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Noticia de algo que nunca debió de olvidarse: NUESTROS MOLINOS DE VIENTO

CARRICAJO CARBAJO, Carlos

Publicado en el año 1989 en la Revista de Folklore número 100.

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Desde luego, ¡cómo somos los castellanos-y leoneses! ¡Más cortos, reservones y modestos que un terrón de las tierras!

Digo esto porque tendremos atesoradas maravillas sin cuento, que a fuerza de no darles importancia, llegamos a olvidarnos de ellas. Botón, y bien hermoso, de muestra: la magna y excelsa exposición artística de «Las edades del Hombre» en nuestra Catedral de Valladolid. Cuando se han empezado a desempolvar , a sacar a la luz y a propagandear sin rimbombancias, pero sí lo suficiente para que oyeran propios y extraños: «Mirad esto que he ido recogiendo por ciudades y aldeas de nuestra Comunidad», han venido, lo han visto y se han admirado, no sólo la gente hispana, sino también los de allende las fronteras.

Y es que, insisto, no nos damos importancia y parece que nos quedamos tan conformes cuando nos cuelgan mil veces el tópico de recios, secos, callados, pobres..., que llegamos a creérnoslo y pensamos que somos tan pobres, que no tenemos ni hemos tenido nada.

Me alegro de la magna muestra, porque nos da la ocasión de sacar el pecho.

Pero yo iba a otra cosa, aunque con ciertos paralelismos.

Yo voy a hablar de nuestros molinos de viento; porque resulta que por aquí hemos tenido de esos gigantes como una torre con aspas, que conocemos a través de «El Quijote» más que nada, y que son el símbolo de la otra Castilla, la Nueva, la de La Mancha.

Andando por nuestra geografía vallisoletana un día, hace tres años, me encontré con una torre cilíndrica de gruesos y desgastados muros de tapial, sobre una pequeña elevación a menos de un tiro de bala de Aguilar de Campos; a la vista estaban los mínimos restos del castillo que coronaba y dominaba a esa población, por lo que supuse que era una torre-atalaya de vigilancia que podía comunicarse con el castillo. y en eso me quedé.

Sin embargo, otro día, yendo en el coche hacia Cuenca de Campos, poco antes de llegar, surgió a la derecha otra construcción ruinosa, similar. Lo comenté con mi compañero de viaje y quedamos en que a la vuelta nos detendríamos a husmear aquello. No obstante, en el pueblo preguntamos a unos jóvenes qué era, y nos dijeron que lo llamaban el molino, pero que no sabían más.

En esos días estaba yo leyendo «Tecnología popular española», de Julio Caro Baroja; sin duda, el primer autor que ha estudiado con seriedad los molinos de viento en España, dedicando a ellos un extenso capítulo en ese libro, y de la mano de la casualidad llegué a la conclusión de que lo que estábamos contemplando al regreso hacia Valladolid era un abandonado molino de viento. No fue una atribución gratuita, porque allí había restos de piedras de moler, y posteriormente quedó confirmado como tal con la lectura de «El libro de Cuenca de Campos», escrito hace un siglo y reeditado ahora.

Volví a Aguilar para mirar con otros ojos lo que yo había tomado por atalaya, y se confirmaron también mis sospechas: aquellas ruinas pertenecían asimismo a un molino de viento (1).

Después de llegar a la conclusión de que habíamos tenido molinos de viento en nuestra tierra, no era el caso de contentarse con pensar que sólo había dos ejemplares en toda la comarca. Así que era muy importante ir con los ojos bien abiertos, y todo lo que tuviera ese aire, escudriñarlo y observarlo con cuidado.

Y fueron saliendo, ¡Ya lo creo salieron! , Y eso que muchos de ellos estaban enmascarados de palomares. Vamos, algo como hecho aposta. En Tierra de Campos, o de palomares por excelencia, ¿qué mejor camuflaje para que un molino pase desapercibido sino situarlo entre palomares?. No debe ser ése el proceso mental a seguir, como es lógico. Lo que sucede es que pasado el momento histórico, o más bien práctico, de los molinos de viento, sustituidos por los nuevos ingenios y energías de las fábricas de harinas, el hombre de pueblo, tan práctico él, tenía que dar un uso y destino al edificio que se había quedado obsoleto y, con ligeros toques, lo convierte en lo más normal y parecido a lo que tiene a la vista: en un palomar.

Para ello abre en los gruesos muros los nidales u horacas, coloca una cubierta inclinada a un agua, tapia una de las dos puertas y hace unas entradas de palomas por la parte superior.

Poco podía suponer el autor de «Retazos de Torozos», cuando dice «Palomares... molinos de viento de mis Torozos, que así se me asemejan estos asustados y redondos rotos del páramo, brocales de pozo seco, ojos sin ruido», que haciendo una transposición de Torozos a Campos, no son sólo poesía, sino auténtica realidad.

Los descubrimientos se extendieron como mancha de aceite que ha desbordado el límite provincial. Sin salir de Tierra de Campos, la hermana provincia de Zamora nos ofrece, también, sus restos.

¿De cuándo son y cómo eran cuando estaban completos y funcionando? Ah, como hemos sido tan humildes y despreocupados, no se le ocurrió a nadie, a pesar de la espectacularidad de un artefacto tan grande y dando vueltas, hacernos para la posteridad, al menos, un dibujito que a la vez que nos plasmara el aspecto del pueblo, lo hiciera también de tales ingenios, como hicieron en su día los holandeses, por ejemplo.

No debe extrañarnos la ubicación, en otros tiempos, de los molinos de viento en Tierra de Campos. Los habitantes de una zona tan intensamente agrícola, de pan llevar, con esos ríos de escaso caudal, incluso nulo en veranos secos, aunque intensamente explotados a través de los molinos hidráulicos, debían de encontrar soluciones para poder molturar tanto grano como necesitaban, y no parar en esa actividad por la falta de agua. Vino bien el recurrir a una energía alternativa como el viento.

El área donde se encuentran los 25 ejemplares que hasta ahora he encontrado, repito, está en Tierra de Campos; pero esto no quiere decir que no los hubiera en el resto de nuestra Comunidad. Sin ir más lejos, en Rueda, Madoz nos dice, a mediados del siglo pasado, que hubo uno. Ese no lo he encontrado.

De esos 25, comprendidos, como dije, a caballo del límite Zamora-Valladolid, tres han desaparecido recientemente: el citado de Aguilar de Campos, otro en Moral de la Reina y el tercero, reducido a un montón de escombros, en el alto de Villardefrades. Los demás son restos más o menos completos, que se reparten así, debiendo advertir que esta lista no está cerrada, ni mucho menos, sino que lo que hago ahora mismo es publicar la relación de los vistos y estudiados por mí en estos poco más de dos años, en que comencé la tarea. Son:

-Provincia de VALLADOLID:

Cuenca de Campos, 1.
Moral de la Reina, 1 (desaparecido hace unos seis años).
Aguilar de Campos, 2 (uno desaparecido en 1987).
Barcial de la Loma, 1.
Palazuelo de Vedija, 1.
Santa Eufemia del Arroyo, 1.
Villafrechós, 2.
Cabreros del Monte, 2.
Villabrágima, 1.
Villagarcía de Campos, 1.
Villardefrades, 4 (uno prácticamente desaparecido).
Castromonte, 1.

Total, dieciocho.

-Provincia de ZAMORA:

Castroverde de Campos, 1.
Villalobos, 1 (desaparecido).
Villamayor de Campos, 2.
Villafáfila, 1.
Malva, 1.
Belver de los Montes, 1.

Total, siete.

Quizá la primera pregunta que surge sea: ¿cómo eran? Prefiero quedarme del lado de la prudencia, no echar a volar la imaginación y no afirmar alegremente que eran igual que los de La Mancha, porque acaso no lo eran. ¿O sí? Desde luego, su forma era la de un cilindro o un alargado tronco de cono, cuya altura hasta la cubierta debía de andar por los 7,50 m. La media de las medidas en planta son: diámetro exterior, 6,50 m., mientras el interior viene a ser de 3,75 m. Excepcionalmente, 10,10 y 6,80, respectivamente.

¿Qué se conserva de ellos? Evidentemente, ruinas, en estado de destrucción más o menos avanzado, que va desde un montón de tierra circular a unos muros que llegan incompletos hasta la coronación. Los materiales de que están hechos estos muros son el tapial en 14 de los ejemplares; la piedra en mampostería o en sillarejo en 6; cal y canto, en 1, y no consta, por revestimientos posteriores o por desaparecidos, 4.

Los muros son siempre de gran espesor, especialmente los de tapial, si bien este material es el que ha sufrido más intensamente el desgaste con el paso del tiempo y la erosión de lluvias, viento y hielo.

Como característica propia y original de estos molinos, hay que señalar el presentar siempre dos puertas iguales y diametralmente opuestas; circunstancia esta sólo achacable, a mi entender, a que las aspas eran más largas que en las otras zonas donde existen, y batían sobre el hueco de la puerta, impidiendo la entrada, para lo cual se disponía la otra.

Tiene sus visos de realidad el que las aspas fueran grandes, porque las muelas que he hallado al pie de algunos de ellos, bien enteras, bien restos, muestran unas dimensiones mayores que las de los molinos hidráulicos, con buena diferencia. Es muy extraño llegar a un diámetro de 1,60 m. en estos últimos, siendo lo normal 1,30, mientras que en los de viento he comprobado diámetros de más de 1,80, llegando en el desaparecido de Villalobos un fragmento, aproximado a la mitad, hasta 1,90 m.

Para mover estas piedras, que rondan las dos toneladas y media de peso, se necesitaba un buen impulso de las aspas.

Otra de las características que siempre aparece, cuando los restos son lo suficientemente grandes, es la presencia del colector de harina, situado entre puertas, y empotrado en el muro en forma de nicho con conducto semiempotrado, viniendo de la planta alta, donde se encontraban las muelas.

El emplazamiento se hacía sobre colinas, generalmente muy leves. en las afueras del pueblo, pero en las que, incluso en los días de viento encalmado, siempre sopla con cierta intensidad.

Hoy por hoy no podemos decir nada más de ellos; no sabemos nada más. No hay, en absoluto, restos de maquinaria, ni de cubiertas, ni permanecen los forjados, ni las escaleras; lo más, en un solo caso, los restos, ya carcomidos, del par de enormes vigas que soportaban el peso de las muelas.

Nadie los ha visto funcionar, porque nadie hay lo suficientemente viejo para ello. Cuando hemos preguntado a los más ancianos de los pueblos en que existen sus ruinas, nos han dicho que ni sus padres los vieron moverse. Hay que convenir que se pararon hace más de cien años, arrasada su pasada existencia por otros elementos más ligeros, tal como sucediera, en épocas antidiluvianas, con los grandes saurios.

Hasta aquí lo rescatado hasta hoy día sobre los molinos de viento de Tierra de Campos.

¡Ay, Tierra de Campos! Tus molinos no han tenido la suerte de los de La Mancha; no ha habido otro altísimo Cervantes que narrase una gloriosa aventura de su héroe con ellos, para que hubiese quedado su recuerdo grabado en letras de oro, junto con tus palomares. Parece que para ti sólo hay Jeremías que lanzan sus truenos y lamentaciones por tu quietud, tu miseria y tu desgracia.

Tú eres bastante más que todo eso; has tenido tu historia -recuerda cuando se decía: «No se llame señor quien en Tierra de Campos no tenga un terrón»-, tu gente grande y noble, sin alharacas, sencilla y buena. y también tus molinos de viento, en los que aun entre estas ruinas casi informes, puede escucharse el eco de las alegres canciones de los molineros, envueltas entre la niebla de la recién surgida harina y el monótono rodar de tus muelas, cuando sobre la inmensa llanura terracampina, rompiendo el suave ondear del mar de mieses, alzaban sobre las suaves colinas su silueta imponente, como atalayas, no ya guerreras, sino agitando sus aspas, símbolo del movimiento gozoso de la propia vida.

ADDENDA

Cuando ya se encuentran a punto las pruebas del presente ejemplar, y como caído del cielo, hemos encontrado aquello que en el texto lamentamos no tener: un precioso grabado de Medina de Rioseco con dos molinos de viento, publicado por Ventura García Escobar junto a un artículo titulado «La antigua Fórum», en el «Semanario Pintoresco Español», en el año 1852.

En él aparecen, además de una serie de monumentos riosecanos, alguno ya inexistente, como el Palacio de los Almirantes, situado a la izquierda del grabado, dos molinos de viento con sus aspas, a situar en el Oeste de la población.

Queda confirmada la existencia de estos molinos, y por tanto no se trata de un capricho de artista para adornar su dibujo, con el plano de Rioseco de Francisco Coello, coetáneo del referido artículo y grabado, publicado en la edición del Madoz de Valladolid (Ambito, 1984), en que en el mismo aparece la Senda de los Molinos, entre las carreteras de Villalpando y de Villaesper , coincidentes con la situación en el grabado y por otra parte, lejos del Sequillo, lo cual nos dice bien a las claras que esa senda no conducía hacia molinos hidráulicos.

Aunque sin mucho detalle, sí podemos apreciar que el tipo de molino era de eje horizontal, con cuatro aspas, estilo Mancha.

Quiero expresar mi agradecimiento al Sr. Hoyos Merino, propietario de la fábrica de harinas San Antonio en la dársena del Canal de Campos, a través del cual tuvimos conocimiento del grabado, y a Nicolás Gª. Tapia, que localizó el ejemplar del Semanario Pintoresco.

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(1) No busques ya éste, oh lector; encontrarás aún otro en el mismo pueblo, pero ese, situado junto a la carretera a Villamuriel, su propietario, ha hecho la gracia de derribarlo.