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Comentarios a tres dibujos de "LA CASA POPULAR EN ESPAÑA" de F. García Mercadal

CRUZ GARCIA, Oscar

Publicado en el año 1988 en la Revista de Folklore número 96.

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Son estas tres copias de otros tantos dibujos de arquitectura popular, publicados en el libro de F. García Mercadal «La casa popular en España», y elegidos, de entre otros muchos, por incidir plenamente en el contexto social que me rodea -Segovia y su provincia- y por resumir con acierto suficiente las singularidades que el texto atribuye a este tipo de arquitectura.

Se trata de dos alzados de fachadas principales de muy diversa estructura, y de la vista de un tramo de calle o plaza cualquiera, tal y como se pueden encontrar todavía -aunque no con la misma frecuencia que en 1930- en pueblos y villas, no sólo de la provincia de Segovia, sino también de amplísimos sectores de la submeseta septentrional.

El primero de ellos representa la clásica fachada de una casa ENTRAMADA, como puede aún verse en los arrabales de tantas poblaciones de las regiones castellano-leonesa, riojana y ciertas partes de las cántabra, vasca y navarra. En la misma capital segoviana los barrios de San Lorenzo, San Millán y Judería Vieja cuentan con algunas fachadas muy parecidas a la aquí representada.

De altura inusualmente grande para este tipo de construcciones -consta de tres plantas y cubierta, además de planta baja-, podríamos remontar su fecha de edificación a finales de la Edad Media o principios del siglo XVI, coincidiendo con el auge de la industria pañera segoviana, como prueba el hecho de que la planta más alta, con sus grandes huecos al exterior, hubiera podido muy bien servir como secadero de lanas.

Su estructura resistente consiste en pilares y vigas de madera, normalmente desiguales y sin escuadrar, dispuestos de tal manera que el forjado de un piso -como puede apreciarse en el detalle adjunto- vuele unos 20 ó 30 cms. sobre el inmediatamente inferior.

Si una fachada de tal naturaleza se enfrenta con otra semejante, al otro lado de una calle, ya de por sí angosta en estos tiempos finimedievales o prerrenacentistas, el hecho de ir ganando espacio con estos resaltos sucesivos y simétricos produce, ya a nivel de tejados, un estrechamiento tal que solo un cuchillo de luz, en cortísimos lapsos del día, en épocas muy concretas del año, puede llegar a iluminar el espacio vial. De ahí la tenebrosidad, la falta de ventilación, la insalubridad en definitiva, de que adolecía por lo general la ciudad en los tiempos antedichos.

De igual manera, los huecos exteriores de fachada van limitados y sustentados por medio de las correspondientes COLONDAS verticales o TORNAPUNTAS inclinadas en las que ensamblan los PUENTES horizontales más cortos, todos ellos provenientes también del mismo tipo y de la misma carpintería de madera que el resto de la estructura. Todo el espacio que deja libre este entramado va cuajado en las plantas primera, segunda y superior con un relleno que puede ser de tapial, adobe, ladrillo o mampostería. Nos inclinamos, en este caso concreto, por el ladrillo, limpio de enlucidos o revocos, ya que parece existir en todo el conjunto la intención, más o menos consciente, de destacar la categoría del edificio, bien sea a causa de la personalidad de su propietario, bien sea a causa del uso -¿industrial?- que le ha sido encomendado.

No es imposible encontrar todavía en algunos poblados de esta misma región castellano-leonesa (por ejemplo, en Calatañazor, de Soria), entramados rellenados con ramas de madera convenientemente flexibilizada, y luego recubiertos de barro. En los sitios donde se ha perdido este tosco revoco, ha quedado a la intemperie la estructura primitiva, con su trama de pies derechos y su urdimbre de ramas, la cual da al muro la apariencia de un cesto gigantesco que tuviera sus paredes trenzadas, planas y verticales.

En planta baja se ha cuajado el entramado con mampostería o ladrillo, y se ha enlucido el conjunto con yeso o cal, dejando libre únicamente el inesperado ARCO CONOPIAL, realizado con sardinel de ladrillo o dovelas de piedra, que corona la puerta de entrada principal. Precisamente el hecho de haber recurrido el maestro constructor del edificio a un elemento tan característico de la arquitectura digamos «culta» de la época como es el citado arco, corrobora nuestra anterior sospecha de que esta construcción, por la razón que fuese, debía mostrar, ya a primera vista, algún rasgo de particular distinción.

En cuanto a la cubierta, sigue la regla general dominante en estas regiones, que consiste en colocar, paralela a la fachada principal, la cumbrera, desde la cual se tienden las dos vertientes -tejadas con teja árabe: tejas CANALES que nunca o en muy pequeño porcentaje van acompañadas de tejas COBIJAS- que, al avanzar sobre vigas voladas, forman a cada lado un alero protector de los muros de fachada.

Esta construcción, tal y como ha sido descrita, necesita con preferencia madera y piedra para poder llevarse a cabo. Es, por tanto, típica de lugares donde ambos materiales abundan, autóctona de tierras serranas, como son todas las que forman la zona oriental de Castilla, con las mayores alturas topográficas habitadas, a los pies de las sierras de Guadarrama, Ayllón, La Demanda, etc.

El segundo de los dibujos copiados representa otra clásica fachada de casa, muy común también en ciertas zonas de estas tierras centrales, aunque poco coincidentes, en general, con las que corresponden al primer tipo estudiado.

De una simple y primaria ojeada a este segundo conjunto, se descubre que aquí estamos en presencia de una labor constructiva que tiene como medio principal de expresión el LADRILLO, material que alcanza, en ocasiones, tratamientos de verdadero mimo.

Como auténtica herencia MUDEJAR que es, la mayor concentración de este tipo de arquitectura se halla en tierra.s donde aún se alzan, con un mayor o menor grado de pureza original, excelentes muestras de dicho estilo, aplicado por profesionales a la edificación religiosa -sobre todo en ábsides de iglesias-, y late con cierta vigencia la tradición de los antiguos alarifes moriscos.

Circunscribiéndonos a nuestro entorno más inmediato, estas tierras forman la zona más occidental de Castilla -en el gradiente topográfico que enlaza las alturas medias meseteñas con las más bajas de los páramos góticos-, que comprende gran parte de las provincias de Segovia (Tierra de Pinars, con centro en Coca), Avila (Tierras de Arévalo y La Moraña) y Valladolid (Tierra de Medina del Campo). La casa representada en este segundo dibujo consta de una sola planta y cubierta, además de planta baja. Su estructura resistente, invisible en este caso, puede estar constituida por pilares cuadrados de mampostería caliza o, mejor aún, de canto de río aglomerado con arena y cal, situados uno en cada esquina del edificio y otros en posiciones intermedias para reducir los vanos de jácena a tres o cuatros metros de longitud máxima.

La planta baja se abre al exterior por medio de un hueco de anchura considerable (cerca de 3 m.), que culmina en un gran ARCO DE MEDIO PUNTO (con su clave a aproximadamente 2,5 m. del suelo). Este hueco se cierra con una puerta de madera, que se despieza de la manera siguiente, según costumbre inveterada de las tierras anteriormente citadas: una primera hoja fija, de una anchura aproximada, en este caso, de 1 m. -nunca coincidente con el eje de simetría del hueco-, y otra hoja móvil, partida a su vez a una altura aproximada de 1 m. del suelo, llevando la «media» hoja inferior, casi a ras con el nivel de la calle, la inevitable gatera.

En la planta primera, la apertura al exterior se realiza por medio de un hermoso balcón, cerrado con puerta de dos hojas simétricas de cuarterones de madera, y protegido por una barandilla de longitud bastante mayor que la anchura correspondiente a su hueco. Esta barandilla se ilustra con unos balaustres de madera finamente torneada, sobresaliendo de entre ellos los colocados en las esquinas por estar bellamente tallados, con una labor propia de carpintería más especializada.

Tanto en ésta como en la planta inferior, los muros de fachada están constituidos, con toda probabilidad, por cajones de grava de río mezclada con arena y cal, que rellenan los espacios libres entre los pilares, y entre los zócalos -guarniciones o tendeles de ladrillo decorativo- que son los únicos elementos no encalados y, por tanto, visibles desde el exterior.

Así la planta baja, en este caso particular , ostenta un zócalo de ladrillo visto, de aproximadamente 1 m. de altura sobre el nivel de la calle, únicamente interrumpido por la gran puerta de acceso. y la planta superior muestra una ancha guarnición, igualmente de ladrillo visto, alrededor del hueco del balcón, que se inicia al nivel de su umbral y constituye un excelente marco decorativo para sus jambas y dintel.

Reparemos en los detalles de gracia añadida que suponen, por un lado, el resalto del sardinel sobre el nivel horizontal superior de la guarnición, conservando el eje de simetría del dintel, y por otro, la alternancia de verdugadas más largas y más cortas, dispuestas de forma asimétrica con respecto al mismo eje, en los lados correspondientes a las jambas.

Fijémonos, para terminar, en un último elemento constructivo, característico de la arquitectura popular de la zona estudiada: el remate en CORNISA de la cubierta de teja. Sobre las vigas voladas del último forjado se disponen dos y hasta tres filas de tejas cobijas, que avanzan una sobre otra. a veces acompañadas por una hilada de ladrillos colocados planos, con los picos salientes en forma de dientes de perro, y que forman un curioso voladizo protector al desaguar la cubierta lejos de los muros de fachada.

El último de los dibujos copiados representa un tramo de calle o plaza de cualquier población de las regiones radicadas en la submeseta situada al norte del Sistema Central.

El primero y más típico de los elementos arquitectónicos con que tropiezan nuestros ojos es el SOPORTAL. Consiste éste fundamentalmente en un espacio que queda libre, a nivel de calle, por debajo de la primera planta de vivienda, retranqueándose así las puertas de entrada principal y los talleres y tiendas existentes en planta baja.

Las vigas del primer forjado descansan, a ras con la fachada exterior, en otra viga DURMIENTE (o «imprenta», como es llamada en La Alberca, por tierras salmantinas), que descarga a tierra por medio de postes de madera o de piedra, provistos regularmente de una zapata superior del mismo material, y de una base inferior de piedra labrada con más o menos tosquedad.

Existe cierta perplejidad entre los investigadores de la historia de las formas arquitectónicas al tratar de fechar, con mayor o menor exactitud, la aparición del soportal en los núcleos urbanos españoles. De lo que no cabe duda, sin embargo, es que representa uno de los progresos más «civilizadores» que se conocen en la historia general del urbanismo.

A este respecto resulta muy provechosa la relectura del párrafo II -Soportales y lluvia- del capítulo I -Notas del vago estío- del tomo V de «El Espectador», de José Ortega y Gasset. En breves pero sustanciosas líneas, con la maestría estilística que siempre le caracteriza, nos demuestra Ortega que el soportal representa una victoria urbanística de incalculable trascendencia, al separar definitivamente al hombre del contacto viscoso, anfibio, con la Naturaleza cósmica. Esta Naturaleza nos viene representada, mejor que por cualquier otro elemento, por el agua de lluvia que, a pesar o a causa de su fecundidad, invade nuestra intimidad, segregada por la Historia del mundo natural, y ensucia nuestra conciencia al traernos el recuerdo inconsciente de la promiscuidad del hombre primitivo «con la serpiente y el sapo».

Idea genial que han desarrollado paralelamente los antropólogos y psicólogos estudiosos de los mitos, al identificar dicha Naturaleza numinosa, oscura y húmeda con la Gran Madre original y telúrica.

No voy a terminar este pequeño análisis del t1ltimo dibujo copiado, sin llamar la atención sobre las posibilidades que conlleva la ciencia del bien dibujar.

Imaginemos una LARGA y ESTRECHA CALLE, con múltiples edificaciones de construcción vernácula, situadas a ambos lados de la misma; una calle como aún existen tantas a todo lo largo y ancho de la geografía nacional.

Ningún ojo humano, al faltarle la perspectiva necesaria, puede abarcar y registrar la visión de conjunto de las dos series edificadas, a cada lado de la calle.

No queda, pues, otra solución que nivelar el espacio vial existente entre ambas y hacer un estudio por separado, y referido a esa nivelación, de todos y cada uno de los edificios que ocupan cada lado de la misma.

Llevando todos estos datos al plano, y componiendo cada serie por yuxtaposición de edificio con edificio, manteniendo siempre las dimensiones reales de cada uno en sí mismo y en relación con los demás, tendremos a la postre una representación objetiva de las dos vistas laterales completas de la calle en cuestión.

Y desde esta primera visión general, podremos admirar el carácter, muchas veces heteróclito y variopinto, pero casi siempre armonioso, de nuestra más genuina arquitectura popular, de la que es muestra adelantada y preeminente el libro anteriormente citado de F. García Mercadal.

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Dibujos de Arquitectura Popular Segoviana (tomados del libro de F. Garcia Mercadal)