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Descubrimiento del pasado artesanal de la subcomarca de la Carballeda

GARCIA, Oscar Cruz

Publicado en el año 1989 en la Revista de Folklore número 97.

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LA PRENSA DE TORNILLO

Cuando se abandona la carretera nacional 525, que va de Zamora a Orense por Puebla de Sanabria, y se toma la local que lleva a Manzanal de Arriba, sensiblemente paralela a la sierra de la Culebra y al río Tera, y que discurre entre ambos accidentes geográficos, se hace perceptible inmediatamente un cambio radical de paisaje, de hábitat y hasta de lengua y de costumbres de las poblaciones que se hallan al paso: decididamente, en la tierra de Tábara se abandona la gran comarca de Campos y el centro peninsular para adentrarse, casi sin solución de continuidad, en el Norte español.

Luego se descubre, al hablar con los habitantes del país, que se acaba de penetrar en la Carballeda -palabra de resonancia galaica, equivalente en castellano a robledal-, subcomarca de la más extensa y multiforme Sanabria que la limita por el Norte. Al Oeste, la Carballeda y la provincia de Zamora lindan con Portugal, y al Sur, trasponiendo la suave y no muy accidentada sierra de la Culebra, se encuentra el Aliste, también zamorano: suponemos que otro «paraíso» etnográfico, al estilo de la Carballeda.

El término municipal objeto de esta pequeña averiguación es, como ya se mencionó, Manzanal de Arriba. Al día de hoy, dicho término comprende, además de la cabecera homónima, las entidades de población siguientes: Codesal, Folgoso de la Carballeda, Linarejos, Pedroso de la Carballeda, Sagallos, Sandín y Santa Cruz de los Cuérragos.

Rodeando Manzanal de Arriba, y participando de su mismo horizonte vital dentro de la subcomarca aludida, se encuentran también los términos municipales de Mombuey, que incluye Fresno de la Carballeda y Valparaíso, y de Villardeciervos, que incluye Cional y Manzanal de Abajo.

Comparando los datos aportados por el Diccionario Madoz con los suministrados por los más recientes nomencladores de municipios españoles, vemos que la suma de habitantes de todas las entidades de población recién enumeradas ascendía a 3.065 en los años 1840-1850, y que hoy día esa suma se cifra en 2.997: la asombrosa coincidencia de estos simples totales demográficos, separados por siglo y medio de cuantificación estadística, nos da ya una idea clara del estado de estancamiento existencial que padecen los habitantes de la Carballeda.

Acorde con esta ya secular paralización de funciones vitales, se desarrolla una lánguida actividad económica, no muy diferente de la contemplada en el Diccionario Madoz. Según éste, había en el espacio considerado anteriormente -términos municipales de Manzanal de Arriba, Mombuey y Valparaíso-, hasta un total de 22 molinos harineros, algunos de ellos deteriorados o en decadencia -el dato es significativo-, dos batanes en Codesal y cinco lagares para fundir y prensar cera en Cional.

La que sí tuvo que ser importante actividad transformadora en la zona estudiada, a juzgar por las reiteradas menciones que de ella hace D. Pascual, es una más extendida que cuidada artesanía textil de lino y lana, realizada en pequeños talleres familiares en los que «...no se emplea maquinaria; todo se hace a fuerza de brazos...» El producto de tales talleres: lienzos ordinarios o caseros, también llamados del país, y estameñas, se exportaba hacia Palencia o Béjar, Galicia o Portugal, por medio de la arriería, que constituía prácticamente la única forma de comercialización y fuente de aprovisionamiento conocidas, hasta hace poco, en estas comarcas zamoranas.

La agricultura sustentadora de tales producción y tráfico, se limitaba al cultivo de pequeños huertos cercados o «cortinas» de propiedad individual, mientras que prados, montes y tierras de labor constituían una estimable propiedad concejil -nuevo ejemplo de colectivismo agrario en el norte peninsular que se sorteaba periódicamente entre todos los vecinos del concejo, debiendo éstos explotar su suerte a cambio del pago de un canon.

Ahora bien, como decía C. Fernández Duro en su artículo «Sayago», aparecido en el «Boletín de la Real Sociedad Geográfica, tomo VIII, Madrid, 1880 -y su afirmación puede extrapolarse a todo el occidente de la provincia de Zamora (Aliste, Sanabria)-: allí se han conservado «costumbres, trajes, vocablos y tratamientos que han desaparecido en otras partes».

Efectivamente, es una contradicción sobrecogedora, pero universalmente comprobada, que no podemos disfrutar de «paraísos» etnográficos y deleitarnos con los trabajos y los ocios humanos tradicionales sino a cambio de ver cómo los entornos se despueblan y las tierras se yerman, alrededor de unos venerables y atractivos residuos culturales. Paseando por las calles de Sagallos y Codesal, se puede admirar aún una preciosa arquitectura popular, que agoniza pacientemente en espera de su ruina absoluta, con balcones/solanas corridos en plantas altas, esgrafiados en marcos de ventanas, dinteles grabados sobre puertas de labra auténticamente excepcional y bellísimos herrajes en cerraduras y llamadores.

Todo ello ha supuesto en el pasado la existencia de unas artesanías locales, de unos oficios campesinos -cantería, carpintería, forja- que sabían combinar admirablemente la funcionalidad con la estética. Hoy día sólo subsisten en los citados lugares, para consumo turístico o decoración de interiores, algún que otro pequeño taller de follero o fabricante de fuelles, de los que aún hemos visto algunos en manos de nuestras abuelas avivando el fuego en lumbres bajas de cocinas rurales: «... verdura de las eras...».

LA INDUSTRIA DE LA CERA DE ABEJA EN LA SUBCOMARCA DE LA CARBALLEDA

Según el Diccionario Madoz, sólo Cional contaba en la década de 1840 a 1850 con cinco lagares «para fundir cera de abeja», y únicamente Santa Cruz de los Cuérragos mantenía en producción «varias colmenas» de miel y cera. El dato, importante, nos indica que, al menos en el conjunto poblacional estudiado en párrafos anteriores -Manzanal de Arriba, Mombuey, Villardeciervos-, aunque la cerería no constituye hoy día una actividad industrial excesivamente extendida, sí cuenta, en cambio, con una cierta tradición artesanal en este sentido. Y, si bien se han implantado colmenares por toda la tierra antes descrita -cuando no se ven desde la misma carretera, queda constancia topográfica de los mismos en el Mapa Nacional-, su producción no parece suficiente para dar trabajo económicamente rentable a «las» lagares existentes en Sagallos. El Madoz dice, por otra parte, y los habitantes del municipio de Manzanal de Arriba ratifican, que la cera en borra o en rama, es decir el panal recién sacado de la colmena desenjambrada y castrada, ha provenido siempre de otras tierras -Galicia, León, Salamanca y Portugal- en cantidades necesarias para mantener una producción normal de «las» lagares en funcionamiento, y que su «allegamiento» desde las ferias y mercados hasta Sagallos se ha efectuado siempre por medio de la consabida arriería.

Dos modalidades distintas ofrece la refinación del panal en esta subcomarca de la Carballeda en general, y en Sagallos en particular: la primera da como resultado cera VIRGEN, no melada, llamada también AMARILLA por su color ocre anaranjado; y la segunda produce cera BLANCA o blanqueada; es decir, oreada y soleada. Los procesos de manipulación a que se somete el material -cera en rama- son muy distintos en ambas modalidades. También son varios los aprovechamientos de los productos finales: mientras que la cera virgen se emplea en la preparación de barnices y sustancias limpiadoras y conservadoras de muebles, por ejemplo, y también en la fabricación de láminas de panal artificial, destinadas a armar las modernas colmenas prefabricadas, la cera blanca se utiliza, casi exclusivamente, en confeccionar los tradicionales cirios y velas de usos múltiples: religiosos, caseros, etc.

Procedemos ahora a una descripción del proceso de obtención de la cera virgen. En el edificio que contiene la máquina de lagar, existe a la izquierda de la misma un horno de mampostería, de volumen aproximadamente cúbico, provisto de un espacio hueco en su cara horizontal superior para encajar en él un caldero de fundición de unos 70 u 80 litros de capacidad, y de una abertura en la parte inferior de una de sus caras laterales, que se puede cerrar o abrir a voluntad para extraer por él las cenizas y restos de leña quemada. Este horno se llama «HORNIELLA» en el dialecto del país -un castellano con giros y dejes gallegos y portugueses-, y en él cuece, desde por la mañana temprano en días primaverales de buen tiempo, el agua que ha de mezclarse con la cera en rama. Cuando aquélla cuece, se añade la cera de panal -que despide un intenso olor ácido, como vinagre-, para que se reblandezca y pueda prensarse con mayor facilidad.

Cuando el ojo acostumbrado del lagarero percibe que esa cera está en su punto, llena dos cazos de cobre con la mezcla descrita y la vierte en otro caldero, también de fundición, que se encuentra embutido a presión en el centro del «CEPO», tronco de encina dura, desbastado y escuadrado, colocado justamente debajo del punto en que la viga ejerce su fuerza de compresión.

En este segundo caldero, que tiene el fondo agujereado a manera de colador, sobre el que se coloca una especie de bandeja o cestilla de esparto trenzado, llamado «REDEÑO», que sirve de filtro, encaja, también a presión, una suerte de tapón o «TACO», sobre el que actúa directamente la presión de la viga. Maniobrando «la» lagar convenientemente, se produce el prensado de la mezcla, que se prolonga de hora a hora y media. Al término de ese tiempo, se «desarma» la viga, maniobrando en sentido opuesto hasta lograr quitar el «taco» al caldero del «cepo»; se saca el o los «redeños» para su limpieza, y se repite la operación cuantas veces sean necesarias hasta conseguir prensar tres o cuatro «calderadas» de mezcla. Por su parte, la mezcla ya prensada, filtrada y colada, pasa del caldero del «cepo» a una serie de tres recipientes aproximadamente cúbicos y comunicados entre sí, excavados los tres en un único tronco de encina: son los llamados «PILOS», que sirven para decantar la mezcla de agua caliente y cera blanda.

Siguiendo el orden del más próximo al más alejado del caldero del «cepo», en el primer «pilo» se concentra la cera más consistente y densa, mientras que parte de la mezcla, ya más fluida y ligera, se separa de ella y pasa al segundo «pilo» por un orificio inferior. En éste, vuelve a decantarse cierta cantidad de cera aprovechable, y el agua que queda, puramente residual, sale hacia el tercer «pilo» por un orificio superior. De ese agua residual, debidamente filtrada, se han venido separando siempre las impurezas que, prensadas y convertidas en «CONDA», se han utilizado para abono de la tierra. Otras veces, viejos e ingeniosos procesos campesinos de destilación han transformado dichas impurezas en aguardiente.

De los «pilos» primero y segundo se saca la cera aún blanda y caliente con cazos, y se deposita en unos moldes, excavados en piedra de granito, llamados «PILAS» -también los hay metálicos, móviles, de igual capacidad y forma-, donde aquélla se vuelve sólida a las 24 horas de permanencia en las mismas. Regando las «pilas» con agua fría se consigue que la cera se despegue de la piedra, y se obtienen esos troncos de pirámide cuadrangular, de unos 75 kilogramos de peso por unidad, y color ocre anaranjado, que son los «PANES» de cera virgen, listos para su comercialización.

Veamos, en segundo lugar, cómo se lleva a cabo la obtención de la cera blanca. La cera en borra, procedente directamente de panal, se rompe y desmenuza, llenando con ella un caldero de cobre con baño de estaño para impedir el contacto directo de la cera con el cobre, puesto al fuego. En él permanece la cera hasta que empieza a cocer, momento en que el material es retirado del mismo con cazos y vertido en una batidora de madera, donde el efecto combinado de la batida y de la agregación simultánea de agua fría provoca el que la cera se «corte» o cuaje, convirtiéndose en grumos o gránulos. Este material, así granulado, es llevado en los días soleados de mayo, a los «TENDALES», grandes enlosados de piedra a la intemperie, donde lo revuelven y riegan todos los días, durante aproximadamente tres meses, al cabo de los cuales se dispone de cera blanca que, mezclada en ocasiones con parafina, está lista para su transporte y venta.

Hemos incluido en este apartado esa segunda modalidad de refinación de la cera como mera curiosidad, pues en su proceso, como acabamos de ver, no interviene ninguna compresión del material y, por lo tanto, éste no necesita para nada de la viga de lagar, que es propiamente el objeto de este estudio.

DESCRIPCION DE «LA» LAGAR: ELEMENTOS CONSTITUTIVOS y FUNCIONAMIENTO DEL CONJUNTO

Se llama comúnmente lagar tanto al recipiente donde se produce la compresión del material que debe ser prensado, como al edificio que cobija dicho recipiente. Por extensión, se aplica el mismo nombre al artefacto, si lo hay, que efectúa la compresión. La originalidad dialectal de esta subcomarca de la Carballeda ha convertido en femenino -«LA» LAGAR- un nombre que, en general y según el Diccionario de la R.A.E., se considera como masculino.

«La» lagar estudiada en Sagallos pertenece a D. Santos Romero Matellanes, que la utiliza aún con normalidad para producir cera virgen, aunque desconoce totalmente su antigüedad.

El edificio que alberga la máquina tiene una sencilla planta rectangular de, aproximadamente, 12 X 4 metros de medidas interiores. El espesor de los muros de mampostería es de 40 centímetros, y la cubierta, a dos aguas, tiene el caballete de intersección de ambas dispuesto según el eje longitudinal del edificio, y a 4,8 m. del nivel medio del suelo.

La máquina consiste, en esencia, en una VIGA de roble de 0,40 x 0,40 m. de sección y 8 m. de longitud, que va apoyada, a 0,80 y 4,5 m., medidos a partir de su extremo posterior -opuesto a aquel en que se aplica la potencia- en una serie de cuadradillos de madera, móviles, de 15 x 15 cms. de sección, de madera de pino, llamados «JUBOS» -adviértase la semejanza con la palabra castellana YUGOS-. Estos «jubos» se sustentan, a su vez, en unas armazones de madera de roble, llamadas «BERNIAS», que van firmemente ancladas en zapatas de losas de piedra en el suelo y sólidamente empotradas en vigas transversales que solidarizan -esto merece subrayarse- la máquina con el conjunto de la fábrica resistente del edificio. Estas «bernias» llevan unas aberturas en ambos costados de sus soportes verticales, para poder sacar y meter los «jubos» por ellas.

A aproximadamente 1,7 m. del mismo extremo posterior, pende de la viga, fuertemente anclado en ella, un cilindro de madera de encina, de 0,5 m. de diámetro y 0,50 m. de altura: el «TACO», que actúa como tapón para comprimir la mezcla contenida en el caldero del «cepo».

A 7 ,4 m. de ese mismo extremo -0,6 m. del opuesto- la viga lleva en su interior un orificio cilíndrico liso de 34 cm. de diámetro, por el que penetra, sin contacto alguno con ella, un HUSILLO o tornillo de madera de olmo -también llamado negrillo-, de unos 3,5 m. de altura total. De esta altura, los 2,3 m. superiores llevan, labrada a mano con azuela, una rosca macho de 7 ,8 cm. de paso y 13 cm. de diámetro exterior. La rosca hembra, de iguales dimensiones, va tallada en el interior de una especie de tuerca llamada «CONCHA», también de madera de olmo, que se solidariza con la viga por medio de un par de ataduras de cuerda, fuertemente apretadas y anudadas.

A 3 m. del extremo superior del husillo, una PALANCA o manivela, de 1,7 m. de longitud -1,4 m. hasta el eje del tornillo-, penetra diametralmente, y se asegura por medio de cuñas en el cuerpo del husillo, según un plano normal a su eje. Con esta palanca, movida manualmente, se proporciona al tornillo el giro que hace subir o bajar el extremo de la viga articulado al mismo. Fuertemente anclado en su extremo inferior, pende del husillo una mole formada por distintos volúmenes de madera, hormigón y piedra. cuyo peso realiza el esfuerzo de potencia requerido por la máquina.

Es interesante preguntarse por qué razones únicamente la «concha» lleva rosca hembra, y no la viga, obligando entonces a asegurar desde fuera la actuación simultánea de ambos elementos. Hemos creído que la razón primordial estriba en la muy importante diferencia de momentos de inercia y, por tanto, de rigideces, existentes entre la sección de la viga y la del tornillo, que puede, en alguna maniobra forzada, llegar a partir este último.

Además, el husillo nunca trabaja perpendicularmente a la viga, que en ningún momento alcanza una posición horizontal. De esta forma, la rosca macho siempre roza en un sector de la rosca hembra más que en el opuesto; y ese rozamiento sería más pronunciado cuanto más larga fuera esa rosca hembra: la única forma de acortarla, sin reducir la sección de la viga, necesaria, por otra parte, para transmitir las fuertes cargas de compresión, ha sido «sacarla» de la misma y labrarla en el interior de una especie de tuerca aparte, de sección equivalente a la del husillo, solidarizada luego estrechamente con la viga por medio de cuerdas.

De todas formas, es ésta la parte más débil de la máquina estudiada. Una reparación, consistente en la unión ensamblada de la parte del tornillo con el resto del husillo, y reforzada con remaches y abrazaderas de metal, es prueba elocuente de cuál es la sección más usual de rotura del conjunto.

Por otra parte, el fundamento del trabajo de la máquina consiste en pasar de estar sustentada en tres puntos de apoyo: «bernias» traseras, «bernias» centrales y contrapeso del husillo, a hacerlo sobre dos: «bernias» traseras y «taco» de compresión.

Girando ligeramente el tornillo, se consigue ahuecar y liberar los «jubos» de las «bernias». En primer lugar, se realiza la operación en las «bernias» traseras, fijando el extremo posterior de la viga mediante un cambio de colocación de los «jubos» correspondientes, que se sitúan ahora todos por encima de dicho extremo inmovilizándolo; mientras, el contrapeso del husillo descansa en el suelo. En segundo lugar, se efectúa idéntica operación en las «bernias» centrales, sacando sus «jubos» y haciendo que el «taco» descienda y encaje en el caldero del «cepo»; mientras, el contrapeso del husillo no se mueve de su posición de descanso. En tercer lugar, se gira la palanca del tornillo y el contrapeso, al elevarse, produce la fuerza de potencia requerida para la compresión de la cera.

Realizando toda esta serie de operaciones en sentido inverso, se consigue destapar el caldero del «cepo», y devolver la máquina a su estado de reposo.

VICISITUDES HISTORICAS DEL MODELO MECANICO CONSTITUTIVO DE «LA» LAGAR ESTUDIADA

Como acabamos de ver, la viga de lagar actúa, en definitiva, como una PALANCA DE SEGUNDO GENERO -punto de apoyo, resistencia, potencia-, al igual que la carretilla o la cuchilla de cortar bacalao. A dicha palanca se ha acoplado, en el extremo destinado a recibir el esfuerzo de POTENCIA, un TORNILLO para elevación y bajada de un contrapeso que, por simple gravedad, realiza dicho esfuerzo.

Tanto palanca como tornillo pertenecen al grupo de las «CINCO GRANDES» máquinas simples, conocidas por el hombre y estudiadas por los filósofos desde tiempos anteriores a nuestra Era. De esas cinco grandes máquinas -plano inclinado, cuña, tornillo, palanca y rueda-, las cuatro primeras debieron ser, con toda probabilidad, utilizadas desde los tiempos del Paleolítico. No así la rueda, que habrá de esperar, tanto en su aplicación como medio de transporte como en su versión dentada como elemento mecánico más evolucionado, varios milenios más hasta su total adaptación a la vida y necesidades humanas.

El primer filósofo/ingeniero que sistematiza de una forma racional todas estas máquinas simples y expone de manera definitiva la teoría de su funcionamiento, es ARQUIMEDES DE SIRACUSA ( 212 a. de C.). Es él quien, por primera vez, considera la rueda como una construcción circular engendrada por el giro de una palanca de un solo brazo, y define el tornillo como un plano inclinado arrollado en torno a un cilindro. El mismo Arquímedes realiza una importante aplicación práctica de este último, al idear un helicoide que, girando dentro de un cilindro estanco dispuesto según un plano inclinado, sirve para elevar agua. El invento de Arquímedes, basado en el conocimiento de las propiedades mecánicas del tornillo, hubo de ceder históricamente su primer puesto, como máquina elevadora, a la noria o azuda, que representa la misma evolución técnica, en este caso respecto de la rueda.

Contemporáneo de Arquímedes es HERON ( 221 a. de C.), gran físico y matemático de la escuela DE ALEJANDRIA, cuyos ingenieros demostraron que las «cinco grandes» máquinas, por separado, representan una ayuda inestimable para el trabajo humano, pero que, combinadas entre sí, multiplican geométricamente sus posibilidades y hacen que el hombre se adscriba decisiva y definitivamente a la historia del maquinismo y de los progresos tecnológicos.

A Herón de Alejandría debemos descripciones de, entre otros muchos inventos, engranajes de reducción, máquinas herramientas para la talla de roscas hembras, «odómetros» o primeros contadores de distancias recorridas, «dioptras» o teodolitos arcaicos..., e igualmente de las primeras prensas de tornillos: prensas directas o simples, de tornillo único o doble, y también prensas compuestas en las que el tornillo entra a vuelta de rosca en una «tuerca» dispuesta al extremo de una viga que, al girar alrededor de su extremo opuesto fijo, comprime la materia colocada en medio. (Véase la fig. núm. 1, reproducida del libro «Historia de la máquina», de S. Strandh).

Digamos inmediatamente que e] mecanismo de prensa directa, de uno o dos tornillos, va a perpetuarse durante siglos y caracterizar los primeros modelos conocidos de máquinas de imprimir y de acuñar moneda en su troquel o estampar sello en su matriz. En cuanto a la prensa compuesta, Herón describe sin más el conjunto de viga/husillo, característico de tantísimos lagares que han existido y aún existen a todo la largo y ancho de la geografía mediterránea y que, en nuestro país, ha servido y sirve todavía, aunque en casos muy limitados ya, a la prensa de uva, manzana, aceituna...y panal de cera.

Tenemos una bellísima y muy valiosa muestra de la perpetuación en el tiempo del modelo de lagar antes descrito, en una miniatura del Beato del siglo X de la Biblioteca Nacional (folio 124, v.º) (véase la fig. núm. 2). La reproducción que incluimos procede de «Estampas de la vida en León durante el siglo X», de Claudio Sánchez-Albornoz -Ed. Espasa-Calpe, Madrid, 1934-, y no creemos que esté fuera de lugar copiar aquí la nota 124, al pie de la página 128 de la citada edición. Escribe D. Claudio:

«En todos los Beatos del siglo X y de la primera mitad del XI se hallan reproducidos lagares. Véanse los de Gerona (folio 373), Valladolid (fol. 148 v.º). Bibl. Nacional (fol. 124 v.º), Escorial (fol. 120), Fernando I (fol. 206), Ac. de la Historia (folio 181) y Osma (fol. 132 v.º). En todas estas pinturas el lagar tiene viga. El texto bíblico impone a los iluminadores en todas ellas la presencia de caballos y la desfiguración del lagar que tenían delante de los ojos, que habían visto mil veces en la apoteca del monasterio donde trabajaban o en otras tierras. ..Sólo el pintor del Beato de la Biblioteca Nacional que reproduzco arriba, más realista que sus otros colegas, suprime los caballos del texto apocalíptico y nos presenta a un hombre luchando rudamente con el torno para hacer descender la enorme viga ante el peso del enorme pedrusco acuñado al huso... Este es aún el sistema actualmente empleado en los lagares leoneses...»

De todas formas, como el espíritu inventivo y el ansia de renovación son consustanciales al hombre, no han faltado intentos de su parte, a lo largo de la Historia, por remozar este tan arcaico modelo mecánico y librarse también, y sobre todo, de la servidumbre de su funcionamiento, puesto que, en definitiva, el conjunto viga /husillo de cualquier lagar es una máquina «de sangre», y de sangre humana, podríamos añadir, que requiere del esfuerzo de un operario para girar la palanca del tornillo. Y si a todo lo largo de la Edad Media se ha ido descubriendo y afianzando sólidamente entre las gentes, el uso de la energía hidráulica para mover muelas de aceña, mazos de batán o martinetes de herrería, nada tiene de extraño que algún espíritu ingenioso tuviera la idea de aplicar dicha energía al movimiento de subida y bajada de una viga que comprimiera la materia colocada debajo de la misma.

Concluyendo, hemos tenido la suerte de descubrir en el tomo II de «Los veintiún libros delos ingenios y de las máquinas», del Pseudo Juanelo Turriano, publicado por J. A. García Diego -Colegio de Ingenieros de Caminos, canales y Puertos; Ediciones Turner, Madrid, 1983- la descripción, y su representación gráfica (véase la fig. núm. 3), de un ingenio o artificio para prensar la cera. Se trata, en resumen, de una rueda de palas sobre las que incide el agua conducida por un saetín; en el cubo de esa rueda encaja un eje con dos articulaciones excéntricas que, al girar simultáneamente con ella, mueve sendas bielas; al extremo opuesto de estas bielas van fijados los mangos de dos mazos que golpean, de forma no sincrónica, en los extremos de sendas cuñas; estas cuñas, situadas una a cada extremo y encima de una viga de madera, comprimen esta última y la obligan a bajar presionando así el pisón que encaja en el depósito inferior, cilíndrico, de la cera. En la descripción no falta ni la mención a los hornos de calentamiento del agua, en calderas de hasta seis «cántaras» de capacidad cada una, que sirve para el reblandecimiento de la cera, y a los moldes en que se pone esa cera ya prensada para hacer los «panes» o formas más adecuadas para su almacenamiento y conservación.

No tenemos ninguna prueba de que se llegara a construir en alguna ocasión un artificio de tales características; lo más probable es que no traspasara nunca los límites de la pura especulación intelectual de algún espíritu curioso e imaginativo, de los muchos que prodigó el gran Renacimiento del siglo XVI.

Comparando la máquina recién descrita con el modelo universalizado de lagar de viga, tenemos la impresión de que el más anónimo e iletrado campesino mediterráneo preferirá siempre gastar parte de su tiempo y energía en mover a brazo el husillo de su ancestral, pero robusto y seguro artificio de viga, antes que confiar alegremente en una técnica que, por muy evolucionada y liberadora que se presente, no ofrece en absoluto las mismas garantías de solidez y durabilidad. Su perspicacia instintiva le dice que su lagar de viga le ha producido, y sigue produciéndole, un rendimiento físico suficiente para las necesidades de su economía y las esperanzas de su horizonte vital.

Antes de dar por concluido este estudio, incluimos a modo de apéndice, una lista con las principales características mecánicas y ventajas técnicas del muy antiguo conjunto viga/husillo examinado hasta aquí. (Se prescinde de la reproducción del cálculo físico que conduce a algunos de estos resultados).

Angulo de la hélice del tornillo, 0,189 rad. (= 11°).

Angulo del fileteado del tornillo, 120° aprox. Coeficiente de rozamiento estático (madera con madera) estimado, 0,6.

Coeficiente de rozamiento dinámico (madera con madera) estimado, 0,3.

POTENCIA Q ejercida por el contrapeso, 1.003 Kgs.

RESISTENCIA P (o COMPRESION ejercida sobre la cera), 6.810 Kgs.

Efecto de la palanca, o reducción de P a Q, 6,8 aprox.

ESFUERZO Ra aplicado al extremo de la palanca de giro, en el arranque del movimiento, 84,0 Kgs.

ESFUERZO Rm aplicado al extremo de la palanca de giro, en pleno movimiento, 41,6 Kgs.

Efecto del tornillo en arranque, o reducción de Q a Ra, 12 aprox.

Efecto del tornillo en movimiento, o reducción de Q a Rm, 24 aprox.

Rendimiento del tornillo en movimiento, 21,4 %.
Fatiga máxima de tracción del tornillo, 17,7 Kgs/cm2.