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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 1988 en la Revista de Folklore número 96.

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La luz eléctrica ha venido a cambiar muchas cosas en el medio rural, y no sólo en la parcela del bienestar que proporciona el uso de la energía y sus derivados, sino en terrenos que atañen directamente a la tradición oral. Durante siglos, la oscuridad alentó la creación o recreación de personajes que provocaban miedo o terror a los niños: Así, el dragón, que protegía con sus llamaradas el acceso a cuevas y oquedades; el demonio, señor de los abismos tenebrosos, que tenía a la noche por aliada; los fantasmas o ánimas, que regresaban del Más Allá para proteger o castigar a los mortales y que actuaban sólo después de la puesta de sol; el hombre del saco o el coco, que venían a atormentar las mentes infantiles tan pronto como oscurecía y había que acostarse, siendo ellos mismos representantes de lo oscuro, el uno con su profundo talego a cuestas donde metía a los niños desobedientes y el otro con su cara negra o tiznada. ¿Quién no ha sentido miedo al escuchar, junto al fuego o a la luz de un candelabro, la narración del cuento de la Asadura, la madre que vuelve de la tumba para reclamar las vísceras que sus propios familiares le han arrebatado?

Cuando llegaba la hora de subir a la cama, los ojos de los niños -grandes como su imaginación- veían por todos los rincones el alma en pena de la madre gritando: “¡María, dame mi asadura, dura, que me quitaste de mi sepultura!".

La luz ha venido a iluminar calles y plazas, pero también algunos rincones de la mentalidad tradicional donde las tinieblas tenían su feudo secular.