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Autor y originalidad en un poema popular sobre San Isidro Labrador y Santa María de la Cabeza

VICENTE, Luis Miguel

Publicado en el año 1989 en la Revista de Folklore número 97.

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El propósito del presente trabajo es dar a conocer una versión del tema de San Isidro en la literatura oral castellana tal y como pervive en el presente, y destacar su tradición y originalidad. Nuestro informante, el señor Rafael Paredes, hoy de noventa y cinco años, lo compuso a base de los sermones que escuchó tantas veces, según él mismo nos cuenta. Cantó este poema de su «propia cosecha» durante una romería de San Isidro en Madrid. El cura, asombrado, le preguntó:

-¿Cómo ha aprendido usted la vida del santo?

-Pues muy bien, porque como soy hermano de San Isidro desde chico, que me metió mi padre, y como todos los curas dicen el mismo sermón, me lo he aprendido -dice.

-¿Tiene usted algún grado? -digo.

-Sí; dos. El primero, colchonero, y el segundo, labrador -se echó a reír y me dijo-: ¡Qué lástima que entodavía hay muchos talentos sin explotar!

Así, pues, el señor Rafael compuso su poema basado en la vida de San Isidro según los sermones eclesiásticos que se escuchaban. Sabemos, además, que esas historias debían de variar poco, porque nuestro informante subraya que «siempre era el mismo sermón». y la verdad es que su poema se ajusta con bastante fidelidad a la narración de los milagros del santo hecha por primera vez en latín en el siglo XIII por Juan Diácono (2) y a lo añadido por la tradición, aunque el poema tiene particularidades temáticas y estructurales originales de nuestro informante y que señalamos a continuación. La versión del poema que recogimos es esta:

1 San Isidro labrador, como patrón de Madrid, se vino a Torrelaguna, donde aquí pudo elegir la mujer de su fortuna (3).

2 Era María Toribia, una chica guapa y bella que vino a T orrelaguna a servir como doncella.

3 Por sus buenas actuaciones San Isidro labrador la eligió por compañera y con ella se casó.

4 Este humilde matrimonio pasaron a Caraquiz y vivieron largo tiempo humildes sin discutir.

5 María de la Cabeza el Jarama atravesaba hasta llegar a la ermita donde ella humilde rezaba.

6 Con su aceitera en la mano y su tizón encendido pasaba por las mañanas por todo el huerto vecino.

7 Cuando llegaba a la ermita de la Virgen La Piedad, la alimentaba la lámpara y se ponía a rezar.

8 San Isidro, que ignoraba cómo pasaría el río, un día la vigiló entre terreces metido.

9 Cuando la vio regresar, tendió su manto en el agua y por encima del manto paso a paso le pasaba.

10 Sorprendido se quedó de tan grandioso milagro, y dando gracias a Dios, a Caraquiz regresaron.

11 San Isidro el labrador por sus buenas cualidades le hicieron el mayoral entre todos los gallanes.

12 El glorioso San Isidro, cuando salía a labrar, dejaba la yunta a un ángel y se ponía a rezar.

13 Al ver eso los criados le tomaron tal envidia, que con cuentos muy chismosos al amo le malmetían.

14 Pero un día San Isidro reunió a los criados y su pioial repartió el piojal eran garbanzos.

15 Desde allí se fue a la era la misma paja alveló y sacó tantos garbanzos como el día anterior.

16 Al ver eso Iván de Vargas le suplicó a los criados que respetaran a Isidro y guardaran sus mandatos.

17 A otro día caluroso, cuando la sed se abatía, pegó con los gavilanes y brotó una fuente fría donde beben los gallanes.

18 A este humilde matrimonio su hijo al pozo cayó y el agua a gorgorotones sano y salvo le flotó por sus ruegos y oraciones.

19 Labriegos de Caraquiz, que labráis las mismas tierras, imitar a San Isidro y obtendráis buenas cosechas.

El poema de San Isidro consta de 19 coplas. Según indica el autor, estas coplas se cantaban. Ahora bien, lo original del caso es que no se cantan con una melodía típica de la narrativa, como la de romances, por ejemplo, sino con la melodía de la jota, que es una melodía para asuntos líricos. Esto es significativo, pues fuerza a que cada copla sea completa en cuanto a la sintaxis, pues cada una de ellas cierra lo que podíamos llamar un ciclo. Además, esto hace posible que algunas de las coplas tengan un número diferente de versos, ya que, aunque las coplas de jota generalmente son cuartetas, el cante exige que haya siete frases musicales, con lo cual deben repetirse algunos versos de la cuarteta. Generalmente, en el canto se empieza con el segundo verso, se canta seguidamente los cuatro versos de la cuarteta y se acaba repitiendo el cuarto y el primero. Este es el orden de los versos al cantarlos: 2 1 2 3 4 4 1.

Veamos un ejemplo; la copla siguiente:

1 Era María Toribia
2 una chica guapa y bella
3 que vino a Torrelaguna
4 a servir como doncella.

Se canta en el orden siguiente, según oímos a nuestro informante:

2 Una chica guapa y bella
1 era María Toribia,
2 una chica guapa y bella,
3 que vino a Torrelaguna
4 a servir como doncella,
4 a servir como doncella,
1 era María Toribia.

En virtud de la flexibilidad que se obtiene al cantarlo, el poema contiene tres quintillas, una al comienzo y dos al final, en vez de las cuartetas, que son lo general en el poema. El orden de los versos de quintilla sería el siguiente al cantarse: 2 1 2 3 4 4 5. En este caso se sustituye la repetición del primer verso por la entonación del quinto verso.

Así, la copla:

1 San Isidro Labrador,
2 como patrón de Madrid,
3 se vino a Torrelaguna
4 donde aquí pudo elegir
5 la mujer de su fortuna.

2 Como patrón de Madrid,
1 San Isidro Labrador,
2 como patrón de Madrid,

3 se vino a Torrelaguna
4 donde aquí pudo elegir
4 donde aquí pudo elegir
5 la mujer de su fortuna.

El elegir cuarteta o quintilla depende, pues, de la unidad sintáctica que se necesite conseguir; porque no afecta, como hemos visto, a la estructura de la jota cantada.

En la procesión, el señor Rafael se arrancó por jotas, y el cura, sin detenerse en la letra, lo primero que hizo fue reprenderle por cantar así en medio de un acto tan solemne. El suceso nos lo relata él mismo:

-...y cuando fuimos a por la custodia que hay en Torrelaguna, que la ganó la rondalla -pero la gané yo-, cuando fuimos a por ella hubo una misa de campaña, un cura hablaba y el otro decía la misa. Y cuando terminamos aquel día, inauguraron el pabellón de Logroño que estaba muy lejos, en casi lo último de la feria del campo; y cuando ya íbamos a por ella, íbamos toda la rondalla, las chicas, había 28 trajes, del santo y de la santa [...] en fin, bueno pues mira yo cuando le dije eso al cura, dije:

-Bueno, toca, Lechuga -y me dice el cura: -

Pero ¿cómo va usted a cantar?- digo.

-Claro que voy a cantar- dice.

-No, hombre; en la procesión no se canta- digo.

-¡Cómo que no cante! ¡Usted cree que voy a
cantar yo en la procesión lo que cantaba a mi novia cuando la llevaba la ronda! ¡Es que voy a cantar la vida del santo completa! -y me miró y dice:

-Bueno; si es así, cántela.

Sobre ese momento de triunfo y emoción para el señor Rafael, también sus propias palabras son las más elocuentes; «Toda la rondalla estaba a mi lado, yo cantaba uno tras otro todos los cantares que ya los leerás tú porque te dará esta una hoja y si no la hay yo la mandaré; uno tras otro que hay lo menos 28 ó 30 cantares...»

Esos cantares a los que se refiere el señor Rafael, con el número inexacto, son las diferentes cuartetas o quintillas que componen el poema que hemos recogido aquí. Su confesión es una prueba más de que el autor ha concebido cada cuarteta o quintilla del poema como un ciclo-«cantar» cerrado e independiente en sí mismo aunque vinculado a una estructura mayor, y muy bien trazada también, que es el poema entero Su número exacto es de diecinueve coplas según las dos versiones que del poema tenemos. Por supuesto, como en jotas, cada copla se cantaba independiente de las demás, unidas por yuxtaposición. El número 28, en boca del señor Rafael, parece venirle del número de trajes del santo y la santa -mitad de cada- que vestían los mozos y las mozas de Torrelaguna. Además, no parece faltarle al poema ninguna estrofa o cantar como nuestro informante las llama, a juzgar por la estructura cerrada del poema, que empieza con una presentación o introducción de los personajes y termina con una moraleja. Y sucede así en las tres versiones que recogimos del poema, y las tres conservan el mismo orden estrófico, todo lo cual nos hace pensar que efectivamente se trataba de diecinueve cantares los que el señor Rafael cantó en esa procesión, que son en realidad un solo poema cantado en jotas.

La estructura temática del poema ordena las estrofas del modo siguiente:

I. Matrimonio

1 Presentación de San Isidro (que presenta a:)
2 Santa María de la Cabeza
3 Matrimonio
4 Vida matrimonial

II María de la Cabeza.

5 Planteamiento
6 Camino
7 Devoción
8 San Isidro la vigila
9 Milagro
10 Acción de gracias

III San Isidro.

11 Transición: honra
12 El ángel labrando
13 Envidia de los criados
14 Repartición del piojal
15 Milagro de los garbanzos
16 Respeto final de los criados
17 Milagro de la fuente
18 Milagro del pozo

IV. Moraleja.

19 Moraleja final

Como muestra esa estructura, el poema está bien balanceado casi en dos mitades que narran hechos prodigiosos de Santa María de la Cabeza y de San Isidro Labrador. La originalidad del poema en cuanto al tema consiste, pues, no en los hechos que nos cuenta del santo, aunque no deja de haber elementos novedosos en ellos, sino en la formación de un poema que tiene como tema base el matrimonio de San Isidro con María Toribio, paisana del poeta, santa local que se iguala con el patrón de Madrid, lo cual es un modo de dignificar al máximo a la localidad del poeta, Torrelaguna. Así, pues, María de la Cabeza toma en este poema una preponderancia que no tiene en otras versiones de la vida del santo. El primer milagro que se nos narra corresponde a Santa María de la Cabeza; el milagro en sí era archiconoddo como muestra alguna xilografía del siglo XVIII ( 4). María atravesando el río Jarama sobre su manto. El tema del poder del manto de una persona santa sobre los elementos de la Naturaleza es un lugar común en la literatura hagiográfia. Por citar un ejemplo, en Berceo, en Los Milagros de Nuestra Señora, la Virgen salva a dos devotos suyos con su manto para que no perezcan ahogados (Milagros XIX y XXII). En aquella ocasión, como en la que nos ocupa, lo que subyace al prodigio es la intervención de la Virgen, premiando a sus fieles. María Toribio cruza el Jarama con una aceitera y una lamparilla para alimentar la lámpara de la Virgen de la Piedad. Subrayemos de pasada la autenticidad histórica o libresca de todos los nombres que aparecen en el poema del señor Rafael.

El contexto en que nuestro poeta presenta el milagro es, sin embargo, original. De antiguo se había ligado el milagro de la santa con la vida del santo. Fernández Villa nos lo sitúa así:

«Allí -en Caraquiz- transcurría su vida -la de María de la Cabeza- con tranquilidad, hasta que un día alguien levantó la calumnia y la acusó de adulterio [...] .«El diablo consiguió se divulgase por el contorno el rumor de que la santa trataba mucho con los pastores de aquellos lugares, y con pretexto de estarse en la ermita de la Virgen, vivía deshonestamente con los ganaderos de las riberas del Jarama. No faltó quien hallándose casualmente en Madrid, con capa de celo, se lo dijera al siervo de Dios. ..Al día siguiente, Isidro se puso en camino con el que le dio la noticia, y otros paisanos que regresaban a su tierra...Al llegar cerca de Talamanca les cogió un gran turbión de agua. Creció con la tempestad el río Jarama, de tal suerte que ni con barro era fácil pasarlo...Iban caminando río arriba, y al dar vista a Caraquiz, he aquí que sale de su casita la bendita María, cubierta con su mantellina, llevando una vasija de aceite y un tizón encendido [...] Iba ella por su camino, y éstos, por el suyo: Isidro, callando, y los demás, sin perder a la santa de vista. Llegó a la margen del río, hizo la señal de la cruz sobre las impetuosas corrientes, quitóse su mantilla, tendióla sobre las aguas [...] Levantó los ojos hacia la ermita de Nuestra Señora, y con la alcuza en una mano y el tizón encendido en la otra, pasó con facilidad al otro lado, bien que asistida de la Virgen María, que en esta ocasión dicen se la apareció, y cogiéndola un brazo la fue guiando por encima de las aguas» (Fernández Villa, 1987, 38 (5).

De ese antiguo contexto en que se sitúa el milagro de las aguas, el poema del señor Rafael se ha quedado con su solo elemento, que sugiere un nuevo contexto: «Un día la vigiló entre terreces metido.». Probablemente este verso es una huella de aquella tormenta que se preparó e hizo desbordarse al río Jarama, que todo lo llenó de lodo. A eso tal vez alude la palabra «terreces». De la otra tormenta. la que se levantó en torno al posible adulterio de María Toribia, no queda rastro: en nuestro poema, San Isidro está solo, vigilando a su mujer no por sospechas sobre su conducta conyugal, sino sorprendido de que pueda pasar el río. «San Isidro, que ignoraba cómo pasaría el río / un día la vigiló entre terreces metido.». El milagro de Santa María gana en el poema intimidad, se queda en el círculo del matrimonio y no ante el grupo de espectadores que quiere comprobar los rumores que circulan sobre María Toribia. Santa María se nos presenta desde el principio como una chica modelo del pueblo, humilde, pero «guapa y bella» que vino, como tantas otras muchachas, a servir a Torrelaguna. El canon de belleza local rural se identifica con el de los valores morales de un santo fácilmente: humildad, pobreza, servicio, «buenas actuaciones», todo lo que la califica como la compañera idónea de «las buenas cualidades» de San Isidro Labrador. Y los rumores, si los hubo, no le interesan al poeta local en esta ocasión, ya que, además, el poema ha sido improvisado para una procesión de San Isidro, y probablemente no le parezca decoroso el tema del adulterio. En todo caso, el tema de los terceros envidiosos y murmuradores aparece luego en los hechos de San Isidro: «Al ver esto los criados le tomaron tal envidia / que con cuentos muy chismosos al amo le malmetían.». Es de notar, por último, que este milagro de Santa María no aparece en el manuscrito de Juan Diácono. Este no nos dice tampoco algunos datos importantes de la vida del santo: no nos da el nombre de su hijo, ni de su mujer; no cuenta cómo fueron casados, no habla tampoco del milagro de la fuente y el pozo, ni de la resurrección de la hija de Iván de Vargas o la de un caballo que se le murió. Tampoco se dice ni el año ni el siglo en que el santo vivió. El poema del señor Rafael casi en su totalidad reconstruye parte de esos datos que faltan en el manuscrito de Juan Diácono, de acuerdo a una tradición posterior diversa. Es más, el poema está escrito en el caso del señor Rafael para ensalzar a su villa, Torrelaguna, que es la cuna de la mujer con quien el santo vino a casarse.
Por otra parte, como leemos en Gerardo Mullé de la Cerda, los milagros que se inscribieron en su tumba son los siguientes:

Empezando por la izquierda del espectador, se descubre a ambos esposos separados por un árbol de rojo fruto, manzano acaso, y del que tiene la santa llena la cesta que lleva sobre la cabeza, mientras que su esposo ara la tierra, guiando unos bueyes; aparece después su amo, Juan de Vargas, según la tradición, montado en brioso corcel blanco, ciñendo espada a la cintura, levantando la mano derecha en actitud de hablar, mientras sujeta las riendas con la izquierda, en tanto que los ángeles conducen otra yunta de bueyes. De nuevo se ve a San Isidro ocupado en alimentar a las hambrientas palomas, y como consecuencia, la multiplicación de la harina en el molino. Por fin, en las dos últimas divisiones se ensalza la caridad, representándose a los dos Santos dispuestos a recibir al pobre que llama a la puerta. ..Es seguro que en la parte posterior del arca continuaba la representación de los milagros obrados por intersección del Santo, comprendiéndole en turno la multiplicación de la comida que le habían reservado sus compañeros de cofradía, y que después sirvió para repartirla entre los pobres (Mullé de la Cerda, 25).

O sea, se representan los milagros más populares: el de los ángeles arando, el de la multiplicación de la harina. Ambos están narrados por Juan Diácono; el primer milagro que cuenta éste es el de la multiplicación de la harina; iba el santo al molino en un día de invierno y llevaba una carga de trigo junto con otro criado. Estaba nevando, y al pasar por unos árboles vio unas palomas casi muertas de hambre; entonces, San Isidro quita la nieve de un lugar y esparce el trigo que llevaba para dar de comer a las palomas. El otro criado se burlaba del santo, pero cuando llegaron al molino el saco de trigo estaba entero como si no se hubiese sacado ni un solo grano. Y, además, al echarlo al molino dio muchísima cantidad de harina. Este milagro ha sido modificado hábilmente en el poema del señor Rafael:


14 Pero un día de San Isidro reunió a los criados y su piojal repartió el piojal eran garbanzos.

15 Desde allí se fue a la era la misma paja alveló y sacó tantos garbanzos como el día anterior.

El trigo se ha cambiado por los garbanzos y los beneficiados de su generosidad son los envidiosos criados de Iván de Vargas a los que regala su piojal de garbanzos, para recuperarlos luego al alvelar la misma paja. Al hacerlo así el señor Rafael pondera el carácter local del milagro, ya que los garbanzos son típicos de las tierras de Caraquiz, próximas a Torrelaguna. Los otros tres milagros de San Isidro que narra el poema son el de la fuente y el del pozo, y el de los ángeles arando. El de los ángeles ya hemos visto que está representado en su sepulcro, y es ya de antiguo, según nos cuenta Juan Diácono, el más famoso entre las gentes. El contexto de este milagro ha sido también modificado en el poema que nos lo presenta en una sola cuarteta.

12 El glorioso San Isidro cuando salía a labrar dejaba la yunta a un ángel y se ponía a rezar.

13 Al ver eso los criados le tomaron tal envidia que con cuentos muy chismosos al amo le malmetían.

Según lo cuenta Juan Diácono, en cambio, el orden de sucesos es otro: primero, la envidia de los otros criados porque Isidro reza; luego, las quejas al patrón: «Sepa su merced que aquel señor Isidro, a quien eligió para cultivar sus heredades por un tanto cada año, aunque se levanta muy de madrugada, descuida la labor, pues con el pretexto de orar recorre todas las iglesias de Madrid; mas como el tiempo pasa presto, llega tan tarde al trabajo que no hace la mitad de lo que debiera» (Mullé de la Cerda, 48). Y es tras esta acusación cuando el amo Iván de Vargas decide vigilar a Isidro y descubre que unos ángeles aran mientras Isidro reza, «mas he aquí que próximo ya al sitio donde su criado se encontraba arando, vio distintamente a dos mancebos que a su lado iban guiando otras dos yuntas de bueyes de extraordinaria blancura. Quedóse maravillado y suspenso un instante, y sabiendo que su criado no tenía a nadie que le ayudara, comprendió bien que aquel auxilio desconocido sólo podía venir del cielo. Apresurando el paso, volvió a mirar, pero entonces sólo vio a Isidro que trabajaba» (Mullé de la Cerda, 50). En el poema son los criados los que ven al ángel -pues sólo es uno- y ése el motivo de la envidia; en la versión de Juan Diácono y presumiblemente en los sermones que dice haber escuchado el señor Rafael, es el patrón el que ve a los dos mancebos-ángeles arando y los criados los que le acusan de rezar sin trabajar. En la cuarteta se presenta la acción del milagro como si se tratara de algo cotidiano que hace Isidro mientras reza.

Los dos mancebos se han transformado en «un ángel» al que deja la «yunta». La envidia de los criados cesa, de acuerdo al poema del señor Rafael, cuando el santo reparte entre ellos sus garbanzos y, viéndolo el amo, les suplica a los criados que «respetaran a Isidro y guardaran sus mandatos».

Hay otros milagros, como decíamos, que no figuran en la relación de Juan Diácono y que, sin embargo, la tradición ha hecho célebres: parece que el más difundido de todos estos es el de la fuente milagrosa. Gerardo Mullé de la Cerda lo narra así :

Habiendo ido Iván,de Vargas en día muy caluroso a visitar sus campos, pidió a su colono un poco de agua para apagar la sed abrasadora que le atormentaba; mas no teniéndola a mano, le indicó un sitio donde hallaría una fuente. Allí se dirigió al punto el sediento caballero, pero no hallando la fuente apetecida, volvióse airado creyéndose objeto de pesada burla; mas Isidro, conduciéndole de nuevo al lugar que le había dicho, hiriendo con la aguijada en una piedra, exclamó: Cuando Dios quería aquí agua había; y al punto brotó un manantial de agua tan abundante como cristalina, el cual todavía existe, en el mismo sitio en que la reina doña Isabel, esposa de Carlos V, en 1528 mandó edificar, reconocida al Santo, una ermita en cuyos muros abiertos de pinturas se veían representados pasajes de su vida. (Mullé de la Cerda, 54.)

El señor Rafael ha cambiado de nuevo ese milagro de contexto con el fin, ante todo, de localizarlo en su comunidad de Torrelaguna, y de nuevo es para mostrar generosidad con los demás criados aunque envidiosos, beneficiándoles a ellos con la fuente en vez de a su amo como nos contaba la tradición.

17 A otro día caluroso cuando la sed se abatía, pegó con los gavilanes y brotó una fuente fría donde beben los gallanes.

De nuevo vemos relatarse el milagro en el poema con la brevedad que impone la cuarteta o, en este caso, la quintilla. Se narra de ese modo la enjundia del milagro y nada más. Del suceso tradicional sólo queda el eco de un día muy caluroso en el que la sed «se abatía» y, por lo tanto, se requería la intervención milagrosa del santo. Que los beneficiarios fueran los criados o el amo o los demás detalles que rodean el milagro no importa, pues hay que narrar el milagro en la extensión máxima de una quintilla, cuando no de una sola cuarteta, como suele usar en otros milagros. Probablemente podrían insertarse otras cuartetas o quintillas con más milagros del santo o de la santa, y tal vez así lo hacía el señor Rafael en otras ocasiones distintas de las que tenemos en grabación.

El último milagro que se nos narra en el poema es el del pozo. La tradición lo ha difundido así:

Al volver en otra ocasión de su trabajo, encontró a su esposa sumida en la más profunda pena, pues el hijo que Dios les había dado por consuelo, había caído en un pozo sumamente profundo. Hincados ambos esposos de rodillas, puede suponerse el fervor con que pedirían al cielo que les restituyera aquella prenda tan querida que acababan de perder; mas he aquí que el agua del pozo empieza a subir, y cual en blando lecho levanta sobre el brocal al hijo amado, que fue al punto recogido por sus padres (Mullé de la Cerda, 56).

Es este caso la versión de la quintilla del señor Rafael, es bastante fiel al relato:

18 A este humilde matrimonio su hijo al pozo cayó y el agua a gorgorotones sano y salvo le flotó por sus ruegos y oraciones.

Se mantienen los dos sujetos protagonistas que orando realizan un milagro conjunto, ideal para cerrar el poema completo, puesto que después de repartir méritos a uno y otro santo más o menos simétricamente, ahora el poema termina con un milagro del matrimonio ejercido sobre su hijo común como recompensa a los rezos de ambos. Después de este milagro sólo queda la moraleja, como en el milagro medieval, dirigida del juglar al público directamente:

19 Labriegos de Caraquiz que labráis las mismas tierras,
imitar a San Isidro y obtendréis buenas cosechas.

San Isidro se convierte así por antonomasia en modelo de los labradores y modelo cuya imitación asegura la buena cosecha; el poeta prefiere en la moraleja enfatizar el premio material que obtendrán los labradores que imiten a San Isidro, en vez del espiritual del más allá tan caro al mester de clerecía. El público del poeta, como el del santo, es el mismo: se dirige a los labriegos de Caraquiz que todavía siguen cultivando las tierras ahora cada día más urbanizadas. Es decir, que en lo posible, el señor Rafael se cuida de ubicar toda la historia en Torrelaguna o sus alrededores, de donde es él mismo, e incluso la moraleja en vez de universalizarse, como suele hacerse, sigue estando dirigida a los hombres del mismo campo donde San Isidro trataba de enseñarles a ser buenos cristianos y hombres de provecho después de pagar con generosidad sus envidias y malquerencias.

Todos los rasgos particulares tienden a eliminarse del poema en aras de la brevedad sintáctica de la estrofa que coincide con la unidad de sentido; sin embargo, los rasgos locales de Torrelaguna se enfatizan y quedan como único marco de los milagros que se narran, aunque tanto el manuscrito de Juan Diácono como la tradición tendieran a ubicar esos milagros en Madrid o en otras áreas. Nada se dice en el poema del regreso a Madrid de San Isidro; antes bien, se insiste en que: «Este humilde matrimonio pasaron a Caraquiz / y vivieron largo tiempo humildes sin discutir.». La idea que nos da el poema es que ambos, San Isidro y Santa María, han venido a Torrelaguna de Madrid y de otra parte respectivamente. No se nos indica el lugar de origen de Santa María, a pesar de que nuestro informante sabe que la tradición la hace de un pueblecito vecino de Torrelaguna, Uceda; esto tal vez se debe a rivalidad local, aunque sutil: el señor Rafael no está interesado en destacar el origen de María Toribia, sino en donde está empadronada y donde conoce a San Isidro, porque se trata de su propio pueblo. Si nuestro informante fuera de Uceda, el poema tendría otra localización u otro tipo de énfasis cuando menos.

La fuente y el pozo los sitúa nuestro poeta en Torrelaguna también, aunque no coincida con la tradición en esto. Lo cierto es que los críticos tampoco se ponen de acuerdo sobre la localización de alguna de estas reliquias. En Caraquiz actualmente se sigue mostrando el pozo del milagro, mientras Mullé de la Cerda dice que se encuentra en una casa perteneciente a los condes de Villamediana, en la cochera de la casa. De la fuente no hay tradición en Torrelaguna de adjudicarle algún lugar.

En suma, el poema cierra con el tema del matrimonio, que realiza el milagro del pozo conjuntamente. Esto nos da una idea de la simetría y calidad estructural del poema, que había empezado también con el tema del matrimonio. Es un ejemplo hermosísimo de cómo un autor popular recrea un tema, lo desarrolla y construye una estructura donde insertar los diversos «cantares» que ha ido componiendo al son de la jota, hasta formar un poema unificado cuyo tema primordial es el matrimonio de San Isidro con Santa María de la Cabeza, que equivale a la igualación en dignidad de Madrid-Torrelaguna, y que, por lo tanto, da como resultado la gestación de un poema claramente local sobre la base de una tradición conocida. El poema de San Isidro del señor Rafael ha sido el de mayor fortuna en su difusión, volviéndose a cantar en las procesiones de San Isidro en Torremocha, imprimiéndose por la gentileza de la alcaldía de Torremocha en hojas sueltas, para que pudiera ser entonado por la comunidad, independientemente de que la jota sea o no una melodía apropiada para la solemnidad de las procesiones. Ha sido, en fin, un poema que ha arraigado en la comunidad y que pone su eslabón en la tradición isidriana, de la que, por fortuna, hemos podido contemplar uno de sus momentos creadores, claramente individual, antes de que se transforme en el producto anónimo del pueblo.

___________

(1) Este trabajo ha sido posible gracias a la ayuda financiera de una beca de investigación de la profesora Shirley Arora, con quien realicé los trabajos de campo en Torrelaguna en el verano de 1987. Actualmente hemos elaborado una antología de textos folklóricos con todo el extenso material recogido en Torrelaguna del que los poemas del señor Rafael son solo un ejemplo.

(2) Juan Diácono se concentra en los milagros del santo, los que se recuerdan porque se queja de otros muchos que no se sabrán por no haber sido escritos. Refiere milagros de San Isidro, y también los que ocurrieron después de muerto en el traslado de su cuerpo desde el cementerio a la iglesia de San Andrés. Se nos cuenta hasta 1271. Incluye también los himnos que se cantaban antes y que llevan al principio notas musicales semejantes a las de .los códices de las Cantigas de Alfonso X el Sabio, según nos cuenta Gerardo Mullé de .la Cerda, Vida de San Isidro Labrador, patrón de la Corte y Villa de Madrid. Madrid: Impresores de la Real Casa, 1891, 2ª. ed., pág. 19. Sobre quién fuera Juan Diácono, P. Fita creyó ver tras ese nombre al franciscano Gil de Zamora, Joannes Egidii, que había compuesto por 1282. De virus ilustribus, que compiló para instrucción del Príncipe heredero Alfonso el Sabio; dedicado a este tipo de estudios, parece tener el mismo estilo que el manuscrito de Juan Diácono según P Pita. El manuscrito está hoy en el archivo de la Catedral de San Isidro.

(3) Una muchacha de Uceda -dice Marcelina-.

(4) Ver la Xilografía reproducida en el libro de Domingo Fernández Villa, San Isidro Labrador. Santa María de la Cabeza, su esposa. Madrid: Everest, 1987, pág. 29. Otro ejemplo del tema en la pintura lo encontramos en la pág. 38, en un cuadro anónimo del siglo XVI, en ambos se representa a María de la Cabeza con una aceitera en una mano y un tizón encendido en la otra, sobre su manto y cruzando un río.

(5) Entre comillas va el texto de Jaime Bleto. Vida y milagros del glorioso S. Isidro el Labrador, hijo, abogado y patrón de la Real Villa de Madrid, Madrid, 2 libros, 1962, pp. 201-202; también se cita el texto de Nicolás José de la Cruz. Vida de San Isidro Labrador, patrón de Madrid, adjunta la de su esposa Santa María de la Cabeza, Madrid, 1790. Reimpresa en 1968.

OBRAS CITADAS:

Bleda, Jaime. Vida y milagros del glorioso s. Isidro el Labrador, hijo, abogado y patrón de la Real Villa de Madrid, Madrid, 2 libros, 1962.

Cruz, Nicolás José de la. Vida de San Isidro Labrador, patrón de Madrid, adjunta la de su esposa Santa María de la Cabeza, Madrid, 1790. Reimpresa en 1968.

Fernández Villa, Domingo. San Isidro Labrador. Santa María de la Cabeza, su esposa. Madrid; Everest, 1987.

Mullé de la Cerda, Gerardo. Vida de San Isidro Labrador, patrón de la Corte y Villa de Madrid. Madrid: Impresores de la Real Casa, 1891. 2ª. ed.