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La fascinación infantil en la provincia de Cáceres

DOMINGUEZ MORENO, José María

Publicado en el año 1989 en la Revista de Folklore número 97.

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EL MALIGNO

El niño, ya antes de nacer, es objeto de múltiples atenciones, que se acrecientan una vez que el parto ha tenido lugar. La cuna destinada a acoger al recién nacido es rociada con agua bendita en los últimos días del embarazo para evitar que loh judíuh (= malos espíritus) la infecten. Así lo hacían en Granadilla, y en algunos pueblos de su antigua mancomunidad la práctica se mantenía vigente por los años cincuenta. Con agua de romero lavan en Almaraz la cuna que va a utilizarse nuevamente para eliminar la pulienta y los posibles trahtornijuh que su anterior usuario dejara adheridos. Por lógica, la cunita en la que muere un niño es destruida por el fuego, ya que acarrearía la muerte del siguiente acunado en ella.

En la mayor parte de los pueblos de la provincia, como ocurre en las provincias limítrofes, hacía las veces de cuna la artesuela o artesa de corcho. Era de rigor en los núcleos de la cuenca media del río Alagón que antes de producirse el nacimiento se amasara en dicho recipiente un pan de su mismo tamaño, que, una vez cocido en el horno de la casa, se repartía entre los pobres de la localidad. En Mohedas explican la costumbre como algo necesario pa qu' el niñu se criara con bien, pa que cuandu saliera pa d' ajuera de la cuna juera ya bien jechu. En Serrejón la artesa, también llamada cuna a causa de su doble función, se guardaba en la panera después de llenarla de trigo, no vaciándose hasta después del alumbramiento, porque al sel el trigu cosa buena defiendi a to de lo malu y asín lo malu no se pega a la cuna.

La madre es la principal interesada en que todo esté dispuesto para la llegada de su hijo, y después será también ella la indicada para alejar del niño los peligros reales e imaginarios que le acechan continuamente. Durante todo el período de la cuarentena, en el cual no habrá de pisar la calle so pena de atraer la desgracia contra ella, el pequeño y la propia comunidad, estará siempre al lado del niño, tanto para alimentarlo y limpiarlo como para velar su sueño. El mínimo descuido es suficiente para que los espíritus envidiosos le cambien al pequeño por otro que, aunque parecido o idéntico en los rasgos físicos, pol dentru ehta dehquiciaítu del to. Para que esto no ocurra, en Alía la madre esparce alrededor de la cama del infante un puñado de trigo con la intención de que cuando llegue el malihnu, en lugar de hacerle daño al niño, se entretenga en coger los granos y en contarlos. El parentesco de este ser malévolo con el duende de la literatura clásica española es evidente. En Acehúche y Ceclavín colocan debajo del colchón de rorró un cuchillo, un trozo de pan duro y algunos granos de sal. El uso del sonajero es general en toda la provincia, y, curiosamente, es un obligado regalo del futuro padrino de la criatura. En Horcajo, sobre todo cuando el niño es incapaz de conciliar el sueño, la madre le sonaba repetidamente en cada uno de los rincones de la estancia y lanzaba el siguiente conjuro: Usa, brujah al monti, qu'el niñu quie dormil. La fórmula resulta familiar a los conocedores de los ritos de expulsión. Las brujas o envidiosah, muy temidas en la comarca de Las Hurdes, atacan sin descanso a los pequeños indefensos. Si un niño presenta un negral sobre la piel es una prueba segura de que la envidiosa, conocida por los vecinos por su nombre y por sus apellidos, le ha chupado la sangre por alguna venganza contra sus progenitores. Para evitar tales accidentes o, mejor aún, incidentes y ahuyentar al espíritu, pues de esta forma practican sus fechorías las vampiresas locales, las madres no olvidan colocar en la cuna la pezuña de la Gran Behtia.

Sorprende en cierta medida que en algunos puntos de la geografía cacereña se le dé a las muñecas el rango de amuletos, ya que se le reconoce el carácter protector del niño; sobre todo, cuando se les hace dormir en su propio lecho. De esa manera lo estiman en Botija, Riolobos, Alcollarín, Plasenzuela, Guadalupe e Hinojal. En cierto grado, la muñeca es una representación plástica del niño y desvía hacia sí las fuerzas perniciosas que pudieran dañar al pequeño. A estos amuletos se unen los ya citados en otros trabajos de esta misma revista.

EL AOJU

El mal o la enfermedad que más comúnmente ataca a los niños de pecho es, sin duda alguna, el que se conoce en la provincia de Cáceres con los nombres de aoju, ojamientu, mal de la vista, mal d'oju, ojuh maluh, mirá ehtraviá, ojuh envidiosoh, ojuh viciáuh y mal de la sangri.

Tal enfermedad es consecuencia de la acción mefítica de la mirada de ciertas personas, generalmente envidiosas o enfrentadas a la familia del niño. A Torrejoncillo pertenece la siguiente cita: Solito qu' era que la probi mujel no tenía nengunu (hijo) y s'encariñaba con toh loh muchachinuh de la su calli. Mehmamenti que la madri s' iba de recáu, ella se queaba de ciliciu pa cuidialu... ¡Madri mía! Qué pasó c'algunuh se ponían maluh...¡Y ya ehtá!..., que dierun a dicil qu'ella loh embrujaba con loh suh ojuh, porqui tenía loh ojuh chiquininuh y mu saltonih. ¡Cómu si namá habiera muchachinuh maluh en aquella calli, que lo había pa to el pueblu! Antonci la semana que no enterraban a unu, embochaban a treh. Asina dicían qu'ella no tenía familia y por esu era invidiosa pa miral con ojuh maluh. Lo que pasaba era que la genti era mu atrasá pa creel brujería y cuhtionih del demoniu. En Casillas de Coria escuché un supuesto caso de aojamiento, también por envidia, causado por una abuela materna. En él se manifiesta claramente el típico y complejo enfrentamiento u oposición suegra-nuera: Le pasó a una tía mía y el niñu vivi, que vivían en la casa de la madri del su maríu, qu'ehtaba en el serviciu de Melilla...Cuandu doh mujerih andan juntah el diablu se relambi el rabu y el culu...¡Venga a riñil..., venga a ehtiralsi del moñu a toah horal y por to! Que la suegra siempri con gana de joel a la noera, a mi tía, peru le faltaban riñonih, porqui mi tía tinía máh cojonih que la otra...A la bruja no le vinu peol idea que tomala con el nietinu y, al sel tan malita, se conocí que rezó el Padrinuehtru del revé pa miral al niñu y l'ombrujó del mal d'oju, que le salierun graninuh en la lengua y le se caía el pelu a mechonih, y ni dormil ni na...Tuvu c' apañal loh javíuh y dilsi pa la casa d'una prima, to pa no matal a la otra puta mala. ..C' al poquinu el ni ñu se sanó.

Son éstos dos ejemplos sintetizadores del centenar largo de los recogidos en los pueblos cacereños. Una vecina o una mujer de la familia pueden ocasionar el mal de ojo si así lo desean. Las razones para ejecutar la fascinación son de muy diversas índoles, pero entre ellas merecen tener en cuenta la envidia del sujeto agente, la malquerencia y la venganza, que algunas veces se confunden con el «castigo divino». Lo último queda patente en la siguiente narración: En ehti pueblu (Talaván) el cura daba papelih pa comel carni. La bula, que costaba una peseta. Una mujel vieja venía por lah casah: «Pa la bula de la cruzá, unas pesetas por ca unu de la casa.» La tía bulera pa mí c' al gu se ganaba del trabaju...Cuandu vinu a la mi casa tenía yo al niñu a la puerta cojíu, así en jarra... ¡Qué montri! ¡Pesetah tenía yo pa dali al cura! Me se pusu de frenti, clavá del to, plantá, peru que bien plantá y mirándumi al fiju, pa dicilmi que ya iría yo andi el cura a por la bula. Comu ni lo oyíu. Peru cuandu a la nochi voy a dal el pechu al niñu, ni una gota de lechi; me voy a la cabra, y lah tetah vaciah. Al poquinu ratu dihpué le d'al niñu com'un golpi y se quea sin airi, pa morilsi...¡Bien que moh pusu el ojamientu la bulera! ¿Que qué jici? Pagal la bula comu to crihtianu, y toh moh pusimuh bien. En otro párrafo la informante explica lo que, a su entender, constituye un mecanismo persuasorio. El sacerdote, incapaz de vender las bulas ni amenazando a sus feligreses con el pecado, puede conminar a los parroquianos valiéndose de sus propias supersticiones. Es así como echa mano de una vieja beata con fama de fascinadora para obligar al pueblo, como se vio en la cita precedente, a cumplir con sus deberes de buenos cristianos.

Se da la curiosa circunstancia de que las mujeres relacionadas con la Iglesia tienen una especial virtud para transferir el mal de ojo: beatas, santeras o ermitañas, «sacristanas» y amas de curas. No siempre el mal es producido voluntariamente. Incluso algunas de estas mujeres ignoran su funesta cualidad. La madre del que hacia los años cincuenta fue cura de Ahigal, ya ambos fallecidos, tenía una mirá ehtraviá que jacía malih sin el deséu de jacelu, porqui la probi era una santita y de güen seguru qu' ehtá en el cielu. Lo qu' era que tenía un oju mirandu p'al rabillu, y encima una verruga mantecosa en toita la puntina de la nariz. Cuandu mehmu cualquiera iba con un niñinu chicu a'n ca el cura pa lleval aceiti o güevuh, porqu' era mu míseri de güenuh qu' era, que no cobraba na. Poh si ehtaba la su madri y le daba pol miral al niñu: «¡Oh, qué niñu máh guapu y máh preciosu!», poh éhti, ¡gua, gua, gua!, a lloral com'un dehcosíu y a tirital. Pa mí qu' el cura sabía lo del oju malu de la su madri y eh que siempri que s'empezaba la verraquera jacía una cru con la cru d'un rosariu en la frenti del niñu y el niñu se callaba el picu comu si na. Si no ehtaba el cura, el niñu gomirandu... y, aguardati, c'a lo mejol s'iba p'al entaba, o l' entraba cagueta, o siguía tiritón y llojalbegáu.

A principios de siglo recorría el norte de la provincia un matrimonio anciano, que se decía que eran ermitaños de la Peña de Francia, en demanda de limosna. Se acompañaban de una pequeña imagen de la Virgen serrana. En Palomero aseguraban que la viejina tenía el mal de la vihta. Yo digu l' oyíu de p' atrá. ¡La probi, lo que jadría pa no dañal! ¿Ve uhté loh pañueluh negruh de pa la cabeza? Asina traía ella unu, mu grandi, hasta bien p' abaju de lah naricih...y encima siempri mirandu pal suelo y rezandu. El que pidía era el su hombri: «Limohna pa la Virgin de la Peña, limohna pa la Virgin de la Peña.» Siempri con la cabeza morrá. Si miraba quiciá un tiehtu, que se rompía; que si miraba la merienda, que dihpué llenecita de gusanuh; y no te digu na si miraba pa un muchachinu...Cuandu se maginaban que vinían por Muheda o por el Casal, ya ehtaban los niñuh chiquinuh sin salil de casa y sin ansomalsi. Me d'a mí qu'esu del mal de la vihta será del mo d'una letrecidá que sali de loh ojuh y a lo que toqui l'omputeci.

En Guijo de Galisteo me contó su relato una mujer, próxima a los ochenta años, que en la más tierna infancia fue víctima del mal de ojo. La mi madri ayuaba a lah cosah de la iglesia, comu barrel y laval mantelih. Un día jaci a lleval loh mantelih y me llevó a mí cojía pa no dejalmi sola, qu' eh que yo tenía ni pa un añu. ¡Hala, pa la iglesia! En la iglesia ehtaba una que se llamaba tía..., que ponía lah velah y limpiaba el cobri y esu de la iglesia, comu el sacrihtán. y la mi madri: «Me coja un ratitu la niña pa ponel ehtu al altal.» Moh vamuh pa casa y yo que no comu, que m'empiezu a queal blanca, que me pongu a lloral...Ni médicu ni na..., ni cura ni potingui. Aluegu ya cayó la mi madri que la sacrihtana tenía un oju blancu con una cortina de caracata y esi oju m'abía infehtáu..., porqui, ¿a vel si no? Se jue a la casa de la sacrihtana a dicílsilu y ella le dio la medalla de la Milagrosa pa ponélsila pa que me curara..., y me curé. y aquí ehtá una pa contalu. La que tie el oju viciáu no se lo pue quital comu no sea que se l' arranqui.

En estos tres últimos casos vemos la involuntariedad de la fascinadora para producir el mal de ojo. En uno de ellos, el de la ermitaña, la propia mujer conoce su maléfico poder y mira para el suelo con el fin de no herir. Por lo que respecta a la madre del cura, ella es ajena, aunque su hijo se ve obligado a obrar en consecuencia para contrarrestar los efectos perniciosos. Es en la tercera de las citas donde encontramos que la causante de la enfermedad se convierte en curadora de la misma.

Otro tipo de aojamiento es el que viene unido a la menstruación de la mujer y que, según los datos de que dispongo, hizo su furor en Calzadilla y en los pueblos limítrofes. El mal de la sangri era cuandu tenían el meh. La sangri de lah mujerih aentru del cuerpu se poni mala y jaci juerza pa salil por ondi sea. Lo mehmu se va p' abaju que p' arriba...máh p' abaju que p'arriba..., y tamién algu va loh ojuh, que se quean sangríuh. Va una d' ehta qu' ehté asín y coji al niñu, o sólu lo mira, y con esu lo deja hechu un beleguín...Se conoci que la sencia de la sangri mala va d'oju a oju. En Guijo de Coria la menstruante únicamente produce el mal de ojo si confluyen en ella las peculiaridades de no ser virgen y hallarse en estado de soltería. El niño enfermo presentará manchas rojizas por todo el cuerpo, que en cierto modo recuerdan la sangre periódica. Siempre que la mujer esté mala ha de evitar por todos los medios acercarse a un pequeño, prohibición que también atañe a la madre. En este caso puede ser la abuela materna quien la supla en las atenciones al niño. Por su calidad de impura, la menstruante, según se ha creído fielmente en la Alta Extremadura, influía negativamente sobre personas, animales, cosechas, etc. No es de extrañar, por consiguiente, que en esos días críticos se mantuviera a los niños alejados de su presencia. En algunas poblaciones de La Vera la mujer que sufría la regla se ataba una cinta roja a la muñeca y de esa manera, sin necesidad de palabras, anunciaba a la protectora de la criatura su posibilidad fascinadora momentánea.

El ajeno a una comunidad rural ha sido siempre objeto de recelo por parte de los paisanos. La llegada de un forastero, y eso lo he podido observar en multitud de ocasiones, es mirada con una mezcla de curiosidad y de temor. Ante su aparición muchas puertas se cierran, muchos ojos lo atisban desde los postigos o a través de las cortinas y los niños son llamados por sus madres para que acudan a guarecerse. Si un pequeño recibe un caramelo o golosina de manos de un desconocido no faltará quien se lo arroje al suelo por si quiciá eht' embrujáu. La capacidad del forastero para producir el mal de ojo está reconocida sobradamente, y los ejemplos recogidos son numerosos, aunque en el presente trabajo sólo señalaré varios que tengan relación con la fascinación infantil. Un caso localizado en Ahigal:...y eh que con loh forahteruh teniamuh que tenel muchu tientu. Qu' eh c' aquí al mercáu venía ca domingu un chalán que compraba pa (mandar a) la provincia de Lugu. Venía, vía una vaca y dicía: «Treh mil rialih tie uhté por ella.» «¡uf, treh mil rialih...!, si por lo menuh vali sieti». y s'iba. Pal desotru domingu venía otra ve: «Le doy a uhté doh mil rialih por la vaca del domingu pasáu». ¿y qué pasaba? Que la tenía que vendel por esi dineru, porqui la vaca dendi el otru domingu s' abía queáu laminá. Esu me pasó a mí y a máh. Esi fulanu jizu muchah d' esah, era un chalán finu. Que va y qu'ehtaba pa la laguna del Ligíu una con un niñu de teta, y el chalán: «Me venda la guarrapa». La probicita mujel tenía la guarrapa pa lleval loh tohtonih pa vendeluh, así que la guarrapa no ehtaba de mercal. Ni jechu a pohta. A la guarrapa le da por temblal y se mueri del tiritón, de prontu y allí mehmitu, y loh guarrapinuh unu detrá d'otru jincandu el poléu. No queó to en eso. La probi mujel a correl pa casa con el críu, porqui le dio un arripíu pa morilsi. ¡Lo d'Egihtu! Resulta qu'el gallegu de Lugu tenía ojuh de liebri pa ojal a la genti y al ganáu. Era un tíu de una hohtia mu mala, que si moh deshcuidamuh mo se jaci el amu del pueblu. Luegu de lo últimu ya no golbió p' acá, dendi que moh guipamuh lo del oju que tenía. Significativo es igualmente otro ejemplo recogido en Pedroso de Acim. La fascinación resultó ser una señora nueva, que llegó con un señol máh mayol qu' ella y venían comprandu lah cosah de l'antigüedá, candilih, candilejah, ropa d'anti, cosah de p'atrá...pa ponel un muséu de Madrí. Nusotra con tal de sacal cuatru perrinah la metiamu en casa pa enseñali to y moh daban güenuh durituh. La señora paecía encariñá con loh nenih de lah casah...Al míu le jizu caricia. La mala suerti que se jue y moh pago bien, y c' al ilsi toh loh muchachinuh de ondi entró ehtaban con una fiebri y unuh calorih mu grandih...La mujel aquella tenía mal de la vihta y yo vía que se quitaba loh lentih pa vel a lo cerca, comu a loh niñuh y asín, que loh queó maluh del mal de la vihta. De verdá de Dioh, que lo ve to, que lo debió de jacel sin querel, porque daba la pinta de mu güena; jue mu geüna y moh pagó mu bien, mu bien...De toah manerah eh menehtel cuidiaítu con loh forahteruh p'averigual la pata que cojean.

El paralelismo de la anterior cita con otra de Valdastillas es evidente, si bien el causante del mal es un sacerdote foráneo encargado de realizar unas suplencias: Al buen señol le tocó loh oficioh del Corpu, qu'eh cuandu llevaban a loh niñuh nacíuh del día esi a un añu p' atráh pa qu' el cura le jiciera la curó con el Santísimu. La bendición de cura era cuandu la procesión del Corpu. Al otru día toh tenían jipu, de fiebri y una dehcompohtura que cagaban verdi...y esu por la razón de la mirá fija del cura, que tenía un miral comu de culebra. El cura s' enteró que la genti decía esu d' el y el buen señol (no dijo) ni píu, peru al otru añu siguienti pa que las madrih llevaran a loh muchachinuh a la procesión se plantó unah gafah ajumáh y no pasó ni tampoc'un pelu. Si no llega a lleval lah gafah, el cantal seguritu c' abría síu d'otra manera diferenti.

En la lista de ojaorih desconocidos, amén del cura suplente, del chalán de turno, de la pesquisidora de antigüedades y de la ermitaña, a los que ya nos hemos referido, hay otra serie de personas venidas de fuera a las que el pueblo les atribuye idénticos poderes fascinadores: el mendigo, el recaudador de impuestos, el secretario de Ayuntamiento, el inspector de Hacienda y el vendedor ambulante. La lista me fue dictada en la cuenca del Arrago. Una mujer de Hernán Pérez señalaba que los adscritos a esas profesiones son presonah de to pa pidil y na pa dal, pa sacali loh cuartuh a loh dehgraciaítuh...; son presonah de natural malu y d'ehtintu también malu. Le se nota en loh ojuh, que tienin loh ojuh viciáuh. En otros pueblos las opiniones no difieren en gran manera. El maestro se puede añadir al conjunto en una amplia área del norte de Cáceres. No hace muchos años una madre de Nuñomoral impedía a su hijo acudir a la escuela porque el maehtru lo miraba mal, y asín no comía na y se ponía malu.

Pero regresemos al ámbito de los fascinadores locales. Notaremos que hay personas capaces de producir el aojamiento en razón de algún defecto ocular: tuertos, bisojos...Por ningún motivo un niño de pecho será sacado en ayunas a la calle, puesto que de encontrarse con un tuerto moriría instantáneamente. El médico de un pueblo próximo a la capital me indicaba que algunas mujeres traían a sus hijos a la consulta con la cabeza totalmente cubierta por el miedo que les infundía tropezarse con personas de vihta ehtraviá en el camino o en la sala de espera. La aparente incredulidad actual no significa que el temor sea algo desterrado y haya dejado de valorarse. Tengo sobrados conocimientos de que ahora mismo son muchas las madres que impiden, valiéndose de los más dispares procedimientos, que los bihcupardalih, reviráuh, ojigarzuh, ojuh alunáuh, ojuh de sangri, calimuh, etc., se acerquen a la cuna del pequeño. El que «el niño duerme» o que «el niño está malito» son las disculpas menos originales para salir del paso y la reiteración de las mismas ha sido causa de conflictos familiares cuando entre los vedados hay lazos de parentesco.

Sin ningún género de duda, la fascinadora extremeña por excelencia es la bruja. Al contrario de lo que hemos visto en la casi totalidad de los aojadores anteriores, la bruja manifiesta siempre su voluntariedad de hacer el mal. Para ello se vale tanto de su presencia física como de la mirá de su espíritu, forma esta última con la que suele presentarse a los rorrós para dañarlos del mal de ojo. Hoy sigue siendo «cierto» la existencia de brujas en algunas alquerías de Las Hurdes Altas. Hace un par de años un colegial de la Escuela Hogar de Nuñomoral, con el que mantuve una sabrosa conversación, me contaba cómo una bruja de su pueblo, Aceitunilla, había embrujado o, mejor aún, fascinado a tres niños, todos hermanos, y a una camada de cerdos, propiedad de los padres de los muchachos. Uno de estos niños, el más afectado, no había cumplido los tres meses. El informante aseguraba conocer a la bruja y sabía que actuaba por envidia. Pal otru dia s' abian puehtu toh güenuh, porqu' el padri agarró a la tía (nombre de la bruja) y le diju que si al otru día no se sanaban le cortaba el pehcuezu. El hecho había tenido lugar una semana antes de que me fuera contado. En Vegas de Coria escuchamos un caso parecido. La bruja fue obligada a romper el hechizo contra un niño recién nacido. Esa bruja era mu golosa y tenia malu a mi hermaninu. Jue mi padri y pus'un jamón y le pinchó al jamón un papel con cosah ehcritah d'un libru de la misa. Cuandu entró la bruja pa il ondi el mi hermaninu vio el jamón y se jaci a cojelu y se queó pegá en el papel con la manu, sin movelsi. ju'entonci mi padri p'allá y le jarreó una paliza y no la dejó hahta qu' el mi hermaninu se pusu güenu. A esa se le quitorin lah ganah de golvel a la mi casa. Sucesos como estos, sin apenas variaciones destacables, los hemos oído por Aceitunilla, Martilandrán y Aldehuela, y son comunes a la mayor parte de Las Hurdes y Sierra de Gata.

Algunas narraciones o cuentos jocosos indican lo común que debió de ser la creencia en la fascinación brujeril en toda la provincia de Cáceres. Dos ejemplos son ilustrativos, ambos sacados de la recopilación, aún inédita, de relatos extremeños hecha por Juan Paniagua. El primero cuenta la historia de una bruja, algo ciega por cierto, que desempeña su oficio aojando a los niños del pueblo. La madre de un recién nacido, temiendo la maldad hechiceril, saca al pequeño de la cuna y coloca en su lugar un gato negro, único animal contra el que la bruja no puede ejecutar la maléfica acción. La malvada mujer se acerca a la cuna con la intención de fascinar a lo que ella cree un niño, pero en ese instante el gato le salta a la cara y con las garras le vacía las cuencas de los ojos. Privada de la vista, la bruja pierde su condición, convirtiéndose después en una señora modélica. En la otra narración la bruja es engañada con unos ojos de cera colocados en el interior de un cepo gigante. Al ser la noche cerrada, la bruja confunde aquellos ojos con los de un niño de pecho y, al aproximarse a ellos, cae en la trampa. Tocan las campanas y acuden los vecinos del pueblo, quienes reconocen a la bruja y, en castigo a su maldad, la emparedan en la torre de la iglesia.

Las madres cacereñas, sobre todo hasta mediados de siglo, han conocido muchas medidas profilácticas para evitar el aojamiento de sus más tiernos infantes. Destaca, en primer lugar, el alejamiento del niño de los supuestos fascinadores. Sigue luego el conjunto de prescripciones mágico-religiosas. A este punto dedicaremos la atención en las próximas líneas.

Resulta obvio señalar que son numerosos los amuletos que a lo largo y ancho. de la provincia defienden contra el mal de ojo. Generalizado es el uso de esquilitas, cascabeles y sonajas, algunos de plata u oro, que se atan a la muñecas del niño y al lecho, y cuya principal finalidad consiste en alejar todos los males, incluidos los que analizamos. En Madroñera ponen a los pies de la cuna, metidos en un tubo de lata, hojas de ruda y granos de sal. Es la ruda precisamente el remedio que mayor confianza ofrece en Alía. La «Regla de San Benito» metida entre los pliegues de las sábanas fue de uso común en Hervás, Santiago del Campo y Descargamaría. Por la Vera de Plasencia les colocan bajo la almohada una bolsita en cuyo interior se hallan una o dos flores de baleo, una crucecita de madera de moral cortada en el momento de la elevación de la misa del día de la Ascensión, una moneda de dos cuartos y un trozo de los calzones de un hombre llamado Juan. En Oliva de Plasencia y Almaraz remedian la situación poniendo una cabeza de ajo en un lugar visible de la habitación donde duerme el pequeño. En Benquerencia cosen a la sábana superior de la cuna un trozo de cordón umbilical envuelto en una tela roja. No faltan lugares en los que prenden a las ropitas una medalla de San Benito, como ocurre en Alcántara y Brozas, o le sujetan al cuello o a los tobillos una bolsita con lascas del ara de alguna iglesia, como sucediera en Membrío. Las higas antifascinadoras proliferaron en Valencia de Alcántara, Salorino, Eljas, Valverde del Fresno, Cedillo y otros pueblos cercanos a la frontera portuguesa. Los materiales empleados en la fabricación de las higas han sido principalmente el cuero, la plata, el hierro, la madera y el azabache.

No todas las enfermedades infantiles provienen del mal de ojo. Estas tienen sus propios síntomas y son inconfundibles. El niño aojado pierde el apetito, llora sin descanso, se demacra, tirita, sufre ataques epilépticos, se le llena el cuerpo de granos, le salen manchas rojas en la piel...y puede llegar a morir. Médicamente se podría decir que la mayor parte de los síntomas que caracterizan a un niño fascinado son los propios del raquitismo infantil, motivado por la desnutrición y el debilitamiento del organismo.

Al ser el aojamiento una enfermedad cultural, hasta épocas muy recientes los médicos nada tenían que ver en su curación y ni tan siquiera se les consultaba. Modernamente, y sólo cuando los métodos tradicionales fallaron, el galeno comenzó a tenerse en cuenta. En la zona de Valencia de Alcántara (Cedillo, Carbajo, Santiago y Herreruela) aseguran que a la fascinación sólo puede ponerle fin la misma persona que la causó u otra persona provista de idénticos poderes. En Salorino llevaban las ropas sucias del aojado a un curandero o entendido, quien sanaba al pequeño sin necesidad de verlo o de actuar sobre él directamente. Ante las ropas, el curandero vierte en un recipiente de barro un poco de agua, y sobre ella deposita unas gotas de aceite o cera, bendiciendo seguidamente el líquido y musitando una oración ininteligible. En Las Hurdes cocían en un caldero los vestidos del enfermo y rezaban algunas plegarias. En Casar de Palomero y Ahigal se ahumaban con pases sobre el fuego. El propio niño fascinado se sahumaba tres veces seguidas en una hoguera de romero, laurel y plumas de gallo. Así procedían en la Tierra de Granadilla. Amuletos sanadores muy extendidos por la provincia son las higas, ya utilizadas como profilácticos, el espolón de gallo, el colmillo de jabalí, la bula, el rosariu de sesenta bolinah y la almendra o nuez llena de mercurio.

Una bruja nunca cura el mal de ojo causado por ella misma, a no ser que alguien la «obligue», como ya hemos tenido ocasión de ver. No ocurre así con el que produce el maleficio involuntariamente, que suele prestarse gustosamente a reparar el mal. Según los lugares, esta persona actúa de diversas maneras. En Acebo frota las mejillas del pequeño con agua bendita. En Monroy «santigua» al niño con una ramita de hierbabuena mojada también en agua bendita. En gran parte de la provincia el asperje con ese agua se hacía indispensable para sanar a un aojado, habiendo de estar compuesto el hisopo de romero, verbena, hierba doncella, salvia, menta, ruda, valeriana, artemisa y albahaca, atadas todas las plantas a un palo de avellano silvestre, con un hilo fabricado por una doncella. En Cabezuela trazaba, valiéndose de un diente de ajo, una cruz sobre la frente del niño enfermo, otra cruz sobre el pecho, otra en cada una de las plantas de los pies y dos más en los ojos.

Los conjuros son de gran efectividad curanderil y abundan en la región. Sin embargo, su gran poder depende de la utilización por las «especialistas» de turno. En los pueblos cercanos a la provincia de Toledo el paciente ha de soportar tres cruces: en el pecho, en la boca y en el estómago, que la curandera local le traza con el dedo pulgar de la mano derecha untando en el agua de la lámpara del Santísimo. El acto se acompaña de la correspondiente formulilla:

Dos ojos te han hecho mal
y tres te van a sanar,
que son las tres personas
de la Santísima Trinidad.
En el nombre del Padre ( )
y del Hijo ( )
y del Espíritu Santo ( ).
Amén.

Conjuros parecidos al anterior se encuentran en el sur de la provincia. En Las Hurdes la oración, un tanto más complicada, es como sigue:

El maldoju lo jizu cuatru ojuh,
Santa Isabel y su madri taimen.
El que echó maldoju
se lo quitará otra ve.
En el nombre del Padre ( )
y del Hiju ( )
y del Espíritu Santo ( )
Amén.

Por tierras de Las Villuercas la formulilla, especialmente dedicada al niño de pecho enfermo, viene salpicada de cruces sobre la frente. De las variantes recogidas, es ésta la que considero más significativa:

Dos ojos te miraron
y dos ojos te han hecho mal.
Pero otros seis ojos
te van a sanar:
dos ojos de Cristo,
dos de la Virgen
y dos de San Juan.
En el nombre de la Virgen María,
recemos un avemaría.
Por los tres clavos,
por las tres cruces,
por la corona cruel:
muera el mal
y venga el bien.

EL MAL DE LA LUNA

Otro agente perturbador de la salud del niño de pecho es la luna. Sus efectos sobre el pequeño son casi iguales a los derivados del aojamiento. No en vano, desde la más remota antigüedad, la luna ha sido considerada un ser viviente. No hace todavía dos años que un alfarero de Ahigal «instruía» a una nutrida concurrencia, entre la que me encontraba, en su propio taller: ¿Quién ha oyiú la telivisión? Solitu que bobáh...Ultimitu que dicin que la luna eh un ahtru. Con esu moh jan saltáu. ¡Bobah! Esuh ni s'an quipáu, ni s'han vihtu la luna...bien claru ehtá qu' eh una presona, comu cualquiel genti. Bien claru se ve.to cuandu ehtá crecía: loh ojuh, lah naricih, la boca, la barba..., to. Eh una presona..., una presona bahtanti malina y dañina. Tú matah un guarrapu con la luna crecía y dejah al serenu la carni tierna, recién matá, y la luna se la machaca comu cualquiera, se la jinca, la deja maleá. Y si mehmamenti ponih a un muchachinu tiernu, de poquinu tiempu, la luna s' encarga de dejalu maliciaú. Esta creencia, que basa una parte en la «observación directa», fue muy general en la provincia de Cáceres, donde a la luna se le atribuyó sexo femenino y se la emparentó, o se la similó, con la bruja, la noche y las fuerzas maléficas.

Los efectos perniciosos del satélite pueden llegar al niño a través de su madre o directamente. El primero de los casos es posible cuando el pequeño mama de unos «pechuh alunáuh». Ya vimos en otro trabajo cómo las madres y las nodrizas utilizan ciertos objetos y mecanismos profilácticos. En el segundo de los supuestos se tratará de evitar el alunamiento de la indefensa criatura con precauciones «lógicas». Bajo ningún concepto se sacará al niño a la calle tras la puesta del sol. Las noches de luna llena han de cerrarse totalmente las puertas y las ventanas, ya que cualquiera rejendijina sobra pa qu'entri y la coja la luna al niñu. Los pañales nunca se dejarán al sereno, porque el mal podría adherirse a ellos, que lo transmitirían a la criatura posteriormente. Estas medidas precautorias se intensifican cuando se produce un eclipse lunar. En Torrejoncillo afirman que lah nochih c' ay era (eclipse) la luna s' enrabia y jarrea mordihconih pa ondi puedi..., y al niñu que coji pol delantri lo dej' alunáu.

Sin ningún género de dudas los amuletos son lo más eficaz para contrarrestar las influencias maléficas de la luna. Tienen forma de cuarto creciente y su fabricación se hace de los materiales más diversos, desde el papel al metal. Característica de los amuletos lunares infantiles es el haber sido hechos en el Viernes Santo, aunque no faltan pueblos en los que al igual que los maternales se hayan confeccionado el día de la Ascensión. Por lo general se llevan atados al cuello o a la muñeca, y, en menor medida, cosidos a los vestidos y a la ropa de la cuna. Modernamente son muchos los lactantes cacereños que siguen luciendo amuletos lunares como simples adornos y desprovistos del significado que tuvieron hasta hace algunos años.

A mediados de siglo José Ramón y Fernández Oxea escribió un bello trabajo sobre los amuletos lunares cacereños y su utilidad profiláctica en aquellos momentos. El contraste con los tiempos actuales salta a la vista. Con la pérdida de la función es evidente que en 1as últimas décadas son miles los amuletos que han desaparecido. algunos de ellos auténticas joyas de orfebrería. Sin embargo, aún hemos tenido ocasión de admirar y de estudiar muchos amuletos de este tipo en bastantes poblaciones de la geografía cacereña: Nuñomoral, Cabezo, Fragosa, Torrecilla de los Angeles, Casar de Palomero, Guijo de Granadilla, Ahigal, Santibáñez el Bajo, Torre de don Miguel, Villamiel, Guijo de Galisteo, Montehermoso, Zarza la Mayor, Mirabel, Torrejoncillo, Baños de Montemayor. Cabezabellosa, Villar de Plasencia, Coria, Acehúche, Cáceres, Valencia de Alcántara, Membrío, Arroyo de la Luz, Aldea del Cano, Alcuéscar, Almoharín, Logrosán, Aldea de Trujillo, Madroñera, Talayuela, Trujillo, Galisteo, Zarza de Granadilla, Aldeanueva de la Vera y El Piornal.

Todas las madres cacereñas durmieron a sus hijos, meciéndolos en las cunas o al arrullo de los brazos, al ritmo de una canción de inmensa ternura. El estudio de este cancionero llenaría páginas enteras y las características de este trabajo sólo nos obliga a citar algunas de las cancioncillas más populares: Al ten ten; Duerme, mi niño; Nanita nana; Ea, la nana; Arrorró, mi niño; Mi niñito duerme; El piojo y la pulga; Ea, mi niñito; Corazón mío...Un análisis a fondo de gran parte de estas manifestaciones literarias que son los cantos de cuna nos descubriría la utilidad preservativa que antaño tuvieron, por cuanto que no se nos escapa su empleo como formulillas y conjuros para ahuyentar las fuerzas maléficas del entorno del rorró.