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Los Molinos y los científicos españoles del Renacimiento

GARCIA TAPIA, Nicolás

Publicado en el año 1989 en la Revista de Folklore número 100.

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Aunque el molino es una invención antigua, su generalización coincide con la época bajo medieval, que podemos calificar como de «revolución preindustrial». A partir de los siglos XII y XIII, numerosos molinos de agua y de viento se instalan en las prósperas zonas agrícolas europeas, singularmente para la molienda del grano, pero también para la realización de operaciones industriales de fabricación de papel, batanes de paños, pólvora y trituración de diversos productos para uso en las manufacturas.

Durante la Edad Media, la instalación de los artefactos de molinería corre a cargo de los «maestros en molinos», una especie de ingenieros prácticos agrupados en los gremios de los maestros constructores que transmitían sus conocimientos de padres a hijos, en una cadena cerrada, poco propicia a las innovaciones. Los humanistas, los filósofos escolásticos, consideraban esta actividad como «mecánica» e indigna de su atención. La ciencia medieval seguía unos derroteros muy alejados de las aplicaciones prácticas; sobre todo, las de los «oficios del común», como este de la molinería. La clase instruida, la clerical y la monacal sólo se refería a los molinos como metáfora religiosa, y en los códices miniados, en las pinturas y en las esculturas el molino ocupaba un lugar secundario, representado como una de las actividades campesinas para señalar las estaciones o como ilustración de una alegoría religiosa. La tecnología del molino no interesaba ni a los humanistas, ni a los clérigos ni a los científicos medievales.

La situación empezó a cambiar con la llegada de un nuevo tipo de profesional: el ingeniero militar. Las necesidades de la guerra requerían una intendencia para las tropas, entre las cuales la fabricación de harina para el pan ocupaba un lugar preponderante. Era necesario adaptar la tecnología del molino a la particular estrategia militar y situar estas máquinas en fortificaciones y campamentos, en los que las condiciones hidráulicas o eólicas no eran favorables. Otras veces se requería que el molino pudiera transportarse junto con el avituallamiento de las tropas. Todo esto implicaba una nueva tecnología diferente de la tradicional y un profesional más instruido que el antiguo «maestro en molinos». En un principio fue el ingeniero militar el que se encargó de esta tarea. Se trataba de un hombre con una formación más profunda, con conocimientos científicos y matemáticos que le sirvieron para la introducción de cambios técnicos en los molinos. Llegaron a escribir tratados para la instrucción de nuevos profesionales, y algunos de sus libros han llegado hasta nosotros, gracias a los cuales conocemos las innovaciones de los molinos. Estos ingenieros situaron la técnica en los albores del Renacimiento, con un interés nuevo hacia las máquinas y particularmente hacia los molinos. De entre ellos conocemos el códice llamado «de la guerra husita», escrito hacia 1430 y de autor anónimo. En él se esquematiza un molino de viento sobre pilotes, con unas aspas soportadas sobre cuatro brazos, cuya tipología vamos a encontrar en otros autores.

En la Italia renacentista del siglo XV es donde comienza una nueva actitud humanista del conocimiento científico de los molinos y su mejora para prestar servicio a los hombres. Son al principio ingenieros militares instruidos que escriben tratados en los que incluyen nuevos tipos de molinos. Hombres como Taccola, Francesco di Giorgio Martini y el propio Leonardo da Vinci se interesan por los molinos, los describen y los dibujan, al mismo tiempo que estudian posibles innovaciones. Francesco di Giorgio estudió las ruedas hidráulicas horizontales y los molinos de sifón. Leonardo dibujaría varios prototipos de molinos de viento en su Códice Madrid II, conservado en la Biblioteca Nacional. Aunque hayan quedado manuscritos, estos dibujos eran conocidos en España, donde llegaron después de la muerte de Leonardo, lo que pudo tener su repercusión, como veremos. También los molinos de sifón y ciertos tipos de rodezno horizontal fueron objeto de interés para ciertos científicos españoles.

La preocupación científica por los molinos llegó a los más ilustres eruditos. Jerónimo Cardano (1501-1576) pretendió determinar las bases teóricas en que se fundan los molinos de viento, valiéndose de un esquema sencillo. En su obra De rerum varietate puede apreciarse que en su época los molinos de viento eran conocidos en el norte de Italia, el Milanesado y otras regiones italianas. Pero la más interesante para nosotros es que aconseja la lectura de un libro del español Jerónimo Girava para un conocimiento más profundo sobre los molinos (1).

Esto nos conduce a considerar el papel de los humanistas españoles en el desarrollo de los molinos. Girava fue matemático de Carlos V, conocido hasta ahora sólo por sus libros de cosmografía. Su actuación como ingeniero hidráulico la hemos puesto de manifiesto recientemente (2). Pero, además, sabemos que escribió un tratado titulado «Declaración del uso y fábrica de los instrumentos de agua, molinos y otras cosas», porque estaba en la biblioteca de Juan de Herrera. Nos encontramos así con un humanista español que se ocupó de los molinos. Girava era, en efecto, un gran erudito; conocía el latín, estuvo en Flandes y en Italia y tradujo del latín al español, junto con Pedro Juan de Lastanosa, una obra de Geometría Práctica de Oroncio Finé (3). El que Girava fuese un gran erudito no le impidió tratar temas de carácter «mecánico», como en su obra sobre instrumentos de agua y molinos, a la que sin duda se refería con admiración el gran científico Cardano.

No debemos despreciar la influencia de las obras manuscritas en la difusión de los conocimientos científicos. De la obra de Girava sobre molinos tenían conocimiento, al menos, Cardano y Herrera, que poseían sendas copias. Pedro Juan de Lastanosa, aragonés como Girava, discípulo y sucesor en el puesto de ingeniero hidráulico reservado a Girava en Italia, conocía también la obra sobre molinos de su maestro y amigo. Lastanosa era segundón de esta familia de la baja nobleza aragonesa, aunque no llegó a conseguir el título de caballero, reservado a los primogénitos. Frecuentó varias universidades, si bien no se graduó en ninguna. Fue un humanista integral, y sus conocimientos abarcaban desde las letras hasta las máquinas. Estuvo contratado por Felipe II, no como matemático, según se ha dicho erróneamente, sino como «machinario» y experto en fábricas y fortificaciones. Esto quiere decir que estaban a su cargo las cuestiones referidas a máquinas en las obras reales, y entre ellas los molinos. También lo estaba -y esto es importante para lo que vamos a decir- el escribir sobre ellas. Por este motivo se conocen las patentes de algunas de las máquinas de Lastanosa, concedidas por privilegio real, y entre ellas un original molino que funciona por contrapesos. Sabemos, por la biblioteca que dejó inventariada al morir (4), que era un gran erudito, pues poseía libros de las más variadas materias, aparte de los de su profesión de «ingeniero en máquinas». También consta que escribió varios textos, entre ellos un «Discurso sobre las aguas de Serino» (5), en los que se incide sobre la importancia del agua para mover molinos, refiriéndose a la ciudad de Nápoles. El manuscrito de Lastanosa que más nos interesa aquí es el que el escribano consignó como «Libro de los ingenios», que, como hemos demostrado documentalmente, es el que luego llegaría a conocerse como Los veintiún libros de los ingenios y de las máquinas, copia del anterior conservada en la Biblioteca Nacional de Madrid y conocida aún como «Pseudo-Juanelo» (6). En consecuencia, nos referiremos en lo sucesivo a Lastanosa como el autor de Los veintiún libros...

La importancia de este tratado no ha sido aún debidamente resaltada. Que la obra es de un gran humanista erudito queda fuera de toda duda, si se examina la cantidad de citas de autores clásicos que contiene, sorprendente para una obra de máquinas. Es excepcional por el uso de los conceptos de cinemática y dinámica aplicada a las máquinas, en una época en que ni siquiera había llegado a formularse la teoría de la mecánica. Resulta sorprendente el que se lleguen a determinar rendimientos de máquinas basándose en conceptos tales como velocidad, caudal y pérdida de carga, enunciados sobre bases experimentales. Su método científico constituye de esta forma un desafío expreso al aristotelismo dominante. En definitiva, es la obra de un gran sabio, letrado, científico, matemático y experto en máquinas, como era Lastanosa (7).

Centrándonos en lo referente a molinos, la frase de Lastanosa que vamos a transcribir es reveladora y explica el porqué los humanistas del Renacimiento se ocuparon de algo tan aparentemente banal como son los molinos:

«Pues mi intento no es otra cosa sino tratar de los artificios que andan con agua, háme parecido no dejar ninguna cosa de las tocantes a los molinos, aunque parecerá a algunos que es materia infructuosa, por tratar cosa tan notoria a todo género de gentes y que no hay para qué escribirlo...» (8).

«Bien creo yo que en tiempo de Vitruvio era harto manifiesta esta materia, pues había tantas gentes que se servían de los molinos para moler sus semillas. Mas Vitruvio no se afrentó de escribir el orden de cómo se habían de hacer los molinos de cenia... (aceña), cuánto más yo que no soy nada en comparación de un varón tan perito en arquitectura que no se corrió por ello, mas, antes bien, ha recibido mucha loa y fama de los posteriores» (9).

Como podemos ver, Lastanosa se basa en la autoridad de Vitruvio, arquitecto romano del siglo I, admirado por los hombres del Renacimiento, para justificar que él -evidentemente un hombre de clase superior- se ocupe de una actividad hasta entonces del dominio común. Lo hace elegantemente y con modestia: «No soy nada en comparación de un varón tan perito en arquitectura» (10). De esta forma, Lastanosa da una importantísima información sobre molinos, al mismo tiempo que vierte sobre ellos su erudición, elevando lo que era «del común» a la categoría de lo científico.

Pero Lastanosa no se limitó a proporcionar información y a estudiar los tipos de molinos entonces existentes en Aragón. Hizo algo más: saliéndose del marco de los «artificios que andan con agua», estudió un particular molino de viento, sólo porque su funcionamiento es similar a los hidráulicos. El molino en cuestión es uno de pivote, de aspas cuadradas de madera, tal como se usaban en Alemania y Flandes, donde Lastanosa había estado. Conocemos estos molinos por los grabados del ingeniero hussita, ya citado, y por los de Agrícola. Este tipo de molino -como bien dice Lastanosa- no era conocido ni en Italia ni en España (11).

A la abundante información sobre molinos se suman las invenciones de Lastanosa, expuestas en Los veintiún libros...Destacamos entre ellas un extraño molino de contrapesos del que apenas hace un bosquejo, difícil de interpretar (12). Recordemos que un molino de este tipo había sido patentado por Lastanosa, lo que explica tal vez que no sea explícito en su exposición, para evitar las copias que inevitablemente se producían, a pesar de las garantías del privilegio real. Lastanosa, según se dice en la cédula patente de invención, había empleado muchas horas no sólo calculando matemáticamente la máquina, sino también experimentando en la realidad su funcionamiento (13). Un ejemplo más de la conjunción entre teoría y práctica que caracterizó a estos hombres del Renacimiento.

Tanto Girava como Lastanosa eran aragoneses y su común origen explica la confluencia en algunas de las materias de su trabajo en hidráulica. La Corona de Aragón, en sus distintos reinos, había tenido una gran relación con Italia; literatos, humanistas, arquitectos e ingenieros aragoneses, catalanes y valencianos estuvieron en Italia y de allí trajeron el nuevo espíritu renacentista. Libros italianos eran ávidamente leídos y comentados. Entre los arquitectos y los ingenieros más imbuidos por el humanismo circulaban ya libros de Vitruvio, Alberti, Serlio y Palladio, antes de que se hiciesen traducciones al castellano.

Señalaremos el caso del libro De re aedificatoria, de Alberti, escrito en latín, que tenía Lastanosa en su biblioteca y es citado constantemente en Los veintiún libros...En 1550 el florentino Cosimo Bartoli imprimió una traducción que tituló L'Architettura di Leon Batista Alberti, ilustrada con numerosas figuras, que tuvo una gran difusión entre los arquitectos renacentistas. En la Biblioteca Nacional de Madrid se encuentra un ejemplar lleno de dibujos y anotaciones realizadas en castellano, con muchos aragonesismos, aunque parece evidenciarse la mano de un escritor de origen catalán por razones lingüísticas (14). La erudición del anónimo glosador es evidente: las citas de autores clásicos son abundantes (aunque no tanto como en Los veintiún libros...) .La experiencia del arquitecto se extiende a Italia, donde estuvo en la época del Papa Paulo III (1534-1549), así como a Aragón, Valencia, Cataluña y a algunos lugares de Castilla. Se permite el hacer observaciones y contradecir al propio Alberti y a su traductor, trasluciendo su gran formación clásica en arquitectura. En lo referente a la ingeniería y a las máquinas, hay una evidente relación con cuestiones planteadas en Los veintiún libros..., aunque con una base científica y matemática inferior (15). El anónimo glosador no deja de lado los molinos, y señala y dibuja algunos (de barcas, de canalete, de rodezno, de cubete («regolfo») y ruedas para batanes). Bien es verdad que, en este aspecto, proporciona mucha menos información que el manuscrito de Lastanosa.
Lo que nos proponemos aclarar es que existió en el siglo XVI, en la Corona de Aragón, un círculo erudito estrechamente vinculado con Italia, del que formaron parte hombres como los ya citados Girava, Lastanosa, el anónimo glosador del libro de Alberti y otros, que se ocuparon de una forma activa y práctica de estudiar y desarrollar la tecnología de los molinos, actividad tradicionalmente vinculada a lo «manual» o «mecánico» y despreciada hasta entonces por los hombres cultivados. No se puede decir, pues, que un manuscrito como Los veintiún libros...es de alguien que ignoraba el latín y las matemáticas, sólo porque se ocupa de temas «mecánicos» como los molinos. Esto unido a otras consideraciones que hemos hecho, impide que el manuscrito aludido sea de un «ingeniero práctico», sin conocimientos teÓricos (16).

Pero no sólo eran humanistas cultivados los que ejercían a veces funciones hasta entonces consideradas como puramente «mecánicas». Ilustres miembros del clero intervinieron también en los molinos y su arquitectura. Para los reinos de la Corona de Aragón pondremos como ejemplo el del presbítero Jaime Amigó, natural de Valdemolinos (Cataluña) y que llegó a ser rector en Tibiza (obispado de Tortosa). Se conoce su actividad como arquitecto, ejecutando la traza de la capilla del Santísimo Sacramento de la catedral de Reus en 1580 y la traza de la iglesia parroquial de Selva en 1582. Este clérigo arquitecto era también experto en molinos, y en 1577 hizo un azud en el río Francolí para el molino de Rigdelfi, lo que le confirma en el calificativo de entendido en obras de todotipo («perito in hujus modi rebus») con que se le conocía. Aunque fue un arquitecto ilustre, amigo del duque de Cerdeña, marqués de Comares, no consideró como impropio de su persona el acudir personalmente con otros expertos a ocuparse de molinos («cum alliis peritis accedant personaliter ad praedicta molinenda») (17).Este círculo aragonés no era cerrado; varios de sus más ilustres representantes pasaron al servicio de la Corona de Castilla. Jerónimo Girava fue cosmógrafo de Carlos V, y Pedro Juan de Lastanosa, experto en máquinas de Felipe II. Pedro de Esquivel, originario del reino de Valencia, fue catedrático de matemáticas en Alcalá y pasó a servir a Felipe II en asuntos de ingeniería hidráulica, colaborando con Lastanosa en estas y otras cuestiones relacionadas con mediciones topográficas (18). Tampoco Esquivel despreció los molinos, siendo una de sus preocupaciones el aprovechamiento integral de los canales del Jarama y Colmenar, que entonces se proyectaban como navegación, los cuales proponía complementar con la implantación de nuevos molinos hidráulicos (19).

Lo dicho anteriormente nos sirve para enlazar con el círculo humanista castellano, diferente del aragonés, pero en el que tampoco faltó la preocupación por los molinos No hay en Castilla ni en ninguna otra parte de Europa en la época, información de altura científica sobre los molinos similar a la del manuscrito aragonés de Los veintiún libros...Sin embargo, tenemos la suerte de haber localizado otro manuscrito de un medinense, aunque no tan erudito: Francisco Lobato (20). No es ni un matemático, ni un científico ni un humanista (21), pero nos sirve como contraste del autor de Los veintiún libros...: lo que en este último es erudición, se convierte para Lobato en objeto de interés directo, con lo cual nos proporciona la información no sólo de «qué era», sino, además, «cómo se hacía» un molino desde el punto de vista práctico.

La otra corriente de tradición humanista castellana de raíz voluntarista bajo-medieval, empezaba a considerar la técnica como algo positivo, y al artífice, como creador a semejanza de Dios. De esta corriente deriva el pensamiento del célebre humanista Fernán Pérez de Oliva, nacido en Córdoba a finales del siglo XV. Pérez de Oliva se formó en las universidades de Salamanca, Alcalá, Roma y París, y fue discípulo de Silíceo. También fue catedrático de filosofía y teología en la Universidad de Salamanca, de la que luego fue rector. Su sobrino fue Ambrosio de Morales, el famoso cronista. Fernán Pérez de Oliva se preocupó del desarrollo de la técnica en el reino de Castilla, y concretamente de la relación entre los molinos y la navegación de los ríos españoles, asunto que consideró de extrema importancia, como puso de manifiesto en su «Razonamiento sobre la navegación del Guadalquivir», donde propugna la implantación de molinos sobre barcas, tal como había visto en Italia (22).

Blasco de Garay, natural de Toledo, fue un hidalgo español que parece salido de la novela picaresca, ya que su noble condición no le impidió pasar hambre. A diferencia de los hidalgos de la literatura española, decidió ponerse a trabajar con su ingenio de inventor, porque, como él mismo dijo a Carlos V: «común cosa es [de] los pobres ser ingeniosos» (23). Al principio esta actividad no le sirvió para colmar su apetito, según se deduce de una dramática carta que escribió el 6 de julio de 1539 al secretario del emperador, de la que reproducimos un significativo párrafo:

«Y porque sin comer no se puede hacer cosa, escribo a su merced la necesidad que tengo que me provean algo para gustar, porque juro a Nuestro Señor que es la mayor que tuve ni sentí desde que nací, tanto que hoy doy la espada a vender para comer...La necesidad es ya tanta, que me quita el entendimiento de lo que hago al pensamiento de comer, que es el más triste pensamiento que yo probé jamás» (24).

Para paliar el hambre, el hidalgo Blasco de Caray se dedicó a realizar diversas invenciones; entre ellas, un barco de paletas que llegó a hacerse famoso porque hasta tiempos recientes se pensó, sin fundamento, que era el primer barco de vapor. En lo que respecta a los molinos, hizo lo siguiente, según él mismo relata:

«Un molino en un navío que le pueda llevar un solo hombre y arte con el que se pueda moler sin más ruedas que las piedras que hacen la harina; y en esto de moler haré otros muchos ingenios no vistos» (25).

En efecto, Garay hizo en Málaga, en 1540, unos molinos que podían moler dos fanegas al día con un solo hombre, y tres fanegas con dos molineros, ocupando sólo cuatro pies de anchura. No sólo podían ir en un barco, sino que un carro era capaz de llevar dos molinos; de esta forma se habían superado los hasta entonces conocidos, particularmente los que se hacían en Flandes. El éxito fue tal que se hicieron en Málaga más de veinte molinos, equipando al Ejército y a la Armada españolas (26). Al mismo tiempo, Garay demostraba que era imposible realizar el molino de movimiento continuo. Las invenciones de Caray le sirvieron para resolver su problema económico, y tenemos una excepción más a la regla de la ociosidad y el desprecio hacia los trabajos mecánicos de la baja nobleza española (27).

Benito de Morales, vecino de Sevilla, cuyos datos biográficos le sitúan entre los mejores ingenieros españoles del Renacimiento, fue maestro de la aceña de Martos en 1570, construyendo allí molinos y batanes, e informó en la Corte, donde ocupó un puesto influyente, sobre el daño que esta aceña había hecho a la de San Julián, del Cabildo de Córdoba (28). Fue ayudante de Juan de Herrera, el famoso arquitecto de El Escorial, hombre interesado por las matemáticas y la ciencia. Herrera se ocupó también de los molinos, como es sabido. Diseñó una máquina para cortar hierro movida por una gran rueda hidráulica de aceña. Herrera intervino, además, en el diseño de los molinos «de cubo» de El Escorial, cuyo proyecto definitivo se debe a su discípulo Francisco de Mora, y la ejecución, al maestro en molinos Alonso Sánchez Cerrudo (29). Los grandes arquitectos-ingenieros de la Corte -siguiendo el ejemplo de Juan Bautista de Toledo, venido de Italia- se ocuparon de manera directa de los molinos, cuya importancia queda así puesta de manifiesto entre los arquitectos cortesanos de Felipe II.

Discípulo de Juan de Herrera fue Cristóbal de Rojas, arquitecto e ingeniero militar, materias que profesó en la Academia de Matemáticas fundada por Herrera. Cristóbal de Rojas escribió sobre fortificaciones un tratado titulado Teórica y práctica de fortificación, en el que fundamenta matemáticamente los principios de la fortificación, igual que Lastanosa lo había hecho con las máquinas. Para ello, realiza un capítulo introductorio a la geometría aplicable a la fortificación, que en realidad constituye una traducción parcial de los libros de Euclides (30). A los molinos y presas dedica el capítulo VII de la tercera parte: «De la orden que se guardará para hazer un molino, o presa, sobre fundamento de arena.» Allí describe cómo un molino con su presa en ruinas desde hacía treinta años, no pudo ser puesto en funcionamiento a pesar de los ingenieros y maestros que lo habían intentado. Analizando Rojas las causas de la ruina de la presa, consiguió resolver de forma satisfactoria el problema de las crecidas, asentando la presa convenientemente (31). Es un ejemplo de intervención sobre bases científicas en un molino, que los sistemas de construcción tradicionales no habían logrado resolver.

Otro de los científicos e ingenieros de la Corte fue Juanelo Turriano, cuyos relojes astronómicos y máquinas le hicieron famoso en todo el mundo, hasta el punto de ser convertido por la leyenda casi en un mago de la mecánica. Fruto de esta leyenda son las atribuciones que se han hecho de algunas obras que se ha demostrado luego que no fueron suyas, como la presa de Tibi, el ingenio de la Huerta del Rey en Valladolid y los manuscritos de Los veintiún libros... No podía faltar entre sus máquinas «un molino de hierro tan pequeño que se puede llevar en la manga y muele más de dos celemines de trigo al día, moviéndose él a sí mismo», que no sabemos hasta qué punto fue real. La misma leyenda atribuye la participación en su diseño y construcción al propio Carlos V durante sus últimos días en Yuste. El emperador parecía ilusionado por su posible aplicación al abastecimiento de tropas en plena campaña (32).

Un ejemplo sobresaliente de la universalidad de conocimientos de los filósofos y científicos renacentistas españoles fue la del medinense Gómez Pereira. Este ilustre médico es, sobre todo, conocido por una obra escrita en latín y publicada en 1554 en Medina del Campo, titulada Antoniana Margarita, que tuvo una enorme repercusión. Allí Pereira enuncia el principio del automatismo animal, doctrina en la que se adelantó a otros pensadores como el propio Descartes. Se conoce, además, de él otra obra médica, también en latín, editada en 1558, en la imprenta de Francisco del Canto, tío del inventor Francisco Lobato, con el que tuvo alguna relación, como veremos.

Lo que era hasta ahora desconocido es que Gómez Pereira se dedicó a realizar invenciones prácticas en algo tan alejado de la medicina y de la filosofía como los molinos. Incluso se le concedió una patente fechada el 30 de junio de 1563 -cuando ya se había afianzado su fama como filósofo- por unos molinos que podían funcionar sin presas, en un patio, corral o parte cubierta cualquiera, con una cuba o dos de agua, cada una de 25 ó 30 moyos (33) (1 moyo=258 litros).

Creemos que esta invención de molino está relacionada con la del molino de sifón que Francisco Lobato menciona en su manuscrito, citando expresamente a Gómez Pereira, con el que colaboró (34). En efecto, el licenciado Pereira estaba preocupado por solucionar el problema de los obstáculos que ponían a la navegación de los ríos castellanos las presas de las aceñas y molinos. Para ello, junto con Francisco Lobato, ideó un molino que tomaba el agua de un depósito por medio de un sifón. Lo ensayaron, al principio infructuosamente, en el estanque de una huerta de Medina del Campo. Aunque Francisco Lobato, por quien conocemos la noticia, no indica otros experimentos posteriores, es posible que Gómez Pereira, por su cuenta, perfeccionase el invento y lo patentase.

Juan Cedillo Díaz nació en Madrid, de una familia ilustre, de la que muchos de sus miembros se dedicaron a la enseñanza. Fue cosmógrafo mayor del rey Felipe III y catedrático de la Academia de Matemáticas de Madrid, participando en numerosas comisiones científicas. Dejó manuscritas una serie de obras matemáticas náuticas y de ingeniería y tradujo al castellano los seis primeros libros de Euclides. Sus elevados conocimientos no le impidieron ocuparse de los molinos, dejando manuscrito un tratado sobre la forma de «encaminar el agua por las cauzas y canchiles o molinos, fuentes y riberas» (35), que no tiene ni la altura ni la importancia de Los veintiún libros..., a pesar de la preparación matemática de Cedillo. Una prueba más de la relevancia científica del autor del manuscrito aragonés, que no fue superado hasta siglos después.

Finalmente, presentamos aquí a uno de los que no dudo que en adelante será considerado como uno de los mayores inventores de todos los tiempos: el navarro Jerónimo de Ayanz. De él baste decir que, entre otras cincuenta invenciones contenidas en una patente conservada en el Archivo General de Simancas, inventó varios modelos de buzos autónomos y de submarinos, procedimientos metalúrgicos que sólo se emplearían siglos después, y lo que es la primera patente de una máquina de vapor, realizada en 1606, un siglo antes que las primeras inglesas (36). A pesar de su dedicación práctica a invenciones mecánicas, Ayanz era de la alta nobleza española, descendiente de los Ayanz y los Beaumont. Militar distinguido y cortesano encumbrado, comendador de ballesteros de la Orden de Calatrava, llegó a ser nombrado administrador general de las minas del reino.

Al contrario que otros nobles ociosos, Ayanz se dedicó intensamente al estudio de las minas, incluso con riesgo de su vida, ya que estuvo desahuciado por los médicos al inhalar gases nocivos. Sus conocimientos los condensó en una Respuesta editada en 1602, en la que expone, con gran rigor científico y experimental, los defectos y posibles remedios de las minas españolas.

Pues bien, este eminente inventor y científico dedicó parte de sus conocimientos a la investigación e innovación de nuevos tipos de molinos, patentando en 1606 alguno de ellos (37).

Señalaremos un curioso molino que es movido por unos bueyes introducidos en una enorme rueda a la que hacen andar con su movimiento, alentados por la comida situada en un pesebre, a la que sólo pueden acceder si se mueven, y empujados por una vara que les golpea si se paran. En cuanto a los nuevos tipos de tahonas para animales, su originalidad radica principalmente en la posibilidad de variar el punto de aplicación de la fuerza del animal, acomodándole a las necesidades de la molienda, y también en la forma de las piedras de moler, que las diseña en forma cónica.

Los molinos de rodillos metálicos, de bronce o de hierro, habían sido ya diseñados por algunos autores en el siglo XVI, pero aplicados a molinos portátiles (recordemos el mítico de Juanelo Turriano, que «cabía en una manga»). Pero Jerónimo de Ayanz diseñó un molino de rodillos metálicos de gran capacidad, adaptable a los sistemas de movimiento de los molinos tradicionales, pero produciendo mayor cantidad de harina. Por su forma recuerda los de las modernas fábricas de harina del siglo XIX, lo que da una idea de la gran categoría inventiva de Ayanz. Fue un adelanto de lo que luego sería el llamado «sistema austro-húgaro» de molienda.

Menos original es el molino situado sobre barcas, que ya se usaba en los tiempos de Belisario en Roma, durante el asedio (537 d. C.). Quizá lo más nuevo sea la disposición de los equipos de moler, perfectamente equilibrados con las ruedas hidráulicas.

Respecto a los molinos de viento, Jerónimo de Ayanz presentó dos curiosas invenciones de molinos de aspas horizontales (eje vertical). La primera invención es un molino de viento de álabes curvos, que además tiene la originalidad de que puede orientarse automáticamente en la dirección del viento predominante, gracias a una vela supletoria que cierra la parte no sujeta al viento.

El segundo molino de viento presenta dos largos ejes horizontales, formando cruz con el eje vertical, alrededor del cual pueden girar orientándose al viento. Estos ejes horizontales soportan unas aspas helicoidales que, impulsadas por el viento, los hacen girar, transmitiendo por medio de engranajes su movimiento a las muelas. Se trata de un molino totalmente revolucionario, del que no hemos encontrado ningún precedente. Tampoco parece que estos molinos de viento de Ayanz se llevasen a la práctica, aunque desconocemos muchas cosas sobre la historia de los molinos, como para afirmarlo con seguridad.

CONCLUSION

Hemos hecho un estudio de algunas de las actitudes de los científicos humanistas españoles del Renacimiento respecto a los molinos. Pueden, sin duda, encontrarse otras referencias rastreando la literatura, la pintura y la documentación renacentista. Nuestro propósito ha sido analizar lo que una capa de la sociedad -la de los hombres cultos, pertenecientes en la mayoría de los casos a la más encumbrada- vieron en los molinos.

La industria molinera era la más extendida desde la Edad Media; cada pueblo poseía, al menos, un molino, y en las activas ciudades medievales había varios. Era imposible que pasasen desapercibidos, incluso para los hombres dedicados al pensamiento y más alejados de las cosas comunes. De hecho, la existencia de los molinos era tan normal en la vida cotidiana que parecía inútil escribir sobre algo que era tan obvio a todo el mundo. Esta es la razón por la que escasean las descripciones tecnológicas de los molinos en la época medieval. A lo sumo, sirvieron para ilustrar pasajes de relatos bíblicos o religiosos, o convertirlos en metáfora de ciertos dogmas de fe.

Con la introducción del pensamiento renacentista, más afín al hombre, el interés de los molinos atrae a ciertos humanistas, como un reflejo de la creación divina. Comienza la admiración del molino como máquina ideada por el hombre y empieza así una nueva etapa en la que se trata de explicar el funcionamiento de los molinos a la luz de las leyes de la mecánica. Todavía impregnados por la mentalidad medieval, los científicos del Renacimiento tratan de justificar el estudio de algo tan «común», en virtud de la autoridad de los científicos de la antigüedad clásica, que también escribieron sobre molinos. Así, por ejemplo, Lastanosa se apoyó en que Vitruvio les dedicó un capítulo para desarrollar una extensa descripción de los existentes en su época y en su zona aragonesa, intentando al mismo tiempo establecer su investigación sobre bases matemáticas y científicas.

Pero al abordar el estudio de los molinos, los eruditos del Renacimiento se dieron cuenta de que era posible mejorar el funcionamiento y el rendimiento de las máquinas, si se introducían en ellas los principios de la ciencia mecánica y matemática que, de forma experimental, empezaba entonces a desarrollarse. Surge así un nuevo compromiso en el científico: el de la invención técnica, hasta entonces relegada a los maestros constructores, escasamente innovadores, debido a la rigidez de los sistemas de aprendizaje gremial.
Se produce de esta forma una renovación que afecta a la tecnología de los molinos de viento y de agua, apareciendo nuevos sistemas de aprovechamiento de estas energías, que se manifiesta con más rotundidad en aquellos lugares en los que el agua o el viento es un bien escaso o variable. Esto es lo que sucede en España con la aparición de unos nuevos tipos de rodeznos que culminan en el «regolfo», claro antecedente de las actuales turbinas hidráulicas. Por otra parte, la diversificación de las manufacturas hace que se apliquen los principios de las ruedas hidráulicas de los molinos, adaptándolas a usos industriales. La nueva estrategia militar, con la necesidad de abastecer a las tropas en campaña, crearía también nuevos sistemas de molienda, como los de rodillos, que serán finalmente adaptados en los molinos tradicionales. Todas estas innovaciones conducirían al concepto de «fábrica» que se desarrollaría siglos después, producto de la Revolución Industrial, y que llegará a sustituir al molino tradicional.

En esta transformación tecnológica, el papel de los humanistas científicos renacentistas no fue desdeñable. Al contrario de lo que se ha dicho, intervinieron activamente en la renovación de los molinos con sus escritos y con las nuevas máquinas patentadas. La cultura estaba prácticamente monopolizada por la clase noble o hidalga, así como por los estamentos religiosos o cortesanos. En el Siglo de Oro español no todos los componentes de estas clases eran ociosos. Algunas personalidades individuales no sintieron que la actividad mecánica y el estudio de los molinos fuese propia sólo del «común». Al contrario, contribuyeron con sus escritos y su esfuerzo personal a la invención de nuevos tipos de molinos.

Lamentablemente, tal esfuerzo individual no fue secundado por una amplia capa de la sociedad española. El paso del molino a la fábrica no se debería a la iniciativa de los españoles, sino que vendría importado del exterior de forma tardía. La iniciativa de la introducción de las fábricas en España partiría de una nueva categoría de científico e intelectual del siglo XVIII: el ilustrado.

En la actualidad el molino pertenece al pasado. Las fábricas y las nuevas tecnologías de la tercera revolución industrial han terminado con su utilidad. De los miles de molinos tradicionales sólo quedan unos pocos que están apunto de perderse si no se adoptan los oportunos remedios. Con su pérdida desaparecería un importante testimonio de la historia, sin el cual ésta será más difícil de escribir. Por desgracia, a diferencia de los humanistas del Renacimiento, la actitud de los intelectuales de hoy es de completa indiferencia y olvido hacia algo que fue motor de la vida cotidiana. No es cuestión de adoptar una postura nostálgica, pues el molino es algo más que un recuerdo sentimental. Como bien pusieron de manifiesto los científicos del Renacimiento, fue uno de los elementos transformadores de la técnica y de la vida en una época de profundos cambios y fue el núcleo del que partió la revolución industrial, que, para bien o para mal, marcaría nuestra actual civilización tecnológica.

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(1) Hieronymi Cardeni mediolanensis, medici, De rerum varietate libri XVII. Avinione, 1558, págs. 68-69. "Caeterum si quis exquisitam constitutionem et machinae iconem dessiderat, librum Hieronymi Giravae Hispani hac in materia absolutissimum, revolvat".

(2) "La formación de los ingenieros españoles antes de la fundación de la Academia de Matemáticas en 1582", en Estudios sobre Historia de la Ciencia y de la Técnica. Valladolid, 1988, págs. 315-326.

(3) Biblioteca Nacional de Madrid, Ms. 9437.

(4) A. Alvar Ezquerra y F. J. Bouza Alvarez: "La librería de don Pedro Juan de Lastanosa en Madrid (1576)", Archivo de Filología Aragonesa, XXXII-XXXIII, págs. 101-175.

(5) N. García Tapia: "Pedro Juan de Lastanosa y el abastecimiento de aguas a Nápoles", Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología, Universidad de Valladolid, 1987 , t. LIII, págs. 317-327.

(6) N. García Tapia: "Pedro Juan de Lastanosa y Pseudo-Juanelo Turriano". Llull, núm. 13, vol. 10, 1987. A estas alturas carece de fundamento llevar a cabo una polémica sobre el autor de Los veintiún libros..., cuando la intervención de Lastanosa está documentada siguiendo un riguroso método histórico. Sobre esta materia está en prensa nuestro libro Pedro Juan de Lastanosa, el autor aragonés de "Los veintiún libros de los ingenios y de las máquinas".

(7) Estas ideas han sido mantenidas por la mayoría de .los expertos que han analizado el libro, desde Benito Bails hasta los estudios actuales de Ladislao Reti, Alex Keller y José María López Piñero. Por este motivo sorprende el que García-Diego, para contradecir la autoría de Lastanosa, afirme (sin documentación) que la obra es de un "ingeniero práctico", "inculto", "sin conocimientos de latín", "con muy pobres conocimientos de matemáticas" y que lo poco de latín y matemáticas que puso, lo hizo "preguntando a algún amigo, buscando sólo el hacer creer que su condición era superior a la que tenía". J. A. Frago y J. A.. García-Diego: Un autor aragonés para "Los veintiún libros...". Zaragoza, 1988, pág. 111. Sin embargo, este libro contiene un excelente estudio filológico de Frago y llega a la conclusión de que el autor sería, con gran probabilidad, del tercio oriental de la provincia de Huesca. Los autores silenciaron que Lastanosa era precisamente originario de esta zona.

(8) " Los veintiún libros...", libro 11, fol. 323. Ortografía actualizada.

(9) Ibídem.

(10) Esta frase ya de por sí desmiente que el actor pretendiese "hacerse pasar por una condición superior a la que tenía", según afirma García-Diego (op. cit.). pág. 111.

(11) Esta es la correcta interpretación de un párrafo que comienza con la frase "esta invención de molinos..." (libro 11, fol. 309), indicativa de que se trata de un tipo particular de molinos de viento. Lo cual no quiere decir -como algunos han interpretado- que el autor del manuscrito desconociese la existencia de molinos de viento en Italia y en España. Menos aún puede hacerse de esto un "argumento" -como ha pretendido García.Diego- para descartar la autoría de Lastanosa.

(12) Los veintiún libros libro 11, fol. 309 v.
(13) N. García Tapia: La invención en el Siglo de Oro, en prensa.

(14) A. Bustamante y F. Marías: "La revolution classique": de Vitruve a l'Escorial". Revue de l'Art, 1985, págs. 29-40.

(15) Preparamos un estudio sobre la ingeniería de este glosador de Alberti.

(16) En el mismo manuscrito de Los veintiún libros... se hace una crítica durísima a los que "el vulgo llama ingenieros"; es decir. a los que intervienen en las obras públicas de ingeniería civil, sin otros conocimientos que los adquiridos en la práctica (libro 19. fol. 418). Es imposible. pues, que el autor sea un simple "ingeniero constructor" sin conocimientos teóricos, como afirma García-Diego (op. cit., págs. 106). De todos los maestros de obra (sería el equivalente al ingeniero práctico) conocidos en Aragón, el único que tenía algo de erudición era el "fustero" (carpintero) Jaime Fanegas. en cuya biblioteca había libros de A,lberti. Vitruvio y Serlio (véase C. Gómez Urdáñez: Arquitectura civil en Zaragoza en el siglo VI. Zaragoza, 1987). Sin embargo, no reunía este "fustero" los conocimientos demostrados en Los veintiún libros..., ni su biblioteca ni su profesión eran las del autor; tampoco consta que estuviese en Italia ni que llegase a escribir nada. Todos los demás ingenieros prácticos o maestros de obra relacionados con Aragón están por debajo en conocimientos. Las caracrerísticas de los "ingenieros constructores" están alejadas de las del autor de Los veintiún libros...La conclusión de García-Diego conduce, pues, a un callejón sin salida.

(17) Llaguno y Ceán: Noticias de los arquitectos y arquitectura de España desde su restauración. Madrid. reed. 1977, tomo II. págs. 92 y 93 y tomo III, doc. IX. págs. 229 y 230.

(18) N. García Tapia: "La formación de los ingenieros españoles antes de la Academia de Matemáticas", en Estudios sobre Historia de la Ciencia y de la Técnica. Valladolid, 1988.

(19) N. García Tapia: Ingeniería y arquitectura en el Renacimiento español, tesis doctoral en prensa.

(20) José A. García-Diego y Nicolás García Tapia: Vida y técnica en el Renacimiento. El manuscrito de Francisco Lobato, vecino de Medina del Campo. Valladolid. 1988.

(21) N. García Tapia: "Los molinos en el manuscrito de Francisco Lobato", en Molinos: Cultura y Tecnología. En cuentos sobre molinos. La Rioja, 1988. en prensa.

(22) F. Picatoste Rodríguez: Apuntes para una biblioteca científica del siglo XVI. Madrid, 1881.-J. M. lópez Piñero: Ciencia y Técnica en la sociedad española en los siglos XVI y XVII. Barcelona, 1979, pág. 156.

(23) Archivo General de Simancas, Guerra Antigua, leg. 14, fol. 22.

(24) Citado por F. Picatoste Rodríguez: Apuntes para una biblioteca científica del siglo XVI. Madrid, 1881. pág. 115.

(25) Archivo General de Simancas, Guerra Antigua, leg. 14, fol. 22.

(26) Idem., Estado, leg. 47, fol. 1.

(27) Sobre otras invenciones de Blasco de Garay, N. García Tapia: La invención en el Siglo de Oro, en prensa.

(28) Llaguno y Ceán, op. cit., tomo II, págs. 21 y 183.

(29) N. García Tapia: Ingeniería y arquitectura en el Renacimiento español, tesis doctoral, en prensa.

(30) M. Esteban y M. I. Vicente : "Primeras versiones castellanas (1570-1640) de las obras de Euclides: su finalidad y sus autores", en prensa. Agradezco a los autores la amabilidad de permitirme citar su artículo.

(31) C. de Rojas: Teoría y práctica de fortificación, reed. Madrid, 1984, 3ª. parte, cpa. VII, págs. 94.97.

(32) Varios aspectos de la personalidad de Juanelo Turriano como ingeniero pueden verse en nuestra tesis Ingenieria y Arquitectura en el Renacimiento español, en prensa. Para la actividad de Turriano como relojero, véase J .A. García-Diego: Juanelo Turriano Charles Vs Clockmaker. The man and his legend. Madrid, 1986, y Los relojes y autómatas de Juanelo Turriano. Madrid-Valencia, 1982.

(33) Archivo General de Simancas, Cámara de Castilla, libro de Cédulas, núm. 141, fol. 49v.

(34) Vida y Técnica en el Renacimiento, op. cit., fol. 26, págs. 87-90.

(35) "De corobates o libela: tratado breve, provechoso y necesario para encaminar el agua por las cauzas y canchiles o molinos, fuentes y riberas", 1599 años. Biblioteca Nacional. -M. I. Vicente y M. Esteban: "El corobates en un manuscrito de Juan Cedillo Díaz" : Estudios sobre Historia de la Ciencia y de la Técnica. Valladolid, 1988, págs. 229-239.

(36) N. García Tapia: "la máquina de vapor inventada y patentada en 1606 por Jerónimo de Ayanz", Técnica Industrial, núm. 186, págs. 3-11.

(37) Sobre las invenciones de Jerónimo de Ayanz, véase La invención en el Siglo de Oro, en prensa.