la danse" (ed. en frances, París, 1938), p. 72.

(12) Urbeltz, J. A., "Dantzak". p. 163.

(13) En la obra de N. Davies "Sacrificios humanos" podemos encontrar una gran cantidad de ejemplos de sacrificios en los que los alucinógenos y las bebidas alcohólicas juegan un papel muy importante, (ed en castellano, Barcelona, 1983).

(14) Tanto en la obra de N. Davies citada como en "La rama dorada" de J. G. Frazer encontramos numerosos ejemplos de sacrificios en los que la persona o animal inmolado es mostrada al conjunto de los congregados e incluso entregada a ellos.

(15) Tanto sobre el tema de la muerte y la regeneración del mundo vegetal y su relación con la agricultura, así como sobre el mito cosmogónico en general, ver la obra de M. Eliade "Trarado de historia de las religiones" (ed. en castellano, Madrid, 1974).

(16) Merino Urrutia, J. J. B., "La lengua vasca en La Rioja y Burgos" (Logroño, 1978), p. 14 y 35.

(17) J. C. Baroja recoge un mapa con la distribución de estas tribus en "Los pueblos del norte" (3ª ed. San Sebastián, 1977), p. 46.

(18) A. Gil del Río, recoge la idea de que los berones formaban también una tribu de lengua vasca, así como algunos de estos errones y contradicciones de los geógrafos clásicos, griegos y romanos en "El enigma de los berones" (Zaragoza, 1981).