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LA PINOCHADA EN LAS FIESTAS DE VINUESA

MARTINEZ LASECA, José María

Publicado en el año 1989 en la Revista de Folklore número 98.

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A María Dolores Pacheco Peirotén, alcaldesa.

"Los folkloristas todavía no se han dado cuenta de que el dato folklórico desgajado del contexto sociocultural es como una rosa marchita ".

C. LISON TOLOSANA


MARCO HISTORICO-GEOGRAFICO

En la cuenca del «Duero niño», a veinticinco kilómetros de su nacimiento en las cumbres de Urbión, bañada por el Revinuesa, su primer afluente digno de nombre; levantada sobre la loma de un anchuroso valle. reflejando su cara en las aguas del pantano de «La Cuerda del Pozo», con sus tejados rojos y su iglesia negruzca, queda Vinuesa.

Su origen, según Nicolás Rabal, nos es bien conocido. Aquí tuvo su asiento la Visontium habitada por los pelendones y que, según refiere Ptolomeo, era ciudad contemporánea de Numancia, cobrando mayor apogeo durante la época imperial, a juzgar por los restos que aún subsisten de la calzada romana y que conducen a Uxama.

Tras esta noticia primera se torna subterránea su trayectoria histórica, para emerger de nuevo bajo el reinado de Juan I, en cuya crónica se cuenta que este rey, por lo ameno del lugar, pasaba muchos días cazando en sus espesos bosques venados, osos y puercos, allá cuando por todo un año fijó su residencia en nuestra capital. Siendo aún aldea de la Ciudad y Tierra de Soria resultó favorecida por Juan II con la donación del pinar de Vallelengua. Vinuesa se vería enriquecida por la abundancia de sus pastos, con el fomento de la ganadería trashumante y el negocio de las carreterías. Como consecuencia directa de esta progresión en su importancia conseguiría eximirse de su jurisdicción al levantar en medio de una de sus plazas «la picota», símbolo de su completa independencia en el ejercicio de la justicia referente a lo civil y a lo criminal. El propio Carlos III le confirmó en 1774 el título de Villa y el derecho a tener su propio Consejo presidido por el alcalde.

A pesar de que cuando la guerra de la Independencia sufrió el acoso pirómano de la francesada, Vinuesa guarda en su casco urbano recuerdos y vestigios de su pasada grandeza, además de en su iglesia parroquial de tres naves con gruesas columnas y arcos apuntados o en los palacios supervivientes de don Pedro de Neyla y el de los Marqueses de la Vilueña, en las viviendas señoriales del dieciocho entre las que destaca la «Casa de los Ramos» con un bellisimo balconaje de madera y otras casas nobiliarias de sólida piedra de sillería que muestran sus fachadas bordadas con escudos.

De Vinuesa se ha escrito que es una villa superpuesta, mitad siglo XVIII y mitad siglo XX, urbanizada como una pequeña ciudad, donde también se deja notar la influencia del mecenazgo de los «indianos» que marcharon a hacer las américas a principios de siglo.

Intencionadamente hemos querido posponer el hecho, de todos conocido por otra parte, de ubicar a Vinuesa en el corazón de la soriana «tierra de pinares» que se extiende por el noroeste de nuestra provincia. Esto ha venido determinando que el modo de vida tradicional de sus pobladores se organizara fundamentalmente en torno al pino, suponiendo la explotación maderera de sus montes una importante fuente de ingresos.

Así, Vinuesa, en la garganta de Santa Inés, aupada entre Molinos y Salduero es, sin género de duda. uno de los pueblos más bellos de España. Que si no le bastara por sí sola, cobija en su circunscripción la incomparable «Laguna Negra», paraje natural donde los haya, mezclando el gris de los peñascales con las tonalidades verdosas de hayas y pinos y el oscuro profundo de sus aguas, por lo que parece ese «locus amenus» donde encuentran escenario apropiado las leyendas.

Mas, si dudáis lo más mínimo de cuanto digo, acudid a comprobarlo cualquier día por vuestros propios ojos recorriendo la villa. Yo os recomendaría que lo hicierais en tiempo tan señalado como las fechas que van del 14 al 18 de agosto. cuando Vinuesa celebra sus fiestas patronales en honor de la Virgen del Pino y San Roque. De ello vamos a hablar acto seguido.

LA PINGADA DE LOS MAYOS

Todo principia la mañana del día 14 con un estruendoso repique de campanas, como pretendiendo trazar la divisoria con el tiempo profano, procediendo a la instauración de un periodo religioso. Idéntica función cumple la diana o ronda tempranera por las calles de los músicos, trasladando al vecindario el contraste que ha de marcarse entre el tiempo laboral y el tiempo de jubileo u ocio.

Y no sólo cabe observar esa ruptura mencionada del tiempo ordinario, ya que asimismo se da una ruptura del espacio habitual palpable en la presencia de personas alejadas del escenario cotidiano. El reencuentro con los hijos, los estudiantes, los emigrados, etc., transfigura la normalidad y supone un elemento modificador de las relaciones interpersonales. También los veraneantes, autoridades y gentes de otros pueblos más o menos próximos, ya que en la actualidad el problema de la movilidad no es el de antes, irrumpen en el marco de la fiesta. La población se triplica en estos días.

Por todo eso la animación y el bullicio se sienten el 14, día primero, con la llegada del mediodía en la Plaza Mayor, cuando los mozos y cofrades, con el director de la «pingada», Antonio García Abad, al frente, trajinan con maromas y horquillas en su afán por darle verticalidad al «mayo»: largo y desnudo esqueleto de un pino, únicamente verdecido en la copa, donde se ha atado una pequeña bandera, siendo cometido del llamado Mayordomo de Propios, que es un cargo del Ayuntamiento de la villa, su corta y posterior traslado hasta aquí.

Una vez pingado éste, toca su turno al otro «mayo», próximo a la ermita de la soledad, cuya selección, al par que la disponibilidad de los «pinochos» o ramas de pinos, es competencia del capitán de la Cofradía de Nuestra Señora.

OFRENDA DE LA VELA

Habrá que esperar al anochecer, entretenidos con otra suerte de actos profanos, como los tan celebrados por estos contornos partidos de pelota a mano, para que nuevamente un volteo de campanas anuncie la función llamada de ofrenda de «La Vela».

El acompañamiento y la música de la Cofradía de Nuestra Señora se reúne en casa del Mayordomo de Propios, y a la señal de las campanadas, marchan hacia la iglesia parroquial en este orden: precede la música, siguen dos hombres con velones de aceite encendidos y, en medio de ellos, la Mayordoma con una vela encendida, Ayuntamiento y acompañantes. Entran en el templo al son de la música, llegan hasta las gradas del presbiterio y allí la Mayordoma, en nombre del pueblo, ofrece a su excelsa patrona la Santísima Virgen del Pino «La Vela» y una cantidad en metálico, que recibe el sacerdote, bendiciendo en la mujer arrodillada a todos los presentes.

Prorrumpe entonces de los caños del órgano, del ímpetu contenido del coro, el revuelo armonioso de la Salve de Hilarión Eslava, con la que culmina la función de «La Vela», que se ha visto custodiada en la entrada de la iglesia por dos «moros» con teas encendidas. Luego sale la gente, atropellándose, al frescor de la noche. Con las autoridades eclesiásticas y civiles, las cofradías y la muchedumbre se organiza la comitiva tras las luminarias para ir al lugar donde se servirá el refresco de limonada y bizcochos ofertado por la Mayordomía de Propios y que se dará por concluido cuando la Mayordoma, alzando en su mano un vaso de agua y puesta en pie, exclame las palabras rituales: «Brindo, señores, por el favor que he recibido de ustedes.»

Después de cenar, el personal se agolpará en la Plaza Mayor, y el mocerío bailará al son de la banda de música hasta la madrugada.

VUELTA, PROCESION y MISA

El día 15, al toque de misa mayor, dan vuelta por el pueblo los sargentos de ambas cofradías con sus «bengalas» y músicas, y hecha la señal de entrada, van desde la casa de sus respectivos capitanes a la iglesia todos los hermanos con sus insignias, banderas y estandartes; se colocan en el templo en sillas puestas junto a los bancos del Ayuntamiento: los cofrades de Nuestra Señora al lado del Evangelio, y los de San Roque, al de la Epístola.

Al salir de la procesión, los respectivos capitanes revolotean sus banderas en la plaza; para ello el actor se coloca frente a las autoridades, las saluda, así como al público asistente, con un sombrero o gorra; vuelve a saludar y se retira a su puesto con la bandera al hombro. La misma escena se repetirá al regreso de la procesión. que se organiza de la siguiente manera: banderas de San Roque y de la Santísima Virgen, Cruz parroquial, estandarte de Nuestra Señora con hachas, imagen de San Roque también con hachas, imagen de Nuestra Señora, clero, autoridades y pueblo. Las imágenes, banderas. estandartes, cruz y hachas son llevadas por los cofrades, yendo los demás formados en filas y en sus puestos. conforme a lo establecido en las Ordenanzas.

Acto seguido se celebra la Santa Misa en honor de los Patronos de la Villa. Aquí podemos observar cómo la devoción popular sigue conservando el rasgo tradicional de la fe local. Las personas mayores, sobre todo, tienen mayor devoción a los santos y a las vírgenes locales que al Cristo o a Dios. La misa del día de fiesta mantiene el carácter de una visita de cortesía para con su virgen o santo. Otrora resultaba particularmente importante, por no decir inexcusable, la asistencia masiva de los lugareños a la misa. Y es que, así como misa y baile son dos elementos básicos en la estructura de la fiesta, iglesia y Plaza Mayor (o. en su defecto, salón de baile) son los lugares de reunión de la comunidad.

Continuando el relato de los acontecimientos. diremos cómo durante el ofertorio de la misa, y tras de haberlo efectuado el Ayuntamiento, ofrecen los hermanos que llevan insignias, a saber: Capitán, Alférez y Sargento. A la salida de misa, una vez más, los capitanes revolotean sus banderas para después encaminarse la gente a tomar un refresco en casa de los mismos.

BAILES TRADICIONALES DE COFRADIAS

Sobre las seis de la tarde se celebra la función de «Campo Verde». Los sargentos dan una vuelta con sus «bengalas» y músicas, entre tanto en casa del Mayordomo se reúnen los cofrades y autoridades; después, los sargentos, con el acompañamiento mencionado, van en busca del señor cura párroco. Luego, marchan todos juntos al campo de San Antón, donde se suceden una serie de actos. En primer lugar, los capitanes revolotean sus banderas, suena la música y comienzan a bailar el Mayordomo y la Mayordoma de Propios. Sin que éstos cesen, salen a acompañarles bailando el Capitán y la Capitana de la Cofradía de Nuestra Señora, siguen después los de la de San Roque, alféreces de una y otra con sus respectivas esposas, hijas o hermanas y, por último, primeros y segundos sargentos con sus respectivas sargentas.

Tras este primer baile, comienza otro con el siguiente orden: el Mayordomo de Propios baila con la Capitana de la Cofradía de Nuestra Señora; el Capitán de ésta, con la Capitana de la de San Roque; el Capitán de la de San Roque, con la Alférez de la de la Virgen; el Alférez de la Virgen, con la Alférez de San Roque; el primer Sargento de la Virgen, con la primera Sargenta de San Roque; el primer Sargento de San Roque, con la segunda Sargenta de la Virgen; el segundo Sargento de la Virgen, con la segunda Sargenta de San Roque, y el segundo Sargento de San Roque, con la Mayordoma de Propios.

Finalizado tan original baile, se realiza uno general para el público asistente, que culmina con la popular jota. Revolotean sus banderas los capitanes y regresan todos al pueblo, donde se toma otro refresco.

Por la noche tiene lugar un solemne Rosario, cantando el cuarto y quinto misterios por las calles al son de las dulzainas. Asisten las Cofradías sin «bengalas», pero con el estandarte e imágenes. Terminado el Rosario en él templo, se repite la emotiva entrega de la Vela. Ahora ofrecen su vela los Capitanes de las Cofradías (en la forma que lo hizo la noche anterior la Mayordoma de Propios), entrando primeramente la de Nuestra Señora, aguardando la otra en el pórtico, para entrar inmediatamente después que ha cumplimentado la primera. (Se trata de unas velas confeccionadas exclusivamente para la ocasión y que van ornamentadas con cintas de papel de diferentes colores. Así, las ofrecidas a la Virgen del Pino por las mujeres casadas son de color amarillo, mientras que las ofrendadas por las solteras son de tonalidad azul.)

Se canta una Salve y se celebra un nuevo refresco. Durante todos estos días el baile público, amenizado por buenas orquestas, concentrará al arrullo de la música todo el jolgorio en la Plaza Mayor.

LA FIESTA GRANDE

Por la mañana, muy temprano, dan «la vuelta» los Sargentos con las «bengalas» y música, y una vez reunidas las Cofradías con las autoridades, van los Sargentos y música de la de Nuestra Señora en busca del Sacerdote que ha de celebrar la misa rezada, para marchar todos a la ermita de la Soledad (antes se iba a la de San Antonio Abad, como prescriben las constituciones y ordenanzas de la Cofradía de Nuestra Señora del Pino de la Villa de Vinuesa, que datan de 1695). Ofrecen en ella las autoridades, Capitán, Alférez y Sargentos de la Cofradía de la Santísima Virgen.

Mientras desayuna el sacerdote, junto al «mayo» de la ermita, se organiza la marcha con dirección al centro de la Villa. Un cofrade de la del Pino, con espadín, se esfuerza por ordenar un tanto las filas. Las músicas al frente, siguen los llamativos estandartes de ambas cofradías (ajedrezado el de la de San Roque y con una especie de signo solar el de la de la Virgen), precediendo a los cofrades armados y con sus rodelas, tras los que van las autoridades. Cierra el desfile el tropel numeroso, multicolor y sin igual de las «piñorras», portando, erguidas entre sus manos, con gesto ceremonioso, ramas de pino para honra y gloria de Nuestra Señora.

El traje de piñorra, con ligeras variantes, se compone de falda encarnada (antes, de merino) con tres listas de terciopelo; jubón o corpiño, enaguas blancas, mantón con un ramo bordado en una esquina, toca o pieza de seda con terciopelo, a modo de velo, con la que se acude a misa, pendientes largos, sígueme pollo o gargantilla de terciopelo con un colgante, medias blancas de hilo y botines negros.

A los acordes de la música, la comitiva asciende por la Soledad y la plazuela hasta la pendiente de la Plaza Mayor. En la esquina, tras los balcones engalanados sobre la altura de la calle Larga, la muchedumbre asiste a tan delicioso y emocionante despliegue que parece surgir de una estampa del medievo. No tardarán en alcanzar la Plaza Mayor, Este será el ámbito de cuanto va a ocurrir a lo largo del ritual: un rectángulo perfecto, que se diseñará por los intervinientes en una geometría colorista, coronada con aromas de resina y reforzando los laterales de la plaza, en el centro de la cual se yergue el «mayo», Al llegar junto a él, los dos bandos contendientes se adentrarán por riguroso turno, bien dirigidos por Raimundo Rejas, en la iglesia por su puerta principal, para pedir a la Virgen Patrona, con gran compromiso para ésta, un triunfo que de antemano saben cómo se reparte año tras año.

REPRESENTACION DE LA PINOCHADA

Primero, con bandera y música, se adentran los Cofrades de la Virgen a los efectos de prepararse para la batalla. Hacen breve oración y tornan a salir por donde entraron, realizando inmediatamente lo mismo los de San Roque, que izan sus respectivos estandartes en la balconada de la Casa Consistorial: el de la Virgen a la derecha y el de San Roque a la izquierda.

Irrumpen las músicas con una marcha de ataque y comienza el simulacro de pelea con el primero de sus actos que hemos dado en denominar como danza de las Rodelas, y que se ejecuta de la manera que sigue. En cada bando un cofrade lleva una vistosa rodela (que semeja bronce y cuero) a modo de elemento coreográfico. Los demás combatientes van agarrados; los dos primeros, a él, y el resto, uno a otro formando ala y con el sable desenvainado. Durante el desarrollo del mismo no parece darse una táctica a seguir. Dan varias vueltas alrededor de la plaza en direcciones opuestas y llegan a encontrarse por tres veces; juntan entonces las rodelas, las levantan sobre la cabeza y cada cual descarga sablazos a granel sobre su adversario, defendido por la rodela. Salidos del encuentro, gritan de júbilo los casados o cofrades de Nuestra Señora, que lanzan sus gorras al alto en señal de victoria.

Cerrado el primero, principia el segundo de los actos, al que nombramos la batalla de las mujeres. El interés ha mudado ahora de partido, pasando de los exhaustos luchadores a la galanura de las «piñorras». Es como si los hombres hubieran buscado refuerzo entre las mujeres, las que también penetran en el templo para implorar a la Virgen visontina, llevando con ello a la cabeza a los varones portadores de las rodelas y teniendo en este caso la primacía las casadas, a las que siguen las solteras, mojando todas ellas sus pinochos en el agua bendita. Al salir en correcto orden de combate, las capitanas, que son las esposas o las representantes de los primeros mayordomos, tremolan sus banderas sujetas a un pinocho sobre un sombrero puesto en tierra, con el que saludan después. Vuelven las gaitas y la caja a tocar un paso de ataque, y tras describir algunos círculos alrededor de la plaza, encuéntranse por tres veces consecutivas ambas formaciones entrechocando sus pinochos hasta que, finalmente, rompen en algarabía las casadas, simbolizando el triunfo sobre las solteras.

Se produce una tregua en la contienda. Silenciada la música, los ejecutantes del ceremonial reorganizan sus posiciones. Tras ello da en comenzar el tercero de los actos: la humillación de los capitanes. Así, los jefes de ambas cofradías, casados y solteros, contactan sus rodelas y con una de sus rodillas postrada en tierra permitirán que las féminas, dispuestas en dos filas interminables, golpeen los escudos con las ramas de pino. El ritmo de su ejecución suave en el inicio, luego se intensifica y acelera, marcando el desenlace de este tercer episodio, que dará paso a la Pinochada propiamente dicha.

La perfecta geometría rectangular, hasta entonces respetada, se dinamita ahora en multitud de unidades. Deshechos los ejércitos, las numerosas mujeres que los integraban no tienen otra bandería que la del sexo y comienzan a repartir pinochazos a diestra y siniestra a cuantos varones encuentran a su paso. Tratan de huir los hombres en cualquier dirección para zafarse de los golpes, pero, finalmente, claudican de su fuga y se rinden al inevitable pinochazo que acompañan las piñorras con el dicho «de hoy en un año», al que deberán contestar los agredidos dando las gracias.

Tal vez aún mocitas y mozalbetes prosigan sus escaramuzas en la plaza, cuando las Cofradías (retiradas del balcón del Ayuntamiento sus banderas, lugar de respeto donde, sin embargo, también ha ascendido el furor de las piñorras) entran en la iglesia en acción de gracias y salen por la puerta del antiguo cementerio para marchar a las casas de los respectivos capitanes, donde efectuarán los nombramientos de cargos para el año siguiente. Se nombra capitán y alférez a los dos Hermanos más antiguos de las Cofradías que no lo hubieran sido, quedando éstos obligados a cuidar de las insignias, banderas y demás cosas de las Hermandades.

A la hora oportuna, traspasada la raya del mediodía, como prolegómeno a la misa solemne, se procede a repetir la tradicional procesión por las calles de la Villa. La importancia de estas procesiones, que rememoran rituales añejos, estriba en que las mismas comportan una actitud de sus pobladores frente al exterior, señalando cuáles son los limites de su demarcación, como guardando la armonía convivencial de los posibles intrusos.

Devueltos a la Plaza Mayor, se adentran en la iglesia para la celebración de la misa, en la misma forma que se hiciera el día anterior, con la única diferencia de que al revolotear las banderas y en el momento del ofertorio, se da la preferencia a los cofrades de San Roque, ya que es el día de su onomástica, por lo que participan todos ellos en la ofrenda, aun los que no tienen insignias.

EL BAILE DE RESPETO

Acabada la misa, se traslada nuevamente la acción a la Plaza Mayor. Bajo la balconada del Ayuntamiento se precipita, alborotado, el gentío, apretujándose en derredor de cuatro bancos de iglesia, donde se sientan los cofrades, el cura y el alcalde, y que compone en su interior un cuadrado. Comienzan las gaitas y tamboriles con la señal del baile, y uno por uno, después del saludo al sacerdote y autoridades; por su orden, capitanes, alféreces y oficiales de las Cofradías de la Virgen y del Santo trazan algunos pasos de danza, ágiles o desmañados, con garbo o embarazosa timidez a los sones de la jota, depositando la boina previamente en el suelo, para acabar besando la diestra al oficiante de la misa, entregando a su vez la boina a quien deba seguirle en la danza. Lo hacen primeramente aquellos que ostentan los cargos actuales; luego, quienes los desempeñarán en el año venidero: el público circundante corea la gracia o la torpeza de los bailarines.

Es privilegio del último de los danzantes hacer que salga a bailar uno cualquiera de los espectadores, lo que en los más de los casos da en recaer en algún «indiano» que ha retornado al lugar por estos días, el cual salta al centro del cuadrado para marcar los pasos de baile entre emocionado y agradecido. Uno de los últimos años en que nosotros asistimos a la fiesta le cupo tal honor de cerrar el ritual de la danza a Michael Kenny, acaso como demostración de agradecimiento del vecindario por su interesantísimo estudio de Vinuesa publicado en los años sesenta. Precisamente Kenny había sugerido que este singular baile, considerado «de respeto» y conocido como «de un hombre solo», pudiera proceder de algún rito funerario y por ello se ejecuta al arrimo de la iglesia.

Acto seguido a la conclusión de este capítulo se retiran las Cofradías con el fin de celebrar sus refrescos. Además, en la Cofradía de Nuestra Señora se realiza el llamado «cabildo de paga», durante el cual cada cofrade hace efectivo el pago de su cuota. Sin embargo, la Cofradía de San Roque tendrá que esperar para efectuarlo al día de San Bartolomé (25 de agosto) a las dos de la tarde, siendo en este mismo día cuando se cortan los «mayos».

ENTREGA DE BENGALAS

La especial y sabrosa comida traza una divisoria en la jornada festiva y recoge a los vecinos en sus casas. Hecha la digestión, las gentes se desperezan y vuelven a reencontrarse en los lugares públicos donde se han programado los diferentes actos. Uno de ellos, tradicional, es «la entrega de bengalas». Este vocablo. «bengala», designa en el léxico visontino las insignias y alabardas de los mayordomos y oficiales de las Cofradías.

Esta breve y sencilla ceremonia se inicia sobre las seis, cuando el sol apenas si ya declina en la dorada tarde de agosto y del juego de pelota, a espaldas del Ayuntamiento, llega el rumor de un público que presencia los últimos partidos entre aficionados de la comarca. Las gaitas y tamboriles se aproximan por la calle de la Soledad convocando a algunos curiosos. También aparecen las banderas. pero se constata una ruptura en la costumbre porque antes, cuando se celebraban las corridas de pollos en las frondosidades de El Regajo, los Mayordomos las «revolotearon» en la entrada del pueblo y ahora lo hacen en la Plaza Mayor.

Los Capitanes de la Virgen y del Santo, los de este año y los del venidero, por riguroso turno, rinden homenaje a las autoridades y, situándose frente a ellas, extienden por tres veces a uno y otro lado toda la bandera; arróllanla con otras tantas vueltas, tornan a desenrrollarla y la extienden de nuevo. recogiendo entonces la gorra sobre la cual ha tenido lugar el «revoloteo», y tras un postrer saludo. se retiran con el pendón al hombro. Entrase después en el templo, sube al altar y el sacerdote, revestido de capa pluvial a la entrada del presbiterio, va recibiendo de los capitanes, alféreces y oficiales las insignias de sus cargos, besando éstos la insignia y la mano del sacerdote. Van acercándose los capitanes, alféreces y oficiales nuevamente nombrados y recibe cada cual su insignia, besando primero la mano del sacerdote, y después, la insignia. El cura bendice en el último arrodillado al resto de los fieles, mientras del coro brota la magnificencia de la salve. «Revoloteadas» también a la salida las banderas, termina la ceremonia.

Ya tienen ambas Hermandades jefes de renovado entusiasmo que portarán con orgullo sus distintivos al inmediato refresco y mañana los de la Santa Señora al madrugador sufragio por los cofrades muertos, en el ritual encaminado a fortalecer la propia casta lo mismo que se pretende reforzar la unidad de la comunidad en la misa de difuntos, incorporando la necesaria presencia de los antepasados a la fiesta. (En idéntico sentido en las fiestas de San Juan, de Soria, las Cuadrillas celebraban sus juntas en los atrios de las iglesias de sus respectivas parroquias.)

OTRAS CONSIDERACIONES

No termina todo aquí. En las fiestas patronales de Vinuesa, al igual que en las de otros tantos lugares, se observa cómo de tradición se reitera una simetría estructural basada en dos polos que, para entendernos, podemos denominar como de actos religiosos (procesión, misa de difuntos, rosario, misa...) y de actos profanos (ritos, bailes, cucañas, comidas comunales...). Es preciso, por ello, ubicar la ceremonia de la Pinochada en el marco general de estas fiestas, amalgamadoras, como hemos podido comprobar, de múltiples elementos.

Bien es cierto que la observación de los programas festivos impresos desde hace unos años a esta parte demuestra que apenas se alteró su contenido, incorporándose tan sólo. por acomodo de los tiempos o contagios foráneos, partidos de fútbol, concursos de cuadrillas..., o la supresión de la banda del pueblo por orquestas contratadas.

Asimismo nos llama poderosamente la atención constatar dentro de los últimos días de estas fiestas la realización de un ritual en torno al toro (jugando con él en la becerrada, sacrificándolo cual dios, subastando públicamente sus despojos y comulgando ceremonialmente en su cuerpo y sangre en la popular caldereta) con una similitud clara al desarrollado en las fiestas de San Juan de la capital soriana. Esto supone, en definitiva, la convivencia de la economía forestal con una economía ganadera basada en el aprovechamiento de los pastizales que ofrece el medio por los rebaños de ganado; en este caso, vacuno.

EXPLICACIONES TRADICIONALES

Hecha la descripción detallada de las secuencias componenciales de la fiesta, pasamos sin más demora a formular una hipótesis interpretativa incorporando diferentes perspectivas, las que si bien puede ser que no consigan despejar la incógnita del posible origen de un ritual tan ancestral como comporta la Pinochada, a lo menos si consigan verter algo de luz sobre el mismo, haciéndonos lo más próximo y por ello más querido.

Al decir de unos, la fiesta y las cofradías fueron fundadas por los visontinos que habían participado en las guerras de Flandes. Para ello, acaso se basen en el hecho de que de siempre se había estilado hacer una «soldadesca» observándose la consiguiente militarización en los nombramientos que efectúan las Cofradías de Capitán (Mayordomo), Alférez (cuya misión es la de voltear banderas) y dos Sargentos (alguaciles) y en la exhibición de sendas banderas al igual que en la utilización de sables en el simulacro de batalla.

Corre también la leyenda de que allá por los tiempos remotos apareció la imagen de la Virgen en la copa de un pino que crecía en el mismo limite entre Vinuesa y Covaleda. El tronco del pino pertenecía a Vinuesa, y las ramas caían en la demarcación de Covaleda, por lo que surgió el pleito. Tanto los de Vinuesa como Covaleda pretendían acaparar para sí la gloria de la aparición de la Virgen. Al no llegar a un acuerdo después de muchas discusiones y razonamientos, llegaron a las manos ambos bandos.

Los de Covaleda eran, según parece, más numerosos que los de Vinuesa, por lo que éstos llevaban las de perder. No obstante, la valiente reacción de sus esposas incorporándose a la lucha tomando por armas múltiples ramas de pinos, posibilitó la derrota de los de Covaleda, apropiándose los visontinos de la disputada imagen de la Virgen aparecida. Ello parece justificar la gran devoción de sus gentes hacia la Virgen del Pino, así como el origen de la Pinochada, que parece rememorar la batalla de forma simulada.

En cualquier caso, este relato no supone un hecho aislado. Es bien sabido el respeto que nuestros antepasados experimentaron hacia las selvas, que estimaban como templos, considerando ciertos árboles como sagrados. y como reflejo de la supervivencia de esta idea a través del cristianismo, son numerosas las imágenes que la tradición nos cuenta fueron halladas entre el ramaje de un árbol. Y es curioso observar, como señalara el antropólogo catalán Juan Amades, que casi todas las imágenes relacionadas por la tradición con vegetales, se refieren a especies silvestres, y que es raro hallarlas cobijadas en árboles y otros vegetales cultivados por el hombre. Este detalle pudiera contener la referencia a un culto animista a los árboles, anterior a la época del cultivo de plantas, cuando el hombre se alimentaba de la carne de sus rebaños y de los frutos silvestres que la Naturaleza le prodigaba, cuando aún no se daba cuenta de que podía provocar su reproducción y desarrollo de acuerdo con sus necesidades.

Nicolás Rabal, en su «Historia de Soria», no cita la aparición de la imagen de la Virgen, atribuyendo el origen de la Pinochada al derecho de los de Vinuesa al monte pinar colindante con Covaleda. Tal nos lo cuenta: «La Villa de Vinuesa tiene un monte pinar que adquirió por donación del Rey Don Juan II, pero además posee otro pinar colindante con el de Covaleda. Pretendiendo los de este vecino pueblo tener a él más derecho se lo disputaron con las armas en la mano, originándose con este motivo una refriega sangrienta. Ya estaban a punto de vencer y arrollar los hombres de Covaleda a los de Vinuesa, cuando las mujeres de éstos, entrando de repente en su ayuda, rechazaron a sus contrarios y obtuvieron la victoria. Desde entonces el pinar quedó por los vecinos de Vinuesa y en memoria de esta acción heroica de las mujeres, en la fiesta anual de San Roque, se repite, entre otros festejos, el simulacro de la Pinochada.»

Esta apócrifa historia abunda igualmente en la rivalidad existente entre los vecinos pobladores de Vinuesa y Covaleda, reflejando, sin duda, la defensa de una comunidad, en aras de su supervivencia, de sus limites jurisdiccionales; sin embargo, al igual que las anteriores teorías expuestas, no parece explicar de un modo satisfactorio el sentido del ritual en la fiesta.

LA IMPORTANCIA DE LAS MUJERES

De otra parte, hemos podido observar la relevancia que, frente a los hombres, cobran las mujeres en este ceremonial, por lo que algunos estudiosos no han dudado en apreciar reminiscencias del matriarcado ubicando la Pinochada en relación con una tradición de ginecocracia perpetuada por el mando temporal de las mujeres En distintas localidades españolas existen fiestas de este tipo, destacando especialmente las celebradas en Castilla y conocidas bajo la denominación de «Aguedas». Esta festividad es una de las pocas que quedan de las antiguas fiestas de mujeres acometidas el día de Santa Agueda (5 de febrero), considerada patrona de las mujeres casadas. Las féminas tomaban el puesto de los varones y mandaban y ordenaban organizando todas las actividades.

Entre las más nombradas se cuentan las calcaldesas» de Zamarramala, en la provincia de Segovia, de las que la tradición señala que fue un hecho de armas el que motivó que las mujeres tuvieran su mandato como alcalde. Se dice que en una batalla, o quizá sólo trifulca, con un lugar vecino, los hombres llevaban las de perder; entonces, las mujeres salieron en ayuda de ellos poniendo en fuga al contrincante. Tal denominador común con la Pinochada nos trasladaría, según otros, a la época romana. Había entonces unos días que las mujeres consideraban como suyos en que se lamentaban del rapto de Proserpina por Plutón y celebraban fiestas en las cuales se incluían bailes y procesiones con velas encendidas, que luego la iglesia hizo suyas en las fiestas de la Virgen de la Candelaria. Santa Agueda y la Candelaria serían de este modo la versión cristiana de las diosas paganas.

Desde esta óptica cabe señalar cómo estas fiestas responderían a rituales denominados de rebelión o subversión del orden social establecido, muy propios del tiempo de carnaval.

EL POSIBLE SENTIDO DEL RITO

No obstante lo dicho, debemos proseguir nuestro camino a la búsqueda de una teoría capaz de interpretar más satisfactoriamente el ritual de la Pinochada observado en el marco de estas fiestas bastante complejas. Obvio parece indicar que se hace preciso tener presente que los ritos son a menudo una especie de historia o de representación escenificada que los pueblos cuentan sobre ellos mismos.

Debemos, pues, por tal dirección profundizar en el conocimiento del lugar. Entre el noroeste de la provincia de Soria y el sureste de la colindante provincia de Burgos se extiende una superficie de casi mil kilómetros cuadrados de pinos llamada «Comarca de pinares», donde, al decir de Lisón Tolosana, se puede rastrear un subárea cultural: la del pino. Según los estudios de José Luis Calvo Palacios, la zona pina riega del extremo noroeste de Soria seria una de las pocas en las que el «pinus sylvestris», albar o piñonero fuera la especie arbórea originaria, debido a su altitud y condiciones climatológicas, en contraposición con la vecina Zona de CameroS, donde los bosques de hayas y robles autóctonos se vieron sustituidos por los de pinos. Podemos resaltar, pues, cómo la explotación de estos bosques ha constituido tradicionalmente el principal recurso económico de los municipios integrantes, entre los que se encuentra Vinuesa. Su modo de vida se organiza por ello en torno al pino y disfruta de la renta de la madera.

Asimismo, la generalidad de estos montes es de aprovechamiento común, es decir, los beneficios, directa o indirectamente, pasan en exclusiva a los vecinos que tienen derecho a ellos en el conocido sorteo anual de lotes de pinos. Por ello, las condiciones de vecindad con derecho a suerte se ven celosamente guardadas por normas de ordenanzas y estatutos en contra de los extraños que pretenden beneficiarse de los derechos tangibles que concede la vecindad.

A diferencia de lo que se observa en Covaleda u otros pueblos pinariegos, en Vinuesa las mujeres tienen derecho a acceder a su lote de pinos en el sorteo. Tres eran los requisitos exigidos para entrar en él: 1º., tener 25 años; 2º., estar casado, y 3º., haber nacido en Vinuesa y ser «vecino» del pueblo. Esta última condición exigía que el aspirante a la «suerte» residiera un mínimo de seis meses en la villa. Tal orden de cosas hacia de las visontinas un buen «partido», considerándose Como «feo» el casamientO de alguna de éstas con los del pueblo rival u otros forasteros, lo que propiciaba la realización de bodas locales, en las que los matrimonios entre primos-hermanos también han venido siendo frecuentes.

Contrastando estos planteamientos socioeconómicos Con los diferentes actos observables en la descripción del ritual de la Pinochada, abrimos, siguiendo a Luis Díaz Viana, una serie de interrogantes, que damos en despejar de inmediato.

Así, en la danza de las rodelas constatamos un encuentro entre casados y solteros, preguntándonos: ¿quién va a ganar? o dicho de otra manera: ¿Quién debe ganar entre casados y solteros? Ganan los casados.

En el segundo encuentro contemplábamos la escenificación de una batalla entre las mujeres casadas y las solteras: ¿Quiénes deben ganar? Interrogación que va implícita a lo que allí se está desarrollando. Ganan las casadas.

La tercera fase es ya una especie de síntesis de las dos batallas anteriores en la que participan hombres y en la que participan mujeres. El resultado es la consiguiente victoria del bando de las mujeres.

Todo esto, en cierto modo, se podría enlazar con el talante que tiene la Virgen del Pino como Patrona y figura muy por encima respecto a San Roque, que es el Patrono de los solteros. Queda manifiesta, por tanto, una desproporción desfavorable para los solteros, que parece condiciona cuanto va a pasar, lo que luego resulta de estos enfrentamientos, y reparamos asimismo en esa relación de la Virgen del Pino como Patrona de casados, como mujer, como protectora aquí muy especial de las mujeres, determinando ese triunfo final de las mismas en lo que hemos dado en nombrar la humillación de los capitanes.

De otro lado, cabe fijar la atención en las armas utilizadas durante la fiesta: los sables finos que llevan los cofrades y los pinochos que portan las mujeres. ¿Qué armamento sale vencedor finalmente? Los pinochos, es decir, los retoños de pino y con ello el pino mismo, que es quien está presidiendo todo el ceremonial erguido en el centro de la plaza, por lo que no es nada extraño entrever un culto al pino como árbol sagrado.

De manera que la Pinochada revela los principios de funcionamiento de la comunidad que la representa, la importancia de los pinares de los cuales ha venido dependiendo principalmente la prosperidad del pueblo, y que encuentra otra plasmación en la fiesta en los emocionantes concursos de cortes de troncos, así como el significativo papel de la mujer. En tal sentido, quizás más que hablar de reminiscencias de matriarcado, habría que decir presencia todavía latente del matriarcado. Y me explico. Es cierto que, por una parte, está la aparente mayor libertad del hombre hacia fuera, pero no lo es menos, por otra parte, la importancia fundamental de la mujer hacia adentro en el propio crecimiento del pueblo. Porque en la Pinochada encontramos también representada la necesidad del matrimonio garantizando el equilibrio del sistema. Ya señalamos cómo en el caso de los hombres es requisito imprescindible estar casado para acceder a la suerte de pinos. No obstante. la mujer que quedase viuda recuperaría su opción inicial a esta suerte. Igualmente, en el desarrollo del propio ritual se manifiestan algunos rasgos ya apuntados como el de la endogamia y el sociocentrismo.

Por todo lo narrado. bien podemos reiterar una vez más que el ritual de la Pinochada refleja el funcionamiento del pueblo; pero al mismo tiempo concluir que la propia Vinuesa se ha basado en el susodicho ritual para continuar llevando adelante ese funcionamiento de su comunidad. Y quizás la expresión mencionada «de hoy en un año», que ponen en su boca las mujeres cuando con sus pinochos golpean a los varones, entre otras posibles interpretaciones pudiera comportar el que las cosas al cabo del ciclo anual siguieran del mismo modo. Por supuesto, prosperidad para ese nuevo año, pero igualmente continuidad de una tradición que conlleva un determinado sistema de vida social y económico.

Y es que, una vez más, se comprueba cómo todo ritual es también una condensación de la historia, acuerdos y pactos que han tenido lugar en un pueblo o entre pueblos. Su representación periódica refuerza la solidaridad interna y recuerda las obligaciones y derechos de los que en él toman parte.

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